Capítulo IX
No podía dejar de darme pequeños golpecitos en la frente, contra el escritorio, prácticamente desde que había llegado. Y digo prácticamente, porque los primeros dos minutos había llamado a Helen para que viniera.
Me sentía, simplemente, como un extraño en tierra de nadie.
¿Alguien podría tener la amabilidad de explicarme qué pasaba?
O al menos decirme cómo era posible hacer un ridículo tan grande, dos veces, delante del mismo chico. No es que me importara lo que pensara de mí, al fin y al cabo él era el pesado hombre de la barba.
Dicho así, lograba que sonara como uno de esos personajes para asustar a los niños. Y luego estaba Tom, que por muy directo y casi sinvergüenza que pareciera, era tan dulce. Estar con él, era como comer un caramelo relleno de pasión.
¡Madre mía!
¿Podía alguien decirme porque me pasaban a mí estás cosas?
Y él, el hombre de la barba, se me había acercado con tanta lentitud, y con tanta pasión brillando en sus ojos, que lo único que pude hacer fue derretirme.
Había dejado de golpearme la frente mientras recordaba ese momento, pero volví a hacerlo interrumpiendo el recuerdo del sopor de aquel beso.
Y ahora, casi media hora después, tocaban la puerta de mi habitación.
- Pasa… - contesté desanimada, sin romper el ritmo de los golpecitos.
La puerta se abrió, e inmediatamente escuché la voz de Helen.
- ¿Pero qué haces? – me preguntó casi alarmada.
Yo no dejé de martirizar mi frente contra la madera.
- Acabando con mi vida – respondí.
Helen no contestó enseguida, parecía como si estuviese intentando comprender lo que había dicho, pero no podía ser más clara. ¡Quería morirme!
- Así será muy lento amiga… - habló finalmente Helen, sentándose en el borde de la cama, casi a mi lado – ¿y si mejor me cuentas lo que pasó?
- ¿Qué pasó? – repetí, y cuando los recuerdos volvieron en el mismo orden que los había repasado antes, me dieron ganas de gritar.
Pero como no lo hice, me golpeé la frente a mayor ritmo.
- ¡Eh!... ¡ya deja eso! – me riñó mi amiga, sosteniéndome de los hombros, para tirar de mí.
Hasta ese momento no había notado el dolor que tenía en la frente.
- Mira como te has dejado – me dijo, moviendo mi cabello, despejando mi rostro.
Me sentía como una niña pequeña, que se lamenta por que se le ha caído el helado al suelo, pero hay que comprender la tristeza que siente uno de pequeña cuando le sucede algo así.
Helen desocupó un lapicero de metal que tenía sobre el escritorio y me lo pasó.
- Ponte eso en la frente, estará frío – me lo entregó.
Yo lo miré, seguía lamentándome por el helado.
- Ahora dime qué te ha pasado – volvió a preguntar.
La miré algo extraviada, aún con el lapicero en la mano.
- ¿Qué me ha pasado? – Dije, como si me lo estuviese preguntando a mí misma - ¿qué me ha pasado? – Volví a preguntar, como si ahora se lo preguntara a ella - ¡De todo me ha pasado! – estallé finalmente.
Helen me miró casi asustada.
- No seas tan dramática – me dijo finalmente, tomando el lapicero de mi mano y poniéndolo en mi frente.
Hice un gesto de dolor, pero aguanté.
Suspiré, y esperé un momento antes de volver a hablar.
- Helen, necesito una carta astral – la apremié.
Ella me quitó el lapicero para verme mejor el rostro.
- Si que debes sentirte confundida – fue su respuesta.
Debía de resultar incomprensible para ella, que ahora quisiera una carta astral, después de tantas veces que me la había ofrecido para practicar, y yo había rechazado la idea porque 'no creía en esas cosas'.
- ¿Confundida? ¿Yo? ¿Por qué? ¿No? ¿Te lo parezco?.
