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IX
GINNY POV
Durante las siguientes tres semanas intenté mantener mi cabeza enfocada en el trabajo… y Harry seguía viviendo conmigo. Al parecer esa tal Saville había invadido su departamento y se había quedado a vivir en él, según información entregada por Neville —que ya había salido del hospital hacía dos semanas—. Por supuesto Harry tuvo que dar explicaciones de que estaba viviendo con alguien más ya que su amigo no lo había encontrado en su respectivo domicilio. Agradecí que no le dijera con quién ni mencionara mi nombre. Suficiente tenía con el escándalo de Michael como para que me ligaran de inmediato a otro chico que vivía en mi casa. Pero no podía quejarme, Harry era un buen inquilino y había prometido pagar el arriendo de su habitación que yo no pensaba cobrarle. Un ingreso extra siempre era bienvenido.
Sin embargo, algunas noches eran largas y otras más cortas. A pesar de mis intenciones por seguir adelante la reminiscencia de Michael seguía presente en mi vida. Aún costaba volver a casa y encontrarme sin él y sin sus deliciosas cenas. Me era imposible imaginar que seguía su vida sin mí —por muy ególatra que sonara aquello— y que entregará toda esa atención a la traidora de Emily.
Simplemente me costaba aceptar que estaba sola y que no hubiera nadie esperando por mí.
Traté de olvidarme de Michael durante la última semana para poder enfocarme en la creación de los patrones para el vestido que quería doña Minerva. Si el de Giorgina era diseño de relojería el de ésta mujer me iba a dejar miope con todas las cosas que quería ponerle. Desperté súbitamente encima de la mesa de diseño de mi taller en el departamento. Tenía que trabajar al menos en la pechera y ni siquiera tenía listos los patrones. Miré el reloj de pulsera, eran las tres de la mañana, la primera prueba era en dos días… Y no tenía nada.
Me refregué la cara con las manos. Estaba a punto de rendirme. Tal vez Hermione tenía razón, estaba volando demasiado alto. No podía hacer esto sola, ni si quiera sabía si lo podría terminar en el plazo que la mujer necesitaba. Y para empeorar la situación, la feliz pareja ya había puesto fecha a aquella bendita boda, sería a mediados de Septiembre y Hermione ya había elegido el diseño que quería para su vestido. Luna se quejó de que no fuera en verano, pero la novia quería casarse en una vieja capilla al sur de Gales cuyo paisaje en otoño se bañaba de hojas.
Bufé frustrada, moría de sueño, pero si no acababa con esos patrones no podría comenzar con la creación de ese vestido al otro día.
Fui hacia la cocina para prepararme un café. El departamento estaba en silencio y la habitación de huéspedes vacía. Harry debía estar trabajando en el bar… suponía. A medida que se acercaba el verano el bar tenía más gente y también llegaban más turistas. Cuando me iba a trabajar él aún no despertaba, y por la noche yo llegaba tarde y el ya se había ido. Así que prácticamente era como volver a vivir sola.
Me serví un café cargado y me apoyé contra la mesada. No podía soportar más el cansancio, mis ojos pesaban una tonelada. Di una cabeceada cuando se me cerraron los ojos y me quedé súbitamente dormida, el café se derramó un poco y di un salto por el susto al sentir el agua caliente contra mis piernas.
—¡Mierda! —grité adolorida. Quité un poco de papel para secar y lo coloqué sobre mi pantalón de piyama para que se absorbiera. Por suerte no estaba hirviendo. Suspiré con frustración justo en el instante que la puerta se abría. Con el sueño y la estupidez rondando mi cabeza salté del susto cuando escuché a alguien entrar y pegué un grito. La luz de la sala se encendió y vi a Harry mirarme con los ojos como dos grandes platos.
—¿Qué mierda te pasa?, ¿por qué gritas?
Me llevé la mano al corazón y controlé mi respiración.
—Disculpa, no quería gritar.
—Pero lo hiciste —dijo mirando mis pantalones mojados —. Oye, eso se hace en el baño.
No entendí de inmediato hasta que me di cuenta que tenía mojada la entrepierna con café, morí de vergüenza al instante sintiendo la cara roja, pero finalmente reí.
