¡Hola! ^^ Antes que nada quiero disculparme por no contestar vuestros reviews, pero sigo agradeciéndolos con todo el corazón. Si no tenéis inconveniente, puedo hacerlo vía MP ^^ El problema es que me llega notificación de reviews al correo (y los leo, pero los borro -los correos- porque los rewviews suelo releerlos después en esta página para contestarlos) pero luego no los veo en la página hasta que no subo el siguiente capítulo y no sé qué contestar XD. Espero que me comprendáis, de todos modos os los agradezco mucho :)) Y si me dais vía libre, contestaré por MP :)

Bueno, espero que os guste este capítulo en el que por fin se avanza algo! ^^

Capítulo 9

Había temido el resto de la semana que Magnus cancelara sus planes aún inconcretos. No volvió a ponerse en contacto con él aquel día ni recibió nuevos mensajes suyos hasta el mismo viernes por la mañana. Solo había una hora y un centro comercial. Ni siquiera un saludo o una esperanza de que las cosas irían bien.

¿Era posible estropear una cita antes de acudir a ella?

Había pasado gran parte de su tiempo de los últimos días con Lydia. Era un alivio tenerla a su lado, ya que no hacía muchas preguntas ni se entrometía en su vida. No le preguntó por qué estaba tan callado de repente o por qué parecía de mal humor, como si había hecho Isabelle en incontables ocasiones. Lydia simplemente hablaba con él sin que ninguno de los dos se viera especialmente involucrado. Y eso le gustaba.

—No la soporto más –estalló Isabelle entrando en su habitación de repente.

Alec, que ya estaba acostumbrado, ni siquiera se inmutó. Llevaba diez minutos parado delante del armario abierto tratando de elegir qué ponerse. ¿No era absurdo? Tampoco tenía muchas opciones, pero nunca antes se había estresado tanto por algo.

El enfado de su hermana desapareció al instante y fue mudado por una expresión de desconcierto que materializó alzando una ceja.

—¿Qué haces?

—No sé qué ponerme.

—¿Vas a salir?

—Sí.

—¿Con Jace? ¿Por fin ha conseguido hablar contigo? No dejaba de quejarse de lo esquivo que estás últimamente, pero me alegro si lo habéis podido hablar.

—Con Magnus.

No tenía secretos con Isabelle. No era como si pudiera. Y sabía que tarde o temprano, ella se enteraría y, además, se enfadaría si no se enteraba por él. Mejor ahorrarse el escándalo.

—¿Magnus Bane?

—No creo que haya muchos más Magnus en el instituto –repuso Alec.

Isabelle cruzó la habitación hasta sentarse en la cama. Se cruzó de piernas y lo miró con ojos inquisitivos, entrecerrados en busca de más información.

—¿Es una cita o algo así?

—Algo así.

—¿Estáis saliendo?

—¿Qué? –Por fin dejó de mirar el caótico montón de ropa en el que consistía su armario y se volvió hacia ella-. No… No lo sé –rectificó-. Tenemos algo, pero no sé muy bien qué es.

—¿Te gusta?

¿Le gustaba? Magnus le desconcertaba, le robaba el aliento, le aceleraba el corazón y lo volvía un completo estúpido. Pero nunca se había parado a pensar si le gustaba.

—Creo que sí –respondió lentamente.

—¿Más que Jace?

—Ya basta, Izzy, ¿me estás haciendo el tercer grado?

—¡Solo estoy emocionada! –Se levantó de un salto con una reluciente sonrisa-. Nunca te he visto salir con nadie, es más, nunca te he visto interesarte en alguien que no sea Jace. Y eso me hace muy feliz.

—¿Por qué?

—Porque los dos sabemos que Jace no es una opción. Y aunque lo fuera, jamás te arriesgarías. Y tú no puedes estar esperándolo toda la vida, porque eres el hombre más guapo, bueno y sensato que hay sobre la Tierra. Y sería un desperdicio que te quedaras soltero. –Le acarició la mejilla con cariño-. Así que espero que tu cita vaya perfecta, que Magnus sea capaz de ver todas esas cosas y de que tú empieces a valorarte mucho más allá de Jace.

Alec solo fue capaz de sonreír, conmocionado por las palabras de su hermana. Siempre se habían llevado bien, y él guardaba un profundo amor por Isabelle, pero nunca había sabido cómo expresarlo. Izzy siempre había sido mejor que él para esas cosas.

