A pesar de fanfiction os traigo el 9. Como esto funciona fatal y envía todos los avisos (mensajes, actualizaciones...) con dos días de retraso (si es que lo hace) os comento que el siguiente lo subo el JUEVES. Cualquier cambio sobre esto lo pondré en mi perfil, que parece que es lo único que deja actualizar sin problemas (de momento). Muchas gracias a todas por vuestros comentarios, animan muchísimo, de veras. Y gracias a P y Maria José por leerse esto antes que nadie.


Capítulo 9

BPOV

Esperé hasta que Paul se fue y salí precipitadamente del despacho. Me metí en el primer aseo que encontré y, tras poner el cerrojo, lloré hasta que me tranquilicé. Me sentía deprimida pero más serena, aunque ahora mi cara era todo un poema. A mis ojeras se les añadía una hinchazón de párpados que asustaba. Mojé mi cara con agua fría y salí en busca de mi jefa. La encontré en su despacho inclinada sobre un montón de papeles que había sobre la mesa.

-Emily, creo que me iría bien irme a casa- levantó la cara y al verme su expresión fue una mezcla de asombro y preocupación, que inmediatamente disimuló.

-De acuerdo, Bella. Vete a casa, no tienes buen aspecto. Y mañana no quiero verte aquí si no has descansado.

-Pero…

-Descansa. Medita. Escucha música. Come chocolate. Ve a pasear por el bosque… lo que sea que te haga sentir bien. Quiero que te recuperes.

-Gracias, Emily... Hasta mañana.

En cuanto llegué a casa me fui directa a mi dormitorio, y me quedé dormida llorando. Desperté a las pocas horas. Sólo eran las cinco de la tarde pero ya estaba oscuro, odiaba el invierno por eso. Miré por la ventana y tuve una gran sorpresa: el cielo estaba estrellado y había luna llena. Decidí que necesitaba salir, daría un paseo en coche. Me abrigué bien y me dirigí hacia mi vehículo. Aún no le había quitado las cadenas, pues la nieve invadía la calzada en muchos tramos de la carretera. Una sola mirada a aquellas cadenas bastó para empañar mis ojos de nuevo. Me los sequé pasándome una mano por la cara con rabia y encendí el motor. Era una imprudencia conducir a esas horas y con tanto frío, pero me daba igual. Sin pensarlo dos veces me dirigí hacia la playa de la reserva. La recordaba hermosa y tranquila, y sentía que necesitaba ver el mar, que siempre ha ejercido un efecto calmante en mí.

El camino a la playa de la reserva fue dificultoso, lo cual agradecí porque tuve que estar concentrada en la carretera y en nada más. Cuando salí del vehículo el viento helado me golpeó la poca piel que dejaba al descubierto, clavándome finas agujas. Me dirigí hacia el océano caminando sobre la espesa capa de nieve que ocultaba como un manto la arena de la playa.

Encontré una roca cercana al agua, la cual lamía serenamente la arena a su alcance. Me senté, observando el mar. Respiré profundamente, llenando mis pulmones con el helado aire perfumado con el aroma del océano. Sólo entonces me permití liberar mis pensamientos. La turbulencia de mis emociones se estaba calmando y me permitía pensar con más claridad. ¿Por qué no sabía nada de él? ¿Por qué se iba sin decirme nada? ¿Huía o simplemente era un plan premeditado? ¿Era su objetivo un simple polvo y luego largarse, y me había visto demasiado complicada? ¿Era esa la verdadera cara de Edward Cullen? ¿Se había ofendido por mi reacción? Entonces, ¿por qué no me dejaba explicarme? Demasiadas preguntas. Pero cavilara lo que cavilara, estaba clara una cosa: él no quería saber nada de mí. Cuando tuve esta revelación la ira sustituyó a la tristeza, y me sentí mejor.

Empecé a tiritar y miré el reloj. Llevaba una hora larga sentada en la roca, y me levanté de mi asiento sintiéndome como una abuela artrítica. Podía entrar en hipotermia si no empezaba a moverme ya. Me dirigí hacia el coche. Loca Bella. Acostumbrada a un clima templado despreciaba con imprudencia los peligros del frío. ¿Y si el coche no arrancaba? Ni siquiera había cogido el móvil. Me metí en el coche, temblando ya no sólo de frío, e intenté encender el motor. Suspiré de alivio al comprobar que funcionaba sin problemas.

