CAPÍTULO 9: EL GRAN ESCAPE - Parte 2
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El tumulto de gente parecía haber llenado la avenida principal. Curiosos que caminaban cerca se quedaban de pie frente a las luces parpadeantes con la finalidad de enterarse acerca de lo que estaba sucediendo. Mujeres con sus niños agarrados a los brazos, continuaban la marcha pero de forma lenta y progresiva, intentando captar algún rumor emocionante que las sacara de su monótona vida. Ancianos, asomaban sus barbas y calvas detrás de los hombres de las cámaras, interesados malsanamente en criticar el alboroto formado alrededor de un grupo de 5 personas.
Arnold se encontraba detrás de su padre, quien levantaba las manos al igual que su abuelo. Volteó a su derecha y pudo ver que Helga estaba agarrada de la camisa de Bob Pataki, quien también había alzado los corpulentos brazos. El hombre parecía nervioso, una gota de sudor recorría su rostro y una vena comenzaba a parpadear en la frente.
- OIGAN, TRANQUILOS. NOSOTROS SOMOS BUENAS PERSONAS, YO Y MI HIJA. ¡ELLOS SON LOS DELINCUENTES, ESTE HOMBRE CON SU HIJO Y ESTE VIEJO, ELLOS SON LOS DUEÑOS DEL AUTO! – gritó el hombre avanzando unos pasos y señalando a los tres Shortman.
- Oh, maldito Pataki, pequeño desagradecido, ¡solo espera que estemos libres de los policías para que estruje tu cuello con mis propias manos! – el anciano agitaba los brazos entornando los puños.
- ¡SOLO INTENTALO VIEJO CACHARRO! – respondió el hombre del cabello grisáceo respondiendo la amenaza con un gruñido.
- ¡Silencio los dos! Señor, retroceda en este mismo instante, ponga las manos en alto y colóquelas detrás de la cabeza. Lo mismo para usted anciano – gritó un oficial de policía a través del megáfono.
Pataki retrocedió volviendo a levantar los brazos y el abuelo Phil repitió el ademán, no sin antes lanzarle una maldición a Big Bob.
- Por favor, señores policías, si me permiten explicar… - el padre de Arnold habló en tono suplicante.
- Guarde silencio y quédese quieto – respondió el policía.
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Las cosas en Sunset Arms estaban tranquilas. Un domingo con una mañana no muy calurosa, el viento corriendo de ventana a ventana haciendo su recorrido a través de la sala principal y los animales durmiendo plácidos a un lado del sofá. Stella había tomado una bocanada de aire fresco y tras haber realizado la colada, se había sentado en el mueble a hacer unas anotaciones sobre lo que quedaba pendiente en sus investigaciones respecto a los ojos verdes, la tribu que los había acogido como sus salvadores durante mucho tiempo, y había tomado a su hijo, como un milagro entre todos los milagros nacidos en la selva.
La mujer suspiró dando unos masajes a su cuello y volvió a escribir en el cuaderno. Ellos tenían ciertos conocimientos que la ciencia moderna no habría estado cerca de encontrar y que habían demostrado ser eficaces en la lucha contra los insectos, la fiebre amarilla, y el veneno de la serpiente cascabel. Debía hacer un recopilatorio de todos sus hallazgos y presentarlo pronto en una conferencia que realizaría en Nueva York, durante un congreso internacional de medicina alternativa. Más allá de conseguir fama y fortuna, deseaba poder difundir los valiosos conocimientos que había adquirido durante su viaje así como lograr un reconocimiento acerca de la preservación de las etnias que permanecían vivas dentro de recónditos lugares a los cuales la civilización moderna no había podido acceder afortunadamente.
Entre sus cavilaciones tomó un sorbo de su bebida descafeinada y estiró la cabeza hacia atrás, disfrutando el silencio que no había percibido desde su llegada a la casa de huéspedes.
- Ami, entends-tu le vol noir des corbeaux sur nos plaines….Ami, entends-tu ces cris sourds du pays qu'on enchaine…
Un canto ahogado en francés y un resonar de tambores hizo que Estela abriera los ojos. Gertie Shortman había hecho su ingreso al salón principal, vestida de uniforme azul y rojo, con sombrero incluido, tamborcillo colgado en hombros y unos palillos chinos con los que daba fuertes toques al instrumento, mientras marchaba solemnemente alrededor de todo el sofá.
- Mamá Gertie, ¿puedo preguntar que estás haciendo? – inquirió la mujer observando la marcha acompasada de la anciana.
- ¡Apoyando a la resistencia!, ¡Esos alemanes no nos ganarán nuestras tierras! ¡Ohé partisans, ouvriers et paysans, c'est l'alarme!
- La segunda guerra mundial ya terminó hace mucho tiempo – continuó Estela suspirando - ¿Y desde cuándo somos franceses?
- ¡Desde que cortamos la cabeza a Maria Antonieta! ¡Wujuuu! – gritó en tono de guerra y con un rápido movimiento cortó, con un cuchillo que colgaba de su cinturón, una naranja que reposaba en la mesa al lado del sofá y serviría de aperitivo para su nuera. Ambos pedazos cayeron en la mesita, listos para ser devorados.
- Mamá Gertie, Maria Antonieta fue…ah…olvídalo – se rindió la mujer tomando uno de los pedazos de naranja y dando una pequeña mordida.
- ¡Encendamos el televisor! Los nazis han capturado a los nuestros. ¡Armen las tropas, compatriotas! – gritó la anciana, corriendo hacia el aparato y encendiéndolo al toque de uno de los palillos chinos.
Estela, sin tener las más remota idea de lo que la abuela de Arnold se refería, enfocó su atención al televisor encendido y al noticiero que al parecer estaba llevando una cobertura especial. Un hombre joven y de buen porte era quien se encontraba hablando a través del micrófono.
