Disclaimer: D! PowerPuff Girls Z y sus personajes no son de mi pertenencia.

Nota de Autora: ¡Hola, gente! ¿Cómo fue su semana? ¡La mía fue muy atareada! Aquí se está terminando el año escolar, y estoy poniéndome al día con trabajos y notas que me hacían falta, así que esa es la razón de por qué me demoré tanto en actualizar, ¡lo siento mucho! Y también siento que el chapter anterior haya sido tan corto, por lo que he hecho este un poco más largo, pero el siguiente será mucho más largo, ¡pasé las 3000 palabras! Es un récord para mí.

¡Enjoy!


Chapter 9.

Se sentó en las bancas y miró a su alrededor; el gimnasio ya estaba totalmente vacío y ya no se oía ningún ruido, ni allí ni en la escuela, ya que la mayoría de los estudiantes se había ido ya. En un rincón, junto a las gradas en las que habían estado los estudiantes visitantes desde Seishin, descansaba un balón naranja de Baloncesto. Fue hacia allí y lo cogió con cierta delicadeza. No era el balón con el que habían marcado el último tanto, porque Butch se había encargado de que aquél balón quedara para él, aunque el balón que tenía en las manos en esos momentos al parecer también permanecía al chico, ya que, escrito con marcador verde, pudo leer "Butch N."

—Qué idiota.

Rodó los ojos, incapaz de comprender por qué ese tipo parecía volverse cada día más fastidioso para ella de alguna manera. Era como un niño, pensó. Pero a ella de todas formas le valía madres, por lo que, haciendo rebotar el balón, dio unos pasos en la cancha del gimnasio y marcó un tanto desde su posición. Elevó los brazos y se felicitó a sí misma en silencio. Fue a por el balón y lo cogió nuevamente. Un escalofrío recorrió su espalda; acaba de ser realmente consiente de que estaba tomando algo que le pertenecía a ese salvaje, el mismo salvaje que había tratado de besarla dos veces el mismo día, a pesar de sus amenazas, que por lo general espantaban bastante a los que se atrevían a siquiera tocarla con otras intenciones. Frunció el ceño y resopló, y cuando estaba a punto de soltar el balón, Butch apareció en su campo de visión. Al parecer, acababa de salir de las duchas, porque llevaba el cabello negro húmedo y atado en una pequeña coleta y ya estaba vestido con ropa normal.

—Pero, ¿qué haces, niña? —Butch se acercó a ella con paso molesto— No puedes tocar este balón con tus pequeñas manos de duende así como así.

Kaoru arqueó una ceja, un tanto indignada.

—No me llames duende —le riñó enojada— Y yo toco lo que se me de la gana.

—Ah, ¿sí? —le dijo, y le trató de arrebatar el balón de las manos, pero ella se lo impidió— Pues mi balón no.

—¿Tu balón? —repitió, burlona— El que le hayas puesto tu nombre no quiere decir que sea tuyo.

—Ag, el que le haya puesto mi nombre quiere decir justamente eso —le explicó, un poco exasperado de no tener el balón en sus manos—, que es mi balón, de Butch, ¿entiendes?

—No, creo que no entiendo —sonrió de medio lado— El balón podría llamarse simplemente Butch, aunque ponerle un nombre tan feo a un balón tan lindo...

—Escúchame, Matsubara —le dijo en tono severo mientras la miraba molesto— ese es mi puto balón, y tiene mi nombre en él, y me vale un real huevo si entiendes o no eso del nombre, así que me lo vas devolviendo ahora.

—Ag, Butch, eres un egoís... —Kaoru suspiró y soltó el balón de pronto— ¿Sabes? Estoy de bastante buen humor para dejar que tú lo arruines, así que allí tienes tu porquería de balón. Y cuando termines lo que sea que estés haciendo, ve a Pizza's Todd, la mayoría del equipo ya está allá para celebrar.

La morena se dio media vuelta con expresión de pocos amigos, cogió su bolso de deportes que estaba sobre las gradas y se encaminó a la salida del gimnasio ya vacío.

Butch la miró caminar con paso enfadado. Era obvio que en parte sí le había quitado su buen humor. Un buen humor que era raro ver en ella, ya que no la había visto antes alentando y gritando tan animadamente como cuando lo hizo antes de que acabara el partido, cuando él era el que tenía el balón en las manos. Sintiéndose de alguna manera complacido, la miró durante unos segundos más, viendo casi hipnotizado como su cabello negro se mecía de un lado a otro sobre sus hombros. Antes de seguir pegado mirando su cabello, Butch sacudió la cabeza y se aclaró la garganta.

—Oye, Matsubara.