—Eres un idiota —dije dejando la taza de café a medio tomar dentro del fregadero. Salí a su encuentro, sus ojos se enfocaron especialmente en mi cara—. ¿Qué pasa?
—Te ves horrible —confesó abiertamente. Sentí unas ganas terribles de asestarle un combo, pero por suerte para él, ya lo conocía como para saber que su honestidad siempre alcanzaba un tono de broma malévolo.
—Gracias, tú no estás mejor —dije observando claramente el cabello revuelto y la ropa desaliñada, como si se hubiera quedado dormido con lo puesto—. ¿Qué fue lo que te ocurrió?
—Yo pregunté primero.
Rodé los ojos, la luz me dañó la vista causándome molestias para mantenerlos abiertos.
—Técnicamente, no fue una pregunta. Fue una observación y bastante poco caritativa.
—Mis observaciones son honestas, querida —bufó—, ya, anda, cuenta. ¿Qué te tiene con cara de muerta?
Arrugué la nariz.
—Trabajo en los patrones de la Señora Mcgonagal.
—¿La ricachona? —preguntó. Yo asentí—. Esa mujer te tiene hace tres semanas trabajando en ese nefasto vestido, deberías mandarla al diablo e irte a adormir.
Fruncí el ceño.
—Es una clienta Harry, no puedo dejarla así nada más, ella confía en mí —dije caminando hacia el pasillo, él me siguió.
—Sí, pero esa pasa arrugada cambia de idea todas las semanas, así nadie puede trabajar —dijo. Me sorprendí de que hubiera puesto atención a las cosas que le dije la última vez que lo vi, que fue hace más de una semana. La mujer había cambiado el diseño más de tres veces, siempre cuando tenía los patrones listos.
—Así son los clientes Harry —dije deteniéndome en la puerta del taller, él me miró.
—Pero es tu vida —dijo bostezando—. No duermes bien hace varios días, y sí, lo sé, te escucho dar patadas y quejarte todas las noches —agregó cuando iba a abrir la boca—. Yo llego tarde, pero alcanzo a dormir y tengo todo el día para descansar. Pero tú Ginny, ni siquiera te veo llegar, no puedes dejar que te exploten de esta manera, y lo peor es que tú misma te haces esto, podrías mandar a la mierda a esa mujer.
—Es mi trabajo Harry… y soy responsable.
Él levantó los hombros. Fue difícil intentar pasar sus palabras por alto. ¿Él había notado que yo estaba trabajando todas las noches?
—Entones consigue una asistente. Si tienes más clientas como ella no vas a tener tiempo para hacer el vestido de Hermione.
La espalda se me congeló. Habían dos grandes razones en ese argumento que me ponían el cuerpo de piedra, faltar a mi palabra con mi mejor amiga y conseguir a una asistente. Recordé inmediatamente a Emily y cómo había terminado todo por culpa de ella. Michael volvió a mi cabeza y mis ojos hicieron lo posible por llorar, aunque bien me dolían por el cansancio. Harry lo notó.
—¡Olvídate de lo que sucedió, Ginny! ¡Ha pasado casi un mes! Michael no va a volver ni va a dejar a Emily. —dijo adivinando precisamente lo que estaba pensando—. Disculpa que me comporte como cabrón pero alguien tiene que hacerte ver la realidad. No arruines tu trabajo. O renuncias a la pasa vieja, o contratas a una asistente. ¡Deja de comportarte como una cría! La solución está en tus manos. Punto.
Me quedé con la boca abierta. No dijo nada más, se giró y entró en su habitación. El pasillo quedó en penumbras mientras observaba dentro de mi taller el desastre que había dejado sobre la mesa. Eché la cabeza hacia atrás. No tenía más opción: Debía contratar otra asistente. A fin de cuentas, ya no tenían nada más que quitarme.
…
A la mañana siguiente llevé a la oficina mi laptop. Si quería comenzar a buscar asistente tenía que mentalizarme en volver a tener a alguien más trabajando conmigo y compartiendo mis ideas. Debía ser sincera. Odiaba la ayuda, me gustaba trabajar sola, siempre creí que mi mano era mejor que la de muchos otros y no me agradaba que hubiese gente con quien compartir ese talento. Pero Harry tenía razón, si quería dormir y tener tiempo para el vestido de mi cuñada, necesitaba a alguien que me ayudará con el trabajo y para eso debía ocupar parte de mi tiempo en conseguirlo, aunque eso supusiera demorar con las primeras costuras del vestido de Mcgonagall.