- Es correcto, desde hace unos minutos, por fin estas personas han sido acorraladas por la policía y ya no pueden escapar. El comandante ha mandado cercarlos y su decisión fue acertada porque como pueden ver, no han intentado darse a la fuga.
- Pero, esto es impresionante Hal – se escuchaba una voz de alguien que estaría en estudios – Entiendo que estos hombres hayan querido huir de la policía, pero llevar a niños pequeños en el auto durante la persecución. Estos pequeños han podido quedar gravemente heridos. Entiendo que la policía está tomando las precauciones del caso debido a la presencia de estos inocentes.
- Es correcto Arthur – respondió el hombre apuesto – la policía afirma que no usará sus armas por ningún motivo.
Estela movió la cabeza negativamente. ¿Quiénes serían los terribles padres que inmiscuyeran a sus hijos en sus fechorías? El mundo cada día estaba más enloquecido. La cámara hizo un acercamiento a las personas que estaban delante de los autos policiales.
- ¡Oh Kimba! – gritó Gertie señalando la pantalla – te han capturado junto con la cuadrilla de exploradores. ¡No temáis!.
Stela dejó caer el pedazo de naranja de entre sus manos y uno de los perros comenzó a luchar contra Abner, por ser quien devorara la fruta perdida.
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- Oh no – susurró Miles al ver que sería imposible hablarles antes de que fuesen llevados seguramente a la comisaría.
- Ahora, a los niños – habló el policía que comandaba la cuadrilla – avancen despacio hacia donde nos encontramos. No teman pequeños, solo hagan lo que les pedimos, es por su seguridad.
Arnold y Helga se miraron entre ellos. ¿Qué es lo que harían? Arnold dio una mirada entera a todos los hombres de ley, al lado de sus autos, apuntando con sus armas. Los flashes de las cámaras no se hacían esperar, dejando luces parpadeantes detrás de los autos, como si se tratara de un desfile de modas. Videocámaras apuntaban hacia ellos y personas con micrófonos en las manos hablaban seguramente coberturando todo el incidente. Todas las miradas estaban puestas en ellos.
Helga por su parte observó de soslayo a Arnold, esperando que hiciera algún movimiento. Sabía que de los dos era el que solía ser el más razonable, por lo tanto, lo que decidiera en ese instante, sería lo más conveniente. Cuando vió que el rubio volteó a verla e hizo un gesto de afirmación, supo que no quedaba otra cosa que entregarse. Arnold tomó de la mano a Helga y ambos comenzaron a avanzar paso a paso hasta quedar delante de los adultos Shortman y Pataki.
- ¡Déjenme pasar! – una mujer empujaba a todo el tumulto intentando llegar hasta la primera fila – ¡Esa es mi familia!
¿Era su madre? Arnold se detuvo y observó que Stella Shortman logró avanzar hasta llegar al lado de los policías.
- Señora, no puede estar aquí – se escuchó decir a un policía que se acercó rápidamente a la mujer de cabello castaño.
- Es mi hijo, mi esposo y su padre – contestó visiblemente eufórica – esto es un error.
- Señora, por favor, cálmese. Los niños estarán a salvo una vez que los alejemos de ellos.
- ¿No entiende que es mi esposo y mi suegro de quienes estamos hablando? – respondió enojada ante la insistencia del policía regordete. El hombre tomó del brazo a Stella y esta comenzó a forcejear tratando de liberarse.
- ¡Suélteme en este mismo instante! – ordenaba la madre de Arnold – debo ir con ellos.
- Señora, si tan solo me escuch…OUCH! – gritó el hombre obeso soltando a Stella, y alejándose dos pasos del auto de policía que tenía al lado, alzando la pierna.
- ¿Mamá Gertie?
La anciana había aparecido debajo del auto de policía, vestida de ropa de camuflaje para la guerra, con boina roja y botas negras altas.
- ¡Esa anciana me mordió! – gritó el policía sobando la pierna.
- ¡En el amor y en la guerra todo se vale, camarada! – respondió la abuela. Dos policías avanzaron lentamente alrededor de la mujer, tratando de rodearla e inmovilizarla pero Gertie fue más rápida, se agachó rápidamente y dio un giro a su pierna de tal manera que hizo caer de trasero a los dos policías. Los camarógrafos dejaron de enfocar a las cinco personas que estaban en el medio para poner su atención en la anciana.
La mujer lanzó una cuerda hacia un poste de luz cercano y tomando impulso se balanceó en la cuerda hasta caer delante de los niños, tomando de inmediato una resortera y apuntándola hacia los policías.
- ¡Atrás cobardes! – gritó la anciana amenazando a los hombres de ley.
- Mamá – susurró Miles suplicante – creo que estás empeorando las cosas.
- Oh, es inútil que digas algo – aclaró el viejo Shortman aún con los brazos en alto – cuando a esa mujer loca se le mete algo en la cabeza no hay psiquiatra que haga que cambie de parecer.
Los policías apuntaron con sus armas a la mujer, sin embargo, después de que uno de ellos prestara mayor atención y exclamara que solo se trataba de una resortera, todos sus compañeros, incluyéndolo, comenzaron a reír.
- Ja, ja, ja, tiene una resortera muchachos. Qué miedo, una ancianita con un arma tan letal, uh, ahora qué haremos, necesitaremos refuerzos ja, ja, ja.
La anciana sonrió de medio lado y con una velocidad como de una ametralladora, comenzó a lanzar proyectiles a los hombres. Ellos sintieron las punzadas constantes y tuvieron que agacharse, tratando de protegerse.
