9
Sólo el principio

Cora salió de la casa también furiosa: sin duda alguna, Henry había malcriado a esa niña, la había hecho creer en los cuentos de hadas y cuánta tontería le había contado. Ella estaba exhausta de ser la madre que se preocupaba por el futuro de Regina. No quería una vida miserable para su hija, sólo quería verla triunfar, casarla con alguien importante y convertirla en una mujer poderosa.

¿De dónde había sacado Regina que el matrimonio significaba amor? Ni siquiera para Cora lo había sido ni lo era entonces. No amaba a Henry, tampoco había amado al rey Leopold. Quizá, el único amor que había albergado alguna vez fue Jonathan, aquel impostor que le quitó todo: su dignidad y reputación. Después de eso no le había quedado nada, sólo dolor y sufrimiento. El amor era eso, nada más que debilidad.

Cora caminó lejos de la casa, lejos de la finca, hacia el bosque. Pese a que odiaba todo sentimentalismo, sabía que él estaría allí, esperando por ella. Sabía que El Oscuro le tenía reservado un sitio especial. Él la había amado, pero ella jamás debía permitírselo.

La noche arrojaba algunas estrellas en el firmamento. El bosque estaba completamente en penumbra. Cora iluminó su camino invocando una pequeña flama en la palma de su mano. Se internó en la profundidad de la maleza.

—¿Qué haces tan sola, querida?

Cora se giró, Rumpelstiltskin la esperaba apoyado en el tronco de un árbol, entre las sombras.

—Lo necesito ahora —dijo Cora con firmeza con una mirada inquietante.

—Vaya, sí que estás desesperada —respondió Rumpelstiltskin aproximándose a ella—. Pero antes dime, ¿cómo salieron los otros?

—Todos están muertos —dijo Cora con un dejo de satisfacción—. Mi marido y el resto de la corte creen que ha sido una peste.

—Sí, algo escuché por ahí —asintió Rumpelstiltskin con una sonrisa maliciosa—. Felicitaciones, querida, tu venganza está casi completa.

—Lo sé, por eso es que te necesito ahora —dijo Cora con un tono casi lastimoso—. Escuché que el rey Leopold ha salido de su reino por una temporada. La reina estará sola en el castillo.

—Muy bien, aquí lo tienes —dijo Rumpelstiltskin extendiendo la mano y ofreciéndole un frasco pequeño de vidrio oscuro—. Es el más mortífero que existe. No hay contraveneno, aunque creo que eso no te preocupa.

Rumpelstiltskin soltó una risita de satisfacción. Cora se acercó a él, con la mirada fija en el frasco que él extendía. Ahí estaba, por fin, la oportunidad perfecta para destruir el reino de Leopold. Tomó el veneno entre sus manos, escudriñándolo con la mirada.

—Dime, ¿qué vendrá después? —preguntó Cora con la voz grave sin quitar la mirada del veneno.

—El rey quedará viudo —respondió Rumpelstiltskin con un gesto complacido, hablando al oído de Cora— y la pequeña princesa se quedará sin su madre y, en un par de años, el rey se dará cuenta de que su hija necesita una y comenzará una búsqueda por todos los reinos.

—¿Un par de años? —inquirió Cora.

—Las cosas llegan con paciencia, querida. Además, no es necesario recordarte que toda magia tiene su precio, ¿o sí? La muerte de la reina Eva es sólo el principio, debes esperar.

A Cora no le gustaba cómo sonaba aquello. No cuando su hija acababa de lanzarle a la cara que no quería la vida que ella planeaba. El tiempo era un asunto muy cruel.

—Dentro de unos días Regina cumplirá un año más —comenzó a decir Cora, guardando el frasco con el veneno en su pecho—. Y cada día que pasa siento que la estoy perdiendo… No quiere lo que yo quiero para ella.

—Querida, tu poder de persuasión tiene efecto en todo mundo.

—Pues parece que en mi hija no.

—Si te preocupa que ella no vaya a ser nadie, puedes ya estar tranquila. Ambos sabemos que siempre cumples lo que te propones.

Cora miró fijamente a Rumpelstiltskin, luego esbozó una sonrisa. Él tenía razón: el veneno, la muerte de Eva, sólo era el principio.

Henry tenía todo calculado. Con sólo tres años podía ser un niño muy hábil. Subir las escaleras con la bandeja en la mano resultó ser muy sencillo. Lo verdaderamente difícil había sido alcanzar la rosa más roja del jardín.

