Hola de nuevo aqui tienen el otro capitulo perdon la tardanza se murio mi maquina y el problema del FF pero estamos a 2 cap de final, disfrutenlo y gracias por sus reviews.


CAPÍTULO 08

—Estoy en lo cierto, ¿no es así? —increpó Edward a Isabella, dándole alcance justo cuando estaba entrando en su habitación—. T.J. es hijo de mi hermano. Eso es a lo que se refería mi madre. ¿No es verdad?

Isabella intentó cerrar la puerta, pero Edward interpuso el pie para impedírselo.

Isabella apretó los puños y se sintió palidecer. Ese era el motivo por el que, al volver Edward dentro, se había apresurado a abandonar el salón, dándole a Esme la excusa de que necesitaba un pañuelo.

No se sentía con fuerzas para esa confrontación con Edward. Necesitaba tiempo para pensar, para reorganizar sus defensas. Lo que había ocurrido hacía un momento, en el salón, le había partido el corazón. ¿Cómo podía Edward creer que se había acostado con su hermano cuando era a él a quien amaba? Le dolía que siguiese teniendo esa imagen de ella de mujer fatal a pesar de todo.

—¿No es verdad? —le insistió—. Contesta, maldita sea.

Isabella dio un paso atrás, y Edward aprovechó para entrar en la habitación y cerrar tras de sí.

—Deja de preguntarme por el padre de T.J. —le dijo Isabella, irritada, mientras, continuaba retrocediendo—. No tiene nada, nada, que ver contigo.

Edward la siguió, y de pronto las pantorrillas de Isabella chocaron con algo. La había acorralado contra la cama.

—Ya lo creo que tiene que ver conmigo —replicó él con los dientes apretados—. Mi hermano fue tu amante; es el padre del niño.

—Jasper no es el padre de T.J. —le insistió ella una vez más.

¿Cuántas veces más tendría que repetírselo?

—No soy idiota, Isabella; sé contar. Estuviese saliendo con mi hermano después de mi boda, te quedaste embarazada y se lo ocultaste... igual que a mí. ¿Qué clase de mujer eres?

Isabella quería chillar, golpearlo en el pecho con los puños. ¿Por qué pensaba siempre lo peor? ¿Por qué lo entendía todo al revés? Contó hasta cinco, intentando calmarse, y le dijo:

—Te estás imaginando cosas que no son. Yo no...

—¿Y entonces qué explicación me vas a dar? ¿Te acostabas con otros hombres durante el tiempo que estuviste saliendo con mi hermano?

—¡No! —le gritó Isabella, tapándose los oídos y agachando la cabeza.

Edward la agarró por las muñecas y la obligó a bajar los brazos.

—Vas a escucharme, Isabella, lo quieras o no —masculló.

—¡No! ¡Déjame! —le gritó ella de nuevo, soltándose de un tirón.

Dándose cuenta de lo enfadada que estaba, Edward decidió que lo mejor sería que intentase hablarle con calma.

—Isabella, no puedo permitir que mi madre descubra la verdad. En su estado podría provocarle otro ataque al corazón; podría matarla.

—¿La verdad? —repitió ella con una risotada sarcástica—. Tú no serías capaz de reconocer la verdad aunque la tuvieras delante de las narices —le dijo—. Nunca debí volver; no debí acostarme contigo ni... —sacudió la cabeza—. Mira, Edward, sé que te debo una explicación, pero...

—No sólo a mí —la cortó él—. ¿Qué vas a decirle a Jasper? ¿Y cómo crees que se sentirá Alice cuando se entere?

—¡Maldita sea, Edward; yo aprecio a Alice!

—También decías que querías a Victoria como a una hermana y que era tu mejor amiga, pero hiciste todo lo posible por impedir que nos casáramos.

—Porque sabía que vuestro matrimonio sería un error, porque estaba convencida de que...

—¿De qué? ¿De que eras tú quien me convenía y no ella?

—¡No! Bueno, sí. Edward, yo no...

—¿Lo ves? Ni siquiera eres capaz de responder una simple pregunta con la verdad —le espetó él—. Si esperabas que tus trucos funcionaran conmigo como funcionaron con Black...

—¡No te atrevas a meter a Jacob en esto! No sabes nada de...

—Eso es lo que me dices siempre. No sabía nada de Victoria, no sé nada de tu difunto marido, no sé nada de ti... Pues te diré algo: quizá te conozca mejor de lo que crees... cuando menos desde luego en el sentido bíblico —murmuró, acercándose más a ella.