- ¡Alto anciana! – habló el jefe del comando a través del megáfono – deténgase en este mismo instante. No queremos hacerle daño. No interfiera con la ley.
- Yo soy la ley – respondió Gertie mostrando los dientes y gruñendo.
- ¡Nooo! – un grito desgarrador se escuchó de otro lado.
Todas las miradas buscaron el lugar de donde había salido el grito. Una chica joven, rubia y hermosa lloraba desconsoladamente.
- Señorita, ¿está bien? – otro policía se acercó a la muchacha, quien al parecer tenía un ataque de histeria.
- ¡OLGA! – gritó Big Bob, mirando a su hija a lo lejos.
Olga Pataki estaba de pie, con las rodillas flexionadas ligeramente. Lloraba desconsoladamente, dejando ver el maquillaje corrido alrededor de los ojos.
- Oh por favor, no lastimen a mi papi ni a mi hermanita bebé. Mi papi es un hombre muy bueno y mi pequeña hermana Helga es una niña pequeña e inocente que todavía duerme chupándose el dedo.
Helga se golpeó la frente con la mano derecha. Como siempre Olga tenía que avergonzarla de alguna manera, hasta cuando estaban a punto de ser apresados.
- Señorita, estoy seguro que todo se arreglará, no llore por favor – calmó el policía ofreciéndole un pañuelo que Olga aceptó.
- Oh, gracias señor policía, le agradezco que sea tan cortés conmigo, pero…- Olga comenzó a llorar nuevamente – por favor, no arreste a mi padre, solo somos una familia que quiere salir adelante y mantenerse unida. Nosotros nos queremos mucho y por eso vengo a pedirles como hija y hermana que busquen la bondad que tienen en sus corazones, yo sé que ustedes son padres y saben el sufrimiento que puede ocasionarles a cualquiera de sus familiares si a ustedes les privaran de su libertad. Sé que en el fondo de sus almas pueden sentir la tristeza que estoy sintiendo en estos momentos.
Los policías miraron con mucha pena a la rubia de cabello corto y hasta se pudo ver una lágrima escapar del jefe de comando. Helga bufó viendo el efecto que su hermana mayor había causado en los hombres, peor aún cuando notó que su padre parecía afectado.
- Oh, hija mía – repitió Big Bob, conmovido por las palabras de su primogénita, lo que hizo que soltara una lágrima que quitó rápidamente de su rostro.
- ¡Ha! – susurró Helga rodando los ojos – qué patético.
Big Bob avanzó para reunirse con Olga, quién abría los brazos en señal de recibimiento a su padre, cuando un policía interrumpió de inmediato la escena.
- Hey, le dijimos que se detuviera – habló el del megáfono haciéndole señas a los demás, quienes de inmediato avanzaron en tropel y tomaron a Bob Pataki de los brazos, inmovilizándolo.
- DÉJENME EN PAZ, SUÉLTENME, YO CONOZCO MIS DERECHOS – vociferaba Big Bog mientras dos policías colocaban esposas en ambas muñecas.
- ¡Oh papi! – se quejaba Olga llorando nuevamente.
- Hey suelten ahora mismo a mi padre, gorilas abusivos – gritó Helga apretando los puños – el hombre no ha hecho nada fuera de sus estúpidas leyes.
Arnold observaba la escena sin moverse. Vio como tomaban la cabeza de Big Bob y la apoyaban contra el carro de policía para mantenerlo quieto. Olga Pataki hizo ademán de desmayarse y Miriam Pataki apareció por detrás para sostener a su hija. El padre de Arnold sudaba frío, a su abuelo al parecer le temblaban las piernas incontroladamente y su madre lanzaba una mirada terriblemente preocupada. Su abuela seguía amenazando a los policías con su resortera y Helga…, Helga parecía estar viviendo un ataque frenético de rabia porque continuaba vociferando una serie de palabras nada amables al hombre del megáfono. ¿Por qué tenían que pasar por todo eso?, ¿Solo por mantener su privacidad?, ¿Por tener una vida tranquila sin que la gente los esté señalando por la calle?. En ese mismo instante, después de todo el drama televisivo, seguramente ya todo el país sabría quién era él y su familia, ¿qué más daba seguir huyendo? El tema estaba afectándolo no solamente a él sino a sus padres, sus abuelos, a los Pataki, y por supuesto a Helga, con quien hacía poco…bueno, se podría decir que había llegado a un entendimiento, impensable hacía unas semanas. ¿Entonces qué más sentido tenía?.
El rubio dio un suspiro profundo, y sin pensárselo dos veces, se acercó al carro humeante y subió encima del auto, quedando de pie sobre la parte delantera del viejo Packard.
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- Princesa, ¿saldrás esta tarde?
- Oh no padre, tengo una sesión privada de manicure y pedicure en casa. Antoine vendrá a las 4:00 p.m. Seremos él, su pack de maquillaje y moi – Rhonda bebió un poco de su taza con leche y té de forma delicada, dejando a un lado la tostada francesa.
- Oh querida, quedarás preciosa – exclamó la madre de Ronda limpiando suavemente los labios con una servilleta de finos bordados – Buckley, ¿tenemos juego con los Affour por la noche?
- Por supuesto angel, ya he hecho las reservaciones. Charles tendrá una sorpresa cuando se entere que he mejorado un 50% mi Drop shot.
- Oh, eso es estupendo – exclamó la mujer mirando con admiración a su marido.
- Señores Wellington – interrumpió un mayordomo de cara muy rígida y nariz respingada – permítanme encender el televisor, los valores de la bolsa los darán en el noticiero dentro de unos minutos.
- Claro, claro, Rupert, haznos el favor – respondió el padre Wellington acomodando sus nuevas gafas parisinas.
