N/A: Quería daros las gracias por todos los comentarios recibidos en el capítulo pasado, a los que soléis leerme aquí y a los que vinieron desde Slasheaven. Fue muy bonito. Gracias :)

Los profanadores del destino

Capítulo 9

McGonagall se despidió del Jefe de Hufflepuff y tomó asiento en su sillón de Directora, sintiendo la satisfacción del deber cumplido. Se lo había propuesto desde que había tomado el cargo: reunir todas las semanas a los responsables de las cuatro casas para estar al tanto de lo que sucedía en ellas. Hasta el momento, durante todos esos años, sólo una vez lo había incumplido; aquella semana que se había pasado entre fiebres por una complicada variedad de escrofungulus. Después de las cuatro reuniones quedaba el segundo paso, tomar nota en su anuario de las cosas que le parecían importantes. Dos o tres nombres de alumnos destacados, otros tantos de alumnos problemáticos, la pequeña rebelión en Ravenclaw exigiendo dormitorios mixtos o las persistentes filtraciones de agua en la sala común de Slytherin. Resumiendo, nada que no tuviese arreglo. No sabía si los años le habían hecho dueña de la situación, pero dirigir Hogwarts le resultaba cada vez más sencillo.

Como si hubiese tentado a la suerte con tanto optimismo, la puerta de su despacho se abrió con tanta fuerza que rebotó contra la pared, causando un golpe seco que le hizo dar un respingo. Nunca hubiera creído que esa entrada la protagonizaría quién se acercaba ya a zancadas hasta su mesa. Parecía enfurecido, pero Minerva ya tenía suficientes años para no amilanarse.

- ¿Qué es todo esto, Harry?

- Vengo a hablar con él.

McGonagall siguió la mirada que se perdía a sus espaldas y descubrió que estaba clavada en el retrato vacío de Dumbledore. No tenía ni idea de qué había sucedido, pero el descontrol de magia que acompañaba a Harry le aconsejaba que mantuviese la prudencia. La energía rabiosa agitaba los pergaminos sobre su mesa y había apagado ya la mitad de las velas que ella siempre mantenía encendidas en su despacho, fuera de noche o de día.

- El retrato que miras lleva vacío todo el día. Si hay algo en lo que pueda ayudarte, sólo tienes que decírmelo.

- Sólo quiero hablar con él. A solas. Ahora.

- ¿Para qué?

- ¡Es asunto mío!

La magia onduló apagando el resto de las velas y el propio Harry apretó los puños tratando de refrenarla. Por su parte, McGonagall se veía cada vez más lejos de la prudencia y más próxima al enfado. Quería a Harry, sabía que tendría un motivo para actuar como lo estaba haciendo, pero seguía siendo la Directora de Hogwarts y nadie tenía derecho a irrumpir así en el colegio sin una explicación o una orden para ello. No iba a permitirlo.

- Señor Potter, todo lo que ocurra dentro de los muros de este castillo es asunto mío. Si desea hablar con cualquiera de los retratos de Hogwarts, me temo que al menos tendrá que pedirlo con corrección, personal u oficialmente.

Si el portazo había sido inesperado, no lo fue menos el golpe de las manos de Harry en la mesa, medio metro por debajo de su mirada desafiante y furiosa.

- Soy el Jefe de la División de Aurores y le aseguro que tengo todo tipo de orden que pueda necesitar para entrar en este despacho, Directora.

Por mucho que le molestase su tono, Minerva sabía que Harry tenía razón. Según la Ley Mágica británica bastaba la firma del Jefe de Aurores para acceder a cualquier tipo de propiedad pública o privada. Harry podría redactar en ese mismo momento la orden delante de sus narices y estamparle su firma para estar protegido de forma legal sin que ella tuviese algún derecho a quejarse. Lo que nunca había esperado era que Harry llegase a usar las prerrogativas de su poder como ataques. Al parecer, la vida no dejaba de sorprenderla.

- Soy conocedora de la ley, señor Potter. Sólo pedía un poco de educación al aplicarla.

- Ya no es mi profesora, señora McGonagall. Salga del despacho.

