Y aquí aparece la desaparecida loca autora de Sol y Luna, disculpen la mega tardanza de casi un mes. *Esta chica si que es una mala* No pondré excusas, piensen que tal vez me abducieron los extraterrestres o lo que sea, lo dejo a su imaginación. ¿Lo notaron? Cambié mi nombre, por ninguna razón especial :D
¡Oh Gosh esta parte de la historia si que me ha costado! Es tan larga, que la dividí en tres capítulos o partes para no hacerles tan pesada la lectura, hoy les coloco la primera parte, probablemente el lunes o el martes, la segunda y en el transcurso de la semana la tercera y última, todo es desde el punto de vista de Sam, ya lo saben.
Viendo sus reviews me encontré con una personita que sugirió Cam, y para que vean que yo no soy mala, sino que soy puro amorsh, pues su opinión la tomé muy en cuenta, de hecho dedicaré este especial a CamiCamSeddie, y aunque Cam no será en el sentido romántico, me encargué de que aquellas dos se vuelvan tan cercanas como alguna vez lo fueron, ¿cómo? ¡Eso solo pueden descubrirlo leyendo! :D
También les dedico este especial a Tocino Boliviano 94, Guest, green aura, Tinis Loppy y Just seddie and jennette por sus reviews en el capítulo anterior, ¡me hacen súper feliz! n.n
iCarly NO me pertenece, tampoco sus personajes, todo es de Dan Schneider, nada es mío, solo esta historia y creo que he descubierto el agua tibia. Ok, creo que ya dije demasiado por hoy, ¡ahora si los dejo en paz! :D
Herida, Parte I: Entre lo que queremos y lo que debemos hacer.
Soy Sam Puckett, 'abrasiva' es la definición que la mayoría de las personas 'normales' me otorgarían, ¿pero qué demonios? Al diablo con las personas normales, en fin, incluso alguien como yo tiene historias que contar. Hasta hace algún tiempo llevaba una vida agradable, nada de correcionales, ni de actos vandálicos, no recuerdo haber robado algún banco...Esperen... No, no he robado ningún banco. Apenas en dos años me había accidentado unas cinco veces con mi motocicleta, nada especial, dos aparatosas caídas y tres choques. El ritmo de vida en Los Ángeles, distaba mucho de parecerse al de Seattle, honestamente me sentía maravillada por eso. Descubrir, explorar, buscar diversión...Olvidar; eran mis objetivos. Se preguntaran, cómo fui a parar precisamente allí, y solo les respondería que ni yo misma lo sé, fue solo una casualidad que se prolongó por un buen tiempo. Carly se había marchado a Italia, era importante para mí tenerla a mi lado, por días me sentí algo perdida sin sus llamados a tierra y su comprensión, —palabras mayores por tratarse de mí— pero no podía reprocharle nada, ella era feliz, así que ¿por qué yo no podía ser feliz por la castaña melindrosa por más falta que me hiciera? ¿Freddie? Freddie es un tema escabroso del cual me costaba hablar, es como elegir entre el cielo y el infierno, no sé que palabra usar para describirlo a él ¿un ángel? Ó ¿Un demonio? Muchas veces quise regresar el tiempo, que fueramos aquellos adolescentes que no se soportaban el uno al otro; yo la fuerte, él el débil, bien, eso nunca cambiaría; el punto es, que por momentos deseé que jamás hubiera derrumbado los muros que construí a mi alrededor, que hubiera descubierto mis puntos frágiles aún sin notarlo, incluso llegué a desear no haberlo conocido, pero el pasado está allí, pisando nuestros pasos, respirando en nuestras nucas, no se va, los recuerdos son como el invitado borracho, cuando crees que por fin ya se ha marchado de la fiesta, regresa para darte un último abrazo. ¿Cómo negarlo? Seguía enamorada de él hasta mucho después de haber terminado, aún así, simplemente pareció no notarlo, pareció no importarle, y yo no me colgaría un letrero en la frente para hacérselo saber. Desde pequeña me había establecido reglas,—por increíble que parezca— ¿Estás triste? Sé fuerte, no lo demuestres. ¿Estás feliz? Sonríe, nunca digas cuanto ni en que magnitud. No ames, las personas están hechas para dañar lo que dicen amar, —mi propio padre era el vivo ejemplo de eso.— ¿Fallaste a la regla número dos? Ni modo. Número tres ¿amas a alguien? No lo demuestres, no mucho. Número cuatro, ¿Odias a alguien?¿Te molesta algo? Hazlo saber, con todas las de la ley, si es a golpes, mordiscos y patadas pues mucho mejor y número cinco, jamás expongas tus puntos débiles, es como confiarle a alguien el cuchillo que causará tu muerte. Con el tiempo comprendí que soy mi peor alumna y que hasta mis propias reglas las hice para romperlas.
Una mañana de noviembre, poco tiempo después de que Carly se hubiera marchado, todo parecía seguir igual, o al menos casi igual, ese día tan monótono como otros tantos, entré a hurtadillas al apartamento de los Shay, tenía en mente que violentaría su refrigerador, quizás Spencer no estaría, lo que ahorraría inútiles explicaciones y luego vería televisión. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta, pero en cambio de Spencer estaba Freddie sentado en el banquillo de la cocina en el ordenador y, en cambio de hacerle notar mi presencia de inmediato, opté por darle un terrible susto, así que me quedé por detrás de la entrada, aguardando el momento indicado, pero lo que parecía ser una conversación por videochat entre Carly y él, me distrajo.
—Carly, ¿puedo preguntarte algo?
—Ya que empezaste.— Escuché con dificultad, me reacomodé acercándome más a la ranura.
—¿Por qué me besaste? Ya sabes, antes de que te fueras.—Dijo Freddie vacilante, apreté los puños con fuerza, sentí como si fuera recibido una patada en el hígado, las palabras de él confirmaban mis sospechas, seguía enamorado de Carly, a pesar de todo, de todos, incluso de mí.
