Capítulo 9: Luz del Oráculo de Delos.

El influjo maligno del conjuro de Aristeo no detuvo al noble Shun en su valeroso empeño, no obstante enmarañó su melancólico corazón en tristes recuerdos aún no superados, atormentándolo profundamente con cada una de sus culpas y agravando así su gran remordimiento, pero Shun, dubitativo, se lo debía a sus queridos hermanos, tenía que luchar con determinación por un futuro mejor, se lo había prometido a Ikki; con temple pudo derrotar cada uno de los obstáculos del titiritero Aristeo, no tuvo que emplear grandes esfuerzos en imponerse por sobre Andrómeda Negro y Dante de Cerbero, luego sí tuvo que encender al máximo su cosmos contra Afrodita de Piscis e Ío de Escila, quienes lo habían dejado al borde de la muerte.

Y cuando la sangre de su cuerpo era succionada como una sanguijuela letal por la Rosa Sangrienta de Afrodita, y con ello la muerte parecía un hecho inevitable, volvió en sí abruptamente y descubrió que no tenía heridas, que todo había sido una ficción…una ilusión…proyectada por un guerrero extremadamente poderoso. En ese instante Shun pudo divisar la silueta de un hombre que vestía un elegante atuendo de sacerdote, tenía la apariencia de un cardenal y un rostro apacible y andrógeno, largo cabello castaño claro y acorazados ojos de color miel, superaba el metro ochenta de altura y su porte era imponente, entonces el misterioso sujeto sonrió amenamente y se presentó con un elegante ademán de manos:

—Yo soy Aristeo, guardián del oráculo de Delos. Y pude comprender cabalmente toda tu fragilidad de espíritu Shun de Virgo, eres un ser dubitativo, noble y puro, por sobre todas las cosas. Proclive a sufrir más de la cuenta. No tienes el espíritu que se requiere para luchar como guerrero en una guerra santa…

—Tú eres un guerrero despiadado, que se aprovecha de las debilidades de las personas, me recuerdas a un enemigo que tuve en el pasado… —musitó Shun, pensando en Kaza de Leumnades, guardián del Pilar del Océano Ártico, hasta su muerte a manos de Ikki—. Pero a pesar de ello no me provocas odio, quiero pedirte con humildad que me dejes acceder a la pitonisa, no quiero luchar, solo deseo salvar a Atenea y a la Tierra. Te lo suplico…

—Vaya ingenuidad de tu parte. No habrá tregua con Atenea y sus santos. Las órdenes de Apolo son absolutas e inapelables…

Entonces un silenció inundó el templo después de las contundentes palabras de Aristeo y repentinamente una luz comenzó a cegar la visión de Shun, una vez que mermó el fulgor se vislumbró con claridad el tótem del Manto Solar de Abeja Reina, que se separó en sus fragmentos hasta vestir el esbelto cuerpo de Aristeo. Se trataba de una majestuosa armadura de color oro, con detalles rojos, elegante y deslumbrante. De entre los sacerdotes solares, Aristeo resaltaba por poseer grandes poderes místicos, los más avanzados entre los cinco. Era un sacerdote íntegro y prudente, pero también cruel y despiadado, no dudaba jamás en atacar psicológicamente a sus adversarios tras entrar en sus pensamientos más profundos, incluso a pesar de su gran fidelidad hacia Apolo, le divertía jugar sádicamente con el sufrimiento ajeno. A pesar de cierto vicio retorcido, era uno de los más sabios entre los sacerdotes solares, la cual era sin dudas una virtud cardinal de toda la orden.

—Si los adversarios se escucharan evitaríamos verter tanta sangre, no entiendo por qué tiene que haber este tipo de guerras santas… —susurra Shun—, no lo comprendo…es un sinsentido.

A rigor de verdad, el combate recién comenzaba, pero para la inmaculada alma de Shun el suplicio llevaba un trajín angustiante; para Aristeo en cambio era todo lo contrario, su ser se regocijaba en el fulgor de un incipiente combate, estaba deseoso de ser implacable y frío, entonces se irguió con elegancia, pensó en las últimas palabras de Shun, las encontró patéticas y por consiguiente contestó tajantemente:

—No puedo creer cuan Iluso eres…en esta guerra santa cada uno defenderá su convicción, la mía es servir a Apolo, el dios de la verdad, mientras él sea un olímpico yo también lo seré…en definitiva los dioses quieren purificar el corrupto planeta ¡creando una hermosa utopía!, todo lo que sucedió, sucede y sucederá es para el bienestar de la humanidad, es aprendizaje. Ahora todo es sombrío, pero todo se contemplará mejor en retrospectiva. Claro que ustedes no estarán para presenciar el cosmos purificado por los dioses…

