Disclaimer:

Los personajes de yyh no me pertenecen, son propiedad de Yoshishiro Togashi, quien aúnque jamás sacó nada nuevo de esta serie sigue ilusionándome a que haga una ova o una nueva serie.

Notas:

Muchas gracias por la espera, y le mando en especial un beso a mi amigui Kaede que siempre me dice lo que opina, y me comenta en este fick, amiga, este capi tambien es para ti, y para Kitty, que siempre me recuerda los ficks que debo (risas) muchas gracias ambas.

Ahora, pasando al capítulo, es un poco más largo de lo habitual, pero espero poder hacer que se imaginen lo que quise narrar. Vamos al final de la historia.

Sin nada más que decir, les dejo:


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Sonata en Mi menor

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Capítulo VIII

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¿Lo bueno de un sueño?…

Es que cuando lo alcanzas sales a perseguir otro con todo el corazón…

-Vivaldi-

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-Anfiteatro de Viena, una y media de la tarde-

Le estaba mirando fascinado, Hiei Jaganshi se maravilló al vislumbrar la apariencia que traía Kurama sobre el escenario. El kitsune se había atado la cabellera en una coleta, traía un traje de presentación en color negro, y en sus manos había unos guantes de franela blancos sin dedos. Hiei había practicado mucho con Kurama para lograr que se sincronizaran a la perfección, al comienzo había costado pero luego de unos intentos Hiei percibió que las manos de Kurama lograban mayor firmeza si traía puesto unos guantes. Por ello, cuando Kurama le dijo que quería unos a juego para la presentación no se sorprendió. Kurama ahora yacía sentado en el taburete para piano y estaba muy nervioso.

-¿Te sientes bien?-le preguntó, Kurama se mordió un labio, ¿y si perdía la concentración en medio de la obra?, ¿Y si Hiei no lograba tener la suficiente energía para terminarla? Había tanta duda en su corazón como miedo que no podía estar tranquilo. ¿Y quién decía que la muerte jugaría limpio apenas estuviese mostrando la sonata?

El kitsune suspiró.

-Tengo miedo Hiei, ¿qué crees que pase luego de que las luces se apaguen?-preguntó, Hiei se sonrió con sarcasmo, se sentó sobre la tapa del piano.

-Supongo que la gente te aplaudirá y hablaran de lo maravilloso que tocaste esta noche Kitsune-

-¿Y luego?-le preguntó, Hiei se colocó detrás de Kurama. Posó una mano sobre su hombro, el kitsune percibió el peso de sus manos en su espalda, Hiei comenzó a presionar con fuerza la piel.

-Incluirán la sonata en las obras del museo de Viena supongo, para que no se pierda en el tiempo como ha pasado con otras-dijo, Kurama tomó una nueva bocanada de aire.

-¿Hay algo que quieras decirle a Myka antes de que comience la obra Hiei?, está afuera con Koedma-

El pelinegro se mordió un labio.

-Me gustaría que dejase mi piano junto al violín de Yukina, para que le haga compañía en el teatro- Kurama se llevó una mano a la boca.

-¿Crees que se siente solo aquí?-

-No, pero sé que mi piano lo estará-dijo, Kurama como respuesta a esa frase se giró a mirarle. Los ojos de Hiei brillaban mucho, y traía un leve rubor en las mejillas.

Entonces, Kurama depositó un beso en sus labios.

-Tú ya no lo estarás-pensó el pelirrojo, Hiei se sonrió al leer esa frase en su mente, cerró los ojos.

-Quedan unos minutos, es mejor que me prestes tu cuerpo Kitsune-dijo, Kurama se sentó lo mejor que pudo, respiró y cuando percibió otro corazón latiendo con el suyo supo que Hiei daría todo cuanto tenía para tocar la mejor obra de su vida.


-Anfiteatro de Viena, diez para las dos de la tarde-

Myka Jaganshi siempre había oído historias sobre Hiei, y estuvo tanto tiempo acostumbrada a su compañía cuando tuvo su piano que no quería dejarle ir ahora. Se mordió la boca, su cabellera marina casi blanca le caía en una trenza hasta la cintura. Koedma se sentó a su lado cuando la mujer padeció un mareo al recordar que ese día sería el último en que podría volver a sentir a Hiei cerca de ella. Hace más o menos una semana Kurama se había llevado el piano y no había tenido noticias de Hiei, y sin pedirlo el joven Koedma había aparecido en la puerta de su casa para contarle todo lo que había ocurrido desde entonces.

Pero jamás esperó oír que Kurama se iría con Hiei luego de ello.

Jamás esperó escuchar de su boca que Hiei había terminado aquello que lo ató a la tierra y que ese día presentaría su última obra.

Le había costado digerir esas palabras.

-¿Crees que estoy loco Myka?-preguntó el joven que ahora, yacía mirando el fondo de un escenario que se hallaba casi repleto de gente. Al principio cuando Koedma vislumbró como ingresaban las personas al teatro no pudo entenderlo, pero cuando Myka le explicó que el nombre Jaganshi era mundialmente conocido, Koedma entendió el por qué esas personas querían escuchar la que seguro fue, la última obra escrita en vida por Hiei.

Koedma suspiró.

