―¿Puedes recordarme por qué estoy aquí? ―Mikasa se encontraba sentada en un pequeño sillón de local, mientras apoyaba su rostro entre sus manos, aburrida.
―Porque te llevé a probar los sándwiches que querías ―dije acomodándome la chaqueta que elegí―. ¿Cómo me queda?
―Horrible ―respondió, observándome con desagrado.
―Has dicho eso con cada prenda que me probé ―suspiré.
Ya era como la décima vez que me mandaba nuevamente al cambiador.
―Es que ninguna te queda bien ―comentó simplemente―. Seguro lo enano tiene algo que ver.
―Muy chistosita ―rodé los ojos ante el comentario de mi altura. A continuación, se paró de su asiento y se acercó al sector de las chaquetas―. ¿Qué haces?
―Yo misma elegiré una ―empezó a mirar cada una, mientras de su boca salían algunos No o Tal vez.
―No es por ofender, pero, ¿estás segura?
―¿Acaso estás insinuando que me visto mal?
Ni loco diría que se viste mal.
―No es eso ―traté de buscar las palabras apropiadas, aunque al final salió con notables fallas―. ¿En serio sabes elegir ropa?
―Mejor que tú, sí.
―Mocosa de mierda ―susurré.
―Te escuché ―me advirtió y luego sacó una prenda del perchero, levantándola un poco para apreciarla mejor―. Perfecta ―me entregó la chaqueta negra que eligió y me arrastró hasta el cambiador.
Diez segundos después salí del vestidor y Mikasa me dio una mirada afirmativa. Me miré al espejo, sorprendido. Definitivamente me quedaba mejor que las otras que me probé.
―Hmp. ¿Decías? ―preguntó altanera, mientras me miraba con una expresión de triunfo.
―Bien, bien. No eres tan mala para elegir ropa, mocosa.
Su mirada petulante me dio a entender que le gustaron esas palabras.
―¿Eso es lo único que vas a comprar? ―preguntó y yo asentí―. Entonces vámonos.
Me saqué la chaqueta y fuimos hasta la caja, donde nos atendió un chico joven que no tenía más de veintitrés años. Todo iba bien hasta que el idiota miró a Mikasa de una manera coqueta, nada disimulada.
―Llevaré esto ―interrumpí lo que se suponía que estaba haciendo.
―¿De dónde eres, linda? ―me ignoró olímpicamente el muy idiota.
Mikasa me observó de soslayo por unos segundos, implorando ayuda con la mirada. Lo que me pareció extraño en un principio, ya que ella misma podía hipnotizarlo y asunto resuelto. Pero no le di más cuerda al asunto e hice lo que me pidió.
Pasé mi brazo por su cintura abrazándola y atrayéndola hacia mí de manera disimulada, no tan disimulada para el idiota que nos atendía, quien de seguro recitaba mil insultos en su mente.
―¿Podrías cobrarnos ya? ―pregunté altanero―. Mi novia y yo estamos apurados.
―Como diga ―habló de mala gana, al tiempo que recibía la chaqueta y me cobraba su valor.
Ya fuera de la tienda, Mikasa largó una pequeña risa.
―¿De qué te ríes? ―pregunté, confundido.
―Ya puedes dejar de abrazarme
Inmediatamente solté su cintura, un poco avergonzado por no haberme dado cuenta de ese detalle.
―Cambiando de tema ―aclaré mi garganta―. Tengo otra pregunta.
―¿Cuál? ―comenzó a caminar y me apresuré a seguirle el paso.
―Lo de leer la mente.
―Umm... Digamos que únicamente puedo leer la mente de alguien si la observo ―dijo pensativa―. No es que leo la mente de todos al mismo tiempo. Me volvería loca si fuera de esa manera.
―A ver. ¿Qué está pensando esa de allí? ―señalé a una chica que caminaba a unos metros de nosotros.
―Amor ―respondió, observándola―. Piensa en cómo declarársele a un tal Aiden.
―¿Y ese? ―había un chico con cara amargada.
―Infidelidad. Piensa en cómo vengarse con su ex pareja por haberlo engañado.
