Muy bien, muy bien, he disfrutado mucho de los reviews, favs y follows que he recibido hasta ahora, me alientan a seguir esta historia y se los agradezco mucho. Por desgracia, este es un giro que quiero dar ya que el final que tengo pensado (todavía no sé cuántos capítulos me tome llegar hasta ahí) lo amerita, por ello espero que no me odien, o al menos no demasiado.
En adición, éste capítulo también contendrá ambos POV's, y también será largo.
Sin más que decir por ahora ya saben que espero saber su opinión, fav, follow o review, lamento la gran espera, disfruten… o no ._.
Estoy enamorado de un monstruo
POV de Carlos
Doy un pequeño sobresalto y recupero la consciencia, no obstante dejo los ojos cerrados mientras hundo la nariz en las almohadas, todavía sintiendo ese pesar al saber lo que en verdad significaba el trato de mamá. No me quiere, nunca lo hizo, quizá me odia, o me detesta, pero sea lo que sea no hay manera en la que pueda crecer un poco de cariño hacia mí en ella.
No hay manera.
Hundo un poco más la nariz, echando de menos el calor del cuerpo de Jay ya que se levantó hace no estoy muy seguro cuánto, pero el aroma de su cuerpo sigue un tanto impregnado en las fundas de las almohadas. Mis hombros duelen, lo cual significa que he estado dando vueltas en el colchón demasiado tiempo, y quizá ya dormí demasiado, pero es como si no tuviera ánimos para hacer otra cosa.
Tal vez sea sólo una especie de leve cuadro de depresión por el que estoy pasando, o quizá solamente estoy sobrerreaccionando por todo, o tal vez sea una exacerbación de los síntomas del infernal resfriado que he arrastrado desde hace una semana lo que me hace sentir así.
Giro la cabeza y aparto la gruesa manta de mi nariz, siento comezón por el polvo que sale de la tela y entra en mis fosas nasales, pero al mismo tiempo no he estornudado desde anoche y la constipación en ella amenaza con que muera sofocado mientras duermo. No logro imaginar una sensación más desagradable al estar enfermo.
La manta vuelve a su posición, un poco más cerca de mi nariz esta vez.
Frunzo el ceño y la aparto una vez más; vuelve a ocurrir lo mismo, regresa a mi nariz, y ahora constriñe más sobre mí, como si fuera una máscara de protección para asegurar que el virus se quedará más tiempo dentro de mí, evitando un contagio masivo de este pequeño pero poderoso agente infeccioso.
No debo leer tanto al respecto de enfermedades contagiosas, el complicado lenguaje se adhiere a mí, como suele ocurrir con otras cosas que leo y se quedan en mi memoria.
Apenas logro apartar unos cuantos milímetros la manta cuando vuelve a asegurarse sobre mi nariz, y esta vez escucho un pequeño gruñido, de frustración, mientras giro sobre mi costado izquierdo.
—Basta —digo, sonriendo sin embargo, mientras restriego mi mejilla contra la almohada—, me da comezón.
—Sigues resfriado, así evitaré que dejes tu asqueroso virus por todos lados.
—En realidad es más probable que siga siendo contagioso ya que la infección no logra salir de mi organismo, así que…
—Estás resfriado, punto —espeta, y si tuviera los ojos abiertos supongo que vería su expresión de seriedad cuando espeta algo—. Además, pasaste una mala noche, no dejabas de moverte y de susurrar.
Abro los ojos lentamente, la somnolencia sigue posada sobre mis párpados, el dolor en mi cabeza amenaza con hacer que mi cerebro estalle dentro de mi cráneo, y tengo hambre, demasiada. Fue una mala idea no cenar nada anoche, pero caí como una roca al dormir sobre su hombro mientras veíamos una película, además de los exámenes finales que debo presentar ya que el año escolar está a un par de días de terminar.
Desventajas de cursar materias para estudiantes de años superiores, tengo que mantener las notas de mi grado elevadas además de una buena reputación por si quiero que esos créditos queden asentados en mi historia académica.
Mi vista se enfoca y veo a Jay sentado en el suelo, usando una camiseta sin mangas y pantalones de chándal de algodón, con un brazo estirado para que vuelva a colocar la manta sobre mi nariz si vuelvo a apartarla.
—Buenos días, pecoso —toca la punta de mi nariz con su grueso dedo índice, haciéndome suspirar un poco.
—Buenos días, cabello de princesa —respondo, estirando la mano para tomar un mechón de cabello entre mis dedos.
—¿Cómo te sientes? —pregunta, se inclina sobre mí tanto que su nariz se frota contra la mía. Muevo la cabeza un poco hacia atrás, sonriendo, y eso no le impide inclinarse más y reír conmigo.
Quiero más mañanas como ésta.
—Me siento un poco mejor, ya no me congelo y también por fin puedo respirar con un poco más de libertad —tomo una profunda respiración por la nariz para probarlo—, pero no quiero contagiarte, por eso no te inclines tan cerca.
—Muévete —ignora mi petición y se levanta para deslizarse en las sábanas a mi lado, se sienta y me levanta un poco, recordándome que me puede levantarme para ejercitarse conmigo si quisiera, y quiero que lo haga, para colocarme en su regazo. Antes de que pueda alejar la cabeza su mano se coloca en mi mejilla, acaricia mi pómulo y luego mi cabello, empujando mi cabeza contra su pecho, sobre su corazón. Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro, casi acurrucándome en su fuerte pecho y largo cabello—. ¿Y cómo te sientes en realidad? Ya sabes, aquí, en el interior —toca sobre mi corazón y me abraza un poco más cerca.
Dejo escapar otro suspiro, esta vez no por sus acciones amables, esta vez lo hago debido a la sensación que se propaga hacia arriba por mi garganta.
Claro, dejé de llorar por ella hace unos días, pero de todos modos la sensación de no ser amado por la mujer que me dio a luz perdura en mi mente, viene de vez en cuando y arruina mis momentos de estudio, cuando leo en la biblioteca, cuando hablo y doy un paseo con Chico, cuando Jay y yo nos besamos en el dormitorio, cuando como, cuando me ducho; todo el tiempo.
¿Por qué estoy tratando de hundir esto? Eso realmente me hirió, profundo, pero supongo que entre menos haga que todo gire alrededor de mí entonces mejor mi nueva vida en Auradon será.
—Me siento… mejor, mucho mejor, ya no me molesta más —deja de tomar mechones de mi cabello entre sus dedos, lo dejé crecer un poco sólo porque no puedo encontrar un corte que vaya de acuerdo con mi ser de ahora quince años de edad, y sus dedos levantan mi barbilla para que mire sus oscuros e hipnóticos ojos—. Jay, estoy bien ahora, de verdad, no quiero que…
Me besa, sus suaves y cálidos labios se presionan contra los míos, un poco secos a causa del resfriado, pero no parece importarle ya que acuna mis mejillas y mueve la cabeza más hacia adelante, suspirando y presionando sus labios de vez en cuando contra los míos. Cierro los párpados lentamente mientras me rindo a su gentil tacto, a su impaciencia por infectarse, y a esos besos robados que siempre logran conseguir que mis rodillas se debiliten cuando estoy de pie.
En este momento siento esas mariposas ñoñas en el estómago y como si sus labios contuvieran algún tipo de medicina para hacerme sanar más rápido.
La punta de su lengua se mueve sobre mi labio inferior y hago un gran esfuerzo para no abrir la boca y empezar con una batalla, que terminaría en mí acostado boca arriba sobre el colchón, él entre mis piernas, manos tocando piel y aferrándose al cabello, moviéndose aleatoriamente sobre nuestros cuerpos, suspirando, gimiendo, gruñendo, y quién sabe en dónde más podría terminar.
Su lengua se mueve sobre mi labio inferior de nuevo, esta vez de un modo más mendicante, y todavía me niego a abrir la boca de un poco.
—Por favor, Carlos, por favor —me parece muy excitante el hecho de que me suplique hacer una acción, lo ha hecho bastante desde hace un tiempo, aunque esta vez no pienso darle lo que quiere. Sólo esta vez—. He anhelado tus labios desde que comenzaste con la estúpida prohibición de no besar por tu resfriado. No puedo mantenerlo más para mí, necesito tus suaves labios y todo tú; solamente te necesito.
Estuve a punto de abrir los párpados, y la boca, por la mención de esas últimas palabras, entonces recuerdo que hará cualquier cosa para conseguir algo de mí, tanto decirlo en voz alta como acercarse a ello mediante aproximaciones sucesivas. Tengo que seguir siendo fuerte, tener mi mente enfocada en una acción, que pasó por encima de una línea cuando me besó, y yo realmente no quiero que se infecte.
—Te estoy anhelando también, no tienes idea cuánto —se inclina más cerca, su aliento mezclado con el mío un poco más mientras se inclina, y muevo la cabeza para que sus labios terminen besando mi cuello—. Pero de todos modos no voy a hacerlo hoy, y ahora vas a infectarte y voy a tener que anhelar tus labios y todo tú hasta que estés completamente sano, y eso no es nada justo.
—Lo que haces no es nada justo —como venganza muerde mi cuello, duro, casi me produce hacer una mueca de dolor.
—Culpable —pongo mi mano en su frente y lo empujo, abriendo los párpados finalmente y lo encuentro todavía con los párpados cerrados y un intenso color rosa en las mejillas.
Para enmendar un poco el asunto lo beso en la mejilla, abre los ojos lentamente y frota la punta de su nariz contra la mía. Intercambiamos otra sonrisa y un besito en los labios, luego deshacemos nuestro nudo de extremidades.
Antes de que pueda levantarme de su regazo su brazo derecho rodea mi cintura y estira el otro para recoger algo del suelo, no veo lo que es porque estoy más centrado en escuchar el lento latido de su corazón y disfrutando su respiración contra mi rostro. Veo lo que recogió cuando lo coloca sobre mi estómago, apartando su brazo, y la sorpresa es tan grande que intento no dejar que mi mandíbula caiga al suelo, o en este caso mi pecho.
Siempre pensé que Mal era la talentosa entre nosotros cuatro con lápices, pintura en aerosol, colores de madera, y su indudable talento para crear un dibujo increíble, un retrato, para hacer todo lo que implica imaginación y sus manos. Además, siempre pensé que la única cosa que Jay podía dibujar eran planos para sus escapes después de sus saqueos, no porque nunca creí que no fuera capaz de crear otra cosa, sino porque nunca parecía muy dispuesto a dibujar algo más.
Nunca imaginé que también tenía talento con lápices, esta vez con carboncillo.
Nunca imaginé que podría ver un retrato que dibujó.
Nunca imaginé que alguna vez me vería plasmado en carboncillo y una hoja de papel en un gran cuaderno.
—Lo llamé 'Despierta, pequeño dormilón' sólo porque no se me ocurría otra cosa cuando lo veo —dice, inclinando la cabeza hacia la izquierda para que su mejilla descanse sobre mi cabello—, ¿te gusta?
