Se encontraba en un campo de flores, para ser precisos, eran rosas color zafiro. Danzaban alegremente al ritmo del viento, esparciendo su aroma y llenando las fosas nasales del conde.
A lo lejos, se divisaba lo que parecían ser columnas de mármol, eran tres, formaban una media luna y, en el centro de aquella edificación, se encontraba algo, o alguien, no estaba seguro.
Alois miro a todos lados, pero no había nadie más, estaba solo. Entonces se decidió, movió un pie, sin embargo, este le pareció terriblemente pesado. Puso su mayor esfuerzo e intento con el otro. Iba a paso lento, pues resultaba demasiado cansino. No tenía seguridad de que encontraría cuando llegara a su meta, solo sabía que no se detendría por nada. Se dio cuenta que, cuando sus pies tocaban el suelo, las rosas se convertían en jacintos, y aquello, lo llenaba de más fuerza para seguir.
Cuando faltaban solo algunos metros para llegar, allá, casi en la cúspide, que alcanzo con sangre, dolor y dedicación, se detuvo. Sintió que había hecho suficiente y decidió tomarse un descanso. Acostándose en las flores, que poco a poco lo cubrieron, convirtiéndose en rosas otra vez.
Todo su esfuerzo para nada.
—o—
-¿Ya has enviado la carta al conde Phantomhive?- dijo Alois, con su tono de voz más tedioso. Estaba cansado de tanta monotonía.
-A primera hora de la mañana.- respondió Claude. Alois se sentía asqueado, la mecánica voz del mayor ya lo tenían cansado.
-Bueno, de cualquier forma- empezó a hablar, cerrando los ojos, y haciendo un ademán con la mano, como quitándole importancia a las palabras del mayordomo- desde ayer en la noche se debieron enterar que el Vizconde fue atrapado. –hubo un silencio por demás incomodo, que rompía la tranquilidad de aquella mañana invernal. El ambiente se apreciaba tenso, provocaba nervios en el rubio. –Aunque, Claude- se atrevió a decir, esbozando una sonrisa macabra- que bueno que les has enviado la carta, pues, parece que ayer estuvieron… -se levantó de su asiento, haciendo crujir la caoba del mueble. Con pasos atrevidos, se encamino hasta donde se encontraba parado Faustus. No quería vestirse con shorts tan cortos como los que ahora traía puestos, no deseaba caminar de esa forma, se sentía vulgar. –Ocupados.- finalizo, agregando énfasis en esa palabra. Coloco una mano en el pecho del hombre. No podía hacer nada, debía mostrarse así ante todos.
El demonio se apartó con brusquedad de su amo. Hizo una reverencia y salió de aquella habitación. Dejándolo solo.
-Esos son celos. – rumio para si el conde cuando se hubo ido. –y, a pesar de que yo planee todo eso…- las lágrimas se desbordaban de sus ojos celestes, poniéndolos opacos. -¿por qué me duele tanto?-dolía. Pero nada se rompió en su interior, porque ya estaba vació. –Se supone que Claude… iba a sufrir como yo lo hago. –Se puso de rodillas –Quiero verlo doblegarse ante la tristeza… -las finas gotas que brotaban de sus ojos ya formaban un charco de agua salada en sus piernas. Se prometió a sí mismo no llorar ya más por él. No obstante, cayó.
Se puso en pie solo cuando se percató de que ya no quedaba dentro de sí más agua para llorar. Sus piernas temblaban, y las botas llegaron a resultarle molestas. Se las quito como pudo. Jalo los listones morados, liberando de esa forma, sus pies de aquellas celdas color café. Los observo un momento, eran tan blanquecinos que parecían transparentes, pues la luz jamás llegaba a ellos. Ni a su corazón. Al ver las plantas de estos, noto que se encontraban llenas de cicatrices, igual que su interior, por las veces que iba andando descalzo al interior del bosque.
Dejo de prestarles atención, pues en realidad no le importaba en lo mínimo. Cruzo la puerta, saliendo de su estudio. Camino por los interminables pasillos, hasta que llego a donde quería. El sótano.
Aquel lugar, le provocaba onda tristeza, melancolía, y a la vez, un odio infinito.
Paso ahí días llenos de angustia, en los que no tenía idea de cuál sería su destino, ni el de los demás chicos. Eran utilizados como juguetes rotos para satisfacer los más terribles y bajos deseos de un viejo decrepito.
Los mantenían en pésimas condiciones, haciéndolos dormir en camas sumamente apretadas entre sí, casi al ras del suelo, por lo que las enfermedades eran cotidianas, algunas, tan mortíferas, que los niños morían a tan solo un par de días, sufriendo el implacable dolor, retorciéndose en el suelo, implorando piedad a los pies de quienes los atendían, ya que su enfermedad los comía por dentro. Los sirvientes, se divertían con los niños, riéndose de su sufrimiento, mientras los pateaban en la cara, no eran atendidos por médicos.
