Capítulo 9. Catálogo de estrellas
Henri de Courfeyrac nunca había sido hombre de una sola mujer. Y eso estaba bien, porque las mujeres que le gustaban tampoco eran de un solo hombre.
Recién llegado a París, había conocido a una actriz que trabajaba en el Moulin de la Galette. Los dos jóvenes se habían declarado la guerra el primer día, y no se hacían prisioneros.
A la potencia hostil se la conocía por el nombre terrenal de Laure, pero Courfeyrac sabía que su verdadero nombre era Lucifer. Aquella mujer era el diablo con enaguas. Courfeyrac creía que estaba un poco enamorado de ella.
―Pues que sepas que Clémence tiene pensado pedirme que me case con él ―lo había informado ella el día que Courfeyrac fue a despedirse antes de partir hacia Marsella.
Su pasatiempo favorito consistía en restregarle lo galantes que eran sus otros amantes, cuánto la adoraban y lo generosos que eran en su afán por demostrárselo, y se reía cuando Courfeyrac se burlaba de ellos. El gran enigma era si se reía de ellos o de él; probablemente, un poco de todos.
―No me digas. ¿Te lo ha dicho él?
―No, pero he encontrado el anillo escondido en su cómoda. El brillante es así de grande.
―¿Así de vulgar? ¿Y cómo sabes que es para ti?
―Oh, chéri...
―Bueno, pues, ¿qué quieres como regalo de bodas?
―¿Quién ha dicho que vaya a aceptar? ―había ronroneado ella oliendo una florecita del ramo que Courfeyrac le había traído―. Pero, si quieres, me puedes hacer un regalo.
Courfeyrac no le había comprado un regalo. Tampoco había ido a verla nada más regresar de Marsella como le había prometido. Cuando vino a acordarse de Laure, ya había pasado una semana y el último verano de su vida estaba por finalizar.
Una mañana gris, Courfeyrac se había asomado a la ventana y había decidido que hacía un día precioso. Colgó su levita negra y, vestido de verde y pantalón escocés, se fue derecho al Passage des Panoramas. Con nada menos que una semana de retraso, no quedaba más remedio que rascarse el bolsillo.
Después de haber gastado medio alquiler en una tienda de novedades y en uno de los puestos de flores de la plaza del Palais-Royal, Courfeyrac puso rumbo al Moulin de la Galette. Iba silbando por la calle y cuando un conocido con el que se cruzó le preguntó por qué estaba tan alegre, Courfeyrac le respondió que se sentía ligero de corazón. Y de bolsillo.
•••
―Adelante ―canturreó la melosa voz de soprano de Laure cuando Courfeyrac llamó a la puerta―. Oh... eres tú ―dijo después, y siguió empolvándose la nariz frente a su tocador.
―¿Esperabas a alguien más?
―Pues sí. Pero pasa, pasa. ¡Oh, me has traído flores! Mon chéri, eres demasiado bueno. Déjalas ahí con las demás. ¿Has tenido buen viaje?
Courfeyrac recordó, cuando ya era demasiado tarde para recuperar el dinero de más que había gastado, que había vuelto de Marsella antes de tiempo. ¡Demontre!
―Muy bueno, la verdad ―comentó, animado―. ¿Sabes que han pavimentado la carretera? Y como hasta ayer hacía tan bueno...
―¡Mentiroso! ―exclamó ella volviéndose hacia él como una cobra, y Courfeyrac se encogió cuando vio que le iba a lanzar algo. Afortunadamente sólo era el pompón de la polvera, porque la chica tenía una puntería letal―. Mi amiga Sophie te vio antes de ayer en la plaza del Odéon con ese amigo tuyo, el de las gafas.
―¿Tu amiga Sophie, la portera? ―masculló Courfeyrac intentando sacudirse los polvos de la solapa. Sabía muy bien que Sophie era bailarina. También sabía que era asombrosamente... ejem... flexible, y sobre todo, que no era su amiga.
―¿Qué hacías? ―exigió Laure frunciendo los labios en un gracioso mohín―. Ver a otra, ¿a qué sí?
―Laure, mi Laure, puedo prometerte que no.
