Nota: ya sabemos, los personajes son de SM. La historia es mía.

SUMMARY: "–Entonces, si logro que Bella se acueste conmigo ella tendrá que..." Edward y yo tenemos la maldita costumbre de apostar por todo. ¿Quién iba a sospechar que esta vez la situación se iría de las manos? Una apuesta. Un ganador. Miles de consecuencias. B&E

ADVIERTO: NO será un fic lemmon. No estoy interesada para nada. Si es necesario, las situaciones serán tratadas como lime, de forma totalmente sutil, digo, por si esperaban lo contrario. Lo que SI habrá es temas de contenido adulto. Advertido.


Y llegó el 9no capítulo.

Se que la espera fue excesiva, espero lo disfruten.

(:


9. Peor… Imposible*

.

Corría por un amplio prado verde con el viento golpeando mi rostro. Sentía la hierba húmeda bajo mis pies y la brisa revolviendo mi cabello. Lo veía, a metros por delante, con sus siete colores brillando sobre el cielo azul intenso. Aceleré el paso. Estaba ahí, tan cerca, y a la vez tan lejos y mis pulmones escocían. No podía detenerme. No ahora cuando estaba tan próxima a lograr el éxito. Subí una loma que me obligó a disminuir la velocidad, di los últimos pasos sintiendo cada pisada y sufriendo cada respiro, pero al llegar a la cima… el brillo dorado inundó mi vista y cegó mis sentidos. Era verdad. Aquello que decían del final del arcoíris era verdad y yo estaba ahí, comprobándolo: había frente a mí un enorme caldero rebosante de monedas de oro y brillantes invitándome a acercarme.

Pero tal como decía el mito, el caldero no estaba solo. Rápida como un águila fijé mi vista en el pequeño leprechaun con barba pelirroja, traje verde y sombrero de copa coronado por un trébol que custodiaba la vasija justo cuando hizo amago de desaparecer; el hombrecito quedó inmóvil, presa de mi mirada. Fue entonces cuando él comenzó a verme, fijamente, sin pestañear. Y recordé lo que tenía que hacer. O mejor dicho lo que no debía hacer por ningún motivo: no podía bajar la vista del duende hasta tocar el oro o si no este desaparecería y con él la riqueza que siempre había soñado y que nunca podría volver a tener. Comencé a acortar la distancia de forma lenta hacia el caldero bajo la lacerante mirada del pequeño irlandés. Levanté mi mano derecha y la estiré. Unos centímetros me separaban de mi preciado oro pero mis ojos ardían y ya no podría resistir más. Iba a pestañear, lo sentía… pero no debía. ¿Podía lograrlo? Tenía que lograrlo. Avancé los últimos centímetros y fue cuando una de mis rodillas golpeó la vasija, y supe que me había convertido en la persona más millonaria de todo el mundo. Mi mano se acercaba peligrosamente a las monedad cuando el leprechaum me interrumpió con su aguda voz:

–¿Segura que lo quieres?

Asentí y sin pensarlo introduje mi mano con decisión que se perdió entre las sólidas monedas de oro y los irregulares brillantes. Lo había logrado, el tesoro era mío. ¡Mío! El duende asintió y sonrió, y al fin pude admirar mi espléndida fortuna que seguía ahí tan maravillosamente real: cientos y miles de monedas cuál de todas más resplandecientes y apetitosas. Las toqué y apreté y hasta las saboreé con la yema de mis dedos. La sensación en mi pecho era sublime.

–¿Segura que lo quieres?

Pero la voz ya no era aguda. Esa voz… No la había escuchado una vez, ni dos sino cientos de veces. Alcé la mirada y –¡oh, por Dios!– Edward estaba ahí. Desnudo. Sí, desnudo.

Sentí mi estómago voltearse ciento ochenta grados y solté una bocanada de aire que dejó sin oxígeno mis pulmones. Edward me sonreía completamente desnudo donde segundos antes había estado el duendecillo. Y estaba desnudo. Bueno, no del todo desnudo. Un sombrero de copa, de hecho el mismo que llevaba el pequeño irlandés con anterioridad, era la única prenda de vestir que tenía. Y no la llevaba donde usualmente se usaban los sombreros. No señor. Edward sostenía el sombrero ahí, cubriendo precisamente esa parte de su anatomía. El trébol… aquel trébol en el sombrero lucía… particularmente erguido. Me mordí el labio con fuerza y la sonrisa de Edward se acrecentó.

