¡Hola a todos! Quizás ya no se acuerden de que existe esta historia y no os imagináis lo mucho que lamento el retraso, pero ha sido una temporada muy dura para mí, han pasado muchas cosas que me han matenido apartada de este fic. Pero no quiero que penséis que por un momento he pensado abandonarlo, tengo mucho cariño por este fic y sabiendo que hay tanta gente que disfruta leyendo, es una irresponsabilidad por mi parte no actualizar antes.
Peero, quiero agradeceros todos los reviews bonitos que me envíais :) Me hacen infinitamente feliz. Este es el penúltimo capítulo, después de esto queda un pequeño epílogo con UKUS, más adelante publicaré como one-shot el Polonia x Lituania pero no será un capítulo de este fic.
Tengo que hacer una gran advertencia, este capítulo contiene *redoble de tambores* LEMON, no es especialmente fuerte, pero creo que cambiaré el rating. Es el primer lemon eque escribo más allá del lime de otros capítulos. Habrá gente a la que le guste y a otros que no, pero tras pensármelo mucho decidí que esta historia no podía acabar con el mismo lime de siempre.
Por último, tengo que hacer unos agradecimientos especiales: a twinotakus que me han animado tantas veces a continua esto, a Fredo Godofredo, que estoy segura que sabéis quien es, pero aún así le prometí publicidad gratuita por escribir el fic "Supongamos" (leedlo, leedlo, leedlo) y a Daniela Madnerdy, añadí los personajes que me dijiste (ya ni te acordarás) aunque solo sean pequeñas intervenciones.
Parejas: FraciaxCanadá, AlemaniaxItalia, EspañaxRomano, USAxUk, PrusiaxAustria, LituaniaxPolonia, GreciaxJapón, RusiaxChina, Dinamarca x Noruega, Suecia x Finlandia (absolutamente todas las parejas son versátiles) Insinuación de Islandia x Hong Kong
Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son de Hidekaz-sama, yo solo los secuestro un ratito, pero luego los devuelvo.
Advertencias: LEMON, ya está dicho.
Palabras: 5013, según word.
Hala, disfrutad~
Matthew sentía punzadas de emoción recorrer su espina dorsal mientras secaba su cabello con la toalla amarillenta que el gerente del motel le había dado a regañadientes. Se levantó con la autoestima por las nubes, o por lo menos más alta de lo que jamás en su vida había estado, lo cual no era muy difícil.
Aquel día iba a comerse el mundo, iba a demostrar que no solo existía, sino que podía tomar sus decisiones, que era todo un hombre. Uno que, por cierto, carecía de cualquier atisbo de pelo en las piernas por culpa de cierto polaco.
Tomó un peine y trató de arreglarse el cabello con la mayor pulcritud posible, se maldijo por no haber traído gomina entre su equipaje apresurado cuando quiso huir de Francis.
-Uhm… Francis – susurró con una sonrisa ladeada.
Su corazón se desbocaba cuando se acordaba de su novio y de lo que se había propuesto hacer. Estaba por un lado aterrado, pero un cosquilleo de la adrenalina pesaba sobre su vientre. Esa sería la última vez que se duchara en el anticuado baño del motel, la última vez que se secara con una toalla de dudoso origen y, sobre todo, la última vez que durmiera lejos del francés.
-Voulez-vous coucher avec moi, ce soir, oh oh! - cantaba usando un cepillo como micrófono, imitando la famosa canción de Lady Marmalade.
Había tres cosas que sin duda no le sentaban bien: la falta de sueño, el nerviosismo y la abstinencia sexual, aunque eso sólo desde que empezó a salir con Francia. Pero daba igual, era su día.
…
-Voy a dejar a Canadá – sentenció Francis nada más llegar a primera hora de la mañana al edificio de la reunión, que ese día se celebraba en París.
El único que se encontraba en la sala era Inglaterra, que como buen caballero británico debía llegar dos horas antes como mínimo. Cuando oyó lo que dijo el otro rubio primero creyó que era una broma, pero al ver que su rostro estaba serio y pálido, golpeó indignado con su puño la madera de la mesa.
