Nota de autor: Y volvemos al Capitolio. No me odien mucho por quienes van a los juegos, ¿si? Y sorry por la hora. El título viene de la canción November Rain de los Guns 'n Roses. Un beso!


Capítulo VIII
Todo el mundo necesita a alguien

Día de la Cosecha del Tercer Vasallaje
Tren, Camino al Capitolio

El sonido de las ruedas sobre las vías me intenta arrastrar al sueño sin mucho éxito. Me vuelvo a acomodar en mi posición entre el pecho de Peeta y los almohadones, pero no logro encontrar una que me permita dormir. Aunque realmente no es esta cama, por extraña que sea, el motivo por el que debo dormir. No, el motivo es este mismo tren, viajando rápidamente para llevarme de vuelta al Capitolio, a mí, a Peeta, a Haymitch y a un par de desafortunados. El motivo es el par de personas que estamos escoltando para que participen en los 76º Juegos del Hambre.

Me enderezo y Peeta me suelta, rodando hacia el otro lado de la cama, aún dormido. Intento no pensar en ellos, pero mi mente me traiciona y me lleva hacia allá de todas formas. Cierro los ojos y puedo ver a Effie, con su peluca dorada, sacando el papel con el nombre de la chica: —Delilah Cartwright—dijo casi con un suspiro de alivio. No era nadie quien conociera, que hubiera asistido a la boda del Capitolio. Su alivio era entendible. Y el mío. No era Prim, no era mi madre, no era yo.

También era entendible la cara de horror de Peeta.

Pero cuando el nombre del tributo masculino no fue el de Gale o sus hermanos, igual respiramos más tranquilos. Pese a que la familia del minero de la Veta, un par de años mayor que Gale, lloraba en el público. Una niña de unos 6 años, con ojos grises de la Veta y piel olivácea como la mía me miró a los ojos, como preguntándome en silencio: "¿Volveré a ver a mi padre?".

Peeta se estira a mi lado, sacándome de mis pensamientos.

—¿Pesadilla?—murmura, pero la duda es obvia en su voz. Sabe que si hubiera tenido una pesadilla, mis gritos lo hubieran despertado.

—Tendría que poder dormir para eso—replico. Peeta se gira hacia mí y me envuelve en sus brazos. Sus labios rozan la piel de mi sien. Incluso en estos momentos me sorprendo anhelando su contacto. Pero ninguno de los dos se mueve para hacer algo más. Es un acuerdo silente entre ambos. No en el Capitolio. Y aunque aún no estamos allá, el tren es parte del Capitolio. Así que sólo disfrutamos del calor del otro.

En algún momento logro dormir, sólo para sentir que despierto inmediatamente. Pero ya es de mañana. Peeta me besa en la mejilla y me cuenta que Effie nos vino a despertar. Es hora de ir a desayunar y planear las estrategias de nuestro tributos. Nuestros tributos. Los dos sabemos que están sentenciados a muerte. ¿Lo sabrán ellos también? ¿O albergan una ingenua esperanza que por haber salido vencedores el año anterior podremos evitar lo inevitable?

Me levanto, completamente consciente de lo pesados que se sienten mis músculos, como si quisieran mantenerme en la cama, como si supieran que no importa lo que Peeta y yo hagamos porque Snow no va a permitir un vencedor del distrito 12 por un buen tiempo.

Llegamos al vagón-comedor tomados de la mano e inmediatamente siento las miradas de todos sobre mí. Sobre mi abdomen para ser más específica. La noticia de mi barriga de embarazo ya fue noticia en todo Panem, cuando mostraron las imágenes de la cosecha en nuestro distrito. Casi no mencionaron a nuestros tributos, demasiado ocupados con la emoción de el embarazo de los trágicos amantes del distrito 12.

Esto por supuesto no es algo bueno para ninguno de los dos. Se supone que debemos ayudarlos a intentar sobrevivir, no quitarles la atención que tanto necesitan para ganar patrocinadores. Peeta piensa que de todas formas los beneficiaremos con nuestro exposición mediática, pues nos será fácil conseguir apoyo de la gente del Capitolio incluso si no logramos que sean tan populares.

Lo cierto es que en la repetición los anunciadores parecían ansiosos por revisar las imágenes de la cosecha de nuestro distrito, algo inusitado hasta ahora. Paso nota mental de los tributos a los que se enfrentarán Delly y el minero, nuevamente agradecida que el más joven tiene ya 14 años. No quiero ni pensar que hubiera sucedido de hubieran puesto en los Juegos a un niño de menos de 12, quizás hasta un bebé. Como siempre, en los distritos 1, 2 y 4 los voluntarios reemplazaron a aquellos seleccionados por el azar. Nuevamente, no hubieron más voluntarios en los demás distritos.