–¿Segura que quieres el oro? –volvió a preguntar con un tono de voz demasiado… sexual.

¿Oro? ¿Qué oro? ¡Oh, cierto, el oro! ¿En qué momento un caldero rebosante de monedas de oro, brillantes y todas las riquezas posibles habían dejado de tener valor? Sabía la respuesta. Justo en el momento en que Edward extendió su mano, y no cualquier mano, hacía mí invitándome a acercarme. Ese sombrero seguía en su lugar, mostrándose malditamente hipnótico, sostenido por nada. Mentira. Sabía que lo sostenía. Solté una nueva bocanada que sonó más a gemido y comencé a acercarme. ¿El oro? ¡No me interesaba el oro! Mi objetivo era uno. Quería ese trébol… y lo quería ¡ya!

Desperté de golpe exhalando con fuerzas. Mi pecho subía y bajaba de forma acelerada. Reconocí mi habitación, estaba en mi cama; sólo había sido un sueño. Pero no cualquier sueño. Un sueño húmedo –de hecho, muy húmedo– con Edward.

–Edward –susurré.

Y una sonrisa lasciva se escapó de mis labios sin poder contenerla.

–¿Mmm?

Me volteé de golpe por el susto. Edward estaba a mi lado. Y dormía. Su murmullo sólo había sido un reflejo de su parte porque aún estaba bajo los efectos de Morfeo. Edward había pasado la noche conmigo. Bien. Eso era… normal. Se había quedado en mi departamento cientos de veces, compartido cama inclusive. Era una situación… normal, como había dicho. Y ahí estaba, dormido, siendo tan malditamente atractivo incluso cuando descansaba. La sábana lo cubría hasta la cintura dejando al descubierto su blanquecino abdomen. Conocía cada centímetro de su abdomen, lo había visto muchas veces, en la realidad y ahora en mis sueños, y aun así no me privé de volver a examinarlo, y a deleitarme de paso: ese cuello, esos hombros, sus bíceps, sus abdominales, esos oblicuos… Me descubrí saboreándome los labios y sentí la humedad ardiente en mi entrepierna. Eso… no era nuevo.

Movida por no sé qué levanté mi mano derecha y comencé a acercarla al pecho de Edward quién aún dormía. Fue como en mi sueño intentando alcanzar la vasija de oro, sólo que ahora la recompensa sonaba mucho más interesante.

¿Qué me estaba pasando?

Apoyé con suavidad mi dedo índice al final del cuello de Edward y comencé a delinear su pecho, descendiendo por entre sus abdominales y su estómago. Llegué a su ombligo y me desvié hacia sus oblicuos… esos oblicuos que me dejaban sin palabras. Fue cuando osada apoyé toda mi mano y sentí varias punzadas. Ahí.

¡Mierda! ¿Qué era todo esto?

Tenía que detenerme. Y no podía. Y no quería.

Rehíce el camino sintiendo sus músculos con toda mi mano –dios, era tan excitante– y cuando llegué a su cuello, la mano de Edward asió mi muñeca con fuerza, deteniéndome, y sus verdes ojos me miraron cuestionándome.

–Bella, ¿qué-

Lo calle con un efusivo beso acomodándome sobre él y mis manos comenzaron a recorrerlo sin pudor. Edward no se quedó atrás y sentí como recorría mi espalda, mi cintura mientras nuestras lenguas se enfrentaban en una húmeda y algo desesperada lucha. Edward me volteó con fuerzas y atacó mi cuello mientras sus manos se aventuraban bajo mi holgada camiseta. Y lo sentí. El trébol, ese trébol…

–¿Segura que lo quieres?

¿Ah? Abrí los ojos. Edward se había detenido un momento y me miraba sonriente con su ojos cargados de lujuria.

–¿Segura que quieres el oro? –volvió a repetir con la voz cargada de excitación–. Porque tengo un graaaan trébol-

¿¡Qué mierda!?

Desperté sentándome de golpe. Volvía a estar en mi habitación: había sido un sueño. Otro sueño. Llevé mi mano a mi pecho intentando regular mi respiración. Examiné mi habitación. Estaba sola. Pellizqué mi brazo por seguridad. Estaba despierta. Me dejé caer en la cama, apesadumbrada y sentí mi hombro punzar. Sí, estaba despierta.