Para el medio día ya había solicitado asistente a tres universidades. En alguna debería de haber un pasante interesado en ganar algo de dinero. En el intertanto había cortado y aplicado algunas telas en el busto donde iba a trabajar el vestido de mi clienta rompe culos. Sí, había pasado de dulce viejecita a vieja de mierda en menos de tres semanas. Suspiré recostándome contra la única silla que había en mi pequeño taller. No daba más de sueño y tenía que terminar, ese sería otro largo día, no llegaría temprano a casa y probablemente cenaría un pote de tallarines instantáneos.
No acababa de cerrar los ojos un instante cuando el clásico sonido que identificaba a mi madre en el celular me hizo dar un salto y caer de la silla. Algunas cosas se vinieron conmigo abajo, incluyendo el celular que me cayó sobre la cabeza.
—¡Mierda! —exclamé adolorida. ¿Han notado ese dolor agudo en la coronilla cuando se golpean con la punta de algo? Bien, esa sensación fue acompañada con un ligero aturdimiento—. ¿Hola? —contesté con los ojos llorosos por el dolor.
—Ginevra.
—Madre —saludé en su mismo tono, frío y distante. Esperé un segundo y me levanté ayudándome con el apoyo de la mesa —¿Hola? —pregunté de nuevo. Tal vez se había equivocado y no pretendía hablar conmigo. Reí imaginándome a mi madre intentando inventar alguna excusa para colgar la llamada. Aunque siendo como era, simplemente habría cortado.
—Ginevra, tenemos que hablar.
¡Mierda, mierda!
—¿Qué?, ¿de qué?
Honestamente me intrigaba lo que mi madre quisiera hablar conmigo. Pero era extraño que después de tres largas semanas sin saber de la vida mutua de ambas se dignara a llamar. Mi ego pidió a gritos una disculpas por su forma de haberme tratado en el almuerzo de compromiso, pero mi madre era demasiado orgullosa (y me odiaba bastante) como para admitir que se le había pasado la mano.
—Mañana, a la una, en la cafetería de *Harrods.
—¿Cómo dices?, no puedo, tengo que traba…
—¡Mañana a la una Ginevra, no faltes!
Por supuesto cortó la llamada. Mis ojos quedaron viendo la pantalla del celular por largo rato. Estupendo, simplemente estupendo. Harrods no quedaba lejos, de hecho estaba en pleno centro, en Knightsbridge, me quedaba a un par de estaciones de metro. Mi madre siempre aspiró a una Elite más alta y Harrods lo representaba. La cafetería del lugar no tenía nada que un *Costa no tuviera, pero si pertenecía a Harrods, era alcurnia.
Emití un par de quejidos, Mcgonagall llegaría temprano por suerte, pero eso implicaba correr… y ponerme un vestido y tacones. Odiaba los vestidos. No podía aparecerme en presencia de mi madre sin uno de ellos, aunque los almuerzos familiares implicaran ropa deportiva. Si iba a Harrods era porque tenía que decirme algo importante y por ende, tenía que esmerarme en un bonito vestido que probablemente tacharía de inapropiado y horrible, como siempre.
Desgasté toda mi energía gritando a los cuatro vientos como una niña pequeña, emitiendo quejidos y balbuceos. Odiaba los almuerzos con mi madre y lo peor, es que sospechaba que querría hablar de Michael. ¡Dios, Michael!
Aquel pensamiento me hizo recordar a Emily, que me derivó a la contratación de la asistente, que por consecuencia me llevó al vestido de Mcgonagall. Miré el busto donde colgaba una escueto pedazo de tela negra con algunos cortes, nunca terminaría esa mierda a tiempo. Necesitaba a alguien que me ayudara.
Quise despejarme. Tapé el busto con la sábana para no verlo más y salí del taller con rapidez. Cerré con llave y apenas me di vuelta, ¡paf!
—Disculpe, no…
—Hola linda —la voz gruesa de Dean me derritió por un segundo. Dios, ese hombre era gigante, había chocado con su pecho, duro como una tabla de surf. Me separé lentamente sintiendo la cara roja.