—Lo siento.—Respondió Carly en tono lastimoso.
—¿Qué es lo qué sientes?—Replicó él.
—Freddie no te hagas falsas ilusiones, ese beso fue solo una despedida.— Dijo Carly alzando la voz, cosa que agradecí, porque pude escuchar con más facilidad, estaba mal que los espiara, pero ya había comenzado, ¿por qué habría de detenerme?
—Vaya forma que tienes de despedirte, deberías hacerlo más seguido.—Le respondió Freddie alzando el tono de su voz aún más que ella.—Está bien Carly, no le demos más vueltas al asunto.— Prosiguió ahora suavizando el tono de su voz.
—¿Sam?—Preguntó Carly, por un momento creí que se había percatado de mi presencia, por lo que comencé a maquinar absurdas excusas que me justificarían.
—¿Qué pasa con Sam?
—Ya sabes Freddie, Sam, lo que quedamos hablando la última vez.—Respondió Carly impaciente.
—Vamos Carly, cualquier persona en su sano juicio comprendería que está mejor sin ella.— Las palabras de Freddie cayeron sobre mí como un valde de agua fría y respondían a lo que me había preguntado algunos segundos atrás, ¿por qué habría de detenerme? Porque quien busca donde no debe, se encuentra con lo que no quiere. Inicié la retirada, lo menos que merecía era que le propinara un buen golpe, si alguno de sus dientes salían disparados, pues mejor; y hasta mucho después me lo cuestionaba ¿por qué no lo hice? Pero por alguna extraña razón me contuve, simplemente no podía forzarlo a sentir lo mismo que yo. Realmente me había esforzado en ser normal, en ser paciente, en ser menos abrasiva, estuve dispuesta a cambiar muchas cosas de mí, sin embargo a él mi sacrificio le resultó insignificante, habíamos pasado mucho tiempo juntos aquellos días, y aún así 'lo mejor era estar lejos de mí', si eso quería, eso tendría, él no lo sabía, pero me había empujado a ser lo que yo definía como una 'trotamundos', ya no tenía razones para seguir en Seattle, bien, se preguntaran y ¿mi madre? Era como estar sola, dígamos que no notaría mucho la diferencia.
Días después de lo sucedido, actué como siempre lo hacía, Freddie no me vería afectada, no a mí. Con la ayuda de Spencer me inscribí en la escuela virtual, a partir de ese momento recibiría clases a distancia. Pam no tenía dinero, mucho menos yo, sin embargo ella estaba irracionalmente feliz por lo que haría, incluso su pecho se hinchó de orgullo cuando le conté mis planes, minutos después estaba depositando en mis manos una anticuada y fea gargantilla de oro, regalo de Louis Parker, alguno de sus ex-prometidos, comentó que era una joya de valor que podría cambiar por algo de dinero, era la segunda cosa mejor que Pamela Puckett había hecho por mí —aparte de no habernos abortado a Melanie y a mí— obviando el hecho de que probablemente le agradaba la idea de que al fin lograría deshacerse de su otra hija.
Solo puedo recordar que la tarde que partí era un lunes, no sabía de mi madre hacía tres días, así que solo Spencer y Gibby estaban para despedirme —No consideré la presencia de Freddie, después de todo, solo le hacía un favor.— Preparé con anticipación un par de maletas y las adapté a mi motocicleta —con adaptar quiero decir que las amarré con sogas—Ya había vendido la fea gargantilla, por increíble que parezca, por el precio de 150.000 doláres, la anticuada joya le había pertenecido a una famosa dama de alta sociedad del siglo diecinueve, según lo que explicaba el coleccionista que se hizo con ella y a mi me importaba un reverendo pepino, así que después de cancelarme la cuantiosa suma de dinero, lo dejé hablando solo. Al momento de emprender la marcha, la natural nostalgia por todo lo que dejaría atrás, me invadió, sin embargo la ansiedad por conocer el mundo nuevo que me esperaría fuera de Seattle era muy superior, sin mucho pensarlo encendí la motocicleta, me despedí con un ademán de un Spencer que lloraba exageradamente y un Gibby que sonreía imitando mi gesto, mientras el mayor de los Shay sacudía sus mocos con su camisa. Me pregunté cuándo los volvería a ver, tenía claro que no sería pronto, pero al menos esperaba que eventualmente sucediera.
No tenía un destino en mente, simplemente iría hacia donde el viento me llevara, más bien mi motocicleta: Tacoma, Olympia, St. Helens, Portland, Salem, Albany, Corballis, Eugene, Roseburg, Grants Pass, Redding, Red Bluff, Sacramento, Stockton, Fresno, Bakersfield, North Valley y finalmente después de un mes y medio, Los Ángeles, llevaba un día en esa ciudad —técnicamente una hora— cuando me ví envuelta en una situación algo fuera de lo normal, que incluía un camión de basura y una chica de cabello rojo chillón de nombre Cat Valentine, una persona tan torpe e inocente que era difícil de creer que alguien así realmente existiera, mi vida de nómada llegó a su fin cuando nos convertimos en compañeras de piso, después de que su peculiar abuela decidiera internarse en un asilo de ancianos; aunque suene absurdo nos hicimos grandes amigas, a pesar de que su personalidad en ocasiones resultaba exasperante, de ella y de todas las personas que conocí allí —al menos de la mayoría—solo guardo gratos recuerdos, incluso teníamos nuestro propio negocio, y lo mejor, nos divertíamos con él, fue una época feliz, lo que definiría uno de los mejores capítulos de mi vida, pero todo lo bueno tiene un final, naturalmente hay cosas que se escapan de nuestras manos, por ejemplo, la vida, y peor aún, la vida de las personas que amamos, eso lo comprendí el día que recibí una noticia que definitivamente cambió la mía...
