NdA Oh, por fin! Me moría! La mayoría ya sabréis que FFnet ha estado imposible desde el domingo. Esa es la única razón de que no haya actualizado hasta ahora. Pero bueno, parece ser que todo ha vuelto a la normalidad, así que aquí tenéis el capi. Muchas gracias por leer y comentar!

Capítulo 9 Navidad.

Draco tenía el corazón en un puño mientras esperaba el tren de Hogwarts en King's Cross aunque, por supuesto, estaba lejos de dejarlo ver. No cuando estaban rodeados de padres ansiosos de recoger a sus niños para las fiestas navideñas, entre ellos los Potter y los Weasley. Pero por mucho que su cara fuera una máscara de despreocupación, por mucho que estuviera charlando con sus cuñados y con Pansy de regalos y planes para las fiestas, no podía dejar de pensar en Scorpius, en todo lo que sabía que le había pasado y lo que imaginaba que le había pasado y no había contado en sus cartas.

¿Y si había sido demasiado? ¿Y si Scorpius le odiaba o le despreciaba por lo que había hecho en su época en Hogwarts? ¿Y si le habían hecho la vida imposible?

Pocas cosas le daban tanto miedo como la posibilidad de que sus hijos se volvieran contra él cuando empezaran a comprender las consecuencias de llevar un apellido maldito.

Después de consultar su reloj una vez más, el tren hizo por fin su aparición, soltando un pitido a modo de saludo. El murmullo entre los padres se hizo aún mayor y los Slytherin se hicieron instintivamente hacia atrás, dejando que fueran otros los que se arremolinaran en torno a las puertas de los vagones. En cuanto el tren se detuvo con un último estertor, las puertas se abrieron y los niños y adolescentes empezaron a bajar atropelladamente, dando gritos de alegría cuando reconocían a sus padres o a sus madres entre el gentío. Draco vio a varios Weasley y a los dos Potter correr hacia sus padres, pero no les prestó más atención que a los demás.

Los primeros padres empezaron a marcharse de la estación, dejando algo más de espacio. Los niños bajaban ahora más pausadamente y Draco vio entonces bajar al grueso de los alumnos de Slytherin. Primero distinguió a sus sobrinos y luego, tras ellos, a Scorpius y a Diana.

-Ahí está –le dijo Astoria, que también lo había visto.

Draco estudió ansiosamente la cara de su hijo y su preocupación no desapareció. Había algo nuevo en los ojos de Scorpius que no había estado ahí antes de ir a Hogwarts, algo que no estaba seguro de que fuera bueno. Por un momento le invadió una oleada de pánico casi incontrolable y pudo ver a Scorpius echándole en cara que su vida en Hogwarts era un infierno no por ser un Slytherin, sino porque era un Malfoy y estaba pagando por las acciones de su padre y sus abuelos. Sin embargo, Scorpius sonrió en cuanto los vio y apresuró el paso para ir a abrazar a su madre.

-Cuánto te he echado de menos, bichito –dijo ella, feliz.

-Jo, mamá, no me llames así... – protestó. Entonces se giró hacia Draco-. Hola, papá.

Draco sólo pretendía darle unas palmaditas en la espalda –al fin y al cabo, Scorpius ya era casi un hombre-, pero de pronto se encontró abrazándolo también y no habría sabido decir quién de los dos había dado el primer paso.

-¿Estás bien?

Scorpius hizo un ruidito que podía tener mil significados, pero luego asintió.

-Sí, claro.

Draco se separó de él y le miró un momento a los ojos antes de soltarlo para que pudiera saludar a sus tíos. Diana, Damon, Morrigan y Gabriel también fueron a saludarlo a él; el último lo hizo aún con cierta cautela, recordando que se había marchado a Hogwarts con varias amenazas de muerte pendiendo de su cabeza. Pero Draco ya se había olvidado prácticamente de aquel asunto de su pelo y sabía por el propio Scorpius que Gabriel había estado cuidando de él en el colegio, así que lo saludó como si no hubiera pasado nada.