Pero mi buena suerte no duró mucho. A unos tres kilómetros de Forks mi coche hizo un ruido extraño y se paró. Aproveché la inercia para apartarlo de la calzada y allá me quedé. Idiota. Tres kilómetros con el mal estado de los caminos y en plena noche iban a ser una muy dura prueba. Ahora me habría dado de bofetadas, pero por más hecha polvo que estuviera tenía sentido práctico y sabía que no serviría de nada. Si me quedaba quieta podía volver a enfriarme, así que me puse la ropa de abrigo, abrí la puerta del coche y me lancé al frío de la noche. En el momento en que cerré la puerta del vehículo las luces de otro coche que venía en dirección contraria me deslumbraron. Hice gestos para que parara, esperando que no fuera un asesino en serie.

EPOV

No sabía qué había pasado en el coche con Bella. Lo único que se me ocurrió fue volver a casa, conduciendo como un autómata. Durante horas estuve sentado sin mover ni una sola pestaña, dándole vueltas a los hechos. En ese tiempo estuve tentado mil y una veces de volver a la casa y leer el pensamiento de Angela para intentar comprender qué pasaba por la mente de Bella, pero sólo de pensarlo me remordía la conciencia. Maldita caballerosidad. Mi corazón no deseaba violar su intimidad, si ella no se sinceraba conmigo yo no debía jugar sucio con ella, pero la mente me incitaba a dejarme de miramientos. Lo mejor sería hablar con Bella, si ella quería hacerlo, claro.

Era de madrugada cuando recibí la llamada.

-Buenos días, hijo.

-Hola, papá.

-¿Papá? Casi nunca me llamas así. ¿Pasa algo, Edward? Sé que sólo lo haces cuando estás agobiado… ¿es Bella?

-Acertaste.

Le resumí los últimos acontecimientos. Me sentó bien hablar con él, aún así seguía confuso.

-¿Por qué crees que ella reaccionó así? ¿Crees que la asusté? No he salido nunca con humanas y ahora me planteo si hice algo mal –pregunté ansiosamente.

-Edward, no creo que la asustaras. Me parece más que se asustó.

-Sigue- eso me hacía sentir algo mejor, pero seguía sin saber a qué se refería.

-Quiero decir que creo que ella también está confusa por lo que siente, como tú. Quizá deberíais haber ido los dos un poco más… pausados.

-Eso pretendía. Pero algo se encendió entre los dos- suspiré.

-De eso quería hablarte, hijo. He estado investigando y no te creas que es tarea fácil, no hay tratados oficiales sobre nosotros y nuestra psicología – no bromeaba, así era Carlisle, científico hasta la médula- y hay algo que debes saber.

-Cuéntame, pero diría por tu tono que no me va a gustar- repuse secamente.

-Bien… he leído sobre algunos casos, viejas leyendas,- comentó ignorando mi tono- donde el olor personal de un humano atraía de forma especialmente intensa a uno de nuestra especie. Cuando el vampiro no sigue nuestra "dieta especial" el final nunca es feliz. Sabes que en nuestra especie el deseo físico y la sed se entremezclan a veces de forma que no sabes dónde empieza uno y dónde termina el otro. Según esas leyendas, la atracción que ejerce la víctima sobre el vampiro acaba en breve espacio de tiempo con la víctima desangrada - explicó en tono docente y cauto a la vez.

-¿Y qué sucede cuando el vampiro es como nosotros y no bebe sangre humana?-pregunté anhelante.

-No hay bibliografía al respecto.

-Papá, por lo que más quieras, deja de hablar como si estuvieras en un congreso. Soy yo, Edward. Aparta la profesionalidad por un instante - respondí cabreado.

-Lo siento, hijo. Tienes razón.- esta vez el tono de voz fue el habitual de Carlisle, cálido y sereno- Lo que me preocupa es eso. No sabemos qué esperar. Somos vampiros raros y no hay mucho escrito sobre nosotros. Pero la atracción sobre la que he leído es ta intensa que los vampiros no han podido evitar morder al oler "esa" sangre, aunque fuera una sola gota. ¿Cómo es tu atracción por Bella?

-No sé. Es una mezcla de sentimientos. Siento necesidad, deseo, preocupación…

-¿Y sed?- me interrumpió Carlisle.

-¿Sed? Carlisle, sabes que siempre hay sed cuando hablamos de relaciones con humanos. Ella no es diferente. Pero puedo contenerme, como con todos.

