La historia original es de Nancy Warren y se llama A media voz, y yo solo la uso para entretenimiento de todas nosotras imaginando a los personajes de Sailor Moon que son propiedad de Naoko Takeuchi en esta historia


Capitulo 8

Entró en el vestíbulo del hotel a las once menos ocho minutos y pidió la llave en recepción. Esperaba que ella no llegara temprano, precisamente aquel viernes.

Cuando llegó el ascensor, dejó escapar un suspiro de alivio, entró y apretó el botón de la planta decimosexta.

Entró en la habitación a las once menos cinco, se metió en el baño y se dio una ducha de cuatro minutos. Después se puso el albornoz del hotel, se metió dos preservativos en el bolsillo y puso un puñado de ellos sobre la mesilla de noche. Después apagó las luces y se sentó a esperar.

Pero no podía.

Estaba demasiado excitado y ansioso por lo que iba a ocurrir. Toda la cena había sido como un juego erótico, viendo a Serena con aquella falda corta y las sandalias, y sus ojos azules telegrafiándole mensajes que él no había percibido nunca. No era psiquiatra, pero se preguntaba si, a cierto nivel, ella sabría perfectamente con quién se estaba acostando los viernes por la noche.

Quería creer, desesperadamente, que la atracción nueva que ella sentía estaba relacionada con su aventura. Serena estaba cambiando, quisiera admitirlo o no.

La Bella Durmiente estaba despertando.

A Serena le temblaba todo el cuerpo cuando llamó a la puerta de la habitación. Había dado tres vueltas a la manzana en el coche, decidida a no parecer demasiado ansiosa. Las once y cinco le pareció una buena hora para llamar. No era demasiado puntual, ni tampoco demasiado impuntual como para parecer maleducada.

Cuando se abrió la puerta, se le secó la boca. Había estado esperando aquel momento durante toda la noche. Y ya había llegado.

Lentamente, entró a la oscuridad.

La puerta se cerró tras ella y unas manos que salieron de las sombras la tomaron por los hombros. Ella dejó caer el bolso a sus pies y se echó a sus brazos, incluso cuando él la empujó hacia la puerta.

—Tengo tanta hambre de ti… —susurró él.

Ella no pudo hacer otra cosa que gemir mientras la besaba.

Le invadió la boca con la lengua, y ella le agarró la cabeza para acercarlo más y más. Estaba ardiendo por él, desesperada por tomarlo y por que la tomara.

Pensó que, si él intentaba juguetear o torturarla aquella noche, se moriría.

Pero no hubo esperas ni juegos. Su necesidad era evidente. Le quitó la camiseta de tirantes y le acarició los pechos hasta que ella gimió.

Ella le arrancó el cinturón del albornoz y se lo abrió para quitárselo. Estaba desnudo.

Y ella también necesitaba estarlo. Se quitó las braguitas mientras notaba que él se ponía un preservativo. Después él le subió la falda y la tomó contra la puerta, entrando en ella tan profunda y fuertemente que Serena lo sintió en todo su vientre.

Ella sollozó sonoramente cuando llegó al clímax. Él tenía los labios enterrados en su cuello todo el tiempo, así que no estuvo segura de si había oído que él pronunciaba su nombre.

Aquella noche fueron más salvajes que nunca, dándose el uno al otro como si no pudieran conseguir suficiente. Y aun así, mientras ella se escapaba de la habitación de madrugada, se sintió vagamente insatisfecha.

Era un sexo estupendo, pero sólo era sexo.

Ella quería más.

XOXOXO

Serena entró en el despacho de Darien el lunes siguiente, a última hora de la mañana, ondeando una hoja que había sacado de Internet, como si fuera la bandera de la victoria.

— ¡Ja! —dijo—. Ya lo tengo.

— ¿Al doctor Ersatz? —Darien levantó la vista del documento que estaba leyendo con una sonrisa cálida en los labios.

Ella tragó saliva y miró la hoja.

—En carne y hueso. Actúa en Romeo y Julieta, en un teatro llamado Alternative Works Theaterspace. Creo que voy a disfrutar viendo cómo muere al final.

— ¿Vas a ir a ver la obra? —Darien parecía sorprendido.

—Vamos a ir a ver la obra. Tú y yo. Está en un barrio poco recomendable, cerca del puerto. Me daría miedo sin un guardaespaldas alto y fuerte —dijo, y lo señaló—. Ese eres tú. Además, supongo que tú puedes intimidarlo un poco si lo entrevistamos juntos.