Recuerdo bien que eran las cinco de la tarde, pronto cumpliría dos años de haber arribado a Los Ángeles, mi madre atropelladamente y sin muchos preámbulos me dió la noticia de que Melanie, mi hermana a la que apenas había visto unas dos, o quizá tres veces en todo ese tiempo, estaba muriendo, por primera vez percibí a Pam Puckett perturbada, y aquello definitivamente no era una exageración, me derumbé sobre el sofá azul del pequeño apartamento que compartía con Cat, mi teléfono cayó aparatosamente al suelo, justo en ese momento no tenía nada claro, ¿cuál sería el próximo paso? ¿Y ahora qué? ¿Qué se suponía que debía hacer? Miles de ideas y de recuerdos se agolparon en mi mente, Melanie y yo no llevabamos más que una relación cordial, y al ser la viva expresión del Ying y el Yang, —muy a pesar de que éramos gemelas— la amaba, por sus venas corría mi sangre y por ella estaría dispuesta a hacer cualquier cosa.
—¡Sam!— Un grito de Cat me hizo salir de mis pensamientos. —!Sam!— Gritó ahora con más fuerza.
—¿uh? ¿Qué?— Pregunté agitada.
—¿Qué? Pues que llevas una hora así.— Afirmó como si realmente fuera cierto, cosa que no puedo desmentir, porque estaba atrapada en mis pensamientos.
—¿Así cómo?
—¿Con la mirada perdida, la boca abierta y tirada en el suelo?— ¿En el suelo? ¿Cómo era posible?, se suponía que estaba sobre el sillón, pero al fijar la vista hacia abajo me percaté de que en efecto, estaba en el piso.
—¡Tengo que irme!— Espeté levantándome rápidamente. Y sí, esa era la conclusión a la que había llegado, si mi hermana me necesitaba yo estaría a su lado. Melanie tenía un prometedor futuro, era estudiante de medicina de segundo año, nada más y nada menos que de Harvard, vivía en alguna residencia estudiantil de Boston, pero justo en ese momento estaba internada en el hospital donde irónicamente hacía sus prácticas clínicas, ¿qué le arrebatada ese futuro? Cáncer, tenía cáncer en la sangre, una enfermedad que poco a poco se llevaba su vida, sentí pena por Cat al dejarla, pero dejamos la promesa en el aire de que un día retomaríamos algunas de nuestras fuera de serie y disparatadas aventuras, la hora del adiós eventualmente llegó y el momento de enfrentarme a la realidad también. Ese mismo día emprendí un agotador viaje por carretera hasta Boston, —lo que conllevó además una inversión considerable en gasolina— llevando conmigo el mismo par de maletas adaptadas con las sogas a mi motocicleta, la única diferencia era que el contenido de las mismas había cambiado en esos dos años. Tres días y medio me tomó llegar a Massachusetts, atravesé Las Vegas, Denver, Noth Platte, Kearney, Lincoln, Omaha, Des moines, Davenport, Joliet, Toledo, Cleveland, Buffalo, Nueva York, Albany, Springfield hasta llegar finalmente a el Hospital General de Massachusetts. Mi abuela me recibió en la recepción, naturalmente la única cuerda de la familia era también la única capaz de mantener a mi madre en pie, fue verdaderamente espeluznante la manera en la que encontré a Pam Puckectt, demacrada, su piel había adquirido un feo color cetrino, sus manos temblaban, el fuerte olor a cigarrillos que despedía lograba percibirlo incluso a metro y medio de mí, lucía enajenada, se mantenía catatónica y no reparaba en mi presencia, me puse frente a ella, no tendría palabra alguna de consuelo, ni siquiera sabía como actuar en ese momento, sus ojos se abrieron como platos y se abalanzó sobre mí dándome un apretado abrazo, perdí la cuenta de cuantas veces pedía perdón, mi abuela nos rodeó con sus brazos y permanecimos largo rato entre los sollozos de mi mamá y, por supuesto, mi desconcierto.
Melanie había librado una dura batalla contra su enfermedad prácticamente sola, sin más compañía que los enfermeros que le atendían y los médicos que la trataban; no fue sino hasta que el Dr. Rogers, —quien manejaba su caso— le dió la noticia de que era poco lo que se podía hacer, que decidió finalmente participarnoslo. Si la imagen de una Pamela Puckett completamente desequilibrada me había impresionado, el estado en el que se encontraba mi hermana me consternó seriamente. Luego de haberme colocado una mascarilla y la ropa de tela azul reciclabe de hospital, además de realizar un riguroso lavado de manos, entré a la habitación cautelosamente, cuidando de no hacer ruido, dormía, estaba sumamente delgada, su piel era tan blanca como las paredes que le rodeaban, tenía un bigote nasal para el oxígeno, una vía intravenosa en su mano derecha, estaba conectada a un montón de máquinas, tosía débilmente y había perdido todo su preciado cabello. Sentía ganas de correr muy lejos de allí afectada por la cruda imagen y al mismo tiempo deseaba abrazarla fuertemente, cambiarme por ella si era preciso, mi madre y mi abuela estaban en lo cierto, Melanie estaba muy mal. Tomé asiento en la silla que estaba al lado de su cama tomé una de sus manos y entrelacé sus dedos con los míos, recargué la cabeza en un lugar libre a uno de sus costados y velé su sueño por largo tiempo hasta que el cansancio me venció.
Unas suaves caricias sobre mi cabeza me hicieron despertar, ya era de día, la luz tenue que se filtraba a través de las persianas lo confirmaba.
—Hola Sam.— Dijo con dificultad, mi corazón se estrujó al solo escucharla.
—Hola niña.—Musité, levantándome suavemente. En los labios de Melanie se formó una débil sonrisa.
—Me alegra que hayas venido.—Cabeceó un poco tratando inútilmente de levantarse para segundos después volver a caer sobre la cama. —Supongo que sabes por qué estoy aquí ¿no es cierto?— Suspiró.
