Último capítulo del año 2012, particularmente, esto no lo convierte en un capítulo particular, aunque, como en cada actualización, se trabaja con mucho más esmero y cariño que la anterior. Es la única forma de que el trabajo valga la pena, aunque siempre se comenten equivocaciones.
De nuevo, gracias a todos por leer. Pocos o muchos, siempre valdrá la pena que alguien se tome el tiempo de leer tus escritos.
Albert Wesker se encontraba sentado en el comedor, cenando mientras era acompañado por sus padres: Natasha y Alex Wesker. Como hijo único, nuestro antagonista de cabello rubio y gafas oscuras tenía el listón muy alto en cuanto a méritos se refería. La familia de Wesker, no planeaba tener más descendencia, y se lo hacían saber muy a menudo a su primogénito.
-Albert… - Interrumpió su madre con tono estoico. Una preciosa mujer de cabello tan rubio como su hijo y esposo. Largo y salvaje. No admitía listones ni moños de ningún tipo. Su piel era clara como la nieve, tanto que daba la impresión de parecer enferma y sus ojos de un color café tan intenso que parecían un profundo vacío sin fin. Delgada, Natasha Wesker era una mujer bastante delgada y escultural.
-Te escucho.
-Estarás consciente de la responsabilidad que recae sobre tus hombros, ¿Verdad?
-No lo considero prudente. – Interrumpió mirándola directamente, o eso era lo que ella creía, pues con esas gafas oscuras… - Como ya les he dicho antes, hay mejores prospectos que Excella Gionne para acompañarme a la tumba.
-¡Albert!
-Lo siento… Al altar.
-Tu madre y yo hemos sido muy claros al respecto, me parece – Reiteró Alexander Wesker, con una mirada fija y penetrante sobre su único hijo. Ojos verdes, frente amplia y piel lisa con un tono ligeramente tropical que le debía a su padre, un veterano de la guerra del pacífico – No hay familia más adecuada para mantener tan puro a un linaje como el nuestro, como lo son los Gionne o los Ashford.
-Creo que mi sangre ya es lo suficientemente pura. Y cualquiera que la reciba, será lo suficientemente afortunada como para mantener el árbol genealógico de su familia puro, por las próximas cien generaciones.
Progenitores se observaron tensos por unos escasos diez segundos, que Albert Wesker contó meticulosamente. Los conocía tan bien, que se había resignado desde el primer momento a convencerlos ahí, en la cena. Pero no así sus aspiraciones quedaban muertas. Él ya sabía qué hacer, tenía un plan, pues Albert Wesker a sus tiernos diecisiete, era un joven de nervios de acero, que no miraba hacia atrás y que tenía al mundo comiendo de la palma de su mano.
-Me retiro – Hizo una sarcástica reverencia delante de la mesa y se retiró triunfante; o al menos eso creía. La voz de Alexander le interrumpió el delicioso trayecto.
-La semana que viene te presentaremos ante la familia Gionne como el prometido de Excella. Por favor toma eso en cuenta a la hora de hacer planes con William o Hunk.
Wesker no ocultó su sonrisa, pero tampoco se la dejó ver a sus padres que permanecían renuentes a un "NO" por parte del rubio.
Salió al balcón. La azotea de su casa era la que tenía la mejor vista de toda Racoon City, eso le servía para relajarse. Sacó un cigarrillo. Wesker era de los que más criticaba esa funesta costumbre. La aborrecía a más no poder, pero si era para relajarse y sentirse el amo del mundo, entonces un buen Marlboro no le venía mal de vez en cuando.
-Espero que llegues pronto, Alexandra. De lo contrario, podría modificar mis planes ligeramente y quizás tú…
Pero no pudo completar la frase.
-Al final, no resultaste tan frío y calculador como creíste, Wesker.
El rubio ni se inmutó, continuó inhalando el humo tóxico de su cigarrillo y con la mirada bien fija en los edificios, en las montañas y en el horizonte, respondió:
-No creas que me siento menos que tú por ser lo que soy al lado tuyo. No pretendo cambiar mi forma de pensar, por un gili de chaqueta verde, como Redfield.
-¿Te parece gili mi chaqueta? – Repuso el muchacho de cabellos azabaches con una sonrisa despreocupada, tirando de la manga de su prenda de vestir – Espero que sea mentira. Es la que más abriga.
-¡JA! Por favor…
-Te engañas, Wesker.
-No – Respondió, Albert de manera cortante – Todo es parte de un plan. Si tú y tu toda infinita "sabiduría", no pueden comprenderlo, entonces no te molestes en venir acá a darme consejos.
-No me creas tan petulante, Albert. Solo me pareció apropiado hacerte razonar en lo obvio.