No pareció muy entusiasmado con la idea de que lo reclutaran como el malo de la película.

—No he leído Romeo y Julieta desde el instituto. Y no me gustó.

—Bueno, cuando llamé para sacar las entradas, la taquillera me habló del «nuevo Romeo y Julieta». Quizá hayan añadido alienígenas del espacio, o algo para los ineptos culturales —sonrió—. Te sentirás como en casa.

— ¿Y no podrías hacerlo de una forma más simple y llamar a su casa?

Como siempre, Darien se había remangado, pero aquel día también se había aflojado la corbata y se había desabrochado el primer botón de la camisa. Se le veía un poco de vello moreno del pecho, y Serena se acordó de su amante secreto y de la forma en que hacía que se estremeciera cuando la rozaba con el vello del pecho en sus pechos desnudos. Mmm Además, era más fácil mirar el vello de los brazos y del pecho de Darien que mirarlo a los ojos.

De repente, sintió cautela hacia él. Aquel momento tan extraño en la cena de casa de Lita, cuando sus ojos se habían quedado atrapados, volvía a su cabeza cuando menos se lo esperaba. Tenía que dejar de pensar en ello. Darien era su amigo, y a ella le gustaba así.

Ella miró la hoja de Internet mientras respondía a su pregunta.

—Ya lo he intentado, evidentemente. No tiene contestador, y la única vez que descolgó el teléfono y me presenté, fingió que él no era Armand Chance. Me dijo que le dejaría un mensaje.

— ¿Le dijiste algo de Mina?

Entonces, Serena lo miró.

—No. Sólo le dije que era abogada, del bufete Donne, Green y Raddison, y él me interrumpió y me dijo que Armand Chance no estaba en casa. Después colgó.

Darien se recostó en el respaldo de la silla.

Romeo y Julieta, ¿eh?

—Exactamente —ella puso la hoja en su escritorio y se dirigió a la puerta. Justo antes de salir, se volvió y dijo—: «La separación es tal tristeza dulce, que diré buenas noches hasta que sea de día».

XOXOXO

«Teatro» era una palabra demasiado grandiosa para el tugurio al que fueron Serena y Darien. No había más de cien asientos y el escenario era muy pequeño. Olía a polvo y a cuerpos humanos que se lavaban infrecuentemente.

El público era, desde luego, una mezcla muy ecléctica. Era gente de todas las edades, ex hippies, hippies y grunges. Como ella y Darien habían ido directamente desde el trabajo, llamaban la atención vestidos de oficina.

Serena oyó un suave gemido, y abrió unos ojos como platos cuando vio a una pareja, dos filas más allá, devorándose hambrientos el uno al otro. El chico tenía la mano debajo del vestido de la chica, y por la forma en que ella movía las caderas, estaba bastante claro lo que estaba haciendo aquella mano.

—Parece que el espectáculo ha empezado pronto —le dijo Darien al oído, y ella ahogó una risita nerviosa.

Darien tenía apoyada la mano en el reposabrazos, y ella empezó a preguntarse cómo sería que…

Se obligó a sí misma a fijar la atención en el escenario vacío, con la esperanza de que su amigo no fuera capaz de leer el pensamiento.

Pensar en ella, en Darien y en el sexo le producía una sensación extraña, casi como el miedo. Su vida ya era lo suficientemente complicada como para pensar en aquellas cosas.

La luz de la sala fue disminuyendo, y el escenario se iluminó de repente.

En la oscuridad, se oyó la voz de un actor.

—«Dos familias de idéntico linaje; una ciudad, Verona, lugar de nuestra escena…»

Serena se movió en el asiento, intentando encontrar una posición cómoda en la silla. Aquello era Shakespeare. Se concedería el lujo de abandonarse a una historia de amor antigua y trágica y olvidarse del sexo durante unas horas. Necesitaba un descanso.

El primer actor entró en el escenario y se quedó bajo el foco, mientras continuaba con el prólogo.

Serena se quedó sin respiración y abrió unos ojos como platos. ¿Sería que su mente obsesionada le estaba jugando una mala pasada? Guiñó los ojos y enfocó de nuevo.

Aquel hombre estaba completamente desnudo.