―Oh, no seas tonto ―dijo la muchacha mudando de carácter igual que cambia el viento de dirección―. ¿Te he pedido yo que me seas fiel? Si tienes una querida, me lo puedes decir.
No podía. Y los habría tan ingenuos de caer en semejante trampa. Ay, los pobres Pontmercys...
―¿Cómo se llama? ¿Es bonita?
―Tiene setenta años y barba...
―¡Cielos! ¿Y vas a verla antes que a mí?
―...y una imprenta con la trastienda grande. Se llama señor Bourdieu.
―Tú y tus manejos, Henri Courfeyrac ―suspiró Laure sin creerse una palabra―. La política es un pasatiempo muy poco saludable, y yo no pienso ir a visitarte si acabas en presidio. Es tan deprimente... ―Había cambiado de posición en su asiento y ahora mostraba un poco la liga―. Bueno, ¿y para qué has venido, si puede saberse?
―Había pensado en llevarte a cenar.
―Aha...
―¿Bogavante?
―No es que no quiera, ¿sabes? Si hubieras venido antes... Pero, ay, me temo que estoy citada con Clémence.
―¿Todavía no has dejado a ese redactorcillo pedante?
―Redactor jefe. Y esta noche me va a llevar a la ópera. Clémence conoce a monsieur Véron. Y tiene su propio palco, ¿ya te lo había dicho?
Sólo... decenas de veces.
―No, pero no me extraña. Yo también reservaría uno si nadie quisiera invitarme al suyo.
―Qué malo eres ―rió Laure. El sonido de su risa era como el buen champán: caro, ligero y se subía a la cabeza―. ¿Y qué traes ahí?
Era una sombrilla de paseo con un ribete de encaje y flecos de seda. Le había costado veinticinco francos y le valió una sonrisa y un beso. Laure dijo que le gustaba mucho y que quería estrenarla en seguida, y pidió a Courfeyrac que la llevara de paseo. También dijo que no hacía juego con el vestido que llevaba, así que se lo quitó.
•••
Fueron a pasear por el Luxemburgo. Caminaban cogidos del brazo bajo la graciosa sombrilla que, como estaba nublado, no tenía un solo rayo de sol que atenuar. Cuando un caballero se cruzó con ellos con cierta prisa, Courfeyrac se volvió creyendo reconocer a su amigo Marius. Pero, o mucho se equivocaba, o Marius iba todavía más distraído que él y no lo reconoció.
Aquella noche, Laure dejó plantado al señor Clémence. Se fue temprano a su casa, cuyo alquiler pagaba un banquero que también la vestía y la paseaba en coche, y se llevó con ella a Courfeyrac.
•••
A la mañana siguiente había regresado el verano, que aquel año remoloneaba un poco. Brillaba el sol, cantaban los pájaros, el panadero vociferaba calle abajo y Courfeyrac salió por la puerta de Laure a empujones y de una guisa de lo más indecorosa: la camisa abierta, la levita colgada de un sólo brazo, una bota en la mano y la otra...
―¡Y llévate tus estúpidas... cosas! ¡Cretino!
Courfeyrac esquivó la bota y se apartó del portazo justo a tiempo de salvar la nariz. Se había dejado el sombrero, la corbata y los guantes, pero ella se lo devolvió todo por el balcón y, de propina, añadió un tiesto de geranios.
La buena noticia fue que falló; la mala, que la vio un policía y le puso una multa que, por supuesto, pagó el banquero.
Courfeyrac se fue de allí sorprendentemente ileso y con una gran sonrisa. Como la guerra se había vuelto a declarar hasta nuevo aviso y no contaba con ver a Laure durante algún tiempo, al día siguiente volvió a dejarse caer por la plaza del Palais-Royal y por cierto puesto de flores que atendía una florista con mejillas como pétalos.
La vida, con sus pequeñas amarguras pasajeras, volvía a saber bien.
