CAPITULO 9
-A LA LUZ DE LA LUNA-
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AKANE
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Cada día que pasaba nos acercábamos más a nuestro destino. Me encontraba taciturna, siguiendo a los demás. No tenía muchos ánimos de hablar con nadie. Después de muchos intentos de Ryoga tratando de animarme, parece que finalmente se dio por vencido y se complacía en contemplar mi salud a la distancia. Cada vez que la caminata me agotaba y yo no quería decir ni una palabra -ya que sería como siempre medio día de tiempo perdido- Ryoga discutía con la anciana demandado que teníamos que parar y descansar. Shamppo siempre me lanzaba miradas rabiosas cada vez que por mi culpa nos atrasábamos. Llevábamos casi una semana de viaje.
-¿Cuánto falta para que lleguemos? – pregunte cuando estábamos todos comiendo.
La anciana me lanzó una mirada furtiva sobre su tazón de tallarines.
Estaba cansada de tantas conversaciones y respuestas cortas. Necesitaba estar mejor informada. Toda esta semana mis nervios estuvieron tensos. El miedo se arremolinaba en mi estómago haciéndome estar enfadada todo el viaje. Mis síntomas del cansancio me hacían estar callada con Shamppo y Ryoga –Aunque Shamppo no hiciera ningún esfuerzo por hablarme- Se limitaba a observarme y ayudarme cuando realmente lo necesitaba sin pronunciar una sola palabra –cosa que me desagradaba- Ryoga, por su parte, estaba preocupado ya que pasaba de mal humor todo el tiempo. Y era debido al miedo en que cada día nos acercábamos a nuestro destino, la enorme impotencia que sentía al verme débil delante de los demás, al no poder cargar ni mi propia mochila, al ser un peso para Ryoga y la anciana.
Esa noche, casi no pude dormir. La anciana nos había comunicado que para mañana ya estarías en el templo, el lugar donde vivían los monjes, eran enigmáticos y su lugar habitual era muy adentrado al bosque misterioso donde pocas personas habrían tenido el valor de entrar y explorar. Según nos contaba una noche la anciana: Ella tampoco conocía a los monjes, pero la antigua jefa selecta de su tribu los conocía y decía que eran personas enigmáticas y solitarias. Con muchos poderes y mucha sabiduría. Sabían mucho sobre magia antigua y practicaban artes marciales que remontaban de siglos y siglos atrás.
Esa tarde decidimos –demandó Ryoga- acampar en el bosque. La anciana no tuvo otro remedio que inclinar su cabeza de manera positiva pero a la vez llena de fastidio. Nos detuvimos cerca de un lago y todos ayudamos a poner una tienda. Ryoga me ayudo en todo momento explicándome los métodos más fáciles para poner una tienda. No quise ser quisquillosa con él ya que era consiente que me había comportado como un ogro todos estos días.
-Bien. Ahora, te enseñaré hace tallarines – dijo muy animado al ver que no ponía objeción.
-Estoy cansada de solo comer tallarines – dije sin pensar.
-Ya, pero es lo único que tenemos a mano – Ryoga no me miró y me sentí una estúpida.
Solté un suspiro y me acerque a el.
-Lo siento – palmee su espalda. Vi una sonrisa aparecer en sus labios -¿Aun quieres enseñarme?
Con un asentamiento y una tímida sonrisa nos dispusimos hacer la cena. Shamppo y la anciana se alejaron de nosotros diciendo que necesitaban entrenar un poco para quitar el estrés. Le había dicho a Ryoga que fuera con ellas y que yo me haría cargo de la cena pero negó inmediatamente alegando que no quería pasar tiempo con esas dos.
-Los tallarines los colocas cuando el agua está hirviendo – Ryoga parecía concentrado en su tarea de enseñarme sus artes culinarias.
-¡Eso lo sé! – no pude evitar sentirme abochornada. Mis mejillas se encendieron.
-Solo por si acaso – dijo también riendo –Se las cosas feas que dice Ranma cuando cocinas. Pero… ¡Oh! ¡Lo siento! No quería nombrarlo. Se me escapó – dijo apresuradamente cuando vio mi rostro hacer una mueca de dolor al escuchar su nombre.
-No te preocupes. Además, tienes razón. A él nunca le gustaron mis platillos ¿Pero sabes que pienso? Pienso que ahora con lo que haremos, no tendré ninguna motivación para prepararle algo.