Y así estuvo diciéndome qué pensaba cada persona que pasaba por nuestro camino, mientras caminábamos por todo el centro comercial. Nunca había desperdiciado mi tiempo de esa manera, pero era absurdamente divertido, y más junto a ella.
―Sexo ―tragué duro al escuchar esa palabra salir de su boca. Lo había dicho de una manera que lo hacía sonar malditamente bien―.
Ese hombre está pensando en...
―¿En?
―Quiere violar a una niña... ―dijo con una mirada frustrada―. Espérame un segundo.
Mikasa se dirigió hacia ese sujeto, frenando su paso. Y, como siempre que quería hipnotizar a alguien, lo miró fijamente, susurrando las palabras.
No obstante, sentí que algo había salido mal, ya que el hombre en ningún momento cambió su expresión. Simplemente miró a la mocosa con deseo, comiéndosela con la mirada, y luego se fue como si nada hubiera pasado.
―Maldición ―le escuché susurrar a Mikasa.
Me acerqué a ella.
―¿Qué pasó?
―No, nad...―no pudo terminar de hablar, ya que comenzó a toser repetidas y exageradas veces, sin poder parar.
―Ey, mocosa. ¿Qué pasa? ―pregunté, preocupado.
―Estoy bien ―tosió unas veces más―. Sólo tragué un poco de polvo.
Suspiré aliviado.
―¿Qué pasó con el sujeto?
―No logré hipnotizarlo ―admitió, enojada.
―¿Por qué? ―esto era raro.
Mikasa sólo levantó sus hombros, como siempre que no quería responder o simplemente no sabía el porqué de las cosas. No podíamos ir con la policía y culparlo así como así, pensarían que estabamos locos y más al no tener pruebas suficientes.
―¿Te parece si seguimos caminando? ―propuse, tratando de cambiar el ambiente. Ella no se negó.
Pasamos por varias tiendas de ropa, música, libros. Pero al parecer nada le entusiasmaba a la mocosa chupa sangre.
Claro, hasta que sentí que dejó de caminar.
―¿Qué viste? ―me acerqué a ella y me di cuenta de que observaba embobada un conjunto que había en la vitrina.
―No es nada, sigamos ―trató de irse, pero le sostuve el frío brazo.
―¿Te gustó la falda? ―indagué.
―Dije que no es nada.
―Mocosa.
―¿Qué?
―¿Qué te gustó?
―Que nada, enano.
―¿La blusa? –sugerí. Pero deseché la idea, pues la prenda era muy colorida.
―No quiero hacerte perder tiempo, vámonos ―se soltó de mi agarre, decidida a irse.
―Ya veo, entonces es... ―observé la última prenda―. ¿Las medias, cierto?
Mikasa se tensó por unos segundos. Había dado en el clavo.
―Sí, pero vamos. Otro día las compraré.
―De ninguna manera. Las comprarás ahora ―la arrastré hasta entrar a la tienda.
―Bienvenidos ―la aguda voz de una señora nos recibió―. ¿Qué desean?
―Ella quiere probarse las medias que hay en la vidriera ―Mikasa me asesinó con la mirada.
―¿Las de color negro? ―preguntó la mujer. Yo asentí e, inmediatamente, comenzó a buscar en los estantes la prenda y me las entregó―. Pueden ver lo que deseen si gustan.
―Claro ―volví a arrastrar a Mikasa hasta el cambiador―. Ahora pruébatelas y no te quejes, mocosa.
―Pero... ―cerré la cortina antes de que terminara de hablar―. Enano del demonio ―la oí susurrar del otro lado.
Suspiré por el esfuerzo de haberla arrastrado por todo el local y luego comencé a recorrer la tienda en busca de otras prendas. Me salté sin dudar el sector de la ropa chillona y de muchos colores, y seguí mi camino en los shorts y faldas; ella siempre usaba esa clase de cosas.
Al final, luego de investigar cada cosa atentamente, me decidí por una falda color azul oscuro y una camisa del mismo color. Le obligué a la mocosa a ponérselas –quien volvió a insultarme en silencio- y me senté en el sillón a la espera de que saliera.
