Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 9
Vómito
Edward estaba sumido en sus pensamientos cuando Jane ingresó a la cocina. Él supo inmediatamente que se trataba de ella por el modo en que sus zapatos de tacón sonaban, como si estuviese forzándolos a que anunciaran su llegada.
—¿Qué haces levantado tan temprano? —ella miró su reloj— Son 7 en punto.
—Me gusta empezar el día temprano por la mañana.
—Uff, que flojera. —él se rio y le sirvió café caliente a Jane, mientras esta restregaba sus ojos del cansancio— Papá quiere que firmemos contrato con una agencia en Canadá y su semana de la moda. Está un poco obsesionado con eso. Seis días, seis noches sin descanso. Bella y las chicas colapsarán.
Edward bebió de su propio café, deseando no sonar demasiado interesado.
—Ella siempre se ve colapsada ¿no?
—¿Te refieres a Bella?
—Sí.
—Ah, estoy segura que sí. Papá le exige mucho más a ella por ser la cabeza del grupo. Supongo que tener a Alec lejos ha sido mucho más difícil para que se concentre. Ella es muy centrada en lo que hace, pero generalmente se toma sus obligaciones demasiado en serio.
—Seguramente.
Tomaron café en un silencio tan sereno que cuando Alice llegó casi se infarta del susto. Después del café Jane se despidió, dándose prisa a la cochera para esperar a Aro, y Edward salió hacia el exterior para recoger su taxi.
No supo por qué, pero mientras se sentaba en el sitio del auto, no pudo evitar preguntarse si Isabella comía en algún momento del día.
¿Por qué iba a importarle eso a él?
Sacudió la cabeza, y con eso en mente, encendió el motor y se repitió que eso no era de su incumbencia.
.
—¿Dónde están tus zapatos? Eso no son los que elegí para ti.
—Eso es lo que había en mi camarín cuando entré.
Rose gruñó.
—¡Maldita seas, Vladimir!
Bella se quitó los zapatos y anduvo descalza por el vestuario observando a las demás chicas en sus camarines. Decidió que no quería estar presente cuando Rose y Vladimir comenzasen una nueva discusión. Eso era pan de cada día, más aún ahora que trabajaban codo a codo en el desfile. El criterio de ambos era tan transversal que cuando Rose decía negro, Vladimir elegía el rosa solo para sacarla de quicio.
Después de lo que parecieron horas, Rose consiguió su cometido y Bella se puso otros tacones.
Estaba bien esta mañana. Se sentía de buen humor. Modeló como si de verdad le gustase su carrera, o como si volviera a ser jovencita y estuviera obsesionada con el mundo de la moda, creyendo un mundo de ensueños, flashes, dinero. Puso un pie, luego el otro. Movió con agilidad las piernas y sonrió hacia la luz parpadeante del final del pasillo con elegancia.
Vladimir lloriqueó por su fabulosa presentación, aunque sea solo un ensayo.
—Aro estaba con el pecho inflado gracias a ti. —elogió Rosalie.
Bella rodó los ojos.
—Aro siempre está con el pecho inflado.
—¿Vas a almorzar? —La chica acomodó sus gafas más hacia abajo, como si estuviera examinándola.— Sin embargo, no espero una respuesta negativa.
—Sí.
—Me parece bien. Espero que no estés haciendo ninguna tontería.
—Ya sabes que me cuido bien. —le guiñó un ojo.
Bella creyó ver un rastro de duda en el rostro de Rosalie, pero no se atrevió a preguntarle.
No tardó demasiado en cambiarse de ropa. Estaba acostumbrada a andar a las prisas, así que en diez minutos estaba cruzando las puertas de la agencia justo cuando una suave nube se convirtió en pequeñas chispas de agua que cubrieron su cabeza. Bella corrió los pocos metros que le separaban de su chófer, y se subió sintiéndose protegida como nunca.
Cuando llegó a casa no había nadie más que Alice en la cocina tarareando una canción. Movía sus caderas graciosamente para trasladar el pollo a otra cacerola. Bella rio y esta brincó al sentirse intimidada.
—Qué mala es, señora. Podría estar sufriendo problemas al corazón y usted haciendo esas bromas.
—¿Sufres del corazón?
—Uh, no. Gracias a Dios.
—Por favor, deja de llamarme señora.
—Está bien, señora.
Bella picoteó un trozo de apio de la ensaladera. Después de masticarlo en su boca, se aseguró de que Alice no estaba viendo, y lo escupió dentro del basurero.
—¿Supongo que comeré sola?
Alice apoyó la cadera entre la nevera para abrir el horno y que el calor no le golpeara la cara.
—Oh, no. El señor Edward está en casa.
—¿Solo él?
—El chico Riley fue a su entrenamiento de básquet y la señorita Jane salió con sus amigas.
Bella suspiró. De todas formas, nunca tenía apetito.
—Estaba haciéndome a la idea de que comería solo. —dijo Edward de la nada, asomándose en la puerta— Veo que tendré compañía.
A Bella se le subió el color a las mejillas. No entendió por qué.
