Harry Potter es propiedad de JK Rowling.

→ Hay una referencia a "Tu libertad" la viñeta #11 de la recopilación titulada Momentos.

→ Cronológicamente se ubica antes de "Los inadaptados" y "Preferente", la viñeta #67 de la recopilación titulada En el anonimato.

→ Leonardo Raser, Medea y Eris la Fey, Calandra y Dylan Cauldwell, Derek Montgomery, Jason Hood me pertenecen.


Espuela de caballero

—Eleanor Branstone, Owen Cauldwell—


La tensión le crispa los nervios, ya que debe tener cuidado hasta en las palabras que utiliza al hablar. Aquellos metomentodos pueden tergiversar lo que sea que escuchen y, si esto pasa, ella sufrirá las consecuencias de lo que no ha hecho. Eleanor se las ha ingeniado para pasar septiembre y octubre sin llamar la atención de los hermanos Carrow, quienes se han empecinado en hacer especialmente difícil la instancia en el colegio para aquellos que osan demostrar lo que verdaderamente opinan de la opresión que reina. Es impresionante que en cuestión de días el mundo mágico inglés se hubiese puesto de cabeza pero, le guste o no, tiene lógica. A diferencia de la Primera Guerra Mágica, en esta ocasión cuentan con el poder que les otorga el Ministerio de Magia. Ella nunca se ha enterado de esto ha sucedido hasta que ha ido al Callejón Diagon a adquirir lo que necesita, y una muy preocupada Laura la ha abordado y la ha puesto al corriente.

Siempre consigue que los problemas de la sociedad le resbalen, dado que vale la pena lidiar con la migraña o el estrés por asuntos que no le conciernen, pero una fuerza mágica más poderosa que sus convicciones ha impedido que haga lo que mejor se le da y ha terminado más alterada que al final del primer año. Eleanor ya ha perdido sus abuelos paternos para aquella época de la vida, pero eso no la ha preparado para el shock que ha experimentado al ver al antiguo prefecto, hace unas horas vivo, muerto siendo llevado por un mago que ha parecido estar con los sentimientos encontrados y con un peso muy fuerte por encima de los hombros.

Ha suprimido los recuerdos de aquel evento y se ha dedicado a obtener las mejores calificaciones, lo que le ha funcionado hasta hace unos meses. Ella nunca ha sabido exactamente por qué Umbridge ha representado una amenaza para el colegio, ni para DCAO ya que no ha tenido un profesor que sea competente, con excepción de Moody pero él la ha asustado en cada lección que ha tenido. No porque sea asustadiza, sino por métodos que ha usado para enseñar. Es curioso que Laura se haya encantado a raíz de eso, y es quién le ha ayudado cuando no ha entendido.

A pesar que la redacción para Herbología casi la ha terminado, ha pasado cuatro horas muertas en la biblioteca mientras espera el momento para irse de ahí sin atraer la atención de los mortífagos, o de estudiantes que comparten la ideología.

La bibliotecaria no se ha mostrado dispuesta a que ella se quede en años anteriores, buscando libros que ha necesitado para elaborar los informes, sobre todo los de Astronomía y Transformaciones, que peor se le dan. Sin embargo la primera vez que ha decidido esconderse de la furia de Amycus Carrow, allá por la segunda semana de septiembre, la mujer solo la ha mirado y la ha pasado de largo, dejándole una vela encendida que le ha durado toda la noche y no ha emitido protesta cuando Laura le ha llevado el desayuno allá. Está segura que Stewart Ackerley, un Ravenclaw de su misma generación, se ha chivado.

Ni siquiera ha pasado por su mente ser amiga de Laura y Stewart, pero el dueto ha demostrado un increíble orgullo testarudo durante todo el primer año para que se les uniese, inclusive en las actividades más pueriles que ha podido imaginar, tales como el quidditch o acompañarla a la Torre de Astronomía cuando ha tenido que hacer un millón de preguntas para entender cómo hacer la tarea. Y para el segundo año, cuando ha percibido sus macabras intenciones, se ha visto obligada a ceder. Reconoce que Stewart es simpático a su particular manera, y tres años en Hogwarts y todavía no ha encontrado nada que pueda hacer que la relación que tiene con Laura mejore.

Le desagrada la idea de socializar con cualquier ser viviente, pero es curioso que le fastidie el que no haya conseguido que Laura y ella pasen de ser simples muchachas que pasan el tiempo juntas a amigas. Puede que Stewart y ella tengan unas sutiles similitudes que les han ayudado a unirse a lo largo de los años, ya que sabe que puede contar con él para hablar hasta del clima. Con Laura la historia es diferente ya que existe una barrera que las ha separado desde que se han visto en la Sala Común, allá en el lejano primer día, y Eleanor se siente muy molesta y más confundida que hace un año.