El hombre del traje negro y corbatín tomó el control remoto de una bandeja de plata y apretó el botón de encendido. De inmediato pasó el canal hasta el noticiero de las 10:00 a.m.
Rhonda mordió un pequeño trozo de tostada y sorbió otro poco de líquido para suavizar las migajas en su garganta. Cuando se dio cuenta quién estaba en la televisión, frotó los ojos y volvió a mirar a la pantalla. ¿Arnold Shortman en el noticiero? ¿Rodeado de policías?
- Cariño, ¿ese no es uno de tus compañeros de la escuela? – preguntó la madre alzando una ceja.
- Si madre, es Arnold. El único que jamás podría imaginarme acorralado por todas las fuerzas policiales de Hillwood.
- Hum – la mujer dio una mirada petulante de incredulidad – Rhonda, deberías tener más cuidado al escoger a tus amigos, uno nunca termina de conocer a las personas.
- Ni que lo digas madre – afirmó la niña mirando atentamente la pantalla del televisor para saber por qué el chico estaba encima de un auto viejo.
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- ¡Oh, es Arnold, miren es Arnold en la televisión! – gritó Stinky desde el lugar en el que estaba sentado.
- ¿Otra vez con lo del rescate de sus padres? Eso es agua pasada - respondió Sid avanzando por toda la habitación en patines.
- No creo que sea eso esta vez Sid – aclaró el chico narigón subiendo el volumen del televisor.
Sid se acercó agarrándose de los bordes de la cama y se sentó en ella, quitándose los patines y lanzándolos a unos metros, para quedarse en calcetines.
- Oigan – una figura regordeta apareció en la puerta de la habitación de Eugene – miren lo que encontré en el refrigerador y en la despensa.
Harold cargaba en brazos muchas bolsas y en la boca llevaba un paquete de malvaviscos. Todo el contenido lo dejó en el piso y se arrodilló para mirar mejor su tesoro.
- Tenemos galletas, chocolates, queso suizo, jugo pasteurizado, gomitas, soda, mantequilla de maní, helado, y una pierna de jamón.
- ¿Por qué traes la pierna de jamón a la habitación? – preguntó Sid.
- Porque me gusta el jamón y lo como en el lugar que se me dé la gana – respondió maleducadamente el niño obeso, tomando entre sus brazos defensivamente la pierna de jamón, como si alguien pudiera arrebatárselo.
- Errr, Harold – habló Eugene que había aparecido con el niño – quizá podríamos comer solo un poco menos para que la comida pueda alcanzar mientras mis padres no se encuentran y…
- Hey – respondió Harold de mala gana – hemos venido a visitarte y tú nos niegas la comida?, eres muy malagradecido.
- Si Eugene, esto es algo muy malo de tu parte – afirmó Sid moviendo la cabeza negativamente.
- No pensé que Eugene fuera así con sus amigos – confirmó Stinky Peterson masticando una barra de chocolate que Sid le había pasado.
- Errr…sí, discúlpenme, no sé en qué estaba pensando chicos – respondió Eugene frotando el brazo – ya que han venido a visitarme, creo que pueden comer lo que quieran. Ya saben lo que dicen, donde come uno, pueden comer tres – continuó alzando los hombros.
- En realidad somos cuatro – aclaró Stinky.
- Y yo valgo como seis así que es mejor que tengas suficiente comida – dijo Harold mordiendo un pedazo de la pierna de jamón sacada del refrigerador.
- Shhh…allí está Arnold, se está subiendo al auto de su abuelo – indicó Stinky tratando de escuchar lo que decían en el noticiero.
- ¿Es mi amigo Arnold quien está allí? – preguntó Eugene colocando ambas manos en la boca.
- Arnold se ha vuelto loco – opinó el niño regordete dando otra mordida al jamón.
- Parece que quisiera decir algo, ¿qué está haciendo? – dijo Sid acercándose más a la pantalla.
- Tal vez quiera cantar – indicó Stinky.
- ¿Cantar?, ¿Y para qué querría cantar?, No es un show de talentos – habló Sid.
- No lo sé, a veces a mí me dan ganas de hacer pudín de limón cuando estoy caminando por la calle, de repente a él le dieron ganas de cantar.
- Eso sería una idea estupenda Stinky – apoyó Eugene.
- Eso sería una idea boba y de niñitas – dijo Harold limpiándose las mejillas con los brazos – ¡Arnold es una niñita! – exclamó riendo fuertemente.
- Shhh… acaba de pedir que hagan silencio – Stinky frotó la nariz con las manos y estiró el cuello – oh, un policía ahora le está hablando. ¿Creen que Arnold irá preso?.
- Tal vez. ¿A qué edad pueden meterte a la cárcel? – preguntó Sid.
- Arnold será un preso toda su vida – habló Harold lamiendo la salsa alrededor de sus dedos.
- Esa es tener mala suerte, pobre Arnold – habló Sid. El chico dio una mirada hacia atrás y vió a Eugene, a quién le brillaban los ojos al ver la pantalla del televisor – Creo que Eugene le ha pegado su mala suerte.
- ¿Otra vez? – dijo Stinky.
- ¿De qué hablan muchachos? – respondió Eugene con una sonrisa y acercándose al televisor – Yo no tengo mala sueeeeerrrrrrrrrr…..
Eugene pisó uno de los patines que Sid había desperdigado, dio media vuelta de campana hacia atrás y cayó sobre su espalda, quedando boca arriba.
- Estoy bien – dijo Eugene mientras veía como varias aves bailaban a su alrededor.
Sid y Stinky se miraron entre ellos y luego alzaron los hombros dirigiéndose al televisor nuevamente. Harold se estiró hacia el lugar en el cual Eugene se encontraba recostado.
- ¿Estás seguro que estás bien? – dijo Harold viendo los ojos desorbitados del pelirrojo.
