Título: El secreto de Izaya

Resumen: Izaya pasó ocultando lo que era desde que tenía nueve. Su vida era aceptable en silencio, él lo soportaba. Pero cuando tiene que hablar de todo lo que lleva cargando, su mente está a una delicada capa de romperse. ¿Quién puede salvar a Izaya de su pasado que intenta borrar?

Rated: M

Pareja: Se verá en un futuro muy cercano. Seguramente, a votación.

Advertencia: Se habla de violación a menores de edad. Y en un futuro de casos de asesinato y desmembramiento. Proceder bajo su propio riesgo. Aquí se relatan escenas que pueden afectar tu sensibilidad, o incomodarte. Proceder con cuidado.

Los personajes de Durarara! le pertenecen a Ryohgo Narita.


Notas: Estoy muy feliz. Finalmente, llegamos el punto intermedio de la historia. Donde se desata todo el ¡BUM! Y me ha encantado como ha quedado el capítulo. Lo que sí, pido disculpas si hay fallos en él, estoy en una carrera contra el tiempo ocupando el portátil de mi vecino, porque, efectivamente, sigo sin tener internet. Pero eso es lo de menos, porque de alguna forma u otra, me las arreglaré para ir actualizando. Desearía terminar la historia o tener todo accesible para antes de que comiencen las clases en mi país, porque después no tendré tiempo ni para ir al baño... se vienen años jodidos.

Quiero agradecer enormemente a Vane, Asami-Orihara y Karasu-Shiro por sus reviews. También todos sus favs y follows.


VIII

No debían pasar de las nueve la noche en Ikebukuro, cuando la ciudad completa se sumió en oscuridad. Los trenes se detuvieron, la señal cayó muerta y los teléfonos quedaron inutilizables.

Todo lo que los ojos de Ryuugamine Mikado veían, era oscuridad.

Usando la luz de su portátil, alumbró fuera de la ventana.

Una camioneta blanca estampada contra un poste telefónico.

Se asustó. Corrió fuera, listo para encontrarse con la peor de las escenas. Una mujer con hijos lastimados, un anciano herido, un hombre inconsciente. No era normal que autos transitaran fuera de su casa, y mucho menos que se estampasen contra los postes de luz. Esa camioneta… le resultaba familiar, justo como la que había visto la otra noche, pero, algo le sabía mal. Corrió hasta la puerta del conductor hecha trizas y la aventó al suelo.

– ¿¡E-Está bi-…!?

Pero la camioneta estaba vacía.

Sus ojos se agrandaron por la sorpresa al ver la ciudad completamente apagada. Ikebukuro, a las nueve de la noche, se sumía en silencio y oscuridad.

– ¿Un… apagón?


A Izaya lo despertó el calor, y lo primero que notó, fue la ausencia del aire fresco y la música del otro lado de la pared.

Su cuerpo estaba todo sudado y pegajoso. Su ropa se le pegaba a la piel, y debajo de sus bazos manchas negras de transpiración estaban en su playera. Se despertó agitado, ¿¡Qué había pasado…!? Al abrir sus ojos lo único que vio fue oscuridad.

Su pecho subía y bajaba pesado, le dolía respirar. Se llevó las manos a la playera, en la zona del corazón y la estrujó. Aún no se colocó las vendas, se durmió directamente después de que Shinra y Celty desaparecieran, pero al pensar en eso una punzada de dolor se sintió en su cabeza. Sentía que le incrustaban agujas en el cráneo. Se mordió el labio con fuerza y tanteó su mesa de luz, buscando su móvil. No veía absolutamente nada, y eso, comenzó a inquietarle. Su respiración a cada segundo se volvía más pesada y errática, y cuando al fin pudo agarrar su móvil con la mano se tomó el lujo de tranquilizarse. Pero, eso no le duró mucho tiempo.

La señal estaba muerta.

–Imposible. – Soltó con tono burlesco, era imposible que no hubiera ni luz, ni señal en Tokio.

Sintió que algo se movía en la oscuridad.