Tanto los Kellerman como los Broomer eran conocidos de Draco o de Astoria, pero nunca habían hablado con Lucas Steele, un Ravenclaw que se había casado con una muggle. Adrian Pucey, sin embargo, había ido al mismo curso que él y les dijo que era un chico bastante solitario y con fama de buen estudiante. Draco también había conseguido averiguar que Steele no trabajaba en ningún sitio mágico y nadie sabía gran cosa de él, lo cual debía significar que hacía vida en el mundo muggle.

Scorpius parecía apreciar a Britney, y a Draco no les habría importado saludarla a ella y a sus padres, pero se habían ido casi al momento y a ellos también los esperaban en casa de los padres de Astoria. En los días en los que el expreso de Hogwarts hacía su recorrido en una u otra dirección, el Ministerio habilitaba unas Terminales especiales de Red Flú que se hallaban disimuladas dentro de la misma estación, así que los Malfoy y los Nott se fueron hacia allí. Morrigan no paraba de hablar y de contarles a sus padres cosas del colegio. Scorpius, sin embargo, parecía más interesado en los planes para Navidad y en la merienda que les esperaba en casa de los Greengrass. Draco lo observaba sin saber qué pensar; en aquel momento, usar la Legeremancia con él y saber qué le pasaba exactamente por la cabeza parecía una idea no sólo sensata, sino imprescindible. Pero dominó su impaciencia, sabiendo que aún tardaría en tener la oportunidad de hablar con él.


El domingo por la mañana llovía con fuerza, pero el ambiente en el interior de Malfoy manor era cálido y festivo. Toda la casa estaba elegantemente decorada con motivos navideños, olía a chocolate caliente, pasteles y ponche de huevo, y en el comedor principal, como siempre, podía verse un gran árbol decorado en oro y plata, con delicados adornos que, en algunos casos, llevaban siglos en la familia Malfoy o la Black. Alrededor del árbol había montones y montones de regalos de todas las formas, colores y tamaños; Scorpius y Cassandra se acercaban de vez en cuando a observarlos con ojos golosos.

Draco le dio de tiempo hasta el almuerzo. Después llamó a Scorpius y le dijo que fuera con él a su despacho. Cuando llegaron allí, lo hizo sentarse en uno de los cómodos sillones.

-Bueno, cuéntame, ¿los Weasley y los Potter te han dado muchos problemas?

Scorpius frunció los labios con desdén.

-Son todos unos idiotas, pero no les hago caso, como me dijisteis.

-¿Y Albus Potter? Casi nunca me has hablado de él.-Sus propias cartas en Hogwarts habían estado repletas de ácidos comentarios sobre Harry Potter y sus amigos; aunque en parte le alegraba que Scorpius no hubiera caído en aquella dinámica, también le sorprendía un poco.

Pero Scorpius se encogió de hombros mientras empezaba a juguetear con su pulsera, un hábito que traicionaba su inquietud y que aún no había conseguido quitarse. Draco arqueó las cejas y él se detuvo.

-No sé, es que comparado con su hermano o con sus primos…

Draco encontró ese dato bastante intrigante y lo archivó mentalmente.

-¿No es tan malo?

-No. El malo es James, el mayor. Desde que atrapó la snitch frente a Ravenclaw no hace más que ir presumiendo por ahí. Se cree que el colegio es suyo. Aunque…

-¿Qué?

Una sombra oscura cruzó por los ojos de Scorpius.

-Longbottom es el peor de todos. No te imaginas la manía que nos tiene a Diana y a mí, sobre todo a mí.

Draco frunció el ceño. Por mucho que lamentara que sus actos del pasado tuvieran ahora malas consecuencias en sus hijos, ante aquel ataque directo por parte de un adulto la culpa estaba enterrada en oleadas y oleadas de rabia. Él estaba vivo; si Longbottom quería vengarse de algo podría haber ido a buscarlo. No tenía por qué pagarlo con el niño.