Ryoga no dijo nada. Solo sonreía, pero era una sonrisa incomoda. Sabía a lo que me estaba refiriendo. Cuando me deshaga de los sentimientos que me atormentan y no sienta absolutamente nada por Ranma, no tendré razones para cocinarle y así el no tendrá razones para insultarme. La idea de olvidarme de mis sentimientos aun hacia que mi cuerpo se estremeciera de terror.
Era una idea que estaba a veces tan lejos pero tan tangible entre mis manos. Se me escaba haciéndome sentir normal y sin ansias, incluso tenia cortas y amables charlas con la anciana pero cuando quería aparecía y me dominaba haciéndome sentir muy mal y con mucho miedo, haciéndome dudar de lo que estoy haciendo.
-¿Qué más tenemos que hacer? – cambié de tema rápidamente.
Ryoga con un movimiento rápido y torpe, haciendo caer algunas especias, me termino explicando todo lo que tenía que ponerle a nuestra comida y la cantidad necesaria.
-¿Cuánto falta para llegar? – pregunté cuando nadie decía nada. Estábamos alrededor de la fogata.
La anciana me lanzo una mirada furtiva por encima de sus tallarines. Como siempre lo hacía.
-Has preguntado todas la noches lo mismo ¿Te arrepientes?
-¡Claro que no!
La anciana me miró pensativa.
-Si no estoy equivocada. Mañana estaremos allí.
Sentí como se retorcían mis tripas y la ansiedad me hacía perder el apetito.
-¿Será seguro? Es decir, ¿ellos nos recibirán? – dijo Ryoga mientras soplaba su comida.
Shamppo parecía pensativa pero seguía en silencio.
-Por supuesto que saben que estamos en camino. Lo saben todo.
Ese tono de voz me hizo estremecer. Esa noche cada quien se metió en su tienda a descansar. Ayude a Ryoga a levantar todo y me despedí de el con un hasta mañana no podía dormir, aunque así tratara. Ya estábamos cerca de llegar y las ansias me comían viva. Aún tenía el vacío en mi pecho y todas las noches me recordaba con ese frio y presión que extrañaba a Ranma, extrañaba a mi familia, extrañaba mi vida. Cerré los ojos mientras me hacía un ovillo y deseé con todas mis fuerzas que Ranma estuviera justo aquí. Conmigo. Ahora. Y poder decirle todo lo que sentía.
-Te amo – dije. Con la esperanza de que el me pudiera escuchar. Pero sabía que no lo haría.
Esa noche soñé con el beso que nos dimos. Soñé con sus ojos azules y su cuerpo sosteniéndome diciéndome que todo estaba bien…
-¡Despierta! – la voz tosca de Shamppo me hizo brincar del susto.
Un poco desorientada trate de verla y solo alcancé a ver su rostro burlón.
-Eres una grosera – escuche a Ryoga fuera de la tienda -¿Estas bien? – asomó su cabeza.
-Si… yo… ¿Qué hora es? – mi voz sonaba un poco ronca.
-Las seis supongo. No fue hace mucho que salió el sol. Tenemos que ponernos en marcha, la anciana está ansiosa por llegar.
-Si. Ya salgo.
¿Ansiosa por llegar? Desde que salimos de viaje había una pregunta carcomiéndome. Quise hacerla muchas veces pero las palabras se estancaban en mi garganta así como se estancaban las "gracias" a Shamppo y a Ryoga ¿Por qué razón la anciana me ayudaba? Ella siempre ayudaba a todos cuando algo le beneficiaba ¿En que podría beneficiarle esto? Tenía muchas dudas pero difícilmente podía aclarar mi mente con todo lo que me estaba pasando. Cuando entrenó a Ranma fue por una causa, la cual era lograr hacerlo casar con Shamppo. Cuando entrenó a Ryoga, el objetivo era que el venciera a Ranma y así poderse quedar conmigo dejándole camino libre a su nieta. Pero… ¿Qué podría ganar conmigo? No podría dejarle camino libre a Shamppo ya que ella nos estaba acompañando y por ende estaba lejos de Ranma…
-¿Estas lista? – Preguntó la anciana con ojos penetrantes –No tenemos todo el día. Llegaremos hoy y punto.
-Si. Ya estoy lista- murmuré mientras recogía mis cosas.
