Hola a todos. Primero, mis más sinceras disculpas por el retraso. He estado todo el verano trabajando en Francia, y he tenido poco tiempo para dedicarle a la historia. Quería retocar este capítulo también, pero no sabía bien por dónde pillarlo, y al final así se ha quedado. Espero que no os decepcione, y si os animáis podéis dejarme vuestra opinión, mejor si es con un mail a dónde responderos. El próximo tardará algo, pero espero que no tanto.
A Amaral: me alegro de que haya quedado claro que Elenna quiere mantener las distancias. No sabía qué impreisón iba a dar, pues una amiga opina que ella se está comportando como una adolescente. Y Galadriel por mucho que le guste meterse de por medio, por ahora tendrá que esperar un ratito. Tengo otros personajes haciendo cola para aparecer :P. Sobre lo que me planteas acerca de acostarse con alguien sin amor, tengo mi teoría que expondré en este capítulo. Ya me contarás lo que te parece, espero. Un abrazo y gracias por seguir ahí.
A Roxana: creo que este capítulo te va a gustar ;) el título lo dice todo, pero has acertado en tu predicción. ¿No será que tienes el don? :P Lo de la espada se me ocurrió en el último momento, pero creo que encaja, por la importancia que le da Tolkien a ese tipo de reliquias. El propio Gandalf lleva la espada de Turgon, que cayó con Gondolin. Pero Idril vivió, y quiero creer que llegó a conocer a su primo. Tiene sentido además que dejase sus armas en sus manos antes de navegar al Oeste, ¿no te parece? Y como le digo a Amaral, en este capítulo expongo mi teoría de por qué Isilmë se acostó, sí, se acostó con Mardil. No dejan de ser humanos, al fin y al cabo. Ya me dirás. Un abrazo y gracias por tus comentarios.
Disclaimer:ya sabéis que los que conocéis salieron de la imaginación del señor Tolkien. Arien y Vorondil se los cogí prestados a Elanta, y los demás, además de ciertas partes de la trama, son míos, creados para mi pura diversión, y espero que la vuestra también.
Lo primero que vio fue el cielo. En un día cualquiera habría sido azul intenso, pero en aquel momento nubes de un color gris plomizo lo cubrían hasta donde la vista alcanzaba. A su alrededor, las casas blancas de Armenelos también tenían un tinte gris, dando una sensación de abandono, como si hiciera mucho tiempo que nadie cuidaba de ellas.
Detrás de la hilera de casas que conformaba la plaza principal, Elenna alcanzó a ver los pináculos del palacio de los reyes de Númenor, en las estribaciones mismas del Meneltarma, cuya cima se perdía entre las nubes. Aquella visión le producía cierto desasosiego; la blanca cumbre de la montaña sagrada era visible desde cualquier parte de la isla, hiciera el tiempo que hiciera.
Pero sin duda lo más perturbador era el intenso silencio. La capital de Númenor generalmente bullía de actividad día y noche; pero ahora no se oía nada. Ni siquiera el canto de los pájaros, ni los pasitos leves de algún ratón. Sólo podía escuchar el susurro del viento contra sus ropas, y los latidos de su propio corazón. El silencio le presionaba los oídos, le apretaba el pecho dificultándole la respiración. Algo iba terriblemente mal.
La tierra temblaba. La sentía vibrar bajo sus pies, como si acogiera en sus entrañas alguna criatura olvidada por el mundo. Las nubes se espesaron en torno a la ciudad, y de pronto se hizo de noche. La plaza estaba a oscuras, pero el cielo estaba iluminado con un resplandor rojo. Elenna sintió miedo. Quiso gritar, quiso correr, pero sus pies permanecían pegados al pavimento, y parecía tener una piedra en la garganta. Un violento temblor la sacudió de arriba abajo, y cayó al suelo, golpeándose la mejilla.
Cuando alzó la vista la ciudad había desaparecido. Se encontraba en una pradera que bajo el sol habría sido verde, mas en aquella oscuridad se veía grisácea. Un pequeño altar se alzaba ante ella, casi al borde de un acantilado lamido por violentas olas. Más allá divisaba los muros de Andúnië. La escena le era familiar; había acudido allí cada año desde que tenía memoria. Y sin embargo, había algo que no encajaba.
Miró al horizonte, al Oeste. Las aguas que hasta entonces habían sido tranquilas se mostraban agitadas; chocaban contra la escarpada costa en olas furiosas. Se oía un rumor sordo procedente del mar; Elenna miró pero sólo vio la acostumbrada neblina en la línea que separaba el mar del cielo. En aquel día gris, resultaba difícil discernir dónde acababa uno y dónde empezaba el otro.
Se acercó al altar. Bajo aquella luz también se había vuelto gris, pero había zonas teñidas de negro. Se arrodilló, y descubrió horrorizada que el bulto era un cuerpo humano envuelto en una capa negra. La cabeza descansaba a pocos pasos, y era su sangre lo que teñía el altar de negro. Elenna le dio la vuelta al rostro, y se quedó paralizada en el sitio al reconocerlo. El rumor del mar cada vez sonaba más fuerte.
Trató de apartarse, pero tenía las manos enredadas en la capa que hacía de mortaja. Miró a ambos lados y vio con terror una ola descomunal que avanzaba hacia la isla con aire siniestro. En un instante de clarividencia, comprendió que ése era su castigo, y el de toda su raza. El castigo por renegar de algo que les estaba destinado. Por desear algo que no les correspondía.
Se abrazó al cuerpo, temblando, mientras la ola se abalanzaba sobre la costa con un terrible estruendo de furia y destrucción.
-¡Mamá!
Y de pronto se encontró sentada en su cama, en aquella casita de piedra en la costa de Lindon. Las sábanas enredadas en torno a su cuerpo estaban empapadas en sudor. El camisón de seda azul se le pegaba al cuerpo, y el aire que entraba por la ventana entreabierta le erizó la piel. Era extraño, recordaba perfectamente haber cerrado la ventana antes de acostarse.