-¿Se mete mucho contigo?

Scorpius asintió con vehemencia.

-No para de criticar todo lo que hago y me quita puntos por nada, como si yo fuera un idiota y no supiera nada. ¡Pero tú sabes que yo siempre he sido buen estudiante! Y además…

Pero volvió a detenerse.

-¿Qué? –El niño vaciló, pero Draco insistió con firmeza-. Sea lo que sea, quiero que me lo digas, Scorpius.

Su hijo se mordió los labios un momento.

-También se mete con vosotros –dijo al fin, en tono rencoroso.

Draco se sintió como si le hubieran echado un cubo de agua fría.

-¿Con nosotros?

-Dice que los Malfoy no valemos para nada y que… y que tú eras un cobarde y cosas así.

Draco no era tan iluso como para no haber pensado que Longbottom era capaz de hacer algo así, pero Scorpius no le había dicho nada sobre eso en sus cartas, sólo se había quejado de que el actual Jefe de Gryffindor le tenía manía y les regalaba puntos a los suyos y se los quitaba a los Slytherin con cualquier excusa. Gabriel ya les había preparado para algo así. Y él había pensado que eso era todo y ahora estaba descubriendo que la realidad había sido peor, mucho peor.

El veneno acudió casi solo a su lengua, familiar y reconfortante a su oscura manera.

-Puedes decirle de mi parte que al menos tus padres son capaces de decir cómo te llamas.

-¿Qué?

Scorpius lo miraba, confundido, y Draco se dio cuenta de lo que acababa de decir. No le importaba una mierda lo que les pasara a los Longbottom, pero desde luego no quería que su hijo repitiera algo parecido en Hogwarts, y mucho menos en medio de la clase de Herbología.

-Nada, olvídalo… Olvídalo, Scorpius. -Y entonces se obligó a respirar hondo y a calmarse, porque joder, lo estaba haciendo fatal-. Escucha, Longbottom está diciéndote esas cosas para vengarse de mí, y probablemente de nuestro Jefe de Casa entonces, Snape. Longbottom era un desastre en casi todas las asignaturas, pero en Pociones era aún peor y Snape no hacía más que burlarse de él. Yo también le dije unas cuantas cosas por las que no me debe de tener mucho cariño. No digo que no tenga motivos para odiarme, porque yo odio más a más gente por menos motivos, de eso estoy seguro; ahora bien… si Longbottom fuera tan noble como sin duda cree que es, vendría a solucionar conmigo los problemas que por lo visto tiene todavía conmigo, ¿no te parece?

Scorpius asintió y luego sus ojos grises, tan parecidos a los suyos, se tiñeron con confianza.

-Tú sí que eras valiente, ¿verdad?

Draco sintió un torbellino de emociones ante esa pregunta.

-Los Gryffindor y los Slytherin tienen ideas muy distintas de lo que es la valentía, Scorpius. Tal y como lo entienden ellos, no, muy valiente no era. Si alguien más fuerte que yo intentara atacarme, preferiría salir corriendo y esperar una oportunidad más favorable a enfrentarme locamente a él y confiar en mi suerte para salir vivo. Pero tal y como lo solemos entender nosotros, sí, claro que sí. Tus abuelos y yo sobrevivimos a la guerra porque resistimos cosas que habrían roto a la mitad de los que se ríen de nosotros.

"Y yo correría cualquier peligro y me metería en cualquier infierno con tal de protegeros a tu hermana y a ti"

-¿Qué cosas?

Draco meneó negativamente la cabeza. Se había prometido a sí mismo ser sincero con sus hijos respecto al pasado, pero eso no quería a decir que fuera a darles pesadillas.

-Cosas que es mejor que no sepas hasta dentro de unos años.-O nunca. El niño pareció a punto de protestar, pero al final no lo hizo-. Scorpius, ¿por qué no nos contaste en las cartas que Longbottom estaba diciendo esas cosas?