—¡No puedes hacer esto!— Grité llevada por la rabia y la consternación, no lograba aceptar el hecho de que se había entregado a los brazos de la muerte y la esperaba sobre su cama como una fiel amante.
—¿Qué no puedo hacerte Sam?— Preguntó con ronca voz a la vez que una tos débil le aquejaba.
—Esto, ya sabes, esto...Morirte Melanie— Señalé las máquinas, y el humidificador de oxígeno y a ella.
—Es inevitable, lo que va a pasar, es muy importante para mí que hayas venido, no podía irme sin decirte una cosa, eres la mejor hermana del mundo.— Tosió y soltó un quejido que pude interpretar como de dolor. —No olvido las cosas que has hecho por mí, las veces que me protegiste, que me defendiste hasta con los dientes, siempre fue así Sam, tú eras la fuerte y yo la débil, aún hoy es así. Recuerdo como jugabas conmigo al té a regañadientes, aunque escondias cucarachas en la tetera de juguete, y la vez que ese niño Peter me lanzó una pedrada y tu lo cociste a golpes, tsmbién cuando cocinabas para mí cuando Pam nos dejaba solas, y cuando permanecías en vela con un bate de bésisbol dertás de la puerta cuidándonos a ambas por la misma razón, recuerdo también como me alejé de ti, cuando apenas teníamos ocho años y sin chistar y sin siquiera pensar en como te haría sentir, acepté irme de tu lado, éramos muy pequeñas aún, pero nada lo justifica, las gemelas no deben ser separadas y fuí yo la que nos separó.—Otra mueca de dolor se formó en su cara. —Te amo Sam, siempre he admirado tu fortaleza, como nada es capaz de derrumbarte. La verdad es que me queda poco tiempo, y ya no hay vuelta atrás, se lo terca que puedes llegar a ser, y la facilidad que tienes para arruinar las cosas buenas que te pasan, prométeme que vas a ser feliz, muy feliz por mí.— Suplicó mientras gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, todo lo que había dicho era cierto, jodidamente cierto. Mi corazón tronaba contra mi pecho, no sabía muy bien como responder a eso, quería destrozar la habitación por la rabia que sentía, para con Pam, para con ella, para con la vida.
—¡No, maldita sea, no empieces con tus cursilerías!— Grité, pudiendo apenas contener las ganas de llorar.
—Niñas, no peleen— La voz de mi abuela resonó trás de mí, entretanto colocaba gentilmente sus manos sobre mis hombros.
—¡Pero abuela ella empezó, ella siempre empieza!— Dije acusatoriamente, las lágrimas ya comenzaban a resbalar por mis mejillas.
—¿Ahora que se supone que ha hecho?— Preguntó mi abuela dulcemente, aquello me hizo recordar momentos de nuestra niñez, en los que acusaba a Melanie por cosas absurdas, como obligarme a vestir como niña, a jugar el té, de pintar un arcoiris en mi habitación y después de grandes cuando solo llegaba a casa por las vacaciones de verano, o de invierno; me recuerdo acusándola de haberme maquillado mientras dormía, de haberse desecho de toda mi ropa interior y haberla reemplazado por panties de encaje y brasiers cursis e incómodos. Esa era ella, mi némesis, tan diferentes y parecidas, ambas llegábamos a los extremos, de la rudeza por mi parte, de la suavidad por la suya.
—Quiere... Ella quiere morirse, no le importamos.—Dije entre dientes conservando el tono acusatorio en mi voz. Mi abuela se sentó en la silla, me haló por un brazo y me sentó en sus piernas, tomó una de mis manos y una de las de Melanie, juntándolas y colocando una de las suyas sobre las nuestras. Ella era la verdadera figura materna para nosotras, Pam Puckett nos había dado la vida, pero nuestras fiebres y nuestras rodillas rotas las curaba J'Mam-maw, los pasteles de cumpleaños los hacía ella para nosotras; la primera regla, una de las cosas más bochornosas que jamás me habían pasado lo fue menos, gracias a ella, corrí a su casa porque pensé que sangraba por dentro y que moriría, Pam solo río a carcajadas burlonamente, mi abuela fue la encargada de explicarme todo el asunto, cosa que me hubiera ahorrado de solo haber prestado atención en clases, pero su paciencia era de plomo, alcanzaba para sus desequilibrados hijos, incluso para mí.
—¿Sam?— Aseveró mi abuela frunciendo el ceño.—Creo que debes decirle algo a Mel, ¿no es así?— Espetó agitando nuestras manos juntas. Y sabía lo que vendría, la historia se repetía una vez más.
—Lo siento— Dije entre dientes.
—Muy bien, te has ganado un premio.—Sonrió.
—No abuela, por favor.— Y ahí iba una vez más, el rastro húmedo de un beso quedaba plasmado sobre mi frente.
Al contrario de lo que pensaba Melanie y honestamente todos los que estábamos a su alrededor, ella milagrosamente logró una gran mejoría, el Dr. Rogers nos explicaba que el apoyo de la familia hacía la diferencia, las emociones afectaban las funciones orgánicas, y por lo tanto si mi hermana tenía motivos para vivir y seguir luchando, eso le ayudaría a recuperarse, como dije en un principio las esperanzas eran pocas, pero existían. Melanie logró levantarse de la cama, logró sonreír con fuerza de nuevo. Y si dependía de mí y de buscarle motivos para vivir, lo haría, los sacaría de debajo de la tierra si era preciso. Siendo hermanas, y mejor aún gemelas idénticas, éramos completamente compatibles para un trasplante de médula ósea, lo que se traduciría en un antes y un después para ella, y aunque toda mi espalda quedó doliendo por semanas, el sacrificio no importaba si eso significaba la vida para ella, y afortunadamente todo fue un completo éxito. Vivíamos en una pequeña, pero bonita casa que habíamos rentado, Pam se había convertido en una mejor madre, o al menos se esforzaba mucho en serlo. colocándomee en sus zapatos, el sentimiento de culpa que debió haber sentido, seguramente era aplastante. Naturalmente fallaba, sobretodo en la cocina y en los horarios de los medicamentos de Melanie, pero afortunadamente estaba J'Mam-maw con nosotras, siempre al pendiente de todo. Yo tenía un trabajo de tiempo completo en un concesionario de motocicletas, ¿quién mejor que yo para venderlas?, debía ayudar a costear el tratamiento de Mel.
