Ambos se observaron en la penumbra, apenas eran capaces de reconocerse. Permanecieron quietos y en silencio hasta que Jaime se dirigió hacia el hogar. Mientras encendía el fuego, miró a Brienne de reojo. ¿Por qué habría entrado en su habitación en plena noche?
- ¿Qué haces aquí? – preguntó Jaime visiblemente incómodo.
- Sólo quería saber si estabas bien – contestó Brienne.
Jaime se giró hacia ella. Detrás de él, el fuego ya alumbraba la habitación.
- ¿Por qué no iba a estar bien? – quiso saber Jaime.
Brienne quería contestarle en seguida, pero se sentía incapaz de hacerlo. No pudo evitar mirar la hermosa imagen que tenía delante. A diferencia de ella, que iba completamente vestida y con la armadura puesta, Jaime estaba descalzo, llevaba el torso desnudo y sus pantalones sin abrochar, dejando a la vista su ropa interior. Brienne recorrió su cuerpo con la mirada. Su pecho era fuerte y estaba cubierto con una fina capa de vello gris. Los músculos que vestían sus brazos la invitaban a soñar en qué se sentiría al ser abrazada por ese hombre.
Brienne fijó su mirada en la parte baja del abdomen de Jaime. Se sentía increíblemente atraída por lo que había debajo de sus pantalones desabrochados, sin embargo, fue incapaz de mantener su mirada fija en ese punto durante más de dos segundos. Enseguida la apartó hacia el brazo derecho de Jaime, que acababa en un muñón que podría haber provocado aversión a cualquiera, menos a ella.
- Brienne, ¿qué demonios te pasa? – quiso saber Jaime.
La mujer pareció volver a la realidad ante la insistente pregunta del Lannister, quien, a su vez, se había sentido muy incómodo con las miradas de ésta y sólo quería desviar la atención lejos de su cuerpo.
- Has gritado – soltó Brienne rápidamente sin haberse dado cuenta de que Jaime había notado todas y cada una de sus miradas.
- Yo no he gritado – se defendió Jaime.
- Sí que lo has hecho.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Tanto Jaime como Brienne se abalanzaron uno contra el otro y adoptaron una posición de defensa, apuntando sus espadas hacia la puerta. Detrás de ella, apareció Bronn, también blandiendo su espada.
- ¿Qué te pasa Jaime? – preguntó Bronn.
Jaime tiró la espada al suelo, hastiado.
- ¡¿Qué me pasa de qué?! – gritó el Lannister – ¿Qué os habéis vuelto todos locos de repente?
- Has gritado – dijo Bronn.
- Yo no he gritado – contestó Jaime por enésima vez.
En ese instante, Bronn pareció reparar en la figura de Brienne. Después, miró a Jaime, quién seguía estando medio desnudo. Su cerebro lo encajó todo.
- Perdona, Jaime – susurró Bronn juntando las manos en señal de disculpa – No había pensado que podías estar haciendo… tus cosas.
Jaime iba a replicar, pero Bronn salió rápidamente de su habitación cerrando la puerta tras él.
- ¿Ves cómo has gritado? – dijo Brienne.
El Lannister resopló con desgana, pero luego se dio cuenta de que la situación era surrealista y le dio por reír mientras miraba a Brienne a los ojos. Ella lo imitó. En aquel momento, la complicidad que había existido entre ellos años atrás, cuando habían compartido días y noches, resurgió.
- Si tengo que fiarme de que Bronn acudirá en mi ayuda si alguna vez alguien me ataca en plena noche… – comentó Jaime entre risas – ¿Cuánto ha tardado en llegar desde el supuesto grito? ¿Diez minutos?
Jaime siguió riendo, pero Brienne paró al ver que él se acercaba.
- Al menos tú sí que has sido rápida – dijo Jaime poniéndole una mano en el hombro.
Brienne sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo, empezando desde el hombro donde Jaime tenía su mano hasta la punta de los dedos de sus pies. Su piel se erizó. Sus pezones se endurecieron. Sin embargo, era imposible que alguien percibiera aquellos signos a través de su armadura.
Jaime se apartó enseguida.
- Está amaneciendo, creo que me vestiré y bajaré a desayunar – comentó Jaime.
Ella asintió, tratando de reponerse de aquel contacto físico.
La mañana siguiente transcurrió con normalidad. Jaime y Bronn se dedicaron a recorrer la fortaleza de Invernalia. Jaime no podía evitar que le invadieran los recuerdos de la primera y última vez que había pisado esa fortaleza. Había sido junto a Cersei en la visita que ella y Robert habían hecho a Ned Stark.
Tras más de un mes recorriendo el Camino Real, separados, Jaime no había podido aguantar más tiempo sin estar con su hermana y juntos habían subido hasta la parte más alta de uno de los torreones de la fortaleza. Allí habían dado rienda suelta a su pasión hasta que uno de los hijos menores de los Stark los había interrumpido.
Jaime no podía dejar de mirar hacia aquel torreón. Su hermana había pasado a un segundo plano en sus recuerdos relacionados con ese lugar. Ese niño ocupaba el primero.