-No lo sé. –Se encogió de hombros-. Dijiste que eran molestias y que no se podía hacer nada.

-Bueno, si las molestias cruzan ciertos límites, sí puede hacerse algo.-Se acordó de Snape y Potter-. No es como si fueras un huérfano que no le preocupa a nadie. No me importa que en su casa o con sus amigos me insulte a mí o que insulte al abuelo, pero que nos insulte en clase para hacerte daño a ti… No, eso está fuera de esos límites. Y deberías habérnoslo contado, Scorpius. No te he mandado a Hogwarts para que lo pases mal ni para que luches tú solo las batallas de la familia.

Scorpius empezó de nuevo a darle vueltas a la pulsera.

-Estuve a punto de hacerlo, un día. Estaba rabioso y quería pediros que me sacarais de Hogwarts. Pero al final no lo hice.

-¿Por qué no?

-Porque eso es lo que ellos querían.-Scorpius frunció el ceño y su expresión se volvió extrañamente decidida-. Y porque tengo derecho a estar allí.

A Draco le dio un pequeño vuelco el corazón y no supo decir si era orgullo o pena. Pero una cosa estaba clara; en aquellos cuatro meses, su hijo había dejado de ser un niño.


Las Navidades eran las vacaciones favoritas de Albus. Toda la familia se reunía a cenar en la Madriguera en una noche que resultaba caótica para los adultos, pero apasionante para la miríada de niños de todas las edades que pululaban por allí. Tenía regalos fantásticos, jugaba todo el rato con sus primos y la comida era un sueño prácticamente todos los días. Iban al cine, al circo, a ver el iluminado centro del Londres muggle y a patinar sobre hielo en Hogsmeade. Albus siempre había pensado que la Navidad debía durar, al menos, hasta el verano.

Hasta le gustaba la visita anual que hacían a casa de su tío Dudley, su mujer y sus dos hijos, David y Brooklyn. Tenía la impresión de que era el único, ya que por lo que decía su madre, su padre se sentía un poco obligado a no romper del todo la relación familiar; al parecer, de pequeños no se habían llevado muy bien. Pero Albus no podía evitarlo. Y no era que sintiera un cariño descomunal por sus tíos o sus primos –los niños eran, además, más pequeños que él-; sencillamente, le encantaba llegar allí, sentarse delante de la tele y ver dibujos animados hasta que terminara la visita.

Aquel año, James, que había cumplido los catorce años a principios de diciembre, recibió permiso para saltarse ese pequeño ritual: Albus y Lily, sin embargo, se fueron con sus padres al callejón Diagón y salieron al Londres muggle a través del Caldero Chorreante. El coche de su padre estaba aparcado en un garaje que había a un par de calles de allí; no podían tenerlo en casa porque la magia lo habría estropeado. Podrían habérselas apañado bien sin él, pero Albus pensaba que a su padre le gustaba conducir.

La casa de los Dursley estaba en Camden. Era bonita, con dos plantas y un desván. Dudley Dursley tenía una empresa que se dedicaba al catering y se había casado con una mujer que, según su madre, no podía tener peor gusto, algo que al parecer estaba relacionado con muchas figuritas de porcelana y maquillaje rosa.

-Recordad que tenéis que actuar como si fuerais muggles –les dijo ella, cuando bajaron del coche-. Nada de hablar de quidditch, varitas, hechizos, dragones, puffskeins ni nada de eso, ¿de acuerdo?

-Sí, mamá –dijeron Albus y Lily a coro.

Como siempre, tío Dudley les abrió la puerta antes de que llegaran a llamar, sonriente, deseoso de agradar. Albus siempre había tenido la sensación de que su tío apreciaba mucho a su padre, de que quería causarle una buena impresión, y esa tarde, su actitud le recordó a William Watson. Y enseguida se dio cuenta de que había más parecidos aún, pues las ansias de agradar de tío Dudley obraban también el efecto contrario, como las de Watson.