¡¿Estás loco? – se acercó al francés y le agarró del cuello de la camisa con los ojos inyectados en sangre por la ira– te lo advertí cuando empezasteis a salir, ¡Canadá no es uno de tus juguetes! You bastard! ¡Debería cortarte los…
-Para – ordenó tapándole la boca, sin romper su semblante frío como la piedra – Amo a Matt por encima de todo, por eso le voy a dejar ir. Ya no es feliz conmigo.
Arthur apartó la mano del francés de sus labios.
-¿Estás seguro? - preguntó frunciendo el ceño – Sabes que cuando digo que eres un pervertido y que no te lo mereces no va en serio, ¿no? Bueno, eres un pervertido y eso, pero él te quiere.
-Arthur, ayer le vi, con Prusia. Le abrazó, le dijo que se acostaría con él porque le quiere – su faceta se fue quebrando mientras sus ojos se aguaban.
-¿Que Canadá dijo qué? No puede ser, es imposible. ¡Y menos con Prusia! ¿Pero se conocen? Es una locura.
-No lo es, Hungría se dedicó durante una buena temporada a molestarme diciendo que Matt y Gilbert hacen muy buena pareja según mucha gente en fanfiction.
-Hungría dice que la Guerra Fría fue tensión sexual y que los nórdicos hacen orgías. ¡¿Y qué mierda es fafiction?
-No lo sé pero parece que tiene sentido… ¡agh no sé qué pensar! Yo lo vi, con estos ojos. Canadá no diría eso a nadie porque sí. Y lleva casi un mes evitándome y actuando raro.
Inglaterra se acercó a la ventana pensativo y observó un mercedes negro aparcar en su plaza.
-¿Y si sólo es una crisis pasajera? No lo des todo por perdido aún, supón que esté dudando si siente algo por Prusia, eso no significa que de repente ya no sienta nada por ti.
-No, si de verdad quiere a Prusia hasta tal punto que es capaz de decirle "te amo" y querer hacerle el amor, yo no puedo competir contra ello, ante todo quiero que sea feliz, y si eso implica renunciar a él y entregárselo a uno de mis mejores amigos – limpió una lágrima que estuvo a punto de rebosar por el rabillo del ojo – que así sea.
-Esto lo tenemos que hablar, pero no aquí. Alemania está subiendo, vamos a la habitación de al lado.
Inglaterra tenía el presentimiento de que había alguna pieza faltante en el puzle y uno no lee tanto Sherlock Holmes si perfeccionar su sexto sentido para resolver misterios.
…
Matthew se balanceaba hacia delante y atrás en la silla de la sala de reuniones. Estaba experimentando algo completamente nuevo, desde que había entrado, una buena proporción de países le miraban por el rabillo del ojo, murmuraban algo de vez en cuando y, en general, notaban que estaba allí. Debía estar soñando.
Sin embargo, ni rastro del anfitrión de la junta ni de Inglaterra, a pesar de que deberían haber empezado 15 minutos antes.
Ignorando la curiosa atención que le brindaban los demás, miró en el reflejo de su móvil qué tal se veía, quería causar buena impresión a su pareja en cuanto entrara en la sala. Cuando terminó de acicalarse y desvió la mirada de su reflejo se encontró con unos penetrantes ojos verdes a escasos centímetros.
-¡Ah! – exclamó de la impresión – Ehm, Polonia, ¿pasa algo?
-Mira, como que me nos puede la curiosidad – dijo señalándose a sí mismo y a unos cuantos detrás de él – Al final, ¿cómo fueron las cosas con Francia?
-Y-yo… - se mordió el labio, pensó que moriría de vergüenza, pero claro, siendo un país no puede morir, solo vivir una vida eterna de sufrimientos y polacos preguntando sobre su vida sexual. Maravilloso.
-O sea, como que te lo dije, aún no ha hecho nada – se dirigió al ruso interpretando el silencio de Matthew – me debes 20 euros.
-No, yo creo que no te debo nada – sonrió sacando de la nada un piolet.
-No es eso… -comenzó a defenderse el norteamericano.
Poco a poco, los demás se entrometieron en la conversación.
-Tener a un hombre a tus pies tampoco es tan difícil – intervino Turquía. ¿TURQUÍA? ¿Pero él era homosexual?