—¿No sabes qué ponerte? –continuó Isabelle-. ¡Yo te ayudo!

—Izzy… -cortó su entusiasmo-. Esto no puede salir de aquí, ¿de acuerdo?

—Pero si todos saben que-

—Me da igual. Esto es entre tú y yo, ¿me lo prometes?

—Esto es entre Magnus y tú, Alec –lo corrigió Isabelle con una dulce sonrisa-. Pero sí, te lo prometo… si a cambio, tú me lo cuentas con todo lujo de detalles.

Alec puso los ojos en blanco. Sabía que hacer tratos con Isabelle no era bueno para él.

Isabelle había desordenado aún más su armario para, al final, recomendarle unos vaqueros normales con una camiseta azul oscuro de manga larga y una chaqueta blanca que Alec ni siquiera recordaba haberse puesto alguna vez. Además, había añadido, «el color blanco se ve un poco raro en ti, así que quítate la chaqueta en cuanto puedas, solo es para que tengas algo a juego con las zapatillas», lo cual no había sabido cómo interpretar.

Supuestamente, había quedado con Magnus en la entrada del centro comercial. Había llegado cinco minutos antes de la hora acordada y él no estaba allí. Estaba nervioso. Lo había estado toda la semana. Pero antes era una expectación y emoción difíciles de contener, ahora era un sudor frío que le recorría por todas partes. No estaba acostumbrado a esto. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que había ido al cine sin su familia. Solía ir con Izzy y Max, siempre para ver películas de dibujos. Algunas tardes quedaba con Jace para ir al gimnasio y tomar algo después. Pero nada más. Nada de citas. Se sentía raro, como si no fuera él quien debiera de estar allí.

Pero tampoco quería irse. Sabía que había herido a Magnus la última vez que se habían encontrado y quería disculparse y compensarle como fuera. No le gustaba la frialdad con la que le había mandado su último mensaje aquella mañana. Ni le gustaba la ausencia de noticias suyas. Podría haberle escrito él para solucionar su silencio, pero le había aterrado la simple idea de que Magnus no contestara.

Igual que le aterraba la idea de que no apareciera.

Pero sí apareció. Dos minutos tarde, Magnus llegó con un abrigo largo del mismo color que la camiseta de Alec, pantalones blancos y cinturón rojo a juego con la elegante camisa que llevaba. Una bufanda dorada y plateada colgaba a ambos lados de su cuello y le llegaba por debajo de la cintura, con los flecos de la tela moviéndose al compás de sus piernas.

De nuevo, todas las emociones a una vez lo golpearon e invadieron, haciéndose dueñas de su capacidad de raciocinio. Magnus se detuvo frente a él con una flamante sonrisa y sus felinos ojos clavados en los suyos.

—Qué puntual –comentó Magnus.

Sonaba como siempre, como si no estuviera enfadado.

—No me gusta que esperen por mí –respondió Alec encogiéndose de hombros.

—Cualquiera esperaría por ti, cariño –dijo Magnus alegremente-. Y a nadie le importaría hacerlo.

¿Eso era un halago?

Alec carraspeó incómodo y sonrojado, pero sonriente.

—¿Qué película quieres ver? –decidió cambiar de tema.

—Me da igual, no creo que le haga mucho caso de todos modos.

Le guiñó un ojo y pasó por su lado hacia la entrada del centro comercial. Alec respiró profundamente intentando calmarse antes de seguirlo. Debía controlarse, no era posible que Magnus consiguiera aquel efecto en él en menos de un minuto.

Escogieron la película que antes comenzaba, sin tener muy claro cuál era el argumento. Alec no se enteró ni siquiera cuando la estaban viendo. Había demasiadas peleas, explosiones y sangre como para enterarse de lo que estaba ocurriendo. Solo era consciente de la presencia de Magnus a su lado, de sus alargados dedos entrelazándose lenta y disimuladamente con los suyos, y de su voz acariciadora en el oído, susurrándole alguna tontería que le hacía reír nervioso.