Me pierdo en lo que dice, todo lo que capto es el tono de esperanza combinado con su voz nerviosa porque realmente quiere saber mi opinión sobre su trabajo.
En este momento estoy sin palabras, hipnotizado por lo que hizo y su talento, y porque él me llamó pequeño. Eso dejó de ser un secreto ya que en otra de sus siestas en el sofá frente al televisor lo grabé susurrando eso, junto con mi nombre, y admitió que quería llamarme así desde hacía un tiempo, y ahora lo hace seguido porque, en sus palabras, 'el sonrojo que aparece en mis mejillas cuando lo escucho hablar con voz ronca y diciendo eso es tan intenso que debería haber una manera de nombrar cuán único es el color'. ¿Cuándo en el mundo tal cosa podría ser alguna vez escuchada saliendo de su boca? Ni en un millón de años.
Volviendo a la realidad, en el retrato estoy recostado con la cabeza sobre las almohadas, la manta lejos de mi nariz, mi cabello alborotado, mis párpados están cerrados y una expresión completamente relajada yace en mi rostro. ¿Realmente me veo así cuando duermo?
Dibujó en detalle la forma de mi nariz, el vello en mis cejas, la anchura de mi frente, las líneas de mis pómulos, la curva y un ligero énfasis en mis labios, la forma de mi rostro, unos cuantos mechones de cabello pegados a mi frente, el juego de sombras en los ángulos exactos de mi rostro y la luz solar entrando por la ventana. Y mis pecas… casi todas ellas están capturadas en la imagen, están dibujadas de una manera tan delicada que casi parece que si quito uno con el dedo entonces en realidad sería retirada de mi cara.
—Sé que no es el mejor boceto en el mundo, además Mal es la talentosa entre nosotros cuatro, pero quería demostrarte que…
—Es… increíble… —digo finalmente, y esa palabra no es suficiente para describir todas las cosas que se enredan en mi cabeza para expresar lo que realmente pienso sobre esto en mis manos. Tenía que sujetarlo para creer del todo que es real—. Esto no es sólo un boceto, esto podría competir con las pinturas de esos famosos artistas que cuelgan alrededor de toda la escuela.
—¿En… en verdad lo crees? —muevo la cabeza para mirarlo a los ojos, una chispa de incredulidad brilla en ellos, me muestran cuán conmovido se siente por escuchar algo así, pero luego frunce el ceño un poco—. Aguarda, no estás diciendo eso porque estamos saliendo, ¿verdad? —arquea la ceja derecha y la beso hasta que desciende de nuevo a una línea recta.
—Estoy ciento un porciento seguro de lo que digo, incluso si estamos saliendo o no estoy seguro de que esto es talento indiscutible —levanto el cuaderno como si fuera el vestigio de un libro antiguo de un vieja civilización.
Haciendo eso algunas otras páginas caen y se extienden sobre el colchón, una o dos caen de la cama, y esta vez me levanto para verlas todas.
En la mayoría hay dibujos de mí, de diferentes tamaños y haciendo muchas cosas diferentes: atándome las agujetas, preparándome para la práctica de tourney, leyendo en mi cama, con el ceño fruncido cuando estoy concentrado en mis tareas, saliendo de la ducha, sin camisa, riendo, asustado, sorprendido, molesto, nervioso, triste; una gama entera de mis diferentes acciones y reacciones.
Hay algunas otras donde puedo ver el castillo y la ciudad, el museo, la estatua que cambia de forma, la Isla de los Perdidos, Jafar, Maléfica, la Reina Malvada, Cruella, Mal de carboncillo pero también en sombras púrpura, Evie en azul, Ben en azul marino y oro, Doug, Ally, Freddie, ¡e incluso Chico aparece en algunos de ellos!
En otro grupo hay bocetos de sí mismo mientras está sin camisa, cuando usa sus ropas de lujo, cuando usa su jersey de tourney, dibujó el momento en que el equipo lo levantó con su trofeo de jugador más importante en la mano, él leyendo, durmiendo, y hay una silueta sin rostro que me dice que quería dibujarse desnudo pero no pudo llegar a completarlo (estoy seguro que es él por el cuerpo en forma y el cabello largo).
En las dos páginas que cayeron del colchón, más de dos cuando se separan unas de otras, veo que están dedicadas a nosotros, literalmente. Los dibujos en ellas casi parecen como imágenes que se imprimieron en el papel, al igual que todos los otros dibujos que ha hecho hasta ahora. Nos veo hablando, compartiendo comida, besándonos, sonriendo, abrazándonos, riendo, jugando videojuegos, yo con mi cabeza en su regazo, cuando estábamos en frente de su espejo, en extremos opuestos del dormitorio al discutir.
Jay tiene una manera muy realista de ver el mundo, toma a todos y todo como algo relevante e importante.
—No se suponía que los vieras todos —miro hacia atrás, mirando su cabeza agachada y mejillas rosadas, el color se extiende hasta sus orejas, apenas visibles por su cabello alborotado. ¿Se está sintiendo avergonzado por mí descubriendo todo de lo que es capaz? Sí, lo está.
—Estoy contento de haberlo hecho, porque por ello puedo ver cómo te sientes con respecto a todo el mundo aquí, y por mí.
—Me siento tan bien cuando estoy contigo, relajado y todas esas cosas, por eso me gustas mucho —sonríe y finalmente mira hacia arriba, dejándome sin aliento con ese ligero ceño fruncido pero aún así con su guiño característico.
Reunimos las páginas y las guarda en su cuaderno, la cubierta hecha de cuero, y me pregunto qué otra cosa puede tener ahí si espera a que dé la vuelta para guardarlo donde sea que lo guarda. Fuera veo la luz del sol pero también nubes, grises y pesadas nubes que significan que lloverá a cantaros en cualquier momento. El clima en este lugar es un poco raro, puede estar soleado y hacer calor pero en otro segundo podría estar nublado, o con viento, incluso frío.
Me levanto de la cama sintiéndome ligero, como una pluma, y también con una amplia sonrisa en mis labios. Me siento muy halagado por verme en sus dibujos a la vez que siento como si nos tomara como algo realmente relevante, como algo que es tan importante para él para capturarlo en carboncillo y papel.
Giro sobre mis talones y lo veo sentado en su cama, ladeando una sonrisa a la derecha y con esa mirada de 'ven aquí y besémonos hasta que anochezca' en su rostro. Niego con la cabeza, toda la culpa al resfriado, y frunce los labios un poco, pero la sonrisa se mantiene.
Él me ha mostrado su talento, además de robar, y podría mostrarle el mío si alguna vez quisiera moverse conmigo, si quisiera tener una de sus manos en mi cintura y la otra tomando la mía mientras nos balanceamos al ritmo de violines, piano, harpas, flautas, o cualquier otro tipo de instrumento musical.
Y nunca le he pedido bailar conmigo, no después de los pocos pasos que intercambiamos en la coronación de Ben, por ello sólo me pongo unas pantuflas y me acerco a él, estirando la mano y decidido a compartir mi talento con él, o lo que llamo como mi talento, incluso si él no quiere.
Mira mi mano por un momento y luego a mis ojos, se encoge de hombros un poco pero al final acepta con una sonrisa, se levanta y coloca su mano derecha en mi cintura y la otra se entrelaza con la mía, mi izquierda se apoya en su hombro.
—Puedo bailar, claro, pero nunca he bailado con otra persona, sabes que todos los bailes que hemos hecho fueron en multitudes, no en parejas… no tan cerca… —veo real preocupación en su rostro pero le doy una pequeña sonrisa para alejarla.
—Está bien, lo dirigiré entonces. Es bastante fácil, yo te enseño —libera un suspiro y mantiene nuestro contacto visual mientras asiente con la cabeza.
—Bien.
Comenzamos a movernos en círculos en el espacio abierto del dormitorio, sólo en círculos porque lo veo mirándose los pies, descalzos, mientras giramos; trata de no tropezar con sus pies o pisar los míos. Veo a Chico detrás de él, ladea la cabeza pero no dice nada, supongo que sabe lo que tratamos de hacer, y ya que no me deja salir del dormitorio por mi resfriado estoy aplicando la ley de hielo contra él.
—¿E-estás seguro de esto? —frunce el ceño y bufa.
—¿Tú lo estás? Realmente no quiero un blandengue como mi pareja de baile —tenso la mandíbula, desafiándolo para aguantar.
—Oye, no soy un blandengue, y estoy seguro de esto.
—Eso es justo lo que quería oír.
—Adelante, terminemos con esto.
Comienzo a tararear al azar hasta que un tono me recuerda a una composición de piano y violín de hace años, cuando papá solía ponerla en un viejo tocadiscos cuando estaba coloreando en la sala de estar y se unía a mí con un libro en sus manos o listo para colorear un poco conmigo.
Recuerdo que casi cada vez que la ponía perdía el hilo de mi coloreado, me centraba más en el hermoso sonido de los instrumentos, los momentos en los que el violín y el piano eran una combinación que casi me producía escalofríos, y a una edad tan corta. Es una de las melodías más tristes que he tenido el privilegio de escuchar, pero papá siempre la encontró sobresaliente.
Entonada ahora por mi algo entrenada voz consigo quitarle toda la esencia de tristeza y nos deja disfrutar de la belleza de la composición, incluso si viene sólo en tarareos.
No estoy seguro cómo o cuándo pero me mira a los ojos, no más hacia el piso. Nuestros pies y cuerpos se mueven de tal manera que no hemos pisado o tropezado al otro, no entiendo cómo me puede hacer girar sin soltarme y que podemos estirarnos como si supiéramos lo que estamos haciendo.
Tal vez sea porque nunca deja de mirarme a los ojos y sonreír, o porque nos movemos despacio, o porque lo hemos hecho desde que éramos niños y sólo teníamos que estar junto al otro para movernos con gracia y seguridad en lo que hacemos, o porque una parte de mí siempre quiso un momento así, haciendo lo que más me gusta y teniendo un gran momento, con mi persona especial.
Luego de un buen rato de balancearnos de un lado al otro nuestros lentos y libres movimientos se vuelven incluso más lentos, mi cabeza descansa contra su pecho mientras sus brazos me rodean por completo, dejé de tararear hace un par de minutos y no obstante todavía parece que puedo seguir escuchando la melodía. El rugido de los truenos en la tormenta que se aproxima cada vez más me hace saltar de vez en cuando, por el sonido alto, y me siento completamente a salvo al tenerlo tan cerca, al saber que me atajará en todos los sentidos posibles.
Este en verdad es el modo en el que quiero pasar una gran parte del futuro, bailando lento y siendo el uno del otro.
Levanto la cabeza, aleja sus brazos de mí un poco y me agacho un poco para girar, separa nuestras manos entrelazadas y me toma por la cintura, el movimiento es tan repentino que de alguna forma mis brazos quedan atrapados entre nuestros cuerpos, sujeto su pecho mientras sonríe por completo y mis rodillas tiemblan.