Con la luz de su móvil alumbró la habitación oscura, que le inquietaba; por alguna razón el aire dentro se sentía viciado y pesado. No vio nada fuera de lo normal. Tragó saliva, y miró nuevamente su móvil buscando mandar un mensaje a Shinra. Pero antes de hacerlo, su mirada cayó sobre un mensaje que le había llegado, seguramente, antes de que todo se apagase.

Escuchó pequeños golpes, como si un pájaro estuviera golpeando con su pico el cristal del ventanal que tenía debajo. No le prestó atención, pensaba que se encontraba paranoico.

La oscuridad jamás le había gustado. Y, por un momento, al despertar hundido en lo profundo de ella, pensó vagamente que se encontraba de nuevo encerrado en aquel lugar, junto con Honda. Clavó sus uñas en su muslo. Cálmate, cálmate, cálmate. Repitió, abriendo el mensaje recibido. Seguía escuchando esos golpecitos.

El número que se mostraba en pantalla se encontraba bloqueado. Alzó una ceja, leyendo la palabra desconocido.

[Sigues viéndote hermosa al dormir…,

I-z-a-y-a-chan~]

Su corazón dejó de latir.

No. No. Es una puta broma. ¡Tiene que serlo!

Cuando estaba escribiendo un mensaje de auxilio a Shinra, que jamás le llegaría, las ventanas de su departamento volaron en pedazos. Vidrios rotos, pasos, y…

… una voz muy familiar.


–Esto sí que es raro… –Tom detuvo en seco su caminar cuando las luces de los edificios y calles se fueron apagando una por una. Dio una última calada a su cigarrillo y lo tiró en el suelo, a duras penas, en la oscuridad logró pisarlo y apagarlo. – Justo que se son hacía tarde, ahora se corta la energía. ¡Qué mala suerte!

Se giró, y entre las sombras pudo distinguir la figura de Shizuo y Vorona a sus espaldas, sus ojos poco a poco se iban acomodando a la oscuridad.

– ¿Cómo deberíamos proceder, senpais?

Tom dio un largo suspiro, y Shizuo permaneció inmóvil fumando su cigarrillo en silencio. La ciudad se había sumido en silencio absoluto, y, eso era lo que él necesitaba con más ahínco. Ese, había sido un día largo para él; bueno, desde el día en que derribó a la pulga, todos sus días se hicieron eternos.

Celty no dejaba de estar nerviosa cada vez que se veían. En el parque, ella evitaba todo lo relacionado con Izaya, tan mal, que terminaba siendo obvio. Shinra por otro lado, era mucho más molesto. Si Celty le ponía de los nervios actuando tan tensa, Shinra le irritaba de sobre manera al llamarle cada mañana para reprimirle por haber golpeado a la pulga. ¡La pulga! Eso le daba mala espina, en su vida, había golpeado a Izaya tantas veces que se le había olvidado cuantas, muchas veces tuvo que ir al hospital para tratarse cortes profundos, o esguinces por resbalarse persiguiéndolo por lugares dignos para que una rata usara. Si las heridas eran muy serias, para evitar problemas legales, recurría a Shinra. Izaya también. Jamás lo habían regañado – No de la forma en que ahora el médico estaba haciendo – ni Celty había dejado de tratarlo como siempre. Y eso le cabreaba mucho. ¿¡Qué había cambiado desde ese entonces!? No le entraba en la cabeza. Tenía unas ganas infinitas de arrollar a la pulga, asesinarla, descargar toda su frustración; que jamás pisara Ikebukuro de nuevo.

Quería matar. Matarlo, matar, matar, matar, matar, matar.

Pero ahora no era quién para hablar.

Después de todo, él estaba invadiendo el territorio de la pulga ahora. Shibuya.

Desde la mañana, el trabajo había sido duro. Su día se resumió en ver a Vorona patear gordos de mediana edad, Tom intentando tranquilizarla y él especialmente irritado. Y todo empeoró cuando un niño estúpido quiso sacarle pelea y le arrojó una botella de whisky, que terminó golpeando a Tom.