Kaoru se detuvo cuando acababa de abrir una de las puertas del gimnasio, y soltando un suspiro de pesadez, se dio vuelta lentamente, preparándose para tener una discusión con el chico, algo que parecía haberse hecho costumbre.

—¿Qué quieres? Si es porque te llamé salvaje durante el juego, tienes que saber que es solo la verdad, incluso tú...

—Gracias por alentarme de esa manera en el partido —le dijo con sinceridad, a lo que Kaoru alzó ambas cejas— Bueno, al equipo, creo. Como sea, gracias. Estoy seguro que serás una muy buena Manager.

—Ah, bueno... Pues de nada, hombre —sonrió un tanto incómoda, sin saber realmente qué responder a lo que había dicho el muchacho.

Ambos se quedaron en silencio, sonriéndose el uno al otro. Hasta que Kaoru notó lo extraño de la situación.

—Umh, creo que debería irme ya —Kaoru carraspeó y retrocedió un poco— Y tú también, no creo que quieras que se acaben las pizzas.

Butch le sonrió de manera engreída y metió sus manos en los bolsillos de sus jeans.

—No te preocupes, si eso pasa los haré a todos comprarme una pizza para mí solo.

—Ya, claro —Kaoru sonrió burlesca—, ¿y cómo harás eso, exactamente?

—Soy un salvaje, ¿no? Puedo obligarlos.

Dejando escapar una última risa, Kaoru salió del gimnasio de la Escuela. Butch sonrió por última vez y soltando el aire que había mantenido sin saber por qué en los pulmones, cogió el balón que la chica había dejado caer. No le haría mal hacer unas cuántas canastas más antes de ir a celebrar el triunfo contra los chicos de Seishin.


Dio una vuelta en su cama, tratando de evitar los rayos de sol que se colaban por su ventanal, pero al no poder evitarlo, abrió los ojos con dificultad y soltó un gruñido molesto: había tenido una pesadilla, una horrible pesadilla donde ella era una pelota de baloncesto y aquel salvaje era el que la lanzaba hacia todas partes e incluso trataba de besarla, por muy descabellada que fuera la idea de besar a un balón. Sacudió la cabeza, espantada, mientras oía el sonido de su móvil retumbarle en los oídos.

—Quién diablos llama a estas horas... —agarró el móvil que estaba sobre su mesita de noche y miró en la pantalla una foto de Momoko haciendo una mueca graciosa— ¿Qué demonios quieres? ¿Sabes qué hora es?

—¿Estabas durmiendo? ¿Sabes tú qué hora es?

—Eh...

—¡Son las dos de la tarde!

Alejó un poco el móvil de su oreja antes de que la pelirroja continuara gritando.

—¿Y eso qué?

O sea, ¿hola? ¿Si quieras recuerdas que nos habíamos puesto de acuerdo para almorzar juntas en el Restaurant L'Astrance?

—Eh, n... ¡Ah, sí! Pero era a las do... —se golpeó con la palma en la frente y se levantó con rapidez de la cama— ¡Mierda, lo siento, me quedé dormida!

—No me digas —dijo en tono molesto— Eres una irresponsable, Kaoru, siem...

—¡Vale, nos vemos allá!

Lanzó el móvil sobre su hombro, sin importarle donde cayera, y corrió hacia su baño para tomar una ducha rápida. En cuanto salió con una toalla blanca alrededor del cuerpo y con el cabello negro goteando agua, corrió hacia su armario y se vistió lo más rápido que pudo. Una vez lista y ya peinada, cogió la cazadora verde militar que estaba sobre su silla de escritorio y salió de su habitación. Bajó las escaleras, esquivando a su hermano pequeño, que se quedó enfurecido gritándole y recogiendo las galletas que ella había lanzado al suelo sin darse cuenta. Salió de su casa y se decidió por el autobús, ignorando las continúas llamadas de Momoko. Diez minutos más tarde, estaba bajando en la parada de autobús que estaba en frente de un gran restaurant decorado con el tema de París, con grandes ventanales y con sillas, mesas con sombrillas grandes a las afueras del lugar y flores de diferentes colores.

—¡Kaoru, por aquí!

Caminó hasta la mesa en las que estaban sentadas sus amigas. Se quitó la cazadora verde que llevaba puesta y la colgó en su asiento, y se sentó para coger y beber el refresco de Miyako, que se enfurruñó cuando la morena se lo quitó. Kaoru le dio un sorbo y puso al instante cara de desagrado.

—Ewg, ¿qué es esto? —cuestionó mirando el largo vaso con un liquido amarillo con hielo dentro— Sabe horrible.

—Es té helado —le informó la rubia y tomó su refresco de vuelta, un poco ofendida— A mí me gusta.