-¿Quién te ha dado permiso para tutearme? ¿Y qué se supone que es lo obvio?
Wesker se había volteado para hacer esa pregunta queriendo dar la cara a su acompañante, pero aquel gesto fue en vano; él ya se encontraba a su lado. Apoyado del barandal, mientras buscaba prenderle fuego a otro cigarrillo.
-¿Consideras que no tengo ese permiso, Albert? ¿Consideras que alguien como yo no tiene el más mínimo derecho de llamarte por tu nombre?
Wesker se quedó en silencio. Sus fracciones, tan tiesas como su personalidad, reflejaron en la parsimonia de una respuesta obvia.
-Eso pensé… Cuando cruces esa puerta de regreso, no olvides llevarte contigo tu dignidad – Le señaló el pórtico de entrada a la terraza.
La puerta doble con ornamentos de roble de la terraza parecía clamarle a gritos que la abriera de par en par. Por un momento muy leve, a Wesker le invadió una sensación de sosiego y agradecimiento. Algo extraño. No quería aceptarlo, pero de alguna forma sentía que al menos debía darle las gracias.
Pero ya no estaba… Aquel chico, de cabello negro y chaqueta verde había literalmente desaparecido.
-¿Te lanzaste por el balcón, acaso? – Preguntó para sí mismo con ironía. Mientras observaba hacia abajo con una ligera sonrisa.
Observó la colilla de su extinto cigarro. Lo tiró al suelo y le pisó sin contemplación. Esperaba no tener que razonar de esa manera nunca más, aunque algo le decía, que volvería a ver a aquel sujeto al menos otra vez.
-Todavía tengo preguntas que hacerte, así que espero poder interrogarte algún otro día, nuevamente…
Chris, Barry, Leon y Billy; llevaban no menos de media hora en la plaza de mayores, charlando despreocupadamente y bromeando sobre lo mucho que solían tardar las mujeres haciendo cualquier cosa.
Les produjo gracia, en especial, la forma en la que trataron a Ada por ser la nueva del grupo. A la chica de orígenes orientales, la habían arrastrado a probarse miles de vestidos y a ver a Rebecca y a Jill probarse otros cientos más. Ella misma no podía negar que había reído varias veces y se había divertido, pero le parecía realmente increíble que pudiesen pasarse de tienda en tienda y no comprar absolutamente nada.
-¡Pruébate este, Ada! – Le gritaba Rebecca con entusiasmo - ¡De seguro a ti te queda de maravilla!
-Pero, Rebecca ese ya…
-¡Nada de eso! – Reclamó Jill - ¡Ada se probará esto! – Y comenzaban de nuevo. Helen y Claire sentían un poco de lástima por la chica de cabellos azabaches azulados. Sabían que la pasaba bien, pero no esperaban que Rebecca y Jill tratasen de hacérsela pasar "tan bien".
-Has estado más callada de lo habitual, Claire ¿No estarás en tus días?
-¡Helen!
-¡Ok, ok! Es solo que andas muy callada.
La pelirroja dejó escapar un bufido. Uno que Helen pensó, solo podía soltar cuando Ada no estuviera a su vista.
-Ella tiene tanto derecho como tú, Claire. Tú sabes que…
-Lo sé – Le interrumpió ella – Leon es mi mejor amigo, solo quiero lo mejor para él.
-¿No has pensado que puede que tú seas lo mejor para él?
-¿La mejor amiga? – Rio divertida.
Helen le acompañó. De alguna forma, Claire no perdía su particular sentido del humor, aún en situaciones que podían tumbar moralmente a cualquiera. Sabía que a la pelirroja no le hacía nada de gracia que hubiese sido el mismo Leon, el que propusiera invitar a Ada a ir al cine con ellos, pero a la vez, sabía que el gesto del muchacho de cabello castaño había sido digno de alguien de corazón puro. Que lo hizo porque le nació hacerlo. Y no podía recriminárselo, después de todo, jamás había visto a Ada hablar con alguien que no fuese el aspirante a oficial de policía.
-Deberías hablar con ella.
-¿Con Ada? – Intervino rápidamente Claire, con una exhalación – No creo que haga falta – Repuso pensativa – Rebecca y Jill ya se han ocupado lo suficiente de eso.
-Me refiero, a hablar de lo que sientes. Esto es tan difícil para ella como lo es para ti, o al menos eso creo… No es una mala persona, Claire.
-Lo sé…
-Por eso debes hablar con ella.
La pelirroja apuntó la mirada directamente hasta los vestidores. Vio a las tres chicas salir del mismo y a la oriental sonreír de manera sincera ante sus gestos de amabilidad y a la rápida acogida que le habían dado. Aquella imagen le pareció de lo más tierna y verosímil. Después de todo, Ada parecía haber salido de un limbo y esperaba de corazón no volver a entrar en el jamás.
