- André.
- ¿Qué?
- Mírame. – El niño levantó la vista del libro que trataba de memorizar, encontrándose con los ojos azules de Oscar.
- ¿Qué sucede?
- Desde que te conozco he tenido curiosidad.
- ¿De qué?
- Sobre ti, sobre tu pasado. – Se sentó al lado de André. – Llevamos tantos años conociéndonos y aun no sé de dónde saliste tú, mi mejor amigo.
- Yo salí de Valparaíso.
- ¿Enserio?
- Sí, pero mis padres eran de Francia igual que la abuela, cuando llegaron a Chile se separaron, mi papá quería quedarse en el puerto y para entonces, abuela ya había encontrado trabajo con tu familia cuando nació tu hermana mayor. – Cerró el libro. – Vivimos un tiempo en un pueblito al norte de Valparaíso, pero nos mudamos cuando era un niño.
- Aun eres un niño, André.
- Bueno, uno mucho más pequeño. – Suspiro. – Vivíamos en cerca de la plaza, mi padre era carpintero y mi madre pintaba, recuerdo que íbamos a la playa y ella pintaba cuadros del mar, a papá le gustaban mucho y decoraba su taller con ellos.
- Debe haber sido algo especial.
- Papá una vez dijo que me había puesto André por un primo lejano que servía a un comandante.
- Mi padre hizo eso también, me colocó Oscar por un primo francés.
- Él siempre reía y cantaba cuando trabajaba y mi mamá preparaba dulces deliciosos, pero lo que recuerdo más de ellos es su olor.
- ¿Olor?
- Ajá, papá olía a madera de roble y mamá a rosas, papá la llamaba su rosa. – Oscar sonrió, llevando una mano al pelo de su amigo, jugueteando con los mechones.
- Tu pelo está muy largo, como el de Padre.
- El tuyo también esta largo. – Inconscientemente llevó una mano a la cinta con la que amarraba su cabello, encontrándose con la mano de la rubia.
- ¿Tu padre tenía el pelo negro?
- No, su pelo era marrón, el de mamá era negro, largo y brillante. – Agachó la mirada, observando las letras doradas que destacaban en la tapa negra del libro, "Religionae", que el padre Doménico había mandado a estudiar para la clase de teología. – Me gustaba jugar con sus rizos cuando me cargaba.
- Ya veo.
Se quedaron en silencio, simplemente disfrutando de la compañía del otro mientras André tamborileaba con sus dedos una cancioncilla que había escuchado cantar a su abuela cuando cocinaba.
Se sobresaltaron cuando golpearon la puerta de la celda, el niño apresurándose a abrir solo para encontrarse con el rostro sonriente de José.
- ¿Qué es lo que quieres? – Preguntó Oscar, levantándose de su lugar.
- Oh, nada en especial, solo quería presentarles a mi amigo Manuel. – Un niño de cabello castaño y ojos risueños apareció detrás de Carrera, bostezando antes de levantar una mano a modo de saludo.
- Manuel Rodríguez Erdoiza, un gusto.
- Oscar Francisco de Jarjayes y él es mi amigo André Grandier. – Presentó la rubia, detallando el rostro infantil del tal Rodríguez.
- Es de confianza, había estado enfermo y por eso no había venido al colegio, es muy inteligente y…
- ¿No es un soplón?
- Exacto. – José palmoteó la espalda de Manuel, quien solo rio, llevándose una mano al pelo rizado y corto. – Oscar es de quien te contaba, es alguien muy especial.
- Te creo, pero ahora debo adelantar mis deberes, he estado mucho tiempo fuera. – Hizo un además para alejarse, pero se detuvo, girándose para mirar a André y Oscar. – ¿Jarjayes? ¿Grandier?
- Sí. – Contestó la niña, levantando el mentón de forma altiva.
- Justo como los personajes principales del libro que me leyó mi padre, los héroes de la revolución, Oscar de Jarjayes y André Grandier, creo que el autor los conoció.
- ¿Qué libro? ¿Qué autor? – Los ojos verdes de André brillaron con curiosidad, Manuel sonriendo antes de contestar.