Otros –muy pocos- contaban con mejor suerte, y eran asesinados para que no contagiasen a los demás.
La muerte por hipotermia era también muy vista, pues los bañaban con agua helada, regularmente por las noches, sin tener compasión de ellos. No les brindaban toallas, se debían secar con el pasar de las horas, no podían secarse con sus ropas, pues estas quedarían empapadas, y solo los dejaría en peores condiciones al no poder taparse con ellas. Cubrirse del frío con las mantas de sus camas no era una opción, ya que no les permitían dormir en ellas si se encontraban mojados.
Algunos, fallecían debido a la inanición. A penas los alimentaban, con cosas echadas a perder, o con las sobras de los sirvientes. Sus menudos cuerpos se tambaleaban, como si fuesen muñecas de trapo que ya nadie quería. Derivado a las peleas que se llevaban a cabo entre los chicos debido a que luchaban por robarse la comida del otro, se provocaban heridas profundas, causando que se infectaran y murieran. Quienes los vigilaban, tomaban cerveza y apostaban quien ganaría.
Todo eso y más tuvo que vivir Alois, observando como todo se podría a su alrededor sin poder evitarlo. Las ocasiones en las que empezaba a entablar cierta simpatía con algún otro pequeño, no lo volvía a ver. Todos morían muy fácil, y eran reemplazados por otros chicos que llegaban de algún recóndito lugar, lamentándose de su suerte.
Existió un momento, en el que se enfadó con el destino al tenerlo vivo aún, ¿por qué nunca se enfermaba? Ya no poseía razones para vivir, deseaba desde lo más hondo de su ser abandonar ese mundo para siempre, convertirse en nada.
Su depresión ya no cabía dentro de él, y pensamiento suicidas comenzaron a llegar, ¿qué pasaría si besaba a un enfermo?, ¿o se internaba en una pelea?, ¿o dejaba de comer?
Paso un lapso conto de tiempo en el que se decidió por probar alguna de aquellas alternativas. La noche antes de llevar a cabo tan siniestro plan, soñó con una araña, que le hizo ver que podía vengarse de todos los que le hicieron un mal.
Esa araña, le brindo nuevas razones para vivir.
-Y la gente mira raro mi devoción a Claude, sin darse cuenta de lo que él en verdad significa para mí.-susurro, alejándose ya de esa oscura parte de la mansión. –Él fue quien me hizo renacer, no puedo simplemente vivir sin él, porque prácticamente, ya no tengo una vida, si no es para ese demonio, mi alma ya no posee objetivo alguno. – hablaba solo, nadie lo escuchaba.
Trancy empezaba a dudar que su mayordomo en algún momento supiera lo que significaba en la vida del conde, que este llegaba más allá de simplemente cumplir su venganza.
Dudaba que Claude supiera que era Su alteza.
Retrocedió el camino que hizo para llegar a ese putrefacto lugar, instalándose de nueva cuenta en su despacho.
-Lo esperábamos, la cena está servida, amo. – dijo la voz de Hannah desde la puerta.
-¿Cena…?- pero si era aún temprano cuando bajo. Saco del bolsillo su reloj, confirmando que efectivamente ya era entrada la noche- entiendo, bajaré en un momento.
La comida siempre le resultaba molesta, le fastidiaba sentarse en aquel comedor, rodeado por su turba de sirvientes, que se dedicaba enteramente a observarlo y atender todos sus mandatos, ¿qué no tenía voluntad propia? Seres como ellos le repugnaban.
Claude se encontraba a su lado derecho, los trillizos al izquierdo. Hannah no estaba.
-Hah -rio para sí el rubio. Ciel nunca sería de Claude.
Ante todo, el conde evitaría que eso ocurriese. Si a él le arrebataron la felicidad, ¿por qué no dañar la de los demás? Aunque mucho no podría hacer, pues estaba seguro de que Sebastián no permitiría ni sobre su cadáver que Faustus tuviese la dicha de devorar el alma de Phantomhive.
Alois Trancy solo podía intentar acrecentar el sufrimiento de Claude Faustus.
Y, en el fondo, no estaba satisfecho con eso, sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer?
-¿Por qué…? – susurro con un hilo de voz. Enfurecido, tiro la comida que apenas había degustado sobre la cara de Claude Faustus, y salió disparado del lugar. Se sintió culpable, no lo quería lastimar. Fue al jardín, quizá oler el aroma de las flores lo distraería de su miseria, de su funesta vida.
