De los calabozos de Ocarina of Time, el Templo del Espíritu es mi preferido, así que no quise desaprovechar la oportunidad para "visitarlo" de cierta manera durante esta historia.
The Legend of Zelda es propiedad de Nintendo.
Despertó al siguiente día y lo primero que vio fue a Buruki, sentada en la cama junto a ella, con sus brazos cruzados y una cimitarra en su costado izquierdo.
-Ya lo sé todo, no puedo creer que dormí por tanto tiempo. Es hora de irnos -le dijo Buruki, sería y decidida. Zelda le pidió unos minutos para bañarse y desayunar de forma rápida. Casi una hora después, ambas partieron montando un camello cada una.
-Debí haber despertado más temprano -aceptó la princesa.
-Las hylianas son raras -suspiró la gerudo y así, se internaron en el desierto occidental.
Al principio, el camino resultó poco complicado, los camellos soportaban bien las condiciones del terreno y aunque el calor era duro, las jóvenes tampoco se sentían abrumadas por este. Fue un camino de casi cinco horas hasta que vieron la Prisión de Arena de una forma clara. Para ese momento, sus gargantas ya estaban cerradas y sus labios partidos, pero fuera de ello se encontraban bien, al menos hasta que llegó la primera tormenta de arena y a esta le siguieron por lo menos otras cuatro, que golpearon con fuerza a Zelda y a Buruki, haciendo que apenas pudieran verse una a la otra debido a tanto polvo. La última tormenta fue la más fuerte de todas y, como si fuese un poderoso huracán, sacó volando a la princesa de su camello, Zelda no pudo ver qué había sucedido con Buruki, pero se sintió elevada muchos metros en el aire antes de ser azotada contra la arena por el propio viento. Casi perdió el conocimiento, pero pudo levantarse, no sin antes volver su estómago por el mareo.
-Siempre igual, no tengo remedio -se dijo a si misma al tiempo que levantaba la vista y vio que frente a ella, se encontraba una roca gigantesca, cuyo frente tenía forma de una enorme mujer, aunque ya muy destruida, las mejores épocas del lugar habían pasado. La rubia buscó a Buruki por todos lados y caminó un poco hacia atrás para tratar de encontrarla, pero no pudo hacerlo, ni a ella ni a los camellos. Pensó un poco y decidió creer que, al igual que ella, Buruki se encontraba bien y si la conocía, seguramente la gerudo ya había entrado a la prisión antes que ella o lo haría en cuanto llegara por ahí.
Zelda entró al lugar, que estaba iluminado por viejas antorchas, subió una escalinata que ya se encontraba en mal estado. De ahí, había dos caminos a elegir y tras cabilarlo un momento, la princesa decidió ir por el lado derecho y ahí vio entonces las primeras celdas de la prisión, los pasillos estaban repletos de barrotes oxidados, algunos arrancados de la piedra donde originalmente estaban incrustados. Siempre en alerta, la hyliana continuó avanzando, topándose ocasionalmente con algunos murciélagos y teniendo que deshacerse de ellos con la espada.
Al llegar a lo que parecía ser un pasillo sin salida, Zelda tuvo que detenerse ante el muro y de pronto las jaulas se abrieron de par en par, lo que hacía que la princesa tampoco pudiera volver atrás. Luego empezó a escuchar una multitud de voces.
-Princesa... -escuchó Zelda y las palabras se oyeron muchas veces más, pero no por el eco, sino porque fueron repetidas por todas las voces que ahí se encontraban y lo mismo sucedió con todas las palabras que escuchó en ese mismo lugar.
-¿Quién eres? ¿Quiénes son? -preguntó ella.
-Esta prisión nos llevó al infierno, este lugar es la vergüenza de Hyrule y ahora tú pagarás por eso.
Zelda sintió que algo tocó su cabeza y en ese momento imágenes empezaron a aparecer en su mente, filas de condenados, encerrados en las celdas, con su piel carcomida, masticando los barritoes, golpeándose los unos a los otros, durmiendo en su propia suciedad, arrancándose ellos mismos sus propios ojos, inmersos en la locura y en la podredumbre de su alma. Si la propia princesa, en un acto casi inconsciente, no hubiera tocado su frente con su mano derecha, tal vez nunca habría reaccionado.
La luz que emanaba de la parte posterior de su mano derecha, pareció alejar a los espíritus y Zelda pudo recuperar la compostura.