Y, sin embargo, la sensación apoderándose de mí es tan indescriptible que quiero quedarme aquí, para siempre.
No sé si esa clase de pensamientos se desencadenan debido al resfriado, además me siento un poco mareado (lo atribuyo a no comer nada en demasiado tiempo) y tengo escalofríos, y considerando que todavía hay un poco de luz solar en el gris exterior del edificio eso no es una buena señal (probablemente tengo fiebre, de nuevo). Como sea, me gusta pensar de esa manera.
—¿Jay? —susurro en un timbre de voz tan bajo que no estoy seguro si en verdad me escuchó.
—¿Sí? —responde en el mismo tono bajo mientras levanto la mirada.
—Al diablo mi prohibición.
Me levanto en las puntas de los pies para atraparlo en un sorpresivo beso, sorpresivo para ambos ya que creí que podría mantenerme en la postura de 'no lo haré hasta sentirme mejor'.
Sus labios acarician suavemente los míos, ésta vez permito que la punta de su lengua juguetee con la mía, teniendo una ligera, mañosa y juguetona pelea contra mí, una intensa lucha dentro de mi boca que me produce agradables escalofríos mientras gira y comienza a descender sobre… el suelo.
Un golpe seco, el golpe súbito de su cuerpo contra el suelo, casi como un árbol al ser talado, me hace apartarme y abrir los ojos, suerte o destino que en mi salvaje dormir de anoche una de las almohadas cayó en el espacio preciso donde su cabeza aterrizó, pero eso no evita que se mueva con incomodidad por el dolor en la espalda y mi peso sobre su cuerpo.
Fue mucha suerte, lo que menos necesitamos ahora es alguien más con ningún deseo de estar en la enfermería, aunque una contusión sería algo realmente serio.
—Acabo de matar el ánimo, ¿no es cierto? —pregunta, riendo con el ceño fruncido mientras se incorpora sobre los codos. Entrecierra los ojos al verme y ladea la cabeza en el mismo gesto de confusión que hace Chico.
Esta es una de las pocas veces en las que en nuestros giros, o peleas cuerpo a cuerpo, termino sobre su regazo, y el sonrojo combinado con el escalofrío me dice que en verdad tengo fiebre, no tanto como para alucinar que formé parte de las fuerzas dirigentes en las viejas guerras entre el bien y el mal que describe el libro que yace debajo de la cama, esta vez siento la cabeza demasiado ligera y como si todo estuviera sucediendo en una especie de ensoñación.
Con eso en mente deslizo las manos hasta la parte inferior de la tela gris que cubre su pecho, sin alguna clase de meditación deslizo mis manos por debajo y las muevo hacia arriba de tal manera que dejo completamente al descubierto los músculos de su estómago y pecho, notando lo acelerado de su respiración además de los pequeños movimientos que hace por el dolor. No obstante sus manos se posan en mi cintura y sus pulgares trazan círculos sobre mi camiseta.
—¿Sí?—pregunto sin apartar la vista de su torso por un segundo, luego me relamo los labios al pensar en millones de escenarios donde esto puede terminar, desde que se enfade y me empuje hasta que terminemos debajo de las mantas de alguna de nuestras camas—. No lo creo.
Si antes detestaba a mis hormonas por tener pequeños lapsos en los que sólo podía pensar en la brillante sonrisa de Jay, sus brazos y los pequeños espacios de piel expuesta que solía ver en ocasiones entonces las detesto incluso más, todo por volverme lo necesariamente impulsivo para querer estar contra él sin nada sobre nuestros cuerpos. Es exactamente el punto en todo esto al que no quería llegar, y parece que entre más pensaba en ello para olvidarlo más sencillo fue que se apoderara de mi cabeza.
Antes de que pueda proceder con alguna nueva clase de pensamiento la fuerte vibración de nuestros celulares, ambos colocados en la mesa de noche entre las camas, nos hacen volver a la realidad, a la maldita realidad.
—Esto no se quedará así —le dedico una última mirada a su cuerpo.
—Me gusta el sonido de eso —ronronea y guiña el ojo derecho, lo acompaña con su característica sonrisa arrogante.
Me levanto a regañadientes y estiro la mano para ayudarlo a ponerse de pie, ésta vez no la aparta y me utiliza como un ligero apoyo, recompensándome con un abrazo veloz y un beso en la mejilla antes de que ambos tomemos los celulares.
Aunque soy un completo aficionado de conocer sobre todo lo posible sobre la tecnología, los descubrimientos que se han hecho y los alcances creativos que se pueden tener, no utilizo el celular del mismo modo excesivo que los estudiantes, profesores y demás pobladores de Auradon. Puedo caminar sin tener la cabeza agachada, sin el brillo de la pantalla contra mi rostro, y sin esos juegos que, aunque parecen divertidos, se vuelven insulsos e innecesariamente adictivos.
El ícono de un mensaje de texto aparece en la esquina superior izquierda, el sitio donde, según lo que he visto en el teléfono de Jay, aparecen notificaciones de redes sociales, nuevos mensajes de texto, llamadas, correos electrónicos, etc. Jay es otro de los adictos a los celulares, aunque en gran medida lo ocupa para escribirle cortos mensajes a Mal, jugar con su mascota virtual, o tomarse fotografías, millones de fotografías de todo lo que hace, y en ocasiones toma algunas cuando estamos juntos simplemente porque quiere hacerlo (aunque algo me dice que algunas de ellas viven en ese cuaderno que protege con todo su arsenal de tácticas de defensa).
Sin contar a Mal, Evie, Jay, Ben y Doug literalmente no tengo ningún otro contacto, por ello recibir un mensaje de texto de un número desconocido me hace dudar un poco sobre la privacidad de los números telefónicos.
El texto enuncia:
Hola Carlos, espero que tengas un buen día :) No preguntes cómo conseguí tu número pero mamá quiere verte, dice que tiene algo que te recuperes de tu resfriado. Ven pronto a su oficina, Jane.
Oh, bien, eso resuelve el misterio del emisor del mensaje, pero en verdad me pregunto quién pudo haberle dado mi número.
Pienso en ese rumor/hecho de que gusta de mí y añado su número a mi lista de contactos, dejo el teléfono de nuevo en la mesa de noche, notando que Jay también revisa sus notificaciones, aunque más bien parece estar observando una en especial ya que su pulgar no se mueve a la derecha para eliminarlas ni el resto de sus dedos se mueven a la velocidad de la luz para responder los mensajes.
—¿Ocurre algo? —pregunto, sacándolo de sus pensamientos ya que por un segundo parece que en verdad había olvidado que yo estaba aquí.
—Nah, nada de importancia, sólo un mensaje de texto extraño, pero tengo que salir a atenderlo —dice, pasando encima de su cama, todavía hecha un completo desorden, hacia sus cajones para tomar una camiseta marrón, un par de pantalones limpios y su chaleco para vestirse en el segundo siguiente.
—De acuerdo, igual también tengo algo que atender —hago exactamente lo mismo que él y me pongo encima una simple camiseta negra, usando los mismos pantalones ligeros y las pantuflas.
Termina de atarse los cordones de las botas y se pone de pie, coloca su teléfono en su bolsillo izquierdo y me dedica una mirada, como pidiendo un poco más de información sobre lo que tengo que hacer.
—Primero que nada, no era un mensaje de Ben —arquea la ceja derecha y rueda los ojos, bufando al final.
—Como si me interesara que te escriba.
—Por supuesto que te interesa —se encoge de hombros un poco y mira el suelo a su izquierda.
—¿Y? —vuelve a rodar los ojos y me mira, colocando todo el peso de su cuerpo sobre su pierna izquierda; está a la defensiva.
—Da igual —digo para que el color rojo en sus mejillas no se convierta en vapor saliendo por sus orejas—. Era Jane, dice que Hada Madrina quiere verme para darme algo contra el resfriado.
—Suena a una muy buena idea, debimos hacer eso en un principio.
—No quería ir a la enfermería —me coloco una ligera manta sobre los hombros aunque la hora, según el reloj digital en el celular, dice que son cerca de las cinco en punto. No creo en verdad que haya pasado tanto tiempo, eso si es que desperté al mediodía o algo similar—. Además me gustan los cuidados de mi enfermero privado —gesticulo en su dirección—, aunque no parece importarle contraer el virus y quedar en una situación similar.
—Altruismo es mi segundo nombre —coloca las manos detrás de su cuello y sonríe, flexionando los brazos un poco más de lo necesario para que resalten un par de venas en sus antebrazos. Me gusta deslizar los dedos sobre ellas.
—Creí que era…
—No importa, hagamos lo que tenemos que hacer. Quiero ver una película cuando volvamos.
Me suena a un muy buen plan, asiento con energía y salimos al pasillo en dirección al salón principal. Chico se queda en el dormitorio ya que cuando levanté su correa giró la cabeza con un ademán de completa indignación, y me es imposible seguir riendo al respecto mientras golpea su brazo contra el mío y tenemos una pequeña riña mientras un par de personas nos observan.
—¿Y tú qué tienes que atender? —pregunto cuando finalmente llegamos al salón principal y él se detiene en el punto donde nuestros caminos se separan.
—Uno de los chicos quiere que sigamos planeando tácticas para el siguiente juego de tourney, dice que necesitamos ser la mejor ofensiva de todas las escuelas.
Asiento con la cabeza y, ya que solamente estoy en el campo de juego corriendo sin rumbo y preparado para que alguien pise sobre mí para saltar y hacer la anotación ganadora del partido, no digo nada más.
Me da un apretón en el hombro y levanto la mirada, me dedica una pequeña sonrisa y el guiño de su ojos derecho antes de empezar a caminar, columpiando los brazos un poco más de lo necesario. Dejo salir un suspiro y un conflicto de ideales comienza a ocurrir en mi cabeza.
¿Debería decirlo así como así? No creo que sea una brillante idea, podría arruinar su reputación y destruir el alto grado de respeto que ha alcanzado entre todas las personas de por aquí.
¿Debo quedarme en silencio? Tampoco es una buena idea, aunque, de todos modos, si una gran parte del reino vio el beso que tuvimos en la fiesta de Ben entonces no debería darle tanta importancia.
Dejo salir el aire que apreso en mi pecho en un largo suspiro.
—Te quiero —digo en un tono lo suficientemente alto para que los transeúntes se detengan con miradas de completa sorpresa, al igual que él deteniéndose en su sitio, como si se hubiera golpeado los dedos de los pies contra un mueble, cosa que le ha pasado en más de una ocasión.
Tensa los hombros y gira lentamente sobre los talones, arquea la ceja derecha un poco más de lo normal, tratando de ignorar las innecesarias risas de un par de chicas a un lado, y se acerca con pasos firmes y un temblor en su labio inferior hasta que el familiar calor de su cuerpo se coloca frente a mí.
Ya está, debí quedarme callado. En serio debí quedarme callado.