Lily se fue a jugar con Brooklyn, que tenía cuatro años y resultaba casi un juguete más, mientras los dos chicos se quedaban en el comedor. Karen Dursley tardó sólo un par de minutos en ponerles la última película de Disney y dejar a su alcance una bandeja con Coca-Cola y aperitivos.

-Qué pena que no haya podido venir James –dijo, sentándose a la mesa con los adultos.

-Sí, cuando se hacen mayores ya no quieren ir a ningún sitio con sus padres –contestó Harry.

Albus estaba demasiado interesado en la película como para prestar atención a lo que estaban hablando a unos metros de él, pero de vez en cuando oía su nombre y miraba hacia ellos. Aquella tarde notaba la tensión entre las dos parejas más que nunca y se fijó en que sus tíos parecían más nerviosos que sus padres, aunque sonrieran y hablaran mucho más, y que la expresión en la cara de su madre era una versión suavizada de la que solía poner Neville cuando se dirigía a los Slytherin.

¿Siempre había sido así?

-¿Qué te han regalado para Navidad? –dijo David, de pronto. Era un niño de siete años grandote, como su padre, con ojos de un azul muy pálido y expresión poco despierta.

-Muchas cosas, no me acuerdo.

-¿Te han comprado algún video-juego?

-Sí, claro –mintió.

-¿Cuáles?

Su primo nunca había sido tan insistente.

-El de los coches y algunos más, no me acuerdo –dijo, pues siempre había un video-juego sobre coches-. Deja, que quiero ver la tele.

David lo miró con fugaz resentimiento y se puso a ver la película también. A Albus le supo mal haber sido tan rudo, pero considerando lo poco que sabía de video-juegos, pensó que aquello era mejor que causar sospechas en los muggles.


Harry se preguntaba a veces, al menos tantas veces como Ginny se lo preguntaba a él, por qué se molestaba en mantener la relación con su primo. La respuesta más fácil era que, sin contar a sus propios hijos, Dudley era el único pariente vivo que tenía – Vernon y Petunia habían dejado de existir para él-. Pero Harry sabía que para Dudley, mantener el contacto era mucho más importante que para él. Era obvio que estaba arrepentido por todo lo que le había hecho cuando eran pequeños, que de algún modo quería compensarle, y a Harry le sabía mal romper del todo su relación.

Pero no eran visitas muy entretenidas –Dudley nunca había tenido mucha conversación y su mujer sólo hablaba de niños, dietas y cosas de la tele que ellos ignoraban por completo- y solían ponerles fin en cuanto Albus terminaba de ver su película. Aquella tarde no fue una excepción y cuando vieron que en la tele aparecían los títulos de crédito, intercambiaron una mirada y Ginny le dijo al niño que se preparara para marcharse. Albus se bebió la Coca-Cola que le quedaba en el vaso y se acercó a ellos para despedirse de sus tíos. Dudley, que sin ser ya exactamente gordo, era uno de los hombres más grandes que Harry había visto nunca, le puso la mano en el hombro a Albus.

-¿Te ha gustado la película?

El niño asintió. Karen, que había ido a por Lily, volvió con ella y la pequeña y regordeta Brooklyn. Harry empezó a despedirse de todos y le estrechó la mano a Dudley.

-A ver si nos vemos antes de las próximas Navidades –dijo su primo-. Podemos quedar a cenar una noche, ¿no?

-Bueno, ahora mismo estamos bastante liados, pero ya te llamaré –dijo Harry, que no tenía intención de hacer tal cosa.

Entonces salieron de allí. El frío fue como una bofetada cortante después de la cálida temperatura de la casa de los Dursley y Ginny les dijo a los niños que se abrocharan bien sus abrigos.

-Supongo que lo de llamarlos para quedar a cenar no iba en serio, ¿no? –le dijo después a él.

-¿Tú qué crees?

-Que eres demasiado bueno –contestó ella, con ironía-. Yo ni siquiera vendría a verlos en Navidad.

Harry se encogió de hombros; sabía de sobra la opinión que tenía Ginny de todo aquel asunto y que se ponía mala cuando pensaba en la alacena y todo lo demás.

-Me sabe mal.

-¿Por qué os llevabais mal de pequeños? –preguntó Albus, con curiosidad.

Harry intercambió una mirada con Ginny, pero no quería entrar en detalles, ni que lo miraran con pena. Si sólo hubiera estado Albus… Pero Lily era muy pequeña para oír que maltrataban a su padre, no lo entendería.

-Cosas de niños, pero eso ya pasó. – Ginny le acarició la nuca, como prestándole su apoyo, y él se giró hacia ella-. Y tampoco cuesta tanto ir a verlos una vez al año, ¿no?

Ginny se encogió de hombros.

-Cariño, es tu primo y tú decides.

-Sé que a él le hace ilusión.

Ya casi habían llegado al coche, así que Harry se sacó el llavero del bolsillo y lo apretó para abrir las puertas. Era un buen coche, potente sin ser ostentoso. Cuando estaba solo, le gustaba hacerlo correr, igual que le gustaba hacer volar su escoba lo más rápido posible. Cuando estaba con su mujer y sus hijos, sin embargo, conducía con la máxima prudencia.

Una vez dentro, Harry se aseguró de que todos llevaran el cinturón puesto y encendió el motor. Mientras se alejaba de allí, tuvo que admitir que aquella tarde, como todos los años, lo que más sentía era cierto alivio porque ya no tendría que volver hasta el año siguiente.


Después de pensarlo bastante, Draco decidió ir a hablar directamente con Longbottom. Astoria pensaba que si ella le contaba a McGonagall lo que estaba pasando podían conseguir que la directora de Hogwarts contuviera el veneno de su profesor; Draco tenía más dudas, porque siempre había tenido la impresión de que McGonagall odiaba a los Slytherin y Snape le había contado cómo había defendido a Sirius Black cuando éste había intentado asesinarle. Probablemente sabía lo que Longbottom estaba haciendo y le daba lo mismo.

Sus padres no habían dicho nada, básicamente porque Draco le había ordenado a Scorpius que no les contara nada; no sabía cómo podían reaccionar y no quería tener que preocuparse por ellos. Él mismo deseaba vengarse de Longbottom más que nada, pero quería poner sus deseos de venganza por detrás del bienestar de sus hijos en Hogwarts.

Las charlas cara a cara no eran el modo favorito de actuar de los Slytherin, pero Draco estaba dispuesto a intentarlo. Se había preparado mentalmente para la entrevista. Imaginaba que Longbottom se regodearía en el hecho de que ahora se estaba vengando por todo lo de Hogwarts, pero tenía que conseguir que se sintiera culpable o al menos que decidiera vengarse en él, y no en sus hijos.

Draco se Apareció en el callejón Diagón y entró directamente en el Caldero Chorreante. Longbottom podía ser el jefe de Gryffindor, pero no vivía en el castillo sino allí, con su mujer, que era ahora quien regentaba el local. Hannah Abbott había hecho algunos cambios positivos en la decoración y el negocio funcionaba al menos tan bien como en manos de su antiguo dueño. La mujer se encontraba ahora en la barra y Draco atravesó el local, haciendo caso omiso a las miradas de la gente, para ponerse frente a ella.

-Hola, Abbott –dijo, usando su apellido de soltera.

Más que guapa, era una mujer de aspecto dulce, pero Draco nunca había apreciado del todo la dulzura. Ella frunció ligeramente el ceño, aunque no llegó a ser hostil. Al fin y al cabo, no era la primera vez que lo veía por allí; si bien nunca le había hecho sentirse su cliente favorito, tampoco le había prohibido el paso, así que Draco se había tomado más de una cerveza en el Caldero, además de usarlo para salir al mundo muggle cuando debía hacerlo.

-Malfoy… ¿Qué te sirvo?

-Nada, en realidad. Me gustaría hablar con tu marido, si se encuentra ahora aquí.

Era obvio que se preguntaba para qué, pero asintió, le dijo que esperara un momento y se fue a buscarlo. Casi al momento, Longbottom salió también a la barra. Draco intentó no fijarse en su mirada petulante para no empezar a enfadarse antes de tiempo. Tenía que estar controlado, como si aquello fuera sólo un difícil trato de negocios que sacar adelante, y hacer que Astoria se sintiera orgullosa de él.

-¿Qué quieres, Malfoy?

-Hablar contigo. En algún lugar menos concurrido.

Longbottom se encogió de hombros porque, sin duda, quería dejarle bien claro que no tenía miedo de estar a solas con él y luego lo hizo pasar a una especie de habitación que parecía hacer las veces de despacho, aunque Draco creía que todos los armarios de Malfoy manor eran más grandes. Un ruido de pasos en el piso de arriba le recordó que Longbottom tenía una cría de tres o cuatro años.

-¿Y bien?

Draco lo miró a los ojos y se aseguró de que su voz sonaba absolutamente tranquila.

-Ha llegado a mi conocimiento que te dedicas a hablar mal de mí y de mi familia en tu clase de Herbología. No sabía que me guardabas tanto rencor, pero supongo que los dos estaremos de acuerdo en que pagarlo con Scorpius no es precisamente justo, Longbottom.

Su reacción no fue exactamente la que Draco esperaba; en vez de regodearse en su venganza, Longbottom enrojeció un poco y se puso inmediatamente a la defensiva.

-Me importa muy poco lo que llegue a tu conocimiento, Malfoy. Si quieres hablar conmigo de tu hijo, pídeme una cita cuando terminen las vacaciones como haría todo el mundo.

Draco intentó esconder su confusión. ¿A qué había venido eso? ¿Longbottom tenía miedo de que McGonagall se enterara, después de todo?

-Estoy hablando en serio –dijo, decidiendo tantear esa posibilidad-. No quiero problemas, Longbottom; he venido aquí para resolver las cosas pacíficamente, pero si tenemos que ir a hablar con McGonagall…

Pero Longbottom le miró de pronto como si estuviera conteniéndose para no sacar la varita.

-¿Con McGonagall? ¿Quién te crees que eres para plantarte aquí y venirme con amenazas y acusaciones, Malfoy? –exclamó, visiblemente alterado-. ¡Tienes suerte de que Minerva le permita a tu hijo la entrada a Hogwarts! ¡El colegio que ayudaste a destruir! ¡Y si te jode que tu hijo se entere de la verdad sobre ti haberlo pensado antes!

Draco apretó los puños. Ya no recordaba nada sobre charlas civilizadas.

-¿Sí? –dijo, controlándose a duras penas. Sabía que si le insultaba sólo lo indispondría más contra Scorpius y que si llegaba a meterse en una pelea con uno de los amiguitos de Potter las consecuencias podían ser desastrosas tanto si ganaba como si perdía. Pero aun así, su instinto le ayudó a encontrar las palabras hirientes que necesitaba-. ¿Y eres tú quien se las dice en mitad de la clase? ¿Eso es lo que los Gryffindor entendéis por nobleza? Merlín, Snape tiene que estar revolviéndose en su tumba pensando que eres precisamente quien ha decidido seguir sus pasos.

Longbottom dio un respingo, como si le hubiera dado una bofetada, y enrojeció aún más que antes.

-Yo no soy como esa basura –replicó entre dientes-. Fuera de aquí, Malfoy.

Aquello sólo podía empeorar. Lo mejor que podía hacer era marcharse.

-Me voy, pero recuerda: deja a Scorpius fuera de esto.