-No sé si ustedes merecían estar aquí o qué fue lo que sucedió hace ya tanto tiempo, pero no van a detenerme -afirmó Zelda al tiempo que la luz que emanaba de su mano derecha se hacía más y más intensa. Los espíritus no podían resistir ese brillo y el dolor se apoderó una vez más de ellos, la habitación comenzó a temblar y el muro al final del pasilló se desquebrajó, dando paso a la princesa a una escaleras angostas, pero en mucho mejor estado que la parte anterior de esa prisión. Ya no parecía el mismo lugar, no había tanto desgaste y, sobre todo, ese aroma a desesperanza parecía haberse esfumado. Luego de esas escaleras, Zelda entró en una habitación mucho más grande en la que había escombros por todos lados, pero tampoco tenía vestigios de haber sido prisión. La princesa brincaba las rocas y ladrillos que había por el suelo cuando escuchó unos pasos por lo que sacó su espada y su escudo, caminando lentamente en guardia. Sintió y escuchó que la otra persona se acercaba y estuvo lista para atacar cuando pudo ver que se trataba de Buruki, la cual también estaba por daro un golpe con su cimitarra.
-¡Zelda! ¡Estás bien! -¡Estaba muy preocupada! -dijo Buruki al momento de abrazar a la princesa, quien se sintió un poco mal de que la joven gerudo tuviera tanta preocupación con ella.
-Este lugar es aterrador -dijo Zelda con un rostro todavía de asustada.
-¿En serio? No hubo nada que me lo pareciera.
-¿Las celdas? ¿Los espíritus? ¿La sangre? ¿Todo? -exclamó Zelda mientras a Buruki se le quedaba un rostro de extrañeza.
-Yo no vi nada de eso. Por donde yo pasé lo que solían ser las celdas ya no tenían ni barrotes, supongo que alguien los robó hace mucho tiempo, no había nada prácticamente.
-Qué mala suerte tengo... -suspiró la princesa.
Había unas escaleras de madera cerca de ellas y primero subió Buruki y luego Zelda, esto para que el largo vestido de la princesa no estorbara a la gerudo. Al llegar a lo más alto, encontraron una entrada circular, movieron una piedra que bloqueba el camino y entraron a una cámara que tenía varios pilares de ladrillo, y al fondo de esta, había una figura enfundada en una armadura y que llevaba una hacha de notable tamaño en sus manos. Buruki se detuvo al tiempo que abría grande sus ojos.
-No creí que eso existiera... -dijo la gerudo.
-¿A qué te refieres? ¿No es un guerrero normal en armadura?
-En absoluto. En las leyendas de las gerudo se habla de estas cosas, les llaman los nudillos de hierro, la armadura en realidad está vacía, es magia negra la que hace que la armadura sea un guerrero. Son considerados como guardianes mortales.
Las dos fueron acercándose con cautela, pero nada provocaba que el nudillo de hierro se moviera. Pasaron de él y llegaron a una puerta que no parecía poder abrirse, Zelda estaba concentrada en tratar de encontrar algo para dejar esa habitación que no vio el momento en el que aquel guardia finalmente se movía y si no fuese sido por Buruki, la princesa habría sido partida en dos por el hacha, que hizo un enorme corte en el pared.
Ambas chicas sacaron sus armas y trataron de hacer frente al guardia demoniaco, cuyos movimientos eran lentos, pero en cuanto ellas trataban de atacar, él usaba su hacha y lanzaba un golpe poderoso. Ellas pudieron evitar daño, pero el poder era tal, que el impacto las hacía caer y no podían contraatacar. De tal forma, Buruki pidió a Zelda que atacara por el lado derecho y ella iría por el izquierdo, el nudillo de hierro siguió a la gerudo y a Zelda le tocó analizar dónde podía herir al guardián, pues la armadura de este se veía muy gruesa.
Cuando Buruki pudo esquivar un golpe, Zelda aprovechó para lanzar varios ataques con su espada, pero ninguno le hizo daño a su enemigo, lo único que logró fue llamar su atención, por lo que le tocó a ella escapar. La princesa trató de esconderse detrás de una columna pero Buruki le gritó que ello no serviría. Zelda pudo ver el verdadero terror cuando el nudillo de hierro se dispuso y atacar, y fue un milagro que ella pudiera mover sus piernas a tiempo y evitar así la muerte. El hachazo destruyó la columna por completo y algo brilló entonces. Dentro de aquella columna, estaba escondida una aljaba que llevaba alrededor de 15 flechas, todas ellas doradas. El nudillo de hierro continuó siguiendo a Zelda y Buruki aprovechó para tomar la aljaba y admirar esa flechas que parecían no pertenecer a ese mundo, pensó que era una lástima que no llevaran el arco.