- Sí, estoy más que bien Harold. Gracias por preguntar – dijo el pequeño niño mostrando los dientes.
- Que bien, porque ya se acabó la pierna de jamón y necesito que bajes a sacar la que queda en tu refrigerador.
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- Un paso hacia atrás, de allí una vuelta, tres pasos hacia atrás otra vez…uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…
Gerald retrocedió la pierna derecha y luego la izquierda, dio dos veces una vuelta y repitió la rutina dos veces seguidas. Dio un salto lateral dando un movimiento de cabeza hacia la derecha y lo mismo hizo hacia la izquierda, hasta dar un giro en el aire y caer en el piso con una pose relajada.
El hombre del televisor se movía acompasadamente con la música luego de dejar la pose relajada. Al menos ya llevaba la mitad de la rutina aprendida de memoria. Esos pasos de hip hop serían lo más cool dentro del primer baile que tuvieran en la escuela y las nenas seguro quedarían encantadas. Sonrió. Gerald, mi hermano, eres el hombre – susurró asimismo tomando una bocanada de aire y secándose el sudor con la toalla que tenía al lado.
- ¡Gerald! – una voz infantil se escuchó detrás de la puerta tras escucharse mover la manija de la puerta.
- ¿Qué quieres Timberly? – dijo el chico malhumorado – Ya te dije que estoy ocupado.
- ¿Estás practicando tus pasos de baile? – preguntó la niña inocentemente.
- Si, y no, no puedo dejar que veas, no tengo tiempo para enseñarte. Ve a jugar con tus muñecas – respondió el chico subiendo el volumen del televisor.
- ¡Pero, le diré a mamá! – la voz de la niña se dejó de oir, sintiéndose sus pasos alejándose.
- Niños – se dijo Gerald sentándose en la cama y encima del control remoto por casualidad. El canal se cambió de inmediato y el bailarín desapareció para aparecer en la pantalla la cobertura de una noticia en la que estaba involucrada la policía de Hillwood.
Gerald tomó el control para regresar al canal de música pero una figura conocida hizo que se detuviera y dejara el control remoto a un lado de la cama.
- ¡¿Arnold?!
El moreno se levantó y se acercó a la pantalla del televisor, mirando boquiabierto cómo su amigo estaba diciéndole algo a la policía. Una toma amplia permitió que pudiera ver quiénes eran las personas que se encontraban al lado de su mejor amigo. Una niña de coletas, vestido rosa y ceño fruncido, estaba parada al lado del auto del abuelo de Arnold.
- Umm, umm, umm – dijo el chico moviendo negativamente la cabeza – Sabía que relacionarse con Helga G. Pataki le traería problemas a mi hermano, pero esto es ridículo – Suspiró – Como lo sospechaba, esa mujer será su perdición.
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Arnold subió tomando impulso y apoyándose en la llanta. Se puso de pie encima de la parte delantera del Packard y dio una mirada alrededor. Todos estaban ensimismados en cada grito, cada riña y cada llanto, los periodistas hablaban delante de las cámaras, y la gente alrededor exclamaba frases que se entremezclaban y se hacían difusas.
- Disculpen, por favor, disculpen… - intentó llamar la atención de todos, pero nadie siquiera lo escuchaba. Comenzó a agitar los brazos – Señores, atención, disculpen, quisiera….disculpen…
No había ningún resultado.
- Señores…si me podrían escuchar un momento por favor – intentó alzar un poco más la voz pero parecía que nadie advertía su presencia a pesar de estar encima del auto.
- ¿Qué se supone que estás haciendo, cabeza de balón? – Arnold volteó a ver hacia abajo y vio a Helga con las manos a las caderas, alzando la uniceja.
- Intentando decirles algo.
- Pues así no te oirá ni tu consciencia – Helga aclaró su garganta – ¡HEY! ¡OIGAN TODOS! ¡EL NIÑO DE LA CABEZA GRANDE QUIERE HABLAR!
Sin embargo, nadie prestaba atención a Helga tampoco.
- Es inútil Helga – dijo Arnold mirando el poco efecto que sus gritos habían causado en las personas.
- Oh, claro que no – respondió Helga en tono decidido. Aspiró la mayor cantidad de aire que pudo, infló el pecho y soltó todo lo que tenía guardado - ¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
El grito duró bastante tiempo como para pasar desapercibido. Las ventanas retumbaron, una maceta cayó de lado y un gato de la impresión resbaló de un segundo piso. La agudez del grito logró que la gente dejara de hablar y volteara de inmediato al frente, mirando a la niña que parecía estar muriéndose.
Cuando todos fijaron su atención hacia los protagonistas del episodio policial, Helga dejó de gritar.
- Bien, el público es todo tuyo cabeza de balón – indicó Helga con aires de suficiencia y una media sonrisa.
- Errr…gracias Helga – respondió Arnold con una mano en la cabeza, aturdido por el grito – Bien, señores, necesito que me escuchen un minuto.
El jefe del comando tomó nuevamente el megáfono y habló – niño, bájate del auto, necesitamos que te bajes del auto y vengas hacia nosotros. Es por tu seguridad.
- ¡No! – respondió el rubio – Digo, primero necesito que me escuchen. Todo mundo. Esto es muy importante. Después de esto, si aún lo quieren, nos entregaremos.
- No, muchacho, que estás haciendo… - dijo el abuelo de medio lado aún con las manos en alto.
El hombre bajó el megáfono y los demás policías miraron a su jefe esperando escuchar una orden. El policía hizo una señal de espera al cuerpo policial y con otra seña incentivó a Arnold a proseguir.
