Prompt por Lucia: Regina y Robin pasan su primera noche juntos desde que él regresó a Storybrooke luego de la farsa de Marian/Zelena, a la mañana siguiente no pueden estar más felices de por fin estar juntos de vuelta.
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Al despertar
Regina entró en la habitación, en las manos llevaba un par de mantas limpias, algo de ropa y una almohada. Robin la miró de reojo, mientras convencía a Roland de beber el contenido de un frasquito de cristal.
—No quiero, papi —se quejaba el pequeño, apretando sus delgados labios con una mueca de desagrado.
—Debes tomarla, hijo mío —repetía Robin, quien lucía un poco cansado.
—¿Por qué? No me siento enfermo —replicaba Roland, un poco confundido—. Quiero ver a mamá, ¿dónde está?
Regina se detuvo por inercia, la delgada voz de Roland le rompió el corazón. Robin parecía haberse quedado sin nada qué decir, sabía que ningún argumento era válido para consolar la ausencia de la madre de su hijo. ¿Qué debía decirle al pequeño?, ¿qué mentira sería lo suficientemente válida y, al mismo tiempo, menos dolorosa?
—Oye, cariño, ¿qué tal un poco de chocolate caliente? —preguntó Regina, quien se dio cuenta del agobio de Robin y había aparecido de pronto una taza humeante con malvaviscos encima.
—¡Sí! Eso sí me gusta —sonrió Roland, entusiasmado.
—Pero antes, debes ponerte el pijama —indicó Regina, en ese tono que solía usar con su propio hijo.
Roland asintió. Regina extendió la muda de ropa a Robin, se trataba de una vieja pijama de Henry, para que ayudara al pequeño cambiarse. De esa forma, Robin salió del breve trance en el que se había quedado, animado por el propio entusiasmado de su hijo. Mientras tanto, Regina tomó el frasco con la poción para olvidar y vertió unas gotitas en la taza de chocolate caliente.
—Ya estoy listo, Gina —dijo Roland con sus marcados hoyuelos una vez que su padre le había puesto el pijama.
Regina sonrió, se sentó sobre la cama, al lado de Roland, y extendió la taza al pequeño.
—Muy bien, cariño, ahora bebe un poco de esto y nos iremos a dormir —dijo ella, con voz suave.
Roland dio un trago al chocolate, saboreando la espuma y uno que otro malvavisco. Regina sostenía la taza, mientras acariciaba los rizos del pequeño. En menos de cinco minutos, los grandes ojos marrones de éste comenzaron a cerrarse, hasta que su cabecita se venció sobre la almohada.
Regina lo acobijó entre las sábanas y colocó la almohada extra en uno de los costados de la cama, así no correría peligro de caerse durante la noche. Era un viejo truco que usó con Henry durante mucho tiempo.
Robin miró dormir a su pequeño y no pudo contener algunas lágrimas. Giró el rostro, no quería que Regina lo viera así.
—Lo siento —se disculpó él, enjugándose las lágrimas rápidamente.
Regina bajó la mirada hacia Roland, éste lucía apacible y sereno, como cualquier niño que esperaría sólo dormir y despertar al día siguiente con la voz de su madre; pero las cosas habían cambiado. Roland ya no recordaría nada de Marian y, por lo tanto, no esperaría encontrarse con nadie más.
Mentiría si negase que estuviera enojada. En realidad, Regina estaba furiosa. Desde hacía tiempo que lidiaba con sus propios sentimientos respecto a Zelena, aun cuando la creyó muerta. Sin embargo, haber lastimado a Robin y a Roland era lo más ruin y bajo que, incluso, una bruja como ella pudo hacer.
Por supuesto que Regina sabía bien cuáles habían sido las intenciones de Zelena al hacerse pasar por la mujer de Robin. No era tonta ni ingenua, pero tenía miedo, mucho miedo, de que sus sospechas fuesen ciertas.
Robin sollozaba con la cabeza agachada, encorvado al borde de la cama, al lado de su hijo. Regina extendió su mano y tomó la de él. Con un nudo en la garganta pensó: cualquier cosa que hubiese pasado, él no era culpable.
—Robin… todo va a estar bien —musitó Regina, entrelazando sus dedos con los de él—. Las cosas serán mejores mañana, te lo prometo.
Robin suspiró, ahogando su sollozo y luego alzó la mirada hacia ella.
—No merezco nada de esto —dijo la voz devastada de Robin—. Eres demasiado buena conmigo, con mi hijo, y lo único que yo he hecho ha sido lastimarte… Yo dudé… dudé en irme, no quería cruzar la línea, pero lo hice por ella, por la madre de mi hijo… no me di cuenta… soy un completo idiota.
Regina apretó la mano de Robin y negó con la cabeza.
—Nadie se dio cuenta.
Robin volvió a girar el rostro. Ambos se quedaron callados por unos minutos. La suave y tranquila respiración de Roland era lo único que se escuchaba en la habitación.