- Ehm, agradezco vuestro interés pero…
-¡Tú eres el novio de Francia! –cayó en la cuenta el español, recibiendo una mueca de desesperación por parte de toda la sala – No me puedo creer que no te sirvieran mis consejos, yo a Holanda también le dije que usara disfraces una vez y el otro chicomphg…
Holanda le agarró por detrás y le tapó la boca para que no continuara.
-¡Antonio! – gritó la húngara desesperada por oír el resto del relato – ¿Por qué nunca me habías dicho que Holanda también es gay…
Del mismo modo, fue hecha callar con la mano del holandés.
-A NADIE LE IMPORTA, ¿queda claro?
Los otros europeos asintieron.
-Yo entiendo que no quieras tomar esa posición, pero hay veces que hay que ceder a los deseos de tu pareja – soltó desinteresadamente el islandés desde un rincón de la habitación, mientras comía una bolsa de patatas fritas – Como cuando te piden que vayas a una cena familiar llena de asiáticos que o te odian por tocar a su hermanito o quieren recalcar que Islandia fue inventado por los coreanos o…
-Se entiende el concepto – aclaró el hongkonés antes de que China le saltara encima por insultar a su familia – es como cuando tu pareja prepara una tarde romántica y te lleva a ver un museo de penes*.
Todos sufrieron una pérdida de neuronas tras el comentario. Nadie volvería a mirar a Hong Kong con los mismos ojos, pero este solo sonrió al islandés e intercambiaron una mirada cómplice.
Después de eso, la habitación se convirtió en un auténtico circo, todos hablaban a la vez detallando lo semes que eran. Hungría anotaba con velocidad toda la información que estaba obteniendo, para utilizarla en futuros doujinshis. Canadá se escabulló entre la multitud y se acercó a la salida que daba al pasillo, deseando no caer tan bajo como para que el pequeño Sealand quisiera ayudarle también.
Abrió la puerta, lamentablemente, cuando iba a escapar chocó con un traje de chaqueta blanco no muy bien conjuntado para pertenecer a su dueño.
-Francis – susurró con una mezcla de ansiedad y felicidad.
El otro giró la cara hacia algún punto en la pared y murmuró un "buenos días" apresurado mientras entraba en la sala seguido por Inglaterra.
Matthew se quedó petrificado ante esa reacción y buscó una explicación en los ojos tristes del británico.
-No te preocupes – dijo mientras posaba una mano en su hombro y se encaminaba hacia su asiento.
Todos callaron al notar que el ambiente se enfriaba mientras el francés avanzaba hacia su sitio. Todos menos cierto italiano que decidió que era su momento de contar experiencias.
-Ve ~ pues hace poco fui yo quien le dio a Alemania por detr… ¡auch! Lud, ¿por qué me pegas?
Mucho había durado sin decir nada, pensó el alemán con resignación.
-Vamos a empezar la reunión –resolvió Francia – perdón por el retraso.
Canadá no tuvo más remedio que volver a su asiento y tratar de concentrarse.
Estados Unidos llegó unos diez minutos después, ajeno a la atmósfera que se podía cortar con un cuchillo. Se proclamó héroe y comenzó a realizar sus habituales tonterías, comiendo toneladas de hamburguesas en el proceso. No tardó en darse cuenta de que algo iba mal cuando su adorado cejón no le seguía el juego. Arthur, finalmente se decidió a escribirle notas y pasárselas discretamente bajo la mesa. Por la cara de Alfred era fácil darse cuenta que no contenían mensajes eróticos precisamente. Miró preocupado a su hermano, pero este no le prestaba la mínima atención.
El tiempo pasaba despacio, cada minuto parecía una hora mientras trataba de mantener contacto visual con el francés, su agitación se acrecentaba conforme Francis lo trataba con indiferencia, ¿acaso hoy que el mundo parecía notarle, la única persona por la que merecía la pena ser visto se había olvidado de él? O quizás ya era demasiado tarde y se había cansado de su compañía.
Tragó saliva.
Francia explicó los puntos del día con parsimonia, como un autómata, los comentarios picantes que solía añadir como marca personal en las propuestas no tenían lugar en aquella ocasión.