Además de Myka, se encontraban unas personas que la mujer invitó, gente que asistió a la escuela de música en la que estudio Yukina y otras personas que no conocía.

-Siempre supe que un día se iría, pero no creí que sería ahora-dijo ella, Koedma se llevó una mano a la cara. –Me gustaría despedirme al menos-

-Lo estás haciendo Myka, seguro significa mucho para él que estés aquí-

Myka se sonrió.

-¿No harás nada para evitar la locura que quiere hacer tu amigo?-

-No puedo hacer nada- dijo Koedma, la mujer le miró a los ojos, Koedma como respuesta a esa mirada se encogió de hombros.

-¿Por qué no?, la vida es hermosa, y tu amigo quiere negarse a ella-

-Conozco a Kurama Myka, tanto como para afirmar que hará cualquier cosa para estar con Hiei- la mujer se sonrió al escuchar aquello, luego de esa pequeña conversación Koedma y Myka vislumbraron cuando las luces del escenario comenzaron a desvanecerse. El castaño se levantó de asiento, Myka le miró con gracia. -Se supone que yo abro con una melodía en violín, y no debo llegar tarde, Hiei me mataría-dijo, la mujer se rió discretamente.

-Vete, a menos que quieras a Hiei torturándote en pesadillas- el chico se llevó una mano a los bolsillos de su pantalón y descendió por una escalera. Entonces las luces se apagaron por completo, sólo quedó la oscuridad y un piano en el centro del teatro siendo alumbrado con luces color oro.

-Va a comenzar-dijo Myka, y Koedma sintió como su corazón palpitaba al compás del de ella a medida que terminaba de bajar aquellas escaleras.


-Sobre el escenario-

Antes de que las luces iluminaran por completo el centro Koedma había llegado a su posición, detrás de él se hallaba el viejo piano color ocre, Kurama yacía en el taburete y él sabía que Hiei estaba también allí. Lo sabía porque Kurama le había mostrado antes cómo el pelinegro posesionaba su cuerpo para que fuese sus manos y ahora, que a simple vista yacía junto a Kurama su corazón le estaba gritando que Hiei era el que yacía sentado mirando al fondo del teatro, que en el fondo no era Kurama porque esos ojos ya no eran color verde sino carmín, y miraban hechizados el asiento de Myka.

¿Qué se sentiría mirar a Myka desde allí?, ¿qué se sentiría contemplar a esas personas que venían a escuchar su música? Koedma se mordió un labio, jamás lo sabría pero guardaría en el fondo de su corazón el recuerdo de haber estado con Hiei en ese lugar.

Y si Hiei o Kurama se lo permitía, escribiría su historia antes de olvidar que fueron reales, antes de que la vida lo convenciese de que nada de ello ocurrió.

Koedma se sonrió, volvió a mirar a Kurama. Si lo pensaba Hiei tenía una conexión maravillosa con la mujer, supuso que era producto de haberla visto tantos años. Koedma miró a ese chico que yacía sobre el taburete, el rostro de Kurama le miró de improviso, tembló.

Entonces supo que debía de comenzar a tocar su parte.

Las luces cayeron sobre su persona, escuchó su corazón palpitando con velocidad, una mano en el arco del violín, enseguida le esparció una cantidad suficiente de pecastilla para que no sonase cortado, la otra llevó el soporte del violín hasta bajo su mentón.

Koedma percibió el aire cruzando bajo su cuerpo, y lo silencioso que se volvió aquel escenario.

No era la primera vez que montaba una obra, pero jamás soñó poder montar una escrita por alguien con tanto prestigio, jamás esperó conocer siquiera a alguien tan cercano a su mayor sueño.

Ese sueño siempre tuvo un nombre.

Sintió como las manos le temblaron de solo pensar en ella, y Koedma escuchó luego en su mente el sonido producto del vibrato que comenzó a tocar sus dedos que se hallaban en las cuerdas del violín, escuchó la melodía del silbido agudo que subía y bajaba con desesperación producida por la yema de sus dedos y el sonido de su propia respiración.

Escuchó el sonido que fluía desde las cuerdas al tocar un si bemol, un la y un sol. La extraña mezcla que surgió de esos acordes y luego, un silencio, enseguida el agudo grito producido por un mi menor.

Y en su mente también imaginó un pajarillo azul.


-A unos asientos de Myka-

-Alguien le había hechizado- pensó Shiori apenas vislumbró a Koedma sobre el escenario, las luces le iluminaban su rostro, traía los ojos cerrados y no había una sola partitura por la cual él pudiese leer lo que tocaba. Recordó las veces en que Kurama le contaba que Koedma era muy bueno tocando violín, recordó las veces en que escondida, había visto al chico practicar y ahora estaba sobre un escenario en frente de todas esas personas y ella ya no yacía oculta mirándole.

No supo cómo explicarlo, pero cuando ese sonido nació de aquel violín Shiori percibió que alguien le besaba una mejilla, percibió el sonido que producen las alas de un pajarillo al levantar el vuelo.

Y lo más extraño fue que lo primero que pensó es que era de color azul.

¿Cómo Koedma logró producirle aquello?, ¿cómo explicar que ese sonido que estaba escuchando parecía cobrar forma frente de sus ojos si sólo eran sonidos? ¿Si no tenían forma? Shiori cerró los ojos, y disfrutó de la melodía que el joven tocaba, percibió una brisa y vislumbró un cielo en color púrpura.