Iba a levantarse, cuando en el mismo instante en que puso los pies en el suelo sintió el temblor. No era más que un eco de lo que había sentido en su pesadilla, mas aquello la turbó. Con paso inseguro se acercó a la ventana; el pálido amanecer iluminaba apenas la calle que discurría bajo su balcón. Lo que vio la dejó sin palabras; el mar se retiraba apenas de las puertas de la primera fila de casas al borde de la playa, dejando tras de sí un rastro de madera de deriva y algas.
Se decidió en una fracción de segundo. A saltos, consiguió meterse en los pantalones y envolverse en la capa gris encima del camisón. Se calzó las botas y bajó las escaleras a toda prisa, precipitándose hacia la puerta de la calle, no sin antes recoger un pequeño saquito de tela de encima de la chimenea.
-¡Elenna!-se giró y vio a Elatan, que bajaba la calle a la carrera, también envuelto en la capa por encima de sus ropas de dormir.
-¿Qué sucede?-preguntó ella con voz débil, mientras el muchacho llegaba a su altura.
-No lo sé.-Elatan estaba pálido de miedo-Me he despertado y el suelo temblaba…
-¿Estás bien?-Elenna le puso una mano en el hombro. Se fijó en que tenía una pequeña brecha encima de la ceja izquierda.
-Sí… Se han caído algunos libros, eso es todo.-se colocó bien la capa-Erendis me ha dicho que baje a la casa grande, para comprobar que todos estamos bien…
-Bien.-Elenna giró sobre sus talones y echó a andar hacia la playa. El suelo seguía temblando, pero ya podía caminar sin sentir que el mundo se desgarraba bajo sus pies.
Tal y como había temido, la Sala de la Asamblea era un caos de voces, llanto y ocasionales gemidos de dolor. Encontró a Erendis con los más pequeños, y se maravilló de lo mucho que habían crecido. Erendis les hablaba con una dulzura inusitada en ella; al cruzar su mirada con la de Elenna, ella le hizo un gesto de aprobación y siguió cruzando la sala. Al fin, al fondo encontró a Adanel, quien ya atendía a los heridos. Al verla llegar, la sanadora se hizo inmediatamente a un lado. El talento de la muchacha era considerable, pero no podía rivalizar con Elenna. Por alguna extraña razón, los descendientes de Elros contaban, además de con una vida incluso más larga que la de sus compatriotas, con unas habilidades curativas fuera de lo común entre los mortales. La muchacha se acercó a ella, llevando una tetera en las manos, que contenía una humeante infusión que servía para adormecer a sus pacientes.
-Los he organizado por la gravedad de las heridas.-la informó Adanel, conduciéndola hacia el fondo de la sala.-Ninguno corre serio peligro, pero hay unas cuantas fracturas y heridas que necesitan atención inmediata.
-Bien.
Junto a la pared del fondo estaban los más graves. Adanel la llevó hacia una improvisaba cama sobre una de las largas mesas, cubierta de mantas y capas. Allí, inconsciente y con el rostro cubierto de sangre, estaba Faelon, y a su lado, pálida como un fantasma, estaba Isilmë.
-¿Cómo ha pasado?-sin preocuparse de estar en camisón, Elenna se quitó la capa para trabajar mejor. Desde la pelea con Elatan, Isilmë se había trasladado a la casita de su amigo, y sin duda sabría decirle cómo se había hecho aquellas heridas.-Adanel, ¿podrías traerme dos cuencos con agua caliente y vendas?-la muchacha se alejó sin decir una palabra.
-Se ha caído parte del tejado.-explicó la doncella. Ella también presentaba un golpe bastante feo en un hombro-Yo estaba durmiendo abajo, y cuando he sentido el temblor…-titubeó y tragó saliva-he oído un ruido y me he despertado. He subido arriba y… tenía… una viga se había caído sobre su cama.-concluyó en voz baja-No creo ni que se haya despertado.
Elenna le lavó la sangre de la cara al chico con suavidad, para ver mejor las heridas. Aparte de un corte profundo en la sien izquierda, tenía un golpe con bastante mala pinta hacia la nuca. Interrumpió su examen para abrir el saquito de tela que había traído, y sacar de él unas hojas alargadas de un verde oscuro. Adanel sonrió al verlas.
-¿Athelas?
-Traje unas pocas semillas conmigo.-explicó Elenna con gravedad-Las planté detrás de mi casa; sabía que tarde o temprano nos harían falta. Aunque sólo fuera por un dolor de cabeza.-machacó una de las hojas con los dedos y la echó al cuenco de agua limpia; de inmediato un aroma fragante se extendió por la sala, como de flores en primavera. Las tres se sintieron reanimadas de pronto; Elenna habría jurado que incluso Faelon parecía empezar a respirar un poco mejor. Tanteó con los dedos el golpe que tenía cerca de la nuca, y suspiró aliviada-No hay rotura; se le hinchará un poco y dolerá durante un tiempo, pero se pondrá bien.
Con cuidado, y un trozo de lino empapado en la infusión, le lavó la herida a Faelon. El corte no parecía haber llegado al hueso, pero aún así, Elenna concluyó que debería coserlo, para dejarlo menos expuesto a una posible infección. Una vez restañada la herida, le aplicó un cataplasma hecho con las hojas machadas de athelas y un poco de miel. Al golpe en la nuca sólo le aplico un poco de la infusión, y con la ayuda de Adanel enrolló una venda limpia alrededor de la cabeza del muchacho. Una vez hubo terminado, le lavó la cara con la infusión sobrante.
-Llámalo, Isilmë.-le indicó a la doncella.
-¿Yo?-la muchacha parecía desorientada. No había podido soportar la visión de la herida, así que se había apartado, hasta apoyarse en la pared del fondo.
-Eres su amiga. Responderá mejor a tu voz.-explicó Elenna simplemente-Tardará un rato en despertar, me temo. Llámame cuando lo haga.
El resto del día transcurrió veloz para Elenna. Aunque Faelon era el más grave, había otra veintena de heridas que cerrar, y varios brazos rotos que tuvieron que entablillar, de manera que Adanel y ella trabajaron sin descanso hasta la puesta de sol.