Ni una sola mirada de más al canadiense, ni una de menos. Todo era como en los dolorosos días antes de existir algo entre ellos. Días en los que veía a gente entrar y salir de la cama del rubio con la frecuencia con las que se pasan las hojas de un calendario.
Sin embargo, por más tenso que fuera el ambiente, no pasó mucho tiempo hasta que se iniciaron las habituales disputas de cada junta.
Matthew no estaba seguro de quién la había empezado, pero cuando Lovino empezó a tirar patatas a la cabeza del alemán decidió que ya era suficiente.
Apretando los puños se acercó a Francis, que no levantó la vista de sus documentos.
-Tenemos que hablar, ¿podemos ir fuera? – no era una proposición romántica para pasar una noche divertida, pero a Matthew le pareció un buen comienzo.
-Sí, claro – dejo sus cosas sobre la mesa y salió al pasillo con el menor.
Caminaron en silencio sin saber cómo decir cada uno sus frases. Canadá consideró que lo mejor sería buscar un ambiente tranquilo, anduvieron unos minutos más hasta que en un acuerdo mudo se sentaron en un banco apartado de mirones.
-Francis – abordó – Yo… supongo que me has notado raro estas semanas y tal, pero solo quería decirte que es porque me di cuenta de que había algo que no funcionaba entre nosotros pero ahora…
-No sigas – sentenció con voz ronca – No quiero oírlo, sólo dime que esto se ha acabado.
-¿Qué? – sintió que le ataban yunques de plomo a los pies, no podía haberlo oído bien.
-Eso, ya no estamos juntos, se acabó, no más – cerró sus ojos con fuerza para contener las lágrimas.
-No… no, no, no, ¡ME NIEGO! – agarró su brazo con fuerza - ¿Tienes idea de lo que llevo esforzándome toda la semana? ¡Puedo hacerlo!
-¿De qué estás hablando?
-¡Eres un egoísta! Ni siquiera has tenido la decencia de decir que tenías un problema conmigo, pero la culpa es tuya – poco le importó que su cara se estuviera al borde del llanto – Eres un pervertido, tu satisfacción sexual es más importante que yo. ¡Debía haber hecho caso a Inglaterra en su momento!
-Te juro que no sé a qué demonios viene eso. ¿Ahora yo soy el pervertido? ¿Soy tan depravado que necesitabas tener a alguien más sumiso y por eso te acuestas con Prusia? ¿Es eso? – le reprochó dolido.
A Matthew se le desencajó la mandíbula al oír la última oración.
-No te entiendo.
-Canadá, lo vi todo, ayer en Ginebra, vi cómo te abrazaba, te oí decirle que le querías y que le harías el amor.
-Tú…
-No importa, oye, si quieres a Gilbert yo no tengo nada que hacer, me duele que me traiciones pero si te hace feliz, si de verdad lo amas, ve con él. Yo solo quiero tu bienestar, pero por favor no te vayas de mi lado yo…
ZAS
Un chasquido cortó sus palabras, era el sonido de la palma del canadiense al chocar con su mejilla en una bofetada, seguidamente abrazó con fuerza el torso del francés.
-God, Francia, no me puedo creer que pensaras que te pondría los cuernos, ¡jamás! ¿Me oyes? – le miró firmemente a los ojos –. ¡Con nadie! Nunca podría querer a alguien la mitad de lo que te quiero a ti.
-Pero, tú dijiste… – no quería que le siguiera abrazando, estaba dolido y devastado, pero no tenía fuerza de voluntad para renunciar a la calidez del norteamericano.
-Esas palabras no eran para Prusia, eran para ti – musitó abochornado – Me estaba ayudando con nuestra relación, me preguntó qué te diría la próxima vez que nos viéramos y yo contesté eso: "te quiero y por eso te haré el amor", además me dio un abrazo, pero era algo fraternal. ¡Solo estaba actuando, esa frase era para ti!
-Yo, tú, pero… - tomó aire y pensó lo que iba a decir – ¿Por qué me ibas a decir eso?
Puso unos centímetros de distancia entre ellos.