Ya en la sala. Rebecca estaba con Billy y Helen con Barry; eso había quedado muy en claro desde el principio. Para el chico que quería entrar en la marina, la película fue toda una bendición. No solo era endemoniadamente buena, sino que a Rebecca le pareció lo más aterrador que había visto jamás. Estuvo aferrada a su cuello durante todo el filme y eso para el joven Coen, fue toda una bendición.
Barry y Helen eran más de la vieja escuela. Les gustaba mirar la película y luego discutirla. Ya tendrían tiempo para demostrarse afecto.
Por su parte, Jill y Chris trataban desesperadamente de no parecer muy descarados. La primera, no quería dar falsas especulaciones, pero tampoco quería que pensaran mal de ella. Después de todo tenía novio, así que no podía andar muy afectuosa con Chris. Aun cuando este la hubiese invitado al baile de otoño, y ella de muy buena gana hubiera aceptado ir con él.
Por eso, sus manos estaban entrelazadas detrás del asiento y no por delante. Donde nadie los podía ver.
Leon era el que quizás, la estaba pasando peor de todos ¿O mejor?, pues se encontraba en medio de dos hermosas chicas que se hallaban igual de aterrorizadas que él. Ada se aferraba a su brazo izquierdo y Claire al derecho. Vale decir, que a la señorita Redfield a pesar de haber visto ya el largometraje, este le parecía cada vez más aterrador. Y Leon volvía a sentir el suspenso al máximo. Aquel sexto sentido arácnido que a veces decía que tenía, se le activó de inmediato, y no dejó de escudriñar miradas a su alrededor con el fin de detectar algo sospechoso y proteger a sus amigos.
Pero al mismo tiempo se sentía confundido. Más que de costumbre. Tenía que admitir, que sus miradas de reojo tenían una doble intención y que la segunda de esas intenciones, era encontrarse de manera fortuita con el chico de cabellos azabaches que había logrado darle algo de lucidez. Estando ahí, tan sujeto al asiento de la sala de cine como lo estaba, le era difícil imaginar la bendita decisión que supuestamente había tomado.
Entonces la película hizo gala de una de sus partes más sangrientas y tanto la pelinegra como la pelirroja se agazaparon contra el castaño que abrió los ojos como platos; se sonrojó, claro está. Pero ahora más que nunca, sentía que aquella chica poseída por el demonio saldría de la pantalla y los devoraría.
-No salgas, no salgas, no salgas. Por favor, no salgas…
Finalmente la tortura terminó. Las parejas oficiales salieron de la sala sin problemas. Jill y Chris, no habían podido soltarse luego de la escena de la motosierra. Sus cuerpos temblorosos, emitían más vibraciones que un sillón de masajes y posiblemente, sus dedos entrelazados habían quedado atascados producto precisamente de esas vibraciones.
Por su parte, Leon había tenido que ir al baño. El grupo estaba bien concentrado en la plaza de mayores charlando y buscando recuperar el aliento. Después de ese día, empezarían a tomar en cuenta las propuestas de Rebecca, de ir a ver comedias románticas o películas animadas. Definitivamente, el sabor de boca de Evil Dead había sido demasiado perturbador. Hasta habían pensado en la posibilidad de hacerles una estatua a Claire y Leon por atreverse a verla dos veces.
La misma pelirroja se encontraba tan divertida, burlándose de Jill y su hermano, que no se dio cuenta cuando Ada la llamó por el hombro, con una expresión que delataba pena y algo de temor.
¿Sería posible que Ada Wong, la chica de hielo, tuviese vergüenza de verla cara a cara? ¿A ella? ¿Por qué diablos no había traído su cámara consigo?
-¿Pudiéramos hablar?
-Por supuesto.
Se alejaron disimuladamente de la multitud en el momento apropiado. Todavía se encontraban pasando el trago de aquella experiencia. Claire esperaba que Leon, no pusiera en práctica su idea de comprar la película y mandarla por correo de manera anónima al club de cine del instituto, para que la transmitieran el auditorio la semana entrante.
-Ustedes son un grupo muy unido.
-Nos conocemos desde niños – Agregó Claire con una sonrisa nostálgica – No es para menos.
-Yo… Nunca he tenido nada parecido a lo que tienen ustedes.
-¡Oye! – Le llamó la atención Claire, con una sonrisa – Siempre hay una primera vez, ¿No?
Ada esbozó una sonrisa tan auténtica, que a Claire no le quedó de otra que imitarla.
-Yo… Siento un fuerte lazo de apego a Leon – Manifestó la oriental.
-Igual yo. Desde que tengo memoria, de hecho.
-Me pareció justo que lo supieras. Claire, no te guardo ningún rencor.