—Perdona Dean, no te vi —dije demasiado animada para no sonar como una boba estúpida. Él rió y sus dientes blancos destellaron contra su piel chocolate. Ese día vestía un conjunto color arena y llevaba un sombrero Fedora del mismo tono. Parecía salido de una película de los años veinte en Nueva Orleans.
—¿Vas a almorzar?
Asentí mecánicamente. No estaba en mis planes comer algo, tenía el estómago revuelto, pero temía que si abría la boca saliera un mugido.
—Sí… sí, ¿tú?
—Voy también —rió—. ¿No quieres acompañarme? Yo invito.
Mis rodillas estuvieron a punto de colapsar. Si mi madre supiera que iba a almorzar con aquel espectáculo de hombre estoy segura de que se habría derretido también y exigido un anillo en el proceso. Por suerte mi cerebro logró conectarse con mi lengua para poder hablar con algo más de claridad que con monosílabos.
—¿Qué? No…no te preocupes. Yo puedo pagar mi…
—¿Qué dices? Deja que te consientan linda, será un placer invitarte y disfrutar de tu compañía —dijo galante.
Mi cerebro se desconectó antes de que emitiera un suspiro como los dibujos animados cargado de corazones. Logré tomar un poco más el control de la situación y sonreí plácidamente.
—Cielos… gracias —dije encantadora y sin tartamudear. Felicité a mi cerebro por aquella jugada—. Está bien, acepto tu invitación.
Sonrió ampliando aún más su sonrisa y se hizo a un lado invitándome a pasar con su brazo. Lo sentí caminar detrás de mí y fue inevitable reír como idiota mientras no me mirara a la cara.
Me era difícil pensar que hacía tres semanas estaba en una relación de cinco años y que en esos instantes estuviera saliendo a almorzar con el chico más guapo de todo el edificio. El recuerdo de Michael crujió en mi interior. Recordé las ácidas palabras de Harry que no hacían más que recordarme la verdad: Michael no iba a volver. Miré hacia atrás y Dean volvió a sonreír. No, Michael no volvería, pero tal vez podría darme un tiempo de conocer y dejar que alguien más ocupara ese lugar que quedó tan dañado en mi corazón. Sentí mis mejillas calientes, pero ninguna imagen en particular invadió mi cerebro. Me sorprendí al darme cuenta que esa sensación venía acompañada de bienestar y de protección, como si mi cuerpo se preparara a sentir aquello en el momento que encontrara al hombre indicado.
Decidí que por ese día iba a disfrutar. Olvidar el vestido, olvidar a Mcgonagall, a mi nueva asistente y a Michael, y me enfocaría en ese almuerzo con Dean.
...
Esa noche llegué a una hora decente al departamento. El almuerzo había sido intrigante, especialmente porque me mantuvo el resto del día con la cabeza en cualquier lado menos en mi trabajo. Dean me había propuesto salir un día. No supe qué decirle en el momento porque me atraganté con un pedazo de pan. Siempre hacía el ridículo en momentos que debía mantener la compostura. Extrañamente, no supe qué decir. Creí que sería fácil aceptar su propuesta, pero no pude. La primea vez que Michael me invitó a salir sentí mil mariposas en el estómago, esta vez, no obstante, no sentí más que impresión. Fue una sorpresa que Dean se fijara en mí para invitarme a salir. Podía admitir que me sentía alagada, pero creo que esperé toda la tarde por las mariposas y nunca llegaron. Me sentí como una idiota cuando lo rechacé utilizando la escusa de que acababa de terminar y que no estaba lista para salir de nuevo, aunque él insistió en que fuera una salida de amigos, en fin…
Me arrojé sobre el sofá y cerré los ojos. Aunque la cabeza la había dejado en el restaurante, por suerte supo funcionar mecánicamente cuando trabajé en los detalles. Logré avanzar lo suficiente para tener la pechera lista, al menos para presentarle a Minerva un adelanto decente.
Cené algo ligero —un pote de tallarines instantáneos, ¿no les había dicho? — , avancé en los últimos patrones para las mangas y finalmente me fui a dormir a la una de la mañana, mejor que en otras ocasiones, y Harry aún no regresaba, para variar.