Isilmë se negó a ponerse en sus manos hasta que todos los demás estuvieron atendidos. Pasó todo el día velando a su amigo, en un rincón de la sala. Elenna sabía que así de paso evitaba a Elatan. Las cosas se habían vuelto muy tensas entre ellos; aunque ignoraba el motivo, suponía que Mardil tenía algo que ver en ello. Había pasado ya dos años desde aquel Solsticio en Forlond, y aún así, había heridas que el tiempo no conseguía cicatrizar.
-¿Mejor?-sostuvo con cansancio una venda empapada en athelas contra el hombro de su doncella. Ya era el último; el sol se ponía en la playa, tiñendo la Sala de tonos rojizos y anaranjados.
-Gracias.-Isilmë sujetó la venda con otra limpia, anudándola hábilmente en torno a su hombro. Mientras Elenna se afanaba en recoger los cuencos y las vendas limpias sobrantes, Isilmë fue hacia el fuego. Regresó trayendo un cuenco de sopa humeante.
-No tengo hambre, Isilmë.-depositó lo poco que le quedaba de athelas en un tarro y se apartó de la doncella. Pensar en heridas sin cicatrizar le hacía recordar que ella misma había pasado dos años sin pisar Lindon, y pasaría doscientos más si era necesario.
-No has comido nada en todo el día.-le dijo Isilmë en tono de reproche-Vamos.
-De acuerdo.-sin ganas de inventarse una excusa para escapar, Elenna se dejó caer sobre uno de los bancos de madera. En vez de tomarse la sopa, empezó a revolverla en el cuenco sin mucho interés-¿Cómo está Faelon?
-Mejor. Le he llevado la cena hace un rato, y acaba de quedarse dormido otra vez.
-Bien. Cuando despierte le traeré más athelas para el dolor de cabeza.
-Estupendo.-en parte por cansancio, en parte por acompañarla, Isilmë se puso también a cenar, sujetando torpemente la cuchara con la mano izquierda. Al cabo de una serie de infructuosos intentos de no derramar la sopa, desistió y dejó la cuchara. Se volvió a Elenna con aire despreocupado.
-¿Sabes? He tenido un sueño bastante extraño.
-¿Qué sueño?-Elenna dio un respingo. Había estado tan ocupada en atender a los heridos que hasta entonces no había podido dedicarle un solo pensamiento a su pesadilla.
-Estaba soñando con Númenor.-explicó la doncella, revolviendo su sopa, pensativa-Me ha ocurrido a menudo desde que estamos aquí, pero últimamente con más frecuencia… yo estaba en Andúnië, y de pronto… un rugido, el sol se oscurecía, y…-bajó los ojos y tragó saliva-una…
-Una ola.-concluyó Elenna en voz baja.-¿Verdad? Una ola que lo arrasaba todo…
-¿Tú también has tenido ese sueño?
-Sí.-entonces una lucecita se encendió en su cabeza. Cómo podía haberlo olvidado. Se levantó.
-¿A dónde vas?
-Tengo que comprobar algo.
Echó a correr hacia su casa, seguida de Isilmë. Una vez dentro, sacó uno de los cajones de la mesa de su despachó y volcó su contenido. Un montón de apretados rollos de pergamino rodaron por el suelo. Isilmë tomó uno y lo desenrolló.
-Son cartas…-empezó a leer una y alzó la vista-Oh… ¿Aún te escribe?
-Una vez al mes.-Elenna desenrolló frenéticamente todos los que tenía a su alcance. Recordaba algo que había leído sobre Númenor y una ola… lo había leído varias veces, de hecho…-Glorfindel me las trae.-desenrolló otra, le echó un vistazo y la arrojó a un rincón, frustrada.-Busca… la de mayo del año pasado.
-Bien.-Isilmë leyó otra por encima y lanzó un silbido bajo-Te lo tenías muy bien callado.
-No creo que mi correspondencia privada sea asunto vuestro, y aún así-Elenna se sentó en el suelo y la miró-cualquier cosa que os concerniera os la he comunicado. Y no te he oído una sola queja cuando se trataba de visitar Forlond.
-Disculpa. No pretendía dudar de ti.-Isilmë reanudó su tarea-Hay bastantes referencias al "sueño", y a "algo que va a ocurrir", pero no parece saber muy bien qué es.
-No. Ésas son las más viejas. Busca la que te digo.-Elenna negó con la cabeza.
-Creo… que la tengo.-Isilmë alzó uno de los pocos que quedaban enrollados. Lo leyó por encima-Sí. Es ésta…-se interrumpió y siguió leyendo-no… no puede ser… parece... increíble…
-Lo sé.-Elenna se puso en pie, con los brazos cargados de pergaminos.
-¿Qué significa eso?
-Significa-Elenna depositó las cartas sobre la mesa y procedió a enrollarlas otra vez, con el rostro impasible, pero empleando más fuerza de la necesaria-que o va a ocurrir muy pronto… o ha ocurrido ya.
-¿Quieres decir…-Isilmë se puso pálida-que… Númenor… desaparecerá bajo las aguas?
-O lo habrá hecho ya.-respondió Elenna, sombría-¿No has sentido el temblor?
-Sí, pero creía que estaba soñando…-a la doncella le temblaba el labio-¿Y nuestras familias?
-No lo sé.-sólo en ese momento comenzó Elenna a parecer realmente afectada-Sólo espero… espero que hayan podido huir antes de…-no pudo continuar. El mero pensamiento de que toda su gente se encontrara ahora en las profundidades del Belegaer era tan terrible que no podía ponerlo en palabras.
-Tendremos que decirles algo a los demás.-dijo Isilmë, secándose los ojos.
-Sí, pero no hoy.-decidió Elenna, devolviendo las cartas al cajón-Bastante miedo han pasado por un día. Y antes de nada quisiera consultar con Gil-galad, sólo para estar segura.
-Me parece una buena idea.-Isilmë asintió, y las dos regresaron con los demás.