•••
En otoño hubo muchos días de lluvia. Las aceras de los Campos Elíseos se cubrieron de hojas y regresaron las mañanas en la cátedra, las tardes y las noches en el café Musain y en la taberna de Corinto, las idas y venidas entre las sociedades de estudiantes y de obreros, la Escuela Politécnica, las imprentas con trastiendas ocultas, las tabernas de la calle Charonne... Algunas sociedades liberales, que después de julio de 1830 parecían haberse disuelto, volvían a estar en activo desde que el primer ministro Laffitte había sido forzado a dimitir y el partido de la Resistencia se había hecho con el favor del rey.
La "revolución robada" que latía en las trastiendas y en los corazones se desperezaba como después de un largo invierno y volvía un ojo en busca de un hombre fuerte. Miraba todavía a Lafayette pero había otros nombres que el pueblo pronunciaba con respeto. Como el de Maximilien Lamarque.
Algunos días, Courfeyrac acompañaba a Combeferre al Jardin des Plantes. Se sentaban en los bancos de piedra o en la hierba cuando estaba seca, a la sombra de los árboles de hojas amarillas, y asistían a las lecturas públicas.
Enjolras fue con ellos una vez. Era un día de principios de octubre y se acomodaron los tres en la hierba bajo un manto de nubes muy blancas y grandes lagos de brillante azul. Combeferre escuchaba la charla y participaba en los debates cuando surgían. Courfeyrac trataba de prestar atención pero pronto se aburría y se distraía mirando a las muchachas que paseaban bajo los árboles. Enjolras se dedicaba a leer el periódico con el ceño muy fruncido.
Cuando acabó la lectura y se hubo marchado todo el mundo, los tres amigos aun estuvieron allí mucho rato, contemplando los velos de luz dorada que caían del cielo cuando se abrían las nubes.
―Julien, el romántico; Julien, el poeta, el Saint-Just, el viajero en el tiempo ―suspiraba Courfeyrac. Enjolras estaba recostado sobre un codo y los rizos dorados que caían en cascada sobre su hombro casi tocaban el rostro de Courfeyrac, que se había acomodado en el regazo de Combeferre―. Este es un siglo fascinante, Julien, el bárbaro pintado. ¿Cuándo te vas a cortar el pelo?
A finales de noviembre, Courfeyrac y Jean Prouvaire acompañaron a Sand y a su buena amiga madame Marliani al estreno de Robert le diable. Sand quería que fuese Enjolras su acompañante, pero él se había excusado con cualquier pretexto.
Madame Marliani era una dama muy notable cuya aristocrática belleza no había seguido el camino hacia el olvido junto con su juventud campesina, y a cuyo marido, el señor Marliani, se le suponía en la India cazando tigres para traerse disecadas sus cabezas. Cazaba muchas fieras el señor Marliani, e ignoraba que su propia cabeza hacía juego con los trofeos que engalanaban las paredes de su casa.
Aunque no sea elegante hablar de los asuntos de alcoba de una señora tan distinguida, se puede decir que susodicha alcoba se asomaba a un balconcito encantador sobre un frondoso macizo de rosales de Provins.
La mañana siguiente al estreno de Robert, el joven estudiante de medicina Joly tendría que extraer un buen montón de espinas de rosal de Provins de diversas partes de la anatomía de un caballero a quien, en aras de la discreción, llamaremos señor Aliasde Pseudónimo.
Madame Marliani los había invitado a su palco de la Salle Le Peletier, y desde allí asistieron a la representación de Robert, que fue absolutamente magnífica. Courfeyrac se quedó prendado de la bailarina que interpretaba a Helena, que después supo que se llamaba Marie Taglioni.
Al acabar la representación, el primero en ponerse vehementemente en pie para aplaudir fue un joven polaco que era invitado en el palco de Ferdinando Paër. Era muy joven (no tendría más de veinte años) y cuando Sand mostró interés, su amiga le susurró que era un pianista recién llegado a París con los emigrados polacos. Aunque aquella noche no se hablaron, Courfeyrac supo que cualquier esperanza para Enjolras y Sand acababa de morir en aquel palco de la ópera.
Sand siguió asistiendo a sus reuniones en el café y, a menudo, ella y Enjolras llegaban del brazo, pero ella ya no parecía coquetear igual que antes y él seguramente ni lo advirtió.
