IX

Como muy bien señaló la profesora McGonegall, los señores Black y Potter habían tenido mucha suerte con el hecho de que el curso académico hubiera comenzado en jueves, porque para el viernes a la hora de comer, cuando terminaron las clases de la semana, ya habían hecho acopio de un inventario de fechorías casi inédito en los anales de los últimos cincuenta años.

Para empezar, los impredecibles zapatos de Sirius, y eso que había ido usando los cuatro pares que traía, habían incomodado puntualmente a los cuatro jefes de casas durante sus respectivas lecciones inaugurales. Esto había tenido como primera consecuencia la acumulación de cuatro castigos que tendrían que cumplir, comenzando por aquel mismísimo primer fin de semana. Adicionalmente, estaba la consiguiente merma de puntos. El asunto de la retirada de puntos también tenía su miga: como si una misteriosa regla de matemáticas mágicas rigiera la travesura, cada profesor duplicaba el número total de puntos que retiraba. Para cuando le llegó el turno a Slughorn, el jefe de Slytherin se sintió mágicamente compelido a retirar ochenta puntos, algo totalmente fuera de lugar si se consideraba la trastada de manera aislada, pero muy lógico contemplando la trayectoria de los dos alumnos en los dos últimos días. Por supuesto, los Gryffindor protestaron airadamente, absolutamente convencidos de que había un componente de parcialidad anti Gryffindor ¿Acaso se podía esperar otra cosa de un Slytherin?

No obstante, Horace se dio cuenta de que solamente quedaban veintidós rubíes en el recipiente de Gryffindor, de manera que si aplicaba la sustracción tal y como la había impuesto dejaría el marcador en números rojos, bueno, aunque en este caso solamente en sentido figurado, porque ya eran rojos los puntos de Gryffindor, y concluyó que sería suficiente con dejarlo a cero, de manera que finalmente rebajó la merma en cincuenta y ocho puntos. Los Slytherin – y también los Ravenclaw, aunque éstos no dijeron nada – pensaron que aquello sí que constituía trato de favor. A favor de los Gryffindor, claro está, aunque éstos siguieron voceando airadamente sobre la injusticia del caso. Probablemente, Horace se había ablandado al contemplar la expresión de desolación en el rostro de su alumna favorita, aquella Gryffindor hija de muggles llamada Lily Evans...

Para colmo también estaba Julius Prewett. Quedaron a su merced después de comer cuando una de las escaleras, de manera impredecible, cambió de posición dejándolos arrinconados frente al airado prefecto.

Prewett les dijo que eran una vergüenza para Gryffindor y ellos le respondieron que sólo estaba interesado en ser Premio Anual. El prefecto acabó despotricando lo indecible y se marchó hecho una Furia, mascullando entre dientes amenazas variopintas. James comentó que debería haber estado en Slytherin.

Las dos figuras altas volvieron a encontrarse frente a los cuatro relojes. Susan miró a Narcissa y alzó una ceja.

- Ha comenzado el descrédito... - Murmuró.

- Eso parece.- Contestó Narcissa consultando su reloj. – Bien... espero que el castigo de MacGonegall sea ejemplarizante... del de Slughorn, la verdad, después de lo visto... no espero gran cosa...

Susan esbozó una sonrisa. Narcissa tenía una vena temperamental y explosiva, como buena Black, pero la controlaba muy bien. Al menos, mejor de Bellatrix.

- Bueno, me espera Lucius, te veré más tarde en el dormitorio.

- Hasta luego, entonces.

- Hasta luego.

Susan se retiró por un pasillo lateral. Los enemigos de tus enemigos son tus amigos... Había intimado con Narcissa más que la mayoría de las chicas de Slytherin, aunque tuvieran un pedigrí mágico que se remontara a los mismísimos tiempos de Merlín. Y todo gracias al primito recalcitrante. Susan entonces pensó en Sirius. Hmmmm... tal vez.... sólo tal vez... no fuera del todo un caso perdido...