Capítulo 8
"EL VUELO DEL DRAGÓN"
Limpió el cristal de la empañada ventana con su mano derecha para poder mirar a través de ella. Apenas amanecía.
Dejó escapar un bostezo. Ahora que lo pensaba no había podido dormir nada, y ni siquiera se había percatado de ello cuando llegó a aquella habitación, abriendo la puerta para después sentarse en esa silla; esperando.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que se quedó ahí, mirándole? Había perdido la cuenta después de los cinco minutos.
Más de una vez escuchó a Draco toser, manchando con su sangre las sábanas de fino algodón egipcio plateadas que cubrían la cama y el suave y acogedor edredón verde que la adornaba; consternándole en extremo, haciéndole apretar con fuerza el frasquito que contenía la lágrima de la diosa.
Al verle así dudó si hacía lo correcto. Sabía que él se enfadaría si intentaba entrometerse en su vida, causándole más estragos de los que ya de por sí tenía. Pero… lo consideraba un amigo, ¿no? Y los amigos intentan ayudar de una forma u otra, ¿verdad? Si trataba de convencerse a sí mismo por ello, había fallado.
Incluso Hermione le dijo que estaba enamorado; y cuando uno lo está hace cosas estúpidas. Pero si ella estaba equivocada… Bien, no lo estaba, porque él conocía lo que era el querer, y sabía, muy en el fondo, y dolía, que no quería a Draco, pero el sentimiento que guardaba hacia él era demasiado fuerte. Algo que nunca había sentido por nadie más, ni por Cho Chang (N/A: ¡Trágate eso, bruja!), de eso estaba completamente seguro.
Tan inmerso estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando Malfoy despertó y se le quedó mirando.
Parpadeó perplejo ante la mirada plateada del otro.
-Yo sé que soy perfecto, pero me molesta tu mirada –dijo el rubio.
Quiso decir algo para ofenderlo, pero por esos instantes sus neuronas se tomaron un descanso. Apretó los puños, pero no dijo nada, sólo se quedó ahí, esperando a que Malfoy le dijera algo, cualquier cosa. Nada pasó.
El rubio se levantó de la cama, colocándose unas bellas pantuflas negras bajo los pies. Después se dirigió al baño y entró en éste.
Por algunos minutos escuchó el correr del agua de la regadera, después el cerrar de ésta. Movimientos dentro, el sonido de la manija de la puerta; por último salió.
-¿Qué asuntos te traen por acá? –preguntó mientras terminaba de secarse el cabello con una toalla.
Se quedó callado; no supo ni qué decir. Claro que sabía para qué había ido, pero no estaba preparado para exteriorizarlo.
-Yo…
Excelente, el balbucear era lo que mejor se le daba cuando estaba en aprietos. Snape más de una vez se lo había dicho.
Draco le dio la espalda al tomar un cepillo de oro con finas cerdas del bonito tocador de cedro que estaba a un lado de la puerta del baño, sentándose en un taburete para peinarse.
-Ah…
El rubio levantó la ceja derecha como esperando que dijera algo coherente, mas sin embargo, no sucedió. Y se maldijo una y otra vez. ¿No había peleado cara a cara contra Voldemort? ¿No había arriesgado su vida para salvar a sus amigos? ¿No se había enfrentado a un licántropo (Remus) y a un basilisco? Y entonces… ¿qué era aquello que le impedía decirlo? ¿Qué era lo que frenaba aquellas palabras en su boca?
El miedo. ¿Pero el miedo a qué? ¿A equivocarse? ¿A ser rechazado? ¿A qué?
-¡Maldita sea! –gritó Harry- ¡Te diviertes haciéndome esto, ¿no es así?!
-¿Y qué te hago, según tú? –sonrió entre dientes.
-¡Intentas volverme loco para después humillarme!
-Te equivocas –su rostro se ensombreció.
-¡No es verdad! –lo tomó por los hombros, volteándole hacia sí con fuerza; trayendo consigo el mismo taburete-. ¡Todo esto! ¡Te haces parecer el fuerte sólo porque eres un orgulloso!
-¡Yo no me hago el fuerte! ¡Lo soy! –se zafó enérgicamente del moreno- ¡Eres tú el que me ve así! Yo no te he pedido nada Potter, no te he siquiera insinuado que te quedes a mi lado, que me cuides, que veas por mí. Son tus estúpidos principios de: "si ves a alguien en problemas ve y ayúdalo" –dijo en tono molesto-. Si esperas que te lo agradezca estás perdiendo tu tiempo. Lo que más quisiera en estos momentos es que te largaras para siempre; no volverte a ver.
-¿Por qué me haces esto, Draco? –se hincó frente a él, colocando su cabeza en su regazo- ¿Por qué?
-Tú mismo te haces daño, imbécil. No te hagas falsas esperanzas conmigo.
Malfoy lo apartó para tomar su túnica y salir de ahí, pero al intentarlo Harry lo asió de la camisa blanca que traía.
-Júzgame entonces –le dijo-, di que soy un zopenco por lo que voy a decirte, no me importa. Pienso que después de tanto tiempo de enemistad puede haber un momento de tranquilidad, como el ojo del huracán, donde la calma se siente. No te pido una tregua, tú y yo talvez seamos diferentes. No te pido que me dejes estar contigo. Si quieres en este momento salgo de tu vida, no vuelvo a entrometerme en lo que hagas y dejes de hacer, pero escúchame, talvez… -su voz tembló-… talvez puedas detener todo esto… la lágrima de la diosa.
