DISCLAIMER: Todos los personajes y bla bla pertenecen a J.K. Rowling.
¡Bombarda!
Oh, no tenía duda alguna de que el infierno existía. Remus lo sabía con tan sólo mirar a Sirius esa tarde lluviosa. Era el vivo retrato de la miseria y la resaca. Su amigo estaba sentado por completo inmóvil en una de las sillas de la biblioteca con los codos sobre la mesa y los dedos enterrados en las sienes; la mata de cabello negro ligeramente ondulado que Pomfrey había logrado restaurar con demasiado éxito —ahora lo tenía más largo que antes y le llegaba al cuello— estaba todo desordenado y hecho una maraña; sus ojos grises estaban opacos y tenía unas ojeras que casi le llegaban al suelo, la mejilla izquierda exhibía una ligera hinchazón y los labios resecos tenían heridas aquí y allá donde se habían abierto contra sus dientes. Llevaba la ropa mal acomodada, aunque eso no tenía importancia, lo importante era que, después de insistirle mucho, se había bañado y puesto ropa limpia.
Remus suspiró y retomó la escritura de su pergamino. Les había tomado un rato despistar a Filch y cuando por fin volvieron por Sirius, lo encontraron inconsciente y mal herido. Al volver a la torre, James quiso regresar a buscar al responsable; pero se lo habían impedido porque era peligroso con Filch allá afuera y no tenían pistas de quién fue, aunque James estaba convencido de que la culpa la tenía Snape, lo cual carecía de fundamento según la opinión de Lupin, ya que en el mapa el muchacho aparecía en su dormitorio.
Las lesiones de Sirius no eran nada graves y lo curaron lo mejor que pudieron. Cuando había despertado, James lo interrogó enseguida para que diera el nombre de su atacante; no obstante, Sirius sólo se volvió a acostar y dijo que no lo había visto.
No despertaron hasta pasado el medio día excepto Sirius, quien para haber tomado esa absurda cantidad de whisky, había dormido muy poco. Le dieron un remedio y quisieron animarlo. Ninguna de las dos cosas dio resultado. Se pasó todo el día en la cama con la vista perdida en el techo. Más tarde, después de casi obligarlo a bañarse, Peter y él lo habían arrastrado a la biblioteca para que tomara aire y se sintiera mejor mientras James iba a tratar de conseguir una cita con Lily. No funcionó tampoco, pues a cada rato, las chicas se acercaban conmovidas por su aspecto lastimero queriendo cuidarlo. El hombre lobo supo que algo pasaba con su amigo cuando las empezó a despachar con un gruñido y una mirada asesina, es decir, no importaban las condiciones en las que se hallara, Sirius siempre pensaba con la cabeza, y no la que tenía sobre los hombros. Por fin, las adolescentes dejaron de acudir y ahora disfrutaban de una relativa paz para hacer los deberes.
—Moony… —murmuró por fin después de casi una hora de silencio—Deja de escribir o al menos ten la decencia de matarme.
La pluma se detuvo. El rasgar de la punta contra el pergamino había sido como uñas arañando una pizarra, las gotas de lluvia contra el cristal asemejaban fuegos artificiales detonados a un lado de su oído, las páginas volteadas de las páginas de los libros no podían ser más que truenos y las voces eran ecos intensos que le perforaban el cráneo. Sabía que para sus dos amigos el murmullo del lugar era agradable, pero para Sirius era una agonía.
—Merlín, Sirius, ¿estás seguro que no viste quién te hizo esto? —Peter preguntó preocupado.
—Por milésima vez… —su ojo tembló— no.
De súbito se escuchó un golpe ensordecedor que provocó el sobresalto de Remus y Peter. En cámara lenta, Sirius apretó los ojos y abrió la boca en un mudo gesto de dolor conforme el ruido resonaba en cada esquina de su cerebro con la misma fuerza de una bomba atómica.
—Snape —dijo Peter molesto y se paró con un movimiento brusco haciendo que su silla chirriara. Sirius se estremeció con el taladrante sonido y tuvo la certeza de que estaba a punto de darle una apoplejía.
—¿Qué quieres, Snivellus?