—Tengo que… volver al trabajo.
—Pero si no trabaja hasta dentro de unas horas, señora Isabella. Además, el pollo me quedó riquísimo.
Nunca quiso enterrar el pollo en la cabeza de Alice y lanzar sus restos al mar.
—Estoy segura de que te quedó riquísimo.
Aceptó quedarse. De cualquier manera, faltaba mucho para entrar de nuevo al trabajo, y no tenía planes que hacer. No era la primera vez tampoco que comía en la misma mesa que Edward Cullen. ¿Qué tan malo podía ser? Si era lo suficientemente lista, masticaría un bocado y se excusaría de hacer una llamada.
Cuando Alice les llevó la comida a la mesa, Edward observó la mirada inquisitiva de Isabella ante el olor al pollo. Pensó que a lo mejor no le gustaba tanto, como si esa fuera su respuesta a tantas dudas con respecto a esa mujer.
—Alice ¿tienes gaseosa? —le preguntó él.
A Alice se le pararon las puntas del pelo ante la pregunta. Generalmente en casa de los Vulturi nadie tomaba gaseosa.
—Eh… creo que sí.
—Tráeme una, si eres tan amable, por favor. —Bella arrugó la nariz— ¿No tomas gaseosa?
—Tiene muchas calorías.
Edward la observó mientras troceaba el pollo, lo colocaba en filas en un rincón del plato y se llevaba con indiferencia un trozo a la boca. También se dio cuenta que masticaba demasiado. Cuando ella se dio cuenta que Edward la observaba, se puso tan colorada que parecía que se hubiese atorado con la comida. Entonces, no le quedó más remedio que tragar lo que tenía dentro de su boca. Luego, con pesar, comió un trozo de papa cocida.
Ella lo miró devuelta.
—¿Qué?
—Nada.
Edward, de alguna forma, sabía lo que estaba pasando.
—Necesito hacer una llamada.
—Te ves pálida, Isabella.
—Volveré en un minuto.
Casi corrió. A medio camino, se tropezó con la alfombra y el vómito vino solo. Manchó el piso y las lágrimas desbordaron sus ojos. Se sentía tan inútil para todo. En cualquier momento Edward vendría y la descubriría. Siguió su camino y se encerró en el baño.
Nunca más comería pollo. Era el peor pollo del mundo. Al menos para ella.
Cuando volvió al comedor, Edward ya había terminado su plato.
—Lo siento, yo solo… —intentó disculparse hasta que se dio cuenta que el plato no estaba en la mesa.
—Le dije a Alice que no te sentías muy bien.
—Gracias, sí. Creo que comí algo esta mañana que me hizo mal.
—¿Comiste algo esta mañana?
Bella parpadeó, y entonces decidió hacer uso de su excusa de las llamadas falsas.
—Debo irme. Discúlpame de nuevo.
No lo miró a los ojos. Dio media vuelta y pudo arrancar algunos pasos antes de que Edward la alcanzase.
—¿Sabes? Mi madre solía decir cuán quisquilloso fui de niño.
Bella respiró por la nariz, aún sin mirarlo. Cuando intentó seguir su camino, Edward la tomó por la cintura.
—Siempre fui el que me daba cuenta de todo. Y puedo verlo en ti. Tú sabes que lo sé ¿verdad?
—¿Saber qué? ¿Qué puedes saber tú, eh? —demandó.
Se le agotó el aliento. Edward estaba tan cerca que quiso vomitar de nuevo, pero de los nervios. Todavía estaba agarrado de su cintura y ella no quería que la soltase. De pronto, se sentía flotando en una nube de otoño.
Y flotar en aquella nube le hizo dar cuenta de las ganas que tenía de besarlo. Le miró los labios, tan apetecibles. Ella no podía pensar así del ahijado de Aro Vulturi. ¿Por qué si él era una carga para ella? ¿Por qué si no lo conoce lo suficiente?
Dios, contrólate.
Lo estaba intentando, por todos los cielos, pero necesitaba morderle esa boca.
Sin embargo, no lo hizo. Suspiró y se dejó acariciar por sus manos sobre sus caderas antes de salir corriendo de nuevo.
Esta vez Edward no la detuvo, y ella sabía que no iba a librarse tan fácilmente de él. Si ya estaba encubriendo la pérdida de aquel bebé, difícilmente lo haría sabiendo su problema con la comida.
Ahora, lo peor de todo, era su estúpida y hormonal reacción hacia él.
Hola, chicas. Lamento que esto haya demorado tanto tiempo. Más de un mes que no subía actualización. No he estado usando el ordenador estos meses a pesar de que tenía los capis listos de Muñeca. Yo les dije que no iba abandonar la historia, chicas, pero si me demoro en actualizar no quiere decir que la haya dejado. Con una bebé pequeñita a veces se hace difícil, pero estoy tomándole costumbre, así que no me odien si a veces no puedo subir capítulos seguidos.
No las lío más. Que tengan una buena tarde y muchas gracias por sus comentarios!
Besos.