Aún habiendo ganado medio día, una vez que los heridos empezaron a recuperarse, e idearon soluciones pasajeras para los daños en sus viviendas, Elenna tuvo que empezar a pensar qué iba a contarles a los suyos. No haría falta explicarles nada de Sauron; todos habían vivido en Rómenna y habían visto a los Hombres del Rey perder poco a poco la cordura. Tenía que hablarles de los posibles acontecimientos en Númenor, incluso informarlos de que la isla tal vez había desaparecido para siempre. Un presentimiento que había poblado sus peores pesadillas desde que arribaron a las costas de la Tierra Media.
-Yo creo que lo mejor es que nos quedemos aquí, a esperar a ver qué ocurre.-afirmó Elatan. Estaba de pie, apoyado contra el marco de la puerta del despacho de Elenna, con los brazos cruzados y mirándolas desafiante.
-Pero no sabemos qué ocurre.-replicó Isilmë desde el alfeizar de la ventana, donde estaba sentada-Y no podremos averiguarlo aquí.
-Si nos concierne, lo sabremos.-espetó Elatan-Si es el señor Amandil que viene a buscarnos, sin duda nos encontrará. Y si es Pharazôn…-apoyó una mano en el pomo de su espada-le enseñaremos de qué estamos hechos.
Elenna se echó atrás en la silla, y se masajeó las sienes con los dedos. La misma discusión se había alargado durante tres horas, mayormente entre su doncella y el capitán de su guardia. Parecía que no sólo no habían resuelto sus diferencias, sino que habían pensado ponerle las cosas difíciles a ella también. En una silla al otro lado de su escritorio, Adanel se miró las uñas con aire aburrido. En otra idéntica, a su lado, Erendis suspiró.
-Yo me niego a quedarme aquí sentada esperarme a que vengan a por mí.-declaró-Antes me embarco, y los que quieran que me acompañen, a ver qué sucede.
-No es una buena idea, Erendis, ya lo hemos hablado.-Elenna arrugó con los dedos el borde de un pergamino en blanco. Llevaba así desde el comienzo de la reunión-Pero coincido en que no podemos quedarnos sin hacer nada. Al menos deberíamos intentar obtener noticias.
-¿A dónde pretendes ir a buscar noticias? ¿A Lindon?-Elatan bufó-Si Pharazôn nos ha descubierto, o ha conseguido salvarse, será el primer sitio al que acuda. Nuestros reyes vinieron mucho antes de sucumbir a la locura, y los Fieles hemos seguido viniendo ¿no? Se figurará que es el primer sitio al que acudiríamos buscando ayuda.
-Gil-galad nunca permitirá que nos haga daño.-dijo Isilmë con convicción, echándole una mirada significativa a Elenna.
-¿Y si Pharazôn trae a todo su ejército? ¿Crees que lo tendrá fácil?-Elatan le echó una mirada asesina a la doncella-¿Y qué haremos nosotros allí sino molestar? Además-continuó, poniendo las dos manos en torno a la empuñadura de su espada-no creo que un Elfo, por muy rey y amigo de los Hombres que sea, esté dispuesto a sacrificar a sus tropas por nosotros. No somos más que un puñado de niños, quedémonos donde estamos seguros, donde nos dijeron.
-Ya no somos tan niños.-replicó Erendis-Los más pequeños ahora tienen siete años, y todos son capaces de disparar un arco, y acertar. El príncipe Thranduil hizo un gran trabajo.
-Sí que lo hizo.-concedió Elenna con una sonrisa.
-Eso no servirá de nada.-intercedió Isilmë-Si viene con todo su ejército, como dices, nos aplastará como a un puñado de hormigas. No, debemos ir a Forlond.
Elenna vio cómo la mandíbula de Elatan se tensaba. Mardil y unos cuantos más habían vuelto a Forlond a reanudar su aprendizaje hacía un año, y siendo la causa de la disputa entre él y la doncella, la sola mención del joven herrero lo ponía de los nervios.
-¿Esperas que Mardil te pueda defender?-dijo, curvando los labios en una mueca de desdén-Ese chico sabe hacer espadas, sin duda, pero de manejarlas no tiene ni idea.
-Al menos no es un cobarde.-Isilmë se puso en pie, con los puños crispados de furia. La muchacha era de naturaleza amable y calmada, y aún así, Elatan parecía poseer la habilidad para sacarla de sus casillas a menudo-Si ha soñado con lo mismo que nosotros, intentará averiguar a qué se debe, estoy segura.
-Claro. Tú lo conoces muy bien.-espetó Elatan, Isilmë dio dos pasos hacia él, con los puños alzados, desafiante.
-Idiota.-farfulló-Al menos él no dice amarme, y me insulta en cuanto me doy la vuelta.
-Que tú sepas.-replicó él con una sonrisita burlona-Pero sí que ha contado ciertos detalles sobre el color de tu cabello… y no sólo el de tu cabeza.
Isilmë, con el rostro rojo de ira, fue a abalanzarse sobre él, cuando Elenna se levantó y dio un golpe en la mesa.
-Basta.-aunque no levantó la voz, emanaba tal autoridad que los dos se detuvieron-Vosotros dos, fuera de aquí. Ahora mismo.
Isilmë bajó los puños y murmuró una disculpa antes de salir por la puerta, avergonzada y al borde de las lágrimas. Elatan la siguió, cabizbajo.
-Ya que estamos, podríamos decidir qué hacemos con ellos.-sugirió Adanel. No había hablado apenas en las dos horas que llevaban allí metidos.
-Ojalá supiera por dónde empezar, Adanel.-Elenna suspiró-Bueno, ¿qué opináis vosotras sobre el próximo paso a dar? ¿Debería contarles lo del sueño?
-No será necesario.-dijo Erendis con gravedad-Todos hemos soñado con lo mismo, varias veces en el último mes. Y sé que han estado… atando cabos, por así decirlo. No creo que haga falta que expongas tus conjeturas, serán parecidas.