Y luego de ello, escuchó el sonido de un piano, y el pajarillo desapareció de su mente para dar forma a una golondrina.


-Sobre el escenario-

Hiei percibió como su corazón latió unísono con el del kitsune, sus dedos se movían de un acorde a otro, su mano izquierda yacía marcando un compás en notas bajas y la otra yacía jugando con unas altas y otras de medio tono. En su mente imaginó el cabello azul de Yukina y sus ojos que tantas veces le miraron mientras tocaba. Luego, el rostro del kitsune, el cabello rojizo que añoraba alguna vez poder acariciar, pensó en sus labios, en lo que experimentó la primera vez que recibió un beso de ellos; el ardor y la manera en que su corazón latió. Pensó en la colonia que marcaba su cuello y el aroma a agua marina que yacía en la tela de una camisa que sabía, se encontraba colgada dentro de un closet del kitsune.

Y luego, vislumbró una luz.

Percibió cuando sus dedos rozaron la textura de una tecla del piano, el grosor luego de una pequeña en color negro, de una blanca bajo ella y el eco del choque que se produjo cuando saltó de una octava a otra. Enseguida sintió sus mejillas arder producto de las luces, y la respiración que brotó desde aquella boca por la que estaba ahora respirando. Cerró sus ojos, la partitura en su cabeza, el fondo del escenario que yacía a oscuras para él y sintió como Kurama en su mente comenzaba a abrazarle en su imaginación.

Estar vivo no podía describirlo, pero sentir esas teclas en sus dedos era maravilloso y sabía que la sensación era real, experimentó una descarga eléctrica cuando regresó a su mente el sonido que produjo tocar ese mi menor.

Y luego, una pausa, el silbido del mismo pajarillo en su cabeza y su coloración azul.

Entonces escuchó la voz de Yukina en su mente y vislumbró cuando ella extendía una palma a su persona.

-Es hora de irse Hiei-el sonido de la voz de ella, el color de los ojos que le miraron cuando la vislumbro con su palma abierta esperando que él le extendiese la suya.

Y al terminar de tocar aquella estrofa respiró con fuerza.

Levantó el rostro, vislumbró el escenario cuando se encendieron las primeras luces y contempló cuando Koedma se colocaba en el centro del teatro para dar inicio a la siguiente parte. Entonces Hiei vislumbró a una mujer con un vestido rojizo posarse al lado de su piano, interpretando partes de lo que había escrito en su sonata. Al mirarle descubrió que ella interpretaba a Yukina cuando le pedía frenar aquella locura y luego apareció alguien con camiseta blanca en una camilla de hospital escribiendo en una especie de diario, con cabellera negra y lentes de contacto rojizo.

Se divirtió al mirar aquello, y apenas Koedma dejó caer el arco de su violín en el instrumento y escuchó el sonido de un fa menor volvió a sentarse en el taburete para realizar el acompañamiento.


-Del otro lado del escenario-

No sabía que sentía Hiei al tocar aquello, pero alguna vez ella también lo vivió. Hubo una vez en que sus dedos rozaron la cuerda de un violín, una vez en que las luces de un escenario brillaron alumbrándola y percibió el sonido luego de los aplausos provocados por personas que le amaron.

Pero de ello había pasado tanto tiempo que ya casi no recordaba cómo se sentía, en su corazón sabía que había amado esa experiencia y que quería antes de irse al otro lado con Hiei rozar otra vez una cuerda, sentir lo pastoso de la pecastilla y el peso bajo su clavícula del soporte de aquel violín que yacía siendo tocado por ese chico llamado Koedma.

Yukina lloró al pensar en eso, lloró al vislumbrar a Hiei tocando frente de tanta gente, al escuchar la sonata que gritaba con desesperación experimentar la vida de nuevo. Sus ojos vislumbraban a Hiei sobre el taburete aun cuando toda la gente miraba a Kurama, pero ella estaba sentada tan cerca de su hermano que podía escuchar su corazón. Yacía en uno de los primeros puestos del teatro y estaba vestida con un vestido color púrpura, sus manos yacían entrecruzados sobre sus rodillas, Hiei dio otro salto en el piano que la llevó a experimentar otro escalofrió, luego el sonido de la mujer que estaba leyendo la historia que yacía escrita en cada partitura de la sonata obligó a Yukina a mirar al violinista.

En otro tiempo le habría encantado hacer un dueto con Koedma.

Enseguida, cuando el teatro volvió a quedar en silencio, Yukina vislumbró cuando las luces finalmente se encendieron y la gente se puso de pie para aplaudir aquella obra que había provocado más de un sentimiento en su corazón. Experimentó como sus labios temblaron y como sus mejillas aún yacían húmedas, y aquello era tan extraño.

Porque no recordaba llorar, porque no recordaba que se sentía, pero Hiei consiguió aquello con su historia y ella supo que su hermano seguiría tocando para siempre en donde sea que se encontrara.

Yukina se levantó del asiento para vislumbrar a las demás personas.

