Si tu supieras
Primera parte
Capítulo VIII
Antes de que pudiéramos cruzar el umbral, Emmet y Edward fueron a nuestro alcance. O más bien Emmet, pues Edward se había quedado atrás y caminaba lentamente y al parecer, sin percatarse de nuestra presencia, hacia nosotras. Mi corazón había despertado de pronto al verlo acercarse.
-¿Te la puedo quitar?-le escuché decir a Emmet, pero para mi era una voz distante. Tendría que hacer algo al respecto. Desvié mi mirada ya que Edward no había levantado la suya y me encontré con el rostro escrutador de Alice.
Me mantuve impávida.
-Si, seguro-repuso no muy segura de su respuesta.
Cuando miré hacia atrás en busca de Edward, este ya nos había pasado y estaba cruzando el umbral para llegar a su siguiente clase. Caminó con rapidez hasta que lo perdí de vista.
Aún quedaban un par de minutos para entrar a clases por esto Emmet me condujo hacia unas bancas situadas en medio del patio general.
Esperé a que comenzara a hablar pero este también parecía estudiar mi rostro. Me mantuve en su mirada tanto como pude y cuando me cansé del silencioso estudio le pregunté cómo estaba.
-Bien-contestó con una sonrisa-hace tiempo que no hablábamos, te he echado de menos.
Esperó un momento, quizás para que yo dijera algo, finalmente dijo:
-¡Se viene el baile de otoño!
¿Por qué éramos el único colegio que hacía bailes casi sin motivos?
-Oh, lo se-le aseguré.
Habían comenzado a promocionarlo. Justamente, arriba de nosotros un cartel con letras rosadas anunciaba el mentado baile.
En ese momento el sonido estridente del timbre anunció el comienzo de clases. Me paré de un salto y me dispuse a irme, casi en un impulso y sin saber por qué.
-¡Nos vemos luego!-le grité, unos metros alejada de él.
Se despidió con la mano y me dejó ir.
Entré en el aula sin que el profesor de historia me viera y me senté junto a Alice. El Sr. Norret comenzó su cátedra y a mi me comenzaron a pesar los ojos casi al instante en que comenzó a hablar. El tenía un poder sobrehumano para hacer que la gente se quedara dormida con sólo abrir la boca. ¡Era impresionante ver sus resultados en una clase cualquiera! Muy pocos eran inmunes a sus efectos soporíferos.
Sentí el codo de alguien rozándome con insistencia las costillas. Me enderecé, temerosa de que el profesor me hubiera descubierto. Aunque eran pocas las clases en que levantaba la vista del texto de estudio, no lo quería de enemigo.
Me encontré con la mirada de Alice, había sido su codo el que me había despertado.
-¿Si?-pregunté.
-¿Qué quería Emmet?-preguntó casi con timidez, como si estuviera tanteando el terreno.
-No lo se en verdad-contesté con sinceridad.-mencionó lo poco que hablamos últimamente y el baile.
Alice ladeó la cabeza con ese gesto suyo que indicaba impaciencia y frustración. ¡Como si supiera lo que cruzaba por su cabeza!
-¿Qué?
-Seguramente te invitará al baile de otoño-comentó.
-Siempre vamos juntos-acepté.
-¿Pero este año tu no quieres ir?
Tragué saliva, me pareció que ella había captado el meollo del asunto incluso antes que yo.
Asentí con la cabeza al momento que dirigía mi mirada hacia el pizarrón. El profesor seguía disertando casi tan aburrido como nosotros.
-¿Es por eso que no vas? ¿Para no hacerle daño a Emmet?
Me volví, de forma brusca.
-¿Hacerle daño?
-Bueno, Bella, no hay que ser ciego para darse cuenta que le interesas.
-Somos amigos.
-El hace mucho tiempo que desea algo más que ser tu amigo.
Me pilló de sorpresa, observó mi rostro y comprobó que mi reacción era sincera.
-¿No te habías dado cuenta?
Negué con la cabeza, y repasé los años que llevaba siendo amiga de Emmet. No podía confirmar concientemente un cambio en nuestros tratos, siempre se había comportado de la misma manera conmigo, quizás con el tiempo sus demostraciones de cariño se habían tornado más efusivas, pero era porque nuestra amistad también se había desarrollado más seriamente.
-¿Entonces por qué no quieres ir a este baile?
Enrojecí.
Dispuesta a zanjar el tema ese mismo día y comenzar de cero desde el día siguiente, me permití ser sincera con ella y conmigo.
-Tienes razón al insinuar cierto interés de mi parte por Edward.-le conté en un susurró.
Asintió con la cabeza, dejándome continuar.
-Cuando mencionaste el baile, ayer en mi casa, no pude evitar dejar volar mi imaginación. Y me vi junto a él. Fue una imagen que no me disgustó en lo absoluto.
-No debería molestarte-intervino.