-No.-Elenna meneó la cabeza, con cansancio-Pero tampoco me gusta la idea de quedarme aquí sentada, esperando, hasta que tengamos una noticia que pueda darles.-ajena a la conversación, Adanel se levantó y fue hacia la ventana-Si tuviera alguna forma de comunicarme con mi padre… ojalá hubiese hecho caso a mi abuelo y cogido una de las palantíri.
-Pues no sé qué otra opción tenemos.-Erendis se acomodó en la silla.
-Yo sí.-Adanel se volvió hacia ellas, sonriendo-Tenemos visita.
Apenas hubo pronunciado esa frase, se escuchó cómo alguien llamaba a la puerta de la casita. Adanel salió y se dirigió escaleras abajo a abrir la puerta. Erendis y Elenna se miraron, confundidas, hasta que escucharon la voz familiar de Calion. La sanadora invitó al muchacho a subir, pero cuando cruzaron el umbral, no iban solos. Una figura alta y encapuchada los seguía. Se detuvo en la puerta, y se descubrió el rostro.
-¡Glorfindel!-exclamó Elenna, llevándose una mano al pecho-¡Me has asustado!
-Mae govannen, Elenna.-sonrió Glorfindel. Realizó una inclinación, y las hebras doradas de su cabello brillaron como oro batido.
-Es un encuentro feliz, sin duda.-Elenna se levantó para abrazar al noldo-Pero sospecho que el motivo de tu visita a esta hora no es agradable.
-Traigo un mensaje urgente de mi rey.-explicó Glorfindel-En vista de los recientes acontecimientos, solicita que me acompañes hasta Forlond. Desea hacerte una consulta que no cree prudente escribir en una carta.
-Comprendo.-Elenna asintió-Te acompañaré, por supuesto.
No necesitó mucho tiempo para recoger sus cosas, mientras Glorfindel aguardaba pacientemente en su despacho. Muy a su pesar, hizo regresar a Isilmë y a Elatan para poner en orden la colonia antes de marcharse.
-Sólo puedo llevarme a tres conmigo.-explicó, abrochándose la capa gris-Y he decidido que los dos me acompañéis.-Isilmë se puso pálida, y Elatan hizo una mueca-No puedo prescindir de ninguno de los dos a estas alturas. No sé qué os pasa últimamente, pero será mejor que aprendáis a comportaros ¿entendido?-alzó la vista y vio que Glorfindel la observaba con una sonrisita.-Recoged lo que os parezca indispensable, y os quiero de vuelta en media hora.
-¿Quién más?-inquirió Glorfindel en cuanto los dos hubieron salido. Elenna no necesitó meditarlo.
-Calion, el hermano de Erendis. Por si tenemos que navegar de vuelta a toda prisa.
-Galdor se alegrará de verlo.-dijo Glorfindel sonriendo. La ayudó a cerrar las ventanas y las puertas, y en cuanto estuvieron listos se reunieron con los otros tres en la puerta de su casa. Erendis y Adanel acudieron a despedirlos.
-Estás al mando hasta que regrese.-le dijo Elenna a Erendis-Adanel se queda contigo para cuidar de los heridos, y en mi ausencia, Faelon se encargará de organizar las guardias. En cuanto se reponga un poco.
-¿Faelon?-inquirió Elatan, abandonando su fachada de indiferencia.-Pero si no tiene otra cosa que canciones en la cabeza…
-Tiene bastante más que eso, te lo puedo asegurar.-replicó Elenna, echándose la bolsa a la espalda-Y la espada no se le da mal.-el chico se encogió de hombros y no dijo nada.
-Tened cuidado.-suplicó Erendis, aún aferrando el brazo de su hermano.
-Lo tendremos. Que Ilúvatar vele por vosotros.-Elenna se despidió con un movimiento de la cabeza y echó a andar hacia la parte alta de la pequeña ciudad, flanqueada por Glorfindel y Elatan. Les esperaban horas de marcha en la más absoluta oscuridad de las entrañas de las montañas, y luego tres días de cabalgata hasta Forlond, con un destino incierto pesando sobre sus cabezas.
En Forlond, a donde se encaminaba la pequeña comitiva, el destino de los Hombres también turbaba los sueños de Gil-galad. Y ya no sólo durante las noches; incluso sus días se habían llenado de oscuros presagios, que desde la noche del terremoto se habían transformado en angustiosas visiones, demasiado breves para saber con certeza si eran ciertas.
La mañana del cuarto día desde que la tierra tembló bajo sus pies, como no lo había hecho desde la Guerra de la Cólera, Gil-galad trataba de buscar algo de sosiego en su despacho. Afortunadamente, sus construcciones, moldeadas en muchos siglos por sus habitantes, eran muy sólidas, y habían resistido el terremoto sin más consecuencias que algunos adornos rotos. El puerto había sido otra historia; los barcos más pequeños y cercanos a la ciudad habían terminado en el paseo, arrastrados por la furia de las aguas. Por suerte, Círdan le había dado valiosos consejos sobre cómo actuar en esas ocasiones, y podía decirse que tenía la situación bajo control. Los pueblos de pescadores todo a lo largo de la costa de Lindon ya estaban recibiendo ayuda para reconstruir sus casas; no había habido bajas pues sus élficos habitantes habían sentido el temblor desde el principio, y sabiamente habían tomado refugio en los bosques, huyendo del mar.
Y sin embargo, no era el destino de su pueblo lo que lo tenía tan inquieto. Sus elfos sobrevivirían, como siempre, a la furia del mar. Pero sabía que no era el mar el que se había agitado, y por experiencia propia, sospechaba que un poder muy superior había entrado en el juego, esta vez no para someter a un poder rebelde, sino para doblegar el orgullo y la codicia de los Hombres. Galadriel lo había sabido en su última visita, y él lo sabía también, desde que comenzó a tener aquellos sueños con la ola gigante. Se fueron haciendo más insistentes y vívidos, y ahora, incluso a plena luz del día, si cerraba los ojos sólo veía muerte y destrucción por todas partes. Si sus sospechas eran correctas, y todo parecía indicar que así lo eran, Númenor se había perdido para siempre.
