—¿Estás segura, Annie? Soy todo un caballero y por ti, esperaré lo que sea necesario. —preguntó con calidez, separándose de sus labios y llevando una de sus manos a acariciar sus mejillas con ternura.

Ella lo miró enternecida, ¿cómo se podía ser tan caballeroso en esta situación? No importaba como lo mirara, nunca perdía esa parte adorable, aunque pronto se daría cuenta de que no era tan adorable como parecía.

—Te lo he dicho, te estoy invitando y quiero conocerte en una mayor profundidad… —susurró a escasos milímetros de sus labios, apartando los mechones, que ella misma había despeinado, que caían en su rostro.

—Solo quería asegurarme, no me gustaría hacerte sentir incómoda. Me importas demasiado como para ello.

—Eres un idiota. —provocó con una risa, para besarlo con fugacidad.

—Es cierto, soy un idiota cursi y enamorado. Pero creo que te gusto igual, ¿me equivoco? —picó el rubio con una sonrisa triunfal, envolviendo su brazo en la cintura femenina y comenzando a caminar rumbo a su casa.

—¿Dónde vamos?

—¿Tú qué crees?

—¿A tu casa?

—¡Bingo!

Mientras tanto, Eren se dedicaba a buscar una excusa decente para meterse de lleno en la boca del lobo, digo, en una fiesta de pijamas de las chicas. Bueno, tampoco tendría que pensar nada, utilizaría la misma excusa que Mikasa utilizó con él para sacarlo de un buen aprieto.

A pesar de haber utilizado al mismísimo demonio en la Tierra, llamado Levy Ackerman, como pretexto, le costó sangre, sudor y lágrimas sacarla de ahí.

—¡El timbre!

—¡Ya voy yo! Espero que me hayáis hecho caso y hayáis contratado un stripper para Annie y Mikasa que se encontraban algo decaídas. También me hubiera gustado tener a mi propia stripper, pero no se puede tener todo. —hablaba una Ymir totalmente ebria.

—Señoritas, se han estado portando muy mal, vengo a rescatar a mi princesa. —decía Eren al otro lado de la puerta.

—¡Se parece a Eren y todo! ¡Chicas, el stripper! —gritó a pleno pulmón, antes de tomarlo por el brazo y cerrar la puerta tras él.

«Bueno, Eren, podría ser peor, podrían estar borrachas y que Mikasa estuviera ahí. Ah, no, espera. ¡Esa es mi situación!»

No le dieron tiempo para procesar la información que le habían soltado, ¿stripper? ¡¿Desde cuándo se contrataban strippers fuera de despedidas de soltera? Y, lo más importante, ¿realmente lo habían contratado?

Cuando fue a darse cuenta, todas las chicas a excepción de Mikasa se acercaban peligrosamente a él, dispuestas a despojarlo de su ropa… Puede que fuera un sueño hecho realidad, pero no quería enfrentarse al castigo divino/demoníaco de la Ackerman, quien lo fusilaba con su mirada gris. Solo pudo tragar saliva horrorizado y apartarse de allí, tomando a Mikasa por la muñeca y saliendo por patas de aquella casa.

—¡Qué cobarde! ¡No pienso darle más de una estrella!

—Pero… ¿no habíais contratado a una stripper?

—…

—Cierto… entonces, ¿qué irán a hacer esos dos? —dijo Ymir, poniendo una expresión muy pervertida.

—Me alegro de que hayamos podido salir de ahí sin que ninguna parte de mi ropa se perdiera. —suspiró aliviado el joven Jaeger, enlazando sus dedos con los de la pelinegra.

—La bebida no les sienta nada bien. —protestó moviendo su cabeza con resignación, y perdiendo su equilibrio para caer sobre los fuertes brazos del moreno de ojos de lobo.

—Parece que tú tampoco has bebido solo agua. No pienso regañarte, ya eres mayorcita… ¿Puedes caminar?

