Mañana es el gran día, vuelven ese par de idiotas más solos que nunca a intentar salvar un mundo que no merece ser salvado... Bueno... Algunas cosillas buenas si que tiene XDDD. Ganas de ver como los machacan: hasta el infinito y más allá (Menos mal que mi gemela no está aquí ahora mismo o sería ella la que me machacaría a mi, ya sabéis "Sus niños"... Puaj... )

En fin, con este alcanzo por dónde iba en el foro y la semana que viene lo retomo y sigo adelante, ya no queda mucho, yo diría que es el ecuador porque se me estaba yendo la pinza un puñao y no tenía ganas de volver a la planta de psiquiatría... pero tampoco es seguro, lo mismo me da por alargarlo.

Que seguimos pues...


Dean ½

Capítulo VIII : "Acampada universitaria"

Sam compartía los instintos asesinos que convertían a su hermano en la versión oscura de Dexter Morgan. Pero, como no era plan de dejar un cadáver descuartizado en la bañera del motel tuvo que contenerse y evitar que Dean le metiese una bala en la cabeza al barbudo miembro de los Ghostfacers.

El irritante "investigador paranormal" se cubrió con la toalla que le ofreció el menor de los Winchester y se mantuvo a una razonable distancia de seguridad del mayor.

- Qué CO-JO-NES haces aquí – exigió saber el pecoso con su pose y su tono de voz más intimidante, mientras se volvía a poner los vaqueros.

- Debéis comprender que es una estrategia válida, debido a nuestro último encuentro, que tratásemos de averiguar vuestro repentino interés por la inves…

- Abrevia gilipollas – le advirtió nuevamente Dean.

Sam se estaba divirtiendo. Aún así retuvo los impulsos asesinos de su hermano e invitó al proyecto de "Cazafantasmas" a explicarse.

- Queríamos saber cómo habíais averiguado lo de los lagos – respondió asustado el cazador aficionado – al veros aquí nos asustamos. ¡Tíos estabais muertos y aparecéis para preguntar por algo que me ha ocurrido a mí! Creí que veníais a matarme.

- ¿Por qué íbamos a matarte antes de que nos espiaras? – preguntó sorprendido el rubio.

- Oye Rambo, ya está bien – se quejó Ed – sé lo que hacéis ¿vale? Estaba allí cuando Corbett murió. Matáis fantasmas, monstruos, todo lo que se os pone por delante.

- No eliminamos nada que no se haya cargado a alguien Ed – explicó Sam.

- Os cargasteis a más de cincuenta personas hace unos meses.

- No éramos nosotros mapache entrometido – gruñó el rubio dejando por fin la pistola en la bolsa, aunque parecía cabreado aún.

Ed Zeddemore respiró por fin. Parecía que esta vez había salvado la vida. Pocas veces había estado más asustado que cuando vio el cañón del revólver del iracundo cazador a milímetros de su frente.

- Supongo que ya no serán nuestros becarios – murmuró.

- No – confirmó Sam – va a ser que no, pero podemos trabajar juntos.

- Sammy – El mayor no tenía la misma disposición.

- Ellos saben algo Dean, les necesitamos.

- Espera – Ed miró alternativamente a la pareja – vosotros también, uno de vosotros cayó en uno de esos lagos ¿verdad?

Dean enrojeció intensamente y buscó su petaca. Necesitaba un trago. Sam contó al muchacho lo del "problemilla" de Dean y el chico se mordió la lengua para no hacer ningún comentario que volviera a irritar al peligroso cazador.

- Escúchame mapache – Advirtió Dean cuando su hermano aclaró todo – si le dices a una sola alma algo de lo que has visto aquí o de mi transformación, te diseco y te pongo en la bandeja trasera de mi coche.

- Mis labios están sellados – prometió Ed.

Las señales electromagnéticas y meteorológicas y otras menos científicas pero tan válidas para los cazadores como las anteriores los llevaban al Parque del Lago Ascarate. Los Ghostfacers tuvieron que admitir que el modo de trabajo de los Winchester era bastante más "profesional" que el de ellos.

Los cazadores, haciéndose pasar por investigadores del Colegio de Ciencias de la Universidad de El Paso que llevaban a un grupo de alumnos a realizar un trabajo de campo sobre la calidad medioambiental del parque, consiguieron un permiso para acampar durante dos noches en las cercanías de los lagos menores.

- Oye Ed – empezó a protestar por décima vez Harry mientras montaban las tiendas de campaña – me traje la pequeña para Maggie y para mi, ¿Por qué tenemos que dejársela a los Winchester?

- Porque lo mejor es que ellos duerman en la pequeña y nosotros cuatro no nos separemos – susurró el de la barba mirando de reojo al menor de los hermanos que montaba en solitario la otra tienda.

- ¿Por qué?

- Confía en mí Harry, es lo mejor.

En la diminuta tienda de acampada facilitada por los Ghostfacers los cazadores no se sentían nada felices debido a la falta de espacio de un recinto más apto para un par de críos que para dos pedazos de tíos de más de seis pies de altura cada uno.