La princesa, por su parte, aún estaba algo temblorosa, pero había visto algo que tal vez fuese una esperanza, el nudillo de hierro tenía un par de agujeros en su casco, y aunque podría no significar nada, al menos tenía que intentarlo. Esperó a que el guardia se aprestara a atacarla y en lugar de ella esquivar el golpe, alejándose de él, saltó a la pared y cuando el nudillo de hierro azotó el hacho contra el suelo, ella se impulsó, por lo que no fue afectada por el impacto. Luego dirigió su espada y como una flecha atravesó uno de esos agujeros, incrustándose en la "cabeza" del enemigo; sin embargo, este no dejó de moverse y trató de tomar a Zelda con una de sus manos. La princesa, desesperada al ver que su maniobra no servía de nada, se aferró a su espada para tratar de sacarla, pero cuando lo hacía, la mano del guardia la atrapaó y la jaló hacia abajo; ello causó que la espada también jalara el casco hacia abajo y prácticamente el nudillo de hierro se quitó su propio casco, acto segudo una sombra salió del cuerpo de aquel centinela y la armadura cayó desarmada.
-Pensé que me iba a aplastar -suspiró Zelda, quien, en el suelo, recuperaba el aliento.
-Oye Zelda, eso fue increíble, te viste genial -le dijo Buruki quien se acercó a ella. La princesa sonrió y se sonrojó un poco, pues un cumplido de parte de la gerudo no era muy común.
Luego de ello, ambas examinaron las flechas. Definitivamente no eran normales, no parecía que estuvieran recubiertas de oro sino que en cierta forma emanaban luz, como si ellas mismas la produjesen. Buruki se colocó la aljaba a la espalda y luego examinó la puerta que no se abría, pero que gracias al golpe del nudillo de hierro, estaba semi destruida. Las jóvenes usaron las partes de la armadura desarmada para seguir golpeando al puerta y terminar de hacerle un agujero. De esa forma, pudieron pasar a una cámara siguiente, gigantesca con una plataforma al centro, de forma cuadrada, algo destruida.
-Así que ustedes fueron las que invadieron el lugar que Arrem nos dio... ¡qué groseras! -se escuchó una voz femenina, muy aguda.
-No es tan importante, creo que nos quitarán el aburrimiento al menos -exclamó alguien más, esta vez masculino, pero también con una voz de cierta forma aguda.
Ambas figuras bajaron desde lo más alto de esa gigantesca habitación, parecían volar o al menos flotar. Eran delgados y jóvenes, ella con un cabello oscuro, lacio y largo, y vestía una gabardina blanca, cerrada, que en la espalda, de color rojo, llevaba el símbolo de los sheikah. Él tenía su cabeza rapada y un traje azul, muy pegado a su cuerpo, con un símbolo sheikah grabado al frente, también de color rojo.
-¿Arrem? -preguntó Zelda al tiempo que ambos llegaban al suelo, uno de cada lado de Buruki y la princesa.- Seguro no saben que él no está de su lado, ¿verdad? A él no le interesan los sheikah.
Pero cuando Zelda terminó de decirles aquello, ambos carcajearon dejando a la princesa pasmada.
-¿En serio crees que somos tan ingenuos, princesita? -preguntó él.
-Cuando las gerudo se debiliten aún más, todo este territorio será nuestro, las conquistaremos con facilidad.
-¡No lo creo! -exclamó Buruki y luego se lanzó hacia la chica, tratando de herirla con su cimitarra. La sheikah sacó una daga en cada mano y se defendió con facilidad, para luego lesionar a la gerudo en el brazo izquierdo.
Zelda pidió a Buruki que se acercara a ella y no se separara. Sabía que la jovencita era una peleadora capaz, pero no podía subestimar a los sheikah, asi que pensó en algún plan. Solamente se le ocurrió una cosa y pidió a Buruki que tratara de defenderse lo mejor posible mientras enfrentaba a la otra joven, aunque ello no significaba que iba a dejarla desprotegida.
-Si realmente las hylianas podemos usar la magia a nuestro antojo, si realmente lo que está en mi mano es la Trifuerza, si de verdad las diosas de esta tierra están conectadas a mí, por favor, ayúdenme a hacer esto.