Tira con fuerza uno de los mechones de su corta cabellera mientras deja caer el montón de pergaminos, rayados y sucios, producto de todas las versiones anteriores de la redacción que ha hecho antes de llegar al resultado deseado. No puede evitarlo, Eleanor tiene una manía con asegurarse de tener los datos correctos en el período establecido, aunque eso le tome horas y horas en la biblioteca el resultado le hará sentirse orgullosa.

No quiere estar en este lugar un segundo más. No por incomodidad, sino por fastidio. Y quizá un poco sí por incomodidad, ya que no quiere averiguar cuál será el trato que le dará madame Pince al año entrante… Si es que ellos sobreviven lo necesario para culminar el año lectivo. Realmente Eleanor no ha querido regresar a Hogwarts, sin embargo lo ha tenido que hacer; no por temor a lo que le hará el Ministerio de Magia por incumplir la norma, sino porque sabe que Stewart y Laura no conseguirán retener ese instinto suicida que le corre por las venas.

¿Cómo ninguno de ellos es Gryffindor? Ni idea.

Le da un asentimiento a madame Pince en señal de despedida, siendo ignorada, respira hondo y pone un pie fuera de la biblioteca. Los únicos lugares seguros que hay en Hogwarts, donde no pueden atravesar los sádicos profesores Carrow, son las Salas Comunes de cada Casa, la enfermería y la biblioteca. Los alumnos que padecen de injurias le han cogido un aprecio mezclado con respeto a madame Pince y madame Pomfrey. El secreto que tengan para ser las dueñas y señoras de sus respectivos lugares está fuera de su raciocinio, y agradece que también del de los Carrow.

Ni siquiera en segundo año la ha pasado fatal, ahora sí. Ahora sabe lo que han sentido aquellos estudiantes que se han levantado y se han hecho, algo que Eleanor nunca pudiese hacer ni en sus sueños. Es demasiado peligroso, por lo que prefiere una vida más tranquila y segura haciendo lo que se espera de ella, aunque no sea correcto, que tener una historia para contar a sus familiares, quedando malherida y quizá muerta en el proceso. Siente respeto, admiración y un grado de simpatía hacia el Ejército de Dumbledore o La Resistencia, como ha oído que les llaman algunos. Y eso no significa que vaya a dibujarse una diana por haber enfrentado a los Carrow o cualquiera que les importune; lo único que detendrá la guerra es que Potter derrote a El Que No Debe Ser Nombrado, y como nadie sabe en qué parte del mundo se encuentra, no se fía de que lo logre.

—¿Estás bien? —pregunta Stewart, y Eleanor no contiene el impulso de acariciar los rizos de él—. ¿Es en serio? —añade, escéptico y malhumorado.

Se encoge de hombros. Para esta altura de su vida, es imposible que ella no lo haga cada vez que está la oportunidad de hacerlo; además que, por mucho que a Stewart le cabree que le toquen el pelo, no hará nada para desquitarse de quienes lo hagan. El chico es muy majo para caer tan bajo.

—Deberías preguntárselo a Laura —responde, sin estar segura de qué más decir—. Me preocupa, supongo.

—Por supuesto que te preocupa. Es tu amiga. —Stewart ladea la vista hacia un costado, tensándose al ver a Alecto deslizándose por ahí con una sonrisa sanguinaria en el rostro. Tanto Stewart como Eleanor liberan el aire retenido cuando ella se va—. Alecto me da miedo.

—Creo que a todos.

—¿Crees que Laura intentará…? Qué cabeza la mía. Es Laura, lo hará.

—¿Y tú…? —dice, mirándolo con timidez—. Sé que también te desagrada y eso, pero, ¿no estarás pensando en unirte a ellos? Es arriesgado para ti.

—Es arriesgado para todos, honestamente.

—No has respondido mi pregunta.

—No lo sé, ¿vale? ¿Y desde cuándo te interesa luchar y eso? Creí que preferías no hacerte notar.

—Yo nunca…

—No hace falta, Lea. —Eleanor se sonroja al escucharlo. Y Stewart ensancha la sonrisa, enseñando los brackets nuevos—. Tu comportamiento lo dice todo por ti.

—Y estás enojado conmigo.

—No.

—No estoy preguntando.