Las palabras habían salido de mi boca, como disparadas por una ametralladora. Helen me miraba con los ojos muy abiertos, luego respiró profundamente.
- Iré por un té relajante – me anunció – cuando vuelva hablaremos.
Caminó hasta la puerta, y desde ahí me habló nuevamente.
- Y ponte eso en la frente.
Varias horas después de eso, con dos tés relajantes en el cuerpo y una larga conversación con Helen, durante la cual no estaba segura de haber sacado algo en concreto. Me encontraba a solas con él en el cuarto oscuro. Corrección, me encontraba a solas con sus fotos en el cuarto oscuro.
Dios, si es que tenía la sensación de que este chico tenía la capacidad de confundir todo en mi vida.
Y ahí era dónde radicaba el problema, con Tom sabía exactamente hacía dónde iba nuestra relación, y estaba segura que sería en medio de unas suaves sábanas. Debía agregar a eso, que no me molestaba para nada, pero en cambio el hermano, ese sí que era todo un misterio, mirar sus ojos era como estar de pie al borde de un abismo, esperando a que me hipnotizara como hacían las cobras a sus pobres presas, y que me engullera, llevándose también mis prioridades.
Al menos con Tom sabía que la universidad era lo principal, después de todo un desempolvado de vez en cuando no me vendría mal, decían que liberaba tensiones ¿no?, pero ¿qué quería el otro?
Comencé a ver como se iba dilucidando la primera fotografía, sumergida en el líquido de revelado. Sus ojos, esos mismos que habían estado persiguiéndome durante todo el día, estaban ahí mirándome fijamente, diciéndome algo en un idioma que yo no lograba descifrar. Era como si emitieran un grito silencioso, y lograban que mi corazón se disparara.
- ¿Quién eres tú? – le pregunté a la imagen, que cada vez era más nítida.
Me quedé un momento mirándolo, en tanto movía ligeramente el papel dentro del agua.
- ¿Qué es lo que quieres? – insistí.
Luego bajé hasta sus labios, perfilados perfectamente. Parecían tan suaves, tan delicadamente firmes y acariciables.
Un estremecimiento me recorrió, cuando recordé su tacto húmedo, con aquella suave exigencia que había ejercido sobe mí, en cuestión de segundos. Y cerré los ojos, intentando mantener ese instante detenido en el tiempo. Imaginando como su lengua se abría paso en medio de mis labios, abriéndome.
Di un salto y abrí los ojos asustada cuando escuché la melodía de mi móvil.
Sentía el corazón latiendo en mi garganta, y en otras zonas inconfesables de mi cuerpo.
Alcancé el teléfono y miré el número. Se trataba de Bob.
.
Tres días más tarde, estaba en el cuarto oscuro, que ahora estaba iluminado. Y observaba las fotos de Bill colgadas aún, aunque secas ya, observándome una tras otra, como si quisieran recordarme que seguía teniendo un asunto pendiente. El problema es que no sabía bien con quién tenía pendiente ese asunto.
Suspiré. Me habían sacado el yeso esta misma mañana, así que ahora podía llevar mis dos zapatos. Me miré los pies, como si ellos tuvieran la respuesta que buscaba. Pero sabía que esa respuesta no la tenían ellos, ni yo misma. Tendría que buscarla.
Si tan sólo mi ascendente no estuviera en Géminis.
Volví a mirar las fotos. Le había dicho al hermano de Tom que se las enviaría. Así que comencé a recogerlas una por una, para meterlas dentro de un sobre, ya era hora de que las tuviera.
Así que rato más tarde me encontraba, una vez más, frente a la alta puerta que franqueaba la casa de los Kaulitz. Llevaba de pie ahí, unos diez minutos. Sabía que siempre podía dejar el sobre con las fotografías en el buzón que había junto al portero, pero también sabía que si esperaba obtener respuestas, tenía que enfrentar lo que había sucedido, aunque fuese fingiendo un 'aquí no ha pasado nada'.