Caí inconsciente apenas mi cabeza tocó la almohada y no desperté hasta que el despertador cayó de mi velador de tanto sonar. Ni siquiera lo había escuchado.
Esa mañana me levanté con los nervios de punta, de alguna manera mi subconsciente se encargó de recordarme que tenía una almuerzo con mi madre, así que soñé con ella y sus críticas. Me duche y refregué cada zona del cuerpo hasta que dolió. Por suerte cuando salí del baño un delicioso aroma dulce invadió mis sentidos y me olvidé por un segundo del ardor en mis costillas, Harry debía de estar cocinando el desayuno.
Busqué entre mis cosas y encontré un vestido floreado que me llegaba unos diez centímetros por encima de las rodillas con un corte redondeado en la zona de la espalda. Lo compré en Forever21 por quince libras, era ajustado hasta las costillas y abierto hacia abajo como una campana. Me hice algunos rizos en las puntas del cabello con un rizador viejo que Luna me había regalado, me coloqué unos pendientes de perla, algunos brazaletes en los brazos y maquillé mis labios y pestañas. Me sentía horriblemente disfrazada, pero sabía que así al menos podría manipular el comportamiento de mi madre.
Finalmente elegí unos zapatos verdes con taco reina que tenían la punta abierta. Sufrí como condenada cuando me los puse. Pasar de mis queridas zapatillas de *Primark a unos Gacel no valían el dolor de pies. Pero me seguía auto convenciendo de que lo hacía por mi madre, para que dejara de joder.
Escogí un bolso pequeño y salí de mi habitación. El aroma nuevamente me dejó extasiada y mis tripas sonaron.
—¡Buenos días! —saludó un animado Harry. Cuando me asomé por el pasillo lo vi vestido con un delantal de cocina que me había regalado Luna y que tenía dibujada una mujer desnuda con ligas, y que por supuesto tenía muy escondido entre mis cosas. Me sonrojé, pero preferí omitir algún comentario.
—Hola —saludé con una sonrisa— ¡qué bien huele! —Entonces me percaté de que me miraba fijamente mientras me acercaba a la mesada— ¿qué?
Movió la cabeza y dio una sacudida al sartén que tenía en sus manos. Estaba haciendo panqueques y al parecer también había preparado las salsas para el relleno.
—Te ves bien —dijo entonces cuando se acercó con las tortillas listas y las depositó sobre un plato. Lo miré con sorpresa.
—Gracias —dije levantando los hombros. Me seguía sintiendo vestida como alguien que no era yo—. Pero no me verás así muy seguido.
Se sentó frente a mí y cogió un panqueque. Me miró de reojo y sin saber por qué, me cohibí.
—Es una lástima, tienes buenas piernas.
Me sonrojé hasta la médula. Inevitablemente junté las piernas bajo la mesa como en un intento absurdo de ocultarlas.
—¿Cómo puedes decir eso así como así? —solté sin querer, me sonrió de costado y entonces me asusté. Me asusté de verdad porque…. Porque sentí mariposas. ¡Mierda!
—No estás acostumbrada a que te halaguen —dijo bebiendo jugo de naranja con extremada calma—, no lo tomes personal, soy tu amigo y soy sincero. Tienes buenas piernas, buen culo, buen cuerpo… deberías saber lucirlo. Eres diseñadora, ¿ese lo hiciste tú?
Mi cabeza colapsó con el "buen culo". Lo quedé mirando fijamente mientras procesaba lo ambiguo de la situación.
—No… lo compré —dije sacudiendo la cabeza. Volví de inmediato a mi plato para servirme un bendito y estúpido panqueque. Tenía que salir de ahí lo antes posible.
Me volvió a mirar de reojo mientras comía el suyo. Rió despacio y me dio un leve golpe con el puño en el brazo.
—No te pongas nerviosa, no te estoy coqueteando Ginny —rió. Me sonrojé de nuevo y me sentí estúpida. Repentinamente estaba enojada y ya no tenía hambre. No sabía por qué, simplemente pasó y todo se resumió a que quería salir de su vista cuanto antes.