-¡Con o sin ella la poción no funciona! –parecía calmado, pero su voz contenía un tono de enfado.
-¡Escúchame idiota! Esta puede detener el avance de la enfermedad por sí misma.
-¿A cambio de qué?
-No te estoy pidiendo nada.
-No, Potter, no hablo de algo material, sino de todos los años que la he tenido. Talvez pueda retrasar mi muerte, pero, ¿y el dolor que todos estos años he sentido? ¿Y todo el daño que ya está hecho?
Soltó a Draco, tenía razón. ¿Cómo intentar salvar a alguien que está al borde de la muerte y que espera su llegada para no sufrir más? ¿Por qué era tan egoísta? ¿Por qué se comportaba como un reverendo idiota?
-Hazlo por mí –dijo sin pensarlo; las palabras brotaron de su garganta sin que pudiera detenerlas.
-¿Te das cuenta de lo que me pides? –su voz cambió radicalmente a una de desesperación-, ¿comprendes lo que generas con lo que me dices? ¿Sabes por qué lo estás haciendo?
Miró directamente a sus ojos plateados, temblando como una hoja en algún árbol que está siendo mecida por el fuerte viento. Pero sabía la respuesta de todo, conocía sus sentimientos; por fin los había entendido.
-No quiero que te vayas, no me dejes solo.
Y fluyeron las respuestas como un río. Y si era egoísta ya lo había demostrado. Y si se equivocaba, ya no le importaba. Y si para obtener la felicidad tenía qué sacrificarlo todo con tal de estar con Draco, ¿qué le importaba?
-¿Por qué?
Fue la pregunta del rubio, quien le miraba con escrutinio, tratando de descifrar lo que pasaba por su mente.
-Porque te amo.
Y lo había dicho. Dejó de pronto la pesada carga que llevaba a cuestas; las largas cadenas que arrastraba desde pequeño. Todo dejó de importar en ese momento. Se sintió feliz.
-¿Sabes lo que esto implica? –se afianzó con fuerza a su cuerpo, como para que no desapareciera.
-Lo sé. Si no sientes nada por mí lo entenderé. Me haré a un lado; seguiré con mi vida, y tú con la tuya.
-¿Qué quieres que te diga? –susurró en su oreja.
Su voz fue deliciosa, tan insinuante, tan atractiva.
-Dime lo que sientes.
Fue su escueta súplica, más que una orden. Pero Malfoy no dijo nada, sólo se abalanzó a sus labios, devorándolos con lujuria y desesperación. Tan grande fue su sorpresa que arrastró a Draco consigo, cayendo a la cama (N/A: Plan con maña XD) con él encima suyo; no le importó, el momento era demasiado atrayente e inesperado que no podía dejarlo pasar.
Segundo a segundo su cuerpo iba reaccionando con las caricias del otro, haciéndole gemir suavemente por el placer proporcionado. Aun con las ropas puestas podía sentir el calor que Draco irradiaba, casi sentir su corazón palpitando sobre el suyo.
-¿Quieres hacerlo?
En ese momento se escuchó el sonido del timbre para entrar a clases, asustándole por completo.
-¡Se me hace tarde y tengo clases de DCAO!
Casi tiró a Draco de la cama mientras se levantaba de ésta y salía huyendo del cuarto.
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A la hora de la comida se moría de hambre. Por ir a la habitación de Malfoy no había probado bocado, y ahora que estaba en la mesa de su casa, con sus amigos, su estómago gruñía con fuerza, haciéndole sentir cómo las tripas se le retorcían.
Volteó hacia la mesa de maestros, él estaba ahí. Hojeaba un grueso libro de pasta vieja y negra con una marca que se movía. En la mano derecha tenía una pluma, con la cual escribía lo que le parecía interesante en un pergamino. Mas sin embargo, no volteó siquiera a mirarlo una vez. Decepción.
Suspiró, levantando con el aire que había salido de sus labios parte de los rebeldes mechones que le cubrían la frente. Menudo día. Primero no pudo dormir, segundo, Draco intentó llevárselo a la cama, bueno, lo hizo, y tercero… ¡Un momento!
-¡Estúpido!
Se dio un golpe en la cabeza con la palma abierta de la mano derecha. ¿Cómo pudo haber rechazado tan encantadora oferta?
Segundos después se percató de que todos sus compañeros, los de las casas vecinas y hasta los maestros le miraban como si estuviera loco. Se sonrojó levemente por tan estúpida escena realizada y dijo un: "Estoy bien", bajito.
-Bueno, bueno… -la profesora McGonnagall llamó la atención de todos-… como recordarán, se acerca el día de brujas y el banquete será a las ocho de la noche. Es un baile de gala, como todos ya saben, y supongo también que ya muchos encontraron a su respectiva pareja. En primer lugar no quiero que traigan bebidas alcohólicas, ni una sola; a quien encuentre con algo así lo reprenderé. En segundo, no quiero repetirlo, las bromas están de más. En tercero, quiero que se diviertan sanamente. Es todo. Ah, por cierto, suerte a los jugadores de Quidditch que se enfrentarán mañana, y que gane el mejor.