—Y estoy afirmando. —Lo mira, dudosa—. No sé quién te habrá metido en la cabeza que necesitar andar de osada por ahí para ser alguien querible, pero te digo desde ya que no. Si peleas o no, es asunto tuyo. Y a nadie debe de importar lo que hagas para mantenerte viva.

—Ojalá la mayoría pensara como tú —dice, más sonrojada que antes.

Este es uno de los escasos minutos donde Stewart demuestra que está afiliado a Ravenclaw y que le recuerda que tal vez sí pueda encontrar algo de serenidad en este año del horror. Se hubiesen quedado ahí mismo, conversando y esperando que Laura aparezca en cualquier segundo con algunas de sus ocurrencias pero el Decreto de enseñanza no. 24 les impide el menor intento de socialización que puedan tener. Entre susurros ambos van informándose acerca de lo que ha pasado antes que se hubiesen encontrado.

—No sé qué estará pasando pero preveo que pasará algo grande en poco tiempo —dice Stewart sin bajar el tono de voz—, es como si fuera a suceder algo entre los alumnos.

—¿Y cómo estás seguro?

—¿No has visto a Weasley y Longbottom platicar más animados que antes? Ellos, que antes han estado muy coléricos por lo que vivimos, se han tranquilizado de repente. ¿O que Longbottom y Lovegood se juntan de vez en cuando, en los alrededores? Tengo una idea, y quisiera ver si tengo razón.

—¿Cómo puedes hablar de esto tan calmado? —dice Eleanor, nerviosa y aterrada, dos metros cerca del Gran Comedor donde pronto será la hora de cenar—. P-Podrían escucharte y…

—Y si me podrían escuchar, significa que no es importante aunque en realidad lo sea. Por eso estoy seguro que sucederá algo genial a lo grande.

—Eso es lo que me temo.

La mesa de la Casa de Hufflepuff está a la vista, se despide de Stewart y toma asiento entre Laura y Owen. No es el mismo lugar donde ha compartido instantes agradables con sus compañeros de clase, a pesar que en la mayoría de las ocasiones ha preferido centrar su atención en la vajilla y no ser obligada a cruzar más de dos palabras con ellos. Es extraño y especialmente confuso. Antes hubiese dado los galeones de su familia por estar un mísero segundo en silencio, ahora desea que se escuche algo más que los tenedores y cucharas siendo golpeados por unos desganados niños y jóvenes que están demasiado asustados para murmurar.

Delante de ellos, con porte regio, está el director Snape. El cambio lo ha visto venir, se ha adoptado a referirse al director Snape con un respeto que ha ido decreciendo con el pasar de las semanas. Siempre ha sabido que el director Snape tiene sus maneras para enseñar Pociones, estando en contra de cualquier listillo que entre a sus aposentos; habiendo tomado el puesto de director, todo ha ido en pique. Y lo principal ha sido la re incorporación de aquel Decreto de enseñanza.

Eleanor aparta la vista del frente, no queriendo que el director Snape se dé cuenta; aparenta interés en el guisado que hay.

—Hannah me dijo que estemos pendientes —dice Owen, intrigado—, fue cuando estábamos en la Sala Común. Ella asegura que tendremos una grata sorpresa en las próximas veinticuatro horas. Mantente atenta y pasa la voz.

—¿Qué tipo de grata sorpresa?

—No especificó.

Diez horas después, Eleanor se abre camino entre el tumulto de estudiantes que se ha aglomerado enfrente de una de las paredes, del segundo piso. La única iluminación que hay es la que procede a través de la ventana. Eleanor contiene el aliente al leer lo que está escrito en la pared, las letras cuidadosamente esparcidas por el lienzo improvisado para que, sospecha, se pueda leer hasta dos metros a la distancia.

EL EJÉRCITO DE DUMBLEDORE

SIGUE RECLUTANTO GENTE.

Un jadeo se escapa de los labios. Hay alguien que evidentemente quiere ser asesinado o, en caso contrario, no encuentra qué razón haya podido tener para desafiar a la autoridad con semejante provocación. La indirecta del mensaje no lo entiende pero en los rostros de un grupo específico de estudiantes de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff hay esperanza, alegría; mientras que en los de Slytherin se ve la furia, indignación, temor, sorpresa. Hay otro grupo, más pequeño y que pasa desapercibido entre el mar de gente, cuyas muchas emociones no puede identificar.

Los que sí saben el verdadero significado tras esa frase parece que están formulando planes, para bondad o para maldad; se yergue, nerviosa, asustada por la posibilidad que los Carrow la pillen en la escena del crimen. Tira de la manga de la túnica de Stewart que se ha quedado incrédulo, balbuceando incoherencias y alegando que él realmente no se ha esperado esto; Stewart y Eleanor intercambian una mirada antes de emprender la retirada.