-Verás, hace unos días escuché que hablabas por teléfono con alguien, sé que no debería oír tus conversaciones privadas, pero no era mi intención, sólo entré a por algo que había olvidado y te oí, dijiste:
"El problema es que todo se ha vuelto un poco monótono, al principio pensé que sería interesante pero ahora… ¿a quién quiero engañar? La situación se ha vuelto insostenible. Necesito que tome la iniciativa ya."
Y después…
"Lo sé, pero comprende que necesito nuevas propuestas, algo más arriesgado, si no deja de ser tan pasivo respecto a eso, me temo que voy a tener que cortar esta relación."
Sé que necesitabas que fuera un poco más activo en nuestras relaciones – se sonrojó un poco mientras hablaba – no quería que nos acostáramos y seguir abajo, no quería que te aburrieras de mí y me dejaras.
Francia emitió un peculiar sonido, y después otro, hasta que de sus labios brotaron carcajadas, de auténtica felicidad, de alivio, de ternura.
-¿Qué es tan gracioso? – inquirió cabreado.
-Mon Dieu, Matt, soy tan feliz – le estrechó contra sí y depositó besos por toda su cara mientras intercalaba palabras entrecortadas- Estaba hablando con Inglaterra de mi relación con Japón.
-¿Relación con Japón? – preguntó alarmado.
-Relación profesional – contestó y le golpeó amistosamente en la frente – Ya sabes cómo es, a todo responde con respuestas ambiguas del tipo "tomaré las medidas necesarias". Necesito más iniciativa por su parte o cortaré ciertas diplomacias comerciales.
-¡¿Me estás diciendo que he pasado las últimas semanas humillándome para pedir consejo a países que no saben ni mi nombre por esa tontería? ¡Agh! – se golpeó en la frente sintiéndose el hombre más idiota del mundo - ¡Me han depilado, travestido, disfrazado de un millón de cosas, he tenido que averiguar cosas de la vida sexual de mi hermano que no quería saber y me he leído 23 tomos de cómic porno homosexual japonés! ¿Qué te hace tanta gracia?
-Perdón, mon amour – controló su risa pero mantuvo una plena sonrisa en su rostro – Pero no es mi culpa, desde un principio tendrías que haberlo hablado conmigo, confías en mí, ¿verdad?
-Sí, claro que sí – comenzó a sentirse culpable – Pero tenía tanto miedo, lo siento, perdóname por lo habértelo dicho antes. Ah, las flores y los pasteles, bueno, todo lo que me has enviado estos días me han encantado, no sé cómo agradecértelo.
-Mon petit – le tomó la barbilla – A mí se me ocurre alguna que otra forma.
Se besaron, ninguno supo quién había dado comienzo a aquel beso y a ninguno le importaba. Francis lamió los labios del canadiense rogando por una entrada que le fue rápidamente permitida. Matthew rodeó su cuello, acercando sus cuerpos y apresando al francés contra la madera del banco.
-Te he echado de menos – susurró el europeo entre el roce de sus labios mientras acariciaba el pelo rubio de su pareja.
-Y yo a ti – suspiró y volvió a besarle. El calor de Francia siempre había sido indescriptible no había lugar en el que se sintiera tan seguro como entre sus brazos ni existía olor más delicioso que el de su piel. Le volvía loco, le necesitaba más cerca, quería que fuera suyo.
Quizás sí que había cambiado algo después de todo, quería ser de Francis tanto como deseaba que él fuera suyo, quería entregarle todo lo que tenía. Deseaba poseerle, no porque temiera que su relación acabara, sino por iniciativa propia.
-Quiero conocer todo de ti – su voz salió ronca, no se sentía dueño de sus actos, cerró los ojos y lamió la curvatura de su cuello, inhalando el aroma que poco a poco le hacía perder del todo la cordura. En su interior estaban despertando instintos que desconocía que existieran.
Francia también se sentía diferente, adoraba al Matt sumiso y tierno, y por el rubor de las mejillas del otro sabía que seguía estando ahí. Pero también, llevar siempre el control acaba dejando la sensación de que al otro no le interesa tocarte, amarte o besarte.
Matthew estaba dándolo todo, se estaba esforzando por demostrar lo que guardaba en su interior y eso conmovió infinitamente al país del amor.