Hubo una gran ovación por parte de Gryffindor y Hufflepuff. Ambas casas estaban ansiosas por el partido, sobre todo porque los leones no se sentían a gusto por la derrota contra Slytherin.
-¡Suerte capitán!
Gritaban todos los de su casa, ovacionando al equipo.
-¡Suerte a todos!
En esos momentos de euforia el aleteo de una lechuza los distrajo. Era la misma que anteriormente había visitado la mesa de maestros en busca de Malfoy. Esta vez tenía un gorrito de mago de color verde chillón y sus lentillas de media luna. Se detuvo en el mismo lugar, esperando a que el nuevo profesor de pociones le prestase atención, lo cual ocurrió desde antes que llegara a la mesa.
-Si me permite –el rubio hizo una reverencia, tomando su libro, su pergamino y al ave, la cual aleteó con fuerza por el susto recibido.
Y salió del comedor, cerrando con fuerza la puerta de madera.
-Adoro esa lechuza, me recuerda a Dumbledore.
Parvati y Lavender parecían en un trance de felicidad (N/A: En simples palabras con una colapso alegrásmico), mientras sonreían bobamente. Hermione sólo las juzgó (N/A: ¿Quién… no? XD).
-¿Ya saben a quién van a invitar? –Seamus se les acercó, sentándose casi en las piernas de Harry, el cual se hizo lo más rápido que pudo a un lado.
-A ti no –Weasley le miraba como si estuviera loco-, gracias.
-No seas tarado –miró al pelirrojo con enfado-, ni quién quisiera ir contigo. ¿Qué tal tú, Harry? –mirada sugerente.
-Eh… no, gracias –trató de huirle, pero topó con Ron.
-Te trataré bien –sonrisa pícara.
Harry tragó saliva, Finnigan no sabía respetar su espacio.
-Siento decepcionarte –Hermione interpuso su mano derecha entre ellos-, pero Harry ya tiene pareja.
-¿Ah, sí?
Seamus y él lo dijeron al unísono, Harry ganándose una mirada de: tú cállate tarado.
-Claro, ¿ya olvidaste a… ya sabes quién?
-¿Ah…? –medio captó el concepto- ¡Ah, sí!
-Así que él ya no está disponible.
Se escucharon muchos suspiros de decepción por parte de muchas chicas del colegio que querían insinuársele para que las llevase (N/A: Y alguno que otro Shu-chan O.o Espero que él nunca lea esto porque me va a ir como en feria XD).
Dejó escapar un suspiro, ella siempre lo ayudaba cuando la necesitaba, gracias a Merlín, sino, qué metidotas de pata hubiera tenido.
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Día siguiente, estadio de Quidditch del Colegio Hogwarts, 11:45 a.m. Llovía y el viento estaba tan helado que calaba hasta en los huesos.
-Estamos hoy aquí reunidos para celebrar un partido más de Quidditch entre Gryffindor –ovación por los integrantes de la casa- y Hufflepuff –ovación por la otra.
El nuevo comentarista de Hogwarts, Nigel Thompson, de cabello negro y ojos amielados, vestía una gruesa chamarra de color rojo con amarillo, adornada con la enorme imagen de un hipogrifo que rugía cada cinco segundos. Sostenía el micrófono como si se le fuera a escapar de las manos y tenía su siempre radiante sonrisa.
-Con éste hermoso clima: Lluvia por allá, vientos por acá… Un excelente día… si quieres morir.
Todos rieron, sin excepción alguna; incluso los de Slytherin sonrieron ante el comentario, excepto McGonnagall, la cual le miró reprobatoriamente.
-¡Y ya llegan los integrantes de cada equipo!
La euforia era palpable. Todos esperaban a que el juego empezara, haciendo sus apuestas para ver quién ganaría y por cuántos puntos.
Harry salió junto con sus compañeros, los cuales ya extrañaban el campo. Subieron a sus escobas y emprendieron el vuelo, al igual que sus contrincantes.
-Suerte, Harry.
Había escuchado a su mejor amigo antes de que éste tomara su lugar como portero, haciéndole sonreír. Todos se preocupaban por él, pero ésta vez estaba seguro de que no dejaría que nadie le arrebatara la victoria. No señor, ésta vez su equipo ganaría, y él tenía qué esforzarse por cumplirlo.
El partido empezó, al igual que la borrasca. Si tenía suerte, estaba seguro que sería golpeado por alguien, tirado de la escoba o electrocutado por un rayo. Y no estaba para más, la tormenta era eléctrica con fuertes vientos. No se desanimó. Sus entrenamientos eran en peores condiciones; lo lograría.
-Parece que Harry Potter está más lejos de lo que pensábamos –la voz de Nigel Thompson le sorprendió-. Talvez busca la Snitch o se fue a dar un paseo a la luna. Talvez piensa en su pareja para el baile. Y por cierto Harry, ya dinos quién es la afortunada que ha cautivado tu corazón.
Risitas por todas partes, algo que no le agradó en lo absoluto.
Decidió ignorarlos, después de todo, tenía algo qué hacer. Pero con tanta lluvia era casi imposible ver más allá de sus ojos.