―Qué tonto eres ―le dijo Courfeyrac abiertamente un día mientras iban camino de la universidad―. Has dejado que te la robe un imberbe de veinte años. Por una mujer así, yo cambiaría toda mi colección.
―Entonces, te la ha robado a ti ―dijo Enjolras para su sorpresa, pues rara vez decía nada cuando se trataba de asuntos de faldas.
―A mi me la robaste tú ―le reprochó alegremente Courfeyrac.
Estaba empezando a llover y ninguno llevaba paraguas, y de regreso de la universidad tuvieron que correr buscando los pasajes cubiertos y evitando los caños que caían de los tejados.
Aquella noche, Courfeyrac estuvo mucho rato mirando cómo la lluvia mojaba los cristales de su cuarto. El vidrio era de factura bastante tosca, ondulado y lleno de burbujas, y las luces de la calle se reflejaban de un modo extraño y caótico, como si fueran fuego líquido que despidiera humo y demasiadas sombras.
Como no podía dormir, intentó leer a Byron. Como no podía concentrarse, se quedó mirando el techo en la oscuridad, y así estuvo hasta que se hizo de día.
•••
Pasó el otoño y murieron las últimas flores, y las aceras se llenaron de hojas que se licuaban formando un limo rojo entre los adoquines. Los tejados de París se cubrieron de una niebla densa y, al amanecer, el Sena parecía envuelto en llamas nebulosas.
Llegó otro invierno.
Poco antes de Navidad, Courfeyrac recibió carta de su madre. Por ella supo que su hermano André se había prometido con una inglesa y que la feliz pareja y su séquito de familiares iban de camino a Marsella, donde sus dos familias iban a presentarse formalmente. Estarían presentes todos sus hermanos, y se esperaba de él que asistiera también.
Courfeyrac hizo el equipaje.
―¿Por qué no me acompañas? ―dijo a Enjolras la noche antes de partir. Regresaban de Corinto de madrugada, hacía un frío atroz y los dos amigos caminaban arrebujados en los abrigos―. Valentine de Flesselles celebra unas fiestas de Navidad memorables, pero estoy dispuesto a perdérmela si vienes. Y mi hermana Christine se llevaría una gran alegría.
―Pensaba que se había casado ―dijo él. Incluso Enjolras, que siempre andaba demasiado absorto en sus asuntos como para notar la inclemencia de los elementos, tiritaba un poco aquella noche.
―Como si ése fuera el problema ―murmuró Courfeyrac por lo bajo―. Aunque, si es por eso, no tienes de qué preocuparte. Irá corriendo a divorciarse en cuanto te vea aparecer.
―Razón de más para no ir ―dijo Enjolras con una sonrisa que, aunque breve, fue como un destello de luz en la oscuridad. Courfeyrac sintió al mirarlo una secreta calidez que lo hizo sonreír y se acercó a él para cogerse de su brazo.
―¿Podré convencerte alguna vez?
―Hay mucho que hacer aquí.
―Lo sé ―murmuró Courfeyrac, que, sin embargo, sintió una punzada de decepción―. ¿No te molestará que me vaya?
―Claro que no ―lo tranquilizó Enjolras―. Es natural que quieras ver a tu familia. ―Y después de una pausa larga y (cosa rara en Enjolras) algo dubitativa, añadió―: ¿Por qué no invitas a Étienne?
―Ya lo he hecho ―murmuró Courfeyrac estudiando los húmedos adoquines que pisaba.
―¿Y qué ha contestado?
Courfeyrac sonrió con algo de sorna y toda la intención.
―Que hay mucho que hacer aquí.
―Claro.
―Además, la familia de Étienne vive en París La tuya, en cambio...
―La mía, también ―dijo Enjolras, tajante. Courfeyrac frunció los labios.
Tu padre me ha escrito, pensó en decirle. Hace cuatro años que me escribe.
Tampoco se lo dijo aquella vez. En realidad, no se lo diría nunca. Después de todo, pensaba, monsieur Enjolras podría, si quisiera, tragarse su aristocrático orgullo y venir él mismo a París.