Shizuo sólo explotó.

No había almorzado, ya que estaban justo con el tiempo. Y la cereza de su pastel había sido que uno de esos renacuajos mentiros y embusteros que no quieren pagar sus deudas corrió a esconderse con su familia, en Shibuya. El territorio de la pulga.

Tom-san, estamos cerca de su lugar… – Había dicho incómodo al estar unas pocas cuadras lejos del departamento donde Izaya vivía.

No tardaremos mucho. – Le había tranquilizado su jefe.

Pero para Shizuo fue imposible concentrarse en el resto de la tarde que pasaron rastreando al sujeto, porque el olor de la pulga inundaba su sistema y le desagradaba enormemente.

–Creo que sería un poco peligroso… pero, estaría bien que termináramos por hoy. La voz de Tom le despabiló.

– ¿Y él deudor no encontrado?

–Dejémoslo para mañana, además… no es que podamos hacer mucho con el apagón. – Dijo, mirando cómo la gente salía de los edificios y sus casas para ver qué sucedía.

–No deberían de tardar en acatar el protocolo y encender los generadores de emergencia.

Shizuo suspiró. Estaba cansado, y sólo quería irse cuanto antes.

– ¿Entonces, puedo retirarme, Tom-san? – Su voz salió ronca y gastada. El murmullo de la gente que se juntaba empezaba a hacerse notable.

Las luces de un auto que pasó alumbró la oscuridad, creando como un túnel de luz al cruzar por la calle. El paso del coche era lento, y Shizuo pudo apreciar ese túnel de luz por unos minutos antes de que el auto doblara en una esquina y desapareciera. Y de nuevo, la oscuridad absorbió el lugar.


Izaya había estado encerrada en esa horrible casa un año y dos meces.

Lo primero que oyó cuando estuvo nuevamente de regreso en su mundo, en el mundo real, fueron los llantos de su madre.

Podría haber sido peor… – Decía el doctor, mientras su madre rompía en llanto a pulmón vivo.

Vendada, con el cuerpo frágil y delgado hasta los huesos, Izaya no pudo decirle a su madre que parara de llorar. Su garganta estaba tan seca que si decía algo probablemente se rompería en mil pedazos, pero… ¿Si quiera podía hablar? ¿Cómo era hablar? ¿De qué hablaría con sus padres? Había pasado tanto tiempo interactuando sólo con Honda y una voz ficticia del otro lado de una pared de madera que ya no sabía cómo interactuar con el mundo exterior. Tenía miedo de abrir sus ojos, de abrirlos y observar que tanto el mundo había cambiado. ¿Cómo sería el cielo? ¿Las estrellas? ¿Sus padres? ¿Su rostro? ¿Su cuerpo?

Sin quererlo, comenzó a llorar también.

Un veinticuatro de noviembre, el mismo día que había perdido su virginidad a manos de ese asqueroso hombre, Honda, Izaya Orihara pudo volver a ver el mundo exterior.

Pero al llegar, le esperaban años de rehabilitación, la tristeza de sus padres y una tumba en el cementerio con su nombre grabado en ella.

Sí, así fue. Sus padres habían pensado que ella había muerto.

Izaya, al atravesar de nuevo el portal para salir del 'mundo' que Honda había creado para ella, en el otro mundo ella ya había tenido su funeral, una lápida con su nombre en ella, en una parte privada del cementerio de Ikebukuro y su habitación había sido desmantelada. Izaya había muerto para todos ellos. Ya no tenía lugar en ese mundo, había forzado su entrada de regreso.

Las personas la llamaban Izaya Orihara, gritaban que estaba viva; pero ella tenía una tumba.

Sus padres lloraban de felicidad porque su hogar ahora estaba completo; pero su cuarto estaba desmantelado.

Si Orihara Izaya, aquella niña de ocho que gustaba de pintar, con ojos rojos, cabello negro, y piel de porcelana estaba muerta…

¿Entonces quién era?

