— Mischa —su tono de voz nunca ofrecía duda o algo parecido, era imponente, y me obligaba en ese momento a detener mi rápida marcha y voltearme, cosa que no quería hacer, estaba envuelta en una gran nube de vergüenza, mucha vergüenza, y no podía soportar la idea de que, ahora que Raven se había ido por otro pasillo, Erik me encontrara allí y no tuviera escapatoria a él.
Me volteé luego de unos cuantos segundos; muchos, quizás.
Cuando lo vi estaba más cerca de lo que había imaginado, aunque en este momento la distancia era relativa, en mi interior estábamos tan lejos. En el fondo todo seguía siendo lo mismo, en teoría: la mirada, la esencia, pero algo había cambiado.
— Te oí hablar con Raven hace unos momentos —explicó directamente.
— Solo me decía buenas noches —me encogí de hombros, intentando parecer casual. Él no contestó, ¿Qué era lo que quería esta vez? Me desesperé por cortar el silencio—. Voy a mi habitación, debo ordenar mis cosas…
— Por este camino no llegas a tu habitación —me interrumpió, impasible.
Abrí la boca en descontento y fruncí el ceño.
— No quise interrumpir lo que fuera que estaba sucediendo allí... —confesé sintiéndome un poco extraña, era como si todo lo que planeaba decirle se me hubiera borrado de la memoria, de todo mi sistema, y no tuviera nada que hacer en ese lugar, en ese mismo instante—. Iba a hablarte, pero ahora no parece muy importante —continué, bajando la mirada.
Miró hacia otro lado como si pensara y luego me tomó de un brazo sin brusquedad alguna, de hecho, era como si no quisiera ejercer presión al hacerlo, como las tantas veces que lo hizo.
— Entonces ven —soltó, aun así con ese imperativo en su voz que no me dejaba otra opción.
Me soltó cuando comencé a caminar a su lado voluntariamente, con la mirada en el suelo, abrumada. ¿Qué debía pasar ahora? ¿Debería grabarme en la mente su imagen? ¿Sus sweaters? ¿Su olor? ¿Su ser? En un día todo volvería a cero y las esperanzas de volver a verlo como era ahora eran casi nulas.
De aquí las cosas solo podían ponerse peor.
Si algo había aprendido durante este tiempo era que Erik Lehnsherr es impredecible. Mañana puede y va a tomar ese camino que lo separará de todo lo que es hasta ahora, de Charles, de los chicos, de mí; pero hoy está aquí, arrastrándome hacia su habitación hasta que cierra la puerta, le pone seguro y se voltea hacia mí, una simple y menuda persona que le llega hasta un poco más debajo de los hombros y lo mira hacia arriba sin entender por qué no quería que ese temido mañana existiera.
De pronto el volvió a tomar uno de mis brazos, esta vez el izquierdo, el cual tenía descubierto pues andaba con una camiseta arremangada y recordé que justo en él tenía aquel tatuaje, el que le había hecho hablarme, el que de cierto modo nos unía. Levantó mi brazo hasta la altura de sus labios y, sorprendentemente, besó aquel número mientras yo lo miraba con los ojos bien abiertos, inspeccionando su rostro, esas facciones tan duras que mostraban la áspera y cruel vía que había cruzado hasta llegar a ser lo que era, uno que conocí a mi manera y recorrí con un resultado distinto.
Él me miraba del mismo modo, y por extraño que parezca no me sentí incómoda por aquello. El gesto, tan inusual, de besar una herida, una cicatriz —más que un simple tatuaje— se me quedaría grabado en la memoria durante mucho tiempo. Retiré mi brazo de su poder, un poco distanciada, y un escalofrío recorrió mi espalda.
No parecía tener ganas de hablar, lucía cansado, pero alerta.
— Me temo que si regresas yo estaré aquí, justo aquí —rezongué, mis objetivos se torcían cuando se trataba de él, quería despedirme, no decirle que aunque se convirtiera en el enemigo del planeta yo seguiría en el mismo lugar, esperando.
Pero todo resultó así, y lo que le decía era la verdad.
— Prefiero que no veas algo que no te agradará —puntualizó con sinceridad.
Pestañeé, intentando disimular que mis ojos se habían llenado de lágrimas. Algunas veces siento que conozco tanto o más de él que cualquier persona, pero otras es un simple desconocido que ha compartido un pedazo insignificante de su vida conmigo, además de tener un pasado en común, y que al igual que yo, tampoco conoce mucho de mí.
— No vayas por ese camino —le pedí en voz baja.
— No hay otro —me contradijo.
— No te mientas a ti mismo, Erik...
— No quiero otro —me paró con los dientes apretados—. Lo he decidido, lo decidí hace mucho, incluso antes de ti…
— ¿Qué ocurrirá con Charles? —pregunté, omitiendo lo último que había dicho ¿Qué había cambiado después de "mí"? Probablemente no mucho, él no cambió su forma de pensar por mí, ni siquiera su forma de pensar sobre mi especie, él nunca cayó en ese juego de generalizar, de pensar que todos podrían ser como yo o Moira. Charles lo adoraba, por otro lado; él y Erik habían formado una amistad profunda, eran compañeros, eran iguales. Charles fue quien le enseñó que no estaba solo, Erik fue quien le enseñó a Charles que se puede ser amigo de alguien con quien no estás de acuerdo en todo, alguien que constantemente te desafía y te hace cuestionar tus métodos.