Y el siguiente actor también. En poco tiempo, el escenario estuvo abarrotado de gente desnuda, y Serena siguió allí sentada, petrificada.

Darien se inclinó hacia ella, y le dijo con la voz burlona:

— ¿Seguro que oíste bien el título de la obra? No será nada pornográfico, ¿verdad?

—Oh, Dios mío —dijo Serena, y se tapó la cara con las manos—. Lo siento.

—No lo sientas. Es mucho mejor que los alienígenas del espacio. Estoy deseando ver a Julieta —su voz profunda, casi al borde de la risa, cosquilleó el oído de Serena.

Sin embargo, ella no lo encontraba gracioso en absoluto.

— ¿Cuál de ellos crees que es Armand Chance?

—Supongo que Romeo.

Serena asintió. Ella había llegado a la misma conclusión. Cumplía todos los requisitos para ser un gigoló. Era rubio, alto, guapo, y su equipamiento masculino era ciertamente impresionante.

Ella observó durante un rato, manteniendo la vista fija en la parte superior del cuerpo tanto como pudo, y pensó que, en realidad, no era mal actor.

Julieta saltó al escenario, casi literalmente, y entonces fue cuando Serena decidió que la forma más madura de sobrellevar aquello era no prestar atención al hecho de que los actores eran nudistas, y disfrutar de la obra. Al fin y al cabo, era Shakespeare.

Aquella estrategia funcionó hasta la escena de la noche de bodas. Entonces, los actores cortaron gran parte del texto original y se pusieron a disfrutar del acontecimiento como era debido.

Julieta no era precisamente una adolescente, pero se la veía muy entusiasmada con la idea, y con una sola mirada, Serena supo que Romeo estaba preparado para la acción.

Rodaron por el escenario besándose. Paseó la mirada por el pequeño teatro. Había movimiento en algunos de los asientos. Todos los gemidos y los suspiros no venían precisamente del escenario.

—Lo siento muchísimo. Esto es prácticamente una orgía —le dijo a Darien.

—En verso pentámetro. Asombroso.

Serena nunca se había sentido tan avergonzada en toda su vida. Y aun así, en aquel espectáculo de Shakespeare, en aquel teatro sucio, cada vez estaba más excitada y era más consciente del hombre que estaba sentado a su lado. Oía su respiración y sentía su calor. Cuando sus brazos se rozaron, accidentalmente, ella casi soltó un grito por la sensación que le subió por el cuerpo.

Cruzó las piernas, deseando haber ido a aquel espectáculo ella sola. O con Lita, con la cual se habría reído mucho, o aún mejor, no haber ido.

A su lado, Darien estaba completamente rígido y callado. Debía de estar igual de mortificado que ella, pero Serena no quiso mirar para averiguarlo.

Al menos, no hubo intermedio. No habría sido capaz de charlar para entretenerse durante quince minutos. Se habría limitado a abandonar la búsqueda de Armand Chance y habría intentado localizarlo por otros medios. La obra siguió su curso. La cama, después del trote que había sufrido, fue pronto transformada en una tumba, y los amantes quedaron inermes y desnudos en mitad del escenario.

—Y yo que creía que Shakespeare era aburrido —dijo Darien, después de los aplausos.

—Ni una palabra. No quiero ni oír una palabra —le advirtió Serena con la cara de color granate.

Él se rió malvadamente, disfrutando del momento.

—Vamos a buscar a ese hombre antes de que se vista y se vaya.

— ¿Y por dónde vamos a entrar al escenario para pasar a la parte de atrás?

—Por donde salió Romeo, por allí —y, tomándola de la mano, la guió hasta uno de los lados del escenario. De repente, se encontraron en medio de la oscuridad en una habitación llena de polvo. Un poco más allá había una escalera iluminada con una bombilla, y cuando la subieron, salieron a un pequeño pasillo. Al final se oían voces que salían de una habitación.

—Me parece que eso son los camerinos —dijo Darien.

Ella le lanzó una mirada para indicarle que se callara y llamó a la puerta. Se abrió unos centímetros.

— ¿Sí? —era Mercucio, pero ya no estaba desnudo. Parecía un estudiante, con una camiseta rota y unos vaqueros muy gastados, y unos cuantos granos en la cara, mal afeitada.

—Estamos buscando a Armand Chance —le dijo Serena.

La cara desapareció.