¿Dos sueños húmedos con Edward durante la misma noche? Y ese segundo sueño… sí que había sido vívido. Podía sentir los resquicios de mis fantasías ahí abajo. ¿Por qué mi mente buscaba traicionarme pensado a mi amigo con otros ojos? ¿Por qué ahora? Es cierto, Edward era un tipo guapo e interesante, cualquier chica moriría por estar con él. O bajo él. ¿Pero yo? Lo conocía demasiado para pensar siquiera en… excitarme con esos abdominales. Pero lo había hecho. El masaje que me había dado la noche anterior había provocado algo. Y fuera lo que fuera que había despertado en mí, sí que se sentía bien.

Metí mi mano bajo las mantas y fui descendiendo. Sentí el elástico de mi short de pijamas. Bajé sólo un poco más…

Solté el aire de mis pulmones de forma lenta y cerré mis ojos disfrutando cada caricia. ¿Era extraño que hiciera esto pensando en Edward? Definitivamente no era el momento para pensar si era extraño o no, lo que sí sabía es que era efectivo. De eso no tenías dudas. Doblé mis rodillas en acto reflejo haciendo más dificultoso mi acceso y –wow– se sintió de maravillas. Saboreé mis labios recordando mi sueño. Ahogué un gemido.

Y mi mente volvió a traicionarme. Abrí mis ojos pensando en lo rarísimo que era todo esto. ¡Era Edward el de mis fantasías, por dios santo! Subí mi otra mano hasta mi cuello y mi racionalidad se fue al carajo justo cuando solté un sonoro quejido. Y otro lo siguió. Y otro…

Me sentía en las nubes. Iba a alcanzarlas, estaba por tocarlas, sí, sólo un poco más…

¿Pepper?

Mis ojos se abrieron como platos y me volteé de prisa sin tiempo de retirar mi mano.

¡Auch! –grité sin control. Mi hombro, espalda y cadera escocieron al unísono justo cuando Edward entró a mi habitación.

–¿Pepper estás bien? –se acercó preocupado.

Como pude disimulé mi excitación –Sí. Desperté con… Volteé y mi… me duele.

–Traeré un poco de agua para que tomes la pastilla.

Edward salió con prisa de la habitación.

¡Eso había estado cerca! Me acomodé en la cama, ordené un poco mi cabello e intenté tranquilizarme. Y entonces recordé cada suceso. ¡Qué mañana! No podía creer que había soñado, no una, sino dos veces, y después me había… tocado pensando en Edward. Necesitaba una ducha fría con urgencia. Y un buen polvo. Las seis semanas sin sexo me estaban pasando la cuenta.

Edward volvió con el vaso de agua, se sentó a mi lado y me ayudó con las pastillas.

–¿Descansaste?

¿Qué si había descansado? Mmm… no precisamente. De igual manera asentí sin mirarlo. No podía ver a Edward a los ojos, no después de aquello.

–Bien. Me asusté con tu grito. Tendré que hacerte más friega para que te recuperes pronto.

Mis mejillas se encendieron y sentí un cosquilleo en mi estómago.

–Ehh… no, no necesito, me dolió pero… ya se quita.

Hice ademán de levantarme en un intento de escapar de su lado pero Edward me detuvo con su mano.

–Hey, hey, hey, ¿dónde crees que vas?

–Debo levantarme.

–No –respondió de forma rotunda–. Tú te quedas en cama, debes hacer reposo, el médico lo ordenó –le dediqué una mirada de "no seas exagerado"–. Ya dije. Reposo –agregó terminante.

Rodé mis ojos y volví a recostarme, rindiéndome.

–Te traeré desayuno –dijo levantándose. Sonreí al verlo, ahora sí con los ojos del mejor amigo que era. Fue cuando me fijé que llevaba el mismo pantalón de tela y camisa que la noche anterior, sólo que ahora ya no había corbata y los puños estaban recogidos: Edward había pasado la noche cuidándome.

–¿Vas a decirme a dónde ibas ayer tan guapo?

–Bella, lo de anoche ya fue, olvídate –agregó dirigiéndose a la puerta.

¿Olvidarme? Imposible. Habían pasado demasiadas cosas la noche anterior. ¿Cómo iba a olvidarme de mi estúpida caída en la bañera que me había impedido…?

–¡Jake! No le avisé a Jake que no iría a la cita –grité espantada.

Edward me miró desde el dintel de la puerta y suspiró –Ayer te dormiste luego del masaje y me tomé la libertad de textearle desde tu celular. A todo esto, me debes que veamos Iron Man.