—No…— mintió solo como una excusa para sentir la exquisita sensación de ser llevada en los poderosos brazos de su novio. Así como él no sabía mentir, a ella se le daba de maravilla.

—Yo que había pensado en un sinfín de juegos para esta noche… —decía el joven mirándola a sus ojos preciosos que brillaban iluminados con la luna.

—¿Qué tipo de juegos, Eren?

—Bueno, digamos que son para mayores de dieciocho… —susurraba contra su oído, empleando una voz sexy y traviesa que solo ella había tenido el placer de conocer.

—Qué malote, ni siquiera nosotros tenemos esa edad. —picó coquetamente, envolviendo sus brazos en su cuello y aspirando el perfume cítrico que desprendía y la volvía completamente loca.

—Por ello hay un mayor morbo, ¿no?

—¿Desde cuando ese niño inocente se convirtió en esta bestia? —bromeó con una sonrisa sensual, mientras mordía sus labios, invitando a que la besara apasionadamente.

—Nunca fui un niño bueno ni inocente, solo quería verme guay ante tus ojos. —confesó al mismo tiempo que se aproximaba a sus labios finos y temblorosos, para tomarlos con avidez.

—Nunca he querido llegar a casa con tantas ganas…

—Créeme, yo tampoco. Aunque sería más rápido si alguien dejara de mentir y utilizara sus piernas.

—Nop, estoy bastante bien aquí. —se negó acurrucándose en su pecho.

—Ya recibiré mi recompensa cuando lleguemos.

—Podrás recibir todas las recompensas que tú quieras. —susurró con una voz erótica que provocó una oleada de emociones en el cuerpo adolescente del castaño.

Una vez llegaron a casa, ambos dejaron salir todo lo que se escondía en su interior, todas esas emociones que despertaban el uno en el otro: felicidad, serenidad, nerviosismo, pasión, lujuria, amor…

No hacían falta las palabras entre aquellos compañeros, amigos y amantes, se conocían tan bien que eran capaces de expresar lo inexplicable con una simple mirada desbordante de sentimiento.

—Mikasa, ¿qué he hecho para merecerte? ¿Qué hace una chica tan inteligente, buena y hermosa conmigo? —hablaba entre besos, acariciando su cuerpo bien proporcionado sobre la tela de algodón.

—No necesitas un solo motivo, ser quien eres es más que necesario para que permanezca a tu lado. Tú me diste las alas de la libertad, un hogar al que regresar, una familia atenta y cariñosa…

Esas palabras hacían que Eren incrementara sus caricias en ritmo e intensidad, ya no se conformaba con palmar su figura sobre la ropa, quería memorizar la textura de su piel gélida y suave, impregnarse de su aroma.

Ella recibía sus caricias entrando en un estado próximo a la ebullición, jamás hubiera imaginado que llegarían a estar en la situación con la que tantas veces había soñado. Durante esa noche podría fundirse en un mismo ser con él, dejar marcas por todo su cuerpo, contemplarlo sin ningún tipo de vergüenza, grabar con fuego en su memoria todo lo que vivirían. Ese momento mágico que ambos morían por compartir.

Él la llevó a su habitación, entre sus brazos, intentando mantener el equilibrio en las escaleras, pero apoyándose en la pared cada vez que sus besos subían de intensidad y necesitaba algún apoyo firme para corresponder. Era una habitación espaciosa, iluminada con la luz de la luna, con una cama de matrimonio enorme y, lo mejor, su olor a perfume cítrico estaba en la atmósfera de la habitación.

—Te amo…—dijo una vez que la había dejado sobre la cama, provocando que se ruborizara y apartara la mirada.

Ella lo miró con una mirada dulce y apasionada, totalmente ruborizada y siendo embellecida por la luz de la luna. Besó su mejilla con dulzura y llevó sus manos pequeñas y suaves al rostro masculino de aquel que le robó el corazón, acariciándolo con ternura y apartando su flequillo de su rostro.