Después de un tiempo se hartó. La Snitch ni sus luces y el agua ya había empapado sus ropas, haciéndole más pesado y más lento para maniobrar en el aire. De tanto buscar no se dio cuenta cuando uno de los del equipo contrario casi lo tumba con su bate intencionalmente. Entonces, al voltear para maldecirlo la vio.
La Snitch tintineaba cerca de uno de los estandartes de su casa que se encontraban al otro lado del estadio, incitándole a tomarla. Aunque descubrió con horror que el buscador de Hufflepuff ya la había visto e iba hacia ella.
Dio la vuelta y se abalanzó sobre la pelotita dorada que volaba en circulitos entre los estandartes que adornaban una de las torres cerca de las gradas. El agua se iba desprendiendo de su uniforme a medida que aceleraba, pareciendo una estela que le seguía. Pero cuando se le acercó sólo pudo tocarla con la yema de los dedos y ésta se le escapó.
-Qué mala suerte, yo que ya tenía un pie fuera de aquí –el joven anunciador chasqueó con los dedos.
Cuando su corazón comenzaba a latir con normalidad sintió que un hechizo limpió sus gafas y las protegió contra la lluvia, permitiéndole ver a su alrededor inclusive con mayor definición. Entonces quiso agradecerle a Mione, pero al parecer no había sido ella, ya que estaba bastante concentrada mirando a Ron; así que sin querer volteó hacia las gradas donde estaban los de Slytherin, encontrándose con el príncipe de las serpientes susurrando y moviendo con disimulo su varita. Sonrió al saber que posiblemente estaría preocupado por él.
Volvió a su faena a los pocos segundos. Quería agradecerle a Draco ganando el partido. Quería que al menos no sintiera que había desperdiciado magia en él. Pero pasaban los segundos y los minutos y la juguetona pelotita no aparecía por ningún lado, desesperándole.
Volteó para abajo, mirando a sus compañeros de equipo intentando meter la bludger en los aros y a su mejor amigo alejándola de estos, hasta que Ginny sin querer le había dado un golpe bastante fuerte con el bate. Este comenzó a sangrar, pero detuvo la hemorragia con parte de su uniforme, siguiendo con su trabajo.
Se apresuró para terminar el partido, buscando con insistencia, hasta que la vio cerca de la casa de las serpientes; también Draco la había visto. Tomó fuerza para alcanzarla, evitando chocar contra todos los que se cruzaban en su camino. Qué ironía, la Snitch se hallaba frente a la grada donde estaba Draco. Y la alcanzó, pudo tomarla en sus manos.
-Acaba el partido, amigos, Gryffindor 540, Hufflepuff 370. Fue un partido muy reñido, y por poco Ginny Weasley se descuenta por completo a su hermano.
Sonrió con triunfo frente a Malfoy, el cual lo estaba retando con la mirada.
Entonces un trueno se escuchó, seguido de la luz de un relámpago que cayó casi sobre él, mientras la figura de un dragón se ocultaba entre las nubes sin ser vista por nadie.
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Entraron a la sala común de Gryffindor seguidos de todos entre risas, porras y ajetreo. El partido fue un éxito, y de no haber sido por el rayo que casi le cae encima todo habría sido tan perfecto. Incluso su triunfo mermaba el último fracaso. Estaban seguros que si seguían así podrían ganar el campeonato.
Así estuvieron un rato, entre cánticos, gritos, silbidos y entusiasmo. Hasta que llegó la media noche.
-Será mejor que vayamos a dormir –dijo Ron, mientras bostezaba profundamente.
-Es verdad –Hermione hizo lo mismo.
Harry sonrió. Si ellos supieran lo parecidos que eran en algunas ocasiones hasta se ofenderían por ello. Conociéndolos…
-Buenas noches entonces, Mione.
Se despidió de su mejor amiga, mientras ésta se encaminaba al dormitorio de las chicas, hasta que desapareció por las escaleras.
-¿Por qué no se lo dices?
Su pregunta sorprendió tanto a Ron que saltó ligeramente, poniéndose rojo.
-¿Qué, y a quién?
-No te hagas. ¿Cuándo se lo vas a pedir?
-¿De qué hablas? –bajó la cabeza rápidamente.
-De cuándo le vas a preguntar a Hermione que si va contigo a baile.
-¿Bromeas? Ni quién quisiera ir con ella.
Suspiró. Esa conversación iría para largo, pero no le importaba, ésta vez lograría que su amigo abriera los ojos, o siquiera razonara.
-Tú quieres ir con ella. Ya deja de engañarte.
-¿Engañarme? –levantó la cabeza sólo para mirarle con coraje.
-Si no peleas por ella, algún día se va a ir. Y cuando ése día llegue, te vas a arrepentir por el resto de tu vida. La quieres, y por lo que se ve, ella también; sólo necesitas dar el primer paso. Va a llegar el día en el que ella se canse de esperar a que tú se lo digas.
-Es que no es fácil. Ella es tan –con aire soñador- perfecta. ¿Qué puede ofrecerle alguien como yo?
-Yo te diré… puedes ofrecerle algo que nadie más podrá.
-¿Ah, sí? –dijo con sarcasmo- ¿Qué?