No había ninguna vacilación en su voz y mucho menos en su mirada. Sin embargo, la magia de Harry seguía ondulando, visiblemente alterada. Minerva decidió que seguir enfrentándose a él no traería nada bueno. Así que con la barbilla bien alta abandonó su despacho, teniendo muy claro que Shacklebolt sería informado de todo aquello. En cuanto salió, la puerta se cerró a sus espaldas con la misma fuerza con que se había abierto.

- ¡Vamos, maldito viejo manipulador! ¡Estoy aquí para verte! ¡Vuelve a tu cuadro!

Un resoplido bastante explícito llegó a oídos de Harry desde el lado derecho de la pared. El retrato de Severus Snape le miraba con el mismo desagrado de siempre, matizado ahora por una leve mueca de burla. Cruzado de brazos sobre un fondo sombrío, murmuraba una sarta de adjetivos que parecían ir de escandaloso a maleducado. Harry sacó su varita y lo silenció sin dudarlo, provocando que Snape frunciese el ceño y, dándose la vuelta de forma teatral, abandonase la escena.

- ¡Albus Dumbledore! ¡Te estoy esperando!

Harry sintió cómo varios pares de ojos se clavaban en él desde los distintos retratos del despacho.

- ¿Y vosotros qué mirais? ¡Id a buscarlo!

Hubo un pequeño revuelo de túnicas antes de que muchos de los retratados desapareciesen de su vista o se escondiesen en el mueble más cercano de sus cuadros. Harry estaba a punto de lanzar un hechizo al marco vacío, cuando Dumbledore apareció sonriendo y, al parecer, muy emocionado. Si uno se fijaba bien parecía que las lágrimas estaban a punto de caer por debajo de sus gafas de media luna.

- Oh, Harry, mi querido muchacho. ¡Cuánto me alegro de verte!

Harry tensó aún más su mandíbula.

- ¡Cállate! No tienes ningún derecho a hablarme así.

- Pero, ¿qué sucede, muchacho? ¿Algo va mal? ¿En qué puedo ayudarte?

- ¡No quiero tu ayuda! ¡Nunca más! No tenías ningún derecho a manipular mi vida.

La cara de Dumbledore era la misma imagen de la inocencia. Le miraba como un abuelito herido que no entendía la injusta dureza de su nieto. No era algo que Harry no hubiese esperado. Cuando había salido hacia Hogwarts lo hizo consciente de que sería casi inútil hablar con un retrato, pero necesitaba gritar en la cara de Dumbledore todo lo que pensaba y estaba sintiendo por su culpa. Era ese retrato o abrir su tumba, y claramente prefería lo primero.

- Engañaste a mis padres. Les embaucaste diciéndoles que todo era por mi bien, te aseguraste de que tu mejor arma estaría en la casa que te convenía. Eso he sido para ti, ¿verdad? ¡Una maldita arma de guerra!

- ¿Guerra? ¿No había terminado la guerra?

- ¡Acabó hace veinte años!

Dumbledore esbozó una sonrisa de alivio.

- Sabía que lo conseguirías, Harry.

- ¡Por supuesto que lo sabías! Como sabías de la existencia de la profecía cuando fuiste a mi casa, ¿verdad? Y que tenía que morir para matar a Voldemort y miles de cosas más que siempre me ocultaste por mi bien. ¡Siempre por mi bien! ¿Pero sabes lo que creo, anciano? Que nunca pensaste en mí. Que nunca te importé nada.

Harry sintió que perdía la voz y se le cerraba la garganta. Debajo de toda la rabia que se había adueñado de él había un poso de dolor tan fuerte y tan antiguo que era todavía más poderoso. Sabía que si se dejaba arrastrar por él se derrumbaría. Pero se dijo que no lo haría, no delante de un patético retrato amnésico. Se agarró como pudo al odio que era capaz de mantenerle a flote en todo ese mar de frustración y decepciones.

- Y yo nunca podré perdonarte.

Por un momento, el retrato de Dumbledore pareció entenderle. Su cuerpo se encogió un poco y sus ojos reflejaron un leve rastro de dolor. Incluso llegó a ocultarse de nuevo, abandonando su cuadro. Sin embargo, casi de inmediato volvió a aparecer en él, tan sonriente como al principio.