—L-lo siento, en verdad no quise…
—¿Hay alguien mirando? —me interrumpe, empleando un tono de voz serio. Me levanto en las puntas de los pies para mirar sobre su hombro, hay un grupo de personas detrás de él señalándonos mientras el pequeño grupo de torpes chicas a nuestro lado sigue con su cotilleo.
—Un par de personas detrás de ti, y las chicas a un lado —respondo y bajo la cabeza, listo para una incómoda situación.
—Bien.
Y sólo me abraza, sus manos primero toman mis hombros para después juntarme a él, coloca su mano detrás de mi cabeza y sus dedos acarician suavemente mi nuca, cierro los párpados despacio mientras mis brazos rodean su cintura, recordándome que, incluso cuando es imposible que dos cuerpos estén ocupando un mismo espacio al mismo tiempo, al tenerlo a mi lado casi cualquier imposible puede volverse realidad.
—También te quiero, no te contengas la próxima vez que quieras decirlo —con un veloz pero cálido beso sobre mis labios, además de que ajusto su gorro para que no esté ladeado, vuelve a apartarse, camina con más aires de grandeza y ahuyenta con la mirada a las personas que lo observan, que nos observan.
Lección del momento: no debo quedarme callado, las consecuencias pueden ser bastante geniales.
POV de Jay
Hay algo muy importante que quiero discutir contigo, te espero en mi dormitorio lo más pronto posible. XOXO, Audrey ;)
¿Para qué demonios una princesa malcriada y mimada querría verme? Digo, en sentido estricto sigo siendo una de las peores escorias de la Isla de los Perdidos, así que alguien de la realeza de aquí no tendría nada que ver conmigo, nada. No veo qué puede ser tan importante para que tenga que verme.
¿Y qué diantres es eso de 'XOXO', alguna clase de código entre las chicas? Espero nunca llegar a entenderlo, y en verdad necesito hacer una purga de números telefónicos ya que más de la mitad se mantienen en mi lista de contactos sin un nombre, son simplemente el conjunto de números, y es raro hablar con la persona al otro lado del conjunto de números sin que pueda asignarle un rostro.
El primer número que debo eliminar es el suyo.
No me siento nada bien al mentirle a Carlos sobre lo que en verdad tengo que hacer en el día, pero esta es una de esas cosas que prefiero mantener en silencio, es de esa clase de interacciones que levantan sospechas, y en su caso levantarían sus pobladas cejas y lo haría arrugar la nariz con todo y sus montones de pecas, el rasgo más característico en él que se me dificulta plasmar en carboncillo y papel.
Eso se suponía que era un secreto, y ése en especial iba a ser un regalo, pero tenerlo en mis brazos después de verlo despertar me hizo imposible que no viera qué tan en serio estoy tomándonos como para hacer esa clase de cosas.
Trato de escabullirme en la sección de dormitorios de las chicas, pero no como si acabara de tomar algún valioso collar o alguna otra baratija, simplemente como si estuviera buscando a Mal e Evie para charlar, o para cobrar esos veinte billetes que Freddie me debe por vencerla en una competencia de comida.
No entiendo qué le hizo pensar que podría vencerme en algo así, después de todo mi voraz apetito combina tres factores: el primero es que tengo antecedentes de la Isla, ahí la comida es un lujo que no todos pueden darse, e incluso yo tenía días en los que no había un simple bocado en la mesa; el segundo es que soy un deportista, todo lo que hago me produce hambre en múltiples momentos del día, pero debo mantenerme controlado para no aumentar drásticamente de peso; y el tercero es que todo lo que se prepara aquí es súbitamente delicioso, así que desperdiciar aunque sea un pequeño trozo sería algo así como un error.
Aunque debo darle puntos, dio una batalla bastante reñida, aunque no tanto como para hacerme creer que perdería veinte billetes.
Cuando llego a su puerta, con el nombre Audrey Rose* estilizado en letras doradas, me detengo por un momento, pensando en que simplemente puedo dar la vuelta e ignorar por completo su petición, pero también sé que no me la quitaría de encima hasta que escuche lo que sea que tiene que decir.
De mala gana llamo a la puerta y me balanceo sobre mis talones hasta que se abre, revelando a una excesivamente sonriente princesa del otro lado. Y pensar que captó mi atención en el momento en que salí de la limosina; todavía me pregunto qué fallo hubo para que lo lograra.
—Veo que recibiste mi mensaje —dice, empleando una voz empalagosa y sonriendo de tal manera que muestra todos los dientes. No estoy acostumbrado del todo a los gestos de las personas aquí, pero estoy bastante seguro que una persona común y corriente no sonríe de esa manera, no a menos que se trate de ese tétrico gato que solía aparecérsele a la madre de Ally.
Debo ser precavido.
—Sí, como sea. ¿Podrías darte prisa? Tengo un examen de Trigonometría en puerta, además Carlos está enfermo.
—No tardaremos mucho, eso creo —frunzo el ceño un poco mientras abre la puerta de su dormitorio completamente—. Entra, por favor.
Ruedo los ojos ligeramente y me obligo a sonreír, avanzo y entro a un lugar con insípidas paredes color hueso, un par de cuadros poco originales cuelgan en las paredes, y están los muebles de todos los dormitorios. No entiendo cómo hacen los estudiantes para obtener dormitorios individuales, pero si tengo en mente que Carlos todavía nos denomina a los cuatro como 'experimento social' entonces creo tener una idea más o menos clara de la razón por la que las chicas y nosotros tenemos que compartir el mismo espacio.
Me pregunto cómo se desarrollaría el sentimiento que existe entre Carlos y yo si tuviéramos dormitorios separados.
Una de las muchas ventajas de ser un ladrón casi profesional, o antiguo ladrón si considero la reivindicación de mi existir, es que mis sentidos se han agudizado con el paso de los años, puedo distinguir sombras entre la oscuridad y mi vista es casi como la de un halcón, si es que en algún momento descubro o leo atentamente los almanaques de animales de la biblioteca para conocer todo sobre ellos, porque los halcones son geniales, y puedo diferenciar el tacto de muchos objetos, además de que escucho muy bien.
En este caso escucho el lento y amortiguado cierre del pestillo de la puerta, tenso un poco los hombros y mi primer instinto es encontrar una salida, una de las ventanas que están abiertas y por las que entra una fresca y húmeda brisa, además el destello de un relámpago a la distancia. La tormenta está a nada de azotar.
—Bonito lugar —digo sin intención, giro sobre los talones y veo a Audrey recargada contra la puerta, enreda mechones de cabello entre sus dedos y muerde ligeramente su labio inferior, la atrapo mientras me dedica una mirada completa. Me aclaro la garganta y eso la hace mirarme a los ojos—. ¿Entonces me querías para…? —dejo la frase sin terminar, esperando una respuesta concreta.
—Tenía que hablar contigo, y menos mal que el entrometido ñoño que siempre está contigo no está cerca esta vez —se separa de la puerta y camina como si el suelo no fuera lo suficientemente digno de sostenerla mientras avanza.
Pasa a mi lado, demasiado cerca, haciendo que nuestros brazos se toquen, y trato de asesinarla con la mirada mientras se sienta en su colchón, una rodilla sobre la otra y sus manos descansan entrelazadas sobre su regazo. Me sonríe y, si fuera un chico, habría un enorme moretón en alguno de sus ojos al haber dicho tal cosa sobre Carlos. Reaccionaría de la misma manera si la escuchara hablar así de Evie o de Mal, pero en este caso se está metiendo con mi chico, y eso es meterse conmigo.
—¿Sabes? Hay un punto en el que no puedes seguir fingiendo que una persona te agrada, y honestamente he alcanzado ese límite, ya no puedo seguir fingiendo que me agradas, ni tú ni ninguno de los otros tres… cuatro, si considero a la nueva adquisición —deja su fachada de princesa mimada y toma una postura más seria, tensa la mandíbula y sus manos se vuelven puños en su regazo—, así que sólo seamos honestos, ¿te parece bien?
—Me parece una excelente idea, simplemente brillante —resoplo y cruzo los brazos, arrastrando la silla que tengo cerca para poder fulminarla con la mirada desde una posición más cómoda. Ensancha una sonrisa de nuevo y rueda los ojos, bufando—. En verdad me sorprende ver que alguien de aquí finalmente deja de ser tan hipócrita como para hablar conmigo de esta manera.
Se pone de pie lentamente, se acerca a mí con pisotones pero no me inmuto ni me muevo siquiera un poco, sostengo nuestro agresivo contacto visual hasta que empieza a caminar a mi alrededor, como si se tratara de una leona acechando a su presa, y de ninguna manera voy a tomar el papel de la presa simplemente porque no está en mi naturaleza.
Dejo salir una risa nasal mientras me reclino en la silla.
—Lo admito, estoy celosa —se ríe, el sonido se asemeja a un ladrido—. Pero claro, no es por algo que tú poseas, ¿qué podrías poseer tú que pueda ser envidiable para los demás? —aparece frente a mí en un movimiento veloz, casi como si saltara para asustarme; tendrá que hacer un mejor intento—. Me refiero a que quiero algo que ese desagradable pecoso tiene.
Me muerdo la punta de la lengua para tratar de controlarme, en verdad lo intento, pero está a al menos tres insultos más para que comience a despotricar sobre todas las cosas que nos hacen diferentes, tanto física como en otros aspectos, para que yo resulte ser una persona con aspectos más envidiables que ella, iniciando con que no necesito privacidad para poner a alguien en su sitio, sólo lo haría en el momento y lugar que considere necesario.
—¿Y? —pregunto, exhausto de esto. Audrey detiene su segunda vuelta a mi alrededor, me mira y sigue sonriendo.
—No entiendo cómo o por qué alguien como tú podría estar con alguien como él teniéndome a mí a unas cuantas puertas de distancia. Soy mil veces más bonita y encantadora que él, sigue sin tener mucho sentido… ¡pero espera!
Doy un pequeño sobresalto por su repentino grito, se coloca por tercera vez frente a mí, junta las manos y me señala únicamente con los dedos índices. Su forma de hablar no es la habitual, no ocupa ese molesto y grotesco tono dulce que acostumbra cada vez que abre la boca.
Lo entiendo mejor ahora, estoy tratando con una princesa ambiciosa, mentirosa y manipuladora, además de loca, que oculta demasiadas cosas ya que nunca podría pensar que la hija de una mujer criada por hadas podría ser una completa bruja.
—¿Ahora de qué demonios estás hablando? —me froto los ojos con ambas manos y las deslizo hasta mis hombros. Un millón de insultos se quedan apresados en mi cabeza mientras trato de relajarme.
—No necesito pensar tanto las cosas. Soy una princesa, puedo tomar lo que desee en el momento en que así lo quiera.
—¿Y eso qué…?
Su rostro choca contra el mío, sus manos se colocan en mis muñecas para que no pueda moverlas, algo estúpido si considero que con simplemente levantar un poco el brazo podría alejarla, pero algo parece estallar dentro de mí, una sensación rara pero al mismo tiempo placentera, tanto que no me separo de ella, de hecho muevo la cabeza hacia atrás mientras un peso extra se coloca sobre mí, cierro los ojos cuando mis brazos quedan libres mientras sus manos acarician mi pecho.