- Gracias – respondió el chico de los cabellos desordenados – Sé que esto parece una persecución. Cinco malas personas que han roto las reglas, han excedido el límite de velocidad llevando a dos niños dentro del auto y ahora se resisten a la policía. Cualquier persona que viera esta escena podría incluso pensar que somos delincuentes. Pero, en realidad no lo somos. Somos personas comunes y corrientes. No somos malos ni queremos hacerle daño a nadie. Está por ejemplo el señor Pataki y Helga, su hija – dijo Arnold señalando al hombre esposado y a la rubia de coletas – ellos solo nos estaban acompañando porque nos conocemos desde hace mucho tiempo, simplemente no tuvieron nada que ver en este asunto – El hombre corpulento gritó un ¡Se los dije! a los policías que lo tenían enmarrocado - Mi padre y mi abuelo – continuó mirando a su abuelo y a su padre quien saludó al público moviendo las manos y sonriendo nerviosamente – son personas de bien. Ellos solo estaban intentando llevarme a casa, mi hogar, en donde mi madre nos esperaba. ¿Saben?, creo que deben haber visto las noticias, pero si es que no lo han hecho, puedo decirles que sí, soy Arnold Shortman, el niño que viajó a la selva de San Lorenzo a buscar a sus padres. Fui criado por mis abuelos hasta los nueve años. Mis padres habían desaparecido y nadie sabía nada de ellos hasta que un día encontré el diario de mi padre y al leerlo pude darme cuenta que existía la posibilidad, aunque fuera la más remota, de que podían estar allí todavía, perdidos, y que debía encontrarlos. Mi vida no ha sido solitaria, porque mis abuelos y los inquilinos en la casa de huéspedes que es donde vivo han hecho divertidos mis días, sin embargo, un niño siempre quiere tener a sus padres al lado. Por eso, gracias a un premio escolar, mis compañeros y yo fuimos a Centroamérica, y, con su ayuda y la de mi maestro, el señor Simmons, pude localizar a Stella y Miles Shortman, y ahora que los tengo a mi lado, no quisiera que se alejaran nuevamente. Mis padres han salvado sin interés alguno a toda una civilización que se creía perdida, y lucharon durante mucho tiempo contra narcotraficantes ¿ustedes creen que podrían ser malas personas entonces?
Los periodistas se esforzaban por captar el mejor enfoque al niño que estaba proclamando su discurso.
- Mis abuelos por otra parte, a pesar de su avanzada edad han hecho lo posible por darme una buena vida, con todas las comodidades que necesita un niño para crecer saludable, y aún más, me han dado todo el amor que un chico necesita para ser feliz. ¿Ellos podrían ser malas personas?.
Helga suspiró al oír el discurso y la sinceridad con que su amado expresaba cada palabra.
- Por eso…- Arnold hizo una pausa – les pido que por favor, reconsideren su opinión respecto a mi padre y mi abuelo, y comprendan que si han hecho una locura, ha sido solo para protegerme de los rumores y de todo el escándalo que se ha formado alrededor de mi historia, que puede ser la historia de cualquiera de ustedes.
Las personas se miraban unos a otros y murmuraban, asintiendo o negando con la cabeza. Parecía que algunos estaban comenzado a cuestionar el accionar de la policía y de los periodistas.
- Si, si, pero ¿Acaso el querer proteger a alguien es justificación suficiente como para quebrantar la ley?, ¿Se puede perdonas a un ladrón cuando roba a un inocente solo porque tiene hambre?
Un hombre bajito de bigote había aprovechado el silencio para intervenir. Big Bob lo reconoció de inmediato. Se trataba del periodista que los había entrevistado la primera vez en su casa, interesado por la historia de su segunda hija.
Los policías se miraron entre ellos y luego dirigieron su mirada hacia su jefe. El hombre levantó el megáfono y habló.
- Niño, el hombre tiene razón. Sea cual sea el motivo, no podemos permitir que se rompan las reglas, lo siento mucho.
Arnold miró a los policías y no supo qué más decir. Se le habían acabado las ideas y temía que su padre y su abuelo terminaran en la cárcel con varios cargos en su haber. Pronto sintió que algo lo agarró de la pierna y de inmediato volteó a ver que era. Helga estaba intentando subir al auto. Arnold tomó de su mano y la ayudo a reincorporarse encima del Packard. Cuando estuvo al lado suyo, avanzó delante de él y plantó ambos pies son firmeza.
- Escúchenme todos – comenzó a hablar ante la mirada sorprendida de Arnold – el policía tiene razón. No hay justificación alguna para cometer algún crimen. Deberían ahora mismo llevar a los tres hombres a la cárcel y aplicar justicia.
Arnold alzó la entreceja. ¿Qué estaba haciendo Helga?.
- Pero, las cosas deben ser justas del todo, ¿verdad? – Helga volteó a ver frunciendo el entrecejo al hombre bajito de bigotes – ¿Nadie se ha preguntado por qué los Shortman excedieron la velocidad del auto?, ¿Por qué actuaron de esa manera? Usted señora de los anteojos – continuó Helga señalando a una anciana cegatona - ¿por qué cree que los Shortman escapaban?
- Bueno…a decir verdad…- respondió la mujer.
- ¡Exacto! – interrumpió la niña – porque alguien los estaba persiguiendo. Y usted, señor Green, ¿Adivina quién los estaba persiguiendo?
- Bueno Helga, en realidad yo…
- ¡Le doy la razón! – prosiguió Helga – ¡los medios! – acusó señalando con el dedo al hombre regordete del bigote – El poder que han adquirido los hace seres ambiciosos de sensacionalismo, y no solo eso, se han convertido en jueces de las acciones del pueblo! Señora Vitello, y ahora le pregunto a usted, ¿De quién es la culpa?