-No lo sabrás hasta que no huelas su sangre, y entonces quizá, sólo quizá, sea demasiado tarde, y tu naturaleza vampírica someta a tu voluntad. Sólo piénsalo, hijo - casi susurraba pero no tuve problemas para oírle.

-No. No. Me niego a pensar en esa posibilidad, yo jamás le haría daño - gruñí colgando el teléfono.

Después de eso seguí pensando durante horas, aunque sólo necesité unos minutos para tomar una decisión.

BPOV

-¿Has tenido alguna avería? No es una noche muy agradable para ir paseando por ahí. ¿Estás bien?

El conductor del otro coche era un hombre de menos de 40 años, rubio y atractivo. No tenía cara de asesino en serie, al contrario, se le veía preocupado por mí y tenía esas facciones que te hacían confiar en una persona sin problemas, pero yo había visto suficientes películas de terror como para saber que eso no quería decir nada. Su acompañante, que permanecía de pie al lado de su coche, era una mujer joven, que me miraba con preocupación también. Eso me tranquilizó, los psicópatas no solían ir acompañados de mujeres. Yo debía parecerles una loca.

-Bueno, sí, he tenido una avería- respondí sintiéndome muy tonta por habérmela jugado de esa manera.

-¿Me permites que le eche un vistazo?- concedí y él se puso a la labor.

-Es problema del anticongelante. Se ve que no eres de por aquí- comentó sonriente mirándome desde debajo del capó de mi auto. Era muy atractivo.

-No, cierto - le sonreí yo también sin poderlo evitar.

-Esto no se va a poder solucionar aquí, ¿vives en Forks?- asentí y prosiguió- Te llevamos al pueblo. Cuando llegues a casa podrás llamar al seguro del coche y que te manden una grúa para llevarlo al taller – era como haberme encontrado con mi padre. Me daba los consejos tan bien que no podía enfadarme aunque fueran obvios para cualquiera con sentido común.

Claro que debía pensar que yo no tenía de eso, y no le culpaba. Me acerqué a su coche. Sería la primera vez en mi vida que subiría a un Mercedes tan lujoso. La mujer me tendió una mano enguantada.

-Soy Esme. Encantada de conocerte… -hizo una pausa esperando que yo correspondiera.

-Bella. Encantada.- y le tendí la mano. A pesar de que con la luz lunar no se veía muy bien me pareció que daba un respingo al oír mi nombre y que su expresión cambiaba por un fugaz segundo.

-Has tenido suerte de encontrarte con nosotros, hija. ¿Seguro que estás bien? –comentó al tiempo que me abría la puerta de atrás. Comprendía que se refería a "bien" psicológicamente. Ciertamente ahora no me parecía nada racional lo que había hecho, y esa mujer, que debía tener como mucho diez años más que yo, me hacía sentir como una niña absurda. Y tenía razón, por desgracia.

-Sí, sí – respondí. Esme me miró con ternura, como si intuyera lo que me pasaba. Era extraño.

El conductor se presentó como Carlisle. Curiosos nombres.

En aquel coche se iba muy cómoda. Con tanta comodidad, el calor que sentía y la amabilidad de esa pareja me sentía tan relajada que empezaron a cerrárseme los ojos. Intentar dar conversación era superior a mí. Esme me observaba por el retrovisor, y se dio cuenta.

-Tranquila, Bella. Descansa.

Dejé que mi cuerpo se relajara pero haciendo esfuerzos sobrehumanos para no dormirme. Si echaba tan sólo una cabezada me encontraría peor al despertar.

En breve estuvimos enfrente de casa. Carlisle salió y antes de que pudiera evitarlo se lanzó a abrirme la puerta. Me dio un vuelco el corazón. Ese gesto caballeroso y poco habitual me había recordado a alguien en quien prefería no pensar.

-Deja que te acompañe hasta la puerta, quiero asegurarme de que llegas - dijo amable pero firmemente. Tuve claro que discutir era inútil. Me despedí de Esme y anduvimos en dirección a la casa.

En aquel momento se abrió la puerta y Angela salió corriendo hacia nosotros.

-¡Bella! ¡Estaba preocupada! ¿Sabes qué hora es? ¿Estás bien?- exclamó sin pausa para respirar, con el desasosiego reflejado en su rostro. Acto seguido miró a mi acompañante.- Doctor Cullen, ¿qué ha pasado?