-A ti, Ron –puso una mano en su hombro izquierdo-. Nadie más puede ofrecerle el hombre que tú eres. Nadie más puede darle todo lo maravilloso que puedes llegar a ser. Sólo abre los ojos, deja de cegarte y de menospreciarte. Créeme que muchos mataríamos por ser como tú.
-Gracias Harry, pero…
-¿Sabes qué es lo peor que podría pasar?
-¿Qué?
-Que te diga que sí, porque conociéndote vas a ofuscarte.
Los ojos de su amigo resplandecieron de felicidad.
-Es verdad, mañana lo voy a intentar –rió levemente.
-Eso espero, Ron…
Sabía que sería más difícil que cuando jugó por primera vez en el equipo de Quidditch, pero conocía muy bien a su amigo, y cuando se esforzaba para conseguir algo, realmente lograba obtenerlo.
-Por cierto…
La voz de su amigo sonó algo distanciada, mientras miraba al techo de la sala común.
-… ¿tú… -dudó un momento-… vas a pedírselo al estúpido de Malfoy, o esperas a que éste lo haga?
Sin querer se atragantó con su propia saliva. ¿Cómo había dicho?
-¿De qué estás hablando? –se sonrojó visiblemente mientras tosía.
-Escuché lo que le dijiste a Hermione –dejó escapar un suspiro-. Sobre lo de Ginny y del peligro en el que estaba.
Se hizo un largo silencio. ¿Así que ya lo sabía todo? Probablemente cuando pensaron que se habían quedado solos no lo estaban; Ron los escuchaba en la lejanía. No es que le guardaran secretos, a lo mejor al escuchar el nombre de su hermana se había detenido para saber si le pasaba algo malo; no lo culpaba, él era muy protector con las personas que amaba.
-No quise decírtelo para que no te pusieras triste o te preocuparas –por fin dijo-, pero no pensé que fuese a hacerte daño. Perdóname.
-No estoy enojado –cruzó los brazos-. Es más, no sé ni lo que siento. Talvez felicidad porque la ayudaste, pero también incertidumbre porque no comprendo algo.
-¿Qué?
-¿Por qué el cargo de traer la "marca" recayó sobre ella?
Se quedó pensativo. Ahora que lo analizaba, ¿qué era lo que veía el dragón en una persona para elegirla? ¿La escogía al azar? ¿Miraba dentro de su corazón? ¿Buscaba a una persona inocente, de alma pura? Está bien, que con él no contara por ello. ¿No le importaba quién fuera?
-No lo sé, Ron –habló sin pensarlo-, pero me gustaría saberlo.
Cerró los ojos mientras se recargaba en el sillón que se encontraba frente a la chimenea, meditando un poco; hasta que abrió de repente los ojos.
-¿Sabes también lo de Malfoy? –miró a su amigo con los ojos desorbitados, el cual sonrió ante el gesto.
-Claro que sí, aunque hubiese preferido no saberlo nunca –gesto de asco-. No importaba si fuera un hombre, una mujer (N/A: Shu-chan XD), no sé… todos menos Malfoy. Por mí podías acostarte con toda la escuela, pero… pero es que es Malfoy.
Rió disimuladamente al ver la expresión de Ron.
-No me he acostado con él.
-Aún… -le apareció un tic-… iuc, no quiero saberlo si lo haces.
-Ya ya… -rodó los ojos-… te prometo que no te lo diré.
-Pero es que lo voy a sospechar –se llevó ambas manos a su pelirroja cabellera; meciéndose sobre sí mismo-, y va a ser horrible.
-No tienes porqué imaginar nada –entrecerró los ojos.
-Pero al verte… no sé… -cerró los ojos por un momento-… con él. ¿Qué le viste, Harry? Toda la escuela mataría por estar contigo, ¿por qué elegiste a Malfoy si él no te quiere?
Sonrió con felicidad. Aun cuando Draco no le había dicho nada, aún cuando parecía que lo rechazaba, sabía que él lo quería, aunque fuese solo un poco.
-Pues tiene "grandes" cualidades.
Rió a carcajadas, al momento en que un Ron muy indignado por la información exagerada que acababa de recibir le lanzaba un cojín del sillón a la cara.
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Caminaba por los pasillos de Hogwarts, mirando a su alrededor como si desconociera todo. Parecía como si fuera otro lugar, en otro tiempo, en otro espacio.
Sintió como si estuviera perdido, mientras se miraba en un largo espejo adornado finamente con un dragón de oro y uno de plata, entrelazados como en el ritual de apareamiento, cuando se mantienen unidos, probando así su confianza en el otro. Se acercó a él, mirando dentro, como si pudiese entrar en éste.
-Hola.
La voz de un niño le sorprendió. Y lo más curioso era que él si estaba dentro del espejo.
-Hola.
Le respondió. Era el niño que siempre veía, y ahora que se daba cuenta, todo estaba en escala de grises.
-¿Por qué estás ahí?
Señaló el interior del espejo, en donde todo se veía al revés.
-Estoy detrás de ti.
De pronto sintió como si una ráfaga de viento lo envolviera; sin embargo, cuando cesó estaba justo detrás de aquel niño.
-Ahora tú estás detrás de mí.
Miró a su alrededor, constatándose de que así era. Todo estaba al revés. Las puertas, las ventanas, el piso. Entonces sintió una fuerza atrayente hacia abajo que lo hizo caer al piso invertido.