Sin muchas ganas de ponerse a trabajar, se sentó en el suelo frente al ventanal que daba a la ciudad. El dolor de cabeza era insistente, pero no se atrevía a utilizar el poder del anillo para liberar el suyo propio y poder captar todo lo que debía ver. Si Sauron estaba en Númenor, él seguro que no había muerto, pues un maia no puede morir. Y si se había apoderado de alguna de las piedras videntes… utilizar a Vilya para ver en esa dirección probablemente sería caer en sus redes.
Se concentró en cerrar su mente para alejar las visiones de ella. Trató de imaginar cómo sería Númenor sin aquel reguero de cuerpos ensangrentados, y se encontró mirando una ciudad de muros blancos, atrapada entre angostos acantilados y el mar azul. Los prados verdes a su alrededor se teñían de oro por las miles de diminutas elanor que crecían entre la hierba. Y supo que aquella ciudad era Andúnië, la tierra de Elenna.
El breve pensamiento hizo que su mente se centrara, como atraída por una fuerza desconocida, en los recuerdos que tenía de la joven dúnadan, y de sus sentimientos hacia ella. Aún no sabía qué iba a decirle. En sus cartas le había relatado sueños oscuros relacionados con su isla, señal clara de la conexión que los Dúnedain tenían con su tierra. De manera que tendría alguna idea de cómo habían resultado las cosas. Pero Gil-galad quería consultar con ella sobre la necesidad de enviar emisarios a averiguar exactamente qué había sucedido en Númenor.
Sin embargo, empezaba a dudar de si había sido buena idea enviar a Glorfindel a buscarla, en vez de presentarse él mismo, como había planeado en un principio. Ciertamente, Elenna había contestado a todas sus cartas en un tono amable y cordial, pero había mantenido una actitud cada vez más distante, como si estuviera construyendo un muro entre ellos para marcar los límites. Si ella necesitaba tiempo para asimilarlo, lo respetaría, pero no entendía su actitud. Que Elenna lo amaba había sido evidente casi desde el principio, y ahora que él le había confirmado sus sentimientos… bueno, no sabía qué esperar exactamente de una humana, pero sin duda indiferencia no.
Y no mejoraba para nada el asunto el hecho de que Arien pareciese haberlo perdonado por no amarla. Si durante la primera visita de Elenna a Forlond los había evitado a ambos, ahora no hacía más que tropezarse con ella por casualidad en los rincones más insospechados. Se sentía feliz de poder reanudar la larga amistad que los había unido durante toda aquella Edad, pero no conseguía comprender a qué se debía ese cambio. Arien ocultaba celosamente sus pensamientos en ese aspecto.
De modo que se alegró cuando, por un extremo de la ventana, divisó a Glorfindel encabezar la comitiva hacia las puertas del palacio. Se aseguró de dejar la puerta de su despacho bien cerrada antes de bajar a recibir a sus invitados.
Elenna lo saludó con gélida cortesía, y realizó una correcta reverencia, pero no permitió siquiera que le tomase la mano. La preocupación instalada en sus ojos grises dejaba bien claro que sospechaba lo mismo que él en relación a los últimos acontecimientos concernientes a su patria.
Sin tiempo siquiera para cambiarse, ofreció a los agotados viajeros un ligero refrigerio mientras les relataba las conclusiones a las que había llegado. Coincidían bastante con las conjeturas de Elenna, y los cuatro mortales se lanzaron miradas de tristeza y dolor, ante la perspectiva de no poder regresar a su hogar jamás.
-Lo que no puedo decir-dijo Gil-galad, ofreciéndose galantemente a rellenarle la copa a Elenna-es cuál habrá sido el destino de vuestro pueblo. Probablemente Pharazôn se tenga bien merecido caer junto con la tierra que ha mancillado y echado a perder, pero espero que Ilúvatar haya sido misericordioso con Los Fieles.
-Rezo para que así sea.-respondió Elenna, el rostro una máscara impenetrable de de engañosa calma-No espero que los Valar comprendan el corazón de los Hombres, pero si como habéis dicho, Él ha intervenido… tal vez pueda ver que aún queda algo de bondad en nosotros. Y que nos mantuvimos fieles, a pesar de la adversidad.
-Sería muy injusto que nos castigaran después de todo lo que hemos sufrido.-intervino Isilmë con voz queda-Eru sabe que los elendili hemos hecho todo cuanto estaba en nuestras manos para detener la locura de nuestro rey.
-Él tal vez lo sepa-terció Elatan, de pie detrás de Elenna-pero dudo de que los Poderes entiendan siquiera qué estaba sucediendo en Númenor. Somos insignificantes a sus ojos.
-No es cierto-le corrigió Gil-galad amablemente-también sois Hijos de Ilúvatar, y a pesar de que no pueden ver vuestro destino, te aseguro que no les sois indiferentes.
-Ya, por eso nos han prestado tanta ayuda ¿no?-replicó Elenna, mordaz.-Ésta es nuestra batalla, y tendremos que librarla solos. Sólo espero-dijo, poniéndose en pie-que al menos nuestras familias hayan podido escapar. Con vuestro permiso, meletyalda-hizo una reverencia un tanto burlona-el viaje ha sido largo, y estamos agotados. Nos gustaría retirarnos ahora.
-Muy bien.-Gil-galad se levantó también y observó con un suspiro cómo los cuatro dúnedain abandonaban la sala.
Las deliberaciones duraron una semana entera, en la que Elenna y sus acompañantes se alojaron en el palacio y asistieron a todas las reuniones del Consejo. Sin embargo, se las arregló para evitar quedarse a solas con Gil-galad, con la excusa de no dejar solos a Isilmë y Elatan. Él no podía negárselo, pues cada vez que los dos jóvenes estaban en la misma habitación parecía que fuese a estallar una tormenta.
Ocho días más tarde, sin haber tenido aún noticias de Númenor, y sin haber sacado en claro nada más que el enviar emisarios a explorar era una mala idea, Gil-galad se encontró presenciando la enésima parte de la pelea entre Isilmë y Elatan. Ella acababa de regresar de visitar a Mardil en su taller, provocando el inevitable acceso de celos en él. Gil-galad no entendía cómo Isilmë no veía lo que el joven capitán sentía por ella, ni lo que ella sentía por él. Aunque tal vez fuera una característica común a todos los humanos, pues Elenna seguía sin querer hablar con él de lo que ocurrió en aquel primer Solsticio en Lindon.