Me siento entre Peeta y Haymitch e intento concentrarme en la comida, alegrándome que por fin las náuseas y el reflujo han retrocedido lo suficiente para volver a alimentarme normalmente. Por otro lado, me ha aumentado mucho el apetito y quiero comer dulces a todas horas. Peeta dice que estoy recuperando el peso perdido y no pierde ocasión para hornearme todo tipo de delicias.

—¿Y cuál es la estrategia?—una voz grave interrumpe el silencio. Mis ojos se encuentran con otros grises iguales a los míos, llenos de resolución y esperanza. Siento una puntada en el pecho.

—Depende de cuáles son sus habilidades… y debilidades—contesta Haymitch, desviando la atención hacia él. Peeta y yo somos novatos en ser mentores, por lo que Haymitch persiste como el mentor principal. —¿En qué trabajas en las minas?

—Uso la pica para sacar carbón directamente de las piedras—responde él. Me vuelve a mirar, como esperando algo de mí. Pero no sé que hacer, ni qué decirle, ni siquiera recuerdo su nombre, por lo que bajo la vista a mi plato.

—Eso es bueno—responde Peeta, a mi derecha—. Eres fuerte y sabes usar un arma. Es una ventaja. Y más de lo que la mayoría de nuestros tributos tienen.

Sus ojos miran con horror a Delly, quien también finge estar fascinada con su comida. El comentario de Peeta, sin embargo, pesa de todas formas en el aire. No es necesario que diga más tampoco. Delly no trabajaba en las minas, probablemente nunca ha visto un arma en vivo y en directo, no tiene ningún tipo de entrenamiento fuera del que se le dio en su hogar haciendo zapatos. Pero hacer zapatos es una habilidad poco útil para los Juegos del Hambre.

—¿Y qué hay de ti, cariño?—pregunta Haymitch, como si fuera posible no notar cuánto Delly quisiera evitar esa pregunta.

Ella levanta su mirada, el azul especialmente brillante, como si hubieran lágrimas escondidas en las esquinas de sus ojos, y le sonríe.

—Yo ayudaba en la tienda de zapatos de mi familia. Sé tratar cuero y hacer cordones de zapatos—explica. El silencio que sigue es ensordecedor. —No soy… No tengo otras habilidades.

Haymitch asiente y continúa comiendo. Veo en el rostro de Delly la desesperanza. Para ella, Haymitch la acaba de descartar, y quizás hasta cierto punto tenga razón. Pero hay más de una forma de ganar los juegos y Haymitch lo sabe.

Dado que Haymitch es el único con experiencia, decidimos que él ayudará a ambos tributos, pero Peeta y yo nos dedicaremos sólo a uno. Nadie discute cuando Peeta refiere que quiere hacerse cargo de Delly y que yo debería hacerme cargo de Steel, el minero, pues tenemos más cosas en común. Tanto Delly como Steel parecen muy satisfechos con el arreglo.

Faltando ya pocas horas para llegar al Capitolio, Steel, Haymitch y yo nos sentamos en una cabina a discutir sobre cuál será nuestra estrategia. Haymitch habla primero, contándole a Steel cuál fue la estrategia que usó conmigo, manteniendo en secreto mis habilidades de los profesionales y sólo mostrándola en la sesión con los Vigilantes.

—Creo que para Steel no es necesario que ocultemos tanto sus habilidades—lo interrumpo. —A diferencia de mí, él es grande y fuerte, los profesionales no van a pensar que no es competencia, no importa cuánto ocultemos sus habilidades.

—¿Y qué piensas que deberíamos hacer entonces, preciosa? —me pregunta Haymitch, aunque sin rastros de burla en su voz.

—Estoy pensando en Tresh, en cómo por su tamaño y fuerza, los profesionales lo respetaban, incluso le propusieron formar una alianza…

—Yo no voy a aliarme con los profesionales—se apresura a asegurar Steel, ganándose una mirada de reproche de Haymitch. —No me importa si a Peeta Mellark le fue útil, yo no soy él. Yo soy de la Veta y no podría volver a casa con la vergüenza de haber hecho algo así…

—Pues que tal si nos enfocamos en simplemente tratar de traerte a casa—replica Haymitch. Steel se sonroja, pero no se apabulla por su comentario.