―Sé que no necesito decírtelo ―murmuró pensando todavía en Combeferre―, pero cuida de él. No dejes que trabaje demasiado. Últimamente no sale del hospital y...
Y Courfeyrac lo echaba un poco de menos. Hacía sólo un mes que a Combeferre lo habían recomendado para una plaza en La Salpêtrière. Desde entonces, pasaba allí casi todas las noches.
―Vete tranquilo ―dijo Enjolras―, yo cuidaré de él.
Habían llegado a casa de Courfeyrac y se detuvieron en el escalón de la puerta al dudoso resguardo del frío.
―A él, le diré que cuide de ti ―sonrió Courfeyrac.
―Hasta pronto, Henri.
―Adiós, Juliette.
Enjolras gruñó y se bajó del escalón.
―¡Espera! ―lo llamó Courfeyrac, riendo.
―¿Qué?
―Está helando y aun tienes que cruzar el río. ¿Para qué vas a ir tan lejos? Quédate a dormir.
Enjolras pareció meditarlo un momento.
―No tienes que preocuparte por mí ―dijo finalmente.
Courfeyrac no insistió; no cuando, al ofrecerle su casa, lo había hecho pensando más en sí mismo que en su amigo. Por alguna razón, la idea de dormir solo aquella noche lo llenaba de desasosiego. Ya se le pasaría, pensó. Al final, siempre se le pasaba.
―¿Qué sería de ti entonces? ―suspiró Courfeyrac con dramatismo.
Se acercó a Enjolras y, mientras el viento helado les revolvía los cabellos, le puso alrededor del cuello su bufanda de cachemira roja. Enjolras se llevó una mano al cuello y acarició el suave tejido un instante; ni siquiera llevaba guantes.
―Te sienta bien el rojo ―observó Courfeyrac, no por primera vez―. Aunque no es elegante de noche.
Al llegar a París cuatro años atrás, Courfeyrac había logrado arrastrar a Enjolras a casa de su sastre. Había una pieza de algodón de Gante color borgoña que a Courfeyrac le había gustado, y había convencido a su amigo para que se hiciera una levita de verano. Enjolras todavía la usaba sin haber tenido que hacerle un solo arreglo, lo que no dejaba de ser un verdadero fastidio. A Courfeyrac, la ropa de cuatro años atrás ya no le sentaba bien. No es que hubiera engordado...
―Buenas noches, Henri ―murmuró Enjolras. Courfeyrac creía que lo había visto sonreír un poco, pero no podría asegurarlo. ¿Enjolras, conmovido por un tonto cumplido? No el Enjolras que él conocía. Courfeyrac, viéndolo alejarse, no fue capaz de contenerse.
―"¡Mil veces tristes noches sin tu luz!".
Enjolras se detuvo.
―Henri...
―"Es mi alma que me llama por mi nombre".
―No es gracioso.
•••
El invierno había llegado también al sur. En Marsella, el mar era gris y los días eran fríos.
Las noches fueron largas, eternas, y solitarias como nunca antes. Courfeyrac comprendió muy pronto que aquella visita no podía quedar sin consecuencias.
Los fantasmas no dieron cuartel: lo asaltaron la primera noche y ya no lo dejaron tranquilo. El cuarto en el que Combeferre había dormido lo ocupaban ahora otras personas, y la silla donde se había sentado durante la cena la ocupaba ahora el petulante hermano de dieciocho años de la prometida de André.
La prometida de André llevaba un vestido que le hubiera parecido soso a una monja de clausura. Era una joven sensata y ambiciosa, más rica que bonita y más inteligente que rica, justo la clase de mujer que necesitaba a su lado un hombre de grandes aspiraciones como su hermano. En resumen, no hubo sorpresas. Lo realmente sorprendente hubiera sido que André apareciera del brazo de alguna encantadora cabeza hueca.
Nadie tuvo el mal gusto de preguntarle a Courfeyrac cuando tenía pensado casarse. Sin embargo, se lo preguntó él mismo. Se figuraba qué pasaría si se presentara el año próximo del brazo de cierta actriz de ojos negros y gusto por lo dorado y reluciente. Probablemente, no pasaría nada. Su hermano mayor se había casado y a los siete meses ya era padre de uno de esos bebés prematuros tan saludables y abundantes, y el único que no sabía que Christine pensaba divorciarse era su marido. Y nunca pasaba nada.