—Pésimos gustos —sacudió la cabeza y sacó la lengua antes de mirar a su alrededor— ¿Y bueno, ya pidieron?

—Solo pedimos cosas para beber —le dijo Momoko, que bebía de su malteada de chocolate— Acordamos esperarte a ti.

—Ow, qué lindas —cogió la carta del menú que tenía a su lado y comenzó a hojear las comidas que habían—. Dios, todo se ve demasiado delicioso.

—¡Dije lo mismo! —exclamó Momoko, repentinamente emocionada— ¡Y ve la sección de pasteles y dulces, es como el paraíso!

Pidieron la comida, y pasados unos minutos, tenían la mesa llena con lo que habían pedido las tres, que ya estaban preparadas para devorar todo lo que sus estómagos les pedían.

—Esto es de-li-ci-o-so —comentó la pelirroja, y después miró de reojo a Miyako, que comía alegremente— Entonces, Miyako, ¿cómo te fue en la audición? Aún no nos has dicho nada.

—Ah, en la audición —dio un suspiro repentino antes de beber de su té helado—. Una chica me dijo que lo había hecho muy bien, pero yo opino que ella lo hizo mejor.

—¿Una chica? ¿Cuál chica?

La rubia se quedó en silencio unos segundos, tratando de repasar las características de la muchacha que le había hablado el día anterior en la Academia; recordaba cómo era, e incluso recordaba que se le hacía un poco conocida, pero el nombre de la chica se había borrado de su cabeza. Miró a sus amigas y se encogió de hombros, dando a entender que no sabía.

—No recuerdo su nombre, la verdad.

—No importa cómo se llame, dudo que lo haya hecho mejor que tú —Kaoru sonrió positiva desde su asiento— ¿A cuántas chicas dijiste que aceptarán en la Academia?

—Solo a tres —respondió, un tanto afligida— Y eran once chicas las que estaban dando la audición, es muy poco probable que quede, tengo que reconocerlo.

—¡No seas tan negativa, Miyako! —le regañó Momoko con el ceño fruncido—¡Tú realmente eres buena!

—¡Es cierto!

—Gracias, chicas —les sonrió con sinceridad y bebió de su té helado, un poco más animada— Y bueno, ¿y a ustedes cómo les fue ayer en el juego? Tengo entendido que los Jaguares ganaron.

—¡Ah, sí! —Momoko saltó en asiento, entusiasmada— ¡Hubieses visto cómo jugaba Brick! ¡Un Dios, Miyako, un Dios!

—Cállate, Momoko —Kaoru rodó los ojos y miró a la pelirroja como si estuviese loca— Hubieses visto mejor cómo estaba Momoko, toda demente allí gritando. Un caos.

—Claro, como yo fui la loca que se subió a la banca a gritar toda maniática para alentar al tipo que dice odiar...

Kaoru se atragantó con el pedazo de albóndiga que estaba comiendo y se llevó una mano al pecho, poniendo cara de horror, provocando que Miyako riera por su reacción y que también la mirara un poco incrédula.

—¿Estabas alentando a...?

—¡No... Ag... No lo digas! —le dio un gran sorbo a su refresco y tomó una gran bocanada de aire— Olvídate de eso, Momoko, y tú, rubia, olvídate de que lo escuchaste, olviden todo, ¿de acuerdo?

—¿Realmente alentaste a Butch? ¿Al nombrado Salvaje por ti? —Miyako soltó una risotada impropia de ella, acompañada de Momoko— ¿Al que dices odiar?

Kaoru miró al cielo y cerró los ojos, se tapó el rostro con las manos y comenzó a sacudir la cabeza; quería morir en aquel momento, y de paso matar a esas dos, pero matarse ella sobre todo por no haber pensado bien lo que había hecho en aquellos instantes, y solo haberse dejado llevar por el calor del momento. Sus dos mejores amigas se reirían de por vida de ella.

—¡Me había comenzado a sentir mal, ¿vale?! —les dijo, avergonzada— Todos los estaban apoyando y... ¡No lo sé! Sentí que también debía apoyar al equipo, aunque fuese en los últimos segundos.

—¿Aunque fuese Butch? —repitió la rubia, sorprendida— Debiste haberte sentido bastante mal, eh.

—¡Agg, ya cállense, solo olvídenlo!

La rubia y la pelirroja comenzaron a reír aún más, mientras que Kaoru se arrepentía enormemente.


El timbre que anunciaba que las clases se acababan ya había sonado, y él, que llevaba un tiempo buscándola por los pasillos de la escuela, la vio por fin saliendo del salón de Literatura cargando con un montón de hojas y con sus coletas de siempre un poco caídas. Sintiéndose un poco nervioso sin saber por qué, formó una sonrisa y se acercó a la muchacha, que caminaba con paso recto en el pasillo, tratando de no chocar con nadie en el camino mientras leía las hojas que tenía en las manos.