-Je t'aime, t'adore. Eres lo más bello del mundo – comenzó a desanudar su corbata y a desabrochar los botones de la camisa.
-¡Francis! A-aquí no – miró a su alrededor y no vio más que algunas aves revoloteando entre los árboles.
-Hmf, pero si no hay nadie – continuó abriendo la camisa del americano.
-No quiero que nos detengan otra vez por escándalo público.
Francia sonrió, aquella vez en Disneyland había sido muy divertida. Cómo iba él a imagina que Mickey Mouse era un chivato y se lo diría a la policía.
-Está bien, vamos a un hotel – besó su frente y le tomó la mano.
La pasión de hacía unos momentos iba apagándose al andar rápido por las calles de París, Francis tuvo miedo de que el canadiense perdiera la seguridad que había mostrado, ya que ni siquiera le estaba manteniendo la mirada. Pero su mano se mantenía firme agarrando la suya, y eso le dio ánimos.
Encontraron rápido un hotel de 3 estrellas, les hubiera dado igual pagar un pastón por uno de lujo o pasar la noche en un motel, así que se apresuraron para entrar. La recepcionista de mediana edad les dedicó una mirada de reprobación que les importó lo mismo que un scone del británico.
-Habitación 406, cuarta planta – les indicó en francés.
La expectación cayó sobre el estómago de Matthew, recuperó la seguridad que había perdido en el trayecto hacia el hotel. Intercambió una mirada de entendimiento con el francés y fueron hacia el ascensor. La puerta al cerrarse fue la señal que les hizo saltar el uno sobre el otro.
Las manos de Francis golpearon con fuerza la pared del ascensor al arrinconar al canadiense. La cabina tembló estrepitosamente mientras el europeo devoraba los labios húmedos de su pareja.
Canadá sofocado apretaba sus cuerpos haciendo que el ascensor se moviera aún más, los dos envueltos en una unión de sudor, manos y lenguas tibias rozando cada centímetro de piel que encontraban a su paso.
Un pitido indicó la llegada al piso. Matthew tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando notó que una pareja de asiáticos los observaban atónitos con el rostro sonrojado en el pasillo del hotel, se separó abruptamente del francés, del que si dependiera, hubiera hecho al menor suyo allí mismo, con público o sin él.
Canadá murmuró una retahíla ininteligible de disculpas que se perdieron en el aire conforme Francis lo arrastraba hacia la habitación.
Una vez que el joven matrimonio se perdió de vista, Matt introdujo su mano en el bolsillo trasero del pantalón de Francia, buscando con picardía la tarjeta y tomándose su tiempo antes de apartar la mano de la nalga del francés.
Francis se estaba emocionando de nuevo y ya había desabrochado los botones restantes de la camisa de su amante antes de que entraran al cuarto y la puerta se cerrara con un sonoro portazo.
-Menos… m-mal que no – hablaba entre risas sintiendo los labios de Francis sobre su cuello, haciéndole cosquillas en la nuca con sus mechones dorados – e…es de noche, hubiéramos despertado a medio hotelmmpgh.
Francis empujó sobre la cama a su amante y se posicionó sobre él, retirando con la boca la camisa del menor. Canadá se dejó hacer, pero sin olvidar lo que se había propuesto aquella mañana. Los dígitos del europeo recorrieron sus costados lentamente, acercó su rodilla a la entrepierna, rozando con suavidad el miembro del más joven y arrancándole suspiros entrecortados.
Francis sintió que algo despertaba en su entrepierna y se incorporó, quedando de rodillas y quitándose la camisa con la increíble rapidez que dan los siglos de experiencia, dando una increíble vista a Matthew, que se levantó y comenzó a desabotonar los pantalones del mayor, mientras besaba tiernamente sus pectorales.
El francés revolvió su pelo con cariño y acarició su espalda, después se tumbó dando a entender que le dejaba el control.
Canadá se posicionó sobre él, con una rodilla a cada lado de su torso desnudo. Rozó sutilmente su entrepierna con la del hombre bajo él para comprobar si estaba igual de excitado.