Dean se acostó encima del saco y se quedó frito en cuestión de segundos debido al cansancio acumulado. Sam no tenía esa suerte, contemplo el rostro tranquilo y relajado del mayor en la penumbra de la lámpara a baterías. El pecoso ni se había quitado las gafas de pasta del perfecto disfraz de profesor universitario entusiasta y despistado y éstas colgaban torcidas de la punta de la nariz.

Hay veces que imágenes como esa provocaban que el más joven de los Winchester se preguntara si su hermano hubiese podido hacer otra cosa en su vida, si hubiese ido a la universidad, si no se hubiese visto obligado a sacrificar sus sueños por el bienestar de los demás.

~Hace nueve años ~

El chico de apenas veinte años sabía que se jugaba la expulsión con lo que estaba haciendo, pero no podía permitir que el mejor amigo que había tenido desde que huyó de su familia para matricularse en la universidad, perdiera la beca y tuviera que renunciar a sus estudios.

Entró en el despacho del profesor Shaffer convencido de que éste no le descubriría, pues estaría unos días de baja por una operación de apendicitis. Empezó a buscar en el archivador el examen de su amigo para sustituirlo y alguien encendió la luz.

Frente a él estaba el profesor sustituto, un estudiante de último año que se iba a hacer cargo de las clases hasta la vuelta de Shaffer. Sólo que el joven, algo más bajo que Sam Winchester, con gafas de pasta, americana de paño de color beige y el rubio cabello bien peinado no era ningún estudiante de último año.

- No deberías estar aquí – susurró el auténtico estudiante.

- Tú tampoco, ¿así es como quieres hacerte abogado hermanito? – replicó Dean.

- No seas idiota, no estoy haciendo trampas, por lo menos no para mí – el pequeño no podía apartar los ojos del aspecto increíblemente sexi de su hermano disfrazado de ratón de biblioteca – ese disfraz no te pega nada.

- Y una porra, esta mañana han ido a mi clase como el doble de alumnas que van a la del profesor éste – presumió con una sonrisa picarona subiéndose las gafas que se empeñaban en resbalar hasta la nariz – Ahora en serio, ¿por qué te la juegas por ese tío?

- Es mi amigo, me ayudó cuando llegué y ahora me necesita.

Dean asintió pensativo dándole verosimilitud a su disfraz y ayudó a localizar el expediente de un tal Brady para intercambiar los exámenes.

- Ahora en serio Dean, ¿por qué estás aquí? – preguntó Sam una vez salieron del despacho.

- Ese chico ¿es tu novio? – replicó con otra pregunta el mayor.

- Idiota.

- Sólo quería saber cómo te iban las cosas, ya que veo que estás tan feliz me largo.

El más joven cogió a su hermano de las solapas de la americana aprisionándolo contra una columna del pasillo central apoderándose de sus labios con rudeza. Dean ni le correspondió ni le apartó. Nunca le apartaría pero tampoco podía permitir que esa necesidad que tenía del pequeño acabara destruyendo sus vidas.

- Eres mi hermano – riñó cuando Sam se alejó frustrado por su forzada frialdad.

- Ya, "nada cambiará eso" – acabó de repetir las dos frases con que se despidieron hacía casi dos años – pero yo necesito más Dean, lo necesito todo. Si no estás dispuesto no vuelvas a aparecer.

~Ahora~

Los recuerdos eran agridulces. El gigante recordaba la expresión con que el pecoso dormido a su lado había recibido su ultimátum. Aparentemente frío, aparentemente indiferente.

- Volviste – musitó – tardaste demasiado pero volviste por mí.

Le quitó las gafas y no pudo evitar besar los labios entreabiertos del mayor. Y, por supuesto, lo despertó sin querer. Se dio cuenta al sentir los finos y nervudos dedos enterrarse en su largo cabello, acariciando y a la vez sujetando su nuca.

Quería parar, no se iban a liar en la diminuta tienda prestada a menos de unos metros de un grupo de entrometidos frikis. Pero no podía, o no quería dejar de saborear los labios que forcejeaban con los suyos, y, a juzgar por las manos que lo sujetaban y la boca que le estaba devorando hasta el alma, Dean tampoco quería.

Si tenían cuidado no les oirían ¿verdad? Sujetó las manos del mayor a ambos lados de su cabeza y logró apartarse del apremiante beso que hacía subir la temperatura del pequeño recinto.

- Un segundo – jadeó con dificultad – quiero asegurarme de que no nos oyen.

- No me importa.

- Dean, por favor – rozó sus labios fugazmente conteniendo la euforia por la necesidad que oscurecía la mirada de su hermano – un segundo y te prometo que te como entero.

- Un… un segundo – se rindió el otro.

Sam se acercó a la tienda más grande. No se escuchaba nada más que el sonido acompasado de cuatro respiraciones. Como, según sus cálculos, los lagos no aparecerían hasta las cinco de la mañana, habían acordado que dormirían hasta las cuatro y media. Tenían unas seis horas.

- No vamos a descansar nada Dean – advirtió.

- Dormir está sobrevalorado, Sammy – replicó tirando del jersey del más joven hasta tumbarlo sobre él.

_ Continuará...