Era sábado y Regina dormía un poco más de lo habitual. No había que llevar a Henry a la escuela ni atender los asuntos de la alcaldía. Sin embargo, su sueño se vio interrumpido por la incesante vocecilla del mismo Henry quien estaba encima de ella intentando despertarla presionando su mejilla con un dedito apresurado.

—Mami… mami… mami…

Regina se movió entre las sábanas quejándose con un gruñido. Abrió un ojo y miró a su pequeño hijo que sonreía de oreja a oreja.

—¡Feliz cumpleaños, mami! —exclamó Henry una vez que Regina abrió un poco ambos ojos con la luz del día todavía lastimándole.

Sobre la cama estaba la bandeja con el desayuno servido: un platón rebosante de cereal Lucky Charms, un vaso con jugo de naranja, una taza de café, un sándwich de jamón y queso y una rosa roja. Todo había sido preparado y servido por el propio Henry quien miraba a su madre con un gesto de júbilo y orgullo.

Regina, boquiabierta, se incorporó lentamente de la cama, observó con cuidado el desayuno que Henry había preparado especialmente para ella. Lo miró como si no pudiese creerlo, y en verdad así era, ni siquiera podía imaginar cómo había hecho su hijo para conseguirlo todo.

—Oh, Henry… —Regina no sabía qué decir, tenía lágrimas en los ojos y abrazó al pequeño con tanta fuerza que le hizo cosquillas.

—¿Te gusta? —preguntó Henry acomodándose en la cama al lado de su madre.

—Me encanta, mi amor, ¿todo esto lo has hecho tú solo?

—Sí, yo solo —sonrió Henry con orgullo.

Regina sonrió conmovida acariciándole la mejilla. Ni siquiera ella recordaba que aquella mañana cumplía años. Durante mucho tiempo su aniversario sólo ocurría como un día más, pues no importaba mucho la edad que tuviese ahora, jamás sería una verdadera. Pero Henry sí recordaba su cumpleaños, recordaba muy bien qué día era especial para su madre y por eso aquel año decidió que tenía que hacer algo único para ella.

Regina terminó su desayuno, estaba segura de que nunca antes había probado nada tan delicioso.

Días después, Regina no regresó al establo. Aquella noche, después de haber besado a Daniel, regresó corriendo a su habitación, con el corazón palpitándole y las mejillas sonrojadas. Quería quedarse ahí por siglos, si era necesario. No soportaba siquiera la idea de ver a su madre, estaba segura de que ésta adivinaría lo que había pasado. Sin embargo, Cora no se dio por enterada, parecía demasiado distraída en otras cosas.

Regina volvió a leer los libros que su padre le había dado alguna vez, libros donde se contaban historias de amor verdadero. Algunas de ellas tan trágicas que la hacían llorar, pero otras eran hermosas y le daban esperanza. De vez en cuando se asomaba por la ventana y echaba un vistazo hacia el establo, pero nunca conseguía ver a Daniel, parecía que él también se sentía un poco avergonzado. ¿Acaso ella había llegado demasiado lejos? No era apropiado besar a un muchacho de esa forma, mucho menos a un mozo de cuadra.

Sin embargo, no podía dejar de pensar en ello. A veces, durante la hora del té, Regina se quedaba suspendida, perdida en sus pensamientos, mirando hacia cualquier parte, dejando que el té se enfriara en la taza, sólo pensando en el muchacho del establo. Antes de dormir, solía recordar el beso; casi podía sentir sus labios suaves y tibios sobre los suyos de nuevo, su respiración nerviosa y la mirada, esa mirada, que él le había dirigido cuando sus rostros se alejaron.

Pese a lo mucho que le gustaba pensar en él, Regina estaba convencida de que aquello sería imposible. Cora nunca lo permitiría. Daniel estaba muy lejos de ser un rey o al menos alguien de la nobleza.

La mañana en la que cumplía catorce años, Regina despertó temprano, abrió los ojos de par en par y lo supo: estaba enamorada de Daniel.

—Mamá, ¿qué haremos hoy en tu día especial?

Henry apuraba su propio platón de cereal. Ahora él y su madre tomaban el desayuno en la cama, ambos tumbados entre las sábanas, mirando un poco de televisión. Regina no podía pensar en hacer nada más que eso, disfrutaba de estar con su hijo más que cualquier cosa en el mundo. En ese momento sólo eran ellos dos y eso era lo único que realmente deseaba para su "día especial", como Henry lo llamaba.

—¿Qué te parece quedarnos en casa y hornear un pastel?

—¡Sí! De chocolate —exclamó Henry contento.

Regina sonrió y lo besó en la frente.