—¡Lo sabía! —susurra Stewart, anonado.

—Y sé que esto nos traerá problemas.

—¿Estás tomándome el pelo? —dice Stewart—. Esto es lo más emocionante que sucedió desde que Kevin se tiró enfrente de Natalie para no sé qué que quería conseguir.

Eleanor pone los ojos en blanco.

—¿Y qué tiene que ver eso con esto?

—Nada. Solo quería decirlo, y me gustaría preguntarle a Kevin sus verdaderas razones. Tengo una teoría que sé que es verdad y quiero que lo confirme.

—Entonces búscalo.

—No puedo. —Stewart ve a la lejanía, nostálgico y abstraído—. Kevin se fugó cuando los comenzaron a cazar.

No se supone que deba incomodarse al escucharlo, no se supone que deba sentir una punzada de miedo por Kevin, tampoco debe pensar en los Carroñeros que no descansarán hasta llegar a la Comisión a todos los nacidos de muggles de Gran Bretaña, si estos llegan vivos al Ministerio de Magia. Está dispuesta a decirle a Stewart que Kevin va a estar bien y que se volverán a encontrar, sin embargo, los ojos de Stewart le piden silenciosamente que se lo guarde para sí. A veinte metros del aula de Encantamientos, Laura se les une.

—Creo que asesinaré a Amycus Carrow por forzarme a escribir esto.

Laura resopla y enseña pergamino que ha sido estrangulado.

—Irás a Azkaban.

—Y me los llevaré conmigo, Stewart —dice Laura—; aprenderé a hacer el Avada, los buscaré cuando estén solos y les asestaré un golpe único y certero.

La conversación continúa pero Eleanor no se entera. Ella está cinco pasos atrás de Stewart y Laura.

—0—

Owen Cauldwell está apoyando el mentón en una de las manos mientras garabatea sobre el pergamino, oyendo frases que inconexas. Desde la primera semana de noviembre se ha despedido de la idea de encontrar algún tipo de entretención entre clases, ya que todas las actividades extracurriculares han sido suspendidas en beneficio del Decreto de enseñanza no. 24. Lo más horroroso de todo es que no habrá ningún partido de quidditch ni, lo que no es una perdida en realidad, la Copa de las Casas.

Levanta la pluma hacia la espalda de la chica que tiene enfrente y le garabatea un mensaje. Eleanor se tensa rítmicamente y Owen disimula una sonrisa, para no recibir el codazo de Laura que cogido el gusto por sentarse cerca de él. Owen es tan perezoso y vago como le dé la gana, pero no es imbécil. Él sabe que Laura está sospechando de él y supone que le frustra la idea que Owen esté con Eleanor.

Si este fuese un cuarto año distinto, sin problema se hubiese acercado a Eleanor y le pidiese que fuesen a dar un paseo en alguna parte del castillo. Su madre, Calandra Cauldwell, le ha aconsejado sobre cómo encantar a las mujeres y, por lo tanto, hará exactamente lo contrario. Ya una vez ha dado uno de los consejos maternos a Kevin, y el pobre ha terminado huyendo de un enjambre de abejas asesinas que han sido invocadas por una indignada Natalie.

Una carcajada muere en los labios en el momento en que Flitwick les asigna que practiquen crear un fuego que no se apague durante cinco minutos. Mueve la varita entre los dedos, esperando que acabe la clase e ir a Artes Oscuras y así acabar con la tortura, al menos, hasta que tengan Estudios Muggles de nuevo.

—¿Owen?

Ha sido Laura, quien inclusive le ha arrojado una bola de papel. Laura está a la par de él, habiéndose intercambiado con Emma Dobbs.

—¿Y tú qué finges?

—Tú y yo reconocemos que Eleanor es nuestro interés. —Owen asiente, pillando la indirecta y comprendiendo el comportamiento de Laura hasta ahora—. Si este fuera otro año… Pero no lo es, ¿y si nos encargamos que Eleanor no sufra si está a nuestro alcance?

—¿Eso es todo?

—Sí —dice Laura, en un tono serio nunca antes oído—, ¿o esperabas una especie de competencia fraudulenta? Ya sabes, yo te boicoteo y tú me boicoteas, y alguno se queda con Eleanor dejando al otro con más heridas físicas que emocionales, y estas no por el rechazo de Eleanor. Típica trama para un libro de romántica–erótica, ya sabes.