—¡Mucha gente está muriendo por culpa de Apolo! Los dioses deberían darles una nueva oportunidad a los humanos, te lo pido una vez más… —suplica nuevamente Shun, agachando la cabeza—. Estoy completamente seguro que si los dioses dieran a los humanos una última oportunidad, ellos aprenderán de todo sus males, y no sería necesaria tanta calamidad…

—Te esfuerzas en vano, la decisión de los dioses ha sido tomada. Decidas o no defenderte tomaré tu vida. Si no usas todo tu poder morirás sin remedio, estamos en el inicio de la más grande guerra santa luego de la que tuvieron los dioses olímpicos y los titanes… —pronostica Aristeo levantando el rostro al cielo, con la mirada extraviada en tiempos remotos, y luego prosiguió—, desde que el mundo se creó ha estado bajo el sello de la corrupción, desde que salió de la Edad de Oro el hombre no ha hecho más que degradar las enseñanzas divinas, es hora de enmendar aquel error histórico.

—Tú y los dioses juegan con la vida de los humanos y eso no lo permitiré —contestó Shun. La justificación de Aristeo a tanta matanza lo enardecía, su semblante había mutado, desde aquel muchacho tan frágil a uno de mirada dura y determinada en el adversario.

—Los humanos no tienen que cuestionar lo que los dioses digan, veo que estás decidiéndote a combatir… ¡experimenta lo que puede hacer mi cosmos! ¡Luz del Oráculo de Delos!

Tras pronunciar con voz grave el nombre de su técnica, los ojos de Aristeo emitieron una perturbadora luz amarilla, ora capaz de atacar el espíritu misteriosamente, ora capaz de dañar profundas capas de la piel; la fulgurante luminosidad cegaban a Shun y su cuerpo se endurecía abruptamente, todo mientras su sistema nervioso se atrofiaba incipientemente, dadas las cosas solo procuraba resistir con tenacidad.

—¡La Luz del Oráculo de Delos está entumeciendo mi cuerpo! —dijo Shun, tratando de mover sus brazos sin conseguirlo, seguidamente elevó su cosmos y consiguió mover sus manos con extrema dificultad y luego lanzó en dirección a Aristeo una corriente de viento nebular, pero la misma fue absorbida por una extraña energía que crecía segundo a segundo.

—Malgastas tus escasas energías. Mi técnica es tanto defensiva como ofensiva —explica con orgullo Aristeo—, en su faz ofensiva encandila la retina, quemándola levemente, su radiación vuelve el cuerpo pesado y tosco. Y en lo que respecta a su accionar defensivo, el brillo absorbe el cosmos de la víctima, retroalimentándose del mismo para hacerse cada vez más fuerte…

Tras unos segundos la portentosa Luz del Oráculo de Delos hizo arrodillar a Shun de Virgo, parecía casi vencido, su cosmos disminuía rápidamente y las células del cuerpo eran dañadas de forma directa, misteriosa y arteramente, lo cual hizo que encorve su postura paulatinamente, se hallaba completamente angustiado y respiraba entrecortado, mirando el suelo con resignación, mientras escuchaba aturdido la voz de Aristeo, quien continuaba con su presumida alocución:

—Y cuando mi técnica crece, su luminosidad destruye los tejidos del cuerpo sin que el enemigo lo descubra antes de estar próximo a la muerte, además causa un daño espiritual que sería capaz de extinguir tu alma, siempre y cuando tu cuerpo resistiera la radiación aumentada…

Después de varios minutos la Luz del Oráculo de Delos había crecido nutriéndose del cosmos de Shun y no parecía tener límites, ascendía de forma exuberante y el recinto retumbaba de forma escalofriante. Sin embargo, tras tantos combates incluso un hombre que aborrece la violencia como Shun había conseguido una tenacidad fuera de lo común.

—No consiento morir en vano, esto es recién el comienzo, superando tu cosmos Aristeo expandiré tu luz con mis vientos y así no podrás lastimarme… ¡Vapor Nebuloso!

Aristeo miraba con desdén como Shun diseminaba una corriente de aire muy poderosa por todo el campo de batalla, al cabo de unos pocos segundos se trataba de una enorme tempestad, pero repentinamente los fuertes vientos fueron atraídos a la Luz del Oráculo de Delos, alimentando la técnica enemiga, tal cual lo había advertido Aristeo segundos antes, y ahora, proseguía con su petulancia:

—Eres un estúpido, parece que no lo has entendido…si sigues elevando tu cosmos morirás alimentando la Luz del Oráculo de Delos.

