—Puedes pedir la baja.
—No lo voy a hacer —replicó Angela al día siguiente mientras terminaba de desenredarse el cabello. Estaba recién duchada—. Alguien tiene que cuidar de vosotros. —«Sobre todo ahora», agregó mentalmente.
—Tienes derecho a tomarte unos días.
—Nein.
Debía proteger a los agentes de Overwatch más que nunca… la amenaza de Moira era inminente.
—Lo tienes.
—Vale, ¡la posibilidad existe! Pero no voy a hacerlo… Aggh, qué agobio… —musitó peleándose con el cierre de sus pantalones. Sus nuevos atributos no cabían en unos pantalones de mujer. Le apretaban tanto que, a pesar de que no había logrado abrocharlos todavía, se estaba haciendo daño.
—Ten. Ponte esto. —Gabriel le tendió unos bóxers de Kalvin Klein. Eran sus favoritos.
—¿Sí?
—No quiero que vayas incómoda todo el día. Usa mi ropa hasta que tengas ocasión de ir a comprarte cosas nuevas.
—¿También uso tus pantalones? —Contempló con cariño los bóxers. En realidad ya se los había puesto alguna vez… y le habían quedado grandes. Ahora los rellenaba.
—Ponte falda por hoy, creo que estarás más a gusto.
Angela asintió. Con un jersey holgado y su bata de doctora no habría riesgos. Comenzó a cambiarse la ropa interior, y Gabriel la miró con curiosidad.
—Menudo dilema.
—¿Cuál? ¿Qué pasa? —No parecía muy atenta porque se había agachado para abrocharse los zapatos.
—Por un lado, no quiero que pases este mal trago sola; me gustaría dormir contigo los días que quedan hasta que me toque ir a El Cairo… —Se inclinó sobre la nuca de Angela y la besó—. Pero, por otro… siento que debo dejar que te conozcas a ti misma de nuevo antes de invadirte.
—¿Conocerme a mí misma de nuevo? —preguntó Angela en tono burlón. No obstante, el beso había erizado su piel.
—Claro. Estaría mal que no te concediese la oportunidad de descubrir qué te gusta y cómo te gusta… a partir de ahora.
—Hm… —La suiza se mordió los labios. Se sentía ligeramente más sensible desde que había cambiado… o quizá se debía a que llevaba un buen rato peleándose con la bragueta del pantalón—. ¿Y si no quiero explorarme yo sola?
Gabriel subió para besar su oído. Le lamió el lóbulo y lo succionó con dulzura antes de responder.
—Entonces estaré encantado de enseñarte cómo se utiliza… esto. —Su mano presionó la parte aludida del cuerpo de Mercy con suavidad. Inmediatamente, Gabriel liberó el miembro de su amada y procedió a darle un cursillo acelerado de cómo inflamarse, acariciarse y complacerse a sí misma ahora que disponía de órganos masculinos.
Una semana más tarde, Jack Morrison realizó una videollamada urgente al laboratorio donde estaba trabajando la doctora Ziegler. Sostenía una carpeta de las que usaba el ejército americano para archivar sus casos. Angela las había visto en alguna que otra ocasión.
—¡Buenas noticias! —exclamó sonriente.
—Guten Tag, Jack —replicó la doctora al otro lado de la línea—. Por fin he terminado de examinar los experimentos sobre teletransporte que se están… —A través de la línea se escuchó de forma amortiguada cómo se abrían las puertas del laboratorio. Angela saludó a alguien—. Perdona, Jack. Cuéntame las buenas noticias.
—¡Moira ha sido detenida! —Jack detectó unos pasos acercándose hasta la zona de la videollamada—. Está en proceso de ser juzgada por sus crímenes contra el ejército americano. —La doctora negó con la cabeza varias veces sin dirigirse a Jack, y después contempló la cámara con cara de circunstancias—. ¿Es mal momento?
—Nein!
—Excelente. Fíjate, dispongo de una copia del informe cortesía de la ONU. —La suiza siguió con la mirada algo que descendía—. Te haré llegar una copia. ¿Te han subido una persiana? De repente pareces roja. —La doctora negó enérgicamente con la cabeza—. Moira ha cometido un error: anoche compró un billete a los Estados Unidos, y no borró su rastro. Todas las alarmas americanas sonaron cuando su avión estaba en el aire. La recibió el ejército en el aeropuerto…
—¡Uhhh…!