—Eh, Armand, te están buscando.

Serena oyó una voz que respondía, y después, otra vez a Mercucio.

—No sé. Parecen asistentes sociales, o algo así.

Más murmullos.

—No. Díselo tú mismo.

Entonces apareció Romeo, mirando por el hueco de la puerta, con expresión de desconfianza.

— ¿Armand Chance?

— ¿Qué quieren?

—Lo hemos visto en la obra, ha estado fantástico —dijo Serena con una sonrisa, para intentar vencer su reticencia.

— ¿Sí? Gracias —respondió, y enseguida intentó cerrar la puerta.

Darien metió el pie entre la puerta y el quicio.

—También queremos hablar con usted —le dijo.

—Estoy ocupado.

—Es sobre un amigo suyo, el doctor Ersatz.

De repente, se puso nervioso.

—No conozco a ese tipo —dijo, y una vez más intentó cerrar la puerta. Darien no quitó el pie.

—Quizá Julieta lo conozca. Vamos a preguntarle.

Serena se quedó asombrada por lo que había dicho Darien, pero aquello hizo que Romeo diera un salto. En los ojos azul claro de Armand Chance se dibujó el pánico.

—Ya le he dicho que no lo conozco. Ella tampoco lo conoce. Y ahora váyanse.

—Mire, Armand. O nos dedica unos minutos, o le diré a su compañera lo que hace usted con las señoras solitarias. Usted elige.

Armand Chance se quedó allí mirándolos durante un instante.

—Armand, cariño, ¿quién es? —Serena reconoció la voz de Julieta.

— ¿Y bien? —presionó Darien.

Armand Chance se volvió y dijo:

—Es gente de un periódico. Quieren entrevistarme. Volveré en media hora —y desapareció de la puerta. Serena oyó un beso y después él volvió con un paquete de tabaco en las manos. Pasó por delante de ellos y los guió por el pasillo hasta otra habitación.

Serena entró primero. Era una pequeña oficina con un escritorio de metal. Había periódicos viejos y un teléfono, y un ordenador prehistórico.

Armand cerró la puerta y se apoyó en el escritorio.

—Somos los abogados que representamos a Mina Kou y necesitamos su ayuda —dijo Darien, con calma.

—No sé…

—Ahórreselo. Usted tiene algo bueno, y supongo que no querrá estropearlo. Me apuesto algo a que esa Julieta cuida muy bien de usted, dentro y fuera del escenario.

Serena miró fijamente a Darien. ¿Se estaba inventando todo aquello? Sin embargo, parecía que su farol era cierto. Armand se apoyó contra la puerta.

— ¿Qué quieren?

Después de aquello, todo fue fácil. Serena sacó la declaración jurada que decía que Armand nunca había tenido relaciones sexuales con Mina Kou, y además, que ella nunca había subido a su apartamento.

Él lo leyó y ella le prestó un bolígrafo.

—Firme al final, si lo que dice el documento es cierto.

—Sí, es cierto. ¿Y qué obtengo yo?

—La buena conciencia de estar salvando un matrimonio —le respondió ella.

—Mire, yo tengo gastos. Muchos gastos. Y me imagino que le estoy haciendo un favor a esta señora. Deberían recompensarme.

Darien abrió la puerta y salió sin decir una palabra.

— ¿Adónde va? ¿A quién va a molestar? —Entonces salió corriendo detrás de Darien—. Eh, amigo. Venga aquí. Voy a firmarlo. No tendré que ir al juzgado, ¿verdad?

—No —respondió Darien desde la puerta.

El hombre firmó el papel y después tiró el bolígrafo en la mesa.

—Aquí tienen. ¿Puedo irme?

—Muchas gracias, señor Chance —dijo Serena. Tomó el documento, lo guardó en su carpeta y no tocó el bolígrafo de la mesa.

Una vez que estuvieron fuera del teatro, Serena respiró profundamente, aliviada por haber salido de aquella atmósfera polvorienta.

— ¿Cómo lo sabías? —le preguntó a Darien en cuanto estuvieron en su coche.

— ¿Te refieres a que Julieta era su novia?

—Sí.

—Miré el póster. Ella es la productora y directora. Probablemente, está financiando la obra, y seguramente paga otras muchas cuentas de Romeo —dijo él, y se encogió de hombros—. Sólo ha sido un presentimiento.