No era como si el torbellino de emociones desapareciera. El miedo, la expectación, la desesperación por sentirlo más cerca y el pánico por estarlo demasiado, seguían confundiéndolo y dificultándole la respiración. A veces, cuando los dedos de Magnus acariciaban el dorso de su mano, sentía que su corazón latía con más fuerza que el volumen de la película. Pero podía olvidar todo eso durante unos instantes, o convivir con ello, si solo se centraba en quien estaba a su lado, en su voz, en su tacto, en su compañía. No eran sensaciones que le desagradaran, después de todo. Comprendía que era algo que venía con Magnus, porque era el único que se lo provocaba. Y podía soportarlo si así era.

No estaba muy seguro de cuál había sido el final de la película, pero tampoco era una información que necesitara.

Tras el cine, Magnus sugirió merendar en el mismo centro comercial y Alec aceptó la idea encantado. No sabía mucho sobre citas, pero suponía que aquellos pasos eran elementales. Se dirigieron a una pequeña heladería y se sentaron uno frente al otro en una mesa alejada de la puerta. Magnus se había pedido un extraño helado de pistacho y Alec, que tenía delante de él una copa de un clásico helado de chocolate, no pudo ocultar su asco mientras el mayor se llevaba una cucharada de la verdosa sustancia a la boca.

Dándose cuenta, Magnus sonrió divertido.

—¿Quieres probarlo?

—No creo que me atreva.

—Debes ser más aventurero, Alexander. –Hundió la cuchara en el helado y dirigió el cubierto hacia Alec-. Vamos, pruébalo, te gustará.

Alec hizo de tripas corazón y se inclinó sobre la mesa para llegar hasta la cuchara tendida hacia él. Cerró los labios alrededor de la cuchara, sintiendo el helado deshacerse rápidamente en su lengua. Sentía la ávida mirada de Magnus sobre él y se apartó rápidamente, ocupando una posición normal contra el respaldo de su silla.

—¿Y bien?

—Asqueroso.

Magnus rió para nada ofendido, llevándose la cuchara completamente vacía hasta los labios, cubriéndola con ellos de todos modos.

Alec bajó la mirada, avergonzado, y revolvió su propio helado antes de llevarse una gran cantidad a la boca. Hacía frío fuera, pero de todas formas el helado no era más que una excusa para alagar su tiempo juntos. Escuchó la risa de Magnus de nuevo, y alzó la mirada hacia él.

—Creo que nunca te he dicho cuánto me gustan tus ojos –comentó Magnus despreocupado, como quien habla de tiempo-. Pero no sé si decírtelo supondría ir demasiado rápido.

—¿Te estás burlando de mí?

—¿Qué? Claro que no. Me gustan tus ojos de verdad. Son extraordinarios.

—No… no lo decía por eso. –Empezaba a formarse un nudo en su garganta, que ni lo dejaba hablar ni respirar. Nunca se acostumbraría a ser el receptor de ese tipo de palabras-. Parece que te tomas a broma lo de ir muy rápido. Puede que tú estés acostumbrado a estas cosas, pero yo no, por lo que para mí no es solo una broma.

—Para mí tampoco. Si lo fuera, no tendría tanta paciencia contigo, ni aceptaría cada condición que me pones. Al contrario, quiero que te sientas cómodo, pero esto también es nuevo para mí, así que no sé muy bien qué puedo hacer y qué no.

—Yo no quiero limitarte. Solo… di y haz lo que quieras.

Magnus sonrió una vez más, pero no parecía haber alegría esta vez.

—No digas cosas de las que luego te puedas arrepentir.

Alec le devolvió la sonrisa, concentrado en su helado para no tener que mirarlo.

—¿Lo dices por lo que ocurrió en el instituto? Lo siento. –Decir esas dos palabras fue como quitarse un gran peso de encima. Volvió a mirarlo; Magnus lo escuchaba con atención-. Lo siento mucho. Como te acabo de decir, todo esto es nuevo para mí y…

—¿Sabes? Nunca he escondido quién soy, nunca me he avergonzado de lo que he hecho y nunca me he arrepentido de mi pasado. –Sonrió resignado, con un profundo suspiro-. Pensaba que tampoco lo haría por ti. Pero lo haré si es lo que quieres, aunque no estoy de acuerdo. No estamos haciendo nada malo, ¿o tú crees que sí?

—No, por supuesto que no.

—Entonces no te avergüences de ello. No te avergüences de ti, Alexander.

—Solo necesito un poco de tiempo. –Dejó escapar una risa nerviosa y ahogada-. Aunque ya te lo haya pedido.