- Errr…déjame decirte que…
- ¡Correcto! – continuó la rubia – Nosotros. Nosotros, las personas comunes y corrientes, somos los únicos culpables de brindarles el poder suficiente como para otorgarles la gracia de juzgarnos y decidir el destino de todos. Solo mírenlo. Ese hombre de allí del canal siete – el hombre regordete se sobresaltó agitando su bigote de forma extraña – Él con todos sus amigos periodistas han perseguido a los Shortman desde que regresaron de San Lorenzo, invadiendo su privacidad, limitando la libertad de este pobre, débil y patético niño – Helga comenzó a dar palmaditas en la espalda a Arnold – y evitando que pueda disfrutar del tiempo que necesita para crecer y desarrollarse como un chico normal. Esa morbosa necesidad de conocer el sufrimiento que ha pasado Arnold Shortman y saber todos sus detalles nos ha llevado a ser autores de las monstruosidades que los periodistas aquí presentes han cometido con esta familia sin que a ellos nadie los juzgue. ¿Pedimos justicia por algo que nosotros mismos hemos causado? No lo creo.
La gente comenzó a murmurar y a mirar de mala cara a todos los periodistas que comenzaban a sentirse nerviosos. Aquella pequeña niña tenía razón, era lo que se sentía en el ambiente.
- El chico quiere ser cuidado al igual que cualquier niño en el país. Arnold Shortman, un niño norteamericano tan común y corriente, tan chico promedio como lo son todos ustedes. Arnold podría ser su hijo – dijo la rubia señalando al vendedor de helados – O su hijo – añadió señalando a uno de los policías que tenía enmarrocado a Bob Pataki, haciéndole que bajara la mirada avergonzado – O su hijo – terminó señalando hacia una de las cámaras.
Desde la habitación de Eugene, Stinky se estremeció.
- Oh, vaya, nunca hubiera pensado que Arnold podría ser mi hijo.
- Si – continuó secándose una lágrima Sid – Arnold es nuestro muchacho.
En el lugar donde se encontraban los policías, Helga continuó su discurso.
- ¿No es justo que el chico tenga el derecho de pasar tiempo con sus padres sin que lo estén acosando?
-¡Si, tiene razón! – gritó un hombrecillo pelirrojo de calcetines amarillos.
- ¿No es justo que su familia lo defienda tanto como ustedes defenderían a los suyos?
- ¡Sí! – gritó Ernie.
- ¿No es justo que Arnold Shortman sea protegido por las leyes de los Estados Unidos de America?
- ¡Sí!- gritaron al unísono todas las personas que se encontraban en el lugar.
- ¡Entonces yo digo que atrapemos a los periodistas y les demos una lección para que jamás se vuelvan a meter con nuestras familias! ¡Que enciendan las antorchas!
Todas las personas alrededor comenzaron a avanzar apretando los puños y dirigiéndose a todos los periodistas que estaban cubriendo la noticia. Todos los colegas se fueron reuniendo en un solo punto, viéndose amenazados por la turba.
- Alto ahí – dijo el policía del megáfono – o los detendré a todos.
Las personas no escucharon al policía y trataron de atrapar al hombre de bigotes.
- Ya escucharon – respondió furioso el regordete de los bigotes – no nos pueden hacer nada. En este país existe la libertad de expresión. Haremos lo que tengamos que hacer para llevar al público las últimas noticias. Mis periodistas irán, se colocarán delante de sus puertas todo el día esperando que se aparezcan, se meterán en sus casas si es necesario tal como lo hicimos en la casa de ese chico. Los buscaremos por mar y tierra hasta tener la exclusiva, los perseguiremos en auto como lo hicimos con esa familia si es posible, no los dejaremos vivir en paz, me escucharon, no los dejaremos vivir en paz!.
- Asi que… - interrumpió un policía corpulento apartando al resto de las personas – Invasión de propiedad privada, exposición mediática de niños no autorizada por sus padres, causante de persecución en auto que pudo acabar con la vida de sus pasajeros y de otros ciudadanos inocentes…sí que tenemos varios motivos para presentarse ante la justicia…
- ¿Eh?, se, se equivocan…esto no es justo…oigan…tengo conocidos en las altas esferas…esto no se quedará así – los policías que tenían atrapado a Bob Pataki, lo soltaron, y enmarrocaron con las mismas esposas al periodista.
El Jefe del comando solo dijo "llévenselo" y el hombre fue metido dentro de un auto de policía y este partió.
- ¿Ustedes también participaron de todo eso? – preguntó el jefe de policía a los demás periodistas, quienes negaron nerviosamente con la cabeza y se metieron en sus autos con todo su equipamiento, alejándose del lugar.
- Bien señores – habló el hombre – el espectáculo se terminó, despejen el área. Charlie – indicó a otro policía – nos dirigiremos a la calle 44, tenemos un 25-43.
- Sí señor – obedeció el hombre que parecía ser Charlie.
Stella corrió rápidamente hacia donde se encontraba su familia y abrazó a Miles, así como a Arnold quien estaba todavía sobre el viejo auto de Phil. Ante esta escena, el policía volvió a mirar a los Shortman y se acercó hacia ellos.
- Esta vez les ha ido bien, pero por favor señores, no vuelvan a hacer lo que hicieron.
- Claro que no – respondió Miles avergonzado – tenga por seguro que esto no volverá a suceder.
- Eso espero buen hombre, eso espero. Y…niños… - esta vez se dirigió a los niños encima del Packard – Buen discurso. Aunque exageraron un poco con lo de las antorchas…
El policía hizo una señal de despedida, se colocó los lentes de sol y se dirigió a su auto, partiendo todos los automóviles del lugar.
Bob Pataki se acercó al auto de los Shortman, junto con su esposa y su hija mayor.