Eso tendría que haber pasado, pero, como siempre, había algo que lo arruinaba completamente.
La puerta del local se abrió y reconocí de inmediato a las personas que entraron por ella: Hanji y Erwin.
No, no, no. Maldición. ¿Por qué justo ellos dos? ¿Por qué justo las personas más pesadas y shipeadoras del planeta? Si me veían con Mikasa, todo estaría arruinado. Me preguntarían de todo hasta sacarme el alma, además de que me joderían el resto de mi maldita vida e irían por todos lados diciendo que estaba en una cita con ella.
Me escondí un poco, pero sabía que no serviría de mucho, ya que en cualquier momento escucharían la voz de Mikasa o simplemente me verían ahí, preguntándose qué hacía en una tienda de ropa para mujeres.
―¡Hola! ―casi me da un paro, pero solamente estaba saludando a la mujer que atendía―. Quiero probarme esa blusa color amarillo.
―Claro, señorita ―la mujer estaba buscando la blusa en los percheros―. Por allá están los vestidores, pasen y vean lo que quieran.
―¡Gracias! Vamos Erwin, tú serás el crítico.
―Si no tengo otra opción...
Joder. ¿Qué mierda hacía?
Esa pregunta se repitió millones de veces, hasta que la idea más loca vino a mi cabeza. Me dirigí al cambiador donde se encontraba Mikasa y me adentré rápidamente ahí. Tal vez muy rápido ya que, sin querer, tropecé con ella y terminamos cayendo al piso.
―¿Qué ha...? ― tapé su boca con la palma de mi mano para impedirle hablar.
―Guarda silencio ―susurré en el tono más bajo que tenía, hasta dudar de que realmente me hubiera escuchado. Sin embargo, mis dudas se fueron cuando asintió.
No tenía idea sobre cuánto tiempo estuvimos en esa posición, pero me había parecido una eternidad. Lo único que se escuchaba eran nuestras respiraciones y la aguda voz de Hanji hablando cualquier tontería.
Agradecí en mi interior cuando, finalmente, el cejotas afirmó que la blusa que llevaba le quedaba bien, por lo que la cuatro-ojos también quedó satisfecha. Todos mis músculos se relajaron al escuchar la campanilla de la tienda y un ruidoso ¡Adiós y gracias! de parte de Hanji.
Instintivamente llevé la vista a Mikasa, ya que en ningún momento la había observado al estar atento de que ninguno de los otros dos se les ocurriera abrir el único cambiador que había, además del que anteriormente usaron.
Mis ojos se abrieron de par en par. Lo primero que vi fueron unas medias malditamente eróticas, la falda azul que yo había elegido, un abdomen plano, una pequeña cintura y, por último, unos grandes senos cubiertos por un brasier fuxia con detalles de encaje negro.
Oh, mierda.
Se veía jodidamente perfecta, jodidamente sexy...
En momentos como estos, agradecía que ella no pudiera leer mis pensamientos, sino estaría muerto si viera todas las barbaridades que imaginé con sólo verla.
Y, ahora, el momento de la verdad. Esperaba encontrarme con una Mikasa terriblemente molesta, pero tal fue mi sorpresa al encontrarme con una Mikasa terriblemente sonrojada, con sus ojos cambiando de color a cada segundo; no podía contener sus emociones.
El reducido espacio que separaba nuestros rostros era de al menos 5 centímetros. Nos hallábamos realmente cerca uno del otro, tanto que sentía su aliento chocar contra el mío. Nuestros ojos no se separaron en ningún momento, ninguno de los dos estaba dispuesto a desviar la mirada.
―¿Todo bien por allí? ¿Señorita? ―la mujer cortó el momento.
―S-sí ―respondió Mikasa en un tono agudo. Al parecer no le salía bien la voz.
―Bien ―a continuación, se escucharon los pasos que nos aseguraron que ya se había ido.
Me levanté en un santiamén de su cuerpo y, de la misma manera en que entré, salí del vestidor como rayo. Me desplomé sobre el sillón, tratando de calmar mi acelerada respiración, mientras alejaba (o intentaba alejar) esos pensamientos indebidos que se depositaron en mi cabeza.