—Prefiero no volver si tendré que comprometer mis principios de esa forma—insiste, pero en sus ojos la ferocidad baja un poco cuando agrega: —Ustedes eran de la Veta también, ustedes saben cómo es…

Ninguno de los dos respondemos, pero Steel entiende que lo comprendemos. Haymitch, sorprendentemente, accede con mi plan de acción de que Steel muestre su fuerza y mantenga alejado a los demás.

—Pero debes confiar en nosotros—le advierte. —Cuando lleguemos conocerás a tu equipo de preparación y a tu estilista y no me interesa cuánto te desagraden, vas a hacer todo lo que te digan.

Steel asiente y Haymitch se da por satisfecho. Yo recuerdo cómo fue para mi el enfrentarme por primera vez con mi equipo de preparación y conocer a Cinna y me pregunto cómo irá a reaccionar Steel en esta situación.

Haymitch se levanta y sale de la habitación, pero antes que yo pueda hacer lo mismo, Steel me toma del brazo y me gira hacia él. Su rostro, habitualmente serio e implacable, bañado en desgarradora tristeza.

—Necesito volver a casa, Katniss—me dice y siento como si un cuchillo se hubiera alojado en mi pecho. —Mi familia me necesita. No puedo dejar que mis niñas mueran de hambre.

La esperanza en su rostro, como si de verdad creyera que yo puedo salvarlo, me duele. Porque realmente no puedo. Puedo darle consejos, enseñarle cosas prácticas de supervivencia, conseguirle patrocinadores, pero al final del día él sólo se enfrentará a la arena. Y siento que estos juegos serán particularmente brutales.

Llegamos al Capitolio con una gran muchedumbre esperándonos en la estación. Effie nos apura entre los vítores de la gente, quien nos pone más atención a Peeta y a mí que a Delly y a Steel, y nos lleva directamente al auto. Delly y Steel se separan luego de nosotros para ser preparados. Cinna y Portia nos entregan nuestros atuendos a Haymitch, Peeta y a mí y luego se van a conocerlos, dejándonos a nosotros esperando el desfile en el Círculo de la Ciudad.

Los carruajes de los primeros tributos entran en el Círculo de la Ciudad y veo que un par de estilistas de otros distritos han intentado robar la idea de Cinna y Portia de iluminar a sus tributos. Los trajes cubiertos con lucecitas eléctricas del Distrito 3, donde hacen aparatos electrónicos, al menos tienen sentido, pero ¿qué hacen los ganaderos del distrito 10, que van vestidos de vacas, con unos cinturones llameantes? ¿Asarse a la parrilla? Lamentable.

Pero en cuanto vemos el carruaje de Delly y Steel ingresar al círculo, toda la atención hacia ellos, completamente hipnóticos en trajes cambiantes como de brasas al carbón. Incluso los demás tributos los miran. Delly tiene su cabello rubio recogido con un intricado peinado que soporta una corona brillante igual que el traje. Tanto ella como Steel llevan maquillaje oscuro en el rostro, dándole apariencia de peligrosos.

El presidente Snow da un discurso, a modo de bienvenida al Tercer Vasallaje, seguido por el himno, y luego los carruajes dan la vuelta para volver al centro de entrenamiento. Haymitch nos hace una seña para que tomemos el ascensor y bajemos a encontrarnos con nuestros tributos. Una vez allá, Haymitch se separa para conversar con los mentores del Distrito 11. Lo veo asentir hacia nosotros y después lo siguen para saludarnos.

Conozco a Chaff de vista, pues llevo años viéndolo pasarse la botella con Haymitch en televisión. Tiene la piel oscura, mide un metro ochenta y uno de sus brazos acaba en un muñón porque perdió la mano en los juegos que ganó hace 30 años. Seguro que le ofrecieron un miembro artificial como a Peeta cuando le amputaron la parte inferior de la pierna, pero imagino que no lo quiso.

La mujer, Seeder, parece casi de la Veta, con su piel aceitunada y el cabello negro y liso surcado de mechas plateadas, salvo por los ojos, que son castaño dorado y delatan que no procede de nuestro distrito. Antes que podamos decir palabra, me abraza. Sé que debe ser por lo de Rue y Thresh. Antes de poder controlarme, susurro: —¿Las familias?

—Están vivas—responde ella en voz baja antes de soltarme. Luego se gira hacia Delly y Steel, quienes tienen caras de confusión y algo de miedo. —Lo hicieron excelente allá afuera, chicos. Se nos llegó a erizar la piel a mí y a Chaff.