—¿Por qué siempre que me encuentro contigo estás cargando un montón de hojas, rubia?

Miyako dio un respingo y se detuvo cuando Boomer apareció a su lado sin previo aviso. Casi había hecho que le diera un infarto.

—No hagas eso —le dijo, y continuó caminando con Boomer a su lado— Me has dado un susto.

—Perdona, creo que no debo aparecer de la nada —sonrió un poco avergonzado, y cuando recordó la última vez que vio a la rubia, se avergonzó aún más— Oye, sobre lo del otro día...

—¿El otro día?

—Yo... Bueno, soy un poco idiota, ¿vale? Y... Y, era una apuesta, ¿de acuerdo? Yo por lo general soy muy serio y nunca hago esas cosas con las pelotas, yo solo bromeaba...

La rubia de coletas lo miró pestañeando, sin recordar realmente de lo que hablaba el rubio.

—Lo siento, Boomer, pero aún no sé de qué hablas.

—¿No? —su cara se iluminó de repente— ¡Ah, eso es fantástico! Ag, d-digo...

—Mira, tengo que irme ahora mismo, ¿hablamos mañana, sí?

—¿Qué? ¡No! O sea, ¡sí! ¡Ah, quiero decir no! Dios, espera un poco, necesito hablar contigo.

Miyako se le quedó mirando un poco sorprendida mientras se detenía para mirarlo un tanto extrañada.

—¿Hablar sobre qué?

—Es sobre —el rubio se pasó una mano por el cabello— tu amiga pelirroja, ¿Momoko, no?

Esa vez, Miyako se sintió aún más sorprendida, e incluso se permitió elevar ambas cejas.

—¿A ti te intere...?

Boomer captó lo que quería decir la rubia antes de que ella terminara la frase y casi se atora con su propia saliva.

—¡No, no es eso! —se apresuró a aclarar, alarmado— O sea, no digo que sea fea, es linda y todo p-pero no es mi tipo, las de mis tipo son más como... —le envió una mirada significativa a la de coletas, que siguió mirándolo sin entender—. Bueno, eso no importa. La cosa es que estoy haciéndole un favor a un amigo.

—¿Y ese favor tiene que ver —entrecerró un poco los ojos— con Momoko?

—Bueno, sí. Y él quiere saber cosas acerca de ella porque, ya sabes, el amor, las hormonas, lo que sea.

—¿Qué amigo?

—¿Eh? Secreto.

—¿Secreto? —cuestionó la rubia, aún más desconfiada— ¿Quieres que te diga cosas acerca de mi mejor amiga para que tú se las digas a un tipo "secreto"?

—Cuando lo dices así suena muy malo.

—Es que lo es —dijo, y lo miró con decisión— Lo siento, pero no. Es como si enviara a Momoko a la boca de el lobo.

La Gotokuji volteó el rostro hacia adelante y siguió caminando, dejando a Boomer atrás. A los segundos, el muchacho volvió a estar a su lado con el ceño un tanto fruncido.

—Mi amigo no es ningún lobo —le recriminó un poco molesto— Él es una buena persona, y arriesgándome a sonar como si yo fuese gay, en mi opinión, él es muy guapo.

—¿Quién es?

Boomer se llevó las manos a la cabeza, exasperado.

—Rubia, no puedo decírtelo.

—Entonces yo tampoco puedo decirte nada sobre Momoko —le dijo de forma cortante— Y si a tu amigo le interesa Momoko, él solo debería acercarse a ella. Momoko es muy simpática, nunca le diría algo malo a alguien que tiene sentimientos por ella, debería simplemente...

—Vale, ya entendí —dio un resoplido y miró de reojo a la rubia, que tenía el ceño ligeramente fruncido— No te enfades, es solo que mi amigo no sabe cómo acercarse a ella. Bueno, se ha acercado a ella, sí, pero a lo que me refiero es que no sabe sobre qué cosas hablarle, ¿entiendes?

—No me enfado y, sí, sí entiendo, pero de todas formas yo al menos debería saber de quién se trata.

—Miyako, ¡es secreto!

—Entonces todo lo de Momoko también será secreto —evitó mirarlo, porque de repente sintió que andaba muy valiente diciendo cosas, pero la valentía ya se le había esfumado— C-como sea, realmente me tengo que ir. Adiós.

Boomer se quedó a mitad del pasillo y la miró doblar en la esquina con paso rápido, aún cargando con todo el montón de hojas. Dio un suspiro y se encogió de hombros; que conste que él lo había intentado.