—Un triángulo amoroso es una típica trama de libro —dice Owen, tranquilo—, aunque no sea la trama principal al inicio de la historia.

—Ya.

Dos horas después Owen está arrastrando los pies hacia el invernadero, regañándose por haberse olvidado de la tarea de Herbología. Si continúa de este modo por el resto del año, se verá en serios problemas con sus padres por haber reprobado Herbología y se enfrentará al sermón de su padre sobre cómo los TIMO definirán la carrera que tendrá en el futuro y demás palabrerío que ignorará pasados veinte minutos. Dylan Cauldwell, para ser alguien que estudió en Ilvermorny y no Hogwarts, toma mucha importancia en un sistema educativo que nunca enfrentó.

Ser medio americano le da ventajas en esta guerra. Owen nació en los Estados Unidos, así que es prácticamente imposible que los Carroñeros tengan ningún registro de él para darle caza. La familia Cauldwell se mudó a Inglaterra cuando tenía nueve años porque se descubrió que Dylan Cauldwell se casó con una no–maj (1), por lo que perdió su puesto en el Departamento de Seguridad Mágica en el MACUSA y se tuvo que escabullir para que no enfrentaran el peso de la ley mágica americana.

Ahora Dylan trabaja enseñando cómo capturar a los maleantes en la jefatura de policía y Calandra en una guardería.

Toma asiento en el mismo lugar que ha estado desde primero, girándose hacia la izquierda para pedirle a Kevin que le diese copia de la redacción… Hasta que recuerda que él ya no está y que, seguramente, nunca más volverá. Enfrente está Emma, con el pelo negro chamuscado y estático producto de su reciente error en Encantamientos; Eleanor, ignorando todo a su alrededor; Laura, terminado apresurada la redacción que ha empezado a hacer ayer en la noche. Medea la Fey, está sentada, callada y con los ojos rojos por tanto llorar, sin tratar de hacer un pequeño caos en el invernadero.

Leonardo Raser mira el asiento vacío donde se supone que va Jason Hood, si este no hubiese sido asesinado con toda su familia por los mortífagos. Y Derek Montgomery está recuperándose en la enfermería luego que se accidentase en la clase de Pociones, por calentar el caldero a dos grados más de la temperada expuesta en el libro y confundir dos ingredientes.

Medea ha sido la única de las mellizas la Fey que ha regresado este año. Cuando Emma le ha preguntado a dónde está Eris, Medea se ha echado a llorar sobre el hombro de Leonardo, quien ha informado minutos después que hay un Hufflepuff menos en su generación.

—¿Un cuarto año fatídico, eh? —dice Leonardo, desanimado. Lo primero que ha dicho desde que se han encontrado en el vagón del Expreso.

—Creo que es clásico de los Hufflepuff —dice Owen, alicaído—. Siempre perdemos a alguien en cuarto. Siempre —murmura al final, furioso y resignado.

—Debí haberme ido con mis padres a Australia, debí haber aceptado…

—¿Pero por qué?

Leonardo ignora la mirada de la profesora Sprout, que también está afectada por verles en este estado. Ella está alistando los detalles finales de la lección del día.

—Jason y yo nos prometimos que nos volveríamos a ver. Pero lo fui a visitar y encontré todo en cenizas… No lo quise creer y vine… Y vi que sí… No esperaba perder a mi mejor amigo así… Creía que nos terminaríamos separando por las diferencias de ideales…

Owen siente un nudo en la garganta.

La clase de Herbología inicia con la introducción al encantamiento Herbivicus y un silencio muy profundo de parte de los estudiantes.

Recuerda con añoranza los años anteriores en la que la profesora Sprout ha tenido que chistarles para que la dejen terminar una frase, o para detener a las mellizas la Fey de la trastada que estuviesen haciendo mientras ella enseña el correcto manejo de las plantas. Los pequeños detalles que nunca más regresarán o las personas a las que no volverá a ver nunca jamás. No tiene ni la menor idea del sufrimiento que deben de estar pasando Medea y Leonardo pero al menos están vivos. Rotos pero vivos. No hubiese soportado perder a otro Hufflepuff.

No otra vez.

—No se desesperen si no consiguen hacer el encantamiento pronto —dice Sprout, repitiendo el movimiento a imitar—. La desesperación nunca es una amiga a la hora de hacer cualquier tipo de hechizo o maleficio, ya que los errores están a flor de piel… Señorita Dobbs, deje de mirar la varita como si esta tuviera la culpa de sus males y repítalo.