Rodé mis ojos –¿Dijo algo?

Edward tardó unos segundo en responder –Dijo que si estabas repuesta le gustaría pasar a darse una vuelta hoy.

Una gran sonrisa escapó de mis labios justo cuando Edward desaparecía de la habitación. Cierto, a él no le gustaba Jake. Bueno, ¿qué importaba? Porque a mí me encantaba.

. . .

–Lástima que te perdieras la cena –dijo Jasper ocultando su tono de compasión mientras recibía una cerveza de mi parte. Le extendí otra a Emmet y me senté en el sillón a descansar un minuto.

–No podía dejar a Bella así, me necesitaba. La hubiesen visto, era un bulto en la bañera.

–Sí que fue una mala caída –agregó Emmet–. Bueno, es Bella, tampoco me sorprende mucho.

–Nos hubieses llamado a Alice y a mí, seguíamos en el restaurant.

–Da igual. Cuando volvimos de Urgencia ya era tarde. No tenía sentido –dije dando por zanjado el tema. No quería volver a hablar de cómo me había perdido la oportunidad de mi vida laboral. Seguro ahora James estaba con Marcus en alguna cancha de golf vendiéndose como el mejor Director Creativo que Yellow Elephant podría tener.

–Tienes razón –me concedió Jasper.

Solté un fuerte suspiro y bebí un trago largo. Así habían sido las cosas, no podía lamentarme ahora. Bella me había necesitado y tendría que haber sido un reverendo imbécil para no correr a socorrerla. Si alguien me importaba, ese alguien era Pepper, y aunque hubiese tenido agendada la cena con Barack Obama y su familia no habría pensado en hacer las cosas diferentes.

–¿Piensas ir a cambiarte? –preguntó Jasper indicando mi atuendo.

–Debería aprovechar que ahora están acá.

–Adelante, nosotros cuidaremos de Bells –comentó Emmet–. Bueno, las chicas cuidarán de ella, nosotros seguiremos acá sentados bebiendo cerveza hasta que vuelvas.

Reí levantándome. Sería mejor que fuese a darme una ducha y cambiarme. Y a buscar algo de ropa si quería lucir decente mañana en el trabajo. Bien, había desperdiciado una oportunidad de sumar puntos para el ascenso pero eso no quería decir que James lo había obtenido. La pelea seguía y no podía presentarme apestando con la ropa de hacía dos días si es que quería dar una buena impresión.

Miré la hora. Iban a ser las cinco.

–Un segundo.

Fui hasta la cocina, tomé un vaso con agua y fui a la habitación de Bella. Golpeé. La voz de Alice me indicó que pasara.

–Tu medicina, Pepper.

Bella me sonrió desde la cama. Rosalie y Alice, acostadas a su lado, me miraron sorprendidas.

–Wow, wow, wow, ¿qué tenemos aquí? –se mofó Rosalie.

–Si no lo hubiese visto, no te hubiese creído Bella –la secundó mi hermana.

Le extendí las pastillas a Bella –Ja-ja, muy divertido chicas –ironicé.

Bella volvió a sonreírme –Edward se ha portado de maravillas conmigo, es el mejor enfermero que podría tener. Eres un lindo –agregó lanzándome un beso.

Rodé mis ojos: hasta ella me molestaba. Volví a suspirar –Pepper, iré a mi departamento y regreso. ¿Algo que necesites antes que me vaya?

–¡Hey, podemos cuidarla! No eres el único con título de enfermero. ¡Vete ya! –dijo Rosalie lanzándome un cojín.

Miré a Bella –Estoy bien, gracias por todo cariño –respondió.

Sonreí –Bien, vengo en-

El timbre del departamento me interrumpió.

–Vengo de inmediato –dije saliendo de la habitación y dirigiéndome a la entrada. No necesitaba darle muchas vueltas al asunto para saber quién se encontraba tras la puerta. Estábamos los seis en el departamento y sólo una persona más se había anunciado: el señor sonrisitas. Abrí la puerta y ahí estaba justamente con su resplandeciente sonrisa, esa que odiaba tanto.

–Edward –saludó extendiéndome la mano.

–Bla- Jacob –corregí. Me quedé viéndolo unos segundos hasta que me di cuenta que lo mejor era hacerlo pasar. No era mi departamento, no era a mí a quién visitaba y, por mucho que no me gustara para ella, no era dueño de la vida de Bella–. Adelante.