Al sentir los blandos senos de Isabella contra su pecho, notó que una ola de calor lo invadía. Aun furioso como estaba con ella seguía deseándola con la misma intensidad.

—Para ya, Edward, no tiene gracia. Quiero que salgas de aquí y que me dejes tranquila.

—Oblígame —murmuró él, introduciendo un muslo entre los de ella—. No voy a seguir permitiendo que me manejes a tu antojo.

Isabella dejó escapar una risa incrédula.

—¿A mi antojo?

—Sí. ¿No es eso lo que intentas hacer con todos los hombres? —masculló Edward, empujando sus caderas contra las de ella.

Isabella cayó sobre la cama y, antes de que pudiera reaccionar, Edward estaba a horcajadas encima de ella, las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza.

Edward pretendía tomar sus labios en venganza por cómo hacía que la desease contra su voluntad, por confundirlo, por haber puesto una vez más su vida patas arriba, pero al ver el dolor en sus ojos se detuvo.

¿Qué estaba haciendo? Estaba perdiendo el control sobre sí mismo.

Exhaló un pesado suspiro y se apartó de encima de ella, quedándose sentado en el borde de la cama, junto a la almohada.

—Dios... —masculló, tapándose el rostro con las manos.

Se sentía frustrado; horriblemente frustrado. La confusión, la ira y los celos estaban ahogándolo, y sin poder aguantar ya más pegó un puñetazo en la mesilla de noche.

La lamparita sobre ésta se bamboleó peligrosamente, y el monedero de Isabella, que estaba al lado, cayó al suelo con un golpe seco.

La joven, que se había deslizado también hasta el borde del colchón, dio un respingo y emitió un gemido ahogado.

Edward se volvió y la encontró mirándolo con los ojos muy abiertos, como asustada.

—Isabella, yo nunca te haría daño —le dijo, sintiéndose culpable por no haber podido controlar su mal genio.

—Lo sé —murmuró ella—. Es sólo que... bueno, el ruido me ha sobresaltado.

—Lo siento; de verdad.

—Está bien; no pasa nada.

Edward se puso de pie y se agachó para recoger el monedero de Isabella, que se había abierto al caer. Dentro había una fotografía de un hombre joven de cabello oscuro, con las manos en los bolsillos de un desgastado vaquero y una sonrisa en los labios.

—¿Y éste quién es? ¿Es otro idiota como yo que cayó en tus redes? —inquirió sin poder contenerse.

Isabella lo miró, furibunda, pero los celos habían vuelto a apoderarse de Edward. Quería encontrar a aquel tipo de la foto y estrangularlo. ¿Cómo podía llevar la foto de otro hombre en el monedero cuando había hecho el amor con él sin el menor reparo?

—¿Quién es? ¿Cómo se llama?

—James.

—¿Y qué ha sido de él? ¿Por qué no...?

—Está muerto.

Aquella respuesta y la expresión distante en la mirada de Isabella lo callaron al momento.

—Lo siento —fue todo lo que acertó a decir Edward.

Sin embargo no era cierto; no lamentaba en absoluto que aquel hombre hubiese muerto. Eso significaba que no tendría que competir con él por Isabella.

Sí, ya no importaban ni Jacob Black, ni ese tal James... ni siquiera Jasper. Isabella era suya; sólo suya.

—Olvídate de él —murmuró, volviéndose hacia la joven, que seguía sentada al borde de la cama.

En sólo un par de zancadas estuvo de nuevo junto a ella. La empujó hacia atrás y prácticamente se lanzó sobre ella, besándola con pasión. Al principio Isabella se tensó, pero cuando comenzó a besarla con más dulzura le respondió.

Despegó sus labios de los de ella y se irguió triunfal.

—¿Respondías así cuando te besaba James?, ¿eras tan ardiente con él como conmigo?

—¡Eres un...!

Edward se inclinó para besarla de nuevo, pero Isabella le puso las manos en el pecho y lo empujó, tratando de apartarlo de sí.

—¡Quítate de encima!

Edward se apartó, pero sólo para sentarse a su lado. Isabella se incorporó y se peinó el cabello con manos temblorosas por la ira.

—Oh, vamos, Isabella, no querrás hacerme creer que significaba algo para ti...

—¿Por qué no? ¿Porque crees que lo único que me interesa de los hombres es su cuenta bancaria? —le espetó con voz trémula—. ¿Porque crees soy incapaz de amar?

Sendas lágrimas rodaron por sus mejillas, y Edward se sintió fatal. Sus palabras debían de haberla hecho mucho daño para que hubiera salido llorando.