La princesa encaró al joven sheikah y este se defendió con unos chacos. Zelda, mientras seguía atacando, veía de reojo a Buruki y cuando esta parecía estar en serio peligro, activaba su barrera a distancia. Ella misma se sorprendió de poder hacerlo, pero por alguna razón se sentía más calmada y confiada con respecto al uso de su magia. El sheikah quiso atacarla, pero ella se defendió con el escudo espejo y estuvo lista para atacar en serio.
-No creas que puedes vencerme princesita, porque aunque tengas espada y escudo, yo soy mucho más veloz que tú -afirmó y luego apareció a espaldas de Zelda y lanzó un golpe que, sin embargo, no golpeó nada y entonces sintió un dolor agudo en toda su espalda, la princesa se había movido con velocidad y colocado detrás de su rival para hacerle un corte. Él se volteó institivamente y ella aprovechó para atravesarlo con su arma justo en la boca del estómago.
-No eres veloz -le aseguró y eso fue lo último que el sheikah escuhó, antes de caer muerto.
-¡Shito! -exclamó la joven sheikah, quien entre la habilidad de Buruki y la barrera de Zelda, no había podído hacerle daño a su rival.
Zelda arribó a donde se encontraba Buruki y se puso en guardia. La gerudo no pudo más que observarla. Cuando la conocieron, la princesa, si bien era diestra con la espada, no demostraba tal maestría al pelear, incluso mostraba algo de torpeza de vez en cuando. En ese momento, la hyliana no dudaba, atacaba casi como si estuviera bailando ballet, un paso a la derecha, dos a la izquierda, pausa, giro y estocada; no le quedaba más que admirarla. Con sus movimientos y su magia, Zelda acorraló pronto a aquella joven y le dio el golpe mortal.
-¿Cuál es tu nombre? -cuestionó Zelda.
-Na... dia...
-Los sheikah seguirán siendo recordados como honorables guerreros que defendieron a la Familia Real de Hyrule... pero no Shito y Nadia.
Luego de sacar la espada del cuerpo de la sheikah, Zelda se sentó a descansar y su semblante pareció más relajado. A Buruki, la princesa nunca le había causado tanto respeto como hasta ese momento y agradeció no ahber sido su rival en esa ocasión.
-Estuviste increíble, casi no te reconozco -sonrió la gerudo.
-¿En serio? Yo solo... creo que tengo más confianza en mí misma.
-Zelda, por favor -le dijo Buruki con los brazos posados en sus caderas-, venciste a dos sheikah, y lo hiciste ver fácil, además usaste magia al mismo tiempo, no fue poca cosa.
-Bueno, tal vez eran los más débiles -afirmó Zelda mientras Buruki negaba con la cabeza.
Lo siguiente era buscar el lugar donde se encontraba el fragmento de la Trifuerza del Valor. Buruki bajó de aquella plataforma y comenzó a mirar aquella habitación hasta que encontró una porción del muro que tenía una inscripción extraña, que ni ella ni Zelda pudieron entender. La gerudo entonces estiró su mano y tocó la pared que comenzó a hacerse polvo, y detrás de ella estaba un pequeño altar con el fragmento. En cuanto la princesa la tocó, esa pieza pareció recuperar su brillo, Zelda sonrió y la guardó junto con las otras, cada vez le faltaban menos.
Zelda y Buruki salieron de la prisión de arena, no se dieron cuenta pero la noche había pasado mientras estaban ahí adentro y el amanecer estaba llegando. No vieron a los camellos por lo que supieron que tendrían que caminar. Buruki iba a decir algo relacionado con ello cuando sintió que en su nariz caía una gota de agua. Pronto, sobre la arena bajó la lluvia, copiosa pero tranquila, no era una tormenta o un monzón, era un suave chubasco que traía agua a una región que no la había tenido por alrededor de un año completo.
Las nubes se habían formado de pronto, de la nada, y en ese momento el sol ya estaba totalmente oculto, por lo que la caminata de Zelda y Buruki fue mucho más placentera. Las cosas mejoraron cuando, al cabo de media hora, encontraron a los camellos y pudieron viajar sobre ellos, bajo el agradable chaparrón. Horas después, cuando arribaron de regreso a la ciudad, la lluvia continuaba y las gerudo estaban todas a la intemperie, dejándose mojar por el vital líquido que caía del cielo como una verdadera bendición para esa tierra. Ambas jóvenes siguieron avanzando hasta el palacio, pasando inadvertidas pues las pobladoras estaban embelezadas con el clima.