- Oh, Harry, mi querido muchacho. ¡Cuánto me alegro de verte!

Harry, que apenas había paladeado un amargo regusto de venganza, arrojó un tintero a la cara de Dumbledore. El cristal estallo en pedazos y la tinta dejó una gran mancha negra donde antes estaban la sonrisa y los ojos llorosos. Un peso invisible le hundió los hombros mientras salía del despacho. Pero sus pasos eran rápidos. Ahora que hasta esos años felices en Gryffindor resultaban tan falsos, tenía que salir cuanto antes de Hogwarts. Tan rápido que no se dio cuenta de los ojos que le siguieron a través del corredor en el que desembocaban las escaleras de la gárgola.


Draco llevaba tanto tiempo observando el trabajado escudo de Slytherin en su dosel, que había descubierto detalles que juraría no haber visto nunca. Había salido pronto del Ministerio, incapaz de seguir metido entre leyes mientras su cabeza estaba en otra parte. Por desgracia, ni siquiera el taburete de la habitación de su madre había conseguido despejar su mente. Así que, casi sin proponérselo, había acabado en la antigua habitación de Scorpius, tumbado en su cama y con el libro «Hogwarts, la historia» en las manos.

Recordaba que lo había leído antes de entrar en el colegio. Ya con once años no podía permitirse llegar a un terreno nuevo sin conocerlo. No le había fascinado mucho entonces y desde luego no iba a hacerlo ahora, pero Draco había buscado enseguida las páginas que hablaban del Sombrero Seleccionador. El libro estaba repleto de las canciones con las que había recibido a los alumnos a través de los años. Draco tenía un ligero recuerdo de las que había escuchado en los primeros cursos de Hogwarts, pero a partir de cuarto había desconectado en todo momento que aquel trapo viejo les había deleitado con su voz. No importaba, el mensaje se había repetido cíclicamente a través de las décadas y los siglos.

Los valientes estaban en Gryffindor, los inteligentes en Ravenclaw, los perseverantes en Hufflepuff y los astutos en Slytherin. Era verdad que el sombrero a veces se volvía original sustituyendo esos adjetivos por los de caballerosos, sabios, leales y taimados. Pero más allá de eso la cantinela era siempre la misma. Machacona, simple y aburrida. Draco repasó algunas de las canciones, sin lograr que su opinión fuese distinta.

«El ambicioso Slytherin ambicionaba alumnos ambiciosos», había dicho el Sombrero en 1932, 1967 y 1984. Todo un ejemplo de poesía.

Para Draco estaba claro que, si uno lo pensaba un poco, todo aquello resultaba ridículo. Y mucho más después de saber que ni los propios Fundadores habían respetado al Sombrero, creando su propia selección a través de los Profanadores.

Él siempre había querido ser un Slytherin, pero no porque fuese un maestro de la astucia, sino porque había sido la casa de su padre y de su madre. La casa de su familia. No recordaba haber pensado nunca en cualidades sino en colores. Y más tarde, los años le habían enseñado que había valientes azules, verdes o amarillos, o astutos e inteligentes rojos. Había que ser un sombrero harapiento para pensar que una bruja o un mago podían ser tan limitados e inalterables a través del tiempo. Un sombrero harapiento, un Weasley o Rita Skeeter, tan llenos de prejuicios como un enumpent de veneno.

Aún así, lo que le habían hecho a Harry no era justo. Siempre sería mejor someterse a la decisión de un sombrero chiflado que sufrir la manipulación de tu propio destino. Draco no sabía con exactitud cómo reaccionaría Harry si lo supiese, pero tenía la sensación de que el enfado sería el mejor de sus males. Después, mucho después, le quedaría la eterna duda de lo que realmente estaba llamado a ser. Aunque, para ser sinceros, Draco no podía imaginar a nadie más Gryffindor que Harry.

Tampoco le importaba. Cada vez tenía más claro que era un tema que le traía sin cuidado. Fuese de la casa que fuese, él le quería por lo que era ahora, por lo que había llegado a ser pese a todo y ante todos. Por lo que era a su lado.