Myka estaba unos puestos detrás de ella, y cuando le miró creyó que su corazón explotaría de felicidad. En un pestañeó Yukina se acercó a la mujer que miraba asombrada al chico del piano y depositó un beso en una mejilla cansada de ese rostro logrando que Myka experimentase una descarga de electricidad.

Cuando Myka reaccionó Yukina ya no se encontraba allí y Kurama estaba despidiéndose con una reverencia.

Luego de ello, Myka salió junto a las otras personas del teatro para comprar un café una vez hubo terminado el concierto y se quedó sentada en una banca del parque mirando el cielo, giró el rostro para mirar a su izquierda cuando escuchó el sonido de alguien llorando a su lado.

Una mujer de cabellera castaña yacía sentada en aquella banca, y traía una fotografía en sus manos.

Ese rostro…

-Disculpa, debo estar arruinándote la noche-exclamó ella, Myka le ofreció de su café.

-¿Estabas viendo la obra?-preguntó, Shiori le regresó el vaso luego de beber un sorbo.

-Estaba viendo a mi hijo tocar ese piano…no quise quedarme porque sé que no volveré a verle y no quería decir adiós- Myka se mordió un labio.

Cierto, Koedma le contó que Kurama se iría con Hiei.

-A veces nuestros hijos escogen mejor que uno-exclamó, Shiori le miró con sorpresa, aquella anciana yacía tan tranquila, oh, pero ella estaba tan triste. -Cuando somos madres, sólo nos queda esperar haber hecho lo mejor por ellos- dijo, y Shiori sintió algo tan extraño en su corazón cuando escuchó esas palabras.

-Es extraño, cuando dijiste eso me sentí tan bien-Shiori rió, y Myka vislumbró la sonrisa más linda que había visto en vida luego de la de Hiei. –Soy Shiori-

-Myka- exclamó ella, y Shiori vislumbró como su mirada regresaba a mirar ese cielo en color negro que comenzaba a tornarse rojizo.

-¿Por qué miras el cielo con tanta devoción?- preguntó ella, Myka bebió otro sorbo de su café, encogió sus hombros.

-Hace tiempo perdí a alguien muy cercano, aquella noche cambió de color y supe que había cruzado al cielo, ahora, estoy esperando a ver si cambia cuando cruce Hiei -dijo Myka y Shiori supo, que se le había caído la fotografía de Kurama al suelo.

No podían estar hablando de la misma persona…¿verdad?

-¿Hiei?-

-Es una historia demasiado larga, pero si quieres puedes quedarte mirando el cielo conmigo mientras te la cuento-

Shiori sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas y pensó que conocerla a ella fue lo mejor que pudo haberle pasado esa tarde.

-¿Y si cambia luego que hacemos?-

-Encender una vela, para que lleguen con bien-


-Sobre el escenario, unas horas después-

-Ha terminado-pensó Hiei, Koedma dejó el violín sobre la tapa del piano y le miró con ternura. Las mejillas del chico estaban rojísimas por la luz, Hiei vislumbró el fondo de la sala, ahora estaba tan callado ese teatro, tan silencioso y solitario que no parecía que se hubiese tocado una obra para piano.

Koedma se sentó a su lado en el taburete, Hiei se desdobló.

Cuando Koedma se giró para decirle algo a Hiei, ahora Kurama yacía mirándole, Koedma lo supo por la coloración esmeralda de los ojos y por la manera en que se tocaba los dedos de las manos.

-Estuvo hermosa-dijo el castaño, Kurama se sonrió.

-Te dije que lo era-exclamó, Hiei se sentó en el suelo y quedó mirando a ambos chicos que comenzaron una plática. Nunca entendería por qué luego de la obra Koedma ahora era capaz de verle, de escucharle, jamás lo sabría pero amó saber que cuando finalizó el concierto Koedma finalmente le había mirado a los ojos, aunque fuese una vez. Dos segundos después escuchó el ruido de algo romperse y vislumbró a alguien subir por las escaleras.

Hiei se giró y esperó en silencio porque estaba seguro que venía la muerte a llevárselo pero para cuando se dio la vuelta unos brazos le rodearon con tanta fuerza que no fue capaz de quitarlos de su cuello.

Y sintió ese perfume agua marina de ella…

-¿Yukina?-dijo, sobre su cuello los brazos de Yukina le tenían prisionero, el cabello le caía a la niña hasta los hombros y Hiei sintió sobre su sudadera blanca las lágrimas que caían de sus ojos.

Yacía de rodillas abrazándole tan fuerte…

-Estuviste genial-dijo, la voz se le cortó, Hiei tragó aire cuando escuchó aquello y cerró los ojos. Respondió al abrazo de ella, y la chica percibió la textura de sus manos.

-Tuve ayuda-dijo, Yukina se separó de su cuerpo, Hiei vislumbró los ojos carmines de la niña marcados por las lágrimas y las mejillas sonrojadas que traía en el rostro. Se levantaron del suelo de madera, Hiei le tomó de la mano.

Quería preguntar por la muerte porque temía que apareciese en ese minuto y se lo llevara, porque en ese segundo lo más valioso que tuvo fue la mirada de su hermana y si aparecía la muerte y lo alejaba de ella de nuevo sabía que su corazón no lo soportaría. Hiei esperó y en medio de ese silencioso escenario escuchó un susurro, sudó, estuvo a punto de decirle a su hermana que tendrían que despedirse, cuando Yukina le cayó con una de las yemas de sus dedos.

-No vayas a gritar-dijo, Hiei arqueó una ceja, sin buscarlo vislumbró una figura casi traslucida formándose en el escenario del teatro, y Hiei vio con el corazón desbocado como se formó un rostro, pálido como el hielo con ojos verdes resplandecientes que podrían hechizarte si les mirabas directamente con los tuyos. El pianista experimentó un escalofrío, creyó que se desmayaría, entonces le vio con su capucha negra y su cabellera rojiza.

Con sus manos cadavéricas y su boca sin labios.

La muerte le miraba pero no se acercaba a él, no hacía nada, y aquello le pareció infinitamente extraño, porque llevaba años torturándole; porque llevaba días haciendo sufrir a Kurama de paso.

Y ahora que podría hacer estallar el escenario en llamas para cobrar su alma, la muerte sólo le miraba.

-Por fin la terminaste-la muerte le habló en su mente y el pianista pensó por primera vez que el sonido de su voz era suave, porque no se escuchó como ese metálico hablar que siempre traía consigo. Oh, Hiei le miró por primera vez a los ojos verdes y se encontró con que tras aquellas cuencas habían dos ojos color miel que miraban tras una máscara de hueso blanco como la arcilla y que parecían más vivos que los ojos de ningún otro humano.

Pero se suponía que tras aquellas cuencas no deberían de haber unos ojos…

Y se suponía que tras aquella capucha negra no debería haber una persona…

Hiei iba a preguntarle si ahora se lo llevaría, pero la muerte se quitó la capucha y el chico vislumbró a un niño, ¡no debía de pasar los veinte años a lo mucho! bien parecido, con cabellera larga en melena y una sonrisa bien delineada en aquellos carnosos labios.

Y se suponía, que la muerte no debería de mostrarte su verdadero rostro…

-La próxima vez que me veas, dime Michel-dijo, y Hiei sudó, Yukina vislumbró lo estático que se encontraba su hermano, al girarse a vislumbrar aquello que él veía la niña sonrió.

-Viniste-dijo, Hiei le miró sin entender, primero a Yukina, luego a la muerte, que se acercaba con pasos sigilosos hasta ellos.

-Prometí que lo haría, no en vano lo he seguido por cien años-exclamó, tan suave que Hiei pensó que como muerte no quedaba para el puesto, aunque si meditaba las maneras en que estuvo atormentándole era muy bueno en su trabajo.

-¿Qué?- Yukina se sonrió, esperaba esa reacción por parte de su hermano cuando le viese sobre el escenario.

-Quería ayudarte-habló la muerte, mientras posaba una mano sobre su cabellera negra y Hiei experimentó un miedo abrasador en el pecho al sentir aquel roce de su mano cadavérica, oh, si ese roce podía matarlo no lo sabía; pero no estaba dispuesto a correr tal riesgo.

Por lo que no se movió ni movió aquella mano de su cabellera.

La muerte se sonrió con sarcasmo y Hiei pensó que seguro, ahora sacaría su hoz y se lo llevaría, ahora que lo tenía asustado y confundido. Yukina le abrazó, la muerte sonrió a la niña. –Prometí que si la terminabas no te llevaría conmigo Jaganshi, ella me lo pidió- dijo, señalando a Yukina. Hiei bajó su mirada a la de ella, oh, ¿qué había hecho su hermana?

-Yukina…no me digas que hiciste una tontería-dijo Hiei, la niña se mordió un labio.

-Sólo hice lo que haría una hermana cuando sabe que su hermano ha encontrado su musa. No podía aceptar el hecho de que te ibas a separar de Kurama luego de esta noche, por eso le di unos años de mi estancia en el cielo a cambio de los tuyos, cualquiera lo habría hecho Hiei-dijo, y con ello, el pianista sintió que su corazón palpitaba con creces…Yukina había tomado su lugar sin consultárselo.

-Ella se irá conmigo unos años y luego te la regresaré-

-¿Podré visitarla?-preguntó con el pecho dolido y el orgullo herido, con un labio tembloroso y un extraño rubor en sus mejillas.

-No Jaganshi, a donde me la llevo tú no puedes entrar-dijo, logrando que Hiei temblara sobre el escenario. Entonces Yukina volvió a abrazarle con fuerza y susurró unas frases en su oído que Hiei simplemente no pudo evitar escuchar de su boca.

Y al comprender el significado de esas frases se quedó en blanco.

-La muerte te presionaba para que la terminarás, no sabes el dolor de cabeza que fuiste para él, la verdad es que siempre quiso escuchar tu obra pero no sabía cómo hacer para que recuperases tú inspiración; por eso te seguía y atormentaba porque ¿Era la muerte no?, la muerte no dice las cosas dulcemente, la muerte siempre trata de volverte loco. Yo sólo le ofrecí un trato que acepto, esperando que terminases tu sonata, y sin saber nada de lo que habíamos hecho la terminaste Hiei; y ahora, podrás cruzar al otro lado- dijo, Hiei sintió como sus mejillas se tornaban rojas.

-¿Sólo unos años, no te la llevarás al infierno por la eternidad como deberías haberlo hecho conmigo?- Yukina se rió sigilosa.

-No va a ir al infierno, sólo estará en un cielo diferente al tuyo Jaganshi, ¡no entiendo porque siempre la gente cree que me llevo a todo el mundo al inferno!.Si me llevara a todos al infierno me quedaría sin lugar para vacacionar; ahora, ¿Por qué no me la llevo para siempre?, porque comparto el mismo pecado que tu cometiste; el de amar la música y morir por ella.

Hiei tragó aire, miró a Yukina, y ella sólo le sonrió.

-Recuerda su nombre hermano, recuerda que se llama Michel-

-Me halaga que no quieras decirme la muerte niña. Jaganshi escucha mi pecado, cuando estuve vivo fui estudiante de música, pero jamás crucé al cielo porque me cegó el amor que le tenía a ella, era un joven estúpido que creía que siempre podría tocar música para el rey de Francia a quien esperaba servir toda la vida. A los cinco años el rey me acogió en su palacio, y luego de escucharme tocar para él me enseñó a leer música y yo siempre era su objeto de adoración; ¡amaba mi música, pero cuando cumplí los quince dejé de ser interesante para él!, ¡el rey me abandonó!... nunca pude recuperarme de ello, caí preso de la locura, de la envidia y sólo vi una salida a ese martirizante dolor…

-¿Qué hiciste?-

-Me suicidé…como resultado me convertí en la muerte porque no había un lugar arriba para mi alma. Por eso, me prometí a mí mismo que no dejaría que otra persona pasase por lo que yo pasé. Porque cuando te conviertes en la muerte te es arrebatado aquello que más amas, jamás podré volver a tocar flauta traversa, pero sueño con el día en que llegué alguien al cielo o al inferno que sepa hacerlo, porque lo que más anhelo es volver a sentir una flauta en mis dedos. Pero, ¿cómo tocarle con estas manos huesudas y tiesas?, ¿cómo soplar con estos labios rígidos y sin vida? He vivido más sufrimiento en la muerte que cuando respiraba, por eso, no quería que te pasara a ti. Porque en ti, veo todo lo que había en mi Jaganshi, porque me veo reflejado en tu amor por aquel piano y no podía permitir que te pasara aquello. Una eternidad de sufrimiento no es justa para un alma que ama algo tan perfecto como la música, por ello, cuando Yukina me ofreció aquel trato no dudé en aceptarle-dijo, y el chico hizo que Yukina dejase de abrazarlo y se acercó hasta la muerte, que ahora le miraba con sus ojos miel y su rostro sin aquel blanquecino hueso, que ahora le sonreía tímidamente.

-Jaganshi, la próxima vez que me veas pregúntame ¿qué tal te ha ido Michel?; prefiero ese nombre a que me digan siempre "la muerte", ¡mira que me conoces más de cien años y jamás me preguntaste si tenía nombre!-

-Lo tomaré en cuenta la próxima vez que te vea- dijo Hiei. La muerte rió, y cubrió su rostro otra vez con aquel blanquecino hueso- Tu destino, es uno de esos que ocurren cada quinientos años, Rahael, mi superior, me pidió que te guiara porque tu alma era demasiado valiosa para que se quedase vagando en la tierra y Yukina me ofreció un trato imposible de rechazar. Era sencillo, me dije, pero, ¿cómo le pides a la muerte que guíe a un alma que le teme?, y ¿cómo la muerte podría lograr que esa alma luchase hasta el final por cumplir su sueño si ya no está con vida?, no tenía idea, y la única salida que vi fue persiguiéndote y diciendo cosas que te dolieran. Mira lo bien que resulto, eso, es una suerte en un millón- dijo, Hiei tragó aire, entonces vislumbró el minuto en que la imagen de Michel comenzaba a desvanecerse, y parecía ir perdiendo su color.

Entonces el pianista dejó de ver a la muerte y quedó en silencio, con Yukina todavía abrazada a su pecho, escuchando el sonido de su corazón.

Y pensó, que si encontraba a alguien que tocaba flauta traversa le diría que buscase a aquel niño para que le deleitara con una melodía.

Enseguida se giró para mirar a Kurama, el Kitsune yacía animadamente hablando con Koedma.

Y deseó con todo su corazón estar para siempre con el pelirrojo.

-¿Él puede irse conmigo Yukina?-le preguntó, Hiei quedó mirando el rostro del kitsune, sus ojos verdes brillaban mientras hablaba con Koedma. El cabello le caía graciosamente, y desde donde estaba podía percibir el perfume de jazmín que se marcaba en su ropa. La chaqueta negra ya no yacía en su cuerpo, sino que ahora traía solamente la blusa blanca sobre de su torso, y sus manos; ahora sin guantes descansaban sobre sus rodillas.

-Si tú estás dispuesto a pedirlo-dijo ella, Hiei se mordió un dedo, soltó la mano de Yukina. En ese segundo recordó todo lo que vivió con Kurama, y volvió a experimentar que su pecho le ardía.

Volvió a experimentar los latidos de su corazón en su mente, y el ardor apoderándose de la piel de sus mejillas al pensar en las manos del otro acariciándole su cara.

Y quiso con toda su alma que se fuera con él.

Se acercó al kitsune al entender aquello.

Kurama volvió en si cuando Hiei se dejó caer en sus rodillas, el pelirrojo vislumbró la cabellera del otro y sintió la textura de una mejilla rozando la suya.

-Ven conmigo-dijo, y el corazón del kitsune palpitó con tanta fuerza que Kurama supo que diría que si enseguida.

-No tienes que preguntarlo-dijo este y Kurama volvió a depositar un beso en sus labios, provocando que Hiei padeciese otra descarga eléctrica, provocando que deseara otro beso ahora, en una mejilla. Del otro lado, Koedma percibió como su corazón palpitó con fuerza, y algo le dijo que tendría que decir adiós. Pero no quería decir adiós ahora, no quería despedirse, no quería dejar de verlo.

Oh, pero era tan difícil decirle eso a Kurama.

Él no había alcanzado a escuchar lo que se habían dicho, pero sólo le había bastado ver la expresión en sus ojos verdes para saber qué era, y aquello, provocó que Koedma experimentase un escalofrío.

Kurama se levantó del taburete, Koedma le jaló de la muñeca y provocó que el pelirrojo chocase con él.

-Al menos dime que te vas a ir… idiota-dijo Koedma mientras las palabras se cortaban en su boca, luego le dio un golpe en el brazo y Kurama no pudo evitar reírse ante eso.

-Iba a hacerlo, en serio-

-Si claro, el día en que me caiga un rayo ibas a hacerlo-Kurama se mordió un labio, algo se rompió ese momento, algo cambió cuando Koedma pronunció aquello.

Entonces, una idea cruzó por su mente y se giró a mirar a Hiei.

-¿Podrías hacerme un favor?-dijo, Hiei le miró sin entender, Kurama se agachó y le susurró algo; provocando que el pelinegro se sonriera.

-¿En serio?-dijo este, Kurama le miró de manera cómplice.

-En serio- Koedma le dio una patada en una rodilla, Kurama se mordió la boca cuando el otro hizo eso.

-¿Qué le dijiste Kurama?- Kurama escuchó la voz de Koedma y vislumbró sus mejillas rojizas enfurecidas.

-Le estaba preguntando si Yukina querría tocar un poco de violín contigo Koedma- exclamó, y Koedma percibió que el piso se le movía. Imposible, Kurama le estaba tomando el pelo, oh, pero tomárselo con aquello era tan cruel.

-Kurama…no me gustan las bromas y lo sabes-dijo, el kitsune se giró, volvió al piano, levantó el violín de la tapa y se lo entregó a Koedma, enseguida se acercó al violín que yacía guardado en la caja de vidrio y le retiró también.

Para cuando Koedma vislumbró las manos de la persona que estaban sosteniendo el otro instrumento creyó que se desmayaría.

-¿Eres…-

-Real?-dijo la voz de una niña que le miró al lado de Kurama.


-En ese mismo lugar-

-Me llamo Yukina, es un placer-escuchar esa voz hizo que Koedma estuviese a punto de dejar caer su violín al suelo, oh, pero si eso ocurría perdería la oportunidad de tocar junto a ella.

Pero no lo entendía.

-¿Cómo?…yo…bueno-No supo cómo expresar lo que quería preguntarle, Yukina al notarlo sumamente nervioso adivinó sus palabras.

-Me han dejado bajar para venir a ver a mi hermano, luego tendré que irme-al escuchar aquello Koedma percibió como su corazón latió con fuerza.

En ese minuto recordó su sueño, recordó que siempre tuvo nombre y que esperaba, alguna vez tocar una obra para demostrar su admiración hacia ella, pero no esperaba poder realizarlo porque era imposible que se cumpliese; porque no tenía la experiencia suficiente y recién iba en tercer año de conservatorio pero iba a tocar junto a ella. ¡La había conocido a ella!

Su sueño siempre se llamó Yukina.

Minutos después Koedma yacía mirando a Yukina, no supo que decir cuando ella terminó de tocar su parte, se sentía tan nervioso, y él no era así. Pero estar tan cerca de ella provocó que su corazón se paralizara por el miedo, provocó que sudase y aunque Yukina no le dijo nada, supo que se había tupido en algunas notas.

Del otro lado Kurama sólo se sonrió cuando finalizó la melodía que Yukina escogió para tocar.

Koedma se sonrojó cuando la chica se acercó para decirle que lo había hecho muy bien y que le había encantado tocar a su lado.

Lo peor fue cuando ella le hizo jurar que cuando muriera volverían a tocar juntos. No fue capaz de decirle que no a ella, Koedma percibió como sus mejillas se sonrojaban de nuevo y como, llevaba una mano a su cabellera para tenerla en alguna parte.

Del otro lado Yukina experimentó como palpitaba su corazón. Aquello fue maravilloso porque había olvidado lo que se sentía tocar violín, había olvidado el olor de la pecastilla y el dolor de sostener ese instrumento en su cuerpo.

Y Kurama le regaló aquello, Hiei le dijo que el kitsune lo hizo para que Koedma tuviese algo que recordar el resto de su vida, pero ella revivió ese amor por la música sin pedirlo.

Se sonrió, provocando que Koedma volviese a temblar.

-Hiei-exclamó Yukina, el pelinegro se giró a mirarla, ella extendió la palma de su mano. –Es hora de irnos-dijo ella cuando Koedma dejó su violín sobre el piano, sus ojos carmines vislumbraron el instante en que la niña extendía esa mano.