—¿Angie…? —Jack frunció el ceño al ver cómo la doctora se cubría la boca con ambas manos.
—A-acabo d-de acordarme de una c-cosa… —Angela colgó de golpe.
Gabriel se puso de pie. Sus labios brillaban. Le clavó la vista a su amada y tragó saliva de un modo intencionadamente sonoro.
La doctora no pudo evitar suspirar y dejarse caer sobre sus rodillas en el suelo, donde se retorció de placer con aire vulnerable.
—No pensé que fueras capaz de correrte delante de él… —comentó el estadounidense con malicia.
—¿Y si llega a ver tu cabeza yendo y viniendo a la altura de mi vientre a través de la cámara? ¡Por no mencionar que cualquiera podría haber entrado…!
—He cerrado la puerta y me he agachado bien. —Se encogió de hombros.
—Eres incorregible…
—¿No esperarás que me mantenga impertérrito ante una mujer como tú, verdad?
—Anda, lárgate, idiota —le apremió en tono cariñoso—. ¿Será posible? ¡Pero si me tiemblan las piernas! Herrje, creo que he tocado el interior de tu garganta… —gimió.
—Ya me voy, ya me voy… —Y así lo hizo.
Angela se volvió a ajustar los bóxers y los pantalones (que, al igual que todas sus nuevas prendas, había adquirido en una tienda de ropa masculina so pretexto de ser un regalo para su novio) antes de tomar asiento y llamar a la sede americana de Overwatch donde se encontraba Jack.
—Discúlpame, Jack. Era una urgencia.
—No hay problema. Quería comentarte algo porque… bueno, creo que quizá pueda ser un problema. De hecho, temo que va a serlo.
—¿Qué sucede?
—Sabes que soy amigo del capitán Reyes desde hace mucho tiempo, ¿verdad?
—Ajá…
—Necesito que entiendas que hasta ahora nunca nos hemos ocultado nada. Me crees, ¿no es así?
Angela palideció. ¿Era posible que Gabriel le hubiese contado que eran pareja? ¿¡Jack conocía su relación y pensaba denunciarles!? ¿O quizá le había hablado de su transformación…?
—¿Angie?
—¿Sí…?
—Es la primera vez que yo le oculto algo. —La doctora asintió aliviada, invitándole a proseguir.
—¿De qué se trata?
—Va a ser degradado de su puesto. Sé que Ana te habló del ascenso que se barajaba; nosotros pensábamos que Gabriel pasaría a comandante, pero nos hemos equivocado. Yo soy el nuevo comandante, y Ana será la capitana.
—¿¡Qué!? ¿¡Por qué!? —exclamó sumamente afectada. Todas las reminiscencias del placer que había hecho que se tambaleasen sus piernas desaparecieron en el acto—. No es que no me alegre por vosotros, pero no creo que Gabriel haya hecho nada mal.
—Yo sé que no ha cometido ningún error. Es brillante, ya lo era cuando estábamos en el ejército. Sobresale. Desconozco qué es lo que ha motivado esta decisión… pero se hará oficial mañana.
—Jack, ¿por qué me cuentas esto?
—Si te soy sincero… no lo sé. Ana me ha insistido para que te lo diga de inmediato.
—Instinto femenino… —susurró Mercy en voz tan baja que Jack no la escuchó—. Dale las gracias de mi parte.
—Temo que se cree una brecha en el grupo. La mayoría de la gente no lleva bien los cambios.
—Discúlpame. Tengo que terminar con todo esto. Lo del teletransporte es muy delicado, hasta que no certifiquemos que es completamente inocuo para el ser humano no se podrán construir esos cazas con los que sueñan desde nuestro programa de vuelos experimentales.
—Suena bastante complicado. ¡Ah! Te haré llegar una copia de esto. —Antes de que la señal se interrumpiera, Jack le dio un toque a la carpeta que contenía la información respecto a la detención de la genetista.