Regina comenzaba a sentirse cansada, pasaba de medianoche y el camino desde Nueva York había sido largo; todas esas horas de manejo, con la tensión de su hermana en el automóvil con Emma, y Robin a su lado, callado y distante. Sus ojos comenzaban a vencerse, pero no quería dejar a Robin solo.
—Ven aquí —susurró Regina.
Robin la miró con los ojos llorosos e irritados, parecía que no quería hacerlo, pero finalmente se removió en el suave colchón de la cama, intentando no despertar a Roland. Así, ambos quedaron lado a lado del pequeño, como acunándolo. Robin recostó la cabeza en la almohada. Regina suspiró y finalmente cerró los ojos.
—Regina… yo la besé —dijo de pronto la voz ronca de Robin.
Ella no había querido escuchar eso. Sabía que tarde o temprano tendrían que hablarlo, pero no esa noche. Suficiente tenía con las cosas que habían pasado por su imaginación. Hablar de ellas las volvería reales y dolorosas.
Pero él lo dijo, lo puso delante de ellos. Regina abrió los ojos y lo miró con el ceño fruncido.
—Robin, lo sé —susurró Regina, sabía que Roland no podía escucharlos, pero prefería mantener el tono—. Creíste que era tu esposa.
Robin tenía un gesto de angustia, también de repudio. Sus brillantes ojos azules estaban opacados por un invisible velo de desasosiego.
—En verdad, nunca me di cuenta —repitió él, acosado por el recuerdo.
—Robin, no…
—Regina, no pasó nada más entre nosotros —dijo él, finalmente.
Regina se quedó sin aliento, la confesión la tomó por sorpresa. Su corazón palpitó violentamente, creyó que él iba a revelar lo peor, pero por primera vez pensar cosas terribles no fue un acierto.
—¿Quieres decir que… ustedes no…? —comenzó a decir ella, sin saber bien cómo hacerlo.
—No, nunca —negó Robin—. No pude. No contigo en mi mente.
Regina había tenido tanto miedo, tantas dudas, incluso cuando se dirigían a Nueva York. Y cuando finalmente vio a Robin y lo abrazó, quiso que todo fuese mentira, que Zelena no fuese Marian, que las cosas no fuesen así. Que Robin negara haber dormido con quien creyó que era su esposa no sólo aliviaba sus peores temores, también daba sentido a todo lo demás.
—Vamos a dormir, mañana hablaremos —dijo Regina, no como una orden, sino como una petición.
Robin asintió, parecía aliviado. Había querido explicarle todo a Regina desde el inicio, pero Roland estuvo con ellos todo el tiempo. En ese momento lo estaba también, pero el dulce sueño del pequeño les había devuelto la tranquilidad.
Ambos se acomodaron entre las almohadas, con el niño dormido entre ellos. Esta vez fue Robin quien tomó la mano de Regina, entrelazando sus dedos. Regina esbozó una sonrisa, cerró los ojos y finalmente pudo dormir sin miedo.
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Antes del amanecer, Robin abrió los ojos: Roland y Regina dormían profundamente. La habitación apenas estaba iluminada por la creciente mañana. Se escuchaba el sonido de los pájaros y las manecillas de un reloj sobre la pared.
Regina tenía el cabello un poco desordenado en su frente. Lucía absolutamente relajada, con los labios ligeramente entreabiertos y la respiración lenta y pausada. Hacía unos cuantos días, Robin hubiese creído imposible verla así, despertar a su lado, con su hijo en medio de ellos. Aquello era lo más parecido a la felicidad.
Robin apartó los mechones del rostro de Regina y luego se acercó para besarla. No estaba seguro si debía hacerlo luego de la confesión de la noche anterior, pero lo hizo como un impulso. Fue un beso suave y cálido que hizo que ella abriera los ojos.
—¿Sucede algo? —preguntó Regina un poco adormilada y confundida.
—Nada, sólo que tenías razón —dijo Robin, en voz baja.
—¿En qué?
—Por la mañana todo se ve mejor.
Robin sonreía. Regina también lo hizo, acariciando su mejilla. Volvieron a besarse, esta vez un poco más.
—No pienso volver a separarme de ti, no pienso volver a ser así de estúpido —murmuraba Robin, besándola fervientemente.
—Lo sé… lo sé… —decía ella— pero no aplastes a Roland.
Robin soltó una risa. El pequeño dormía a pierna suelta. Regina también rio un poco, estaba contenta, como no lo había estado desde entonces.
Ambos sabían que reconstruir su relación, reconstruirse a sí mismos, iba a tomar tiempo, pero los primeros rayos del sol alumbraban la habitación, lo iluminaban todo, devolviendo la esperanza de lo que estaba por venir.
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N.A. Gracias, Lucia por tu prompt. Tal vez es un poco distinto a lo que quizá todo mundo esperaba: sexo loco y salvaje. Pero, de alguna manera, quise hacer algo un poco más íntimo. Luego de lo de Zelena las cosas entre Robin y Regina no pueden ser fáciles. Sin embargo, no quería quedarme con las ganas de negar el storyline de la serie… ¡Ja! Anti Zelena-anti guionistas. Tengo dos prompts más en la lista de espera. Gracias por su paciencia.