La sorpresa fue tan grande que estuve a punto de caer al suelo. Me quedé mirando a mi acompañante con la mandíbula despegada. No podía creer que fuera el padre de Edward. Cuando él me dijo que lo adoptó su tío me esperaba… alguien mucho mayor. Y menos atractivo. Y su madre bien podía pasar por la hermana mayor de Edward. Carlisle correspondía a mi observación con una expresión de preocupación. La sorpresa me impedía articular palabra, ni siquiera algo de cortesía. Entonces intervino Angela.

-Muchas gracias por la ayuda, doctor Cullen. Ya me explicará Bella- dijo al tiempo que con un gesto de la cabeza dirigió un educado saludo a la mujer que esperaba en el Mercedes. Me tomó del brazo y literalmente me arrastró hacia el interior de la casa.

Angela me metió en la cama tras ayudarme a ponerme el pijama. Y esa noche sufrí pesadillas donde Edward aparecía con la cara de su padre y se negaba a rescatarme de morir congelada en un desierto de nieve.

Me desperté cerca del amanecer con la certeza de que no me volvería a dormir. Decidí que era la última noche que pasaba en vela. Mi trabajo se resentiría de ello, y no podía permitirlo. Además no quería preocupar a nadie con mi espectral aspecto. El domingo tenía guardia, así que esta noche tomaría un sedante. Lo necesitaba.

Fui dándole vueltas a los acontecimientos del día anterior. Me había sentado bien ir a pensar cerca del mar, como siempre, pero había sido una locura. Mi raciocinio estaba bajo mínimos. Podía haberme pasado algo si los padres de Edward no me hubieran encontrado. ¿Qué habrán pensado de mí? Y, bien pensado, ¿qué me importaba lo que pensaran? Debía olvidar a ese hombre. Sólo habíamos compartido un beso un día y un "medio revolcón" al día siguiente. Eso debió ser para él, si me atenía a los hechos. Me sentía engañada por haber llegado a pensar que le importaba, por haber creído unas palabras que los hechos estaban desmintiendo sin piedad, y me sentía estúpida por haber dejado que un hombre me rompiera el corazón en unos pocos días. La ira volvió a hacer aparición. Me levanté, me regalé una reconfortante ducha y me dirigí a preparar un reparador desayuno.

Mientras tomaba café contemplé el amanecer. En aquel momento Angela bajaba por las escaleras. La miré sorprendida, pues ella trabajaba de tardes y debería estar aún durmiendo. Comprendí de inmediato el motivo de ello: estaba inquieta por mí. Otra razón para dejar de languidecer por el donjuán cirujano. Estaba preocupando a gente a quien de veras importaba.

-Buenos días- saludó Angela mientras escudriñaba mi expresión. Se sentó ante mí en silencio.

-Lo siento- suspiré- siento comportarme de forma tan estúpida. He decidido que voy a pasar de todo. No quiero hablar de él, ¿de acuerdo? No me ha contestado las llamadas y se va a marchar del hospital sin despedirse. No merece que piense en él ni un segundo más. Siento haberte preocupado.

-Olvídalo. Pero… no comprendo nada- la expresión de mi amiga era de total confusión.- Jamás hubiera creído que Edward se comportara así. Es muy extraño.

-Déjalo ya – corté. - Cambiando de tema, me dijo Paul que ibais a salir esta noche. No le contesté, pero creo que iré.

-¿Así… sales y te tomas unas cervezas con nosotros? – repuso sonriente.

-Sí ¿Se lo dirás tú a Paul? No quiero ponerme a buscarlo por el hospital, y no tengo su teléfono.

Angela asintió. Estuvimos intercambiando cotilleos, criticando a Jessica y alegrándonos de que Mike no viniera a la salida de la noche. Me fui animando poco a poco. Me apetecía volver a ver a Jake y reírme con Anne y Mónica, y sabía que Angela se sentía muy bien por ello.

Ese viernes fue muy tranquilo y pude estar un ratito en la habitación de Daniel; lo entretuve haciendo marionetas con unos pequeños peluches que tenía en su cama, provocando sus risas. Escucharlas me hizo olvidar lo mal que me sentía por dentro. El niño estaba muy feliz porque le había dicho que se iba a ir a su casa y me estuvo explicando que quería volver al colegio porque tenía novia y la echaba de menos. Le di el informe de alta a la madre y lo cité a la consulta externa de pediatría. Cuando iba a salir de la habitación me llamó.