Sirius abrió los párpados y vio a Snape de pie a unos metros de ellos junto a una mesa en la que había dejado caer un voluminoso tomo. Peter sostenía la mirada calculadora que el Slytherin le dirigía, no obstante, probó ser demasiado para el pobre chico y después de unos segundos, la esquivó y sacó su varita en un impulso por parecer valiente. Snape ahora estaba aburrido y posó sus ojos en Sirius.
—Peter… —Sirius levantó su brazo para bloquear a su amigo —te juro que si haces otro ruido, voy a agarrar tu varita y a metértela por el recto.
El rollizo chico volteó a ver confundido a Remus.
—Como si dudaras de su amenaza —le resolvió Lupin.
No lo hacía, así que la guardó de inmediato.
—¿Lo encontraste? —interpuso una voz desconocida.
Los tres Marauders se fijaron en el Slytherin que se acercaba a Snape. Sirius reconoció a Evan Rosier de inmediato, era inconfundible su cara de imbécil y esa sonrisa grotesca que siempre tenía. Sus dos amigos se pusieron un tanto inquietos, sabían que Rosier tenía una fuerte enemistad con Sirius y apenas y se soportaban debido a los tratos frecuentes entre sus padres. Rosier se detuvo y frunció el ceño cuando se fijó en las deplorables condiciones del adolescente de Gryffindor.
—¿Black? —lo miró con desdén— Luces como mierda.
—Gracias, tú igual, es una suerte que no tengas que esforzarte para lucir así.
—Tan gracioso como siempre, Black. Es una pena que esa sea tu única cualidad —dijo con una mueca burlona.
Para alivio de Remus y Peter, Rosier se volteó dando la plática por terminada y se acercó al oído de Snape para susurrarle algo; su compañero se inclinó un poco hacia adelante y asintió. Sirius sintió un hueco en el estómago ante la escena y antes de que pudiera controlar su lengua, se escuchó hablándole a Rosier.
—Eso no fue lo que me dijo tu mamá anoche.
—¡Sirius! —susurró alarmado Remus.
El Slytherin se volvió con lentitud, su horrible sonrisa había desaparecido para ser reemplazada por una expresión amenazante.
—Cuidado, principito, yo no soporto tus idioteces como los demás. Ve a que te revisen antes de que digas algo de lo que realmente te arrepientas.
—¿Algo de lo que me arrepienta?
Lupin se asustó al reconocer el tono de Sirius: era de desafío, orgullo y capricho, en absoluto una buena combinación. Reconocía la habilidad innata de su amigo para salirse con la suya, no importaba el grado de estupidez de lo que hiciera; sin embargo, ahora no estaba muy seguro, esto se salía de la escala, Evan Rosier era conocido por jugar sucio y practicar las Artes Oscuras.
—¡Sirius, no! —le suplicó en voz baja.
—Algo como… ¿Tu mamá no dejó de jadear mientras recitaba lo inmensas que son mis cualidades?
Rosier tensó la mandíbula. Remus y Peter estaban horrorizados, sólo Sirius y Severus se mostraban indiferentes.
—Te lo advierto, Black.
Sirius había estado en numerosas grescas como para aprender a leer los movimientos del enemigo. Sabía qué botones presionar para sacarlos de quicio y que cometieran torpezas que le dieran la ventaja. También sabía que en el estado en el que se encontraba era casi imposible que pudiera con Rosier, quien ya acercaba con disimulo la mano a su bolsillo; pero no le importaba, estaba molesto, adolorido y tenía una cruda que amenazaba con partirle la cabeza y el idiota Slytherin era la perfecta oportunidad de desahogarse.
—Sí, eso también me lo dijo tu papá, pero es difícil hacerle caso a un miserable viejo impotente cuando estás entre las piernas de una mujer tan caliente como tu mamá.
Sirius se arrojó de la silla justo a tiempo para evitar una maldición y enseguida contraatacó con un stupefy que Rosier alcanzó a apenas desviar. Remus y Peter se escondieron debajo de una mesa para salir de la línea de fuego y desenvainaron.