Han pasado dos meses y medio desde la última vez que los siempre suaves y aromáticos labios de una chica estaban colocados sobre los míos, dos meses y medio desde que el ligero peso de una chica yacía sobre mi regazo, dos meses y medio desde que las pequeñas y suaves manos se movían por mi cuello y sobre mi ropa, dos meses y medio desde que mis manos se colocaban en una cintura o espalda tan pequeña y estrecha para acercarlas más a mí. Dos meses y medio…
Sus manos se mueven desde mis hombros hasta mi estómago, un ligero pero creciente aroma a rosas invade el dormitorio, mis manos se aferran con un poco de fuerza a su espalda y cintura mientras noto que sus manos descienden más, y más, y más, hasta el punto donde sus dedos juegan con el botón de mi pantalón.
Es entonces cuando las piezas encajan, y cuando la sensación de una bofetada surca mis mejillas. No fue ella, sus manos siguen sobre mi pantalón, entonces…
Sí, ya sé de qué se trata.
Audrey Rose está besándome y tocándome, una chica, una princesa, alguien de Auradon. Ella no salió de la Isla conmigo, no es la hija de algún grandioso villano; ella no es Carlos, ella no es el tímido chico que suele ocultarse detrás de mí cuando se siente asustado, no es el chico que se queda a altas horas de la madrugada con cientos de tareas y ensayos que entregar, no es el chico que decidió quedarse conmigo en el equipo de tourney porque es algo que me gusta hacer en su compañía, no es el chico que descubrió mi talento oculto, no es el chico que está dando pasos gigantes y pequeños a mi lado, no es el chico a quien verdaderamente am… quiero. Ella no es mi chico, ella no es mi pequeño; ella no es Carlos de Vil.
Esto no tiene que estar pasando, la bofetada viene directo del sentimiento de traición hacia Carlos.
Coloco las manos en sus hombros y la aparto de inmediato, casi empujándola a una yarda de distancia para que no vuelva a acercarse. Ensancha una pequeña sonrisa y se acomoda el cabello detrás de las orejas.
—Creo que ya sabes lo que quiero —se relame los labios y muerde el inferior, guiñando el ojo izquierdo.
—Lo único que sé es que eres una de las peores personas que he conocido, y siendo alguien sacado de la Isla eso significa demasiado —me pongo de pie, alisándome los pantalones y pateando la silla a un lado, escuchando el crujido de la madera al romperse. La miro a los ojos y lo único que hace es sonreír más además de encoger los hombros un poco—. Esto fue un simple error, eres un bache en mi camino y tengo suerte de salir ileso de alguna clase de daño. Dijiste que no puedes fingir que te agrado, entonces también diré un par de cosas: eres alguien altamente desagradable, embustera, una chica insoportable que quizá merece estar en la Isla casi tanto como Chad o algunos otros superficiales que tanto abundan por aquí, no planeo formar parte de la lista de chicos que son caprichos para ti, así que esto se acabó aquí y ahora.
Doy la vuelta y me encamino a la puerta, escuchando que deja salir una risa de completa satisfacción. «Cálmate, contrólate, no puedes dar la vuelta y hundirle la nariz en el cráneo de un puñetazo».
—Si sales por esa puerta le mostraré a Hada Madrina lo que realmente es un error, tú error.
Giro sobre mis talones en el momento justo cuando termina de acercarse, extiende su celular y un vídeo comienza a reproducirse, una grabación hecha con una definición que haría llorar a cualquier ñoño obsesionado con la tecnología, como a Doug, pero en este caso no me fijo tanto en eso, me fijo en la grabación.
Es… soy yo, esa noche en el museo, mi silueta es imposible de disimular, en especial con el cabello largo, el tipo de vestimenta y el gorro rojo. Podría ser una visita casual para cualquier tipo de adquisición de conocimiento, pero la hora es el problema, la oscuridad del exterior muestra que volví a entrar sin autorización, muestra que volví a tratar de robar la varita. El efecto de la magia debió ser más duradero… debí estar al tanto de cómo iba disminuyendo la cantidad de sangre en el brazalete…
Debí… debí… debí…
Atrapado.
Antes de que otra cosa pueda suceder tomo su teléfono y lo arrojó contra un muro con la fuerza suficiente para que el aparato se haga añicos y caiga al suelo en miles de pedazos y fragmentos de la pantalla. Audrey comienza a reír, primero una risa ligera pero gradualmente se va convirtiendo en una risa que competiría contra la risa malvada de Maléfica, o con la risa desquiciada de Cruella.
—¿Qué es tan gracioso? —aprieto los dientes.
—¿En serio pensabas que ese era mi único respaldo? ¿En serio? —no suelo ser la clase persona que está sin opciones en un chantaje, pero ahora estoy siendo cada vez más acorralado con las pocas opciones que se me ocurren—. En verdad me gustaría escuchar la clase de justificación que tienes para estar en el museo a esa hora, pero la verdad no apelarías a mi lado bueno.
—Si es que existe alguno —mascullo entre dientes.
—Como sea, éste es el trato —su lengua, por un momento parece bífida, moja sus hinchados labios—: dame lo que quiero esta noche y a cambio eliminaré todas las copias del vídeo y el correo que está a un clic de ser enviado a Hada Madrina.
—¿Y si me niego? —pregunto, tratando de escapar de éste callejón sin salida.
—Bueno, no estás en posición para negociar, pero me gustaría saber cómo lograrías evitar que todos atormenten la ya miserable existencia de Carlos desde la Isla, porque estoy segura de que serías enviado de regreso en el primer auto disponible.
Bajo la mirada ya que ahora mis opciones se limitan a ninguna, pero vuelvo a mirarla cuando comienza con la risa en el mismo tono gradual, primero en tono bajo y después en la risa resonante. Supongo que nota el hecho de que no tengo escape ya que deja salir un suspiro, de alivio, y se aprovecha de que dejo mostrar que mis defensas están, por primera vez en años, bajas.
—Pienso en todo lo que acabas de decir sobre mí y en el hecho de que todavía puedo notar un bulto en tus pantalones —se acerca, demasiado, y el veneno en su boca pasa a la mía cuando me besa una vez más, empujando su bífida lengua para entrar—. Dejaré que lo pienses un minuto.
Hace un chasquido con la lengua y guiña el ojo izquierdo, me da unas palmadas en la mejilla derecha y se aleja simplemente para dejarse caer boca arriba sobre su cama, la falda que lleva puesta se levanta un poco más de lo necesario; eso no es una coincidencia en lo más mínimo. Aprieto los puños con todas mis fuerzas, me miro las manos y mis nudillos son tan blancos que casi parece que el hueso debajo de la piel está a punto de quedar expuesto.
Me paso una mano por el cabello y dejo salir un largo gruñido de frustración, odiando el hecho de haber atendido a su mensaje en primer lugar. Me quedo mirando un punto en la nada ya que mirar cualquier otra cosa hará que lo relacione con ella y mire de nuevo su provocadora posición.
No puedo hacer esto, no puedo traicionar a Carlos de esta manera, todo lo que ha hecho y los grandes pasos que hemos dado para que todo termine de la manera más efímera que pueda existir no puede ocurrir. En verdad lo quiero, puedo decir que más que a nada en todo el estúpido reino, pero tengo una amenaza en la cara.
Tampoco puedo volver a la Isla, Carlos estaría completamente solo y dudo que las chicas le presten la debida atención para saber lo que le ocurre, lo que piensa, cómo se siente y cuál es la manera más apropiada de hacerlo expresarse cuando las palabras no son suficientes.
No puedo volver a la Isla sabiendo que estoy ahí por un intento fallido de hacer algo por él, de darle la felicidad que falta en su vida, e, incluso cuando papá me recibiría con los brazos abiertos, y montones de cosas que robar, la Isla ya no es mi hogar, es sólo un sitio en donde terminaré si esto o alguna otra de mis acciones terminar explotándome directo en la cara.
Si en algún escenario en mi imaginación Carlos vuelve conmigo entonces viviría en las calles, comiendo más basura de la usual, luchando con otras personas sin techo por un sitio para dormir, todo porque su maniática madre no volvería a recibirlo en su casa incluso si suplicara por perdón y misericordia, por piedad, por todo eso que debió brillar en los ojos de los animales que convirtió en ropa.
No puedo volver si en las mañanas no veré a Mal e Evie antes de acercarme a la casa de Carlos, no si el tedioso y repetitivo juego de robar lo que fue vendido para volver a venderlo va a seguir presente. No puedo volver si Carlos no va a estar ahí, quejándose después de correr mucho tiempo, planeando formas para acercarme a mi botín y para huir, siendo mi cómplice aunque las ganancias que pueda obtener de ello sean mínimas. Si no está él ahí entonces mi razón para estar ahí, ignorando completamente la consanguínea, me tendrá deseoso y anhelando el día en que pueda volver a experimentar la brisa del viento, el impacto del sol contra mi piel, el frío, una ducha caliente, el tourney, pero sobre todo besarlo, abrazarlo, dormir con él; quererlo.
Trago el nudo en mi garganta y me alejo de la puerta, apagando la luz en mi camino, avanzo con paso veloz hacia la ventana y escucho el sonido de la llovizna antes de cerrarla, al igual que las cortinas, al igual que el resto de las ventanas. La decisión está tomada, no recuerdo en qué momento lo hice pero está hecha.
Me siento en el lado opuesto de su cama y encorvo la espalda, sintiendo que mis hombros tienen una pesa de un millón de kilos encima, un peso que no podré quitarme en mucho, mucho tiempo. Quizá nunca.
El sentimiento previo a la traición hacia alguien que me importa por completo es peor de lo que llegué a imaginar, incluso con el tipo de personalidad que tengo nunca llegué a hacer algo similar en la Isla. Freddie es la prueba de ello ya que lo nuestro terminó para que yo pudiera estar con quien quería estar, y terminé con la chica previa a ella al notar que no sentía lo mismo que en un principio, sin que hubiera alguna clase de engaño de por medio. Pero ahora todo es diferente.
Siento los movimientos en su cama hasta que sus brazos me rodean, aparta el cabello del lado izquierdo de mi cuello y comienza a besarlo con entusiasmo, primero en un sitio pequeño y después se mueve por toda esa zona, dejando que su mano libre viaje sin un rumbo fijo por mi costado, desde mi hombro hasta mi cadera, hasta mi cabeza, donde trata de quitarme el gorro. Detengo sus manos y giro la cabeza para mirarla a los ojos.
—El gorro se queda —mi voz tiembla, maldita sea.
—¿Por qué es tan importante que…?
—El gorro se queda, punto —rueda los ojos pero al final accede con un bufido.