Dejé que Back pasara y cerré la puerta tras de sí. Jasper y Emmet se levantaron a saludar.

–Jacob, estos son Jasper y Emmet. Chicos, este es Jacob Black, un… amigo de Bella.

Jacob sonrió extendiendo su mano –Claro, un amigo –comentó divertido. La chispa de odio que sentía desde que sonrisitas había aparecido en la vida de Pepper se encendió.

–Le avisaré a Pepper que estás acá.

–Vale. Hey Edward –me detuvo cuando me dirigía a la habitación–, ¿te molesto con un cargador para mi I-Phone? Estoy en la pitilla de batería.

¿Y a mí qué tu batería? ¿Por qué simplemente no te lo metes por-

–Por supuesto, junto al televisor está el cargador de Pepper. Desconecta mi celular, no hay problema –y así era como Esme podía sentirse orgullosa de la educación que les había dado a sus hijos.

Golpeé la puerta de Bella, no esperé respuesta y entré. Bella me interrogó con la mirada –Es él –su sonrisa se ensanchó y sus ojos brillaron como nunca. El fueguito en mi interior creció en intensidad.

–Bueeeno, será mejor que nosotros nos retiremos –comentó Rosalie levantándose. Alice la imitó, se despidieron de Bella y salieron de la habitación.

¡No! ¿Qué estaban haciendo? ¡Quedémonos todos acá y compartamos como una gran familia de amigos que se quiere y ama, y seamos todos felices unidos comiendo perdices! ¿Qué les parece?, pensé. ¡Absurdo!

–Le diré que pase –le hablé a Bella. La chica me sonrió mientras se acomodaba en la cama y ordenaba su cabellera.

¿Por qué tenía que interesarle justamente él? ¿Mi problema era sólo Black, o en realidad cualquiera que osaba entrar en la vida de Bella? No tenía problema en que Pepper estuviese con alguien, el problema era que en general coincidía con algún idiota, como Black, y Bella no merecía pasar por eso. Era maravillosamente única para soportar idioteces. Y no merecía sufrir, en absoluto.

Volví al living. Black se presentaba ante las chicas con su luminosa sonrisa quienes parecían encantadas con su presencia. Jasper y Emmet pasaron a despedirse de Bella y se reunieron con las chicas en el living, y luego se retiraron.

–¿No vienes, Edward?

–Vayan. Bajo en un minuto, necesito dejar… hacer… unas cosas… –mi voz se fue perdiendo sin lograr hilar una frase coherente. No tenía clara mi excusa para evitar dejar a Bella a solas con Black. Los chicos se marcharon y me volteé hacia Jacob–. Pepper está en la pieza, pasa.

Jacob se levantó y se perdió por el pasillo en dirección a la habitación de Bella. Me volteé a ver la cocina: bueno, este lugar necesitaba un poco de aseo. Tomé un paño del lavaplatos dispuesto a empezar una profunda limpieza cuando me di cuenta de lo estúpido y absurdo que estaba siendo. Dejé el paño donde estaba. No podía ser tan patético. Pepper estaba con un chico, e independiente que me agradara o no –es más, lo odiaba–, debía darle su espacio. Pepper era una chica inteligente: si Black resultaba ser un buen tipo –lo dudaba– la apoyaría incondicionalmente. Si no, yo mismo iría y le botaría de un solo golpe cada uno de esos perfectos dientes a ver si podía seguir regalándole sonrisitas a cualquiera.

Tenía que salir de ahí. Cogí mi billetera y llaves del auto. Fui por mi celular junto al televisor…

. . .

–Hola –no pude controlar mi sonrisa cuando Jake entró a mi habitación. Había meditado una y otra vez si era una buena idea de que Jake me visitara estando en pijamas y en cama, totalmente desarreglada. Bueno, no del todo, un poco de maquillaje suave, cabello desenredado, algo de perfume… Bien, el chico me gustaba ¡que no quería espantarlo!

–Hey –respondió sentándose a mi lado y dándome un suave beso en los labios.

–¿Y eso? –pregunté sorprendida.

–En una de esas sirve para que te recuperes.

Me mordí el labio, tentada –A ver, probemos un poco más –jugué susurrándole.

La melodiosa risa de Jake inundó mis oídos justo antes de saborear sus benditos labios. No recordaba que esto fuese tan bueno.

–¿Cómo te has sentido? –preguntó ahora más serio.