— ¿Intuición masculina? —bromeó ella.

—Ríete, si te apetece —dijo él, mientras se metía entre el tráfico.

Serena sonrió.

—Lo has hecho muy bien —respondió ella. Durante el camino, charlaron sobre Mina Kou y sobre el caso, pero no hablaron de la obra. Él sonrió pícaramente varias veces, pero ni siquiera mencionó el título.

Detuvo el coche en casa de Serena. Ella salió del coche, y él la siguió.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella, sorprendida.

—Acompañarte hasta la puerta. Según mi abuela, eso es lo que hacen los caballeros.

Ella lo miró con cautela.

—Gracias.

— ¿Te gustaría salir a cenar?

Serena miró su reloj de muñeca.

—Son casi las doce, y yo he cenado antes. Además, tú también.

—No me refería a esta noche. Me refería al sábado.

Serena se lo quedó mirando. Se sentía muy confusa, y al mismo tiempo el corazón le latía apresuradamente de impaciencia.

— ¿Necesitas hablar de algo?

Él suspiró.

—Para ser tan lista, algunas veces eres muy obtusa. Quiero una cita de verdad. Tú y yo.

Ella dijo la primera cosa que le vino a la mente.

—Tú sólo sales con mujeres imposibles.

—Exacto —dijo él con una sonrisa que no pudo reprimir.

Serena se quedó con la boca abierta, indignada.

—Yo no soy imposible.

—Te mantienes apartada, digamos.

—Oh… Yo… —tartamudeó.

—Bueno, entonces, ¿quieres?

—Salir contigo —repitió ella.

Lo miró y pensó en lo mucho que quería hacerlo y en lo asustada que estaba. Ser amigos ya era complicado, así que salir juntos…

—No sé. Hemos sido amigos durante mucho tiempo, así que ¿por qué estropearlo?

—Sólo es una cena. No te estoy pidiendo que elijamos la cubertería.

Ella pensó en pasar una velada con él, y sintió que se le entrecerraban los ojos al darse cuenta de uno de los posibles aspectos de aquella cita.

— ¿Y qué pasa con el beso de buenas noches?

— ¿Eh?

— ¿Va a haber un beso de buenas noches? ¿Después de la cena?

Él se quedó pensándolo.

—Eso depende de cómo te comportes en la cita.

—Bueno, suponiendo que pase el riguroso examen de Darien Chiba y me las arregle para haber demostrado, al final de la velada, que no soy nada de lo siguiente: bulímica, psicótica, con fijación por la figura paterna, ni con fijación por los abogados, ni tonta, ni sucia.

—Entonces, yo diría que las posibilidades de que haya un beso de final de cita son bastantes.

Aunque ella estuviera bromeando y coqueteando, bajo sus palabras había miedo. Cambiar su relación podría estropearla. ¿Y si ella le desilusionaba? ¿Y si aquello terminaba con su amistad?

—No sé. Me resulta extraño. Lo del beso. ¿Y si nos ponemos muy nerviosos?

— ¿Por el beso?

—Podría suceder. Podríamos besarnos fatal, podríamos chocar con los dientes o con la nariz. Podría ser un…

Sus palabras se cortaron con un pequeño maullido cuando él dio un paso hacia delante, la tomó entre sus brazos y le cubrió la boca con los labios.

Cálido y firme, dulce y sexy, su beso prometía mucho más. Cuando superó la impresión de estar besándose con Darien, y empezó a derretirse, ya no la estaba besando. Se retiró y la dejó temblorosa y aún más confusa.

— ¿Por qué has hecho eso? —le preguntó.

— ¿Se han chocado nuestras narices?

—No.

— ¿Y los dientes?

—No —pero no habían abierto la boca, así que aquella no era una pregunta justa.

— ¿Te ha gustado?

—No me ha disgustado.

—Bueno, pues entonces el beso ya está resuelto. Te recogeré el sábado a las ocho.

Y mientras él se alejaba, ella se quedó mirándolo fijamente.


Hola chicas, que les parece este capítulo, la neta quería subirlos juntos, el anterior y este, pero la neta quieras dejarlas con la duda un poco más, y espero sus opiniones al respecto, ahora Darien esta tratando de conquistarla, al menos eso intentará, creen que ella se deje?

En fin, gracias por sus rw y espero muchos más… jajaja, si les apetece…

Besos

Ángel Negro