Se tomó su tiempo para bajar poco a poco, descendió a su torso, quitando su camiseta con una gran maestría, dejando a la vista su perfecto físico que nada tenía que envidiar a cualquier apasionado del fitness. Sus músculos tenían el tamaño y la tonificación ideal, esos pectorales perfectamente separados o esas abdominales tan bien torneadas, esa espalda trabajada, ese cuello tan apetecible o esos brazos poderosos.

Lo primero que hizo fue besar su cuello, provocando que se estremeciera de pies a cabeza, empleando un poco de presión para dejar una marca traviesa. Más tarde, recorrió todo su cuerpo cintura para arriba con sus uñas, sintiendo como se iban amoldando a las irregularidades del «terreno».

No entendía porqué después de tanto entrenar y esforzarse por no depender de nadie, él seguía siendo su debilidad, lo sentía tanto, sentía ser débil para él, aunque debía reconocer que no estaba nada mal. Solo podía pensar en que cada vez que se rozaban se sentía paralizada, cada vez que se besaban, creía volar y no quería dejarlo ir, lo quería en su vida para siempre.

Había encontrado un lugar al que regresar y en el que estar como en ningún sitio, entre sus brazos encontraba la quietud, su corazón era la joya más valiosa y ella era un tesoro para sus ojos. Con solo una mirada era capaz de derretirse, la forma en la que la miraba con esa dulzura y calidez era única.

Todos esos pensamientos iban desembocando en todos los besos tiernos que iba dejando por todo su cuerpo acompañados de sus caricias temblorosas.

Él cerró sus ojos y se dejó arrastrar por las sensaciones que ella le provocaba. En esos momentos tenía una expresión tan linda que podría morir de diabetes en un momento u otro. ¿Cuándo comenzó a sentirse así hacia ella? ¿Cuándo se volvió ese estúpido enamorado?

Todos sus amigos le replicaban su comportamiento, pero él solo podía pensar en ella y en lo afortunado que era por tenerla a su lado. Jamás entendería qué había hecho para merecerla. Solo sabía que tendría que cuidarla, mimarla, protegerla y, sobre todo, hacerla feliz. Él se desvivía por su sonrisa y seguiría así por siempre.

Las tornas cambiaron en el momento en el que él cambió las posiciones empleando una llave de defensa personal que la llevó contra el colchón mientras ambos reían. Ahora era su turno de experimentar.

Besó sus labios al mismo tiempo que introdujo sus manos cálidas por dentro de la ropa de la pelinegra y comenzó a levantarla poco a poco, como si se tratara de un ritual, no todos los días tenía el grandísimo honor de desvestir a una diosa como ella. La luna realzaba su belleza natural, su perfecto abdomen estaba a la vista y se sintió tentado a recorrerlo con su lengua caliente y húmeda, siendo incapaz de resistirse a esa tentación.

Un suspiro se escapó de sus labios en el momento en que sintió eso a lo que no estaba acostumbrada. Curvó su espalda cuando su lengua de fuego se fundió con su abdomen de hielo, iba a derretirla de placer a ese paso. Eren solo podía sonreír con superioridad y seguridad, ser capaz de propinarle todas esas sensaciones a la mujer de su vida era un sueño hecho realidad.

Se alejó momentáneamente para permitirse el lujo de contemplarla sin disimulo y con toda la tortuosidad del mundo, volviendo a acercarse a ella para deshacerse de la molestia que suponía el sujetador para su tratamiento especial. Ella se crispó y él se detuvo para mirarla con dulzura y comprobar si quería seguir por ese camino, la respuesta estaba escrita en su mirada y expresión, se moría por continuar con ese juego exclusivo de dos.

Bajó las tirantas con parsimonia, deleitándose la vista con cada parte de piel nívea que iba revelando, creando una ruta de besos ardientes y amorosos que iban subiendo la temperatura de ambos y de la habitación. ¿Hacía calor o eran ellos los que se derretían? ¿Desde cuándo un simple toque era capaz de hacerlos volar? ¿Sería igual para todas las parejas?