Y así, mientras el calor se intensificaba, Shun pensaba con dolor: «Siento que mi cuerpo empieza a quemarse desde sus entrañas, pero aunque mi cuerpo sea devastado, la tormenta seguirá creciendo, aun cuando esté siendo absorbida por la luz, crecerá hasta colapsarlo todo…»; y mientras ello sucedía Aristeo leía los pensamientos de Shun y decía, dando la espalda y soltando una pequeña carcajada:

—Deliras pobre alma en pena, es el fin…

Shun estaba dispuesto a soportar cualquier calor, por calcinante que fuera, su cuerpo se erguía con dificultad y sus ojos dejaban entrever la máxima resistencia de la que era capaz un humano, así fue que en tan solo cinco segundos el Vapor Nebuloso se convirtió abruptamente en la Tormenta Nebular, la cual se extendía por todo el recinto, aumentando su intensidad de forma descomunal; la luz emitida a esta altura por la técnica de Aristeo encandilaba de forma absoluta todo el suntuoso templo. La Tormenta Nebular de Shun retroalimentó la técnica secreta de Aristeo y se convirtió en una poderosísima nova, un sol a pequeña escala que explotó de forma violenta y terminó despidiendo a ambos rivales en una secuencia atronadora.

La calamitosa explosión había cesado, el templo exhibía diversas grietas en las paredes y en el techo, Shun y Aristeo se hallaban desplomados en el suelo, con la frecuencia cardíaca acelerada y la respiración agitada. Habían resistido con entereza la fortísima explosión que hubiera causado la muerte de cualquier guerrero, de no llevar la armadura de oro y el manto del sol. Con dificultad y esfuerzo, Aristeo se puso de pie lentamente y susurró confundido:

—Esto no tiene ningún sentido, aunque pudieras, de alguna forma casi inexplicable contrarrestar mi ataque…tu cuerpo debería haberse deshecho, o al menos tu espíritu debería haber sido consumido…

Incrustado contra una de las paredes del templo, Shun apenas podía abrir los ojos, parte de la Armadura de Virgo parecía fundida por ardientes brasas y respirando algo agitado, atinó a musitar con dificultad:

—Es por la Armadura de Virgo…gracias a ella pude soportar la terrible radiación de tu técnica, y aparentemente el espíritu de Shaka, el hombre más cercano a Dios, debe haber evitado que quemes mi alma.

—Ya no puedes continuar luchando —dijo Aristeo, mientras intentó ponerse en guardia, pero rápidamente descubrió que su cuerpo estaba inmovilizado por las corrientes de aire del enemigo, que habían reaparecido repentinamente en el lugar.

—No podría darme por vencido, después de lo que nos ha costado llegar hasta aquí —susurró Shun, mientras se erguía con dificultad.

—Estás subestimando mi poder, tus vientos no pueden atraparme.

Con la mirada fija en Shun, el íntegro Aristeo hizo estallar su enorme cosmos y se liberó del fuerte entumecimiento con gran determinación, los vientos parecían haber sido incinerados por el mismísimo astro solar; Shun estaba perplejo, el poder de su rival era abrumador, se preguntaba internamente si acaso era más fuerte que Shaka de Virgo.

—Tu condición es lamentable, aunque has hecho un combate extraordinario, no tienes posibilidad de vencer, ahora sentirás la más cruel de mis técnicas, ¡Aguijones del Enjambre Solar!

Aprovechando el desconcierto de su rival, Aristeo extendió sus brazos al frente, enfrentando sus palmas y de entre ellas brotaron un centenar de abejas energéticas de color rojo, cuyos aguijones dorados se abalanzaron en un vuelo voraz; no obstante una corriente de aire se levantó frente a Shun, girando con gran fuerza de forma vertical, cubriendo así toda la extensión de su cuerpo y repeliendo el ataque de Aristeo, las mortales abejas no habían podido penetrar la infranqueable barrera. Shun estaba complacido de haber podido neutralizar semejante técnica y con orgullo dijo:

—Esa fue mi Defensa Rodante, emula la protección de la Cadena de Andrómeda, he reemplazado el acero de mis cadenas por mis vientos tempestuosos…

—Interesante, pero todo terminará siendo inocuo…ya he visto todas tus técnicas, solo me basta aumentar mi magnífico cosmos para atravesar esa defensa.

Aristeo permanecía inalterable e inmutable y el enjambre que surgía entre sus manos creció súbitamente en número y velocidad, logrando traspasar finalmente la barrera de aire creada por Shun, quién sufrió cientos de picaduras sangrantes en todo su cuerpo, las cuales comenzaban a arder, provocando un agudo e intenso dolor, todo acompañado por angustiantes gemidos.

—Sólo te queda esperar la muerte, esta vez el milagro no sucederá…la Tierra será propiedad de los dioses, y solo estaremos los elegidos —dijo Aristeo y volteó victorioso.