Por primera vez teníamos una verdadera familia, pero de nuevo, todo lo bueno tiene un final, teníamos unos diez meses ya en nuestra pequeña casa y ese día correspondía a la visita semanal de Melanie a el oncólogo, si bien se estaba curando y estaba recuperada casi por completo, la terrible noticia de que había sufrido un retroceso en el proceso de curación y justo en ese instante el cáncer atacaba con más fuerza que al principio, cayó sobre nosotras como un valde de agua helada, la más afectada fue Melanie por supuesto. Ella se sumió en una gran depresión, no dormía y no comía, en pocas palabras le estaba haciendo la tarea fácil a su enfermedad, ella misma estaba contribuyendo a matarse; sentía rabia e indignación, yo habría luchado hasta el final, pero no podría obligarla a nada, no a ella, éramos igual de testarudas.
Una fría mañana, —era noviembre de nuevo—, me senté al borde de su cama mientras todavía dormía, la miré y no pude evitar preguntarme ¿qué cosa tan mala pudo haber hecho para merecer eso? ¿Era acaso un castigo para mi mamá? Mi corazón dió un vuelco, estaba justo en ese instante más próxima a morir que antes. Abrió los ojos lentamente y me sonrió, se acomodó con dificultad de modo que quedamos frente a frente.
—Quiero volver.— Musitó débilmente.
—¿A dónde quieres volver?— Pregunté sin saber muy bien a qué se refería, ¿a clases? ¿Al hospital? ó peor aún a ¿Seattle?
—A casa.— Tensó los labios.
—Estamos en casa.— Le dije señalando un hecho casi obvio, puesto que allí vivíamos, pero ya sabía a que se refería, así que solo trataba de evadir el tema.
—No, no lo entiendes.— Dijo mientras negaba con la cabeza.
—¿Qué no entiendo Mel?— Una vez más trataba de evitarlo a toda costa, si quería volver a Seattle yo tendría que regresar con ella, y eso no lo había contemplado en mucho tiempo.
—A Seattle.— Confirmó lo que un principio presentía.
—¿Seattle?— Repliqué en tono de incredulidad. —No, Melanie esta es nuestra casa.— Contraresté su petición disponiéndome a irme de la habitación que compartíamos.
—Escúchame— Suplicó. —Sé que voy a morir y no quiero hacerlo en un cuarto de hospital, quiero que sea en casa, yo odio realmente ese lugar, es lúgubre, tétrico, bizarro, funesto, aciago y lóbrego, pero también lo amo, allí crecimos Sam, porque mal que bien, en ese lugar nuestra madre trató de ser una madre, fuimos felices a nuestra manera, las Pucketts tenemos una manera muy peculiar de serlo, pero lo fuimos.— Sus ojos se habían tornado vidriosos, ¿y si se trataba de su último deseo? No podría soportar el peso sobre mi conciencia de no haberselo concedido.
—Con una condición.— Me acerqué nuevamente tomando asiento justo en el lugar anterior. Los médicos le daban a Melanie un máximo de seis meses de vida si no proseguía con el tratamiento—como había venido haciendo, se había rehusado a asistir a sus terapias— si ella quería regresar a Seattle primero debía darme algo a cambio.
—¿Cuál?— Soltó un leve gemido, probablemente producto del dolor que causaba sobre su cuerpo la enfermedad.
—Inténtalo una vez más, por favor.— La tomé de las manos. — Vamos niña por favor.
—No Sam, ya hablamos de esto.— Expresó en tono lastimoso, dejando caer sus manos sobre su estómago.
—Te lo pedí 'por favor', en serio Mel ¿Cómo puedes resistirte a eso?— Le dije divertida.— Y dos veces, aprovecha la oferta.— Honestamente de igual manera la habría llevado a Seattle como me lo pedía, pero si podía convencerla de retomar su terapia una vez más, no desperdiciaría la oportunidad de hacerlo.
—Está bien, la última vez Sam, la última.— Hizo enfásis en la última palabra, luego rió mientras se reacomodaba en uno de sus costados y recargaba su cabeza sobre la almohada.
—¡Hola pequeñas!— Irrumpió J'Mam-maw con dos paquetes en sus manos, dándome uno azul a mí y uno lila a Melanie.
—Abuela tengo veintiún años, bueno, tenemos veintiún años.— Repliqué ante la forma en la que aún nos trataba, como niñas pequeñas. Desesperadamente desenvolví el paquete, dejando ver en el interior un par de guantes tejidos de color marrón, perfectos para mantener las manos calientes y protegidas del frío invierno mientras manejaba.
—Abuela que hermoso, amo el blanco, es mi favorito.— Musitó mi hermana quien con ojos brillosos, delizaba sus manos sobre un suéter color blanco.
—Lo sé, y lo mejor es que yo misma los hice.— Rió mi abuela fuertemente, ser modestas no era algo que alguna vez a ninguna de nosotras se nos fuera dado bien.
Mi hermana la mañana siguiente retomó su terapia, y mi abuela me mantendría al tanto de todo, era mi cómplice en lo que haría, Pam trabajaba a tiempo completo, apenas nos veíamos, así que no pude confiarle nada, mucho menos despedirnos. Con la excusa de que haría un 'viaje de negocios' partí de regreso a Seattle, apenas con una mochila y lo necesario dentro de ella, en 'casa' había dejado muchas de mis cosas años atrás, el único inconveniente es que sin duda en ese momento me lucirían ridículas, ¿pero qué más daba? Era el último deseo de Melanie el que estaba en juego. Atravesé el país de nuevo, me llevó menos tiempo, puesto que hice menos paradas hasta llegar a Washington, mis huesos doloridos y mi trasero adormecido me pasaron factura, pero tiempo era lo que menos tenía. Carly llevaba un mes en Seattle, nunca rompimos el contacto, y ella conocía bien el curso de la enfermedad de mi hermana, excepto la última parte, había retornado y ahora con más fuerza, estaba al borde de la muerte, y necesitaba su ayuda para lo que me traía entre manos. Aparqué a las afueras del Bushwell Plaza, me dirigí al lobby con la mochila sobre mi espalda, no llevaba más que uno que otro par de cosas, pero tenía la sensación de que pesaba como plomo, probablemente producto del cansancio, en la recepción me encontré con alguien que me resultaba gratamente familiar y llevada por el sentimiento de que hacía mucho tiempo no lo veía me abalancé sobre él y le dí un apretado abrazo.
—¡Sam!— Gritó Gibby notablemente sorprendido.
—¡Gibbs!— Dije soltándolo del abrazo.
—Gebeeeh, si así me llamo— Señaló lo obvio, a pesar del tiempo no había cambiado, solté una carcajada y lo abracé de nuevo. —Wow te pareces mucho a Sam— En sus labios se formó una gran 'a', probablemente sorprendido por mi reacción, de verdad me sentía contenta de verlo, también sentía ansiedad por ver a Carly, Spencer... Y Freddie.
—Soy Sam— Le dije clavándole un manotazo sobre la cabeza, sus ojos se abrieron como platos y soltó un quejido de dolor.
—¡Vaya que lo eres!— Replicó sobando su cabeza, pero a la vez sonreía, segundos después se dió la vuelta disponiéndose a irse, como si huyera de algo, cosa que no entendía.
—¿A dónde vas?— Pregunté halándolo del brazo.
—A algún lado, no tengo idea de a dónde, pero cualquier lugar es mejor que allá arriba, ya sabes a que me refiero.— Dijo a mi oído bajando exageradamente el tono de su voz.
—No, la verdad es que no sé que es allá arriba, ni a que te refieres.— Y honestamente no lo sabía.
—Vamos Sam, allá arriba, el apartamento de Carly— Dijo aquello apenas en un susurro. —Carly y Freddie, ya sabes, me hacen vomitar arcoiris.— Prosiguió ahora con simpleza, como si fuera algo muy obvio, algo muy 'obvio' que desconocía por completo.
—No, no lo sé.— Respondí arqueando las cejas, era difícil entender a Gibby, pero en ese momento lo era aún más.
—Salen, ya sabes, son novios.— Eso realmente no lo esperaba, ¿por qué demonios Carly no me había dicho nada? Tenía un 'pequeño' secreto que incluso Gibby sabía y no yo, justo en ese instante sentía ganas de golpear algo, aunque no tenía muy claro el por qué.
—Ya... Entiendo, bien creo que...— Me adelanté a la salida, sobrepasando a Gibby sin ninguna intención de querer enfrentar a Carly en ese momento.
—¿No ibas a subir?— Preguntó Gibby con el ceño fruncido.
—Cierto, espero verte pronto.— Dije entre dientes, dándome la vuelta y disponiéndome a ir a regañadientes al ascensor, ¿qué era lo peor que podía pasar?
—Vaya que pareces un clon mejorado de Sam.— Expresó Gibby divertido entre carcajadas. Le propiné otro golpe en la cabeza y huyó corriendo, no pude evitar reír.
Algo contrariada me encontraba frente al apartamento de Carly, ¿debía tocar? ¿Ó simplemente debía actuar como normalmente lo haría? Giré la perilla, no estaba asegurada la puerta, sin mucha dificultad más que empujar suavemente ya estaba bajo el umbral, en un primer momento esperé encontrar a los 'novios' en algo como un casto beso, no en la situación incómoda de la que era testigo, aún así no dejaba de sorprenderme, parecía que uno se comía la boca del otro, Carly estaba sentada sobre Freddie, las manos de él apretaban sus nalgas, los brazos de ella se aferraban fuertemente a su cuello, y yo, muy a mi pesar estaba como alma que lleva el diablo, como una gaviota malherida, si, me sentía herida, jodidamente celosa y encabronada, así que sin mucho pensarlo hice sentir mi presencia azotando la puerta con toda la brusquedad posible, Carly viró hacía mí, sus ojos se abrieron como platos, Freddie asomó la cabeza por uno de sus costados, su cara había palidecido a tal punto que parecía que había visto un fantasma, atropelladamente ella se rodó sobre él y se sentó sobre el sillón, me miró fugazmente una vez más antes de enterrar su rostro en sus manos, con la cabeza sobre sus piernas juntas, él impetuosamente se levantó y se colocó al borde del sillón, clavé en él una mirada gélida, y arrastré los pies directo hasta el refrigerador, mientras les daba la espalda tuve el deseo de meter la cabeza dentro del congelador y darme con la puerta una y otra vez por estúpida, estaba seriamente arrepentida de haber subido, aún después de la advertencia de Gibby. Tomé una caja de pizza, la coloqué sobre la mesada, la abrí y tomé un trozo congelado y endurecido por el frío. El silencio era realmente incómodo, ¿pero por qué? No se suponía que me debieran alguna explicación, Freddie y yo no éramos nada, pero Carly Shay la que se suponía era mi mejor amiga y la ofendida número uno si llegaba a ocultarle cosas, se guardaba un 'pequeño' secreto que no fue capaz de compartir conmigo, así que ahí estaba yo, como una tonta ajena a lo que aquellos dos se traían y rídiculamente celosa.