¿No debería sólo… terminar con todo y seguir con el rol implantado para ella en este mundo?

Intentó ahogarse en la bañera.

Su madre le salvó.

Intentó cortarse las venas.

Su madre le salvó.

Intentó saltar del edificio.

Su madre le salvó.

Sentada en un sillón de cuero bajo la mirada de un psicólogo las horas pasaban para ella. No hablaba, no tenía nada que decir. Miraba aquellas paredes pulcramente blancas, mientras el reloj hacía su tic, tac, tic, tac. El psicólogo suspiraba, la sesión acababa. Se iba sin decir nada. Iba a rehabilitación, tomaba sus medicinas. Su cuerpo volvía a tener carne. Ya no se le veían los huesos marcados, y podía caminar por sí misma.

Eres una campeona. – Le decían. – Una heroína.

Los huesos rotos sanaban, sus cortes sanaban. Su cuerpo sanaba. Todos a su alrededor sanaban.

Pero eso no sanaba.

Pasado un tiempo, llegó a dudar si llamarse Izaya o ella. Porque, la niña de cabello sedoso había muerto enterrada bajo kilos y kilos de tierra dentro de una caja. ¿Qué era? ¿Quién? Solía sentarte frente al espejo desnuda y mirarse fijamente: cabello quebradizo, ojos apagados, ojeras y piel pálida. Delgada. Asquerosa. Caminaba hacia el inodoro y vomitaba todo lo que tenía dentro.

Sí, era una ella. La prueba estaba allí, sus genitales estaban allí. Era una chica. Una chica muerta, sin cuarto, sin instituto, sin casa.

Un día se miró al espejo, y mientras lloraba en silencio, con tijeras en mano, cortó su cabello.

Su largo cabello negro sedoso caía sobre las blancas baldosas del baño.

Tiró sus vestidos y faldas.

Tiró sus pertenencias.

Se deshizo de todo lo que le pertenecía a aquella niña muerta llamada Izaya Orihara.

Usó ropa de niño.

Habló como niño.

Actuó como niño.

Se hizo un niño.

Ya no más aquella, la niña que vivió en el infierno. Ahora sería Orihara Izaya. Aquel que sería exitoso, con una vida por delante, que podía tocar el cielo con sus manos y mirar a todos desde arriba. Fue al colegio, empezó con un trabajo. Su madre se embarazó de nuevo, gemelas, ambas niñas. Siguió estudiando. Creó su máscara. Nadie jamás volvió a mencionar a aquella niña, la que vivió en el infierno.

Jamás existió.

Hasta que…

-¡Te encontré! I-z-a-y-a-chan~


Caminó.

Oscuridad.

Silencio.

Sus pasos resonaban por los callejones completamente apagados. No veía nada, pero siguió caminando. Prendió un cigarrillo mirando el cielo, aquél lleno de estrellas justo encima de él. Inalcanzables, ocultas por las luces de Tokio, pero que ahora se revelaban y mostraban su majestuosidad. Hermosas. Digna de Dioses. Inhaló humo, lo retuvo, y lo soltó. Amo ese momento, caminando por una ciudad muerta.

Shizuo fue feliz.

Caminó.

Escuchó pasos acelerados.

Llanto.

– ¿¡Qu-¡?

Y terminó estampado contra el suelo.

¿¡Qué demonios!?

Alzó su puño dispuesto a golpear a cualquier cosa que estuviera encima de él. Sentía la desesperación de aquello, su respiración agitada y el agua cayendo de sus ojos. Las manos de aquella persona se aferraban a su cuerpo, clavándole las uñas y tratando de fundirse con él. Se sintió desesperado, inquieto. Sujetó con firmeza la remera que llevaba aquella persona, estirándola para atrás y preparándose para romperle la cara de un puñetazo.

– ¡A-Ayú… dame!

Un pitido cruzó sus oídos.

Se sintió aturdido.

Perdido.

¿Eso era una broma?

– ¿Pulga…?

Y las luces de la ciudad volvieron a encenderse.