Delly le sonríe, calmándose un poco con su amabilidad. Steel, por el contrario, frunce un poco el ceño, con clásica desconfianza de la Veta. No nos da tiempo a más antes que los ayudantes del Capitolio nos dirijan con insistencia a los ascensores.

En cuanto llegamos a nuestro piso, Delly y Steel se ven notablemente sorprendidos con la elegancia del pent-house. Effie los envía rápidamente a cambiarse para que comamos algo antes de ir a descansar, pues mañana será un gran, gran día. Pero durante la cena, Delly intenta ayudar a los avoxes con los platos, ordenándolos, e incluso agradeciéndoles.

—Ese no es tu trabajo, Delilah—cacarea Effie, haciendo saltar a Delly, quien luego se excusa y se retira a su habitación. Peeta mira su puesto con rostro de pena.

Unos momentos después me retiro de la mesa. Paso frente al cuarto de Delly, pero no me detengo. Sé que Peeta le debe haber mostrado el techo y algo me dice que allí la encontraré.

Tal cual, la hallo sentada junto a la flores, observando hacia los carteles de neón que bañan la ciudad en luz refulgente. Espero ver su rostro con lágrimas, pero sus mejillas persisten secas. Me siento a su lado sin decir nada. Aún así, mi silencio parece hablarle pues me responde:

—Estoy bien, Katniss—la voz de Delly quebrada, tan distinta de su alegre timbre habitual. —Effie tiene razón. Sólo les iba a causar problemas, ¿no?

Yo asiento. —Son avoxes—le explico—. Delincuentes para el capitolio, condenados a perder la lengua. No pueden hablar y son prácticamente esclavos.

—Bueno—me dice ella—, supongo que hay cosas peores que ir a lo Juegos, ¿no?

El comentario me sorprende, pero lo comprendo. Después de todo, aunque ir a los Juegos es una sentencia a muerte en nuestro distrito, ¿no es peor perder tu libertad y estar siempre atrapado en las manos del Capitolio? ¿No es esa la única alternativa a morir en los Juegos? ¿Convertirse en un esclavo de los medios como vencedor?

Nos quedamos en silencio unos momentos y luego Delly se despide para ir a dormir. Pasa largo rato antes que baje yo también y me una a Peeta en nuestra habitación. No hablamos, ni siquiera nos tocamos. Y las pesadillas vuelven con toda su fuerza.

Los días de entrenamiento pasan demasiado rápido y demasiado lento a la vez. Delly y Steel siguen nuestros consejos de poner especial atención a la estaciones de supervivencia, pero Steel además muestra su fuerza a los demás tributos para ganarse su respeto. Haymitch me cuenta que los profesionales piden una alianza con él, por lo que le cuento a Steel que su despliegue fue exitoso.

Peeta y yo nos abocamos a ganar patrocinadores. Es más que nada conversar con la insípida gente del Capitolio sobre temas no relacionados a nuestros tributos. Quieren saber especialmente sobre el bebé, que tan felices están en casa, si hemos pensado nombres. Nosotros nos reímos y les seguimos el juego, mientras intentamos desviar la conversación hacia Delly y Steel, hablando de lo fuerte que son, pero sin mucho éxito.

Finalmente llega el día de las entrevistas con Caesar. Contrario al entrenamiento, aquchara sin importancia, nos muestran que los tributos empiezan a subir por sus plataformas y el conteo que iiempre í los roles se invierten, con Delly teniendo una entrevista brillante, pero Steel siendo algo cáustico y olvidable. Haymitch dice que no importa, que el puntaje de 9 que logró en su sesión con los Vigilantes es más que suficiente.

Esa noche, Peeta y Delly conversan largo rato en el techo. Steel, en cambio, sólo me dice buenas noches y se encierra en su habitación. Me quedo sola con Haymitch, quien decide que puede volver a emborracharse pues la mayoría del trabajo ya está hecho.

A la mañana siguiente, sin embargo, cuando nuestros tributos deben irse, Steel pide hablar conmigo unos momentos. Nos apartamos un poco de los demás, aunque es casi innecesario, pues todos tienen su atención dirigida a Delly, quien se despide de cada uno con genuino cariño. Nos quedamos en silencio un momento, esperando que él hable.

—No me importa lo que diga Haymitch—me dice súbitamente. —No puedo dejar la Cornucopia con las manos vacías.