Caminamos por el bosque lleno de árboles frondosos y ramitas que en ocasiones rasgaban mis piernas habíamos. Hace mucho tiempo que no veía a más personas aparte de nosotros. La última vez habíamos pasado por una aldea, pero la anciana no se detuvo. Ryoga iba de tras de mí y yo iba de tras de Shamppo, todos siendo guiados por la anciana. Estábamos cerca, el miedo me lo decía cada segundo. Después de unas horas de viaje y unos cuantos cinco minutos de descanso. Apareció frente a nosotros un despejado campo. Enorme y siniestro. Estábamos a lo alto y por nuestros pies se veía un campo y un lago que rodeaba un templo. Uno no tan grande pero al parecer más grande que la mansión de Kuno.
Para cualquiera hubiera parecido un paraíso. Un hermoso lugar el cual podrías admirar y disfrutar de sus paisajes por horas, comer en el fresco césped, pasear cerca del lago. Pero para mí, representaba algo hermoso pero a la vez aterrador. Como esas plantas hermosas que cuando te acercas quiere matarte.
Mi corazón palpitaba a mil por hora. Mis manos sudaban y por un instante quise dar vuelta sobre mis tobillos y marcharme de allí. Miré de reojo a Ryoga, este parecía sorprendido y a la vez nervioso. La anciana tenía la mirada llena de entusiasmo, victoriosa. Shamppo... ella solamente estaba con su mirada sombría. Estaba de lo más rara desde que salimos de viaje. No me atrevía a preguntarle que le sucedía.
-Bien. Andando – dijo la anciana con voz mandona.
Bajamos por la ladera. Ryoga me sujeto la mano para no resbalar. La anciana nos guio hasta un caminito que llevaba cercas de madera, se veía vieja y con agujeros. Apreté la mano de Ryoga cuando nos acercábamos al enorme templo. Las puertas eran grandes, de roble y sus postes dorados. Me fije en los detalles de la puerta y en ella se dibujaba un inmenso dragón con la boca abierta disparando fuego hacia un león que estaba de pie sobre sus patas. Todo estaba dibujado sobre la madera haciendo al dragón y al león un café oscuro. Lo único que destellaba eran los ojos rojos brillantes del dragón con su cola retorcida en forma de remolino. Y los ojos dorados del león, que apuntaba sus garras hacia el dragón.
Mi cuerpo dio un brinco y me di cuenta que el de Ryoga también. Porque sin haber tocado la puerta, esta se abrió.
Un pequeño hombrecito, con sus ojos casi cerrados estaba frente a nosotros. Rechoncho en su traje chino celeste. Cualquiera que lo viera pensaría que se trataba de solo un pequeño niño. Pero cuando alzo su rostro pude ver sus arrugas y canas en el poco pelo que le quedaba.
-Oh – escuche a Ryoga murmurar.
Entonces me di cuenta de lo que estaba observando. El pequeño hombrecillo tenia orejas puntiagudas y grandes.
-Bienvenidos. Los estábamos esperando – dijo con una voz chillona.
La anciana sin inmutarse comienza a seguir al hombrecillo que se había dado la vuelta hacia el enorme palacio. Shamppo siguió de tras de ella y yo me quede atrás con Ryoga. El jardín era grande, habían estanques y pequeños arboles rodeándolo, un pequeño puente estaba sobre el. Había estatuas. También una de dragón del lado derecho y otra de un león de lado izquierdo. Había una estatua de una mujer señalando hacia el cielo con dos dedos. Su rostro era del color del marfil. Pero estaba tan bien fabricada que pude ver el dolor en sus ojos.
-Este lugar es extraño – murmuro Ryoga que seguía sosteniéndome la mano.
No dije nada. Seguía mirando a todos lados en busca de más estatuas.
Entramos a un salón amplio. El piso estaba tan brillante que me imaginaba que podía observar mi rostro en el, el menudo hombre caminaba como un pingüinito hacia una de las puertas del fondo. A medida que nos acercábamos la puerta era más grande y en forma de arco, la madera a su alrededor estaba dibujada una especie de llamas incandescentes.
El pequeño hombre nos miró uno por uno y por unos instantes pensé que me mira a mi con mas detenimiento.
-Por aquí por favor.
-gracias – dijimos en coro.