Con suavidad y ternura hundió su rostro en sus pechos, haciéndole cosquillas con su cabello desordenado y provocando una carcajada adorable. La risa de la pelinegra era la melodía celestial por excelencia para sus oídos. Comenzó a masajear sus senos con delicadeza, explorando la textura de ese territorio que acababa de descubrir y que muy pronto iba a conquistar con todo su cuerpo.

Ella suspiraba su nombre con una voz casi inaudible, como si quisiera que solo él se enterara de su amor, que no se perdiera por la habitación, quería que fuera su pequeño secreto. Llevó sus manos a su melena castaña tan agradable al tacto, jugando con ella y a veces, acariciando todo su cuerpo para llevarlo por el camino que ella deseaba.

Esos susurros y suspiros se convirtieron en un sonoro y lascivo gemido que se escapó de sus labios en el mismo momento que él besó uno de sus botones para seguir dándole atención asesorado por su lengua de terciopelo y sus labios. Esas emociones nuevas para ambos los volverían adictos, ahora comprendían porqué se consideraba algo sumamente placentero y una de las formas más efectivas para unir a una pareja.

Él solo pudo aumentar su sonrisa y continuar sin detenerse, aumentando el ritmo y alternando entre uno, otro y sus labios, no podía olvidar sus labios de fresa ni su cuello tan apetecible y que se amoldaba a sus besos como una pieza única y exclusiva en el mundo.

Descendió con una de sus manos a la zona prohibida, introduciéndola dentro de los pantalones y palpando la tela de la última barrera, estaba húmeda y su intimidad, palpitante. Aunque no era nadie para hablar, puesto que su erección era de dimensiones considerables y le dolía el ser presionada contra la tela del pantalón.

Ella comprendió su situación y se apiadó de él bajando su pantalón sin siquiera preguntar, quería jugar con las mismas condiciones y comenzó a estimular su hombría sobre la fina tela del calzoncillo. Solo pudo gruñir su nombre, no estaba para tonterías en ese momento, bueno, siendo sinceros, ninguno lo estaba.

Estaban colmados de deseo reprimido desde hacía mucho tiempo y esa noche pretendían hacerlo salir. Los gemidos inundaban la habitación y sus caricias mantenían una temperatura casi tropical, deseaban unirse ya, en ese momento, teniendo como testigo la luna llena y las estrellas.

—Mikasa, ¿estás preparada? —advirtió el joven antes de penetrarla por primera vez.

Su sonrisa fue la respuesta que necesitaba para pasar a la acción con suavidad y paulatinamente, para aliviar la expresión de dolor que él mismo le estaba provocando, la besó con dulzura y pasión para terminar de introducirse en ella y acabar con esa tortura. Su grito se ahogó en su garganta y él permaneció en la misma posición durante varios minutos, besándola con ternura, diciéndole lo bella que era y secando sus lágrimas con sus labios. Era tan preciosa que no quería verla llorar.

—Ya me he acostumbrado un poco al dolor. Creo que hay que seguir para que esto pase… —rompió el silencio cómplice, cruzando sus piernas tras las caderas del joven y aferrándose a su espalda con fuerza, arañándola al mismo tiempo que él comenzó a revolver sus adentros.

Sus movimientos no eran rápidos, repentinos o intensos, se movía con suavidad, delicadeza y se dejaba deleitar por la calidez y la fuerza con la que sus paredes se aferraban a él. Los gemidos no se hicieron esperar demasiado, sí que era cierto que el sexo se sentía demasiado bien para ser cierto.

Las sensaciones que se propinaban el uno al otro jamás caerían en el olvido, las recordarían como parte de una noche mágica y única.

Eren buscó sus labios y enlazó sus dedos con los suyos mientras aumentaba algo más el ritmo, solo sus sonidos eran audibles en esa casa desierta por una noche, solo la luna y las estrellas serían los testigos de su amor. Nada se mantendría igual que antes después de ese punto de inflexión.