Hiei le miró asombrado y recordó que aquello ya lo había visto durante el concierto, recordó la imagen de ella al entregarle su palma abierta, el sonido del piano que estaba tocando y enseguida, recordó la luz que contempló después.

Cuando Koedma regresó de dejar su violín sobre la tapa del piano no pudo explicar luego lo que ocurrió en aquel teatro, sólo pudo ver una luz iluminar todo que le cegó, provocando que se llevara una mano al rostro para tratar de enfocar en medio de ese brillo. Sólo pudo ver a Kurama depositar un beso en la frente de Hiei, escuchar el sonido de lo que supo fue un corazón y luego la voz de Yukina.

-Termina el conservatorio y llega tan alto como puedas-

Para cuando Koedma pudo volver a abrir completamente los ojos Kurama había desaparecido.

Estaba solo…

Koedma se llevó una mano a la boca, no había nadie a su lado, y cuando se mordió un labio y llevó su mirada al suelo se encontró con el violín de Yukina bajo sus pies.

-"Tócalo por mi"-leyó en una hoja blanca al lado del arco, y Koedma no pudo evitar caer de rodillas al suelo frío del teatro, mientras experimentaba la amarga sensación de que había perdido algo en el trayecto.

Enseguida Koedma experimentó un dolor en el pecho, tan agudo, tan fuerte que no fue capaz de levantar la mirada desde el suelo, y pensó que si pudiese regresar el tiempo quizás se habría ido también con Kurama.

-Al menos, esperaba poder decirte adiós-


-Afueras del teatro diez minutos después-

Koedma salió a tomar aire, necesitaba alejarse del escenario, necesitaba olvidar la pena que le invadió cuando se descubrió sólo en el teatro. Algo había cambiado a esa hora, el aire estaba tan frío esa noche y experimentó algo, tan extraño apoderarse de su pecho que no encontraba la palabra para describir aquello. Estaba triste, alegre, preocupado; sentía tantas cosas juntas que no sabía qué hacer.

En sus manos se hallaba el violín de Yukina, pero no recordaba el momento en que se lo había traído del teatro, no recordaba que lo hubiese levantado.

Escuchó gente hablando a esa hora en la calle, levantó el rostro de la acera, del otro lado dos mujeres miraban el cielo con expectación y vislumbró como este cambió de color. El negro pasó a azul marino, luego se convirtió en celeste, parpadeó a rosa y enseguida percibió como su corazón volvió a latir cuando la voz de Kurama se hizo presente en su mente.

Sintió su colonia de jazmín y el roce de una mejilla al acercarse a la suya, sintió el peso de sus manos en un hombro y el eco de una risa, que no volvería a escuchar otra vez.

-Nos veremos otro día Koedma-dijo la voz, Koedma respiró con fuerza instantáneamente –Es una promesa- y el castaño no pudo despegar su mirada del cielo que lentamente cambiaba y terminaba por tornarse finalmente de color púrpura.

Continuará-


Próximo capítulo: Capítulo Final -Epílogo-

Fecha: 15 de julio.


Bueno, prácticamente este es el final de la historia, espero les haga gustado y perdón si se sintió algo flojo, ap, aparte si esperaban una acción por parte de la muerte la verdad, es que no estaba en mis planes, me gustaba la idea de atacar por miedo y eso, ajajjaa, la próxima vez que nos veamos será en el último capítulo y espero hayan disfrutado de esta historia que tanto me gustó escribir.

No sé como explicarlo, cuando una comienza a escribir te sientes bien, te surgen ideas y creas muchas escenas y quieres meter un montón y cuando llegas al final, es maravilloso, y solo quieres en mi caso (risas) imprimir la historia para leerla completa para saber que sentimiento deja, puedo decir, al terminar esta historia que me dejó un grato-amargo-bonito sentimiento, y si tuviese que escoger alguna entrega, supongo que sería esta y la que sigue y el prólogo; esas partes fueron mis favoritas ajajaj.

Bueno ahora, algo importante:

La personificación de la muerte fue gracias a inspirarme en un personaje histórico, quien realmente era músico (risas más fuertes)

MICHEL BLAVET: FLAUTISTA TRAVERSA DE 1700-1768, ahora, la verdadera historia es que cuando el rey lo abandona él decide ser el mejor concertista de cámara y se gana al publico por la delicadeza de sus melodías y los saltos de notas musicales que hace en sus composiciones. Pero jamás volvió a tocar para el rey de Francia, le apodaron el italiano, porque comenzó a tocar solo en la ciudad de Viena cuando cumple los 23 años.

Antes de su muerte hace una presentación para el hijo del rey de Francia, y lo catalogan como el creador de la música docta para flauta traversa.


Gracias especialmente a:

Khaede Hime y Kitty_wolf.

Y a todas esas personitas que leen esta historia, nos veremos en julio.

Besitos dulces.


...Nunca antes me eh sentido igual, No sé el porqué...
...Solo se que algo mal salio, Tan solo con mirarte tu, irradias vida...
...Dime ¿Que es lo que hiciste?, Me traspasaste...
...Donde vayas tu yo iré...

-Shine-

Mister Big.