—Lo siento —repitió, aunque esa vez sí era cierto. No quería verla así.

—¿Qué es lo que sientes? ¿Que haya sido capaz de amar a alguien en mi vida? ¿O lo sientes por James? Quizá también hice que se suicidara, ¿no? ¿Es eso lo que estás pensando?

Edward contrajo el rostro.

—Pues deja que te diga algo: no se suicidó —continuó Isabella—. James estaba enfermo; tenía una enfermedad terminal, aunque por una ironía del destino murió en un accidente de tráfico. Todo el mundo dijo que Dios se había apiadado de él, que así se había evitado sufrir más. Pero... ¿sabes qué? Pensar eso no me hace sentirme mejor; aún lo echo de menos —murmuró antes de prorrumpir en desgarradores sollozos.

Edward fue al instante junto a ella. Se sentó en la cama y la atrajo hacia sí.

—Shhh... Tranquila; tranquila. Está bien.

—Primero Jacob; después James... y también Vicky —dijo Isabella entre lágrimas—. Todas las personas a las que quiero acaban muriendo —sollozó. Estaba temblando—. Y ayer casi pierdo también a T.J...

Edward no sabía qué pensar. ¿Pretendía que creyese que no sólo había amado a aquel tal James sino también a Jacob Black? Tal vez a su manera sí lo había querido, se dijo. ¿Y quién era él para juzgarla? Edward bajó la cabeza, avergonzado de sí mismo.

—Cuando mi padre murió me puse furioso con él por abandonamos así, de repente —murmuró con suavidad mientras le acariciaba el cabello—. Me sentía tan mal... Pero al final el dolor desaparece; poco a poco; con el tiempo. Tú también lo superarás; estoy seguro, porque eres muy fuerte; eres la mujer más fuerte que conozco.

Isabella se apartó de él.

—James no era mi amante; era mi hermano.

Edward la miró, sorprendido.

—¿Tu... hermano? No sabía que tuvieses un hermano.

—A los dos nos entregaron en adopción, pero a los diez años nos separaron porque la familia con la que me enviaron a mí no quería chicos —le explicó Isabella—. Nos mantuvimos en contacto, pero James se convirtió en un adolescente rebelde, y luego... hubo una chica... Se enamoraron, pero a ella lo asustaban su carácter temerario y los círculos en los que se movía, así que se distanció de él. Aquello le dolió mucho a mi hermano, pero logró enmendarse, cambiar, y ella decidió darle otra oportunidad. Sin embargo, un día mi hermano enfermó. Estaba muy cansado, pálido, sudaba... al principio creímos que quizá fuera la gripe, pero... resultó ser un cáncer —murmuró de nuevo con lágrimas en los ojos.

Edward la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.

—Toda mi vida he tenido que ser yo la fuerte, la persona en la que se apoyaba Vicky, la persona que luchaba por ayudar a su hermano, la persona que los consolaba cuando lloraban, que los abrazaba cuando se sentían solos...

—¿Y tú? ¿En quién te apoyabas tú? Creía que Victoria y tú erais como hermanas, que habríais hecho cualquier cosa por la otra.

Isabella se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Victoria era muy insegura. Supongo que pensaba que yo no tenía problemas porque no me quejaba.

—¿Y tu hermano? ¿No cuidaba de ti?

Isabella exhaló un suspiro.

—Ya te lo he dicho: nos separaron a los diez años. Y luego... luego se juntó con la gente equivocada; se metió en las drogas. Sus padres adoptivos tenían un hijo adolescente y no querían que se echara a perder por la influencia de James, así que estuvieron a punto de mandarlo a un reformatorio, pero logré convencerles para que buscaran un sitio donde pudieran ayudarlo a desengancharse. El tratamiento no fue barato; y yo tuve que poner parte del dinero. Por aquel entonces ya estaba trabajando... para Jacob.

Edward, a quien se le había hecho un nudo en la garganta, la besó en la frente.

—De modo que así fue como os conocisteis.

Isabella asintió.

—Al poco tiempo de empezar a trabajar para él me pidió salir. Naturalmente le dije que no. Después de todo, ¿qué podía querer un hombre rico de una chica como yo aparte de lo obvio? Era joven, pero no tonta.

Edward no podía creer que se valorase tan poco a sí misma. Claro que, teniendo en cuenta la clase de vida que había llevado, criada por familias que no la querían, probablemente en aquella época su nivel de autoestima habría sido muy bajo.

—No creo que sólo viera eso en ti —replicó—. Estoy seguro de que vio a la mujer inteligente y divertida que hay en ti y no sólo tu belleza.