-Pero también sabes, que no tengo contemplado rendirme, ¿Cierto?
-Correcto.
Sus miradas no eran para nada tensas, más sin embargo, era evidente que ninguna de las dos sabía cómo proceder.
-Y como tus convicciones parecen muy arraigadas – Continuó Ada – No sé que hacer al respecto.
-Sería muy injusto que alguna de las dos ganara.
-Aún si decidieran abandonarlo por las buenas, perderían por default.
Claire no se sorprendió por la presencia de ese chico alto, que reposaba tranquilo, sentado en una mesa aledaña, mientras tomaba un refresco. Curiosamente, esa misma mesa tenía dos asientos disponibles que se vieron tentadas a ocupar. Ada, mucho más emocionada que la joven Redfield por aquella repentina manifestación, apresuró a decir.
-¿Cómo planeas pagar eso?
-Ese pregunta puede responderse, si y solo si te atreves a darle una probada.
Le ofreció el vaso extendiéndolo a través de la mesa con el brazo izquierdo. Ada cruzó miradas con Claire y ambas concluyeron con un gruñido, que era mejor no arriesgarse. El sujeto dejó exteriorizar una sonrisa de mofa. Ya tenía con que fastidiarlas más adelante.
-Iban bien muchachas.
-No podemos – Interrumpió Claire – Sería injusto para cualquiera de los tres.
-Una de las cosas más preciosas de esta vida, definitivamente es la amistad. Pocas veces, he visto manifestaciones tan reales y sinceras de emociones humanas, como la que existe entre dos personas que comparten sus emociones sin medir las consecuencias. Justo como ustedes dos lo están haciendo – El sorbete se paseaba en círculos por el vaso hueco con cubos de hielo y algunas gotas de lo que antes había sido un refresco – Sin embargo, uno no puede dejar de lado una decisión, cuando dos más, están involucrados. Privarse de ser feliz, es tan dañino como dar un paso al costado deliberadamente. Eso también trae sus consecuencias, muchachas.
-¿Y arriesgarnos no sería igual de peligroso?
-No creo que ninguno de nosotros sea capaz de predecir qué pasará de acá al final del año escolar. Yo solo sé – Dijo apuntando con el pitillo a Jill y Chris, ya mucho más tranquilos y relajados, pero eso sí, tan estrechados de manos como siempre – Que aquellos dos tendrán un desenlace. Puede ser bueno o puede ser malo, pero se han arriesgado, porque saben que está en juego su felicidad. No duden de su felicidad. Si en realidad se valoran la una a la otra, a la hora del desenlace sonreirán y seguirán tan hermanadas como siempre.
Las chicas rieron. Aquel muchacho de cabellos azabaches sabía porque.
-Pero si acabamos de conocernos – Excusó Claire.
-Y aun así están aquí, conmigo. No buscan mi apoyo, buscan su propio apoyo. Yo, solo soy el intermediario… eso creo.
Se puso de pie y sobre la mesa dejó lo que parecía ser una moneda con un número uno de ambos lados. Sin sello y sin caro.
-Todos los que están a nuestro alrededor, son más que solo ellos mismos, incluyéndolas a ustedes. Nadie está vacío, cuando se encuentra solo, ni completo, cuando está acompañado por una multitud de gente que lo aprecia y valora realmente. Son infinitos como las estrellas e igual de complejos. Y eso, queridas mías, es una cualidad.
-Daremos lo mejor de nosotras – Dijo Ada con un orgullo palpable, que ligaba muy bien con sus ojos verdes vidriosos – No nos rendiremos jamás. Compartiremos y batallaremos por igual.
-No olvidaremos – Completó Claire, con aire esperanzador – Que también tenemos el derecho de ser felices.
-El deber, Claire – Le corrigió sonriendo – El deber.
Tomó su chaqueta que descansaba sobre el espaldar de la silla y se fue caminando apacible, y aun cuando no podían verlo, las chicas sabían que él estaba sonriendo a sus espaldas. Les dio la impresión de que había llegado de manera muy distinta a como se estaba yendo, pero eso ya no importaba.
-¡Buf! – Dejó salir Ada, con cierto tono irónico – Otra vez olvidé preguntarle su nombre.
-A mí también me hubiese gustado saberlo.
Ambas voltearon a leer el nombre del establecimiento en el que estaban sentadas. Era la misma fuente de soda donde Ada y Leon, se dieron su primer beso. El mismo punto de reunión donde Claire y Leon, pasaban noches inolvidables añadiéndole cada día más amor a su amistad.
-¿Te gustaría tomar un refresco Ada?
-Me encantaría
Bueno… Espero de corazón que les haya gustado. No dejen de comentar.
¡Nos estamos leyendo!