—Y bien, ¿qué tal les va señor y señora Benson?— Dije entre dientes, forcé una sonrisa, que no pude mantener mucho tiempo así que rápidamente le dí un gran mordisco al trozo de pizza, Freddie se sobresaltó, y un leve gemido proveniente de Carly se escuchó, levantó la cabeza y la fijó sobre sus dedos moviéndolos nerviosamente, su cara estaba tan roja que daba la impresión de que estallaría, él me miraba fijamente como si le debiera mucho dinero, y aunque no estaba muy lejos de la realidad, habían pasado algunos tres años desde esa vez, debió haber comenzado a asumir que era un préstamo sin derecho a devolución.
—No Sam.—Musitó Carly un par de minutos después de lo que había dicho.
—¿No qué?—Pregunté con la boca llena.
—No somos el señor y la señora Benson, es decir, ya sabes, no somos novios.— Respondió Carly nerviosamente mientras reía.
—¿Qué tal Los Ángeles?— Interrumpió Freddie acercándose por detrás de la barra de la cocina. Él solo sonido de su voz, y el que actuara tan natural desbordó una rabia apenas incontrolable en mi interior.
—¿Qué tal si te vas a la mierda?— Bramé enloquecidamente, quería abalanzarme sobre su cuello y estrangularlo hasta que quedara sin aliento, pero en cambio lancé furiosamente la caja de pizza hacia su dirección, estrellándola accidentalmente contra el ordenador, solté un bufido, mi respiración aumentó el ritmo súbitamente, no podría estar mucho tiempo en los mismos diez cuadrados que Freddie sin intentar matarlo.
—Chicos no empiecen.—Dijo una Carly sobresaltada, se colocó al borde de la barra del desayunador agachándose justo al lado de Freddie, tuve la impresión de que mi estómago se estrangulaba, definitivamente no soportaba la idea de ellos como pareja, una vez más, —como hacía algunos años— quería vomitar sangre, momentos después colocó la caja vacía y algunos restos de pizza sobre el tope, las miradas de Freddie y ella se encontraron nerviosamente, acrecentando el sentimiento absurdo que rugía en mi interior.
—Me alegró ver...— 'Verlos' pensé decir en un primer momento, pero aquello no era cierto. —...Verte Carls, adiós.—Rectifiqué. Sacudí mis manos en mi pantalón y rápidamente salí de allí asegurándome de que mi furia se hiciera sentir cerrando aún con más fuerza que en la primera oportunidad, miré recelosamente como si pudiera ver a través de la puerta, sacudí la cabeza y crucé rápidamente el pasillo, el toque encolerizado sobre el botón para llamar el elevador hizo que soltara una chispa, pasado un minuto o algo más, finalmente llegó, apenas mi respiración comenzaba a nivelarse, necesitaba una ducha de agua helada, algo que hiciera drenar la rabia, un bulto de carne para golpear o la cara de Freddie Benson no estarían nada mal.
El cansancio era terrible llegué al sombrío apartamento, después de pasar por algunas cosas de comer en el supermercado de la esquina, chuletas, filetes de carne, jamón, huevos, tocino y algunas cosas de beber, coloqué todo dentro de la nevera dejando un paquete de cervezas sobre la barra de la cocina, no, no tenía derecho a haberme puesto así, ya era hora de que lo olvidara, no podía ser cierto que siguiera enamorada de él, lo había superado, hubiera escrito con mi propia sangre, 'te he superado Benson', sobre la puerta de su casa, pero no era cierto y lo que era peor él la amaba a ella, a mi mejor y perfecta amiga, siempre había sido así, no entendía muy bien por qué aún dolía. Asé un filet de carne sobre una sartén, tomé una lata de cerveza y los llevé conmigo a mi habitación, asegurándome de apagar las luces antes, después de comer tomé un rápido baño, me puse ropa cómoda para dormir, me llevó tiempo hacerlo, pero finalmente quedé rendida, tiempo más tarde el toque insistente de la puerta me hizo despertar, viré a ver el reloj despertador, ¿Diez de la noche? ¿Era en serio? Sin tener muy claro de quien podría tratarse, me levanté muy en contra de mi voluntad, encendí las luces y atravesé el salón, quité el seguro y abrí para encontrarme con Freddie, —la persona que menos esperaba— rodé los ojos y estrellé la puerta en su cara deseando haberle atinado, por lo menos, a su nariz. Reí internamente, sentí la sequedad en mi boca, así que fui por un poco de agua, la perilla giró, no podía ser cierto, si Freddie de verdad consideraba mantener su integridad física debería tener claro que invadir mi espacio podría ser contraproducente, pero en efecto era él, de nuevo se quedó estático bajo el umbral, una mueca de miedo se formó en su cara, sonreí.
—Cierra la puerta— Dije mientras seguía virtiendo agua en el vaso que acababa de tomar.
—¿Vas a matarme? ¿Cierto?— Musitó con voz temblorosa. Freddie fue sabio al considerarlo.
—No... Por ahora— Respondí negando con la cabeza —¿Qué quieres?— Dije en medio de un bostezo, sorbí un gran trago de agua, al notar que no obtenía respuesta comenzaba a impacientarme, ¿qué se suponía que hacía a las diez de la noche en mi apartamento? —¡Te hice una pregunta!— Grité, logrando que reaccionara.
—La verdad es que justo ahora no lo sé.—Respondió vacilante. Pude notar su respiración irregular, colocó una mano en su frente, parecía nervioso, muy nervioso.
—Aww pobre Benson, ¿Se te perdió tu mamita? ¿O Carly ya no te quiere?— Me encargué de que el tono de mi voz sonara lo más hiriente posible.