— Quiero a Charles a mi lado —me aseguró él—. No lo dejaré, Mischa, nada cambiará.
Resoplé y me solté de su agarre con suavidad, desesperada por hacerle entender que a partir de este día todo cambiaría, al contrario de lo que él piensa, y que si él no quiere abandonar a Charles pese a las diferencias ideológicas, será Charles quien lo abandone a él, por su bien, por sus creencias.
— Sí lo hará —farfullé—. No sé lo que Charles hará, pero no te seguirá... Eres su hermano, Erik, ¿Cómo puedes hacerle esto?
— No lo dejaré —repitió con un dejo de hastío en su voz.
Asentí toscamente. Extrañaría mucho al Erik que estaba ante mí ahora, en este preciso momento. Él hombre perdido, pero no del todo malvado, a quien aprendí a conocer y con quien pude hablar de cualquier tontería en un punto de nuestra corta relación. Extrañaré ser entendida y entenderlo aún sin conocernos en profundidad, nunca tuvimos la necesidad de decirnos toda nuestra vida para entendernos. Diablos, incluso extrañare esos primeros días en donde lo único que hacía era querer estrangularme y odiarme sin siquiera conocer algo de mí. Eran días de locos, días simples.
— Adiós, Erik —dije cansinamente, volteándome para abandonar su habitación.
— ¿Te vas? —lucía sorprendido cuando volví a verlo. Asentí, encogiéndome de hombros. ¿Qué era lo que exactamente esperaba, después de todo?
— Raven puede volver —fue mi excusa, aunque de excusa tenía poco: lo encontraba válido debido a lo que presencié hace un rato atrás.
Erik se detuvo un momento antes de volver a hablar, y se acercó a mí. Cada vez que él se acercaba yo me volvía muy consciente de mi misma, de lo insignificante que era ante él, pero todo eso se esfumaba cuando me tomaba de la mano como ahora lo hacía, con sus dos manos, acariciando el dorso y el interior de la mía con suavidad, como si la examinara mientras nos mirábamos a los ojos. Puedo ser realmente insignificante a su lado, pero estaba segura, había seguridad en nuestra conexión, ya no temía.
— Yo solo la ayudé —me explicó con presteza—. Raven está perdida. Es una chica a la que le han enseñado que su yo real no vale más que aquella linda chica rubia en la que se convierte religiosamente todos los días, está tan distraída en ser esa chica con apariencia de humana que sus poderes pierden la fuerza que deberían tener, y... —paró, yo solo escuchaba con atención, pensando en la posibilidad de que todo eso fuera una forma de excusarse, ¿Estaba de verdad excusándose conmigo?—. Ella es uno de los míos.
Lo peor es que nunca quise sentirme de este modo con respecto a él, pero ya no podía evitarlo, sentía celos, los sentí cuando la vi allí afuera, ¿Qué iba a hacer? ¿Pedirle explicaciones? No, no podía. Era solo cosa de aparentar que no me importaba en absoluto el hecho de haber visto salir a Raven sin nada encima, solo en su estado natural, de su cuarto.
— Sé que te preocupas por esos chicos —le aseguré, intentando sonreír pero la sonrisa solo se quedó en el intento—. Y espero que tu ayuda le haya sido útil —añadí, sintiéndome mejor conmigo misma pues encontré un modo de no mentir, pero tampoco decir la verdad sobre aquellos celos que me invadían, un sentimiento que no había experimentado hace tanto y ahora se me hacía curioso.
Erik entonces subió una de sus manos por mi brazo, apartó mi cabello hacia un lado y me tomó del cuello con delicadeza. Estaba frío, y mi cuerpo electrizado ante su toque.
Es curioso, un día toma mi cuello con la intención de apretarlo hasta que me desvanezca por llevarle la contraria y al otro, bueno, esto. Los vellos de mi cuerpo se erizaron y me encogí un poco en mi puesto.
— Ella quería lograr gustarme —confesó con presteza. No podía verme a mí misma, pero mis ojos debían parecer dos huevos fritos, estaba helada ¿Realmente iba a contarme lo que pasó aquí adentro mientras yo me encontraba afuera intentando llegar a él para despedirme? Apenas podía respirar—. Ella... —acarició con su pulgar el costado de mi mejilla. Permanecí en mi lugar—. Estaba desnuda en mi cama cuando llegué… —continuó con naturalidad—. Debo admitir que no estoy de humor para esas tonterías pero ella quería que la tocara, probablemente, que la besara.
— ¿Y lo hiciste? —me atreví a preguntar, intimidada.
Frunció el ceño.
— Sí —inspiré fuertemente y me quise soltar de su agarre, delatando todo lo que había intentado ocultar en ese instante. Lo único que logré con eso fue hacerlo sonreír de una forma bastante peculiar, una sonrisa muy suya—. La besé porque necesitaba saber si podía sentir lo mismo.
— ¿Lo mismo? ¿Lo mismo de qué? —seguía alterada, y eso le causaba más gracia.
— Lo mismo que sentí cuando te besé —abrí la boca y la cerré, confundida, sobrecogida, ¿Fue esa una muestra suficiente de que sentía lo mismo que yo por él? Algo dentro de mí tembló, algo cálido, algo que creí muerto antes de conocerlo.
Hola,
Solo quiero decir que este es el penúltimo capítulo de mi corto fic y que tendrá un epílogo quizás breve, además de un final abierto, por si decido hacer una segunda parte -ubicada en la película que sigue- a futuro.
¡Saludos!