Emma hace un mohín que resalta sus hoyuelos.

—Mi varita no hace lo que yo digo, profesora. Está defectuosa.

—O lo que está defectuoso es tu cerebro —murmura Medea a nadie en particular.

—Señorita la Fey, fingiré que no la he oído. Y señor Raser, ¿cómo se las ha ingeniado para que la inofensiva Flor Voladora lo esté estrangulando?

Sprout ha hecho un énfasis especial en «inofensiva», hace un encantamiento para liberar a Leonardo del agarre de la Flor Voladora, quien lo ha estado intento usando la fuerza que no hay en sus brazos.

—Muy bien, eso es todo. —Las macetas desaparecen—. Para la próxima clase quiero una redacción acerca del uso adecuado de Herbivicus y de las consecuencias catastróficas que puede ocasionar en el interlocutor si se efectúa mal.

—Tengo la ventaja —dice Leonardo, falsamente optimista—. ¿Tendré mayor calificación si la entrego hoy? Aprendí mucho.

—No —dice Sprout, sonriente.

—Una clase menos, una clase más —susurra Owen.

A la tarde del mismo día Owen está vagando por los pasillos, con la piel pálida y murmurando unos versos de la canción que Calandra canta cuando ha tenido pesadillas. Este día ha presenciado a Laura sucumbiendo ante los efectos del Maleficio Torturador por no rectificar el comentario que le ha oído Amycus. No tiene todos los detalles, pero ha debido de apoyar a La Resistencia o a Potter para que Amycus se haya ensañado con ella para haberle hecho en medio del pasillo. Una cosa es que suceda en los salones, es dolorosamente comprensible, pero no esto. Esto es un abuso, se están aprovechando que carecen de los conocimientos necesarios para defenderse y los doblegan a su voluntad.

Owen está furioso. Ha querido ayudar a Laura sin embargo su cuerpo no ha respondido ante ninguna orden de su cerebro para que se moviese, no importa lo mucho que lo haya intentado ha estado congelado cuando una compañera lo ha necesitado. Su audición ha fallado en el instante en que Amycus ha pronunciado las fatales palabras. Emma, Kay Formby, una Hufflepuff de quinto, y Jack Sloper han pasado por ahí y se han puesto tan furiosos como él, pero todos saben que no hay nada que se pueda hacer directamente contra los Carrow. Inclusive el director Snape lo tolera en comparación con ese sanguinario par.

Kay se ha quedado a ayudar a Laura, llevándola a la enfermería. ¿Y qué está haciendo Owen ahora? Despotricando contra la ineptitud en sí mismo.

—¡Oye, tú!

—¿Yo? —dice Owen, extrañado.

Lo que conoce de Jack es que él y Andrew Kirke es que han formado parte del equipo de quidditch de Gryffindor. Fuera de eso, y que han mejorado el año pasado, no tiene ni idea de por qué le está buscando.

—Sí, tú. Te he estado siguiendo hace dos pasillos y medios —se queja Jack—, francamente no sé cómo pudiste ignorar mis gritos. Andy dice que tengo una voz muy ruidosa.

Jack saca un galeón de oro del bolsillo del pantalón y lo arroja descuidadamente a Owen, quien falla en atraparlo en el aire y se tiene que agachar para recogerlo. La mente se le vuelve en blanco en el momento en que recae en lo que acaba de suceder, fracasando estrepitosamente en formular una pregunta, simple y efectiva, que le aclare por qué Jack le hubiese dado un galeón como si se tratase de un knut.

—Eh.

Oh, bien. Primer sonido que sale que lo hace sonar como un imbécil.

Jack ríe.

—Es un galeón muy especial para mí —dice Jack, cómplice y misterioso—, míralo en la noche, ¿vale, chico?

Sin esperar la respuesta de Owen, Jack se pierde en el pasillo más cercano. Lo deja menos furioso y más confundido alrededor de cinco minutos, en los que ha sostenido un galeón de oro con la mandíbula ligeramente abierta. Regresa a la realidad y, sin saber por qué, se guarda el galeón en el bolsillo.

Quitando a los Carrow, la guerra que se desarrolla afuera, la cantidad de alumnos que piden a madame Pomfrey alguna poción para recuperarse o el mensaje reciente, no ha sucedido que sea interesante para él.

—No sé qué esperar.

—0—

Eleanor se ha detenido al llegar a la entrada de la enfermería, agitada y jadeante, con las piernas adoloridas por haber corrido desde el patio hasta aquí. Lo que ha sucedido entre Laura y Amycus Carrow se ha propagado por el colegio, con la historia distorsionándose a cada minuto que ha pasado de boca en boca.