Era ya tarde, y la luz de luna que lograba colarse entre las densas nubes iluminaba aquel hermoso jardín. El sonido abrumador de la brisa golpeando los arboles acompañaba a la elegante danza de algunos pétalos que se desprendían de los jacintos. Entre aquel espectáculo, el conde se encontró frente a la demonio, que parecía ida viéndole, se acercó un poco, internándose en medio de las flores, a unos cuantos metros de la mujer, que lucía más bella que nunca. Su plateado cabello se mecía al compás del viento.
-Joven amo…- extendió su brazo, indicándole con ese gesto a que se acercara más. Este, aunque reacio al principio, se dejó envolver en los brazos de la albina. –Nos hace tan felices tenerlo aquí… -apoyo su cara en la cabeza de rubio, aspirando su aroma con dulzura.
-¿Nos?- pregunto extrañado el conde, mirándola ahora a los ojos. Un ojo, él le arrebato el otro.
Hacía ya algún tiempo, que Alois permitía que ella lo viese a los ojos. Pero solo cuando estaba de buen humor. Jamás fue comentado por ellos, era como un acuerdo en silencio.
-Sí.- contesto con simpleza, deshaciendo el abrazo delicadamente. –Amo, ¿le gustaría quitarme el vendaje?- pregunto, con su fina y melodiosa voz.
-¿Por qué debería?- intento sonar firme, sin embargo, la culpa lo invadía, no creía poder soportar el ver lo que hizo.
-Sería todo un honor para mí.- dicho aquello, las manos temblorosas de Alois desprendieron poco a poco las vendas, tan lento, que parecía que no iba a terminar hasta el día siguiente.
Y se llevó una gran sorpresa, al encontrarse el ojo índigo de la morena intacto. Se miraron un largo rato. En el que el más bajo se cuestionó si las orbes de la mujer eran azules o grises.
-Ya no se sienta culpable. Nunca me quito la vista, ¿ve?- su sonrisa maternal lo reconforto.
-Lo veo.- contesto, intentando ocultar su felicidad. Un peso pareció irse.
-Amo… ¿le gustaría escuchar una historia? – este solo asintió. Ella se sentó en el pasto, y él recargo su cabeza en las piernas de su sirvienta. –Es mi historia…-el viento se llevó sus palabras, pasado un momento, continuo- nuestra historia…
-Nuestra…- Alois no dijo más, se limitó a escuchar el relato.
-Hace algún tiempo, solía vivir como un Demonio, únicamente existiendo para devorar almas humanas. Sin embargo, empecé a aburrirme de la monotonía de mi vida. Todos los días la misma rutina… Hasta que una noche, de alguna manera fui invocada por un niño excepcionalmente feliz, siempre con una sonrisa en el rostro, tenía una compasión más grande que nadie. Contaba también con un gran aprecio a su hermano, al que consideraba "Su Alteza", al apoyarlo en su idea de que todas las personas que los habían maltratado debían ser eliminadas. Era tan grande su cariño hacia su hermano que llego tan lejos como para dar su alma a cambio de que se cumpla el deseo de su hermanito, con tal de que él fuese feliz.
Al principio, me sorprendió que ese pequeño ser me llamase, entonces le pregunte:
-¿No me tienes miedo, o a la muerte?
-Claro que sí. –Me respondió, con la voz casi a punto de romperse.- estoy totalmente aterrorizado.
-Entonces, ¿por qué me has llamado?
-Porque solo tú puedes conceder el deseo de mi hermano mayor. Y eso me pone muy feliz.
Me extrañe por su comportamiento, sin embargo, termine por aceptar. Paso el tiempo, y ese niño hizo que por primera vez en mi larga y aburrida vida como demonio, sintiera lo que es "querer". Pues poseía un alma tan pura y llena de amor por su hermano.
Solo existía un impedimento, y era que debido al contrato mi deber era cumplir su deseo.
Llego el día, los gritos de las personas no cesaban, todo era color rojo. La muerte se olía por doquier. Incendie la aldea en la que vivía junto a su hermano.
Al terminar mi trabajo, me encontré el cuerpo moribundo de aquel chico, me dio las gracias por cumplir el deseo de su hermano. Nunca había visto a alguien que agradeciera por tomar su alma.
Cuando lo hice, llore por primera vez. Y al instante me arrepentí por haberlo hecho, sentí tanto remordimiento… no obstante, aquello ya había sido, no podía dar la vuelta y revertir lo que ocasione. Lo único que pude hacer para compensar aquello fue adoptar los sentimientos del niño como propios, guardando la esencia de Luka Macken dentro de mí.-dejo de hablar unos momentos, para que el rubio procesara todo aquello.
-Ha-hannah…- la voz del chico se rompió, y las lágrimas brotaban de sus ojos. Por fin sabía la verdad.
-Por eso, Alois Trancy, lo amo, y deseo cumplir sus deseos hasta el final. Usted, es mi Alteza- finalizo Annafellows.