–Menos adolorida, algo drogada… pero bien –sonreí–. Feliz de que hayas venido –le solté justo antes de arrepentirme. ¿¡Por qué había dicho eso!? No podía soltarle algo así en la… ¡segunda cita! ¡Lo asustaría! No me extrañaría que Jake se levantara y se marchara ahora mismo.

–Genial. Tenía muchas ganas de verte. Cuando recibí el mensaje de Edward… lamenté mucho que nos perdiéramos esa cita.

Estaba drogada y en las nubes. Pude sentir como me derretía. Me quedé fija viendo los ojos marrones de Jake. ¡Dios! ¿Podía ser esto real? ¿Un chico que me volvía loca y que además yo le interesaba? Era… sorprendente. Casi irreal. Mágico. Sentí como Jake me analizaba con la mirada. Sin poder controlarme bajé mi vista a sus labios en un rápido movimiento y volví a fijarme en sus ojos. Jake sonrió de una manera malditamente sensual. Fue cuando decidí mandar al carajo el hecho que estaba en cama y en reposo. Y lo mejor fue que Jake también lo comprendió.

Sus labios atraparon los míos mientras que una de sus manos apresó mi nuca y sostuvo mi cabeza, obligándonos a besarnos con mayor intensidad. ¡Wow, se sentía increíble! Sus húmedos labios, su cálida lengua… Llevé una de mis manos a su cintura y dejé que mi mano se aventurara bajo su polera. Jake lo tomó como una señal y me recostó de golpe.

Auch –me quejé cuando mi espalda cayó sobre el colchón.

Jake se detuvo y me observó preocupado, llevándose de paso mis besos –¿Estás bien?

Shhh… –lo silencié con un beso. Estaba demasiado excitada y ni una punzada en el hombro, en la cadera o en mi cintura me detendría de hacer lo que haría.

Volvimos a enfrascarnos en una lucha mientras nuestras manos osaban llegar a otros lugares aún no explorados (entre nosotros, vale decir). Jake acariciaba mi cuello mientras su otra mano acariciaba una de mis piernas. Estaba en short de pijamas y el tacto sobre mi piel descubierta quemaba. Mis manos seguían entretenidas en su abdomen, en lo que podía reconocer a ciegas con mi tacto y reconstruir en mi mente. Todo se sentía tan… firme. No quería imaginar, necesitaba ver. Agarré la remera de Jake e intenté quitársela.

–Espera –dijo Jake arrebatándome sus besos por segunda vez y deteniendo mi accionar–. Edward está en el living.

–¿En serio? –pregunté entre sorprendida y agitada–. ¿No se iba?

–Dijo algo de… que tenía que hacer. ¿Estás segura que es sólo tu amigo? Se toma bastantes atribuciones.

–Simplemente me cuida. Ya se marchará.

–¿Y mientras?

–¡Mierda! –me quejé en susurros. Jake se rio en mi cara–. ¿Qué? –pregunté a la defensiva.

–Pensé que eras una chica buena –dijo muy cerca de mi boca. Su dedo índice hacía círculos en mi muslo.

–Todos sabemos que las buenas siempre pierden.

Jake volvió a reír –¡Mierda, eres excitante!

Y ya nada más importó.

El ruido de la puerta golpeando la pared al abrirse nos separó como si un rayo hubiese caído entre nosotros.

–¡Fuera! –gritó Edward. Lanzó un celular a la cama, justo al lado de Jake y agregó muy serio –¡Lárgate, ahora!

–Edward, ¿qué mierda? –grité reaccionando. ¿Qué carajos era este show?

Jake recogió el celular y miró a Edward quien no le quitaba la vista de encima. ¡Dios, si las miradas mataran en este mismo momento Jake caía muerto!

–Edward, no te permito-

Quise hablar pero mis palabras se trabaron al ver que Jake se ponía de pie y agregaba.

–Tiene razón, debo marcharme.

¿¡Qué!?


*Adaptado de la película "Mejor... Imposible" (As Good as It Gets, 1997) de James L. Brooks.

(1)Leprechaun es un tipo de duende característico de la mitología Irlandesa.


Bueno, ahí está chicas. No tiene sentido excusarme por mi larga ausencia, las palabras están demás. Les dije que terminaría el Fic y estoy acá para cumplir eso. Me gusta la historia y siempre quise darle un final. Y sin duda se los debo.

Espero hayan disfrutado la actualización, y también espero sus comentarios.

Nos leemos,

(: