En este drabble la palabra doncel funciona como masculino de doncella. No significa que Todomatsu pueda embarazarse.

¿Cuántas veces había volteado ya? No dejaba de regresar la mirada cada dos por tres. Sin embargo, la quietud azul del océano le indicaba (una vez más) que estaba solo y que nadie, absolutamente nadie lo seguía. Suspiró, volviendo a nadar para llegar pronto a la superficie.

Era un doncel de la Corte de las Sirenas y su trabajo era servir al Rey y al príncipe al igual que sus hermanos y hermanas. Sabía, también, que los ojos carmesí del príncipe se encontraban muy insistentes con él. Cada vez que pasaba a acicalarse o a recoger conchas de mar, él estaba allí. En vez de estar resolviendo deberes reales o vigilando que no sucediera nada malo en el Reino, prefería espiarlo.

Y eso a Todomatsu le incomodaba. Muchísimo.

O quizás le incomodaba más la certeza de que si el príncipe Osomatsu llegaba a pedir su mano, entonces estaría perdido, porque decir que no era equivalente a morir. La vida bajo el mar era muy dura, casi asfixiante.

Sin embargo, había algo o mejor dicho alguien que lograba despertar los sentimientos más bonitos de su corazón. El problema era que si llegaban a descubrir que lo visitaba -¡peor aún!: que lo cuidaba- entonces probablemente no solo lo matarían, sino que antes lo torturarían de la forma más vil y macabra que puede sufrir un tritón (y sobre todo un doncel): arrancándole la voz.

Cada vez que pensaba en eso su piel se erizaba pese a ser resistente a las temperaturas heladas, no obstante era una frialdad totalmente diferente a la conocida. Era una frialdad emocional y de ella, nadie puede escapar.

Todomatsu siguió nadando con empeño hasta que notó el sol sobre las olas. Los rayos cálidos penetraban el agua y llegaban a su piel que los recibía con cariño, después de todo eran una manera de recordarle que una gran zona había sobrevivido al desastre y que vivía con luz.

Hacia una década que algo en la superficie había sucedido. Algo mortal y nefasto. Su padre aún no descubría exactamente qué había sido, pero le bastaba con ver que su reino no había sido modificado ni herido. En cambio, los animales terrestres, incluso los que compartían los terrenos de agua y tierra como los pingüinos, murieron en el acto de esa desgracia o a largo plazo. Era como si sus pieles comenzaran a sacar ampollas, sus dientes y pelo se caían, algunos, contaban ciertos pelicanos, se quedaban sin ojos. Todo había resultado en una enorme tragedia. Toda vida que hubiera estado en contacto con la tierra pereció. Y el sol, por meses, no volvió a iluminar absolutamente nada por esos rincones. Sin embargo, Todomatsu aparte de doncel era aventurero (y era regañado por ello) y no le tenía miedo al desastre. Ni a las consecuencias.

¿A qué podía temerle siendo que era el primer objetivo del Rey si llegaba a rechazar a su hijo?

Salió del agua con un suspiro de goce. Si su rey lo viera disfrutando del sol, ese sol que él creía desaparecido, seguramente sería señalado como traidor y juzgado como tal en un calabozo por no haber avisado de su continua existencia. Ser un doncel lo había salvado de quedarse marginado en las profundidades, pero a la vez le había traído otros problemas…. Como el hecho de que cualquier cosa mala que hiciera, sería mil veces agravada por su condición.

Pero, ¿qué importaba? Podía apañárselas. Al fin y al cabo, ya había cuidado de esa criatura por más de un mes y había presentado mejoras. No dejaba de ilusionarse con la idea de encontrar al Brujo del Mar, Ichimatsu, para poder pedirle que le diera dos piernas, tal como tenía ese ser extraño y poder cuidarlo a tiempo completo los trescientos sesenta y cinco días al año. Pero la guarida del Brujo era un enigma y Todomatsu aún estaba buscándola. Los mapas que podrían revelar su verdadero paradero, estaban ocultos en su cofre del tesoro en su mesita de coral al lado de su cama. Bien escondidos, siendo cubiertos por mil collares y anillos que el príncipe le había regalado en un intento de cortejo.

De todas formas, eso no importaba. Nada de eso importaba. Lo único que importaba era que se estaba acercando nuevamente al sitio donde cada vez le apetecía más estar.

—¡Hey! ¡Ahí estás!—exclamó, sonrojándose leve al ver como con sus movimientos torpes se acercaba cada vez más a la orilla de esa pequeña isla que había sobrevivido al desastre. Todomatsu no aguantó más y se lanzó en un salto con los brazos extendidos hacia él, cosa que el contrario imitó dando como resultado un abrazo que acabó con ambos en el suelo. La arena se le pegó a la piel y le provocó esa sensación incómoda que siempre sentía al tocar tierra firme sin haberse secado antes, pero nada importaba.

¿Qué podía ser más importante que haber visto -y aún más importante- y sentido el progreso de su protegido?

Generalmente, permanecía mucho más adentro de la isla y él debía llamarlo con su canto, pero esta vez había venido hacia él. Torpe, pero se había acercado por su cuenta. Los ojos azules lo miraban con amor y en ese rostro al que le faltaba un poco de piel descubrió una mueca de sonrisa. Todomatsu achicó los ojos, totalmente lleno de cariño por él.

—Ah… estás creciendo y mejorando. Estás…—Estiró un brazo para posar una de sus manos en su mejilla izquierda, la cual el contrario vio de reojo, soltando un sonidito de curiosidad—. Estás cada vez más hermoso… Hoy hasta supiste a que hora llegaría ¡Lo sabía! ¡Sabía que tu raza no podía estar perdida!

Todomatsu le echó los brazos al cuello y lo abrazó con fuerza, consiguiendo que él emitiera unos ruidos parecidos a unos quejidos, pero que en realidad sonaban adorables. El tritón se rió y besó su hombro, acurrucándose mejor contra él.

—Sé que… es cuestión de tiempo…—susurró antes de comenzar a cantar. Una canción de cuna que hizo salir a la Luna de lo hermosa que era y que provocó la envidia de todas las estrellas.

Una canción de cuna que arrulló al zombie, como lo venía haciendo desde que sus caminos se habían cruzado.

Y sanando, con cariño y esperanza, su corazón.