Regresa a colocarse detrás de mí, aparta mi cabello para que quede detrás de mi espalda y sus manos bajan de nuevo a mis hombros, de ahí a la cremallera de mi chaleco hasta que lo aparta de mí, paseando las palmas extendidas sobre mi torso y todos los músculos que encuentra en su camino.
—Eres tan, tan fuerte —«no lo suficiente si estoy atrapado aquí, contigo».
No respondo, simplemente reacciono cuando se mueve hacia atrás para que quede sobre mi espalda, se coloca a horcajadas en mi regazo y acaricia mis mejillas antes de tomar los dobladillos de mi camiseta. Carlos hizo lo mismo hace un par de horas… la sensación ahora no se compara en nada a entonces…
—Nadie sabrá de esto, ¿entendido? —se incorpora simplemente para quitarse la camiseta rosa pálido que llevaba puesta. Aparto la mirada cuando su sostén queda a plena vista.
—Entendido, cariño.
Me levanto lo necesario para que pueda quitar mi camiseta y la arroje al suelo, cuando me hace girar la cabeza para besarla en los labios casi muerdo el inferior para hacerla sangrar, pero es entonces cuando las piezas vuelven a encajar, cuando la palabra que no quería salir de mi boca resalta en mi cabeza como el brillo de la luna en la noches despejadas y llenas de estrellas.
«Te amo, Carlos».
—Y lamento lo que te estoy haciendo… —susurro cuando nos apartamos para respirar, dos segundos de alivio antes de continuar con el acto de traición.
POV de Carlos
Lleno otro pañuelo de papel con la extremadamente líquida mucosidad de mi nariz y lo arrojo en el cesto de basura junto a mí. Fue una pésima idea salir en mi estado, pero en verdad necesitaba salir del dormitorio, comenzaba a sentirme un tanto claustrofóbico.
Me hundo un poco más en el sillón y sigo rascando el estómago de Chico con mis pies. Parece disfrutarlo lo suficiente para no haberse movido desde hace media hora, pero justo ahora odio de sobremanera la repetitiva e insulsa programación televisiva de Auradon, aunque no tengo ánimos de un videojuego, y sé que si veo una película caeré completamente dormido, esta vez en verdad.
No creí que Hada Madrina pudiera transformar su magia en pociones, pero si es el ser mágico de bondad más poderoso del mundo entonces creo que es apenas una prueba de lo que puede hacer, al igual que la transformación de Maléfica en dragón y todo eso.
Un té de hierbas con unas cuantas gotas de una poción de salud, una de tantas que mantiene en un estante oculto detrás de una de las paredes de su oficina. Es sencillo acceder a él, solamente es necesario teclear una contraseña de siete dígitos en su computadora, la contraseña que cree que tecleó lo suficientemente rápido para que no lo memorizara. Tendrá que hacer un mejor intento.
Mi curiosidad me invadió y estuve a punto de tomar nota sobre todos y cada uno de los pequeños frascos, sus contenidos, cuáles tienen un efecto veloz y cuáles un efecto más aletargado. No creí que fuera a compartir esa clase de información.
Claro, todo eso habría servido cuando teníamos como objetivo robar la varita, pero ahora solamente me parece bueno conocer un poco más sobre las cosas que se pueden hacer con magia. Me pregunto si Mal podría hacer algo así ya que es un hecho que Freddie puede por todo eso del vudú.
El efecto somnífero de la poción de salud me hizo tomar una no programada siesta de una hora completa, pero fue bueno descansar ese tiempo ya que Jay todavía no ha vuelto del planeamiento de tácticas. No tiene mucho sentido ya que vi a Ben y a otro par de chicos del equipo en la cafetería al pasar por un bocadillo, pero como no todos están en la línea de ofensiva no me detuve a preguntar.
Le doy un sorbo al té de canela que pude llevarme al dormitorio, la regla dice que no puede haber comida en los dormitorios para evitar ratas y otras pestes, y levanto la cabeza para ver sobre el respaldo del sillón, la llovizna se ha vuelto en abundantes gotas que todavía son nada a comparación de la tormenta de hace dos días. El cielo estuvo igual de nublado así que espero las mismas bajas de energías y los largos lapsos sin luz eléctrica, pero también espero a que Jay salte a mi cama y charlemos hasta quedarnos dormidos.
—¿Cuándo vas a decirle a Jay que lo amas? —pregunta Chico con la cabeza entre las patas, mirando el televisor.
Me atraganto con el sorbo y trato de respirar por la boca, estirando el cuello para que el agua caliente termine de bajar y deje de quemarme la garganta, aunque ayuda un poco a mitigar la irritación que siento, apenas un poco. Me recupero lo necesario para toser, formando flemas y odiando tener la garganta tan irritada. Muy mala idea salir cuando el viento sopla y la lluvia amenaza con desatarse en cualquier momento.
Finalmente respiro con calma, le doy otro sorbo al té para que los restos de las flemas regresen a su sitio. Ojalá Jay salga del resfriado que seguramente contraerá de una mejor manera que yo.
—¿D-de qué hablas? —pregunto, dejando de rascarlo y siendo recompensado con un chillido.
—Ah, ¿ahora sí vas a hablarme? —se sienta y me muestra los colmillos, su ademán cuando está enojado.
—Oh, vamos, sabes que en el fondo eres mi favorito.
—No es cierto, Jay es tu favorito, yo sólo soy la mascota.
—Bah, cállate y ven aquí —extiendo mi manta y no tarda más de tres segundos para recostarse sobre mí, su cuerpo descansa sobre mis piernas y su cabeza está cerca de mi mano derecha, esperando a que lo acaricie—. ¿Por qué dices eso?
—¿Lo de ser una mascota? —comienzo a acariciarlo cuando vuelve a chillar.
—No, eso no, lo otro, eso de que lo amo.
—Ah, porque es cierto, ambos lo sabemos, además pude verlo desde el primer día que los vi juntos.
Acaricio lentamente su pelo, de tal forma que ronronearía si fuera un gato. En su caso, el sonido que emite es un tenue chillido mientras busca más de mi tacto sobre su peludo cuerpo. Bajo hasta su lomo y de ahí a un costado de su cuerpo, haciendo que ese reflejo de mover su pata se active, me río por lo bajo cuando su expresión parece decir 'sigue así, no te detengas'.
—No creo que sea apropiado que le diga eso, solamente hemos estado juntos por dos meses y medio.
—No veo cuál es el problema —gira la cabeza para mirarme a los ojos—, si es algo que sientes entonces no veo por qué el tiempo tiene que ser algo que influya.
—Decirle 'te amo' a alguien es más serio de lo que crees —respondo, aunque en realidad no sé qué estoy diciendo—. Involucra un sentimiento muy profundo, además tiene que haber un vínculo muy fuerte entre las dos personas, debe haber confianza, cariño, altibajos, pero sobre todo debe haber reciprocidad.
Diciendo todo lo que inconscientemente he notado entre Jay y yo me hace notar que tal vez no sea una idea tan descabellada decir ese conjunto de palabras, aunque suene precipitado o prematuro.
—¿Cuándo te volviste un experto en estas cosas? —me muevo a una posición más cómoda mientras hociquea un poco más en mi mano.
—No lo soy, sólo digo lo que es evidente.
La puerta del dormitorio se abre con un movimiento tan agresivo que choca contra el muro detrás de ella y vuelve a cerrarse a los pocos segundos. Jay camina como una exhalación hasta el baño, azota la puerta para cerrarse y pone el pestillo, después de unos minutos la ducha se enciende.
Chico y yo intercambiamos una mirada de completa preocupación, salta de mi regazo para que pueda levantarme. Estornudo mientras lleno otro pañuelo de mucosidad, lo arrojo al cesto y me encamino a la puerta del baño, llamando antes de intentar abrir, sabiendo que no lo lograré.
—Jay, ¿está todo bien? —escucho un par de cosas moviéndose, al igual que un par de insultos, y no me responde—. Jay, sólo dime que saldrás pronto.
Sigue sin responder, solamente escucho gruñidos e insultos amortiguados por la gruesa madera de la puerta. Me envuelvo más en la manta y me recuesto en mi cama, esperando, observando cómo el agua de la lluvia golpea delicadamente los vidrios antes de que momentáneamente llueva con súbita intensidad.
El rugido de un trueno me hace juntar las piernas lo más cerca que puedo contra mi pecho, ignoro el hecho de que las bombillas titilan y agradezco también que todavía resta un poco de luz solar. Chico salta a mi espalda para enroscarse ahí, sin hacer o decir nada, sólo para recordarme que si tengo mucho miedo puedo hablar con él para mitigarlo un poco.
Ahora no es completamente mi preocupación.
Sé que hay veces en las que las tácticas de juego no resultan como las planea, al igual que muchas cosas que no resultan como estaban planeadas, pero Jay es una de esas personas altamente sensibles a la frustración, cuando algo no resulta como lo espera tiende a estar temperamental e irritable, aunque siempre hay una forma de calmarlo. Ahora no parece haber una, no en todo el universo.
Me muevo a la otra almohada, la que suele él usar cuando duerme conmigo, y antes de que pueda colocar la cabeza contra ella, la puerta del baño se abre, con otro azote que la hace golpear un muro. Me levanto sólo para ver pantalones de chándal en su cintura, una camisa de manga larga y cuello alto sobre él, y sus manos exprimiendo el exceso de agua de su cabello.
Me siento para verlo ir y venir dentro del baño y el dormitorio, arrojando su ropa sucia en el montón que debe lavarse el fin de semana, con su teléfono en las manos cuando las tiene desocupadas, y con la mirada perdida; se mueve nada más porque recuerda la exacta posición de las cosas aquí, no porque esté plenamente consciente de lo que hace.
Algo ocurre, y no tiene mucho que ver con tácticas de tourney.
Arroja la toalla húmeda a su cama y rodea la mía, se sienta en el otro lado del colchón y deja la cabeza agachada. Veo que sus hombros se sacuden, como si estuviera sollozando, antes de que suba las piernas para sentarse frente a mí.
—Hay algo muy importante que debo decirte —dice, sin levantar la cabeza. Trato de buscar sus ojos pero parece que es uno de esos momentos en los que su día fue tan malo que no quiere hacer nada más que mirar el suelo.
—También tengo algo muy importante que decirte —me mira de reojo y le doy una sonrisa, luego vuelve a mirar un punto muerto en las sábanas. Es la hora de decir el conjunto de palabras—. Empieza tú.
Se levanta y lo primero que hace es caminar hacia la ventana, el sonido del trueno que sigue al rayo tiene un intervalo de entre cuatro o cinco segundos, las gotas de lluvia contra los cuadrados de vidrio de las ventanas forman un patrón extraño sobre su rostro, su expresión ilegible se mantiene y se mantiene.
Tamborilea los dedos de las dos manos en el marco, empieza con la mano izquierda y termina con la derecha. Se detiene y junta las manos para jugar con sus pulgares. ¿Por qué está nervioso?