—¡Yo voy por Rosier! ¡Ve si puedes detener al idiota ese antes de que se haga daño! —le señaló a Sirius quien se había levantado y corría entre los estantes de libros para protegerse de los ataques. Peter tragó con fuerza y asintió aterrorizado.
Severus ladeó la cabeza al mismo tiempo que una esfera amarilla pasaba zumbando y se estrellaba en una amplia sección que contenía libros de Galatea Merrythought. Los tomos saltaron en pedazos causando una lluvia de papel y el muchacho no pudo más que lamentarse ante la pérdida.
—¡Oye, Rosier! —le llegó la voz de Sirius. —¡Quizá vaya con mi familia a visitarte en estas vacaciones! ¡Todavía no conozco a tu hermana!
Resultaba sorprendente cómo la estupidez de Black no conocía límites. Severus escuchó un airado bombarda seguido de la explosión de cristales de una ventana a poca distancia y no alcanzó a cubrirse la cabeza a tiempo para que un fragmento le cortara arriba de la ceja. Por todos los diablos, esos dos no iban a parar hasta matarse y tenía la esperanza de que así fuera; sin embargo, no quería que lo mataran a él también.
Se escurrió hacia los anaqueles de enfrente y se puso momentáneamente a salvo tras un escritorio volcado. Desde ahí soltó la carcajada al ver a la horrible Srta. Pince roja de ira y gritando que se detuvieran sin que le hicieran caso, los demás estudiantes corrían histéricos hacia la salida tirando todo a su paso vociferando algo de un ataque de mortífagos.
Severus desvió un busto que voló hacia él y volvió a resguardarse. Nunca imaginó que esto se convirtiera en un pandemónium, Black y Rosier simplemente habían enloquecido, bueno, ninguno de los dos estaba muy cuerdo de por sí; no obstante, el comportamiento de Black había sido confuso desde el principio: le había dicho a su amigo de una forma por demás grotesca que no lo atacara y luego había provocado a Rosier. Algo había molestado a Sirius, lo sabía, con seis años de tortura podía identificar los estados de ánimo de Black que recientemente fluctuaban como las hormonas de una quinceañera. Un estallido cercano lo alertó y lo hizo correr hacia las hileras en dirección opuesta; doblando una esquina, se deslizó dentro de la sección de criaturas mágicas donde, para su mala suerte, chocó con Sirius.
—¿Qué tal, Snivellus? —lo saludó como si nada. —Tienes una herida en la frente.
—¿En serio, idiota? ¡No me di cuenta de eso cuando un cristal me lastimó y salió sangre!
—¡Blaaaaaaaack! —rugió Rosier a lo lejos.
Sirius se puso un dedo en los labios para callarlo y se asomó por entre los anaqueles.
—¡Bien hecho, vas a lograr que nos mate a los dos, imbécil!
—Nah, no creo, lo he visto así antes, el bombarda es lo único que usa.
—¡Ya me siento mucho mejor ahora, gracias, Black!
—Lo usa porque es estúpido —sacudió la cabeza.
—¡No más que el que se atrevió a enfurecerlo!
—Sssshhh —le advirtió.
—¿Qué se te metió para que lo provocaras así? —siguió sin disminuir el volumen. —¿No puedes pasar un mísero día de tu existencia sin que lo arruines todo?
Sirius maldijo entre dientes y se sentó con rapidez en el suelo jalando a Snape de la túnica para obligarlo a agacharse.
—¡Ese maldito ego va a hacer que te maten, Black! ¡Y no quiero estar junto a ti cuando eso pase!
Severus se puso de pie y tuvo la intención de escabullirse corriendo del pasillo, pero justo cuando se asomaba, Sirius tiró con violencia de su uniforme a tiempo para evitar que una silla lo golpeara. Snape aterrizó sentado sobre el piso áspero y por un momento se quedó mudo. No había visto la silla. ¿Acaso Black había evitado que se lastimara? ¿Después de lo de ayer? No era posible, el Sirius Black que él conocía hubiera dejado con gusto que el mueble le abriera la cabeza.
—… Qué… qué… ¡Qué demonios, Black! ¿Qué te pasa? ¡Estás demente!