-Es lo que siempre sucede –dijo el niño.
-¿Dónde estamos? –se incorporó, sobándose la retaguardia.
-Estamos dentro.
-¿De dónde?
-De la puerta –señaló la piedra del mapa, la cual brillaba con intensidad.
-¿Dónde está la puerta?
-El Dragón ya emprendió el vuelo, ha desplegado sus alas, mirado a tierra y encontrado a quien merece ser su dueño. Pero hay algo que no cuadra, algo que lo detiene. Esa persona no es una, sino dos. Una forma de luz y oscuridad. Descendiente del amor y del odio irracional. Está confundido, no sabe cuál es la verdad; sin embargo, hasta no pasar la prueba no se sabrá con cual se quedará.
-Espera un momento. ¿Estás hablando de Voldemort? ¿El también tiene qué tomar la prueba? ¿Y si los dos llegásemos a pasarla qué pasará?
Sin embargo, se dio cuenta muy tarde de que se encontraba solo; el niño ya no estaba en aquel lugar.
Sabía que si Voldemort llegara a adueñarse del Corazón del Dragón todo el mundo sufriría a causa de ello. Pero eso estaba fuera de sus posibilidades. ¿Qué pasaría si ambos fuesen candidatos para obtenerlo? Era verdad la profecía de su vida: "Alguno tendrá qué morir". La pregunta era: ¿Cuál de los dos sobreviviría?
Voldemort era fuerte, y al pasar de esos años su poder se iba incrementando. Pero incluso, él también se había vuelto mucho más fuerte, era más hábil en la pelea, mejor en conjuros.
Si ambos estaban tan conectados, seguramente él ya se habría dado cuenta de que tenía la llave, y que el corazón del dragón sí existía. Sólo le quedaba aguardar el momento en que se apareciera en su camino, peleando por aquello de lo cual podría ser el dueño definitivo…
Ahora que lo pensaba, ¿qué tenía qué ver ese niño con todo lo que sucedía? ¿Sería un mensajero del Dragón? ¿Qué función fungía en su vida?
A la mañana siguiente se levantó temprano, vistiéndose rápidamente con su uniforme y su túnica para salir corriendo con Draco. Salió por el cuadro de la Sra. Gorda que le miró con ojos acusadores, pero no dijo nada. Bajó las escaleras y pasó por los pasillos desiertos hacia las mazmorras.
Hacía frío, como siempre en ese lugar; hasta ni parecía el nido de serpientes que era.
Caminó hasta la habitación de Draco, entrando con sigilo para no despertarlo. Cerró la puerta con cuidado, se dirigió a su cama, levantó sus cobijas…
-¿Qué demonios haces aquí?
La voz de Zabini se escuchó a su espalda, asustándole y enfureciéndole. ¿Qué hacía él ahí? Pues que primero explicara los asuntos que lo llevaron hasta la habitación de Malfoy.
-Si vienes a buscar a Draco te diré que ya se ha ido.
-¿Adónde? –desafió con la mirada al otro.
-No te importa, idiota –entrecerró los ojos, copiando su gesto.
-Mira Zabini, tú no me agradas, yo no te agrado, así que vamos hablando claro… Draco…
Iba a decir una mentira, claro estaba. Draco no le había dicho en ningún momento que lo amaba, que lo quería, o siquiera que no lo odiaba. Pero decir una mentirita no estaría mal, ¿verdad? Sólo que, si el rubio se enterara lo más seguro sería que terminaría medio muerto y él se alejaría para siempre de su lado. Tenía qué admitirse a sí mismo que eso era lo menos que quería.
-¡No tienes idea de cuánto te odio!
Blaise había hablado primero, tratando de controlarse para no lanzarse encima suyo, como para no dañarle de ninguna manera; ni verbal, ni física.
-¡No sabes cuánto te odio! ¡Y si pudiera matarte, por Merlín que ya lo habría hecho! –fue acercándose poco a poco a Harry, el cual retrocedió hasta topar con la pared-. Quisiera destruirte, hasta que no quedara nada de ti, hasta que la última partícula de tu cuerpo desapareciera. Pero no podría borrar tu rastro de su mente, y tampoco de…
Temblaba. Sus ojos se veían acuosos e iracundos.
Fue cuando Harry lo comprendió todo. Zabini creía que Draco le había dicho algo o insinuado un sentimiento que talvez desconocía. Pero todo era mentira. Una cruel falacia. Algo que los dos habían esperado que brotara de sus labios; algo que nunca había sucedido. Y lo entendió, su dolor, su agonía, su pena. La persona a la que siempre había amado no lo quería. Aquel ser por el que habría dado su propia vida no sentía lo mismo. Bien que le dijo que lo quería, pero nunca que correspondía a sus sentimientos. Ahora su dolor era casi palpable, insoportable.
Volteó hacia otro lugar. Ya no quería ver su mirada llena de resentimiento y de abandono, sobre todo porque él era el culpable de su sufrimiento.
-¿Dónde está Draco? –su voz sonó más tranquila de lo normal.
-Está en el aula de pociones –sonó resignado-. Por cierto Potter, si llegases a dañar a Draco créeme que no dudaré en matarte.
No dijo nada, tan sólo dio media vuelta y salió de ahí, en busca del rubio.