Aquella mañana lo había visto, sentado en su silla, con los ojos en blanco, en el patio de la fortaleza, alejado de todo y de todos. Era un chico extraño. Se preguntó si él tendría parte de culpa. Quizá debería dirigirse a aquel chico y disculparse. Lo había intentado durante aquella mañana, pero el miedo lo había paralizado. ¿Se acordaría de todo lo que había pasado?
Esa cuestión no era la única que preocupaba a Jaime dado que también tenía que explicarle a Jon Snow por qué había acudido solo a luchar contra los caminantes blancos, sin ejército alguno. No obstante, aún no había tenido ocasión de hacerlo – el denominado "Rey en el Norte" parecía un hombre realmente ocupado –.
A pesar de que Tyrion les había dicho que la expedición en busca de los caminantes blancos saldría en un par de días, finalmente se retrasó bastantes más.
Las armas parecían estar confeccionándose a una velocidad más lenta que la esperada, a pesar de haber traído hasta Invernalia los mejores herradores de todo el país. Tal y como les había contado Jon en Desembarco del Rey, las únicas armas que podían matar a esos monstruos eran el fuego y el acero valyrio. Por suerte, Jaime contaba con su propia espada de acero valyrio, forjada a partir de la espada de Ned Stark.
Durante uno de los días previos a su salida, Jaime pudo, por fin, encontrar un momento para estar a solas con Jon Snow y contarle lo sucedido. Ambos se hallaban en uno de los comedores de Invernalia, sentados en la mesa. Jon parecía cansado.
- Hace días que quería hablaros sobre el ejército… - empezó Jaime.
El señor de Invernalia esbozó una sonrisa. "Por fin buenas noticias" fue el primer pensamiento que pasó por su cabeza.
- ¿Cuándo llegarán vuestros hombres? – preguntó Jon.
Jaime bajó la cabeza. No pudo evitar sentir miedo.
- No llegarán.
Jon Snow movió ligeramente la cabeza señalando a Jaime que no entendía que quería decir con eso.
- Si vuestros hombres necesitan algún tipo de ayuda para llegar hasta el Muro con la nieve que está cayendo, nosotros podemos prestársela. Sin ningún tipo de problema.
- No es eso – contestó Jaime – Ni el ejército Lannister ni la Guardia Real van a venir. Así lo ha dispuesto mi hermana.
En un arrebato, el bastardo de Ned Stark se levantó de la silla y golpeó la mesa con el puño.
- ¡Lo sabía! – exclamó.
Jaime se mantuvo en silencio.
- Sabía que no podíamos confiar en esa maldita Cersei Lannister.
Jon y Jaime se miraron tensamente. Jon no sabía si desconfiar de Jaime o, por el contrario, si el mero hecho de estar allí con él demostraba que debía hacer justo lo contrario.
- Esa… señora – delante de su hermano, Jon se abstuvo de calificarla como él pensaba que merecía – no ha entendido que la humanidad está en peligro. Nada más importa ahora, solamente esta lucha. Si no ganamos, moriremos todos.
Jon volvió a golpear con fuerza la mesa, pero esta vez con la palma de la mano. Jaime se levantó de la silla. No sabía si marcharse o quedarse.
- Yo opino igual. Hice mi promesa y aquí estoy. Con independencia de lo que piense mi hermana, no podía mantenerme al margen – dijo Jaime.
Jon Snow suavizó un poco su gesto y se acercó al Lannister.
- Me alegro de que estéis aquí. Aunque hayáis venido solo con un hombre – dijo Snow – Al menos, parece que podemos confiar en un Lannister.
De repente, Tyrion apareció como de la nada. Ninguno de los dos interlocutores se había percatado de que el enano había estado en la habitación con ellos, escuchando toda la conversación.
- Querrás decir dos Lannister – interrumpió Tyrion.
Jon Snow sonrió.
- Perdón, perdón… Quería decir dos Lannister – se excusó Jon.
- O uno y medio – añadió Jaime para hacer rabiar a su hermano, como cuando eran pequeños.
Esta vez no lo consiguió.
El señor de Invernalia se dirigió a ambos muy seriamente.
- Acabaremos con los caminantes blancos y después le quitaremos el trono a vuestra hermana – sentenció Jon – Con esta decisión, ha demostrado que no merece ser la Reina de Poniente…
- Daenerys lo será – acabó Tyrion.
- ¡Así es! – continuó Jon – Cersei nos acaba de declarar la guerra faltando a su promesa.
Jon interrumpió unos segundos su discurso, como queriendo darle más solemnidad.
- La lucha no será fácil, pero estoy seguro que la derrotaremos, con todo el Norte unido, los inmaculados, los dothrakis, los dragones y vosotros… - acabó Jon.
Tyrion y Jaime se miraron. Su preocupación se apreciaba en sus rostros. Involuntaria y sorpresivamente, un pensamiento pasó por la mente de Jaime a la velocidad de un rayo: "Por encima de mi cadáver le harás daño a mi hermana".