Le quería... Ni siquiera le había asombrado el reconocerlo. No tenía sentido negarlo, se estaba enamorando de Harry a una velocidad incontrolable. A cada encuentro, a cada mirada y cada beso, a cada golpe de cuerpo contra cuerpo. Era imposible pensar en él y no sentir un emjambre de billywig en el estómago. No se lo había dicho sólo por miedo a ser el único que se sentía así. No sabía si el Sombrero Seleccionador le habría llamado cobarde o astuto, pero tenía la esperanza de que Harry fuese lo suficientemente valiente para decirlo primero.

Al menos él se iba a encargar de allanarle el camino. Draco cerró el libro y tomó una decisión. A partir de ese mismo instante relegaría el secreto que amenazaba con distanciarles a lo más lejano de su olvido. No tenía sentido darle vueltas a lo que ya había sido y nada podía cambiarse. Harry estaba a salvo, ninguna maldición le acechaba y para él siempre sería un Gryffindor. Nadie tenía que enterarse de lo contrario.

Era el momento de enterrar el pasado.


En cuanto Harry salió de la chimenea, oyó un agudo chillido y sintió sus brazos llenos de Hermione. Por encima de su hombro vio el alivio dibujarse en la cara de Ron y se dio cuenta de toda la preocupación que les había causado.

- Merlín, Harry... ¡Estábamos tan asustados! Pensábamos que te habían atrapado los Inefables. Luego vimos que había un recuerdo flotando en el Pensadero y supimos que lo habías conseguido. Pero no estabas por ninguna parte y no sabíamos a dónde ir a buscarte, si habrías hecho alguna locura, o algo... - Hermione le miraba angustiada entre toda aquella marea de palabras. Harry a duras penas conseguía aguantar su propia angustia, aún así intentó darle consuelo con otro abrazo.

- Tranquila, Herm... Estoy bien. Sólo necesitaba un poco de aire.

Pronto, la mano de Ron también estuvo en su hombro.

- Me alegra que estés bien. No hemos tocado el pensadero. ¿Quieres contarnos lo que has visto?

Harry quería y a la vez no. Necesitaba compartirlo y era algo que no iba a ocultar a sus mejores amigos, pero por algún motivo ahora necesitaba otra cosa. A otra persona.

- Me gustaría que lo vierais. Hacedlo, por favor. Os prometo que vendré mañana y lo hablaremos con calma, ¿de acuerdo?

- ¿Mañana? ¿Te marchas?

- Creedme, ya he tenido suficiente por hoy.

- Pero no pareces estar bien. ¿Adónde vas?

- A buscar a Draco.


No tardó en encontrarlo. Repasaba unas cifras de sus negocios en Norteamérica cuando Harry se apareció en medio del salón de Malfoy Manor donde siempre solía esperarle. En cuanto le vio, dejó los papeles y fue hacia él, con una sonrisa y un beso en los labios. Harry no dejó que éste se prolongase todo lo que Draco había planeado. En cambio, se dejó ir en sus brazos, aspirando el olor de la suave piel de su cuello y sintiendo por primera vez algo de tranquilidad desde que había visto el recuerdo. Quizá por eso no pudo evitar el profundo suspiro que salió de sus labios. Draco le acarició la espalda, meciéndole con tanta suavidad que el movimiento era casi imperceptible.

- ¿Estás bien?

- ¿Esta noche podemos hablar?

La pregunta dolió como el mejor de los reproches. No tenía el tono de serlo, pero Draco sabía que llevaba implícita días y días centrados en el sexo para evitar otras cosas. Por su parte, sabía por qué lo había hecho, pero tal vez no había sido el único que había desviado la atención al deseo, y estaba claro que no era el único que se había dado cuenta de ello.

- Claro que podemos. ¿Quieres que encienda la chimenea?

- Sí, por favor.