Me mordí el labio, y apreté el botón de llamada. Esperé, lo que me pareció una hora entera, aunque lo más probable es que sólo se tratará de unos cuantos segundos.
- ¿Si?
Sabía que la voz que estaba respondiendo no era la de un guardaespaldas, ni siquiera era la de Tom. Sabía exactamente a quién correspondía esa voz, ¿cómo podía retenerla con tanta claridad en mi memoria?
Respondí, intentando que mi voz no pareciera temblorosa. Porque yo misma sentía que temblaba como una gelatina.
- Hola… soy…
- …Isabelle…
Solté el aire que había retenido, casi de forma instintiva.
Maldito fuera por decir mi nombre de esa manera, tan… tan…
- Entra – continuó.
Y antes de que pudiese decir nada más, el clic de la puerta sonó, y ésta comenzó a abrirse.
El camino hasta la puerta, lo hice completamente sola. A diferencia de la última vez que había estado aquí, ni los perros habían salido a recibirme. Quizás debía comenzar a comprender, que ese beso, no había sido más que un beso, y que cualquier otra idea que pudiera remotamente imaginarme en esta cabeza desorganizada y poco practica que tenía, no eran más que alucinaciones.
Cuando estuve a pasos de la puerta, esta se abrió y pude verlo a él de pie ahí. Si mi corazón había estado inquieto mientras esperaba fuera, a tocar el timbre, y durante el camino que acababa de hacer, ahora se había arrebatado del todo.
¿Por qué me parecía más alto incluso?
Pestañeé un par de veces, suplicando por no estar viéndolo con ojos románticos.
¡Si no me salía ni su nombre!
- Hola Isabelle… - me saludó.
Y el timbre de su voz me pareció absolutamente encantador.
Definitivamente me estaba volviendo loca.
- Ho… hola… - balbucee, para mi mayor desgracia.
Y apunto estuve de hacer un gesto de contrariedad.
- Pasa – me ofreció.
Y pasé ante él trastabillando, estúpidamente por cierto, en un piso completamente llano.
¿Pero qué diablos me estaba pasando?
Noté su mano sosteniendo firme mi brazo.
- Cuidado – dijo en una exclamación, que hizo sonar su voz casi alterada.
- No logro estar delante de ti sin peligro de caer – lo miré inmediatamente que esas palabras salieron de mi boca.
¿Es que estaba tonta?
Sus ojos se enfocaron en los míos con tanta fuerza, que me sentí pequeña e indefensa. Consciente, únicamente, del agarre de él sobre mi brazo.
En ese momento me libero, y pestañeó un par de veces antes de volver a mirarme.
- Tom no está… - me avisó
Era cierto que Tom me había contado que esta tarde no estaría en casa, así que pensé que sería el momento apropiado para traer las fotos, ya que él no sabía que las había hecho.
- Sí, ya lo sé… - respondí, sin pensarlo.
Y casi pude adivinar lo que su hermano estaba pensando '¿entonces qué haces aquí?'. Así que me apresuré a contestar a esa pregunta imaginaria que iba a hacerme… creo…
- He venido a dejarte esto – le pasé el sobre con tanto ímpetu, que casi pareció que quería arrojárselo contra el pecho, que fue el sitio con el que choqué – lo siento – me disculpé.
Él miró el sobre y lo recibió.
- Dijiste que las enviarías – me recordó.
Y era verdad, pero llevaba muchos días inquieta, muchos días sin encontrar una respuesta, y esperaba que verlo, me la diera.
- …S…Sí… - ¿porqué no podía dejar de balbucear?
Se quedó en silencio un momento, he hizo un gesto, quizás involuntario, humedeciéndose los labios, aunque para este momento, yo pensaba que todo, incluso su respiración, estaba calculado para que me perdiera a mí misma.
- Pasa y siéntate – me ofreció finalmente
Como si hubiese estado deliberando sobre ello.