Romis y los otros niños estaban en las escalinatas del palacio y al ver a sus dos compañeras llegar a la plaza principal, fueron a abrazarlas efusivamente. Crissa fue avisada del regreso de Zelda y Buruki y fue a recibirlas. Ella misma salió para disfrutar de la lluvia y ahí las recibió para luego invitarlas a pasar y escuchar lo que había sucedido, aunque los resultados estaban a la vista.
-Desde que inició la lluvia toda la ciudad está de fiesta, fue como si la felicidad regresara de pronto, y todo se los debo a ustedes -afirmó Crissa, quien no cabía en su felicidad-. El pueblo debe saberlo, debe saber de ti, princesa, debe saber que has regresado, debe recordar que las gerudo somos también parte de Hyrule.
-No es necesario, mientras todo esté bien aquí, basta para mí.
-Mi tía tiene razón, es necesario Zelda -le dijo Buruki. La princesa aceptó entonces que tal vez debía presentarse ante la población de las gerudo de alguna forma, aunque para su desagrado, tendría que ser un discurso pequeño, el cual arreglaron que fuera a la mañana siguiente. Zelda despertó nerviosa y esperando que su estancia ahí terminara pronto, no por que no le gustara el lugar sino por la labor que tenía que realizar.
La lluvia aún continuaba, no había cesado en absoluto. Zelda escuchaba el repicar de las gotas y olía el petricor del ambiente mientras la vestían para la ocasión. Se encontraba sentada en un banco mientras varias gerudo le colocaban la ropa, prácticamente le confeccionaban un vestido, el cual no era en extremo elegante pero sí vistoso y bello. La princesa recordó entonces cuando su madre le hacía vestir sus prendas más importantes para alguna ocasión especial, para una niña de siete u ocho años, aquello era una gran molestia y ella se lo hizo saber a su progenitora en muchas ocasiones, pero ahora lo recordaba con cariño y nostalgia, y un par de lágrimas se escaparon de sus ojos.
Crissa mandó colocar unn templete al centro de la plaza y desde ahí tendría que hablar la princesa. Zelda fue escoltada entonces, mientras que los niños la veían a lo lejos, desde el palacio y le enviaban buena suerte con la mirada. Llegó al templete y aclaró su voz, tratando de quitarse sus propios nervios, para después comenzar a hablar frente a la multitud.
-Las leyendas dicen que Hyrule fue creada por tres diosas, no tiene caso que relate la leyenda que seguramente ustedes ya conocen. Hasta hace poco yo dudaba de esas leyendas, de las diosas, de la magia, pero en últimos tiempos he constatado que todo ello es real; sin embargo, también me he dado cuenta de que toda esa historia es inservible si preferimos ignorarla, si creemos que estaremos mejor lejos de aquello que nos trae los recuerdos de lo funesto. Yo misma quise escapar alguna vez, pero Hyrule fue a por mí, en la forma de todas las tribus de esta tierra y eso las incluye a ustedes, las gerudo. El cielo de Hyrule las cobija, el suelo de Hyrule les da sustento, pero sobre todo, las tribus de Hyrule las protegen. Ustedes son orgullosas guerreras, pero ningún guerrero pelea solo, solo la unión de las tribus de Hyrule podrá traer la paz a esta bella tierra. Soy la princesa Zelda de Hyrule, pueblo gerudo, préstenme su fuerza, protejan el desierto porque juro que la Familia Real las protejerá a ustedes, juro que nunca jamás serán abandonadas.
No fue difícil para Zelda despertar aceptación en el pueblo gerudo. Después de todo, la lluvia había llegado gracias a ella, era una joven que peleaba igual que ellas y en general el fin de la maldición en la Prisión de Arena tenía a la tribu de un buen humor. Todas volteaban a ver a Buruki de vez en cuando, pues las adultas sabían que ella sería su siguiente gobernante. La adolescente no entendía muy bien del por qué de aquellas miradas, aunque no dejó que eso la molestara.
En cuanto a Nerina, seguiría encerrada por algunos días y entre Crissa y otras gerudo de alto nivel decidirían qué hacer con ella. Miriam sería también vigilada de cerca, aunque probablemente la liberarían en breve, debido a que solo estaba siguiendo órdenes. Al pasar la hora de la comida el grupo decidió marchar. Buruki, aun sin saber su propio destino en ese lugar, prometió que pronto regresaría para "ayudar lo más posible". Con la lluvia todavía precipitándose sobre la ciudad, el grupo partió hacia el este, cruzando el desierto rumbo a la pradera.