—Bien, cogerás un arma, tomarás lo más fácil y rápido que puedas de provisiones y te alejarás del baño de sangre, ¿de acuerdo?—le digo. Steel asiente, determinación ensombreciendo su rostro. Por encima de su hombro, Portia me sonríe tímidamente, como intentando recordarme sin palabras que es hora que me despida. Yo tomo la mano de Steel y la aprieto. Peeta tenía razón: Steel y yo venimos de mundos similares, ambos somos proveedores, orgullosos. No caemos sin luchar, pero eso no garantiza sobrevivir a los Juegos del Hambre. Especialmente en un año de Vasallaje.

Las palabras que salen de mi boca, son las que más ansiaba escuchar yo cuando estuve en su lugar: —No morirán de hambre. No quedarán solas si mueres. No lo permitiré—los ojos de Steel brillan por la emoción que contienen. Asiente levemente y luego me envuelve en sus brazos. —Gracias, Katniss—suspira.

Y luego se va, escoltado por Portia, a tomar el aerodeslizador que lo llevará a la arena.

La espera por el inicio de los juegos le rompería los nervios a cualquiera, por flemático que fuera. Y los comentarios y vaticinios de Caesar y Claudius Templestin no ayudan en lo más mínimo. Por fin, cerca de una hora de cháchara sin importancia, nos muestran que los tributos empiezan a subir por sus plataformas y el conteo inicia.

Cuando vemos la primera imagen de la arena siento como si mi corazón diera un vuelco. La Cornucopia se encuentra en una isla rodeada de agua similar a la del océano del distrito 4, los tributos de pie en pequeñas islas demasiado lejos de tierra firme para cualquiera que no sepa nadar. Hay 12 delgadas tiras de tierra que salen de la isla que contiene el cuerno dorado de la Cornucopia, equidistantes entre sí, pero ninguna lo suficientemente cerca de las plataformas de metal. Más allá del agua, una playa rodeada a su vez por una selva tropical.

Difícilmente Delly o Steel saben nadar. No existen en el distrito lagos, ríos u océanos que permitan desarrollar esta habilidad. Yo sólo se nadar gracias a mi padre, quien me enseñó en un lago que se encuentra en el bosque. No existen tampoco piscinas en el centro de entrenamiento, no había ninguna posibilidad de aprender. La ventaja para aquellos tributos que sí tuvieron oportunidad de desarrollar esta habilidad, como aquellos oriundos del 4, es obvia.

El pensamiento desalentador de que no permitirán que gane nadie del 12 vuelve a golpearme.

Lo bueno de este escenario, es que fuera de los tributos del distrito 4, la mayoría de los tributos se quedan largo rato en sus plataformas de metal, sin saber qué hacer. Son los tributos del 3 los que descubren que el cinturón que llevan es un flotador y logran huir a la playa, alejándose del baño de sangre. Steel, los ve y se lanza al agua, propulsándose con las piernas hacia la Cornucopia. Por milagro logra llegar antes que los distritos del 1 y el 2, y saca un hacha y dos cuchillos antes de dejar la isla hacia la playa, en otra dirección a la que tomaron los tributos del 3.

El tributo masculino del 4, un muchacho musculoso, lo ve alejarse e intenta tirarle una lanza, pero ésta sólo le roza el hombro superficialmente y luego está demasiado lejos para que lo alcance. Afortunadamente, otros tributos han llegado a la isla y él desiste rápidamente.

Delly, por su parte, evita por completo la Cornucopia y flota con dificultad hacia la playa. Nadie parece prestarle atención, lo que es bueno, pero tampoco tiene ningún tipo de arma o provisión que la ayude.

Las cámaras se enfocan en el baño de sangre, sin darle importancia a lo que los tributos que ya huyeron a la jungla estén haciendo. Lo considero positivo, pues significa que están a salvo.

Cuando el baño de sangre termina, suenan los cañones que indican la muerte de los 8 tributos que perdieron la vida en él. Caesar aprovecha de contarnos que la arena del Vasallaje es especial, que tiene zonas que se activan por hora, con distintos horrores mortales. Casi no ha terminado de explicar cuando, uno de los tributos del distrito 8 choca contra el borde la arena, saltando por lo aires. Su compañera de distrito lo mira sorprendida un momento y luego corre hacia él. El cañón suena y todos sabemos que ha muerto.

Claudius Templestin no alcanza a explicar mucho antes que una de las zonas con tributos recorriéndolas se activen y las cámaras se enfoquen en los tributos del distrito 5 huyendo de una bestia salvaje que en cuanto los atrapa los mutila y mata al instante.