Así que me aventuré hacía la sala de aquella casa, y me senté exactamente en el mismo sitio que la vez anterior. Y del mismo modo, él me ofreció algo de beber.
- ¿Te sirvo algo?... ¿Té quizás?... – habló.
Lo miré casi por medio segundo.
- Té… sí… gracias… - volví a balbucear.
Él asintió con un suave gesto, grácil y elegante, que me convertía a mí, en un pingüino torpe y tieso.
Se perdió en dirección a la cocina, y me dieron ganas de comenzar a golpearme la frente contra la mesa de la sala, pero ahí, en un rincón, estaban sus cuatro perros, y no quería testigos de mi flagelación.
Cuando regresó con mi té, se dirigió a mí con calculada amabilidad, se sentó en un sofá que había junto al mío y que lo dejaba plenamente a mi vista, a pocos centímetros en realidad. Comenzó a repasar la fotos una a una, con calma. Yo me dediqué en ese momento, a observarlo, bajo la impunidad que me daba su distracción. Sus ojos, en este instante libres de maquillaje, permanecían enfocados en las fotos, dándole un aspecto suave y profundo. Sentí deseos de tener mi cámara conmigo y fotografiarlo, captarlo con aquella expresión. Poder contener en una imagen su cercanía, la dimensión de su rostro, al punto de contar hasta sus pestañas.
Se parecía tanto a Tom.
¿Y si eso era? ¿Si simplemente se parecía tanto a Tom que me confundía?
Estaba tan sumida en mis cavilaciones, que no fui consciente del momento en que él había comenzado a mirarme, pero cuando me di cuenta, me sentí cegada por aquel profundo abismo, que se abría para mí en sus ojos. Y experimenté la fascinación de un suicida, porque no me importó nada más, que volver a probar sus labios.
Me moví hasta él, salvado sin complicaciones la distancia que nos separaba. Y como si me hubiese estado esperando, separó los labios y pude sentir su calo, su humedad, la firme suavidad de su boca presionando contra la mía. Mi mano había ido a parar sobre su pierna, y no fui consciente de ello hasta que noté que comenzaba a oprimirla con las uñas.
¿Cómo podía un roce tan simple como ese, provocar tanto deseo?
Quizás, sencillamente, debía considerarme, a pesar de mi experiencia, una ignorante en estas cosas.
Lo escuché suspirar, deteniendo el beso, y yo me sentía mareada y vacía ante la milimétrica distancia que se había abierto entre nuestras bocas, pero él volvió a tomar mis labios con un toque más severo.
Así era como se sentía el abismo. Enorme, absorbente, profundo.
El sonido de un motor tiró de mí fuera de ese cálido abismo.
- Es Tom – habló con dificultad, soltándome y alejándose de inmediato.
Lo miré confusa, irreflexiva, aún me sentía presa en las sensaciones de ese beso. Pero el sonido del cierre de seguridad del coche de Tom, me obligó a reaccionar.
- Es Tom… - dije, sin saber cómo tenía que sentirme ahora.
Si venía por respuestas, desde luego, ahora mismo tenía sólo más preguntas.
- Sí, lo es… - se puso de pie con rapidez, metiendo el sobre con las fotos en un cajón de un mueble lateral.
Entonces la puerta se abrió, y yo miré instintivamente en aquella dirección.
- ¿Isabelle? – dijo en cuanto me vio.
- … Hola… - balbuceé torpemente.
Continuará…
AHHHH ¡!... Yo quiero un beso así… de hoy en adelante Bill para mí, se llama abismo.
No sé si se han dado cuenta, que ella hasta aquí, no ha dicho el nombre de Bill?...
Espero que el capítulo les haya gustado, y que me dejen sus mensajitos. Siempre es bueno saber lo que opinan, me ayuda a darle consistencia a la historia.
Besitos.
Siempre en amor.
Anyara