Hablábamos en susurros y cada cierto tiempo miraba hacia el puesto de Rosalie, que se sentaba en la otra esquina de la sala.
-El único problema es que llego tarde.
-¿A qué te refieres?-me volví y le eché una mirada a nuestra compañera.
-¡De nuevo Rosalie!-dijo molesta y alzando la voz.
-¡Shh!-la callé.-Sino, no te cuento nada.
-Está bien-prometió con gesto solemne.
-Si, de nuevo ella. No puedo obviar que sólo por ella he conocido a Edward, ni puedo obviar los sentimientos que ella tiene hacia él, ni dejar de pensar en lo que haría cuando se enterara de que yo también siento algo por él. Para ella no será una competencia mi intervención pero me preocupa lo que pueda hacer o lo que pueda decir.
-¿Qué podría decir?
-Podría contárselo a Edward en venganza.
-No sería algo malo.
Abrí la boca para protestar pero se apresuró diciendo:
-Les vi la otra tarde en el salón de música. No eras la única que actuaba dominada por la turbación ni la única a la que le brillaban los ojos.
-No, Alice-le reproché.-No debes decirme esas cosas, tienes que ser honesta conmigo, soy tu amiga, por favor no me des falsas ilusiones. Pretendo terminar con este asunto cuanto antes y no me estarías ayudando en nada.
-Bella, por favor, no seas cabezota. Soy una espectadora imparcial.
Reí bajito para que el profesor no nos descubriera.
-Si, claro.
-Lo soy, te quiero demasiado como para querer que te ilusiones sin fundamento.
Suspiré.
-Pero deberías decírselo a Emmet.
-¿No me has escuchado? No pienso hacer absolutamente nada, nada además de dar marcha atrás.
-¿Me puedes hacer un favor antes de emprender la retirada?-pidió con premura.
Asentí, sin saber si me arrepentiría luego.
-¿Tu plan es alejarte de Edward para que ya no puedas sentir nada por él, cierto?
-Cierto.
-¿Podrías, este recreo, ir a hablar con él?
Comencé a ruborizarme.
-¿Quieres que le diga algo en especial?-esperaba que no.
-No, sólo se tu misma y observa su comportamiento. Ya sabes, míralo directo a los ojos y comprueba si se sonroja o no, si aparta la vista, ese tipo de cosas. Pero se objetiva en tu estudio, sino no valdrá la pena que lo hagas.
-¿Estarás tu ahí?
-Si, desde luego, sonrió.-Necesitarás una segunda opinión. Estaré escondida, por supuesto.
-Me prometes que, luego de esto me ayudarás a…bueno, ya sabes a qué.
-Lo prometo.
-Entonces, está bien.
La idea de verlo y tenerlo cerca disparó mi corazón y se me antojó el final perfecto para algo que no debería haber sucedido.
El recreo llegó puntual y de un salto salí del aula en su búsqueda, con Alice pisándome los talones. No podía evitar el nerviosismo pero las ansias de verlo condujeron mis pies hasta encontrarlo.
Estaba sentado bajo un árbol, en el patio trasero del colegio. Era un día frío y húmedo pero él no parecía notarlo. Estaba con los ojos cerrados.
Me senté a su lado al momento que me repetía en la cabeza "está será el último encuentro".
Comprobé, antes de hablarle, que Alice no se veía por ningún lado. Entonces me volví hacia Edward y el martilleo en el corazón retumbó en mis oídos.
-¿No tienes frío?-le pregunté.
Abrió los ojos con lentitud y me observó con curiosidad. Le miré directo a los ojos medio turbada, en cuanto pude y me dije que sería lo más objetiva posible.
-¿Qué pasa, Bella?-preguntó con voz átona.
El nerviosismo se intensificó al momento en que él desvió mi mirada.
-¿Cómo has estado, Edward?-lo intenté de nuevo.
-Muy bien-repuso sin mirarme.
Demasiado pronto perdí el valor que las ansias por verlo me había otorgado. Suspiré apesadumbrada aunque optimista. Esto me serviría para echar por tierra las suposiciones de Alice y la recién naciente esperanza de que él pudiera corresponder mi interés. Un ligero estremecimiento que achaqué al viento que comenzaba a correr, hizo temblar mi barbilla.
Edward no se dio cuenta de esto, seguía sin mirarme. Me levanté con lentitud pues mis piernas también habían comenzado a temblar.
-¡Qué estés muy bien, entonces!-le dije con fingido entusiasmo.
-Adiós-repuso por toda respuesta y volvió a cerrar los ojos.
Caminé en silencio hacia la sala con Alice acompañándome. Era extraño que ella también estuviera tan callada. Me volví para hacerle saber que no estaba mal en lo absoluto. Me encogí de hombros y le dije:
-Lo comprobamos, ahora será más fácil.
Negó con la cabeza.
-Aquí hay algo raro-agregó.
-Nada, no está interesado. Tu también puedes equivocarte.