—Mami, ¿cuál ha sido tu mejor cumpleaños?

—Yo diría que este, cariño —sonrió Regina comiendo su última porción de cereal.

—¿De veras? —preguntó Henry, entusiasmado.

—Y así serán siempre que estés tú conmigo —asintió Regina.

—Siempre voy a estar contigo, mami.

La sonrisa de Henry reconfortó el corazón de Regina. Hacía una eternidad que no escuchaba eso. Miró a su pequeño hijo con los ojos llorosos. ¿Era realmente posible amar así? De una forma desinteresada. Desde que había sostenido a su hijo en sus brazos para llevarlo a casa supo que algo sincero y puro se anidaba en lo profundo de su corazón. Y ahí estaba, en la sonrisa maravillosa de su hijo. Regina lo amaba tanto que la promesa del pequeño le había removido tantas cosas, pues ella sólo había amado así una vez.

—Ya sé qué otra cosa más podemos hacer, Henry —dijo Regina intentando que su voz sonara natural y no quebrada—. ¿Quieres dar un paseo conmigo?

—¡Sí! Me gustaría mucho.

—Bueno, a vestirse, mi pequeño.

—Mami, ya no soy tan pequeño. Alcancé el cereal yo solo.

—Oh, tienes razón. Sólo no crezcas tan rápido, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —sonrió Henry saltando de la cama para ir a su habitación y vestirse—. ¿A dónde iremos?

—Es una sorpresa.

Para Henry que su hija cumpliera catorce años era motivo de más preocupaciones. Sabía que Cora sólo contaba los días para desposarla. La lista de hombres lo suficientemente poderosos, ricos o nobles se había convertido en una prioridad para Cora en los últimos años. Henry hacía como que no sabía nada, pero estaba consciente, total y absolutamente, de que a Regina le quedaban pocos días de inocencia y felicidad. Odiaba a Cora por ello y deseaba, en lo más profundo de su corazón, que las cosas fuesen diferentes.

El cumpleaños número catorce de Regina se celebró con una cena especial en la finca. Cora se había encargado de preparar todo con esmero. Invitó, a conveniencia, a todos los varones solteros disponibles de la realeza. Estaba especialmente interesada en que el próximo marido de su hija fuese alguien noble antes que un burgués. La casa se adornó hasta el último detalle y la servidumbre preparó todo tipo de platillos y confites para los invitados.

Regina lucía un vestido de satín azulado. Las doncellas le habían levantado el cabello en una trenza y Cora le colocó un poco de maquillaje en el rostro. Regina se miró en el espejo, casi no podía reconocer quién era en ese momento.

Durante la velada, Regina no pronunció palabra, se limitó a inclinar la cabeza y sonreír falsamente cada vez que su madre la presentaba, casualmente, con cada uno de los varones invitados. Además, Cora también se había asegurado de invitar a otras mujeres de la corte, de menor posición pero nobles al fin y al cabo, para que pudiesen admirar en lo que se estaba convirtiendo su hija, como si fuese un anuncio de que pronto sabrían hasta dónde podría llegar.

Henry intentaba distraerse con varias copas de ron encima. Sin embargo, se dio cuenta perfectamente de lo infeliz que estaba siendo su hija. La muchacha estaba sentada en un rincón, con la cabeza agachada y sin probar bocado.

—Recuérdame no volver a cumplir catorce años, parecen un poco aburridos —dijo Henry acercándose a su hija con delicadeza.

—Sólo si es una fiesta para encontrar a tu futuro esposo —respondió Regina con pesar.

Henry suspiró, por mucho que quisiera decirle a su hija que eso no era verdad no podía mentirle.

—Sabes que no es una obligación, ¿cierto? —dijo Henry intentando darle toda su confianza.

—Para mi madre lo es.

—Tu madre cree que es lo mejor para ti —dijo Henry resignado—. Aunque yo no comparto sus creencias.

Regina alzó la mirada y esbozó una sonrisa apesadumbrada a su padre. Éste no podía evitar sentirse miserable por la infelicidad de su pequeña, dio un largo suspiro y luego echó una mirada a Cora, quien conversaba distraídamente con un grupo de personas totalmente desconocidas para él.

—¿Por qué no sales a dar un paseo? —preguntó Henry, animando a la muchacha.

—¿Cómo? —inquirió Regina confundida.

—Sal a caminar un rato, te hará bien.

—Pero… la fiesta… si mi madre se da cuenta…

—Está lo suficientemente entretenida en ella misma como para notar que haces falta. Además, ¿no está para eso un padre? —Henry sonrió y pellizcó cariñosamente la mejilla de su hija.