- Bien, ahora nosotros ya nos vamos – indicó bajando con sus corpulentos brazos a la rubia de coletas de encima del Packard.
- Oh, hermanita bebé me alegra que no te haya pasado nada malo. Pensé que me moriría si tan solo te hubieran hecho daño – expresó Olga abrazando a su hermana menor.
- Tranquila, para tu coche hermana – dijo Helga con fastidio tratando de zafarse del abrazo – no es necesario tanto cariño.
- Sentimos mucho lo que sucedió – indicó Miriam.
- No se preocupe – respondió Miles con una sonrisa, cargando a Arnold y dejándolo en el piso – lo importante es que todos estamos bien.
- Así es Señora Pataki – continuó Stella - sentimos mucho que Helga haya sido afectada también por esto.
- He, he, he – rió el viejo Phil Shortman – pero ella nos salvó así que estamos en deuda con ustedes.
- Si ya terminaron, Miriam, ¿nos podemos ir? Hay un juego dentro de una hora – interrumpió Bob Pataki – Estaré en el auto.
El hombre se alejó unos metros internándose dentro del auto de la familia, en el que Olga y Miriam habían aparecido tras ver por la televisión el episodio policial.
- Muchas gracias por cuidar de Helga, sobre todo a ti pequeño Arnold – mencionó Olga sonriendo sinceramente.
- Err…no es nada…- respondió Arnold sobándose el cuello y mirando de soslayo a la rubia. Helga se sonrojó y miró hacia otro lado. Por todo el escándalo había olvidado por completo la nueva situación con el chico.
- Bueno, ya nos tenemos que ir. Gracias otra vez…- Miriam avanzó junto con Olga y Helga hacia el auto Pataki, cuando escucharon la voz de Arnold.
- Helga, espera – habló el rubio con las mejillas sonrojadas - ¿Crees que pueda hablar un minuto contigo?
Olga y Miriam se miraron entre ellas y solo asintieron indicando que la esperarían en el auto junto con su padre. Miles comenzó a llamar por celular a un servicio de grúa para que se pudieran llevar el auto, mientras Stella llamaba la atención a Phil y a Gertie por exponerse de una manera tan peligrosa siendo personas ya mayores.
- ¿Qué sucede Arnold? – preguntó Helga sobándose el brazo derecho.
- Quería agradecerte por lo que hiciste.
- Yo no hice nada – la rubia miró hacia otro lado.
- Sí, nos salvaste. Tu discurso fue muy convincente.
- Nah, cualquier lo hubiera hecho cabeza de balón. Es fácil convocar a una turba rabiosa con antorchas y rastrillos.
- Claro – respondió Arnold sonriendo de medio lado – pero las turbas rabiosas son más divertidas cuando tú las formas.
- Lo sé – respondió Helga con autosuficiencia.
- Y además quería….
- ¡Olga!, señorita, estamos esperando más de medio siglo aquí. Deja de hablar con tu amigo de la cabeza enorme y ven de inmediato!
- ¡SI PAPÁ, Y SOY HELGA!- dijo fastidiada la rubia mirando la expresión hosca de Bob Pataki a lo lejos - ¿Qué querías?, vamos Arnold, escúpelo de una vez.
- Quería confesarte que con lo que ha pasado hoy, y viendo la forma tan apasionada en la que nos defendiste, a mi familia…y a mi…- Arnold hizo una pausa mirando a Helga – me he dado cuenta que me gustas aún más.
- Oh…-Helga miró con ojos perdidos al chico y luego se sobresaltó cuando Big Bob gritó nuevamente llamándola.
- Creo que me tengo que ir…pero…antes…quiero decirte que tú….cuando hablaste con los policías.…a decir verdad…tú…me pareciste…muy….um…varonil
- ¿Varonil? – era la primera vez que a Arnold alguien le llamaba de esa manera.
- Sí, ya sabes…varonil…macho…semental…
Arnold se ruborizó hasta el tuétano al escuchar las palabras tan "sinceras" que salían de los labios de Helga.
- Err…gracias…- respondió el rubio mirando hacia el piso. Helga había dicho que le parecía un "semental", sea lo que fuese que significara. Apenas llegara a casa le preguntaría a Gerald, o a su abuelo.
- Si, bueno…ahora si me tengo que ir…y eso si – respondió Helga tomando del cuello al rubio causándole sorpresa – No olvides que debemos vernos al menos una vez al día, para ….besarnos o algo….recuerda que soy tu novia cabeza de balón y si te desapareces tendrás una cita con Betsy y los cinco vengadores.
Helga soltó a Arnold con el rostro en llamas y se dio media vuelta dirigiéndose al auto de su familia. Arnold, con una mirada boba, una sonrisa amplia de oreja a oreja y la camiseta arrugada quedó observando a la rubia alejándose hasta que su abuelo lo sacó de su ensimismamiento.
- Hombre pequeño – llamó desde un lado.
- ¿Si abuelo?
- ¿Deseas que saque el viejo trapo con el que limpio el Packard?
- Err, no, ¿para qué? – respondió Arnold mirando como el auto de Helga desaparecía en el horizonte.
- Para recoger lo que quede de ti en el piso, muchacho, porque te estás derritiendo como helado en pleno verano, he, he, he.
- Abuelo…- respondió el chico sonrojándose y moviendo la cabeza negativamente. Tendría más cuidado frente a su abuelo, podría avergonzarlo realmente, sobre todo frente a Helga. Helga. Suspiró por dentro. Se sentía como en las nubes….
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Bueno chicos, este es el fin de la primera historia de este fic. En la semana estaré escribiendo un epílogo, quizás, en realidad estoy decidiendo si hacerlo o escribir ya el inicio de la segunda historia. Agradezco infinitamente sus palabras y su apoyo.