Draco tardó un buen rato en sentirse lo bastante calmado como para poder detenerse tranquilamente a analizar la conversación y saber qué narices había pasado. Todo había sido demasiado extraño: había tratado con gente de dos docenas de países distintos y ninguno de ellos le había parecido tan incomprensible como los malditos Gryffindors. ¿Por qué se había puesto así? Primero había dado la impresión de temer a la directora, pero la reacción que había tenido al escuchar su nombre sugería otra cosa. ¡Y encima tenía la cara dura de llamar basura a Snape cuando él estaba haciendo exactamente lo mismo!

Astoria sabía que había ido a hablar con él y quiso saber cómo había ido. Draco no estaba muy seguro de haber estado a la altura, pero se lo contó de todos modos, recalcando por si acaso que Longbottom había sido totalmente irracional.

-Lo siento –dijo al final-. Creía que iba a salir mejor.

Ella le dio una palmadita consoladora; parecía simplemente extrañada.

-¿Podría verlo en un pensadero? Quiero verle la cara.

En la mansión había un par; estaban bien escondidos y los usaban para guardar información que no querían que los aurores descubrieran en los interrogatorios con veritaserum. Draco y Astoria fueron a buscar uno y él depositó allí su recuerdo. Mientras ella contemplaba lo que había sucedido, Draco siguió dándole vueltas. Maldito Longbottom… Si alguna vez podía iba a machacarlo. Cuando acabara con él, sólo serviría para hacerles compañía en San Mungo a sus padres,

Astoria terminó de ver el recuerdo y Draco recompuso el semblante rápidamente para que no sospechara que estaba pensando cosas poco constructivas.

-Creo que… se sentía culpable –dijo ella entonces, con bastante seguridad.

-¿Qué? –exclamó Draco, tan extrañado que se le olvidaron los deseos de venganza y casi se echó a reír-. ¿Culpable?

-Escucha, Draco, él odiaba a Snape, ¿no? Estoy seguro de que por nada del mundo querría parecerse a él. Sería un insulto. Tú mismo has visto cómo ha reaccionado.

-Eso no te lo discuto, pero no encaja. Si realmente quisiera demostrar que no se parece a Snape iría por ahí repartiendo corazoncitos entre los Slytherin. Lo que pasa es que es un hipócrita y no quiere reconocerlo.

Astoria meneó negativamente la cabeza.

-Draco, yo no entiendo a la gente como Longbottom, pero sé reconocer una emoción cuando la veo. Nada más decirle que estaba hablando de nosotros en clase le ha cambiado la cara.

Draco tuvo que admitir que la expresión de Longbottom sí parecía algo culpable, si se paraba a recordarla, pero aún así seguía perdido.

-Pero se está vengando con Scorpius. No tiene sentido que haga eso y que se sienta culpable por hacerlo. No creo que nadie le obligue, ¿no?

Astoria pensó un poco y se encogió de hombros.

-Una persona normal se vengaría y se quedaría tan tranquila. Pero él es un Gryffindor. Probablemente se ha convencido a sí mismo de que no se está vengando. Ya sabes, ellos son demasiado justos y nobles para caer tan bajo blablabla.

Draco intentó asimilar aquello. También cuadraba perfectamente con la hipocresía habitual de los Gryffindor, pero aun así le parecía tan rebuscado… Como decía Astoria, si un Slytherin estuviera mortificando al hijo de un enemigo, lo haría conscientemente y disfrutando cada momento, joder. Que se lo dijeran a Snape. El hombre se lo había pasado bomba puteando Gryffindors. Nada de negarlo y sentirse culpable.

-¿Pero tú estás segura?

Astoria asintió.

-Le has avergonzado con lo de Snape, Draco. Lo que pasa es que tampoco va a admitirlo delante de ti, ¿no? –Astoria se quedó unos segundos pensativa-. Veremos qué hace ahora; quizás sea suficiente. De todos modos, le diremos a Scorpius y a Morrigan que nos avisen si vuelve a pasar y si pasa… bueno, haremos lo que tengamos que hacer. –Su rostro expresó una súbita e inusual dureza-. Una cosa está clara: si ese imbécil cree que va a meterse impunemente con Scorpius le espera una gran sorpresa.

TBC