—No es con exactitud un gracias —dijo Sirius poniendo los ojos en blanco. Casi se le había salido el corazón por el descuido del Slytherin. Se encogió en su sitio y trató de ver la posición de Rosier espiando por encima de los libros. A su lado, el muchacho seguía reclamándole furioso, hasta que, harto, se volvió y con un rápido movimiento, le rodeó el cuello para ponerle la mano en la boca. La súbita cercanía y el hecho de que no lo estuviera ahogando o siquiera lastimándolo, hicieron que Severus se quedara quieto.
—Hablas mucho, Snape. ¿Podrías callarte? —murmuró con suavidad contra su oreja. —Si detienes tu parloteo incesante por un minuto, podría ver al idiota de Rosier y quizá sorprenderlo antes de que nos encuentre y nos vuele en pedazos.
El muchacho sólo atinó a asentir ligeramente con la cabeza. Sirius retiró la mano y volvió a su posición. Severus estaba más confuso que antes, la cara le ardía donde Sirius lo había tocado y se sorprendió considerando lo suave que era su mano a diferencia de su puño; era un pensamiento tonto, lo sabía, pero las únicas veces que el Gryffindor había acercado la mano a su cara, era para soltarle un golpe.
—¿Por qué no les dijiste a tus amigos que yo fui el que te atacó en el baño? —habló en voz baja.
—¿Qué?
—Te escuché, Black, cuando tu amigo te preguntó si no sabías quién había sido, respondiste que no.
—Te dije que no les diría.
—Y luego no dejaste que iniciara una pelea que por supuesto, luego tú comenzaste con Rosier.
—¿De veras quieres ponerte a discutir esto ahora? —susurró impaciente.
—No te entiendo, Black, ¿qué pasa contigo? —gruñó molesto. —¿Es que no soportas que te quiten el protagonismo o qué?
—Sí, sí, ya sé, mi ego y mi estupidez, bla, bla bla. Piensa lo que quieras, Snape.
—Rosier tiene razón, deberías ir a que te revisen esa cabezota —musitó exaltado. —El golpe y el alcohol debieron haberte despojado de la poca actividad cerebral que te quedaba, tarado, sólo así se puede explicar el anquilosamiento de tu instinto de auto-conservación.
—¿Anquilosamiento? —interrogó confundido.
—Parálisis, animal inculto, parálisis —siseó con los dientes apretados. —Quiere decir que no te importa que te maten.
—Ah.
—Estás actuando muy raro, Black. No sé qué estés tramando, ni me importa, pero no me incluyas en esa mente retorcida que tienes.
—¡No estoy tramando nada! —gritó sin contenerse y luego volvió a bajar la voz. —Hice algo por ti y ya, ¿podemos olvidarlo?
Snape lo fulminó con la mirada.
—A esto me refería cuando te dije que tu cerebro no podía entender que hay consecuencias para tus idioteces, consecuencias que-
El estante detonó y ambos chicos salieron empujados por la fuerza y rodaron varios metros por el suelo hasta chocar con pared. Sin darles tiempo de nada, Rosier apareció blandiendo su varita.
—¡Bombarda!
—¡Protego! —intervino Peter bloqueando el ataque.
—¡Stupefy!
El hechizo de Remus impactó por un costado a Rosier y lo mandó por los aires noqueándolo al instante. Sirius se levantó sobre sus codos y se frotó la cabeza mientras veía a sus amigos con una sonrisa.
—Qué oportunos.
Remus le echó un vistazo al lugar y frunció el ceño. Era un desastre: las personas en las pinturas habían huido, algunos marcos estaban dañados, habían libros tirados, anaqueles destruidos, sillas y mesas volcadas y una ventana rota.
—Estamos muertos.
—Oh, que no le quepa la menor duda, Sr. Lupin —dijo una furiosa McGonagall a lado del profesor Slughorn y la horrorizada Srta. Pince.
N. de A. Originalmente esta escena no la tenía planeada, el encuentro era hasta donde ve a Snape, no incluía a Rosier ni la pelea; pero para mi sorpresa, frustración y divertimento, he encontrado conforme escribo que Sirius actúa por voluntad propia y muchas veces se rehúsa a seguir mis planes XD
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