Bajo la vista por un segundo y cuando la levanto veo que me mira en el reflejo del vidrio, su inexpresivo contacto visual hace que quiera encogerme por alguna extraña razón, sin embargo no pierdo nuestro contacto hasta que finalmente bufa, se separa de la ventana y se sienta frente a mí.
—No estuve planeando tácticas de ofensiva para el siguiente juego, estaba… estaba… —estiro la mano para tomar la suya, el modo en que contrae la mano y se aparta me hace pensar que le di una descarga eléctrica o algo similar—, estaba con Audrey en su dormitorio, el mensaje que recibí era de ella.
—Oh, supongo que los muebles que le gusta mover para redecorar son muy pesados, ¿no? Eso es lo que me dijo Jane cuando charlé con ella y Hada Madrina hace un par de horas —me río para aligerar el ambiente, repentinamente sofocante.
Su expresión seria se mantiene, incluso parece endurecerse más.
—No me pidió ayudarla con sus muebles, quiso que fuera para…
Divaga de nuevo, por segunda vez consecutiva. Esa definitivamente no es una buena señal, y trato de hacer que mi cerebro no plantee toda clase de escenarios en los que están él y Audrey solos. «No cerebro, detente, sólo detente, no lo hagas, no ahora, no mañana; no lo hagas nunca».
—Carlos, sabes que te quiero, mucho, eres mi persona, y también sabes que nunca haría nada para lastimarte… no con esa intención… pero…
—Jay, ¿qué está sucediendo? —pregunto, tratando de apartar la mano cuando su agarre se vuelve férreo, completamente firme y opresivo.
Es un hecho que no existe un filtro en la cabeza de Jay para sus palabras, casi siempre dice lo que quiere decir sin pensarlo. Justo ahora estoy al borde del pánico.
—Yo… yo besé a Audrey… en los labios…
El destello de un rayo me hace saltar, se mueve con la disposición de rodearme con sus brazos para protegerme y que no tenga miedo de la tormenta, de los rayos, de nada, pero lo único que hago es retroceder en el colchón, al borde de caer si es que retrocedo una vez más.
No le presto atención al anuncio que resuena por toda la escuela, diciendo que ningún estudiante debe estar en campo abierto ya que los rayos están alcanzando las inmediaciones de la Preparatoria y que es peligroso estar afuera, ya que mirar sus oscuros ojos aunque sea por un momento es suficiente para que nada en mi cabeza funcione bien, no después de escuchar esa declaración.
—¿P-por qué? —es lo único que puedo gesticular cuando parece haber un cortocircuito en mis conexiones neuronales.
—No fue algo que quisiera hacer, ¡lo juro! Fue una trampa, Audrey consiguió un vídeo de mí entrando de nuevo al museo para robar la varita y dijo que lo eliminaría si la besaba y…
—¡Jay! Elegimos el bien, ¡los cuatro lo elegimos! —forcejeo para librarme de su agarre; no parece que vaya a soltarme en toda una semana.
—¡Ya lo sé! —sisea con los dientes apretados, sonando un poco desesperado—. No quise robarla para mí, o para nuestros padres, ésta vez lo hice por alguien más, para darle algo a alguien más.
Me mira a los ojos por escasos cuatro segundos, frunciendo el ceño para usar lenguaje no verbal. 'Créeme, en verdad lo hice por alguien más, créeme cuando te digo que tuve que besar a Audrey para eliminar mi acto de villano del cual nadie estaba enterado', eso parece ser lo que quiso decirme con esa mirada fugaz.
—Quería darte felicidad, por eso quise robarla. Quería que fueras feliz.
Suelto un suspiro, tratando de calmarme. Cientos, miles de cosas surgen en mi cabeza, comenzando con que quiero darle un golpe y decirle que no necesito magia para ser feliz, no necesito nada más además de estar a su lado. Puedo superarlo, fue sólo un beso…
¿O… no fue sólo un beso?
Me trago el nudo que tengo en la garganta.
—¿S-sólo se besaron?
Y ahí está.
Pude haber soportado ese pequeño tropiezo, un tropiezo que pudo ocurrirle a cualquiera. Pero no a mí, no por el hecho de que nadie me resulte atractivo además de él, pero por el hecho de que pensé que todo esto entre nosotros se gestaba con base en compañerismo, confidencialidad, cariño real.
—Carlos… perdóname… no q-quise que nada de eso sucediera, s-sólo quería salir de ahí para volver aquí, contigo, s-sólo quería…
—Dime lo que ocurrió, Jay —se muerde el labio inferior con fuerza, sacándome verdaderamente de mis casillas por primera vez en años—. ¡Dilo!
—N-nosotros tuvimos…
La gota que resbala por su cabello se pierde en el cuello alto de la camisa que lleva puesta, libero la mano en uno de sus descuidos y bajo la tela, lo suficiente para notar una marca de un profundo color púrpura y las inconfundibles marcas de dientes en ella. Mi vista se nubla con lágrimas mientras sigo bajando la tela un poco más, revelando marca tras marca, rasguños, mordidas, todo lo que puede aparecer cuando dos personas están teniendo… eso…
Busco sus ojos de nuevo, esperando que note lo que ha hecho, no sólo con ella, sino también lo que ha hecho conmigo, todo lo que acaba de mandar al diablo por creer que tener relaciones con alguien podría ser una salida.
Los monstruos no son criaturas que habitan en la oscuridad, con dientes y garras afiladas, con agujeros en lugar de ojos, sedientos de sangre o de venganza. No, los monstruos son completamente reales, cada persona crea a un monstruo al permitirle a alguien más jugar con sus fortalezas y debilidades a su antojo hasta que encuentra una manera de herir profundamente a quien se los permitió.
Los monstruos son completamente reales, y justo ahora me doy cuenta de que estoy enamorado de un monstruo.
—Carlos… te pido que por favor me perdones…
—Tengo que salir de aquí.
Otra traducción para eso podría ser 'tengo que huir de ti'.
Me pongo de pie y me apresuro a la puerta, descalzo, resfriado, con frío, una tormenta en el exterior y con las lágrimas todavía formándose en mis ojos. No sé qué más necesito para que salgan, solamente tomo el pomo de la puerta y pongo un pie en el pasillo.
—Te amo, Carlos.
Agradezco darle la espalda ya que así no puede ver la primera lágrima resbalando por mi mejilla y cómo todo lo que siento por él se destruye poco a poco en miles de fragmentos. Casi caigo en su juego al escucharlo decir eso en voz alta y temblorosa, pero sé cómo tratará de acercarse de nuevo.
Acabo de presenciar la creación de un monstruo, y la mejor manera de evitar que aterrorice a más personas es mantenerlo encerrado.
Con un fuerte azote cierro la puerta detrás de mí, cierro los ojos y hago un esfuerzo descomunal para que mis rodillas no se debiliten. Comienzo a caminar con pasos largos, sintiendo la vibración del suelo por los truenos y viendo cómo las luces titilan por los rayos.
Mal e Evie no son una opción ahora, no entenderían lo que acaba de suceder, no puedo arruinar su felicidad con el momento mierdero que acabo de tener.
Ben tampoco es una opción, me hablaría como si le hablara a un animal herido y trataría de lograr que la comunicación entre Jay y yo vuelva a ser como antes. No creo que pueda volver a verlo en toda mi vida.
Esto era algo que tenía que pasar en algún momento, por supuesto que tenía que pasar. Soy el maldito hijo de una villana, y si no hay nunca un final feliz para los villanos, ¿quién demonios dice que para sus hijos sí lo habría?
Quizá los pilares de la proclama de Ben sobre que no somos como ellos y todo eso son reales, pero tal parece que la maldición del fatídico destino para los villanos no yace meramente en ellos, todo gira entorno a que son las personas buenas las que buscan que los villanos no consigan lo que quieren, o se interponen en su camino cuando las consiguen no porque, al ser personas buenas, sea un deber que deben cumplir. Lo hacen para poder regocijarse después, para alardear que fueron ellos quienes detuvieron a una bruja, a una madrastra malvada, a un hechicero, a un hada perversa, a un pirata, a todo aquél que tenga un plan que va contra sus principios déspotas de un estilo de vida completamente utópico.
Audrey hizo eso de manera consciente, lo que lo vuelve un acto peor. Y si la viera ahora estoy seguro que buscaría una manera de empujarla por las escaleras.
Sin darme cuenta llego a la oficina de Hada Madrina, pruebo con la puerta y para mi sorpresa está abierta, vacía sin embargo y con un pequeño letrero donde dice que volverá después anunciar el temprano toque de queda del día. Me armo de valor y me apresuro a su computadora, tecleo su contraseña, 0190493, y la pared a la derecha se hunde para luego deslizarse a la izquierda, revelando los cientos de frascos que almacenan fragmentos de su magia.
Tomo los frascos uno por uno y quito las pequeñas tapas, leyendo sólo algunas etiquetas antes de dejar que los líquidos de diversos colores entren a mi cuerpo. 'Poción de Salud', 'Anhedonia', 'Inmunidad a la Magia', 'Anulación de Hechizos Previos', 'Separación', 'Gozo', 'Exaltación', 'Dulces Sueños', 'Inteligencia', 'Valor', 'Talentos Ocultos', 'Odio', entre otras a las que les presté atención.
Me sorprende ver algunos de ellos con aspectos negativos, pero de todos modos sigo bebiendo uno tras otro y dejo caer los frascos de vidrio para que se hagan añicos contra el suelo, ignorando también que algunos de ellos me hacen sentir alegre, cosquillas en los pies, calor en las mejillas, migrañas, somnolencia, tristeza, sudor en las manos, deseos de llorar, etc.
Al terminar con el último frasco, 'Ideas Confusas', otro trueno hace que las ventanas tiemblen y que el estado que se mantenga en mi cuerpo sea el de mareo, un mareo tan potente que se me dificulta caminar en línea recta y me produce náuseas, aunque no es como si realmente me importara, lo único que quiero es que llegue mañana y salga otra vez el odiosamente brillante sol para recordarme que todo lo que acabo de vivir hoy seguirá rumiando en mi cabeza por todo un mes aunque trate de vivir en la usual negación.
Mis pensamientos se nublan mientras abro todos los cajones disponibles hasta que encuentro un par de hojas de papel, los aliso al otro lado del escritorio y tomo un bolígrafo de tinta líquida, la punta comienza a producir una mancha que se vuelve cada vez más grande hasta que estoy seguro que un poco de la tinta ha traspasado las aproximadamente cinco hojas. ¿Se supone que quiero dejar algo así como un adiós? ¿Una disculpa por no darle lo que quería cuando era el momento? ¿Decirle que se vaya al diablo de una vez por todas? ¿Qué quiero hacer?
Dejo salir una risa, proveniente completamente de la nada, pensando en qué demonios estoy a punto de plasmar en el papel. No soy muy bueno con los dibujos así que tal vez pueda intentar algo escrito, algo que nunca he intentado en toda mi vida, además de que no es como si tuviera los materiales para inventar algo que muestre los conflictivos que son mis pensamientos ahora.
