Gracias a Bells Masen Cullen por betear el capítulo.


Capítulo 9

Después de hacer la llamada, salí del despacho dejándolo tal cual; sólo le pedí a Weber que mandase a los de la limpieza para que se encargaran del vaso y del café derramado por el suelo. Me metí en el ascensor, cagándome en todo cuando Masen entró conmigo. Traté de ignorar su aroma, incluso tapándome la nariz con la mano, pero fue imposible.

- ¿Se encuentra bien, Srta. Swan? – preguntó Masen preocupado, caminando a mi lado hasta el coche.

- Sí.

Llegamos al coche y antes de entrar en él, inhalé profundamente y me llené de valor para hacer el camino hasta casa lo más normal posible. Estaba equivocada, como últimamente; fue igual de horroroso compartir el coche con él. Iba a tener que pedirle que cambiara de colonia o…

- Ya hemos llegado – anunció, sacándome de mis pensamientos.

Se bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta y ayudarme a bajar. Como siempre, en cuanto toqué su mano una corriente recorrió toda la palma subiendo por mi brazo; la aparté rápidamente.

- Señorita Swan – me llamó cuando comencé a andar hacia la puerta de casa. Me giré para mirarlo. - ¿Espero aquí por si quiere ir a algún lugar o puedo ausentarme?

Lo pensé durante unos segundos. ¿Iba a necesitar de sus servicios? No, no creía que fuera a necesitarlo y, si lo hacía, solo tenía que marcar su número de teléfono.

- Puedes irte. – Me giré y comencé a andar de nuevo.

- Hasta mañana, Srta. Swan – le escuché decir antes de meterme en casa.

Tras una larga ducha y un buen plato de comida, me encerré en mi habitación a la espera de que llegara mi invitada. Me metí en el vestidor y ordené mi ropa. Estaba con el cajón de la ropa interior cuando escuché su voz.

- Esas braguitas son muy sexys – observó.

- Tú me las regalaste. – Me giré hacía ella y le sonreí.

- ¿No las has utilizado? – Frunció el ceño y se acercó a mí.

- No he tenido con quien usarlas. – Me encogí de hombros.

- Eso cambiará pronto, muy pronto. – Se acercó más a mí y dejó un beso en mi mejilla. – ¿Qué ocurre, Bells? Me has dejado preocupada con esa llamada de teléfono.

- Vamos a sentarnos en algún lugar cómodo, tenemos que hablar.

Salimos del vestidor y nos sentamos en la cama, una frente a la otra, con las piernas cruzadas debajo de nuestros traseros.

- Habla. – Dijo.

- ¿Qué tal acabaron las cosas con el Sr. McCarty la otra noche?

Tenía que ganar tiempo para ordenar mi cabeza y abordar el tema.

- Bien. – Se encogió de hombros.

- ¿Sólo bien? – Ladeé la cabeza y la miré con una ceja alzada.

- Bueno – se removió incomoda, - pensé que después de menear las caderas durante toda la noche acabaríamos en la cama, pero lo único que hizo fue darme un besito en la mejilla.

La miré durante segundos, tratando de entender qué significaba para ella ser rechazada de esa manera. Cuando sus ojos se abrieron ampliamente, no pude evitar reírme a carcajada limpia.

- ¡Joder, Bella! No es gracioso. – Sus pucheros hicieron que riera más fuerte. – Cuando la niña decida parar de reír, avísame. – Se levantó de la cama.

- ¡Espera! – La detuve agarrándola de la muñeca. – Lo siento, Rose. – Intenté ser convincente, pero era muy gracioso; nadie se resistía nunca a los encantos de mi amiga.

- Sabes tan bien como yo que no lo sientes en absoluto. – Me encogí de hombros y sonreí débilmente. - ¡Oh, por favor! Vete a la mierda, Isabella. – ¡Ouch! Rosalie se había enfadado de verdad. – Suéltame – pidió.

- No. – Negué con la cabeza. – No te vayas, prometo comportarme – dije sinceramente.

- Voy a donde Sue, a ver si me da una botella de algo fuerte para aguantarte el resto de la tarde.

- Trae dos vasos y mucho hielo. – La solté y sonreí como el gato de Cheshire.

- Falsa – dijo antes de abandonar la habitación.

Me dejé caer hacia atrás en el colchón y suspiré. Esto iba a ser difícil de abordar. Cerré los ojos e intenté recordar porqué lo hacía; Rose iba a tener que ser paciente y ayudarme lo más que pudiese. Volví a suspirar y tapé mi rostro con las manos.

Sentí el colchón hundirse y después un culo sentarse sobre mis piernas. Mis manos abandonaron mi rostro cuando Rose las cogió.