—Gracias, papi.

Los ojos de Regina se iluminaron y casi de un salto salió de la habitación poblada de personas. Se hizo paso entre todas y salió finalmente de la casa. En cuanto estuvo en el jardín respiró el aire fresco de la tarde. Aún no anochecía y los páramos estaban coloreados por una luz amarillenta que sólo había en los veranos de su cumpleaños.

Se alejó de la casa lo más pronto posible, caminó tanto como pudo. Si hubiese sido posible, habría caminado todavía más con tal de alejarse del futuro que aparentemente en ese momento su madre se encargaba de concretar.

—Escuché que hay una fiesta allá adentro.

La voz de Daniel interrumpió los pasos de Regina. Ella se detuvo, azorada, y fue incapaz de mirarlo a los ojos. Lo que había pasado entre ellos hacía unos días seguía muy presente.

—Ah, sí… sí —asintió Regina un poco nerviosa—. Es la fiesta de mi cumpleaños.

—¿Y por qué no estás ahí? —preguntó Daniel confundido.

—Quería tomar un poco de aire fresco —respondió Regina con la mirada absorta en el horizonte.

—Creo que con ese vestido es imposible, ¿no?

Daniel sonreía divertido, Regina esbozó una sonrisa y sus mejillas se colorearon. Ambos se quedaron en silencio por unos segundos, intentando decir algo.

—¿Q-quieres acompañarme? —preguntó Regina dubitativa.

—¿Estás segura?

—Sí, me haría bien alguien con quien guardar silencio un rato.

Regina sonrió y Daniel entendió que ella también podía ser sarcástica y divertida.

—Muy bien, iré contigo —asintió el muchacho del establo, entusiasmado—. Pero, ¿qué te parece si llevamos otros acompañantes?

Regina no comprendió al inicio, sin embargo, en cuanto él fue al establo y regresó con dos caballos ensillados su rostro se iluminó.

Ambos montaron los caballos y emprendieron marcha, uno al lado del otro. Regina no podía evitar mirar a Daniel de vez en cuando: él montaba su caballo con seguridad, erguido y mirando al frente.

La tarde comenzaba a caer y Daniel aseguró conocer un sitio, en lo alto de una colina, donde podrían ver el paisaje de toda la región. Se internaron entre árboles y maleza, pero Daniel siempre cuidando de que el caballo de Regina no corriera peligro, mucho menos ella. En cuanto llegaron al lugar indicado, Regina no pudo contener una expresión de sorpresa: delante de sus ojos se extendía el reino entero. Desde la colina podía verse perfectamente el pueblo, con sus casas y techos agrupados alrededor de los molinos que conducían al río. Y, en el fondo, el castillo del rey, ese en el que alguna vez había vivido su padre, el que pudo haber sido suyo algún día.

—Es hermoso —musitó Regina deteniendo su caballo.

—Bueno, feliz cumpleaños —sonrió Daniel.

Regina miró al muchacho con fascinación. Aquello, ese momento, era el mejor regalo que había recibido en toda su vida. Estar ahí, en lo alto de la colina, con el atardecer por delante y con la compañía de Daniel era una sensación maravillosa, nunca antes se había sentido tan libre.

—Gracias, Daniel.

Se quedaron unos segundos sólo contemplando la puesta del sol. Daniel miró a Regina de soslayo, la luz del atardecer resplandecía en la mitad de su rostro, desde donde una lágrima resbalaba.

El muchacho aproximó su caballo al de Regina, con cuidado acercó su mano también a la de ella.

—Cualquiera que sea lo que te provoque llorar, quisiera remediarlo.

—Es… es todo, Daniel —dijo Regina, intentando contener el llanto.

—Yo prometo hacer algo cada día para conseguir que sonrías.

Regina miró hacia los ojos de Daniel. De pronto, el enorme vacío de soledad y tristeza que había en su pecho se sintió más pequeño. Podía hacer frente a eso, podía soportar y vivir con lo que su madre le imponía, enfrentaría cualquier cosa sólo si esos ojos la miraran así siempre.

Ella esbozó una sonrisa por encima de las lágrimas. Daniel se acercó lentamente a su rostro. La noche oscureció los páramos y ellos dos se besaron en calma y silencio.

Regina detuvo el auto en cuanto llegaron al campo. Henry asomó sus ojitos a través de la ventanilla, estaban en un sitio que él desconocía: las caballerizas.

—¡Wow! —exclamó Henry en cuanto vio a uno de los cuidadores arreando un caballo blanco.

