Disbelief at the last minute.
#9 | Mascota
500 palabras.


Ikki estaba acostumbrado a ver a Esmeralda en su mismo vestido roja con estampado de flores. A veces le cambiaba el color, o usaba jeans y una camisa idéntica al vestido que tenía, pero no cambiaba mucho de ropa. No era una mujer muy estética, de querer gastar miles de yenes en una sola idea al centro comercial, o de ir al centro comercial. Por eso estuvo papando moscas cuando le había visto con el vestido de boda.

Aquél día traía puesto un vestido blanco, sencillo. El vecino que amablemente había estado cerca de ellos, se lo había regalado, diciendo que le perteneció a su hija, y que deseaba que lo tuviera. Esmeralda le había agradecido infinitamente, y se la había pasado todo el día en el pastizal, con las vacas.

Estuvo observándola durante un par de horas. Esmeralda se quedaba viéndolas, y sonriéndoles, y se reía cada que mugían, como si pudiera entenderles.

Ikki no la había visto tan feliz como en aquél momento, supuso que se debía a la conexión inmediata con la naturaleza que debía sentir; no había mucha fauna que digamos en Japón, y según recordaba, los animales sólo se quedaban en los pueblos en temporadas cálidas. Se regresaban al bosque cuando el invierno comenzaba. No comprendía mucho el por qué eso entristecía a las personas, pero supuso que con tan poca gente viviendo por ahí, era lo que les mantenía cuerdos.

― ¡Ikki! ―le gritó la chica desde la distancia. Se había quedado pensando que no se había dado cuenta de que la chica llevaba tiempo hablándole, y quizá seguiría siendo así de no ser porque finalmente su tren de pensamientos había pasado. Observó cómo movía una mano y le pedía que se acercara. El nipón rodó los ojos, pero después de unos segundos en los que ella hiciera como que tenía hilos que lo atraían, se acercó, y casi al instante, Esmeralda comenzó a correr hacia el bosque. Tardó un par de segundos de esprintar para poder alcanzarla, y cuando por fin se paró le observó maquiavélica―. Observa ―le dijo. Se giró a ver al montón de vacas, y comenzó a hacer lo que parecían ser unos gritos. Después de unos segundos Ikki se dio cuenta que eran cánticos, y que por alguna extraña razón parecían atraer a las vacas.

― ¿Qué es eso?

Esmeralda le vio, sonriendo. ―La voz de la naturaleza. Kulning. Los antiguos la usaban para comunicarse y a traer a los animales, para cantar victoria, para agradecer a los dioses nórdicos. Este es un canto para atraer a vacas. ¿No es hermoso?

Ikki asintió ausentemente, mientras la observaba acariciar a las vacas y decirles lo bellas que eran.

De repente, un pensamiento atacó su cabeza.

― ¿Mime también puede hacer eso?

Esmeralda arqueó una ceja, después comenzó a reír de él. ―El canto de los hombres se denomina de otra forma, y no es el mismo estilo que el Kulning, es… mucho más rudo, y parece más que la pelea.


Nota: Esto fue un descuido mío, pero los hombres pueden hacer Kulning, es sólo que como ellos no se encargan de los ganados y esas cosas (tareas denominadas a las mujeres, ya know) no es común ver a un hombre cantarle a los becerros.

―gem―