- Deja de pensar tanto. He traído alcohol y me vas a decir de lo que quieres hablar.

- Necesito unos tragos antes – pedí.

- Unos tragos para la niña. – Se quitó de encima de mí y se sentó apoyando la espalda contra el cabecero. - ¿Hielo?

- Sí. – Imité su posición.

Me pasó un vaso con un par de hielos y el mejor de mis licores. Rosalie de tonta no tenía nada. Luego decían de las rubias…

Le pegué un sorbo al vaso y sentí como el licor bajaba por toda la garganta hasta instalarse en mi estómago. Menos mal que había comido todo lo que Sue me había ofrecido, sino me iba a coger una gorda.

- Bueno, ya has bebido lo suficiente – dijo cuando llevé el vaso por cuarta vez a mi boca. – Habla.

Le pegué el último trago al líquido, acabándomelo. Dejé el vaso sobre la mesilla y comencé a contarle a Rose.

- Necesito que me enseñes a seducir a un hombre. – Expulsó todo el licor que tenía en la boca y comenzó a toser de manera exagerada.

Golpeé su espalda suavemente para ayudar a que no se ahogara más.

- No me puedes soltar esa mierda mientras bebo – se quejó cuando recuperó el aliento. - ¿Por qué quieres que te enseñe eso? Tú ya sabes cómo hacerlo.

Tenía que pensar muy bien como decirlo sin detallar demasiado y ponerla en peligro. Con mi vida en el punto de mira ya era más que suficiente.

- No quiero tirármelo en la misma noche. – Procedimiento que seguía cada vez que tenía ganas de follar.

- ¿Te… te has enamorado? – Me miró con los ojos abiertos de par en par.

- ¿Qué? – Jadeé. - ¡No!

- ¡Joder que susto me has dado! – Se llevó la mano al corazón. – Entonces…

- Sólo dime cómo hacerlo sin parecer e… esto…

- ¿Una zorra? – Me miró con una ceja alzada y una sonrisa satisfecha en su boca. Me encogí de hombros y le devolví la sonrisa. – Supongo que si quieres hacer eso, es porque has conocido a alguien. – Esperó a que le diera señales pero no me inmuté. - ¿Conozco al afortunado? – intentó de nuevo.

- Sólo quiero unas malditas clases – me quejé.

- ¿Por qué razón? – insistió, cruzándose de brazos.

Que rabia me daba cuando Rosalie se ponía en plan niñata. No tenía por qué contarle toda mi vida. ¡Joder! Aparté mis ojos de ella y enfoqué la mirada en un punto de la pared que había delante de nosotras.

- Soy yo, Bells – susurró agarrando mi mano y dándole un suave apretón. – Sabes que puedes confiar en mí.

¿Qué hacía?

No quería ponerla en peligro; aun no sabía a qué me iba a enfrentar en cuanto lograra saber quién era Edward Masen. Todo me tenía nerviosa y ansiosa a partes iguales.

- Bella. – Con su mano libre cogió mi mentón y giró mi rostro para que la mirara. – Entiendo que no me cuentes cosas de otro… calibre, pero esto… si te gusta un hombre, si…

- Me tiré a Masen.

Los ojos de Rose casi se salen de sus cuencas en cuanto las palabras abandonaron mi boca.

- ¿Qué? – Su voz apenas fue audible.

- Que me he tirado a Masen – repetí.

- ¡Ya te había oído! – Se levantó de la cama y comenzó a caminar por toda la habitación.

Le di unos minutos para que asumiera lo que le había dicho; mientras tanto, me serví otro vaso de licor. De repente Rose se detuvo y me miró con determinación.

- ¿Cómo lo hace? – preguntó ilusionada.

Rodé los ojos e ignoré la pregunta.

- ¡Oh, venga! No pretenderás que después de soltarme… eso, no quiera saber detalles. – Se acercó a la cama y con un salto se subió, sentándose enfrente de mí. – Cuéntamelo todo – ordenó.

- No hay mucho que contar. – Bebí del vaso.

- ¿Dónde, cuándo, cómo...? ¿Quieres que siga? – inquirió alzando una ceja.

- En la fiesta de mis padres, en el despacho de Black y… contra la pared – solté rápidamente.

- ¡Joder! – gritó. – Pero, ¿por qué?

- Tenía ganas. – Me encogí de hombros.

- ¿No se resistió? – Negué con la cabeza.

Nos quedamos unos minutos en silencio, Rose asimilando todos los datos y yo bebiendo tranquilamente del vaso.

¿Tanto le costaba decirme cómo seducir a un hombre sin necesidad de ser una zorra?

Yo sabía hacerlo, pero cuando me ponía a ello iba a lo que iba y, este caso, quería que fuese diferente; quería conquistarlo para después poco a poco sacarle todo lo que pudiese. Esperaba que realmente mi método funcionase.