-¡Mardil es mi amigo-gritaba Isilmë, roja de ira-y si eso no te gusta, ya sabes dónde está la puerta!
-Tú tienes un concepto muy raro de lo que son los amigos.-replicó Elatan en tono despectivo.
-¿Y qué si tengo un amigo con derecho a roce?-la doncella parecía fuera de sí. Aunque desde aquel Solsticio su relación con Mardil era intermitente, Isilmë argumentaba que Elatan era el responsable; de no haber sido por sus estúpidos ataques de celos ella no buscaría la compañía del joven herrero.
-¡Estoy harta!-saltó Elenna. Se levantó del diván donde había estado sentada, leyendo el relato sobre la Guerra de la Cólera que Elrond había redactado hacía siglos.-Harta de oíros discutir todo el día. Si no sois capaces de resolver vuestras diferencias de una vez, pues dejad de hablaros. Pero basta ya. Me dais dolor de cabeza.
-Lo… lo siento.-Isilmë se ruborizó intensamente.-No… no pretendía…-agachó la cabeza e hizo una reverencia en dirección a Gil-galad-Lamento haberos causado alguna incomodidad, majestad.
-No pasa nada.-Gil-galad hizo un gesto con las manos desde su butaca-Podéis retiraros y serenaros un poco.
-Como digáis.-murmuró Elatan, y entró en el palacio arrastrando los pies. Los dos parecían más abatidos que nunca. Suponía que la falta de noticias de Númenor no hacía más que empeorar su estado de ánimo.
-Vaya-murmuró Gil-galad, volviendo a acomodarse en la butaca-parece que se odian de verdad. Cualquiera diría que en realidad se aman.
-Lo sé.-Elenna pasó una página del libro que estaba leyendo-Me están volviendo loca. Ya no sé qué hacer con ellos.
-Lo que no entiendo-dijo Gil-galad tras una pausa un tanto incómoda-es por qué Isilmë decidió entregarse a alguien a quien no amaba. Sé que vuestra cultura es algo diferente… ¿pero es que el amor no significa nada para vosotros?
Elenna meditó su respuesta un instante. La separación entre amor, matrimonio y sexo era algo mucho más antiguo que Númenor. Se remontaba, según los pocos relatos que había, a la época en la que los Padres de los Hombres caminaban bajo la sombra de Morgoth. Contando ya con una vida con fecha de caducidad, y rodeados de peligros por todos lados, sus ancestros entregaban su cuerpo a quien deseaban y cuando deseaban, pues no se sabía si sería la última vez. El matrimonio, cuando se instauró, lo tomaron pues como una manera de forjar alianzas entre familias, más que la unión indisoluble y eterna que era para los Elfos. No sabía cómo explicárselo. Suspiró y cerró el libro.
-Nos enamoramos, como cualquier ser capaz de amar.-comenzó, pensativa-Pero para nosotros el amor y el deseo no discurren siempre por el mismo camino. Unir los cuerpos-tragó saliva, esa idea le traía pensamientos que había querido apartar durante aquellos años-no significa unir las almas, no necesariamente. Y cuando se cuenta con una vida que tarde o temprano terminará…
-No tenéis un instante que perder.-completó Gil-galad, asintiendo lentamente.
-Por supuesto, todo el mundo sueña con esa persona que los complete,-continuó Elenna, y se dio cuenta de que se ruborizaba-con quien llevar a cabo las tres cosas sin arrepentirse ni un solo segundo de ello.
-Entiendo.-teniendo a Elenna ocupada en explicarle las costumbres de su pueblo, Gil-galad aprovechó para sentarse junto a ella en el diván. Fue un alivio ver que aquella vez no lo evitó, ni siquiera se movió del sitio.
-En cuanto al matrimonio-continuó ella aparentando serenidad-, sobre todo entre la nobleza, es una manera de aunar intereses entre las familias poderosas. Los que se casan por amor son minoría, mis padres entre ellos.
-Ya.-eso sí lo había oído, en su juventud, cuando aún no llevaba sobre sus hombros la carga de regir el destino de todos los Noldor, y actuaba como emisario de Círdan ante las tribus de Hombres que poblaban la costa de Beleriand. Se arrellanó en su lado del diván, esperando a que Elenna retomase su explicación, ahora que alcanzaba el punto más interesante-¿Entonces, cuál es el problema entre Isilmë y Elatan? Se quieren, y es evidente que también se desean.
-Son muy jóvenes.-Elenna suspiró, como recordando algo-El problema es que a nosotros nos llega el despertar del deseo mucho antes de la edad que se considera apropiada para casarse.-se puso aún más colorada-Todos hemos hecho alguna vez lo mismo que Isilmë, hasta contar con un pretendiente serio, al menos.
-¿De verdad?-Gil-galad la miró, incrédulo y algo desorientado. ¿Por qué iba a alguien a querer entregarse a una persona a quien no amaba?
-Bueno…-Elenna tragó saliva. No sabía cómo explicar algo que para ella era tan habitual-En nuestra tierra, las relaciones prematrimoniales, aunque no oficialmente aceptadas, son generalmente toleradas. Ilúvatar nos dio la vida para que pudiésemos disfrutarla, y ya que nuestras vidas son cortas… tratamos de aprovecharlas al máximo.
-¿Y qué pasa con los hijos que puedan nacer fuera del matrimonio?-inquirió Gil-galad, cada vez más desorientado. No sabía nada de ese aspecto; creía que los Edain habían adoptado las costumbres de los Eldar, más refinadas que las suyas, cuando las dos razas comenzaron a convivir. Pero siendo dos pueblos tan diferentes, ciertos asuntos debían ajustarse a su manera de ver las cosas.
-No suele haberlos.-explicó Elenna con una ligera sonrisa-Y si los hay, la madre suele criarlos, aunque el padre tiene la obligación de proporcionarles los medios para subsistir.