Pasamos por la habitación. El hombrecito se quedó en la puerta con una sonrisa rechoncha, sus mejillas eran roja y el poco pelo que tenía lo llevaba atado a una cola. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. Me había soltado de Ryoga para abrazarme a mí misma.
-Vinieron antes de lo esperado – dijo una voz quebradiza pero fuerte al mismo tiempo.
Mi mirada se trató de adaptar a la luz tenue de la habitación. Busque aquella voz que resonaba como eco en la estancia. Había una mesita de té en medio de la habitación. Unos cojines para sentarse. Mas allá había un estante con tubos de bambú –seguramente habían pergaminos allí- más atrás había un gran cuadro del mismo dragón y león pero ahora con vivos colores. La piel verde y dura del dragón se apreciaba a simple vista al igual que el cuerpo del león.
Visualice a un hombre delgado. Anciano igual a Cologne, sentado frente a la mesita de té. Llevaba una camisola, algo como una bata para dormir, pero no lo era. Podía ver por su escote lo delgado que era, pues sus huesos se divisaban. Miré de reojo a Ryoga y al parecer también lo había notado.
-¿Ese es el que salvara el destino de Akane? – pregunto Ryoga ingenuamente, como si la idea le pareciera descabellada. Su voz hizo eco por toda la habitación.
-¡Mas respeto muchacho! – la anciana lo golpeó con su bastón.
Miré al anciano un poco apenada. El seguía ahí, sin inmutarse. Entonces al alzar el rostro parpadee un par de veces. Su piel era arrugada, casi translucida, como si pueda ver sus pequeñas venas llevar sangre por su rostro. Era tan blanco pero al mismo tiempo se observaba feo y opaco. Su sonrisa hizo que más arrugas se formaran en su cara.
-Por favor, tomen asiento – obedecimos - ¿Cómo estas Cologne? Veo que trajiste a tu nieta. Me pregunto porque…
-Vinimos desde Japón solicitando su ayuda.
El señor abrió sus ojos suspicaz. Miró a la anciana. Yo estaba tan nerviosa que apenas podía articular una palabra. Empuñaba mis manos debajo de la mesa.
-Tengo entendido que Chang está muy débil en estos momentos ¿Sigues viviendo en Japón? Pensé que tu tribu te necesitaba.
La anciana se tensó pero su mirada no demostraba absolutamente nada.
-¿Conoce la tribu de las amazonas? – pregunto Shamppo.
-Oh, querida. Se mucho más de lo que te imaginas. Conozco a todos los guerreros de toda Asia. Algunos de buen corazón y otros… no tanto. También conozco todas las tribus, agrupaciones. Absolutamente todo. Un anciano como yo se abastece de grandes conocimientos.
-Entonces usted… - mi voz salió casi en un murmullo. Pensé que nadie me oiría, pero al parecer el sí. Una pequeña flor de esperanza empezaba a crecer dentro de mí.
Sus ojos se posaron en mí. Ojos tan negros como la noche.
-Se lo que buscas en el instante que entraste a este templo, Akane Tendo.
Mi cuerpo se estremeció. Este hombre sabía mi nombre sin que yo se lo dijera. Mi corazón latía muy rápido.
-Pero me temo que no estoy en las condiciones de ayudarte. Como veras, ahora estoy muy viejo.
Toda la esperanza que empezaba a crecer se marchito en segundos.
-Pero usted conoce el remedio, lo sé, mis antepasados hablaban de eso – la anciana parecía inquieta.
-Soy consciente de ello. Hubo un tiempo en que mis habilidades eran más joviales y mi fuerza era como la de un roble. Ahora he envejecido mucho. Conocí a tus antepasados, Cologne ¿Te imaginas la edad que tengo? Pero por favor, no la digas, es de mala educación.
-Debe ser más viejo que la anciana y el viejo happosai juntos – dijo Ryoga.
El anciano soltó una risa, pequeña pero parecía divertirle lo que dijo Ryoga.
-Oh, Happosai, era joven lleno de espíritu y una resistencia formidable. Siempre alegre y suspicaz. Un joven que paso tiempo conmigo aprendiendo algunas cosas, pero, desafortunadamente sus intenciones no siempre eran buenas.
-Creo que no ha cambiado mucho – comentó Shamppo entre dientes.
-¿Cómo sabe tanto, señor? Si usted es tan sabio como creo que es ¿Por qué no puede ayudarme? Imagino que sabe lo que me sucede… viaj-viajamos desde muy lejos ¡Este no puede ser su respuesta!