- "Historia de la Francia revolucionaria" de un tal Chatelet, deberían leerlo, habla sobre la igualdad de las personas a pesar de su posición económica.
- Suena a cursilería barata. – Manuel negó, dirigiéndole una mirada llena de una sabiduría que Oscar apenas y pudo comprender.
- El amor puede parecer una razón superflua, pero es la más importante para luchar por la libertad, Oscar, puedes vivir sin honor, sin gloria, pero jamás sin amor.
Finalmente se quedaron los tres solos, José entrando en la celda.
- Es un idealista, pero no es mal sujeto, los maestros dicen que su mente es demasiado brillante.
- Es un filósofo. – André se dejó caer en uno de los camastros de la celda, cerrando los ojos.
- Es un idiota. – Oscar se sentó al lado de André.
- Padre dijo que debo regresar al regimiento, así que ya nos veremos tan seguido, Oscar. – Soltó José sin dejar de sonreír.
- Eso suena muy bien, ya no me meterás en tus problemas ni me veré inmersa en tus tontas jugarretas.
- ¡Pero los amigos se perdonan todo!
- André es mi amigo, tú eres un problema.
- Pero tu problema favorito. – Levantó las cejas mientras sonreía, arrogándose en el otro camastro. – Soy como tu fastidioso hermano.
- ¿Cómo te aguantan en tu casa?
- Es porque soy encantador.
- Lo que digas, ahora vete, André y yo debemos empacar para volver a casa.
- Entonces debemos celebrar nuestro último día juntos. – Se levantó de un salto. - ¡Sé donde los curas esconden el vino!
- ¡Sal de aquí, Carrera!
- Padre ¿me mandaste a llamar? – El hombre se apartó de la ventana, mirando a su joven hija, ella leyendo la pena en los rasgos duros de su progenitor.
- Mi querido Oscar, cuando tú naciste te puse el nombre de mi primo francés, aunque lo más correcto sería decir que era mi prima. – Tragó antes de continuar, rodeando su escritorio para tomar a su hija por los hombros. – Quería que siguieras mis pasos como militar y no hallé mejor forma que colocándote el nombre de alguien tan…inigualable como ella, pero…
- ¿Pero?
- Hace unos cuantos años, antes que viniéramos a vivir a Santiago, recibí noticias de ella de parte de su padre, recuerdo ese día, tú enfermaste y recé porque no murieras. – La mirada de su padre pareció lejana, como si volviese a tener a la niñita ardiendo en fiebre entre los brazos. – Esa Oscar había muerto en la toma de la Bastilla como una heroína, sin embargo, me negué a creerlo ¿cómo el ejemplo de mi hijo querido podría haber muerto como un desertor a favor de los revolucionarios? Y hoy todo se hizo real.
- No entiendo lo que quieres decir, padre.
- Una mujer que conoció a Oscar me envió un paquete con pertenencias de mi prima junto con una carta en la que pedía que la disculpase por haber tardado tanto, por culpa de los revolucionarios no pudo enviar antes algunas pertenencias de Oscar y su marido; creyó que un familiar, por más lejano que fuese, tenía que quedarse con eso, solo pudo contactarme a mí, pues las hermanas de ella desaparecieron en su huida de Francia.
- ¿Qué harás con eso, padre?
- Dártelo a ti. – La soltó, regresando al escritorio para tomar el paquete envuelto en tela gruesa. – Puede que sea el sueño visionario de una mujer adelantada a su época, sin embargo, también es un compendio de sus experiencias, buenas y malas, un ejemplo de lo que debes y no debes hacer, eres inteligente, eso lo sé, pero debo asegurarme que sigas tu camino de la forma más recta posible.
- Es lo que haré, padre. – El hombre le tendió la carta y el paquete.
- Recuerda esto Oscar, vive con honor o muere con gloria, no hay medias tintas para un militar ¿entendido?
- Si padre.
- Ahora ve con André, necesito que tú y él sigan practicando, pronto regresaras al regimiento y él tendrá que volver al Convictorio.
- ¿Qué?
- Ambos tienen un destino, hijo mío, y es mi deber conducirlos a él.