- ¿Tengo que saber algo más? – preguntó. – Quiero decir, ¿tengo o quiero saber por qué quieres seducir a Masen? Porque supongo que quieres pescarle a él.

- No, no tienes por qué saber más. Y sí, es él al que voy a intentar seducir.

- ¿Temas escabrosos? – Asentí con la cabeza. – De acuerdo – suspiró. – Sólo ten cuidado.

- Lo tendré – contesté muy segura.

- Vale, empecemos. – Sonrió ampliamente y comenzó a darme todo tipo de clases sobre la seducción sin entrar a… matar.

Como cada día, hice mi rutina antes de salir de casa para ir a trabajar. Cuando acabé de desayunar, me enfundé el abrigo y salí para encontrarme con Masen al lado del coche, esperándome con la puerta trasera abierta.

- Buenos días, Srta. Swan.

- Buenos días, Sr. Ma… Edward – me corregí acordándome de las clases de seducción de Rose, aunque eso era más bien para no parecer tan fría.

Me ayudó a entrar en el coche con el ceño fruncido. Cuando se sentó tras el volante, me miró por el espejo retrovisor y preguntó:

- ¿A la oficina? – Su frente seguía fruncida.

- ¿Dónde si no? – Incliné la cabeza hacía un lado y le miré con una ceja alzada.

- De acuerdo. – Apartó la mirada de mí y nos pusimos en marcha.

Cuando llegamos al edificio, aparcó el coche y, a diferencia del otro día, esa vez dejé que me abriera la puerta y me ayudara a salir. En cuanto su mano tocó la mía, la conocida electricidad que recorría mi piel no se hizo esperar. Salí del coche y, sin soltar su mano, comencé a andar; tras un par de pasos, le solté.

Pulsó el botón del ascensor por mí y me miró de reojo. Sabía que estaba confuso por mi forma de actuar pero no le iba a dar explicaciones, que pensara lo que le diera la gana.

Cuando entramos en el ascensor su olor me golpeó tan fuerte como en el coche. Lejos de taparme la nariz o ignorarlo, inhalé profundamente, dejando que mis pulmones se llenaran de aire; me permití sonreír débilmente por su rico aroma. Si fuera algo comestible ya me lo habría comido hace mucho tiempo; aunque pensándolo bien, él tenía algo muy apetecible entre las piernas y…

Detuve mis pensamientos abruptamente. Mi entrepierna ya lo estaba pasando mal por culpa de su fragancia, no quería agravar la situación y hacer que mi húmedo coño se convirtiera en un incendio y violarlo allí mismo. Tenía que ir poco a poco.

Suspiré en cuanto el ascensor se detuvo en nuestro piso. Salí de allí y caminé hasta el escritorio de Weber.

- Buenos días, Srta. Swan.

- ¿Qué hay para hoy? – Pregunté como siempre.

Sólo tenía que fingir con Masen, no iba a cambiar mi forma de ser con todo el mundo.

- Tiene todo en su despacho. – Asentí con la cabeza. - ¿Quiere que le lleve un café? – preguntó antes de que pudiera pedírselo.

- Sí. – Giré sobre mis talones y entré en mi despacho.

Me senté en el sillón y ojeé los papeles que Weber había dejado ahí. Masen seguía de pie al lado de la puerta, supongo que esperaba recibir alguna orden. Alcé el rostro y le miré.

- Puedes retirarte. – Sus ojos no abandonaron los míos cuando caminó hasta la puerta.

Salió del despacho, dejándome a solas. Me metí de lleno en el trabajo; revisé informes, contratos, miré la bolsa, jugueteé con las acciones que tenía invertidas en electrónica y, para acabar, tuve una reunión que me sacó de quicio.

- ¡Mierda de día! – gruñí entrando en el despacho.

- Buenas tardes a ti también. – Mamá sonrió.

- No estoy de humor. ¿Qué haces aquí? – Me senté en el sillón y tiré la carpeta que traía en la mano sobre el escritorio de mala gana.

- ¿Problemas?

- Sí – suspiré cansada. – Estamos teniendo problemas con una construcción y… - me detuve al darme cuenta de que mi madre no entendía de esto. - ¿Qué haces aquí? – volví a preguntar más calmada.

- Hace mucho que no sé de ti y he pensado que podríamos ir a cenar.

- Mamá, estoy cansada y…

- Por favor – me interrumpió. – Por favor. – Sonrió débilmente.

Aparté la mirada de ella y me centré en la pantalla del ordenador apagada. No me apetecía mucho ir a cenar, la reunión me había dejado agotada pero no iba a poder negarme a mi madre; ella tenía razón, llevaba mucho tiempo sin verla y estaría bien hablar con ella de cosas triviales sin preocuparme por el negocio.