—Bien, pero que no sea mucho. Quiero presumir de novio.

¿Novio? El terror debió reflejarse en su cara porque Magnus soltó una sonora carcajada.

—Era broma, estábamos poniéndonos muy serios.

Alec rió con él. En realidad, no sonaba tan mal eso de ser su novio. Simplemente le aterraba lo contundente que parecía ser.

Continuaron sentados en la heladería mucho tiempo después de haber terminado sus helados. Sin saber muy bien cómo, Magnus había empezado a hablarle de sus impresionantes vacaciones de verano en las que viajaba cada año a un lugar diferente. Y Alec lo escuchaba fascinado, viendo ante sus ojos las anécdotas que el mayor le contaba. Jamás pensó que Magnus, a quien siempre había tomado por un muchacho simple cuya única motivación era la de emborracharse en fiestas, pudiera ser tan interesante. Conocía tantas cosas que Alec se preguntaba en ocasiones por la veracidad de lo que le contaba. Pero era imposible no creerle. Era como si sus palabras dibujaran en el aire los hechos que narraba. Y Alec se veía completamente sumergido en su voz, en su compañía, en su espacio, olvidándose del resto del mundo.

Cuando salieron del centro comercial, ya había anochecido, y los últimos coletazos del sol se perdían por el horizonte. La luz anaranjada del cielo se transformaba lentamente en un rojo oscuro que daba paso a la noche. El frío también estaba más presente entonces, obligando a Alec a cerrarse la chaqueta, pese a los consejos de Isabelle.

Aunque habían hablado durante toda la tarde, ahora el silencio reinaba entre ellos mientras se alejaban del edificio en el que habían pasado toda la tarde. Alec quería decir algo, cualquier cosa, para que no tuvieran que separarse ya. Pero era tarde, y suponía que en algún momento tenía que acabar.

—¿Hoy no tienes ninguna fiesta? –preguntó despreocupado, solo por romper el silencio.

—No suelo ir a fiestas que no sean mías. Quiero decir, nadie tiene mi estilo, son todas un aburrimiento.

—No sabría decirte, solo he ido a las tuyas y a las fiesta de cumpleaños de Max.

Magnus arqueó las cejas, interrogante.

—Mi hermano –aclaró Alec-. Mi hermano pequeño.

—No sabía que tuvieras un hermano. Isabelle y tú parecéis tan unidos, es raro pensar que hay otro Lightwood en la familia.

—Solo tiene nueve años, es normal que no lo veas mucho con nosotros. Pero hacemos cosas juntos.

—¿Se parece a ti?

—No mucho.

—Qué pena.

—¿Intentas ligar con mi hermano?

Magnus se echó a reír.

—Solo pensaba que habría sido bonito tener otro como tú en el mundo. –Alec no dijo nada, demasiado avergonzado como para encontrar palabras coherentes que añadir a ese comentario. Magnus sonrió comprensivo-. ¿Tienes algo urgente que hacer?

—¿Eh? No… Mañana no hay clase, así que no tengo prisa.

—Genial. ¿Cenamos juntos, entonces?

Alec ni siquiera se lo pensó antes de aceptar.

Cosa de la que después se arrepintió al darse cuenta de que cenarían en casa de Magnus. Los muebles habían sido devueltos a su posición original: el sofá de cuero en el centro de la amplia estancia, el mueble de la televisión en frente y una pequeña mesita de cristal entre ambos. También había una llamativa alfombra redonda brillante a los pies del sofá que desentonaba con el resto de la decoración.

—Ponte cómodo –dijo Magnus dejando las llaves sobre la mesa-. Voy a pedir una pizza, si te parece bien. Mi arte culinario es exquisito, pero hace tiempo que no hago la compra.

Alec se sentó en el sofá y Magnus desapareció tras la puerta que separaba en dos el ático. La familiaridad con la que reconocía cada rincón lo retrotrajo hasta el fin de semana anterior. Saber que Magnus estaba en su habitación lo llevó al recuerdo de la caricia de su mano sobre su cuerpo, aún si había sido tan delicada que apenas la había sentido. Aún ahora parecía quemar sobre él.

Cerró los ojos y disipó aquellos pensamientos de su mente.

Magnus regresó, dejó el móvil junto a las llaves y se sentó a su lado resuelto.

—¿Cómo es que vives solo? –preguntó Alec, recordando que no había saciado su curiosidad la semana anterior.