Miro al suelo, intentando sacar de mi mente esa horrible imagen y repitiéndome que mis tributos están bien, que siguen fuera de cámara, que no están en las zonas activas ni cerca de otros tributos.

Casi he cantado victoria por el primer día, cuando una ola de agua gigantesca empuja a Delly, arrastrándola varios metros hasta golpearla contra un árbol. Observamos en silencio cómo las tenazas del aerodeslizador la recogen. Peeta se retira de la habitación después de eso.

Steel logra esconderse y evitar las zonas activas bastante bien. Pero aún no tiene agua ni comida. Empiezo a preguntarme si es que existe alguna fuente de agua que pueda encontrar, cuando Haymitch regresa del Centro de Control y nos informa que la ús de bloquear el ataque de su compañera de distrito y que existe alguna fuente de agua que pueda encontrar, cuando haymitch regnica forma de conseguir agua potable es a través de los árboles y que debemos enviarle una espita.

—Vamos, preciosa, ha conseguir patrocinadores—me dice.

El resto del día lo paso con Haymitch y Effie, cerrando trato tras trato con gente del Capitolio y juntando dinero para ayudar a Steel. Cuando llega la noche, Haymitch me lleva a la sala de controles, donde pagamos por la espita y un par de hogazas de pan que le llegarán a Steel en unas horas. Y tal cual, cuando volvemos al departamento, Steel recibe el paracaídas.

—Quisiera poder decirle sobre las zonas cambiantes—pienso en voz alta. Haymitch asiente: —Yo quisiera poder explicarle para qué es la espita—me responde.

Y es que Steel está mirando la espita como si fuera la cosa más extraña que hubiera visto en su vida. Pasa largo rato hasta que, de pronto, su rostro se ilumina y la reconoce. Con uno de sus cuchillos hace un agujero en el árbol e inserta la espita en su tronco. En cuanto el agua comienza a correr, deja escapar un grito de alegría y bebe toda el agua que puede. Es dolorosamente notorio lo calurosa que es esa jungla y que de habernos demorado más con la espita, Steel se hubiera deshidratado rápidamente.

Durante la noche, Peeta me abraza más fuerte de lo habitual, pero no dice nada respecto de la muerte de Delly. Al día siguiente, nos acompaña a Haymitch y a mí a conseguir patrocinadores para poder seguir enviándole comida a Steel. Pero cuando volvemos al pent-house, Effie tiene una expresión sombría.

En la televisión, Steel se enfrenta a los profesionales. Son cuatro de ellos contra él solo, por lo que pese a que logra matar a la chica del 2 con su hacha, está muerto antes que logremos llegar al sillón. El cañón que confirma su muerte resuena en mis oídos por largo rato, hasta que Peeta me lleva a la cama y me recuesta.

Al día siguiente estoy lista para irme, pero Haymitch nos informa que no podemos volver hasta que terminen los Juegos. Peeta desaparece gran parte del día, pese a que ya no tenemos tributos a los que conseguir patrocinadores. Yo paso las horas con Cinna, quien me trae música en aparatos tecnológicos con los que podemos esconder el sonido de los Juegos. —La música es buena para los bebés—me dice guiñándome un ojo y dándole palmaditas a mi abdomen.

En las noches, las pesadillas aumentan. La mayoría ya no son de los juegos, sino sobre mi bebé y su nombre escogido en la cosecha una y otra vez, condenado a muerte una y otra vez. Despierto gritando y bañada en sudor, pero la mitad de las veces estoy sola en mi cama. Peeta regresa muy tarde y hablamos muy poco. Todo lo que nos habíamos acercado en casa parece completamente perdido aquí.

Dos días después, cuando el chico del distrito 1 sale vencedor, después de bloquear el ataque de su compañera de distrito y estrangularla con sus propias manos, siento verdadero alivio. Por fin podremos volver a casa.

Pero mi alegría no dura mucho. No sólo debemos volver a casa, con las manos vacías y con dos ataúdes con los tributos que debíamos ayudar a sobrevivir. Debemos volver cada año para lo mismo. Pienso en Haymitch y en todos los años en que vivió esto, con una pareja de tributos muerta cada año hasta que llegamos nosotros.

¿Cómo vamos a sobrevivir a esto Peeta y yo cada año?


Nota de autor Nº 2: Sé que los juegos no fueron muy detallados, pero creo que Katniss hubiera evitado lo más posible verlos o conocer a los demás tributos. ¿Qué les pareció? Hasta el próximo miércoles!