Sonrió al comprobar que así era y depositó sus gafas en la mesilla. Ya eran 7 los pares de gafas que habían roto en la emoción del acto.
Acarició el pezón del francés con los labios, dudando si continuar o no, ese tipo de atención era algo que Francia solía dedicarle pero que nunca había practicado. Finalmente, rodeó el saliente rosado con la lengua, provocándole al francés un ronroneo coqueto.
Mordió ligeramente, comprobando que se ponía duro con el tacto y jugó con el otro. Pasó su lengua por las líneas de abdominales del mayor, deteniéndose en los lugares más sensibles, pero no tardó en impacientarse.
Llevó su mano al bulto duro en los pantalones del rubio y acarició la extensión por encima de la ropa. Francis, aburrido de ser tan pasivo, se quitó la ropa interior y el pantalón de un tirón y dio un pico en los labios a su pareja.
-Mon ange, lo estás haciendo de maravilla.
Canadá agarró el órgano entre sus dedos, moviéndose despacio cómo haría con el propio en las largas noches de soledad en las que no tenía al otro a su lado. Recorrió con el pulgar toda la extensión. Francis le tomó la mano, guiándole para que continuara y comenzó a gemir en francés, soltando frases dulces mezcladas con algún comentario subido de tono que hizo sonrojar a Matthew.
Su mano ganó velocidad, bajo sus dedos notaba el miembro palpitar, demostrando que no duraría mucho más. Francis le sujetó indicando que no siguiera y terminó de desnudar al canadiense.
Por más que el tiempo pasara, Matthew siempre se sentía expuesto estando desnudo frente al mayor, y su acto reflejo fue taparse un poco cerrando sus piernas y abrazando sus rodillas, acuclillado en la cama.
-Mattie – dijo con voz aterciopelada besando sus hombros desnudos, poniéndole la piel de gallina con su aliento cálido –, eres precioso, sabes que no me gusta que te tapes.
Tomó su muslo y lo acarició, haciendo que relajara los músculos y mostrara todo su cuerpo.
-Recuérdame que le agradezca a Polonia la depilación – rió el francés mientras recorría con sus dedos el límite entre la ingle y las piernas del menor, disfrutando el tacto de la piel suave.
-Quizás le diga que te afeite a ti la próxima vez – contraatacó posando las manos en la barba de Francis y atrapando su oreja entre los dientes.
Volvieron a besarse con pasión, frotando sus miembros con lujuria y ansia. Francis se tumbó y arrastró consigo al otro.
-Matthew, hazme tuyo, ahora – era una mezcla entre orden y súplica, con voz cálida y firme.
-Mmmh – se puso nervioso – no tengo nada para… ya sabes…
Francia lo entendió y llevó dos de los dedos del canadiense a su boca, los succionó de forma sugerente, empapándolos en saliva. Canadá tuvo que desviar la mirada para no imaginarse otras escenas similares.
-Vamos, mon amour, no tengas miedo – besó su frente –, no soy ninguna muñequita.
Introdujo un dedo húmedo en la entrada del francés. Se sintió increíblemente extraño en esa posición, pero se concentró en hacerlo lo mejor posible, y tras poco tiempo, notó que ya estaba preparado para introducir el segundo. Observó que Francia estaba tranquilo y eso le hizo sentir muchísima envidia, éste se limitaba a cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, disfrutando del momento.
Acarició su erección, mojándola con su propio presemen e introdujo la punta de su miembro, entrando lentamente en el francés. Francia sonrió y rodeó al canadiense con sus piernas, profundizando el contacto.
Matthew cerró los ojos, sintiendo la apretada cavidad sobre su sexo, jamás había experimentado nada parecido, le hacía sentir especial, mientras que estando abajo se sentía protegido y deseado, llevando el control se veía útil, capaz de descontrolar a la persona que más quiere en el mundo y llevarla al éxtasis.
Comenzó a moverse y abrió los ojos, Francis tenía un ligero rubor en las mejillas por el calor del acto, su cara reflejaba placer y parecía más joven, aceleró el ritmo, buscando un ángulo que le hiciera estremecer, el europeo se dio cuenta y movió las caderas ayudándole a encontrar el punto exacto. Por fin dio con él y Francis, que no se caracterizaba por ser muy silencioso durante el sexo, empezó a gemir el nombre de la otra nación.