-Dotora Bella.

-¿Sí?- volví a acercarme a él.

-También puedo ser tu novio. Te cuidaré.

Me aguanté las ganas de llorar y me dio un tierno abrazo antes de marcharme, apretándome suavemente entre sus bracitos. Me había tomado cariño a pesar de los pocos días que nos habíamos visto, y era mutuo. Pero estaba bien y era absurdo que siguiera ingresado. Tanto su función renal como la tensión arterial se habían normalizado. Que algo no estuviera claro en su caso no justificaba mantenerlo ingresado, muchas veces la evolución a largo plazo solucionaba las incertidumbres. Le di cita para la semana siguiente en la consulta externa.

Por la noche Jake nos vino a buscar con su coche. La dulzura en su mirada cuando saludó a Angela era más que obvia. Y a mi amiga le brillaron tanto los ojos al verle que pensé que bien podría iluminar el camino sin necesidad de faros en el coche. Aunque no me apetecía mucho hacerlo, Angela consiguió que me arreglara, y Jake nos dirigió un expresivo silbido a ambas.

El pub estaba casi vacío, pero la compañía era grata y no nos hacía falta nadie más. Éramos Anne, Paul, Monica, Jared, Jessica, Angela y yo. Noté que Jess quería dar conversación a Jake, pero este la ignoraba de tal forma que daba vergüenza ajena observarla. Sólo tenía ojos para Angela.

Como yo era la "nueva" todos se dedicaron a contarme anécdotas. Paul explicaba que había tenido problemas en una rotación que hizo en otro hospital.

-En nuestro hospital tenemos suerte de tener habitación individual, aunque sea en las consultas. En la Mayo Clinic de Minneapolis los residentes sólo tienen una gran habitación de descanso con varias camas.

-Sí, es lo normal, lo raro es lo que pasa en Forks. ¿Cuál es el problema?-dije.

-Soy sonámbulo. Durante la fase REM del sueño me muevo, camino, hablo, aunque no cada noche. Ya tiene miga que un anestesista tenga problemas de sueño, ¿no?- rió.

-Jamás había conocido ningún adulto con ese trastorno, creía que era algo pediátrico-me asombré.

-Pues ya ves, eso le decían a mis padres, y aún sigo con ello… Una vez casi me hinchan un ojo. Un compañero se despertó y me pilló de pie al lado de su camastro mirándolo, no sé qué pensaría él pero nada bueno, porque se lo tomó fatal. Le tuve que enseñar el informe que me hizo el neurofisiólogo para que dejara de mirarme mal - comentó mientras todos reíamos.

Después Jared y Paul comenzaron a explicar chistes de médicos, algunos de ellos bastante subidos de tono, pero como ya llevábamos más de un par de cervezas nos reímos muchísimo. Nadie nombró al cirujano donjuán durante la noche y lo pasé fenomenal, pero me fui antes que todos a pesar de la protesta de los demás. Debía descansar, y me encontraba tan bien que sabía que esa noche lo lograría sin pastillas. Dejé a Jake y Angela bastante acaramelados.

Aquella noche dormí sin sueños.

Me desperté bien entrada la mañana del sábado, cerca del mediodía. Observé mi cara en el espejo del baño: por fin parecía humana, y no una pariente cercana de los zombis. Me cepillé el pelo, me lavé la cara y fui a echarle un vistazo a la habitación de Angela. Ella seguía durmiendo como un tronco. Bajé hacia la cocina, y prepararé un suculento desayuno con tortitas, al más puro estilo americano. Y con café bien cargado.

El día era nuboso, para no variar. De nuevo me sentía equilibrada. No esperaba que sonara el timbre de la puerta y salté a abrir sin mirar, a pesar de que no iba muy presentable. No quería que despertaran a Angela. Me di cuenta de mi error demasiado tarde. Mierda. No había observado por la mirilla.

-Buenos días, Bella.- Edward Cullen estaba plantado ante mi puerta, observándome de arriba abajo. Sus bellos ojos lucían unas tenues ojeras. Vestía una camisa azul oscuro y vaqueros gastados, y al verlo así habría pensado que era un día de primavera si no fuera por la nieve que cubría nuestro pequeño jardín.


Pues nada... ¿habrá conversación? Ah, la anécdota de Paul sonámbulo está "basada en un hecho real", como muchas de las que aparecen por la historia.

Decidme algo ;-)...