Kay pone el dedo índice en frente de sus labios.

—Afortunadamente el maleficio no causó gran daño —dice Kay suavemente, casi maternal, cuando Eleanor se lo va a preguntar—. Madame Pomfrey le está administrando una poción revitalizante y se podrá ir.

—Gracias —dice apresurada, todavía cansada por el esfuerzo que ha hecho—, ¿y qué hay de Derek?

En semblante de Kay se ensombrece. En una de las camas que hay a la derecha de la enfermería, está Derek Montgomery con el brazo izquierdo vendado desde la muñeca hasta el codo, que es el sitio donde le ha caído la mayor parte de la poción derramada. La tez de Derek está adquiriendo un tono violáceo más intenso, quedando poco del bronceado natural de él. El director Snape es estricto en cuanto a la elaboración de pociones, quitándoles puntos cada que han hecho estupideces en sus lecciones; en cambio, el profesor Slughron (2) es más liberal. Y Derek está lastimado por su culpa.

—Madame Pomfrey dice que, si continúa empeorando, tendrá que ser internado en San Mungo.

Eleanor quiere decir que es imposible que eso pase, sin embargo, la familia Montgomery es de sangre pura, nativa de Estados Unidos, que ha migrado a Inglaterra en la Guerra Global Mágica. Derek Montgomery no morirá en Hogwarts con el estado de sangre que tiene; solo basta que alguno de los hermanos Carrow se enteren para que se dé la orden del traslado inmediato de Derek al Hospital San Mungo, que no ha cerrado sus operaciones durante el régimen de El Que No Debe Ser Nombrado.

Kay tiene una mueca de desagrado en el rostro, pero está tranquila. Derek no tiene la culpa de la sangre que le corre en las venas, de hecho, es un inmenso alivio. Eleanor se debate entre ir a verificar a Laura y avisar al profesor que se encuentre en el camino de la situación de su amigo, se decanta por lo segundo.

—Oye, oye. —Kay agarra los hombros de Eleanor, para retenerla—. Lo que estés pensando, madame Pomfrey ya lo hizo. Tranquila.

—No lo pensé —se disculpa—, fue un impulso.

—Lo imaginé. —Le sonríe—. ¿Qué opinas si vamos a mi dormitorio, o al tuyo, y platicamos un rato? Has estado muy alterada desde octubre y estás muy joven para tener canas, le pediremos a unos de los elfos que nos lleven un té calmante.

—Pero…

—Hazle caso a los mayores, eh —dice Kay, juguetona—, sé más que tú. Y la tengo peor, porque me preocupo por los TIMO también.

Eleanor la mira, insegura.

—Si tú lo dices.

Veinte minutos ha pasado de aquella conversación. Las muchachas se encuentran en la habitación de Kay, que solo está siendo ocupada por Thora Dinnet y Kay, mientras mantienen la conversación alejada de cualquier insinuación que las devuelva a la realidad. No importa que el té de manzanilla se esté enfriando sin que le hayan dado más que dos, tres o cuatro tragos en lo que va de la hora, o que haya recaído en el tema del clima y qué tan pesados son los TIMO. Para Eleanor es un gesto dulce que Kay se esté esmerando una tarde ordinaria en este mundo lleno de fantasía y cosas que saltan a la cara preparadas para devorárselas.

—¿Quién más dormía aquí? —pregunta Eleanor.

Kay se lleva una mano a la corta cabellera que tiene, luciendo más agotada que nunca y con una sonrisa agridulce en el rostro.

—¿Los nombres o la historia de cada uno?

—Yo te conté lo que pasó con mi generación. —Eleanor se detiene, antes de coger la fuerza que necesita y termina la idea—. Podrías contarme qué pasó con los tuyos.

—No sé mucho de ellos, realmente. Nos separamos en meses.

—¿Por favor?

—Annabel envió una lechuza informándome que sus padres se fugaron, poniendo tierra y mar de distancia con Gran Bretaña. Aseguró que Kevin y ella están bien en la medida de lo posible.

—¿Kevin? —repite Eleanor, confundida.

—Me refiero a los hermanos Entwhistle —dice Kay, divertida—. Y Benjamín McEwen es menos pesadito cuando lo llegas a conocer.

—No te llevabas con él antes, ¿cierto?