Se besaron. Matthew ya había perdido el control y arremetía con profundidad al otro hombre, besaba sus labios con voracidad hasta dejarlos rojos, dejó marcas por su cuello y clavícula. Era difícil de creer que aquel fuera el tímido canadiense que Francis crió, pero quizás ya no lo era, hacía mucho tiempo que Matthew ya no era su hermano pequeño, ni lo consideraba como tal. Mantenían un amor mucho más profundo que eso.
Sudaban, sus nombres gritados se perdían entre gemidos acelerados, la espalda de Francis se arqueaba por el placer y la cama crujía con cada embestida. Era difícil determinar si eran dos entidades o un sólo ser.
Pero eran emociones demasiado nuevas para Canadá y no tardó en llegar al clímax, eyaculando en el interior del francés. Francis, al sentir la esencia llenándole supo que a él tampoco le faltaba mucho, y ayudándose de la mano del canadiense terminó entre sus vientres.
Sintiendo los últimos vestigios de aquella oleada de placer, Matthew apoyó su cabeza sobre el hombro de Francis, que le rodeó con un brazo y besó su pelo.
-Perdón por no avisarte de que iba a terminar… me pilló por sorpresa – confesó avergonzado.
-No te preocupes, lo prefiero así - contestó para sonrojo del menor.
Francis acarició su espalda y dejo besos por su cuello, relajando y mimando a su pequeño.
-Has estado increíble, no sé por qué no habías estado arriba antes. La próxima vez te dejaré que experimentes más posturas, te voy a hacer tocar el cielo…
No continuó hablando porque se percató de que Matthew había colapsado y ahora dormía profundamente.
-Te quiero – le susurró al oído, antes de relajarse y dormirse abrazando al otro.
…
A Matthew despertó unas dos horas después, el rugido de sus tripas, abrió los ojos con pesadez y echó un vistazo a la habitación y a la cama. No había rastro de Francis. Por un momento se asustó y rogó que no hubiera sido todo un sueño, pero desde luego ese cuarto no era su apestosa habitación de motel.
Francis apareció entonces con un albornoz secándose el pelo.
-Buenos días a las 4 de la tarde, amour, ¿qué tal has dormido?
-Genial – se refregó los ojos – Oye, ¿no se supone que los albornoces tienen esa cinta para que la ates y no vayas enseñándolo todo?
-Honhonhon~. Si te encanta – se acercó a la cama y lanzó la prenda a la otra punta de la sala -. ¿Por qué no te das un baño conmigo?
-Pero si te acabas de duchar – le besó en los labios.
-Me da igual – le besó de vuelta – No me importa frotarme con la esponja hasta que me salga sangre si es contigo.
-Bueno – se rió acariciando el rostro de su novio – acepto, pero, ¿no podemos comer algo antes? Me muero de hambre.
-Se me ocurre algo que puedes comerte si quieres – sí, ese era el Francis pervertido que queremos y apreciamos.
-Dios, Francis, algo que pueda morder y masticar, estoy seguro de que no quieres que haga eso ahí.
-Bueno, que te parece si llamo al servicio de habitaciones y que nos preparen algo mientras estamos en la bañera.
-Perfecto – le volvió a besar antes de dirigirse al aseo.
-Matt.
-¿Qué? – respondió desde el cuarto de baño.
-Te amo, y eres el mejor seme del mundo.
-¿Conoces esa palabra? – asomó la cabeza tras la puerta.
-Hungría – contestó con simpleza.
-Entiendo. Te contestaría que yo también te amo, pero eso se quedaría corto.
Continuará
*Referido a la faloteca, sí, por alguna razón Islandia tiene un museo sobre el pene. Algo más esperado de Francis, ¿verdad?
Y, ¿qué tal? ¿Algún review? Hace poco fue mi cumple, review como regalo, pliis :3
Por cierto, me gusta el formato nuevo de fanfiction.
Espero no tardar mucho con el epílogo, hasta entonces, espero que os haya gustado y ya sabéis:
¡EL MUNDO NECESITA MÁS CANAFRÁ!
Yumi-chaan
