Eran cuatro mortífagos. Todos ellos con su típica túnica negra, la capucha puesta y la cara tapada por una máscara plateada. Dos de ellos agarraban firmemente a una joven de cabello castaño oscuro de longitud hasta un poco más por debajo de los hombros y vestía unos vaqueros azul oscuro y una camiseta de manga larga marrón y negra. Forcejeaba con fuerza contra sus agresores y parecía que no iba a ceder nunca.

-Está niñata no se va a calmar nunca –se quejó uno de los mortífagos.

-¡Soltadme!

-Que te lo has creído. No vas a irte a ninguna parte.

Uno de los mortífagos que no tenía agarrada a la chica se dio la vuelta, irritado.

-Vale, ya me está cansando este paseíto contigo chillando y forcejeando sin parar. Pensé que sería más fácil llevar ante el Señor Tenebroso a una mocosa de Hogwarts. Tendremos que hacer el viaje más… relajante.

Vi que sacaba su varita de la túnica y apuntaba con ella a la joven. Ésta detuvo su forcejeo al instante y le invadió el miedo. En esos momentos podía morir o, quizás, caer bajo alguno de los hechizos que aprendí.

No lo iba a permitir.

Preparé la Vara de Plata y apunté al mortífago que estaba a punto de hacerle algo a la chica. Cuando vi que más o menos lo tenía en el punto de mira, grité:

-¡Avada Kedavra!

El rayo verde salió de la Vara de Plata e impactó violentamente contra el mortífago que estaba a punto de hechizar a la joven. Los otros tres mortífagos se asustaron y miraron en todas direcciones en busca del causante de la muerte de su compañero.

-¿Dónde está? ¿De dónde ha salido ese Avada?

Intenté asomarme desde mi escondite, pero lo único que conseguí fue darme a conocer ante mis adversarios. Tres Avadas volaron hacia mi pecho sin freno. Por suerte, volví a ocultarme detrás del árbol y dos de los rayos chocaron contra el tronco. Mi cuerpo sintió como el árbol se estaba marchitando por dentro, perdiendo su energía y su vida.

Los Avadas continuaron cayendo sin cese, impidiendo que me moviera. Gracias a esa distracción, escuché como la joven se zafó de uno de los mortífagos y gritaba:

-¡Desmaius!

Repitió la misma palabra unas cuantas veces más y los rayos verdes dejaron de molestarme. Esperé unos segundos hasta que creí oportuno salir y, cuando lo hice, la joven me estaba apuntando con su varita.

-¿Quién eres y qué quieres de mí? –preguntó sin bajar la varita.

Yo, en cambio, alcé la Vara de Plata para que ella no la perdiera de vista y lentamente la dejé en el suelo sin perderla de vista en ningún momento.

-Tranquila –le dije-. Vine a ayudarte.

-¿Ayudarme? Has lanzado una de las tres maldiciones a un mortífago. Eso no inspira mucha confianza.

-¿Tres maldiciones? –repetí extrañado.

-¿No conoces ni qué es el hechizo que acabas de lanzar?

-Sólo sé que mata. Me es más que suficiente para usarla contra ellos –Y señalé a uno de los mortífagos con la mano.

La joven no terminaba de creerse lo que escuchaba. Puso una mueca de sorpresa y bajó la varita, incrédula.

-En serio, ¿quién eres? Apareces de la nada, matas a un mortífago con una de las tres maldiciones y no sabes qué son. Y tampoco te he visto nunca.

-Bueno… -empecé a decir. No sabía muy bien cómo contarle mi situación-. Espera un segundo, ¿y tú? Les he oído decir al mortífago que maté que eres de Hogwarts. El castillo está siendo atacado desde anoche y tú estás en este bosque a kilómetros de él.

La joven calló. La había cogido por la misma dirección que ella había hecho conmigo.

-Primero tú –dijo rápidamente ella-. Luego ya veré si te digo algo sobre mí.

-Está bien, como quieras. ¿Me dejas? –cuestioné agachándome lentamente a por mi varita. Ella asintió, pero con al condición de que la dejase en un lugar a la vista. Acepté sin replicar y dejé la Vara de Plata a la altura de mi cabeza-. Bueno, para empezar, es normal que no sepas quién soy; nunca he estado en Hogwarts.

-¿Qué pasó para que no fueras? ¿No recibiste la carta? –Preguntó la joven.

-No quiero hablar de ello –dije muy serio-. El caso es que estoy aquí para ayudaros. No soy un mortífago, antes prefiero estar muerto a ser uno de ellos. Pero no conozco más hechizo que los que usaron los mortífagos contra mí: Imperio, Crucio y Avada Kedavra. Por eso usé uno de ellos, no sé ninguno aparte de esos.

-Has pronunciado las tres maldiciones que jamás deben decirse ni usarse –explicó ella-. Pero veo que tu forma de usarlos es diferente a la habitual. No las usas para el mal, sino para el bien.

-Me gustaría aprender otros hechizos que no lleven a la muerte o la tortura. Conjuros que me permitan pasar desapercibido, o aturdir a los otros.

Parecía que la joven tuvo compasión de mí, pues se guardó la varita, pensando que no le haría falta por el momento. Gracias a ese gesto, pude bajar la Vara de Plata. Me estaba doliendo el brazo de tanto mantenerla a la altura de mi cabeza.

-Yo te puedo enseñar. Sé muchos de ellos y muy útiles. –Le pregunté si ya podía estar tranquilo por ser atacado por ella-. Sí, veo que no serás capaz de matar a alguien a quien quieres echar una mano. Por cierto, ¿cómo te llamas?

-Me gustaría decírtelo, pero lo tengo prohibido. Pero puedes llamarme Jinete.

La joven se extrañó. Me preguntó por qué no podía decirle mi nombre auténtico y por qué tenía que llamarme Jinete.

-Pues yo…

No sabía que responder. Llevaba siete años sin decir mi nombre en la ciudad subterránea y nadie me había dicho nada contradictorio –todos estaban hasta mejor acostumbrados a llamarme chico antes y Jinete después de conocer a Elara- y jamás pensé en una respuesta clara a ello cuando, al menos, Elara no estuviera conmigo.

-¿No puedo ocultar eso? –pregunté nervioso-. Es una cosa personal, no un secreto que pueda amenazarte.

Aunque la chica no estaba del todo de acuerdo, terminó por ceder. Pero seguro que buscaría una forma de sacarme mi verdadero nombre tarde o temprano. Ahora era su turno de dar explicaciones.

-Estoy aquí porque huí de Hogwarts. Mataron a mi mejor amiga cuando luchábamos juntas en el aire sobre nuestras escobas voladoras y nos vimos en una gran desventaja en cuestión de minutos. No podía aterrizar, así que tuve que irme. Los mortífagos (estos cuatro, concretamente) estuvieron persiguiéndome por todas partes toda la noche. Al final caí de la escoba y me atraparon. Y un tiempo después, apareciste tú.

-Y tú nombre es…

-Stillman, Sarah Stillman.

Había sido una presentación un tanto fuera de lo habitual, aunque el resultado fue el mismo. Ahora que había salvado a la joven en apuros, me dispuse a darle la noticia a Elara. Pero Elara actuó mucho antes de hacerlo yo.

¿Estás bien? –me preguntó.

Sí. No era una trampa –aclaré-, sino que acabo de salvar a una defensora de Hogwarts. ¿Has encontrado un lugar seguro para Narcissa?

El mejor que hemos podido. Pero a la mortífaga le parece adecuado, así que no voy a replicarle.

Seguro que han sido otros motivos, pero vale. Ya me contarás cómo ha sido el vuelo con ella sobre tu lomo, ahora necesitaría que vinieras aquí. Hay algunos mortífagos y no dudaría que hubiera más.

Ya estoy de camino.

Cuando Elara dijo eso, pensé que tardaría unos cinco o diez minutos como mucho. Pero no pasaron ni dos cuando el brillante cuerpo plateado de la dragona aterrizó justo detrás de mí.

Elara observó detenidamente a Sarah. Quería asegurarse de que no podría traicionarnos a la mínima oportunidad. Después de un exhaustivo estudio, irguió la cabeza sin quitarle los ojos de encima.

Pero Sarah no estaba tranquila.

Ella se quedó petrificada al ver el gran ser que era Elara. Tenía puestos los ojos como platos y levantó la cabeza todo lo que pudo para ver todo el cuerpo de la dragona. Tras unos segundos de auténtica sorpresa, pudo volver a hablar.

-Es el dragón que nos ayudó cuando la barrera cayó –dijo sin apartar la mirada de Elara, de la misma forma que hacia la dragona con ella-. ¿Qué hace aquí?

¿Que qué hago aquí? ¡Pues acompañar a mi Jinete! ¿No se nota?

Ella no sabe que soy tu Jinete, Elara –repuse.

-Nos sorprendió que llegara cuando el ataque por aire había comenzado, pensábamos que nos mataría en vez de ofrecernos su ayuda. Y ahora me sorprende que esté aquí, quieto, sin hacer nada.

¿Quieto? –repitió Elara arqueando una ceja.

¿Quieres que le cuente lo nuestro?

Bueno, si es una defensora de Hogwarts, no veo inconveniente alguno.

-En realidad, Sarah, no cogí el mote de Jinete por nada.

-¿A qué te refieres? –preguntó Sarah.

-Pues que este dragón, que también tiene un mote simple y es Dragona (es que tampoco quiere que le llamen por su auténtico nombre), es mi… bueno… montura.

Sarah se estaba quedando cada vez más estupefacta con cada palabra que salía de mi boca.

-¿Hablas en serio? –preguntó aún sin creerse absolutamente nada. Asentí con la cabeza-. Yo pensaba que tenías el mote por…no sé… ser bueno montando caballos… Pero ¿un dragón? Quiero decir, ¿una dragona?

-Sé que parece increíble, pero así es.

-Eso significa que está a tus órdenes, ¿no?

Intercambié una mirada con Elara. La dragona se estaba cansando de tanta sorpresa por parte de Sarah. Aunque también me dejó un claro mensaje mental.

Vigila lo que vayas a contestar, pequeño.

-Más o menos, diría yo –respondí-. Si yo voy sobre ella, es obvio que me obedece, pero no es obligatorio que lo haga. Ella hace lo que cree más conveniente para los dos. No está sometida a mí voluntad. Es mi amiga, no mi esclava.

Me gusta como das las respuestas a ciertas preguntas, Jinete. Y esta no ha sido la única vez.

Sonreí disimuladamente ante el halago de Elara por mi contestación. Pareció que también sacó de dudas a Sarah. La joven se acercó cautelosamente a Elara. La dragona no hizo ningún ademán de rechazarla, aunque la miraba un tanto curiosa.

-Tan fuerte y tan bella al mismo tiempo… espectacular. Los dragones son así, aunque ella es… diferente de los demás.

-¿Y eso? –inquirí extrañado.

-Los dragones que he visto (y han sido pocos, la verdad) son cuadrúpedos como cualquier otro, pero sus alas son las patas delanteras. Dragona, en cambio, tiene cuatro patas propias y dos enormes alas en su espalda. Incluso puede que sea más grande que un dragón normal.

¿Dragones que tienen alas por patas? ¡Qué raro! –le oí comentar a la dragona.

-¿Suelen estar por aquí?

Sarah negó con la cabeza.

-Es muy poco probable. Y si estuvieran, matarían tanto a los mortífagos como a nosotros. Por eso la sorpresa de la llegada de Dragona sin escupir llamas por todas partes.

Serían una gran ayuda, ¿no crees? –dije con tono optimista.

Quizá–se limitó a contestar Elara.

¿No te gustaría tener seres como tú en nuestro bando?–pregunte. Me extrañaba que Elara no viera bien tener más dragones como ayuda.

Sarah lo ha dicho muy bien: soy diferente. No sólo físicamente, sino mentalmente también. Sobre todo en esto último. Dudo que los otros dragones sean incluso capaces de razonar como yo.

¿Te cae bien Sarah?

Sabe algo de dragones y es una defensora de Hogwarts. Con que sea una defensora, me es más que suficiente para depositar mi confianza en ella.

Mientras mantenía la comunicación mental con Elara, no nos dimos cuenta de que Sarah se había marchado. La dragona no se extrañó de su desaparición, aunque yo la busqué por el bosque, seguido de Elara. Llamé a Sarah con el tono de voz más elevado con el que creía adecuado gritar sin ser escuchado. No hubo respuesta hasta que pasaron varios minutos.

Sarah reapareció con una escoba de madera en su mano derecha. Le dije que debió avisarnos de que se iba a hace algo, a lo que ella contestó que era más recomendable alejarse de la escena del combate ya que los hechizos que ella usó solo aturdieron a los mortífagos y no los mató. Elara decidió volver sobre sus pasos a acabar el trabajo.

Sentí curiosidad por la escoba. Pregunté a Sarah para qué servía y ella contestó:

-Para volar, obviamente.

Me explicó cómo se usaba y también me hizo una demostración. Me quedé atónito al verla levitando sobre un palo de madera con una punta llena de heno atado con una cuerda. Era algo que no había visto nunca o que, probablemente, olvidé cuando era pequeño.

Sarah me invitó a probarlo, pero yo me negué. Ya me costó mucho poder montar un dragón y no tenía ganas de luchar por el control de una herramienta de limpieza.

-Alguna vez tendrás que usarla –me advirtió Sarah.

-Cuando Dragona no pueda llevarme –repuse.

Pasaron diez minutos hasta que Elara regresó a nuestro encuentro. Tenía el morro manchado en sangre y su pata derecha también. Corrí hacia ella, preocupado. Pero mis suposiciones eran erróneas porque la sangre pertenecía a los mortífagos.

Sarah tenía razón. Cuando volví tres de ellos estaban despiertos y se enfrentaron a mí. Intentaron capturarme, pero acabaron entre mis fauces y mis garras.

Elara sacó un humillo por los orificios nasales y me llegó el olor a carne quemada de los animales que había cazado. Después se sentó y se puso a lamerse la pata y a limpiarse las escamas. Mientras ella se acicalaba para volver a tener las escamas brillantes, le pedí a Sarah si podía enseñarme algún hechizo que no fuese ninguna de las tres maldiciones.

-No estoy segura de que debamos hacer eso ahora –contestó-. He de volver a Hogwarts y ayudar en lo que pueda. La batalla de anoche nos dejó sin defensas y hemos de volver a colocar de nuevas.

-Yo también debo ir a Hogwarts. –Sarah me preguntó por qué quería ir. A lo que yo respondí-: Quiero ayudar a defender Hogwarts como los demás, pero no antes de parecer un asesino en serie con una varita.

-En eso tienes razón. –Sarah se calló un momento y se llevó la mano a la barbilla, como si estuviera pensando exhaustivamente en lo que iba a hacer-. Si no queda otra opción, te enseñaré ahora. Pero nos demorará buena parte del día.

-Me parece bien.

¿Vas a dejar a Narcissa en esa cueva todo el día? – me preguntó Elara que había dejado de acicalarse un segundo.

Sabrá defenderse; es mayor que yo y conoce su situación –respondí-. Aunque estaría bien que fueras a echarle un ojo de vez en cuando.

No pienso volar de un lado a otro por vigilar a una ex mortífaga –replicó ella. Notaba incluso el odio que sentía a los mortífagos con gran intensidad. Era la segunda vez que pasaba eso y ahora tenía ganas de averiguarlo, aunque lo reservé ya que Elara no había acabado-. Es más, creo que se extrañaría de verme volar cada dos minutos.

¿No puedes hacer nada? ¿Ni hablar con ella como estamos haciendo ahora?

Podría. Pero me niego a intercambiar pensamientos con una mortífaga.

Esa afirmación hizo que dejara a Sarah preparándose para la clase y me centré plenamente en la dragona. Aunque debía saber que estaba mirándola, Elara volvió a acicalarse la pata, intentando quitarse la sangre que no se iba de un lametón en la pata derecha e ignorando mi presencia.

¿Estás diciendo que puedes comunicarte mentalmente con cualquiera?

Elara no contestó al momento. Dio un último lametón a su pata y comprobó que estaba bien limpia. Luego agachó la cabeza y fijó en mí uno de sus brillantes ojos de color platino.

La otra magia tiene esa cualidad. Si no fuera por ella, no estaríamos hablando. Tenemos la habilidad de expandir nuestras mentes, de sentir lo que siente los demás y de hacer muchas más cosas con solo usar la conciencia. Pero todo eso lo sabrás cuando haya tiempo. Ahora, céntrate en aprender hechizos con la Vara de Plata y no con el idioma antiguo.

Al menos podrías haberme dicho que aquellas sensaciones que me llegaban eran tus emociones, ¿no crees?–protesté.

Si, debí habértelo dicho antes… perdona.

Como teníamos toda la mañana por delante al menos, Sarah se basó en enseñarme primero los hechizos ofensivos que podrían salvarme la vida. La mayoría no eran nada dañinos, excepto algún que otro que, claramente, podían ser letales si se usaban indebidamente.

Durante las siguientes horas, aprendí las palabras de bastantes hechizos y mi vocabulario aumentó considerablemente. Empecé a cambiar el Avada por un Desmaius, que simplemente aturdía al enemigo; el Cruciatus fue cambiado por un hechizo que paralizaba completamente la anatomía de cualquier ser que se pronunciaba Petrificus totalus; del Imperius no había un equivalente exacto, pero con los hechizos que aprendía, alguno podría usar para conseguir respuestas. También me enseñó un hechizo que me ayudaría protegerme de los ataques de los demás. No sabía si funcionaría con alguna de las maldiciones, pero, en cualquier caso, podía probar en cuanto se presentase la ocasión.

Hubo un hechizo que no era adecuado usar en un entorno boscoso. Era un hechizo ofensivo y también mortal. Se decía Incendio y podía carbonizar casi cualquier cosa. Sarah quiso que hiciera una prueba con un montón de ramas secas. Cuando las tuve delante, apunté con la varita las ramas y grité:

-¡Incendio!

Una llama roja surgió de la punta de la varita, se acumuló un instante ahí y luego salió disparada una llamarada hacia las ramas. En pocos segundos había creado una hoguera simple. Sarah me felicitó por el éxito y apagó el fuego con otro hechizo que expulsaba agua en vez de fuego.

Menudo hechizo más tonto–comentó Elara-.Con lo fácil que esabrir las fauces y dejar que las llamas salgan de tu interior.

Los humanos no respiramos fuego, Elara.

Miré al cielo y no nos dimos cuenta de que el sol ya se estaba poniendo. Sarah tampoco se había enterado hasta que no se lo dije yo.

Ve a ver cómo está Narcissa. Hazme saber todo lo que puedas. Nos facilitarías las cosas si dejaras que se comunicara contigo.

Ya te lo he dicho: mortífago o ex mortífago no tiene derecho a entrar en mi mente.

Y la dragona se levantó y alzó el vuelo en cuestión de segundos.

-Ya va siendo hora de volver. Quiero saber si ha ocurrido algo grave mientras estábamos aquí entrenando –dijo Sarah. Se dirigió al lugar donde había dejado la escoba y, al cogerla, se la puso entre las piernas como si estuviera montando un caballo.

-¿Podrás llevarme en la escoba? –pregunté. Dudaba de que un palo de madera aguantase el peso de dos personas.

-Espero que sí. Si no, usaré un hechizo que te mantenga levitando para que el peso no sea un problema.

Aunque tenía que hacerlo para asegurarme la protección de Narcissa, volar en una escoba me daba miedo. No había la seguridad que daba un dragón cuando lo montas e, incluso, parecía mucho más peligroso. Luché contra el miedo y coloqué mis piernas entre el palo de madera.

Sarah no tardó en hacer levitar el instrumento de limpieza. Ascender poco a poco sólo provocaba que mi miedo fuera en aumento, pero pude controlarme fácilmente haciéndome creer que la escoba era como montar un dragón o un caballo alado.

Y funcionaba muy bien.

-¿Todo bien ahí atrás? –preguntó Sarah cuando nos habíamos elevado por encima de los árboles.

-Todo lo bien que se puede estar, creo yo –contesté.

-Agárrate al palo. Ahora iremos rápido.

Como si se tratase de un acto-reflejo, mis manos buscaron y se aferraron fuertemente con la madera sin necesidad de mirar donde las ponía. Luego le di la afirmación que Sarah esperaba y, como ya había dicho, la escoba ganó una velocidad de vértigo en dirección al castillo.