—¿Has leído Harry Potter?

—¿Estás cambiando de tema?

—Harry fue criado por sus tíos en la más absoluta miseria y después descubrió que sus padres le habían dejado una fortuna antes de morir. Bueno, mis abuelos no fueron tan crueles conmigo, pero cuando cumplí la mayoría de edad, me largué.

—¿Quieres decir que tus padres están…?

—Muertos, sí. Pero no pongas esa cara de pena. –Magnus sonrió tranquilo-. No puedes echar de menos lo que nunca has tenido.

—Supongo que tienes razón. ¿Pero puedes mantener todo esto solo con su herencia?

—Cobro entradas por mis fiestas, ¿recuerdas? Y aunque me supone un costo considerable montarlas, lo recupero con creces. No es solo vicio, es negocio.

Alec rió por la fingida seriedad con la que hablaba.

—Un negocio curioso.

—Así te darás cuenta de lo importante que eres para mí. –Se acercó un poco más a él y pasó un brazo por el respaldo del sofá tras Alec-. Hoy no he hecho fiesta por ti, lo cual significa que estoy perdiendo dinero.

—¿Lo siento?

—No lo sientas. –El rostro de Magnus se acercó al suyo. Podía distinguir el brillo de sus ojos, su perfecto maquillaje un tanto corrido, el ligero sudor que perlaba su frente. Podía sentir su respiración. Podía embriagarse de su dulzón aroma, tan hechizante como resultaba Magnus en cada poro de su piel. Y podía seguir el lento movimiento de sus labios al hablar, tan próximos a los suyos… pero no lo suficiente. Nunca parecía ser suficiente-. No tienes por qué sentirlo. Me gusta estar contigo.

Colocó dos dedos bajo el mentón de Alec, reteniendo su rostro junto al suyo. Aún si hubiera querido, le habría sido imposible apartarse. Pero no quería, porque todo en lo que podía pensar era en que seguía demasiado lejos y lo necesitaba un poco más cerca. Los ojos de Magnus lo escrutaban pidiendo permiso, y Alec cerró los suyos para concedérselo. A oscuras, sin ser consciente de nada, no podría arrepentirse más tarde. Podría fingir, ridículamente, que no lo esperaba.

Pero lo esperaba. Y cuando los labios de Magnus se unieron a los suyos, un electrizante estremecimiento sacudió todos sus sentidos. Su cuerpo se paralizó pero su corazón parecía a punto de estallar. Nunca había sentido nada parecido. Tampoco nunca antes había besado a alguien. Así que siguió los movimientos de la boca ajena con torpeza, separando sus labios cuando Magnus pareció exigírselo con el beso. Fue lento, delicado, torpe, sobre todo, pero al mismo tiempo fue tan idóneo como podría haberlo imaginado.

Nunca había fantaseado con besar a nadie, ni siquiera a Jace. Nunca se había preguntado cómo sería. Pero sabía que no lo habría adivinado. Al principio, se había sentido un tanto extraño, demasiada humedad en su boca. Pero a medida que sus labios se amoldaban a los de Magnus, se acompasaban a los suyos y la extrema calidez lo envolvía, sentía que podría estar besándolo toda su vida si no necesitara respirar.

La urgencia se hizo más intensa. Las manos de Magnus se posaron a ambos lados del cuello de Alec, quien, a su vez, no tenía ni idea de qué hacer con su cuerpo. Comprobó entre sus labios, erráticos y casi desesperados, lo mucho que Magnus se había estado conteniendo por él. Pero le gustaba el deseo que derrochaban sus labios sobre los propios, le gustaba ser el objeto de ese deseo y no se arrepentía de haber derrumbado los límites.

Magnus se separó lentamente de él, ambos jadeantes en busca del aire perdido. La intensidad que descubrió en los ojos ajenos paralizó momentáneamente el corazón de Alec. Nadie nunca lo había mirado así y sintió por ello unas repentinas y absurdas ganas de llorar.

—¿Debería disculparme yo? –murmuró Magnus. Sus labios rozaban los de Alec al hablar.

Alec cerró los ojos, embriagado por aquel contacto, echando ya de menos la presión de su boca contra la suya. Sonrió con un suspiro, el aire parecía no llegar a sus pulmones.

—Ni se te ocurra –fue su única respuesta antes de volver a besarlo.