Hubiera sido descortés retirarse temprano. Cuando Courfeyrac pudo regresar a su dormitorio, era ya de madrugada y la melancolía le sabía a coñac de cien francos. Aquello no la hacía más llevadera. Con alcohol, las nieblas de la mente se vuelven parlantes y el corazón, a la vez ligero y pesado, no recuerda sino canciones tristes. Algunas veces, Courfeyrac creía que entendía a Grantaire; otras, en cambio, no lo entendía en absoluto.
¿No ves que no te quiere?, razonaba. Porque si te quisiera, aunque sólo fuera un poco, no habría sentido común capaz de alejarlo de ti.
Tristes los ebrios y tontos los sobrios. Lo mejor que se podía hacer para dar tregua al corazón era dormir.
Fue en esos días cuando Courfeyrac escribió la primera carta. Una tarde había estado vagando por la biblioteca, donde se había ocultado buscando soledad en aquella casa llena de gente, y había tropezado con un libro que estaba junto al telescopio de su padre. "Catalogue des Nébuleuses et des amas d'Étoiles, que l'on découvre parmi les Étoiles fixes sur l'horizon de Paris", se titulaba. Qué título tan ridículamente largo... A Courfeyrac, aquello le pareció una broma pesada.
Aquella noche, mientras escribía la primera de muchas cartas, tenía el libro a su lado.
Nunca envió aquella carta. No había allí nada importante, salvo su alma.
Una tarde gris que amenazaba lluvia, Courfeyrac se encontraba sentado junto a la ventana del estudio. A lo lejos, allí donde el jardín se asomaba al mar, se divisaba el anciano tejo que nunca perdía las hojas, el verde de sus ramas desafiando al cielo ceniciento.
Courfeyrac se levantó y recogió su abrigo y su sombrero.
―No vayas sin avisar ―le aconsejó su padre cuando Courfeyrac le dijo a dónde iba―. No es hombre que guste de faltar a la etiqueta y hasta es capaz de dejarte en la puerta. Manda nota esta tarde diciendo que irás mañana.
Pero monsieur Enjolras lo recibió en su casa y lo hizo pasar al salón.
Aquella enorme casa, Courfeyrac no la había pisado en casi diez años, e incluso entonces nunca había estado en aquellos salones. Sin embargo, no la recordaba tan fría: no ardía en toda la casa un fuego ni una estufa, y Courfeyrac no se decidió a quitarse los guantes hasta que un criado le trajo una taza de té con que calentarse. Los criados eran poco más que sombras, tan silenciosos que se diría que hubieran aprendido a no rozar el suelo al andar. Era tan diferente aquella casa a la de su familia, donde aquellos días todo era ruido y caos, interminables cenas y desayunos que se alargaban hasta el almuerzo, constantes idas y venidas, risas y carreras de los niños que parecían estar en todas partes, volviendo locos a los criados con sus travesuras... Aquella casa era sólo una casa; la de su familia, en cambio, era un hogar.
―Julien está muy bien ―le aseguró Courfeyrac a aquel padre que, aunque con el rostro adusto e imperturbable, se bebía con los ojos cada palabra que decía―. Estudia mucho, no bebe ni juega ni frecuenta sitios de mala reputación.
...ni de buena ni de dudosa. No baila, no se divierte, no conoce mujer...
―Es buen muchacho, intachable, la verdad. Tiene muchos amigos, y también buena salud.
Monsieur Enjolras había sido un caballero alto y gallardo, de espesa cabellera rubia, penetrantes ojos azules y presencia impresionante. Así lo recordaba Courfeyrac, que lo había visto muy poco. Recordaba que, al verlo pasar, los señores lo saludaban con el ala del sombrero y los obreros se quitaban la gorra; las mujeres, de las nobles a las campesinas, faltaban a la discreción cuando él andaba cerca y rompían en suspiros o en risitas. Monsieur Enjolras había enviudado muy joven, y las mujeres lo habían pretendido de Marsella a Calais, pero ninguna logró volver a llevarlo al altar. De su hijo, el único que tenía, Courfeyrac había oído decir a las comadres lo siguiente: "Es galán el mozo, no hay más verlo, pero ni la mitad de apuesto que era el padre".