-¿Y cómo es eso posible?-Gil-galad alzó las cejas. En su raza ni siquiera se contemplaba la posibilidad de poder evitar la concepción, pues cuando ocurría generalmente era deseada por ambos padres.
-Hay varias maneras.-replicó Elenna con una risita-Existen ciertas… hierbas, y también otros métodos menos… sofisticados.
-Parece que eres toda una experta.-bromeó él, sonriendo, aliviado por tener de vuelta a la joven alegre y despreocupada que conocía. Entendía que si para ellos era posible mantener relaciones sin amor, habrían encontrado alguna forma de evitar las consecuencias indeseadas.
-Bueno…-Elenna retomó el libro y trató de ocultar su rubor detrás de él-ya sabes, en nuestras fiestas hay mucho alcohol y bueno… cuando eres joven no piensas demasiado en lo que haces.
-Oh. Ya veo.-asintió él. La dejó un rato volver a enfrascarse en la lectura, con las mejillas ligeramente coloradas, mientras meditaba sobre lo que ella había dicho. Nunca, hasta ese momento, había sido tan consciente de que la vida de Elenna tenía una fecha de finalización. Y por ello podía comprender su afán, y el de toda su raza, de disfrutar al máximo los buenos momentos, pues tal y como había quedado demostrado por el terremoto, nunca duraban mucho.
Por otro lado, tampoco estaba tan mal esa teoría que tenían sobre la diferencia entre amor y deseo. A pesar de que entre los Elfos era más común buscar alguien afín espiritualmente, no se podía negar que nunca hubieran sentido la necesidad de sentir otro cuerpo, de entregarse a los placeres de la carne. Como líder de un pueblo en el exilio, sabía lo que había supuesto para su gente estar lejos de la vigilancia y la estricta moralidad de los Valar. Conocía más de un caso en los que había habido unión sin amor, o sin matrimonio. Incluso en su propia familia.
De manera que decidió que si quería ganarse a Elenna completamente, tendría que empezar a familiarizarse con sus costumbres. Ya era inútil negar que la deseaba, como ella no podía ocultar la necesidad que tenía de tocarlo cuando lo tenía cerca. Resultaba obvio, por la manera en la que retrocedía ante su avance, temerosa de hacer algún movimiento que delatara sus sentimientos. Tenía que pillarla por sorpresa. Como al descuido, apoyó el brazo sobre el respaldo del diván, por encima de los hombros de ella.
-¿Sucede algo?-Elenna levantó la vista del libro, con aire inocente, pero no pudo engañarlo. Sintió su nerviosismo, su lucha interna.
-No, nada.-sonriendo, Gil-galad acortó un poco la distancia entre ellos. Los hombros de la joven se tensaron visiblemente. Hacía un rato que había dejado de leer, pues miraba la página fijamente, como queriendo abrir un agujero a través del pergamino. Aprovechando su concentración, Gil-galad alzó una mano y acarició el cabello de Elenna suavemente, pensativo, sopesando cuál debería ser su siguiente paso, cuando escuchó unos pasos apresurados en la galería. Se volvió.
-Meletyalda.-Vorondil hizo una rígida reverencia.
-¿Qué sucede, Vorondil?-el rey se puso en pie y alisó disimuladamente su túnica.
-Acaba de llegar uno de los centinelas del Faro.-explicó el capitán. Al ver la cabeza de Elenna, curiosa, asomar por el respaldo del diván, frunció los labios-Han avistado barcos de Númenor. Al parecer, vienen hacia aquí.
-¿De Númenor?-Gil-galad enarcó una ceja. Las terribles imágenes que veía en sus presagios no dejaban adivinar que alguien hubiera podido sobrevivir a aquella destrucción.
-Cuatro barcos.-siguió Vorondil, visiblemente tenso-No se han atrevido a detenerlos, pues como sabéis no cuentan con fuerzas suficientes.
-Es cierto.-asintió el rey-Entonces tendremos que esperar a que se acerquen a la costa. ¿Cuánto hace que los vieron por primera vez?
-Cinco días.
-Ya deben de estar cerca. Enviad un mensaje a Círdan.-el capitán asintió, como dando a entender que ya había previsto aquello. Gil-galad sonrió ligeramente, mientras calculaba cómo y dónde situar sus defensas-Quiero a la guardia de la ciudad en todas las vías de acceso al puerto. Que procuren no llevar las armas muy visibles. Y arqueros en la primera línea de casas. Si quieren parlamentar, los recibiremos, pero si no…-dejó la frase en el aire, pero Vorondil lo entendió a la perfección. No en vano había liderado la infantería y la guardia de Forlond durante los últimos dos milenios.
-¿Y qué haremos nosotros?-Elenna se había puesto pálida. Probablemente, al igual que él, pensaba que si alguien había sobrevivido, no sería su padre. Ar-Pharazôn contaba con una flota mucho mejor, en su condición de rey.
-Esperar.
Aquí tenéis la caída de Númenor desde el otro lado del mar, según mi propia version :P. Espero que hayáis disfrutado leyendo, pues la primera parte llevaba escrita hace mucho tiempo. El final sea tal vez un poco brusco, pero me da pie a traer a personajes que el público lleva tiempo pidiendo, y a quienes personalmente tengo muchas ganas de darles voz.
También tenéis una pequeña explicación de mi teoría sobre las costumbres de los Dúnedain. Sí, son la raza más noble de entre los Hombres, pero no dejan de ser humanos por eso. Y si habéis leído el Silmarillion, veréis que sus ancestros son en cierta manera algo más rústicos que los Elfos, y había muy pocos lugares donde convivieran todos mezclados. Así que seguramente algo aprenderían, pero perdurarían muchas de sus propias costumbres, como los festivales númenóreanos que no se coinciden totalmente con los élficos, o el culto sólo a Ilúvatar y no a los Valar.
Ya os he aburrido bastante, ¿no? si alguien quiere dar su opinión en el tema, estaré encantada de escucharos :D
Un saludo