En algún momento, Harry le había contado que las chimeneas siempre le despertaban un cálido sentimiento de amistad. Quizá fuese por tantas horas pasadas con sus amigos frente a la chimenea de su sala común, pero el fuego siempre le había parecido el ambiente perfecto para la intimidad y las confesiones. Draco, que desde su experiencia con el fuego maldito prefería un buen hechizo calentador, apenas había usado las de Malfoy Manor. Pero desde que Harry había llegado a su vida, al menos la de aquel salón sí se había encendido en varias ocasiones. Aquélla parecía ser otra más que lo requería. Draco prendió fuego a la leña y sirvió dos copas de vino. Cuando volvió al sofá, Harry ya se había sentado en la alfombra. Intentando no evaluar la cercanía del fuego, le tendió la copa y se sentó a su lado, apoyando la espalda en el sofá que no estaban usando.

- Cuéntamelo.

Que Harry apurase la mitad de su copa antes de empezar a hablar, no era una buena señal. Pero aún pintaba peor que apurase la otra mitad cuando no pudo encontrar su voz. Draco le cogió la mano y entrelazó sus dedos.

- Estoy aquí, Harry, puedes decírmelo. Sea lo que sea.

Harry le miró con intensidad y, en algún lugar de sus ojos, pareció encontrar el valor que necesitaba.

- Desde que me dijiste que tenía una cicatriz, no pude dejar de pensar en ello. Me puse a investigar por mi cuenta. No te dije nada porque no quería involucrarte en algo que no sabía adónde me llevaría. Pensé que si las cosas se ponían feas o descubría algo preocupante, tú estarías a salvo porque no tenía que ver contigo.

Esta vez fue Draco el que apuró un sorbo de vino. Que aquella cicatriz no tenía que ver con él, era lo más equivocado que Harry podría haber dicho. Si la conversación transcurría por ese camino, estaba claro que iba a ser muy difícil para ambos. Rogó a Merlín porque su mano no empezase a sudar como el resto de su cuerpo ya lo hacía, y porque su voz sonase convincente.

- Me lo estás contando ahora y te agradezco que lo hagas. Dime, ¿cómo fue la investigación?

- Al principio no conseguía avanzar. Nadie más que tú podía ver mi cicatriz y no había ninguna maldición conocida que contemplase algo así, ni siquiera entre las que habían manejado en la guerra los mortífagos.

Su padre. Era imposible que Draco no asimilase una palabra a la otra, y estaba casi seguro de que a Harry le pasaba lo mismo. El pequeño apretón en su mano sólo se lo había confirmado. Draco le devolvió una sonrisa que intentaba ser de agradecimiento y Harry retomó la confesión.

- Todo estaba parado hasta que uno de los aurores vio la cicatriz. Yo no necesitaba confirmación, pero si te soy sincero Ron y Hermione habrían tenido dudas de que la cicatriz existiese si sólo la hubieras visto tú.

Bien, no es que Draco pudiera culparlos por eso. Él tampoco se fiaba de Granger y Weasley. Siempre había sido un hombre realista, lo importante era que Harry siempre le había creído.

- ¿Se lo contaste a ellos?

- Sí, iba a volverme loco si no lo hacía. También les conté que estamos juntos.

Draco alzó una ceja, sorprendido.

- ¿Y sobrevivieron al impacto?

- Mucho mejor de lo esperado. Hermione parecía incluso que lo estaba esperando.

- Siempre ha sido una listilla.

- Eso no puedo negarlo. El caso es que prometieron ayudarme, también a hacerme con un recuerdo que encontré en la Sala de la Muerte. Supongo que ahí entra la parte ilegal.

- Espera, espera... Cuéntame eso de la Sala de la Muerte. ¿Has estado en ella?

- Sí, pedí un permiso para acceder al Departamento de Misterios. Quería ver si los Inefables podían tener las respuestas que buscaba. Algo me decía que tenía que ir a la Sala de la Muerte. Y allí encontré las galerías de memoriales, una para los ministros, otra para los jefes de aurores y otra para los directores de Hogwarts.

- ¿En serio? ¿Los entierran realmente allí?

- No. Son más bien monumentos conmemorativos que contienen objetos personales de los difuntos. Fue en el de Dumbledore en el que vi el recuerdo. Tenía una inscripción: «Valle de Godric, 1980» ¿Cómo no iba a llevármelo?

