Creo que no ha pasado ni un día desde el último capítulo en realidad, peeero... Hoy me voy a dormir antes, así que pensé que debería dejarlo ya por aquí.
Antes de todo, quería meteros un poco en contexto. No me había dado cuenta de que no os había dejado constancia de la línea cronológica de la historia, aunque por alguna mención anterior supongo que os lo habríais olido. La historia se ubica antes de 'La caída de Reichenbach', vamos que aún no ha sucedido nada de eso. Sherlock no ha hecho el salto del ángel y John no ha sido tan tonto como para dejarse atropellar por aquella bicicleta.
Esta canción tiene un tinte divertido respecto al ritmo, pero la letra me había inspirado para iniciar la trama de cierto acontecimiento de otra forma. Jorl. Aquí tenéis: /watch?v=x4b6nEEXojE.
Como siempre, muchas gracias por leer y muchísimas gracias más por comentar. Os lofiu mucho y me está encantando cumplir este reto. Snif.
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
9
Nowhere Man
Es tan ciego como se puede ser, solo ve lo que quiere ver. Hombre de ninguna parte, ¿puedes tan siquiera verme?
—¿Dónde está?
Lestrade levantó la mirada del suelo con los brazos en jarras. Masticó sin tener nada en la boca y negó con la cabeza a John. Sus ojos mostrando el desconcierto de alguien que sabe tan poco como él. Donovan se adelantó al detective con las manos alzadas en señal de calma, su ceño fruncido y expresión molesta.
—Lo siento, John, pero no sabemos qué ha pasado con él.
—Pero vosotros le llamasteis. ¿No tenéis ni la más mínima idea de dónde puede estar?
John empezaba a exasperarse. Sally Donovan suspiró por la nariz con los labios apretados y miró a Lestrade antes de negar con la cabeza ella también, aumentando así la ansiedad de John.
Cuando John volvió del trabajo, Sherlock no estaba esperándole en casa. Intentó llamarle, pero no le cogía el teléfono. Preguntó a la señora Hudson, pero no tenía ni la menor idea de su paradero. Llamó a Lestrade, el cual se mostró realmente sorprendido, pues él mismo le había enviado un mensaje de texto esa mañana y Sherlock le había respondido que John y él irían por su cuenta a investigar.
Moriarty había vuelto a las andadas. Había mandado un correo a la propia comisaría comentándoles con pelos y señales su última gran obra maestra. Un banquero, un policía, un guía turístico. Por alguna razón había secuestrado a esas tres personas y se las había llevado a la afueras de Londres. Les había contado un cuento y les había preguntado cortésmente información que él requería. Luego los dejó encerrados en un chamizo y les concedió la amable ventaja de ofrecerles un teléfono móvil para llamar a la policía. No sin antes haberles cortado todos y cada uno de los dedos de sus manos. Todo aquello narrado con la lírica melosa y la dulzura fingida de un psicópata que desconocía sus propios límites de locura.
Sherlock pensó que los tres cargos referidos a esas personas tenían un significado oculto -no por nada Moriarty hacía las cosas con un macabro objetivo-, así que decidió buscar pistas, ninguno supo realmente dónde. Eso es lo que John supo después de preguntarle a Lestrade y Donovan. John rió entre dientes sin ganas y pasó la lengua por sus dientes, poniendo los brazos en jarras y con unas infinitas ganas de golpear y patear cualquier cosa imaginándose que era Sherlock. Lestrade y Donovan se miraban, la mujer asintió con la cabeza y siguió inspeccionando el chamizo. Lestrade se acercó a John para tranquilizarle.
—No creo que pase nada, John. Pensaría que era demasiado fácil para avisarte, o no querría molestarte.
John contuvo una carcajada y sonó como un gruñido ahogado en su garganta. Lestrade se calló. Ni él mismo se lo creía demasiado. Sherlock, el hombre que dejaba cuatro llamadas perdidas para que le alcanzasen el móvil al otro lado del salón. El hombre que incordiaba a John siempre que podía para que estuviera atento a sus hazañas y luego las plasmase en su web. Sí, claro, ese mismo hombre tenía toda la pinta de no avisarle para no causar molestias.
Lo vio claro, tan claro que se reprendió mentalmente no haberse percatado antes. Se trataba de Moriarty, la gran mente criminal, y Sherlock pensó que todo sería mejor si John no estuviera con él durante el proceso. Quería encontrarse con él cara a cara, y John era un estorbo. Tanto intelectual como psicológicamente. Si John anduviese cerca de él mientras intentaba vencer a Moriarty, estaría más pendiente de procurar que no le pasara nada al rubio que desenmascarar a Jim Moriarty. «Porque, claro, soy un imbécil indefenso», pensó con amargura John. Sherlock Holmes, el que no tomaba cuentas con nadie, el que iba proclamando que la gente no se fijaba en los detalles pero que en realidad era el único ciego dejando a John detrás. Porque John era un inútil. No quería que se hiciese daño y por eso prefería dejarlo con la incertidumbre y esa horrible sensación de desazón e intranquilidad sabiendo que Sherlock podría estar en peligro que estar sufriéndola él en sus propias carnes. El que nunca pedía ayuda. El orgulloso y soberbio Sherlock Holmes que creía poder tener el mundo entre sus manos siempre que no tuviera que depender de alguien. Si no pertenecía a nadie ni a ninguna parte podría hacer lo que quisiera. Si se independizaba de sus sentimientos de protección podía acabar con quien fuese. Y por eso no avisó a John.
Y eso a John le cabreó demasiado.
—Bien, decidme toda la información adicional que sepáis del crimen, voy a ir a por él.
Lestrade posó una mano en su hombro, torciendo las comisuras.
—Me temo que es una información más delicada y confidencial de lo que parece, John. Además, si Sherlock no quería que supieses sería por algo. No creo que sea lo más inteligente que vayas solo.
John cogió aire y se irguió en posición militar formando un rictus en los labios.
—Lestrade, voy a hacerlo con o sin tu ayuda, solo que de una forma tardaré más que de la otra. Tú decides, pero te juro que voy a encontrarlo y a destrozarle la cara por lo gilipollas que es pase lo que pase.
Lestrade examinó el rostro firme, decidido y enfadado de John y suspiró, derrotado. En fin, que importaba si esos dos ya sabían más cosas de sus informes que la propia policía...