Pasaron otros cinco minutos. Mikasa se estaba tardando mucho más de lo normal, aunque no la culpaba; de seguro se sentía avergonzada porque la vi de esa manera.
Demonios. El sólo recordarla, hacía que mi pulso se precipitara nuevamente. No obstante, necesitaba que calmarme, debía calmarme, para no hacerla sentir más incómoda de lo que ya se encontraba.
El ruido de la cortina al ser abierta me sacó de mis pensamientos. Mikasa salió del vestidor con todo el conjunto puesto.
Se veía hermosa.
Debía admitir que yo tenía buen gusto escogiendo ropa, pero esta vez me superé. O sólo era el simple hecho de que ella era linda y le quedaba bien cualquier cosa que se pusiera.
―¿Y bien? ―desvió la vista.
―Pues mírate al espejo, se supone que debe gustarte a ti ―respondí, evitando su mirada.
―Sólo dime. ¿Me queda bien o no?
-Te...Te queda bien ―contesté como pude, tratando de mantener mi expresión seria e indiferente.
La incomodidad entre ambos hasta podía hacerse visible.
―Bien... Lo llevaré―volvió a meterse al cambiador y, minutos después, salió nuevamente con la ropa en la mano.
Ya en la caja, estaba por sacar el dinero de mi billetera, pero la mocosa se me adelantó sacando una de su bolsillo. Al abrirla, pude ver que tenía una exagerada cantidad de dinero en ella e, inmediatamente, ñuna pregunta vino a mi cabeza: ¿De dónde había sacado tanto dinero?
Por lo que se podía ver, ella no interactuaba con ninguna persona, lo que me era díficil imaginar que trabajara en algún lado. Otra vez la curiosidad me picó, pero en esta ocasión no iba a saciar esa necesidad de saber. Sería extraño decirle: "Ey, Mikasa. Vi el contenido de tu billetera y me preguntaba, ¿de dónde mierda sacaste tanto dinero? Porque vamos, no hablas con ninguna persona que no sea yo, como para tener un trabajo estable."
No, definitivamente no iba a preguntarle eso.
La campanilla del local me sacó de mis pensamientos. Llevé mi vista hacia allí y vi como Mikasa salía por ella.
―Agh, mocosa de mierda. ¿Espérame, sí? ―dije, alcanzándola.
―Lo siento, tengo que irme ―estaba tapándo su boca y su respiración se volvía más agitada a medida que pasaban los segundos.
―Ey, ¿qué te pasa? ―me acerqué a ella justo a tiempo, ya que se tambaleó y por poco se cae si no hubiera tomado uno de sus brazos y apoyado una de mis manos en su espalda baja―. Mikasa.
―No me toques ―se separó de mí con fuerza, haciendo que caiga de seco al piso―. L-Lo siento.
―¿Qué carajos te pasa, Mikasa? ―dije enojado, mientras me ponía de pie y sacudía mi ropa que se encontraba un poco húmeda por haber caído en la nieve.
―Yo...Debo irme ―retrocedió unos pasos―. Gracias por lo de hoy .
Y, sin decir nada más, desapareció de mi vista, sin tratar de darme explicación alguna sobre su comportamiento.
Suspiré fastidiado, al mismo tiempo observaba los alrededores; por suerte no había muchas personas cerca nuestro. Lo único que pude divisar fue a un par de ancianas a unos varios metros de mí, quienes susurraban cosas como: "Pobre chico, lo han rechazado"
―¿Yo, rechazado? Tsk, viejas de mierda ―maldiciendo, me encaminé hacia mi departamento.
Aún con el enojo y todo, me estaba preocupando por ella.
¿Qué le pasaba?
¿Por qué había reaccionado de esa manera?
No creía que hubiera sido por el simple hecho de haberla visto en prendas menores, sería ridículo si fuera por esa simple razón.
Además, su mirada era desesperada, como si quisiera alejarse lo más rápido posible de mí para no hacerme daño. Sumado ese mareo repentino...
―Tsk, mocosa idiota...