-Tu condición es muy rara, Akane Tendo. En toda mi larga vida he visto algunos casos como los tuyos. El último, aquel desafortunado emperador titubeo a último momento. Huyó el día en que se despojaría de sus debilidades humanas.
-¿Debilidades humanas? – Pregunto Ryoga –Se refiera a… ¿Sentimientos?
-Oh, claro, olvidaba que los mundanos preferirían las palabras sentimientos a… ¿Cómo lo digo yo? Debilidades humanas por ser un poco más agradable, algunos se refieren a los sentimientos como Bazofia humana. Pero, sí. Los sentimientos que nos atan a este mundo débil y febril nos distraen. Con el pasar de los años y dependiendo de la fortaleza de tu espíritu. Tus sentimientos vuelven, solos, como un pájaro vuelve a brazos de su madre.
-¿Usted no es humano? – dije sin pensar en si sonaría desubicado o no.
-¿Cómo me ves tu? Personalmente prefiero que mis visitantes me vean como ellos esperan verme: Salvador, un simple anciano, un sabio y muchas veces un amigo.
No había contestado como quería que me contestara tal vez: "anciano desesperante y misterioso" se me cruzo por la cabeza. Mordí mis labios porque no quería presionarlo. Necesitaba conseguir que me ayudara. No había viajado por nada.
-¿Qué debemos hacer para que nos ayude? – insistió Cologne.
El anciano pasó su mirada de ella a mí un par de veces. Luego sonrió apenado.
-Lo único que podría hacer por ella es despojarla de toda Bas… perdón, debilidades humanas. Pero no me encuentro apto para entrenarla ¿Le has dicho que es un proceso muy peligroso y difícil? ¿Qué pocos que han hecho esto han muerto?
-Es consciente. Se lo advertí el primer día.
-El único que puede hacerlo es Yu. Pero dudo mucho que acepte. Es una persona con poca paciencia y conflictiva. Pasa encerrado en sus aposentos y solo sale en las noches cuando hay luna llena. Casi no tengo comunicación con él. Supongo que así son los jóvenes. Pero él no quiere pasar esa etapa aun, lleva mucho tiempo así.
Baje la mirada derrotada. Sentí como mis ojos picaban. La impotencia me invadía ¿Entonces no había salida? ¿No podría recuperar mi fuerza? ¿Habíamos viajado tanto para nada? La rabia comenzó apoderarse de mí. Esto no podía terminar así. No quería ser una persona débil que tuviera que valerse de los demás para sobrevivir.
Me levanté de golpe para irme, necesitaba estar sola, la puerta se abrió. El pequeño hombre entró con una bandeja.
-Les preparé te de yerbas a los invitados. Deben estar cansados. Me tomé el atrevimiento de prepararles las habitaciones de invitados.
-Moning ¿Quién dijo que lo hicieras? – pregunto el desconcertado anciano.
-Como dije mi señor, me tomé el atrevimiento. Además… - dijo mirándome – está oscureciendo y el bosque a esas horas es muy peligroso.
Fue como si estuviera advirtiéndome. Baje la cabeza y volví a sentarme. Ryoga me miraba preocupado, pero no me atreví a devolverle la mirada. Estaba decepcionada de todo.
-¡Oh, que mente tan olvidadiza la mía y también que poca educación tengo! Lo siento ¿Quieres pasar la noche en el palacio? Mañana mi querido Moning les preparará una buena comida para su largo viaje de regreso.
-Es muy amable. Nos quedaremos, gracias –dijo la anciana.
-Siéntense honorables huéspedes. Están en su casa – dijo el menudito hombre y se nos acerco con la bandeja.
Ellos charlaban sobre la vida y sus experiencias. Pero mi mente estaba en otro lado, sentía como si me encontrara a cientos de kilómetros lejos y apenas escuchando lo que decían. Tomaba con lentitud mi té y sentía la mirada del Moning sobre mí, pero no me daba igual. Ahora todo el esfuerzo y la nota de despedida, todo lo que le dije a Ranma, el haberme ido sin despedirme de mi familia a sabiendas de que podrían odiarme. Todo había ido a la basura.