Isabella alzó la vista hacia él, como vacilante.

—¿Tú crees?

—No lo creo, estoy seguro —se reiteró Edward—. Cuéntame más; has dicho que lo rechazaste, pero acabaste casándote con él —apuntó.

—Jacob no aceptaba un no por respuesta, así que siguió insistiendo.

—¿Cuántos años tenías entonces?

—Dieciocho.

¿Dieciocho? Dios... ¿Cómo podía haberle pedido que saliera con él?; Black debía de haber tenido al menos quince años más que ella.

—¿Y qué pasó?

—A Vicky le gustaba la cocina; quería dedicarse a ello profesionalmente. De hecho su sueño era hacer un curso muy prestigioso en Francia del que había oído hablar.

Edward cerró los ojos un momento, imaginando lo que iba a decir. Recordaba lo orgulloso que se había sentido de las dotes culinarias de su esposa, y ella le había dicho que había asistido a unas clases en Francia, pero a él jamás se le había ocurrido preguntarse quién se las había pagado.

—Así que le pediste a Black el dinero y él a cambio te pidió que te casarás con él —murmuró, creyendo adivinar.

Isabella frunció el entrecejo y negó con la cabeza. —Oh, no, no. Le pedí un préstamo para poder pagar el viaje de Vicky y el curso. Jacob se portó como un caballero. Se negó a cobrarme intereses, aunque yo, que me sentía en deuda con él, empecé a quedarme más tiempo en la oficina, y en un par de ocasiones me invitó a cenar. Entonces me di cuenta de que me gustaba, de que era agradable tener a alguien en quien poder apoyarme para variar. Le hablé de mis sueños, le dije que quería ser independiente, iniciar algún día mi propio negocio. Jacob me animó a hacerlo y me dijo que me prestaría el capital inicial.

—¿De nuevo sin cobrarte intereses?

—No, esa vez fue un préstamo que consiguió que me hiciera el banco con un bajo interés. El día en que dejé de trabajar para él y fundé Dream Occasions me llevó a cenar a un restaurante carísimo, pidió champán, me dijo que le había dado referencias mías a un montón de amigos y colegas suyos... La verdad es que me sentí abrumada; casi aterrada —admitió con una sonrisa—. Y luego me dijo que me amaba, y me pidió que me casara con él.

Edward comprendió al instante la tesitura en la que se debió encontrar en aquel momento. No había duda de que se debió sentir obligada a aceptar.

—No tenías por qué casarte con él.

—Lo sé, pero entonces sólo tenía diecinueve años —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Quería algo que me diese seguridad, y Jacob estaba poniendo las estrellas al alcance de mi mano; yo creía que mis sueños se estaban haciendo realidad. La verdad es que todo ocurrió muy de prisa.

Con la misma rapidez se había convertido a los ojos de la sociedad de Seatle en una cazafortunas, en una oportunista que había cazado al rico Jacob Black.

—Había rumores de que tenías...

—¿Un amante drogadicto? Era James; aunque como sabes ahora no era mi amante.

De pronto todo tenía sentido.

—¿Y los otros?

—¿Qué otros?

—Los otros amantes que se decía que tenías; ¿qué hay de mi hermano? —inquirió Edward.

Isabella se echó hacia atrás y resopló exasperada.

—Ya te lo he dicho; Jasper no fue nunca mi amante.

—¿Cuándo? ¿Cuándo me has dicho eso?

—Cuando me preguntaste si era el padre de T.J.

—No —replicó él, mientras trataba de recordar las palabras exactas de ella—. Negaste que fuera su padre, pero nunca negaste que te hubieras acostado con él.

Isabella enarcó las cejas y se quedó callada.

—Oh —musitó—. Bueno, pues no, no me he acostado nunca con él.

¿Debía creerla? Quería confiar en ella, quería creer que le estaba diciendo la verdad. Edward la tomó por la barbilla y la miró a los ojos.

—¿Me crees? —inquirió ella, como adivinando lo que estaba pensando.

Sí. No. Dios, no lo sabía; estaba confuso. Ya no sabía qué pensar. Y luego estaba el asunto del chico...

—Pero entonces... ¿quién diablos es el padre de T.J.?

—¿Acaso importa?

¿Que si importaba? Por supuesto que importaba. Saber que tenía secretos para con él lo corroía de celos por dentro.

—No quiero que de pronto un día aparezca ese hombre y me...

—Eso no pasará —respondió ella—. Créeme.

Edward decidió que quizá debiera darle un voto de confianza, y de pronto, sin saber por qué, se sintió extrañamente liberado.