—Yo...Solo, yo solo quiero saber, ¿Por qué te pusiste cómo loca hoy?— Preguntó, lucía aún más nervioso que momentos atrás, dejé el vaso sobre la barra del desayunador y me acerqué aún más a él, ¿qué tal si sentía lo mismo? ¿Debería comprobarlo? Pensé. Lo miré fijamente a los ojos buscando alguna respuesta —¿Por qué volviste?— Prosiguió, no era un tema del que quisiera hablar en ese momento, así que ignoré lo que preguntaba, entre tanto me acercaba más y más hasta el punto que podía escuchar nuestras respiraciones mezclándose, llevada por un impulso deslicé uno de mis dedos por debajo de su mentón rozando sus labios, lo bajé lentamente por su cuello, lo ponía a prueba y aún no podía creer su reacción, estaba aterrado, pero no hacía nada para detenerme, me detuve sobre el primer botón de su camisa desabrochándolo, seguí con el próximo, colocó su mano sobre la mía, parecía que intentaba apartarme, pero el toque fue muy gentil como para convencerme, fruncí el ceño y lo miré para comprobarlo, podía sentirlo en el aire, lo menos que quería era que parara, sonreí conforme e introduje mis manos por debajo de su camisa, las deslicé de arriba a abajo sobre su bien marcado abdomen, las detuve sobre su pecho, soltó un gemido y cabeceó un poco. —Espera Sam— ¿Qué quería que esperara si lo deseaba tanto como yo? Retiré mis manos y lo empujé fuertemente contra el refrigerador, me pegué completamente a su cuerpo. Continué el peligroso juego que había iniciado, desabroché su camisa, deslicé mis manos por sus hombros, asegurándome que nuestras pieles rozaran y la dejé caer. Sus ojos se abrieron como platos, coloqué una de mis manos por su nuca y la subí suavemente, su cabello se colaba entre mis dedos, acerqué mi cara a su cuello, lo rocé ligeramente con mi boca, su piel se erizó, mi otra mano la desplazaba por su pecho, pero hasta ahí estaba dispuesta a llegar, si Freddie quería algo más, el tendría que dar el siguiente paso, y como lo esperé lo hizo, acunó mi cara entre sus manos, sonreí triunfante, y atrapó con sus labios los míos envolviéndome en un suave, y por qué no decirlo, dulce beso. Después de tal vez un minuto aumentamos el ritmo, se había vuelto un beso apremiante, necesitado, me tomó de la cintura empujándome sobre la barra de mármol y me sentó sobre ella, lo rodeé con mis piernas atrayéndolo imposiblemente más cerca hacía mí, metió sus manos por debajo de mi sudadera, pero asesté un golpe sobre una de ellas.
—Todavía no— Dije entre dientes, no se suponía que aquello estuviera bien, estaba pasando por encima de mi mejor amiga, el sentimiento de culpa me obligaba a parar. Dejé descansar mi cara sobre su hombro, lo envolví en un apretado abrazo, me armaba de valor para detenerme, el olor de su perfume era embriagante, logró nublar mis pensamientos. Rodeé su espalda baja con mis manos, su prominente erección rozó mi vientre, el juego había alcanzado su punto más álgido, ya había comprobado que causaba en él, el mismo efecto que él en mí. Tomé su cinturón y lo desabroché, levanté una de sus manos llevándola hasta detenerla debajo de mi sudadera. —Quítala— Dije sonriendo con la voz ronca, hizo lo que le pedí, alcé los brazos para ayudarle, parecía hipnotizado al mirarme. —¿Qué esperas?— Reclamé haciéndolo volver en sí. Se acercó nuevamente, envolviéndome en un beso necesitado, era inevitable devolverlos con la misma pasión, se despegó suavemente, bajó de manera lenta, enterró su cabeza en mi cuello, bajó hasta mis senos depositando numerosos besos. Subió de nuevo, mordía mis orejas, era enloquecedoramente excitante, nuestros gemidos se mezclaban, pero no, debía parar, debía hacerlo justo en ese momento en el que aún podía, la risa de Carly retumbaba en mi cabeza, no podía hacerle eso, mi objetivo de haber regresado a Seattle no era Freddie, y mucho menos era faltarle a una amistad de tantos años. —Vete— Dije forzando una pose natural, lo empujé con fuerza lejos de mí, y me coloqué el suéter de nuevo. Una expresión de incredulidad se formó en su cara. —¿Estás sordo o qué? ¡Te dije. Que. Te. Fueras!— Advertí con firmeza, bajándome de la barra, recogí su camisa del suelo de la cocina y la lancé sobre su cara.
—¿Es una broma verdad?— Preguntó prácticamente gritando y aunque en el fondo deseaba llevar todo hasta el límite, hay cosas que simplemente no podían ser, esa, por ejemplo.
—No— Forcé una carcajada, miraba mis uñas tratando de no encontrar su mirada. —Ya te vas, cierra la puerta cuando salgas.— Dije dándole la espalda para encaminarme hasta mi habitación, lancé la puerta fuertemente, asegurándola, ¿por qué no podía ser solo mío y ya? ¿Por qué me seguía importando a pesar de todo? A los pocos minutos comenzó a tocar furiosamente la puerta por largo tiempo, me lancé sobre la cama, ahogando el sonido tapando con una almohada mi cabeza, sin tener muy claro que significaba lo que acababa de suceder.
Nos vemos pronto en la segunda parte: Herida Parte II: Punto de No Retorno. ¡Juro solemnemente no tardarme en subirla! ¿Te gustó? Ó ¿está del asco? Siéntete libre de expresarlo, se agradece tu valiosísimo review. Byee :3
Los invito a leer mi nuevo Fic y no es porque sea mío, ¡pero me encanta! n.n Me honraría mucho que se pasaran por allá y no saben lo feliz que me harían si siguen mi nueva historia :3
Como Si Fuera Cierto
Era la tarde del 25 de marzo del 2018 en Los Ángeles, 'La Gran Naranja' que rodó hasta aplastar los sueños de la carnívora rubia Sam Puckett; ese fue el día en el que finalmente arribó a su nuevo apartamento el escéptico Fredward Benson, quien se encontraría con algo que cambiaría su vida para siempre. ¿Te atreves a descubrir qué es? SEDDIE. Post- iGoodbye y Sam & Cat. NO AU.
'La Gran Naranja', así llaman a esa ciudad.
Fin del espacio comercial, ¡Adióss! :3