Courfeyrac suponía que exageraban porque ¿cómo iba a ser la belleza de Enjolras la mitad ni tres cuartas partes de nada? Criatura más bella hubiera insultado a Dios y a los ángeles.
Y habría atraído sobre ella ira y fatalidad.
Monsieur Enjolras no tenía ni cincuenta años; era mucho más joven que el padre de Courfeyrac, que se había casado tarde y ya pasaba los sesenta de largo. Sin embargo, parecía veinte años más viejo.
―Me alegro ―había dicho―. Y decidme, ¿hay alguna dama? Me refiero a una en la que mi hijo pudiera tener interés a largo plazo. Ya sé cómo son las cosas en París; no lo critico.
Y si lo hiciera, Courfeyrac podría haberle dicho que durmiera tranquilo.
"Interés a largo plazo". Hasta la prensa económica resultaba sensiblera en comparación.
―No, por el momento.
―Entiendo ―dijo monsieur Enjolras. No suspiró; quizá no supiera―. He sabido que vuestro hermano se ha prometido. Transmitidles mi enhorabuena a él y a vuestro padre. Creo que monsieur ya tiene cuatro nietos.
Tenía cinco, pero Courfeyrac no vio necesidad de corregirlo. Monsieur Enjolras y su padre no se habían hablado en la vida; no que Courfeyrac supiera. Era porque las viejas fortunas no tenían nada que decir a los nuevos ricos, salvo, quizá, que aprendieran cual era su lugar en el orden de cosas. El orden de cosas, sin embargo, estaba cambiando rápidamente, y mientras el siglo galopaba sin riendas, los hombres como monsieur Enjolras se quedaban atrás.
Courfeyrac se fue de aquella casa arrastrando el corazón. Lo sentía en los pies el día que partió de regreso a París.
―Dice tu madre que te encuentra cambiado ―le dijo su padre, que lo había acompañado a caballo hasta la casa de postas―. Dice que te has enamorado. ¿Será cierto eso?
Courfeyrac le dijo que sí. Porque era su padre y a un padre no se le miente.
―Ya lo sabía yo. ¡Ay, las mujeres! ¿Habrá algo que no sepan? Me alegro, me alegro. ―No le preguntó su apellido ni quiso saber si gozaba de buena posición. En cambio, sí le dijo―: Pues trátala bien, hazla feliz. Si tienes buenas intenciones, haz que lo sepa, pero si no las tienes, no le mientas. Y no pongas esa cara de cordero degollado. Si ahora no te quiere, ya te querrá. ¿Necesitas dinero?
―No, padre. Gracias, padre.
―Con quinientos francos bastará. Si te cuesta más, ya te estás olvidando. Las mujeres respetables son caras de contentar, pero las indecentes son ruinosas.
Se despidieron en el patio de la casa de postas. Courfeyrac abrazó afectuosamente a su padre, extrañándolo ya secretamente. No sabía que no lo volvería a abrazar.
Sobre todo, el que no lo sabía era monsieur de Courfeyrac.
•••
Combeferre lo estaba esperando cuando llegó a París. Courfeyrac bajó de la diligencia y corrió a abrazarlo en medio de la gente. Poco le importó que los viajeros los miraran, si es lo que hacían. Combeferre le devolvió el abrazo afectuosamente, sin que tampoco le importara que estuvieran en público.
De camino a su casa, Courfeyrac le habló de su encuentro con monsieur Enjolras. También le dijo que la fiesta de Valentine de Flesselles había sido magnífica, aunque no había asistido, y que había tenido una maravillosa estancia en el sur.
Aquel invierno, nevó.
Una noche de ventisca se llevó 1831 con todas sus sacudidas. Así, engalanado de blanco real, llegó el que sería el último año de sus vidas.