Me levanté de la mesa con el panqueque a medio comer en mi boca, me coloqué una chaqueta negra que había cogido del armario y el bolso en el codo. Sentí sus ojos sobre mí, pero no quise mirarlo, no quería mirarlo, y mierda, estaba enojada. ¿Por qué? ¡NO SÉ!
—¿Ya te vas? —preguntó con la boca llena de comida. No quise girarme a verlo.
—Tengo que llegar temprano, la pasa vieja llega a las nueve.
—Son las ocho, Ginny, te demoras veinte minutos en llegar al centro, ¿qué vas a hacer tan tempra…?
—¡Tengo que ordenar! —me giré con violencia, mis piernas temblaban, mis manos sudaban y no ayudaba que siguiera mirándome con esos ojos curiosos que solo causaban en mí una rabia increíble, ¿por qué? —. Ten… tengo que dejar todo listo para cuando ella llegue… y después está el almuerzo con mi madre, y…
—Espera, espera —dijo levantándose de la silla, su ceño se había fruncido— ¿almorzarás con la arpía?
—¿Por qué crees que me disfracé como Grace de Monaco?, ¿para ir a una fiesta de disfraces?
Harry estalló en una carcajada y se acercó a mí. Vestía su piyama bajo el delantal, si es que se le podría llamar así a una camiseta negra con el cuello en "V" y unos pantaloncillos claros que dejaban poco a la imaginación. Desvié la mirada a otro lado. ¿Es que no tenía consideración o respeto por otros?
Sentí sus manos sobre mis hombros, me volteé a verlo sorprendida, su semblante estaba tan serio que me puso más nerviosa.
—Por favor, no dejes que te haga daño —pidió en un susurro, parpadeé sin dar crédito a lo que escuchaba—. No dejes que te rompa, que te disminuya. Eres mucho más de lo que ella cree… de lo que tú crees. No dejes que arruine lo bueno que hay en ti.
Mi corazón se estrujó con aquellas palabras y ésta vez sí que me dieron aganas de llorar. Recordar las humillaciones de mi madre y su falta de afecto solo me hacía notar lo poco valiosa que era como persona. Pero entonces, ahí estaba él, recordándome lo contrario.
—No lo haré —dije muy poco convencida con una sonrisa falsa.
Él achicó los ojos.
—Eso espero —dijo alejándose. Tomó un paquetito café de la despensa y me lo entregó— hice Muffins, para que tengas algo que cenar en la tarde. He notado que apenas ingieres algo cuando trabajas.
Recibí la bolsa con la boca abierta y con el corazón martilleando frenéticamente. No entendí por qué, creo que fue porque era un detalle sumamente encantador digno de un amigo que podría considerar mi hermano… aunque aquella idea incrementó la rabia de hacía un instante.
—Gracias —dije sonriente. Me encaminé hacia la puerta, sentí sus ojos en mi espalda. Solo quería salir de ahí. Qué ironía… querer arrancar de mi departamento, ¡Dios!
—Ginny —me llamó. Apenas había puesto la mano en el pomo. Me giré lentamente, él estaba en medio de la sala con los brazos cruzados y con aquel atuendo que le hacía ver las piernas demasiado largas—. No te ves como Grace de Monaco… te ves mejor. Tu madre no podrá hundirte esta vez.
Tragué saliva en seco, pude ver una sonrisa socarrona en su rostro. Asentí y salí arrancando de ahí. Me sentía estúpida, idiota cuando llegué al primer nivel. Y lo peor, es que las mariposas no se habían ido… ¿Qué mierda me había pasado?
Notas
Bien, esta relación es algo torpe. Lamento mucho si entran en desesperación, aunque ya pronto habrá un acercamiento. Recuerden que Ginny sigue dolida por Michael, después de todo una relación de cinco años no se olvida tan rápidamente. Hay que hacerlo real, denles tiempo para que se descubran.
Pero ¿no los encuentran adorables así de torpes y todo? Porque yo sí jaja
Algunos detalles del capítulo:
*Costa: Es el Starbucks de Inglaterra, y es mil veces mejor.
*Primark: Es una tienda que está en casi toda Europa y es demasiado, DEMASIADO barata.
*Harrods: Es una de las tiendas más antiguas y top de Inglaterra.
¡Gracias por leer!
Kate.-