- Dame unos minutos y nos vamos – dije.

- Vale.

Salimos del edificio media hora después, con Masen pisándonos los talones. Él mismo nos ayudó a subir al coche y, tras decirle a dónde íbamos, nos pusimos en marcha.

Llegamos al restaurante al que siempre íbamos minutos después. Masen nos ayudó a bajar del coche y caminó detrás de nosotras hasta que cruzamos la puerta.

- ¿La mesa de siempre? – preguntó el anfitrión.

- Sí – respondí.

Nos dirigió a nuestra mesa habitual, un lugar VIP donde estábamos fuera de la vista del resto de comensales. Cuando nos sentamos, vi por el rabillo del ojo como Masen se giraba y se alejaba de nosotras.

- Ma… Edward – le llamé. Él se giró y me miró con la frente fruncida. – Siéntate – le pedí, extendiendo mi mano hacia una silla.

- No creo que…

- Siéntate – le interrumpí.

- ¿Está segura?

- Sí.

- De acuerdo – murmuró.

Se sentó a mi lado izquierdo y, en cuanto lo hizo, mi madre me miró con los ojos entrecerrados; algo se olía. Negué débilmente con la cabeza para que entendiera que no había más que la relación jefe-subordinado. Mamá siguió preguntando con la mirada; la conocía lo suficientemente bien para saber que no se estaba creyendo lo que mi mirada le decía y, tras unos segundos más de nuestra silenciosa conversación, la apartó y rodó los ojos.

Fin del tema.

- ¿Qué tal te está tratando, Edward? – preguntó mamá a un Masen desconcertado.

- Disculpe, ¿qué? – Se enderezó en la silla. Lo miré con los ojos entrecerrados.

¿Qué ocurría?

- Te preguntaba qué tal te trata Bella. – Mamá sonrió.

- ¡Oh! – Me echó una rápida mirada y, tras sacudir la cabeza, habló. – Bien.

- Me alegro de escuchar eso.

Cenamos entre conversaciones triviales. Mamá no paraba de hablar y preguntar, yo sólo me limitaba a contestar a sus preguntas y a asentir cuando tenía que hacerlo; Masen no hacía más que mirar a nuestro alrededor mientras picoteaba de su comida.

Crucé las piernas debajo de la mesa y sin querer golpeé su pierna; él se enderezó por mi pequeño golpe. Lo miré con una disculpa y seguí hablando con mi madre mientras tomábamos el postre. Segundos después se me ocurrió una idea mientras escuchaba parlotear a mamá; sonreí para mis adentros y comencé con el juego.

Me deshice de mi zapato y, con las piernas cruzadas, la derecha encima de la izquierda, llevé el pie hasta la pierna de Masen. Esa vez no me miró ni se sobresaltó; sus ojos no dejaban de mirar su plato del postre y la puerta por la que entraba nuestro camarero esa noche.

Dejé descansar el pie sobre su rodilla derecha y comencé a acariciarle la parte interna de su pierna. Sus ojos cayeron rápidamente sobre mí pero le ignoré y no aparté la mirada de mi madre mientras mi pie seguía acariciando su muslo.

Su mano agarró mi tobillo y lo detuvo justo cuando estaba más cerca de su entrepierna. Aparté un segundo los ojos de mi madre y lo miré de reojo; sus ojos taladraban mi cabeza y su frente estaba fruncida, como había estado a lo largo del día.

Esperaba estar haciendo bien mi trabajo de seducción, porque me estaba divirtiendo mucho y apenas había comenzado.

Retiró el pie poco a poco de su pierna y, antes de apartar su mano, me dio un ligero apretón. ¿Por qué el apretón? No lo sabía. Esperé unos pocos minutos para volver a la carga y, tras tres intentos fallidos, decidí que había sido suficiente por ese día.

Dejamos el restaurante minutos después. Llevamos a mamá hasta casa, ya que había cogido un taxi para ir a mi oficina, y después nos pusimos en marcha hacia la mía.

- Srta. Swan – me llamó antes de que cerrara la puerta de casa. Me giré sobre mis talones y le miré, estaba a un par de pasos de mí.

- Dime.

- No… no creo que… verá, yo… - Alcé una ceja y esperé pacientemente a que dijera algo lógico. – Creo que… - Apartó la mirada de mí y sacudió la cabeza. – Que tenga una buena noche – se despidió de mí.

Se giró y caminó hasta el coche; antes de que subiera, le llamé.

- Ma… Edward. – Alzó el rostro y me miró con sus ojos verdes. – Que tengas dulces sueños – le dije con la voz más dulce que pude.


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