Caminó por unos minutos, dirigiéndose hacia el salón de pociones. Cruzó por los pasillos helados de las mazmorras, pensando sobre lo ocurrido anteriormente.
Sintió al cabo de unos segundos un fuerte dolor en su pecho. Lo más probable era que fuese su corazón el que le molestaba, porque sabía que le estaba quitando a alguien la persona que más amaba en el mundo. Pero también comprendía que no podía hacer que alguien le amase sólo con el hecho de hacerlo él mismo. Talvez estaba en el mismo entredicho que Zabini. Probablemente él tampoco fuese correspondido con la misma intensidad, con el mismo sentimiento. Después de todo, al analizarlo detenidamente, Draco era el príncipe de las serpientes, alguien que desde pequeño se destinó ser un mortífago, un ser sin corazón. Una persona sin remordimientos, sin sentimientos, sin capacidad de dar y recibir amor.
Se detuvo justo antes de tocar la puerta. Ahí, inmóvil; esperando a que algo o alguien le motivase a continuar. Se sentía tan confundido con todo, se sentía culpable.
Cerró los ojos por unos instantes, mientras se recargaba en la puerta, tratando de menguar aquel dolor que le estaba volviendo loco. Comenzó a temblar en un instante, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la espalda; eso ya no era normal.
Intentó tocar la puerta, pero lo único que atinó fue a caer al piso, sofocándose mientras tenía fuertes arcadas. Quería respirar, pero no podía, todo su cuerpo le dolía. Entonces para su sorpresa vomitó sangre, manchando parte de su uniforme y el piso con ella.
-¡Por Merlín!
Escuchó la voz de alguien.
-¡Profesor, alguien! ¡Ayuda!
La puerta del aula se abrió de inmediato, cuando Draco salió por ésta hasta situarse frente a él. Se le acercó, incorporándolo, mientras sostenía con fuerza su cuerpo.
-¿Qué pasa? Abre los ojos, Harry.
El temblor y el dolor no abandonaban su cuerpo. Se sentía pesado, exhausto, pero de alguna forma logró abrir con mucho esfuerzo sus ojos, los cuales se encontraban acuosos.
-No puede ser…
Draco lo miraba atónico.
-¿Harry?
Lo abrazó con fuerza, temblando como gelatina, asiendo con fuerza su cabeza.
Y lo que pasó después no se lo esperaba, sangre corría de sus ojos, mojando la camisa blanca del rubio, manchando su blancura, su pureza. No comprendió nada, mucho menos cuando la sangre que estaba escapando de sus ojos se levantó y rodeó ambos cuerpos… Después no supo más de sí…
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Escuchó unas voces entre la oscuridad. Abrió los ojos; la luz de la luna se colaba por una de las ventanas de tan conocido lugar: La Enfermería.
-Esto es algo inaudito –la voz de Draco sonaba furiosa-, no puede estar pasando. Nunca supe de alguien que…
-Talvez sea un efecto de ello, ¿no crees? –la profesora McGonnagall estaba sentada en una silla a un lado de su cama, con las manos sobre su regazo- Trata de calmarte, no logras nada con dar vueltas a diestra y siniestra por toda la enfermería.
-Es que… -se recargó en la pared más cercana, viendo cómo Madame Pomfrey ordenaba algunos medicamentos de unos estantes-… Esto nunca había sucedido. No hay constancia de que en el pasado una persona que no tuviera la enfermedad presentara los síntomas de la etapa Terminal. ¡Por Merlín! ¡Ni siquiera un sólo síntoma de la Bestia de Sangre!
-¿Estás seguro de ello? –le miró dudosa.
-Por supuesto, mi familia siempre ha tenido la mala fortuna de padecerla desde sus inicios, incluso se presume que en ellos recayó esa maldición desde un principio. Las otras familias que la han tenido han estado emparentadas con los Malfoy. Y nunca, en los registros, óigame bien, nunca se ha sabido de algo así.
Se hizo un largo silencio, opacado tan sólo por el sonido del chocar de los frascos llenos de pociones.
-Por cierto, ¿por qué utilizaste un obliviate en un alumno de tercero de Ravenclaw?
La voz de Minerva McGonnagall sonó tranquila, con un leve tono amenazador. Se veía en su rostro que intuía muchas cosas, y casi nunca fallaba al intentar descubrir lo que las personas le ocultaban.
-¿No vas a responderme? –miró a Draco, esperando con paciencia su respuesta.
-¿Es usted igual de persuasiva que el estúpido de Dumbledore?
-Tenle más respeto –aumentó el volumen de su voz.
-Escuchó algo que no debía escuchar, sólo eso.
-¿Cómo qué? –sonrió algo divertida.
-Sólo algo que no debía escuchar –bufó de mala gana.
-Llamaste a Potter por su nombre, ¿no es así, profesor Malfoy?
Draco se sorprendió por la astucia de aquella mujer.
-Creo que se están acercando –bajó los ojos con pesadumbre-, ¿sabes acaso por qué?
-Es por la leyenda, ¿verdad? –cerró los ojos, sentándose en la cama.
-Así es… -ella dejó escapar un suspiro.
-Pero la sangre –insistió él.
-No me preguntes sobre ello, yo no soy experta en leyendas ni en enfermedades incurables, pero conozco a alguien que puede ayudarte: Antoine Morisot.