Draco vio como Harry fruncía el ceño y se llevaba, sin darse cuenta, la copa vacía a los labios. Con un movimiento de varita rellenó la copa y, ya de paso, también la suya. Estaba seguro de que le haría falta.

- ¿Y te lo llevaste?

- No ese día, estaba protegido por una barrera mágica infranqueable. Pero averigüé cómo anularla, he vuelto hoy mismo y me lo he llevado.

Los dedos quemados de Harry. Draco no tardó en hacer la asociación de ideas. «Una barrera mágica» le había dicho aquel día. Y no mentía. ¿Cuántas cosas más le habría ocultado? Empezaban a ser demasiadas. Pero sólo tenía que recordar la que él callaba para sentir que se las merecía. Todas y cada una.

- ¿Y lo has visto?

- Sí.

El cambio fue inmediato. Hasta ese momento, Harry se había mantenido más o menos sereno, pero recordar lo que había visto le sacudió de una forma demoledora. Trataba de ocultarlo cuanto podía, pero su mano temblaba entre la suya y mantenía la mirada clavada en el fuego, que dibujaba caprichosas luces y sombras en su rostro. Draco estaba a punto de abrazarle cuando su voz volvió a surgir, trémula por las lágrimas tragadas.

- Vi a mis padres. Yo era sólo un bebé... Mi casa era cálida, olía bien...

Draco pensó que quizá Merlín iba a ayudarle esa noche. Tal vez Harry estaba abatido por un recuerdo de su infancia, por ser más consciente que nunca de todo lo que había perdido.

- Dumbledore estaba allí convenciéndoles de que yo debía ser un Gryffindor. Ellos dudaban... Pero él les presionó hasta que aceptaron.

Draco cerró los ojos. Al parecer, Merlín no parecía tener intenciones de ayudarle. Contuvo la respiración esperando el desenlace que intuía, asimilando que Dumbledore era el Profanador que había estado buscando en sus teorías.

- Entonces hizo un ritual... Cortó mi mano con la espada de Gryffindor y manipuló mi vida. Sin pestañear, Draco. Manipuló toda mi jodida vida desde el principio.

Era oficial, Merlín no iba a ayudarle. Pero ya no le importaba. El dolor de Harry era tan grande que anulaba cualquier otra cosa. Emanaba de su cuerpo de forma tan evidente que Draco casi podía verlo, y no pudo soportarlo. Tomó con suavidad la copa de la mano de Harry y la dejó junto a la suya en el suelo, y después le abrazó con toda la ternura que conocía. Harry se amoldó a su abrazo como si necesitase sentirle en cada parte de piel, aferrado a su espalda y rodeándole con las piernas. No tardó en empezar a llorar de forma silenciosa, como debía haber aprendido a hacerlo cuando era pequeño. Draco le apretó aún más fuerte, mientras acariciaba su espalda y dejaba besos en su pelo.

- Ya no sé... lo que soy... quién soy...

Sonaba tan desesperado que Draco se sintió sin consuelo que darle. El hechizo había cobrado fuerza sobre sus pensamientos, recordándole todo lo que no podía decirle. Sólo le quedaban sus sentimientos. Intentó transformarlos en palabras en su garganta, pero algo más fuerte que su voluntad los volvió silencio. El Sombrero Seleccionador le gritó "cobarde" desde el país de los sombreros.

- Toda mi vida... es falsa...

Draco sacó su voz del lugar donde se había escondido.

- No, no lo es. No conozco a nadie más Gryffindor que tú. Y esto es real, nadie te ha manipulado para que estés conmigo. Esto es real, Harry.

Real, si uno obviaba los secretos. Pero real no tenía que ser sincero. Draco se sintió tan mal que se vio tentado a llorar junto a Harry, que había besado su cuello y cedido al llanto todavía más. Y fue allí cuando lo decidió, sosteniendo a Harry, aplastado por su secreto y ahogándose con lo que sentía.

Una vez había escuchado que el pasado siempre vuelve.

Él volvería a Bretaña.

Continuará...