Moning nos llevó a nuestras respectivas habitaciones cuando estaba oscuro. No eran grandes como todas las demás habitaciones, pero era acogedora. Me di cuenta de que no había nadie más que el anciano –el cual aún no sabía su nombre- y Moning. Esa duda revoloteo por mi cabeza ¿No tenía que haber más personas? ¿Sirvientes? ¿Doncellas?
-Puedo hacer todo tipo de trabajo, no necesito ayuda de sirvientes – dijo Moning cuando le pregunte si había alguien más aquí.
Me quede en mi pequeña habitación. Ryoga había ido al que queda en frente de mi por el enorme pasillo y la anciana y Shamppo las perdí de vista. La anciana estaba de muy mal humor después de que el viejo se negara ayudarnos. Yo también estaba de mal humor, pero al mismo tiempo me sentía muy desolada.
-Que tenga buena noche, dama – dijo con una voz suave.
Al cambiarme de ropa, me acosté en el cómodo colchón. No había visto que aquí hubiera camas, pensé que había futones.
No se cuánto tiempo paso, pero no podía pegar el ojo. Me sentía tan frustrada, enojada y triste. Miré por la pequeña rendija que daba hacia afuera. Divisaba la luz de la luna ¿Se enojarían si salgo? ¿Lo sabrían?
Sin pensar en las consecuencias me levante de la cama. No me importaba nada ahora ¿Qué importa cuando todas tus esperanzas mueren? Sintiéndome como una rebelde Sali de la habitación por el pasillo. Recorrí todo buscando una puerta que diera hacia afuera. Me paseé por la cocina, un lugar muy amplio, una cocina tradicional que había visto en templos antiguos. Pero me impresione al ver una nevera y una cocina. Camine descalza sobre el piso. Pase por otra habitación otro pasillo amplio, donde la luz de la luna entraba por todos lados.
-Por fin – murmuré cuando hallé la puerta que daba a un pequeño jardín.
Salí y me aventuré por los jardines. Camine por un rato pensando en que sería de mí en un futuro ¿Ranma me aceptaría de vuelta? ¿Mi padre me seguiría heredando el dojo? Mis labios temblaron. A quien quería engañar, sabía perfectamente que ser fuerte era lo único que le daba razón a mi vida, ser fuerte y saberme valer por mi misma era lo que me caracterizaba. Ahora era todo lo contrario a la Akane que existió alguna vez. Ahora mis pensamientos eran débiles al igual que mi cuerpo. Me había convertido en la Akane que siempre odie.
Llegué al lago que estaba un poco alejado del jardín.
Me quedé de pie observando como la luna, redonda y blanca como el marfil se reflejaba en el lago, tan silencioso. El viento acariciaba mi cuerpo y se llevaba mis lágrimas saladas con él. Sentí mi pecho subir y bajar, y desde que el anciano me había dado la trágica noticia de que no podría ayudarme. Me desmoroné.
Caí al suelo de rodillas llorando. Apuñe mis manos sobre la tierra y la yerba arrancándola con mis uñas.
-¡¿Por qué?! – grité a todo pulmón. Mi cuerpo dolía ¿Ahora también llorar dolía? Me sentía tan patética.
Levante el rostro y enjuague mis lágrimas. Pero era imposible, seguían saliendo.
Todo había terminado. Había fracasado.
-¿Quién eres? – una voz ronca pero al mismo tiempo con una pizca de asombro me habló.
Mis lágrimas cesaron de golpe. Y busque con la mirada esa voz.
-Demando que me digas tu nombre.
Había un chico, parado a unos metros de mí. Sus ojos estaban abiertos de sorpresa, a pesar de la noche oscura pude ver que eran de un color ámbar precioso, como los de un león pero más oscuros. Parecía sorprendido y con miedo. Me levante de inmediato, yo también tenía miedo. Era alto, tan alto como Ranma y Ryoga o quizá un poco más. Llevaba una capa encima de su ropa blanca. Su cabello era negro y un poco largo, hasta los hombros, era tan negro como los ojos del anciano. Era también blanco, pero no un blanco feo y opaco del anciano. Este era un blanco juvenil, un blanco que gustaría a cualquiera y también envidiaría.
-Yo… lo siento… no…
Llevo su mano a su cintura y sacó una espada, apuntándome. El asombro y el miedo desaparecieron, remplazados por ira mucha rabia. Mi cuerpo tembló.
-¿Quién te envió? ¡Responde!
No supe que decir. El seguía apuntándome. Pero yo no podía hablar.