—Ni Thora, ni Bejamín ni yo habíamos hablado más de medio segundo antes de este año, pero es solitario no tener a nadie. Benjamín tiene la habitación para sí solo y es miserable; y Thora me odia, pero odia más el silencio que reina aquí. Sé que Annabel está viva, no sé si bien, pero viva. Pero de los otros seis no sé. Creo que me arrepentiré de por vida si no vuelvo a ver Brendon, él intentó disculparse conmigo y yo lo rechacé.

Ese bajo volumen en la voz, ¿podría ser...?

—¿Brendon es tu novio?

—No —dice Kay, con un nudo en la garganta—, éramos amigos; hicimos una estupidez, que ambos planificamos, y le culpé en un arrebato de ira en el castigo que nos dio la profesora McGonagall; ni él se calló ni yo me tragué lo que pensé. Nos separamos. Creo que él terminó más herido que yo porque yo lo insulté diciéndole...

Kay se detiene.

—¿Qué le dijiste?

—Sangresucia inmunda —murmura. Eleanor jadea, anonada—. Creo que me lo merezco.

—Eso no es verdad.

Kay le toma de las manos, mirándola a los ojos.

—No repitas mi error, ¿vale? No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Annabel me lo dijo y tiene razón.

—Gracias, lo necesitaré.

—0—

El frío aumenta al llegar la noche. Owen está moviéndose entre las sábanas tratando de calentarse, a pesar que la baja temperatura traspasa hasta el pijama que se ha puesto y ya ni siquiera la manta que le ha pedido Leonardo le ha ayudado. Él es un muchacho veraniego que rechaza totalmente el invierno, ya que son sencillamente incompatibles y enemigos desde el nacimiento. Se sienta en la cama, arropándose con la cama y decidiendo que no se moverá, aunque al hacerlo probablemente puede alcanzar la varita y realizar un encantamiento que lo mantenga abrigado.

Quien suele estar despierto hasta la una de la mañana es para mejorar en los gobstone es Leonardo y, fiel a sí mismo, ahí está, desvelándose por placer.

—Eh, Leonardo —dice Owen.

—Deberías acostumbrarte al frío —dice Leonardo, más animado que esta mañana. Los gobstones suelen tener ese efecto en él—. Vivimos en Gran Bretaña.

Pone los ojos en blanco. Abre el cajón de la mesa de noche para buscar una de las frituras que esconde ahí, si es que Leonardo no se las ha devorado en lo que no ha llegado. Lo que llama su atención es la inscripción en el galeón de Jack, que ha cambiado a lo que parece ser una especie de fecha.

—Ve con Hannah —aconseja Leonardo, quien prefiere guardar los gobstones por sí mismos en lugar de hacer un encantamiento. No será que los gobstones le hagan lo mismo que la Flor Voladora—. Seguro que ella sabe.

—¡No te he dicho nada!

—O no entiendes algo o se te ha olvidado hacer la tarea, y ya que esa la haces una hora antes de la próxima lección solo puede ser lo primero. Si es que la haces, quiero decir; y yo no tengo nadas de responderte lo que preguntes.

—¿Y si Hannah no sabe?

Leonardo le mira, escéptico.

—Lo mínimo que pensará es que estás loco. Más loco de lo que ya estás, Owen.

—Dice el chico al que los hechizos le salen al revés.

Owen mira la moneda, luego la cama. Esperará hasta mañana.

—¿Te unirás a La Resistencia? —pregunta Leonardo—, me invitó Ernie ayer. Me dijo que si aceptaba me daría un falso galeón de oro.

—¿Parecido a este? —Owen lo muestra y Leonardo asiente—. Jack me lo dio sin explicarlo.

—Lo estoy pensando. Suena muy arriesgado.

—Interesante. ¿Y sabes que sin proponértelo me lo explicaste?

—Cállate.


Andy es Andrew Kirke. Y Kevin Entwhistle fue sorteado en 1991.

Brendon Halrirk, Annabel Entwhistle, Benjamín McEwen, Kay Formby, Thora Dinnet aparecen en el videojuego de El Prisionero de Azkaban, solo en la versión para PS2.

(1). MACUSA centraliza los poderes del gobierno como un medio para prevenir y controlar cualquier violación del Estatuto Internacional del Secreto Mágico.

(2). Dato obtenido del Capítulo III de Historias Breves de Hogwarts: Poder, Política y Poltergeists Pesados.

No es un dato estrictamente canon pero me he guiado por la Ley de Rappaport, la cual fue derogada en 1965.

ESPUELA DE CABALLERO:

→ Simboliza la grandeza de corazón, la diversión, la ligereza y la frivolidad. También indica apego ardiente.

Siguiente flor:

BREZO DE LAVANDA