Con lágrimas tibias resbalando por mis mejillas, la sensación de tener el lado izquierdo del pecho comprimido, un vacío en el estomago, pateando el elegante escritorio de Hada Madrina, y con pensamientos claroscuros en mi cabeza, dejo que el bolígrafo se deslice, dejo que mi inconsciente se exprese a través de mi mano y se plasme en palabras, algunas como formas de alabanzas, otras más quedan ahí como verdaderas muestras de que esa máscara cegadora que hacía llamar amor se ha desvanecido a tal grado que es como si ya no existiera tal emoción en mí.
Aliso el papel, unos cuantos excesos de tinta se quedan en mi mano y manchan el papel, lo doblo por la mitad y luego nuevamente por la mitad, lo guardo en mi bolsillo derecho y saco mi celular. Me muerdo el labio inferior un momento, unos cuantos movimientos de mi dedo y sabría dónde estoy, qué estoy haciendo y cómo me estoy sintiendo, pero, otra vez, no quiero verlo.
Decido enviarle el mensaje a Mal, cambiando totalmente el significado y lo que quiero comunicar: Jay se acostó con Audrey. No sé qué está pasando por mi cabeza, todo es muy confuso y siento que todo es irreal. Necesito ayuda, por favor. Lo adjunto a su número y lo envío, dejando que el aparato caiga al suelo.
Jalo la cabeza hacia atrás y me impulso hacia adelante, empujo las ventanas del balcón y cuando golpean los muros los vidrios se destruyen, la incesante lluvia golpea mi rostro mientras me quito la manta y la arrojo al suelo, observando cómo ondea hasta que golpea el suelo de la parte de abajo, la mitad con baldosas y la otra mitad con lodo. Me apoyo en la maceta rectangular para subir al riel hecho de mármol, extiendo los brazos cuando estoy arriba y dejo que la lluvia siga golpeándome con todo lo que tiene, el resfriado se marchó con las pociones y también un poco de todo.
¿Por qué Jay hizo esto?
¿Debí entregarme a él cuando se dio la oportunidad?
¿Es ahora cuando vuelvo al dormitorio y hago como que nada pasó?
Si retrocedo un poco más, ¿fue una buena idea haber estado bajo la torreta de vigilancia y que el primer beso sucediera?
El viento sopla con toda su fuerza, hace que un par de ramas de los árboles al norte caigan como si fueran fichas de dominó, los rayos siguen viéndose como una completa amenaza a la salud, los relámpagos se asemejan en intensidad a los flashes de las cámaras fotográficas, y los truenos siguen haciendo que el suelo retumbe. Me gusta toda esta combinación.
—¡¿Es todo lo que tienes?! ¡Vamos! ¡Sé qué tienes algo mejor entre manos! ¡Dame algo mejor! ¡VAMOS! —le grito a nadie en particular—. Tuvo relaciones con una chica, prefirió lo que dicta su entrepierna a lo que siente por mí. ¡Algo mejor!
El fuerte viento trae consigo hojas de los árboles, me cubro con las manos para evitar que golpeen mi rostro, retrocedo apenas lo necesario cuando la superficie sumamente lisa del mármol y mis pies descalzos, que sangran por los pequeños fragmentos de vidrio que hasta ahora noto se incrustaron en mi piel, no parecen llevarse bien, resbalo y pierdo el equilibrio hasta que mi cabeza, la parte más pesada del cuerpo, parece encontrar a salvo el vacío al mismo tiempo que se siente sano y salvo en el balcón, pero al final tres cuartas partes de todo mi peso se encaminan hacia adelante en una especie de salto mortal.
Todo ocurre tan lento que puedo sacar el cuadrado de papel de mi bolsillo y lo estrujo con fuerza con ambas manos. No es la mejor forma ni la ideal para terminar con esto, y tampoco es que tuviera en mente terminar con eso, pero sentir la caída libre y el momentaneo vuelo me hacen sentir verdaderamente libre, alejando de toda clase de ideas y malos ratos. Perfección en su máxima expresión.
Lo primero en chocar contra las baldosas es mi cabeza, después el resto de mi cuerpo, y mientras todo a mi alrededor se oscurece y se va volviendo frío con cada segundo que pasa, además de húmedo y ligeramente cálido, una sola cosa se mantiene, algo así como el resumen de cientos de pociones en mi cuerpo y lo que quise decirle en la cara del monstruo aunque no tuve la oportunidad.
—T-te… —la sombra frente a mis ojos se ensancha todavía más, le dedico una sonrisa—, t-te odio…
Papá… te veré pronto.
POV de Jay
Los chillidos de Chico están a punto de destrozarme los nervios, del mismo modo que sus rasguños contra la puerta y los movimientos circulares que hace en su mismo lugar; simplemente todo lo que hace me recuerda que prefiere mil veces la compañía de Carlos que la mía, y justo eso me hace recordar que quizá acabo de perder su compañía para siempre.
De un salto llego a mi colchón, me cubro hasta la cabeza con la primera manta que tengo cerca y estiro la mano para tomar mis auriculares de la mesa de noche, los coloco sobre mis orejas para mitigar un poco el sonido estridente que proviene de la bestia marrón.
Me muerdo el interior de las mejillas hasta que el sabor cúprico de la sangre inunda mi boca y no me detengo ya que, si lo hago, las lágrimas que se forman en mis ojos y que nunca he derramado por nada ni por nadie comenzarían a salir a borbotones, como cascadas, como la prueba viviente de que acabo de meter la pata como un campeón. Esta no será una situación de perdona y olvida.
La forma en la que su semblante se rompió fue desgarrador, el modo en que sus ojos perdieron la chispa de lo que sentía por mí hicieron que mi corazón se encogiera, como un pequeño infarto en ese momento. Maldita sea, el modo en que tomó mis palabras era justo el que esperaba, realmente esperaba que huyera y que me dejara aquí, con cientos de explicaciones formulándose en mi cabeza y a nada de salir por mis labios, mis hinchados y traicioneros labios.
Audrey prometió no dejar marcas, prometió ser discreta, y lo primero que hizo fue morder y rasguñar todo lo que estaba a su paso, además de ser tan ruidosa que hizo que varias personas golpearan la puerta para callarla.
Yo yacía ahí, inmóvil y callado, con mis brazos a mis costados mientras ella hacía lo que le placía, mientras yo cerraba los ojos y tensaba la mandíbula, en todo momento pensando en Carlos, en su risa, en su miedo, en los pequeños detalles que me había dado, en sus pecas, en el modo en que le diría la verdad llegado el momento. Todo se salió de mi control, si es que lo tuve.
Me levanto de la cama y dejo que las mantas caigan a mi lado, tomo la correa de Chico y me acerco a él, se pone en posición de ataque y muestra los colmillos, estiro la mano para tratar de asegurar la correa a su collar pero recibo una mordida de advertencia, sus colmillos apenas presionan en mi mano como una advertencia, pero eso no evita que note pequeños agujeros sangrantes.
—Vamos a buscarlo, tenemos que encontrarlo —lo miro a sus diminutos ojos y, de mala gana, deja que asegure la correa.
Abro la puerta y de inmediato dejo que tome el mando, olfatea cada rincón que encuentra y apresura el paso cuando parece encontrar un rastro de a dónde se dirige. El castillo es enorme, acabo de romper su corazón junto con todas esas ilusiones, deseos, planes a futuro y expectativas a futuro, además de que es pequeño, o solía ser pequeño, así que podría estar escondido en cualquier lugar y decidiría no aparecer hasta que considere que he recibido un castigo suficiente.
O podría simplemente no aparecer jamás, o ser indiferente. No sé cuál de todas esas posibilidades es peor, pero plantearlas no es malo ya que así podría pensar mediocremente en una manera de solucionar lo que hice.
«Acabas de decirle indirectamente que tuviste relaciones con una chica, ¿en serio esperas que haya un enorme pastel de bienvenida, una sonrisa en su rostro, y que esté dispuesto a perdonarte por traicionar su confianza y jugar con él de la manera más cruel que puede haber? En serio deberías ir con Hada Madrina y decirle que te envíe a la Isla por precaución, después de todo eres peligroso, tóxico, un traidor; está en tu naturaleza serlo, sólo finges ser alguien más».
Trato de silenciar a la cruel voz en mi cabeza mientras llegamos al exterior, trato de detenerlo pero se abalanza con fuerza, tanto que debe pararse en sus patas traseras para evitar que el collar lo sofoque. Carlos no tendría una razón para estar debajo de una tormenta eléctrica, pensante o no sabe medir los riesgos de lo que hace, y si no los premedita antes de actuar.
Avanzo hacia la fuerte lluvia, odiando no haber tomado un abrigo adecuado para este tipo de clima, y rodeamos casi todo el castillo hasta que puedo ver el campo de tourney y el bosque donde Chico y él se conocieron.
Es aquí donde se detiene, Chico se mueve en círculos, chilla, salta y se echa al suelo húmedo, se agazapa para tomar algo con su hocico y lo levanta para que lo tome. Es la manta que tenía sobre los hombros. ¿Dónde demonios está?
Como una respuesta del universo a mi pregunta, el peor modo de responder, a unos cuantos pasos de distancia escucho el inconfundible, aterrador y fulminante sonido del hueso chocando contra una superficie llena de baldosas, la fractura del calcio mientras la gravedad deja que el resto de su cuerpo toque el suelo.
Dejo caer la manta de nuevo al suelo, Chico no parece soportarlo ya que huye al interior del edificio, ladrando con desesperación a su paso, mientras me acerco con pasos temblorosos y me arrodillo a un lado su cuerpo inerte, junto a ese diminuto ser humano que se mueve en su lugar, luchando por sobrevivir, por respirar, y quizá esperando que el dolor se vaya pronto.
Un trueno ilumina todos los ángulos oscuros del edificio, el bosque y su cuerpo, deslizo mis manos debajo de él para levantarlo un poco, la tibieza que sale de su cabeza en mi mano derecha casi me hace dejarlo caer de nuevo, el irregular movimiento de los huesos de su espalda al levantarse, como canicas dentro de un saco, casi me hacen vomitar por quinta vez en toda la tarde.
¿Qué ha hecho?
¿Qué he hecho?
—T-te… —me acerco para escuchar el apenas audible tono de su voz, apenas puedo distinguirlo entre la fuerte y pesada lluvia—, t-te odio…
Lo miro una vez más, veo que de su pecho sale una última exhalación y sus manos dejan de temblar, revelando un trozo de papel entre ellas. Su garganta deja de moverse en el desesperado intento de respirar, y el brillo en sus ojos, esa pequeña chispa que siempre brilla incluso cuando está pasando por uno de los peores días, se extingue por completo.
Se ha ido.
Carlos murió.
Carlos acaba de morir en mis brazos.
Carlos acaba de morir por mi culpa.
* Elegí ese apellido por el alias que recibe Aurora en la versión de los Hermanos Grimm de La Bella Durmiente, Briar Rose.