-Me sorprende que no lo sepa, uno nunca sabe de dónde saca tanta información.
-De Dumbledore, querido mío.
Harry volvió a cerrar los ojos, creyendo que todo era un raro sueño.
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Había durado tres días en la enfermería, siendo visitado por sus amigos, y por Draco. Este último no había mencionado nada del ataque, sólo iba a llevar las pociones que necesitaba para recuperar la sangre y la energía que había perdido. Se sentaba a su lado y acariciaba con delicadeza sus cabellos. Pasaban varios minutos charlando, después se iba.
No fue hasta el tercer día antes de salir, que mientras se vestía él llegó. Tenía un semblante serio cuando entró. Le miró por unos segundos, para después sonreírle.
-Buenas tardes –cabeceó en señal de saludo-, ¿te preparas para irte ya?
-Hola –sonrió ante el gesto-, y sí, no sabes cuánto tiempo estuve esperando para largarme de aquí.
-Ya veo… -tomó unos frascos de pociones que Madame Pomfrey había dejado sobre la mesa, los cuales estaban vacíos.
Harry no comprendía la seriedad del rubio, la cual había aparecido desde aquel día. Cuando quería hablar sobre lo que pasó le daba evasivas, tratando de cambiar el tema, lo cual lograba, algo que lo confundía bastante.
-¿Sabes? –se sentó en la cama, mirando a Malfoy-, el otro día tuve un sueño raro. Te parecerá algo extraño, pero soñé que estabas aquí, junto con la profesora McGonnagall. Hablaban sobre una leyenda, la del Corazón del Dragón. Y sobre un tipo del cual no recuerdo el nombre, el cual sabía toda la historia.
-¿Ah, sí? –trató de no darle importancia al asunto.
-Pero sólo fue un sueño. ¿Qué más da? –se quedó callado-. ¿Sabes algo que yo no sepa?
-¿Sobre qué? –veía las etiquetas y el contenido de los frascos.
-Sobre lo que pasó.
-¿Y por qué habría de saberlo?
-Porque… -dudó un momento-… Draco, dime la verdad, ¿qué está pasando?
Malfoy dejó de ver los frascos, para fijar su mirada sobre él.
-No lo sé, Harry –trató de conciliarlo-. Si supiera lo que sucede realmente te lo diría, pero está fuera de mi, es algo que no llego a comprender en su totalidad.
Su mirada se suavizó, al igual que la expresión en su rostro mientras se acercaba a él, sentándose en la cama. Harry colocó su cabeza sobre el hombro de este mientras Draco lo abrazaba con suavidad.
-Eres un completo mentiroso –había dicho, entrelazando su mano con la del rubio-. Pero está bien, si un día me pasa algo que caiga sobre ti la culpa.
-Si algo te pasara el mundo me lo agradecería, no creo que me culparan.
-Ja, ja… -entrecerró los ojos-… muy gracioso.
-Por cierto, ¿desde cuándo somos tan "unidos"?
-Desde la vez que casi muero de inanición en el auto de mis tíos –hizo memoria.
-Ah… -su voz sonó distante-… ya veo.
-Dímelo ya…
-¿Qué?
-Lo que quieras decirme –sonrió travieso.
-Yo no quiero decirte nada –se zafó enérgicamente del abrazo.
-¿Estás seguro?
El rubio se quedó callado. Parecía que meditaba sobre algo.
-No creas que es sobre el baile –reprochó con la mirada-. Ni aunque me pagaran te invitaría.
-Lo mismo digo –cruzó los brazos enfadado.
-Llevaré a Pansy…
Trató de que no se viera la decepción en sus ojos, pero le fue inútil.
-Pero no creas que yo lo decidí, más bien fue un mandato.
-¿De él? –contenía la rabia que estaba creciendo lentamente- ¿Voldemort te pidió que la llevaras?
-Sí… él cree que sería bueno que nuestras familias se relacionaran.
-¿Relacionarse cómo?
-En primer lugar te digo que tú y yo no somos nada. El que te besara o el que durmieras en mi cama no te da derecho de pensar que tenemos algo más. En sí no hay nada –hizo una pausa-. En el baile le pediré a Pansy que sea mi esposa.
Harry se levantó rápidamente de la cama. Si pudiera reclamarle algo al rubio lo haría, pero él tenía la razón. ¿Qué le había hecho pensar que sentía algo? Por Merlín, ya lo sabía, no tenían ninguna relación; ni de amistad, ni mucho menos de amor.
-Te deseo suerte –tomó sus cosas, sin mirarle a los ojos.
Se había marchado, sin mirar atrás, sin hacerle caso al dolor que sentía en su alma y en su corazón. Incluso Voldemort indirectamente le arruinaba la vida. Pero ya no importaba, si Draco no lo quería, ya no importaba. Algo en su interior le dijo que era lo mejor. Que de alguna manera el Dragón nunca sería para él. Que Draco no podría quedarse mucho tiempo a su lado, que aunque luchase porque así fuera nunca podría contra lo que estaba por venir.
-Descendiente de Merlín…
Pronunció aquellas palabras con dolor, aunque no supo el porqué.
Entró por el retrato de la Sra. Gorda, sin ver que la marca del demonio comenzaba a brillar cada vez con mayor intensidad.
