Capitulo 9: El profesor
Al poco de esperar vi que la puerta que había frente a nosotras se abría lentamente, y por ella emergía un joven de cabellos cobrizos y ojos dorados, lo conocía perfectamente, había cumplido su promesa, siempre estaría a mi lado, cuando lo vi quedarse atrás solo había sido por momentos, porque aquí se encontraba, a mi lado, ¿sería él mi profesor? Me hizo una señal con la mano que interpreté como un secreto, nadie debía saber que yo lo conocía.
-Buenos días-dijo Edward.
-Buenos días profesor Cullen, al fin ha llegado, estas son La señorita Ángela Weber- señaló con un gesto de su mano a Ángela- e Isabella Swan- hizo un pequeño gesto con la mano hacia mí la señorita Rottenmeier.
-Yo soy Edward Cullen, pero para ustedes Profesor Cullen, y debido a que hoy será mi primera clase con ustedes haremos una pequeña prueba para así conocer su nivel y poder ajustar mis clases a él.
-Buenos días profesor Cullen- dijimos Ángela y yo al unísono, lo que produjo que a Edward se le escapara una risita.
Entonces Edward nos tendió unas hojas tanto a mí como a Ángela.
-Por favor escriban su nombre y una pequeña redacción sobre cuáles son las cosas que saber realizar en los ámbitos de redacción, calculo y lenguas del mismo modo de cuáles son los acontecimientos de nuestra historia que serian capaces de nombrar y explicar-dijo Edward.
Ángela comenzó a escribir rápidamente todo lo que Edward nos había pedido, pero yo no sabía escribir por lo que me quede cruzada de brazos sin decir nada por temor a que la señorita Rottenmeier me riñera.
-Isabella, ¿Porque no escribe usted nada? ¿Acaso no sabe escribir?- Dijo Edward.
-No, profesor Cullen, yo no sé escribir.
-¿Porque no lo dijo usted cuando les encomendé la tarea?.
-Porque tenía miedo de que la Señorita Rottenmeier me riñera.
-¿Y porque creías que te reñiría?
-Porque la señorita Rottenmeier me dijo que no debía hablar si no se me preguntaba.
-Durante mis clases Isabella deberás por orden mía preguntar cualquier cosa que no entiendas o para la que necesites mi ayuda siempre y cuando no interrumpas cuando hable y levantes la mano con anterioridad para de este modo que yo te de la palabra.
-De acuerdo profesor Cullen- dije levantando la mano.
-¿Que ocurre Isabella?
-No sé escribir- dije con lágrimas en los ojos.
-Isabella no pasa nada que no sepas escribir veras como poco a poco aprenderás.
-Vale!-dije con mucho entusiasmo.
-Por favor mantengas silencio- dijo la señorita Rottenmeier levantando la cabeza de sus labores.
Finalmente Edward comenzó a enseñarme el alfabeto, me hizo escribirlo y empezamos a aprenderlo mientras Ángela continuaba escribiendo hoja tras hoja todo lo que sabía hacer y que yo desconocía.
Al terminar la clase Edward y la señorita Rottenmeier salieron de la sala y mantuvieron una conversación que pude escuchar.
-Señorita Rottenmeier puedo ver la gran diferencia de cultura que hay entre La señorita Ángela e Isabella por lo que recomendaría que usted me permitiera ampliar el horario de clases con Isabella para así lograr mayores avances en un menor tiempo y no descuidar el aprendizaje de la señorita Ángela.
-Me parece adecuada su postura pero de ningún modo accederé a pagarle esas horas que usted por su propia voluntad decidió trabajar.
-Ni mucho menos esa era mi intención, de manera que el próximo día espero que pueda decirme el horario en el que pueda venir para impartir esas clases a Isabella.
¿Iba a pasar tiempo solo con Edward? Eso me hacía muy feliz, después de todo mi estancia en Frankfurt no podía ser tan mala, Ángela era una niña muy buena y simpática pese a no poder andar y además no me trataba con inferioridad por ser un año menor que ella y Edward no me había dejado sola. Esto de vivir en Frankfurt no estaría nada mal.
Oí como se abría la puerta y entro Sebastián que cogió la silla de Ángela y la llevo de nuevo a su habitación y yo les seguí. Cuando Sebastián salió por la puerta dejándonos a Ángela y a mi sola en su habitación comenzamos a hablar.
-Bella, veras como pronto aprendes a escribir- dijo Ángela intentando subirme el ánimo.
-Gracias Ángela, espero que así sea o pueda que me tenga que marchar.
-Tú no te vas a marchar nunca, tu eres mi nueva amiga, mi única amiga- dijo Ángela mientras su respiración comenzaba a acelerarse.
-Tranquila Ángela, nunca me iré, siempre estaré a tu lado, eres mi amiga- dije viendo como con cada palabra la respiración de Ángela se iba normalizando.
-Menos mal que no, no sé qué haría sin ti, pero para que no pase nada creo que será mejor que te enseñe los modales que debes tener aquí para que la señorita Rottenmeier no te castigue ni te riña.
-Vale, así estaremos siempre juntas.
-Siempre.
Ángela y yo pasamos la tarde mientras ella me explicaba cómo debía comportarme en casa situación cuando podía hablar y cuando permanecer callada, como permanecer en la mesa. Todo lo que me explico era muy complicado.
Cuando me di cuenta oí como se abría la puerta y por ella entraba Sebastián para guiarnos de nuevo hasta el comedor, cuando llegamos de nuevo coloco a Ángela en su lugar y de nuevo me senté junto a ella esta vez sabia que debía utilizar los cubiertos de fuera hacia dentro y pudo pasar desapercibida mi torpeza y falta de práctica si no fuera porque fue más de una vez las que se me derramó el agua y la comida salió volando al intentar cogerla con el tenedor. Me doy cuenta ahora de que soy demasiado patosa.
Al terminar de cenar fuimos a lavarnos los dientes y después a dormir, llegue a mi habitación y me puse un camisón que habían dejado sobre una silla, y comenzó la odisea de subir a la cama.
Comencé con la simple idea de que con un pequeño saltito podría llegar pero estaba equivocada y me di con el canto de la cama en la rodilla lo que me dolió mucho, casi me puse a llorar.
Luego intente trepar por la cama lo que no tuvo mucho éxito ya que acabe completamente tumbada pero en el suelo, y fue entonces cuando vi la pequeña escalerita de madera que había bajo la cama la saque y subí peldaño a peldaño hasta que perfectamente pude alcanzar la cama en la que no pude dormir mejor ya que estaba muy blandita y era perfecta para después de mis reiteradas caídas.
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