—¿Qué te parece, Henry? —preguntó Regina entusiasmada.

—¡Increíble, mamá! Me gustan mucho los caballos.

—Qué bueno, mi pequeño, porque hoy vamos a montar uno —sonrió Regina revolviéndole el cabello.

—¿Qué?, ¿en serio? —Henry pestañeó fascinado.

Regina salió del auto y ayudó a Henry a hacerlo también. Lo tomó de la mano y ambos se encaminaron al campo. Regina saludó al encargado, quien parecía ser la única persona que cuidaba de las caballerizas, y pidió que ensillara un caballo, el mejor de los suyos. Mientras Henry miraba emocionado hacia el corral donde estaban los potros, Regina miró hacia el establo, el olor de la paja recién cepillada y el relinche de los rocines, le traían recuerdos, más de los que hubiese querido. Se quedó absorta, pensando en lo que se obligaba a no pensar. De pronto, la voz insistente del encargado la sacó de sus pensamientos.

—¿Señora alcaldesa? Su caballo está listo.

Regina miró al pardo corcel que esperaba por ella y por Henry. Éste se aproximó a su madre con una expresión de asombro. Era un caballo precioso, tan perfecto como los que ella y su padre habían criado en el establo alguna vez, con la ayuda de Daniel.

La mañana era cálida y aún era la hora en la que el sol calentaba el rostro sin lastimar. Regina ayudó a Henry a montar en la silla y luego lo hizo ella. El pequeño sonreía animado, sin miedo, no podía temer nada si su madre estaba con él. Regina vestía unos jeans y una blusa blanca sencilla, se recogió el cabello en una coleta y parecía mucho más joven, radiante.

—¿Sabes, Henry? Yo alguna vez tuve un caballo. Se llamaba Rocinante.

—¡Oh! ¿Cómo era, mamá? —preguntó el pequeño acomodado entre los brazos de Regina, mientras montaban juntos por el campo.

—Era un caballo sangre pura, del color de un grano de café, que corría más rápido que ningún otro. Me lo regaló tu abuelo.

—¿Extrañas a tu caballo?

Regina contuvo el aliento. Rocinante no sólo era un recuerdo de su niñez, lo era también de Daniel. Las cabalgatas, los días de campo, caminar juntos tomados de la mano, por supuesto que extrañaba todas esas cosas.

—Mami, no te pongas triste —dijo Henry de pronto, cuando vio que Regina se había quedado callada con los ojos más brillantes.

—Oh, no, Henry… Sólo recuerdo lo mucho que quería a Rocinante. Y sí, lo extraño.

—Estoy seguro de que él también te quería mucho.

Regina acarició el cabello de su hijo y continuaron dando el paseo a caballo. Henry disfrutaba enormemente de ese momento, le gustaba ver a su madre así, conduciendo las riendas del corcel sin dudar siquiera, como una heroína de los cómics que le gustaba leer.

En cuanto ambos tuvieron hambre decidieron que era el fin del paseo. Regina descendió de un brinco y cargó a Henry entre sus brazos para ayudarlo a bajar. Se despidieron del encargado y se dirigieron hacia el auto. Irían a casa para preparar el pastel de cumpleaños de Regina.

—Mami, ¿podemos hacer esto siempre?

—¿Qué cosa, cariño?, ¿montar?

—No, estar juntos.

—Sí, Henry, siempre vamos a estarlo.

Algunas veces Regina pensaba en la maldición, y lo hacía a menudo. Pensaba también en el tiempo. Pensaba en Henry. Pensaba en esa nueva vida en Storybrooke y en lo que hubiese pasado de no haber sacrificado lo que más amaba en el mundo.

Su cumpleaños fue un día perfecto, sólo Henry y ella. Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de su "día especial". Por supuesto que recordaba que la misma noche en la que cumplió catorce años se tocaron las trompetas del reino: la reina Eva había muerto y entonces la pesadilla casi había comenzado. Tres años después fue desposada por el rey Leopold, como si todo hubiese sido un plan de Cora.

Regina intentó no pensar más en ello. Cuando acostó a su hijo y lo arropó entre las sábanas, lo miró por unos segundos. Aquel era lo más parecido a un final feliz. Tenía que serlo. Con Henry finalmente había hecho algo bien. Ambos se tenían, el uno al otro. Los tiempos de soledad se habían terminado.

Henry dormía ajeno a los pensamientos de su madre. Ella acarició su rostro: cualquier sacrificio no había sido en vano. Esa vida había sido un nuevo principio, sólo el principio.

Fin.