Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, el ficno me pertenece, yo solo le doy continuidad por que la autora no lo termino.

Disfrutenlo.

Capítulo 9

Habían pasado tres largas semanas después de nuestro peculiar matrimonio, aun así no había visto a Edward en todo ese tiempo. Después del día de la boda comenzaron los preparativos para la mudanza a mi casa. No nos tomó mucho, Edward ya tenía varias cosas aquí.

Todos los días Edward se levantaba a las seis de la mañana, cuando yo aún estaba dormida, o más bien fingiendo dormir, porque si acaso dormía una hora cada noche, la cercanía de Edward hacía imposible que durmiera, y regresaba pasadas las once de la noche y de nuevo fingía que ya me había dormido.

Los días habían sido tan aburridos, por la mañana seguía trabajando para mi padre, pero por las tardes sin nada que hacer se me estaban haciendo infinitos los días. Alice me sugería salir de compras o Rose me proponía enseñarme a hacer de comer, pero aun así, no sabía por que parecía que el tiempo transcurría más lento de lo normal. Los primeros días estuve entretenida con la decoración de mi hab…de nuestra habitación, ¡Cómo me costaba pluralizar! Mas porque parecía que no hubiera habido cambios, él único cambio es que en mi closet ahora había ropa de hombre y que cada noche un hombre se acostaba a mi lado, al otro extremo de la cama.

El día de la boda estaba decidida a no casarme, no quería ver el dolor de Edward en su rostro todos los días, lamentándose por su amor perdido, pero Alice había puesto el cebo y yo caí redondita.

¿Qué estás diciendo? —dijo Alice después de que le dije que ya no quería casarme.

No sé si podré soportarlo Alice—le dije en tono de ruego.

ay Bella, pero si ustedes parecen como el perro y el gato pero de todos modos están juntos—dijo mientras ignoraba mi cara de sufrimiento y continuaba sacando sus utensilios de belleza.

Esta vez es diferente—mi voz salió en un hilo mientras me tumbaba en la cama.

¿Qué fue lo que te dijo esta vez? —me preguntó recriminatoriamente, no me creía. No conteste—No puede ser tan malo….—seguí sin contestar—no importa lo que te haya dicho—comenzó a decirme mientras me ayudaba a pararme de la cama y me ponía en una silla frente al espejo. Me veía horrible—de todos modos él te ama.

¡¿Qué? —le pregunté sorprendida

ay Bella no te hagas la que no sabes nada—comenzó a desenredar mi cabello—tu y yo sabemos que los dos se aman, pero disfrutan haciéndose la vida imposible ¿no es verdad?—me dedico una sonrisa pícara.

Él no me ama—le dije tajante.

No—se acercó dejando su rostro al lado del mío y me miró por el espejo—él te adora—me dijo y volvió a su trabajo con mi cabello. Me quede quieta, mientras sentía que mi corazón latía más rápido y comenzaba a sentir los nervios por mi próxima boda que SI se iba a realizar.

Hoy cuando salí del trabajo no me apeteció para nada regresar a casa y pase a un restaurant por un café, me senté en uno de los balcones y me perdí mirando a la gente pasar, sin pensar en nada en absoluto, cuando reaccione ya había anochecido.

Tome un taxi a casa y entre más relajada, seguramente Edward llegaría a su hora acostumbrada, mire el reloj, eran las diez de la noche, me daba tiempo para cenar algo, meterme a bañar y meterme a la cama antes de que llegara Edward.

Abrí la puerta de la cocina y me encontré frente al rostro de Edward, por un momento me quede paralizada.

—oh—dije sorprendida—¿Qué haces aquí? —mi intención no era recriminarle por su presencia, pero me agarro con la guardia baja. Alzó una ceja.

—Ahora vivo aquí ¿Lo recuerdas? — el escuchar su voz en semanas me hizo saber lo mucho que lo había extrañado.

—Siempre llegas a las once—le dije de nuevo en tono recriminatorio, pero la verdad es que todavía no me creía el tenerlo en frente.

—Pensé que no te dabas cuenta a qué hora llegaba por que estabas dormida—me acusó, me sonroje, me había descubierto yo solita. Mire hacia abajo no soportando la intensidad de su mirada. —Acompáñame a cenar—fue una orden, no una petición. Lo seguí hasta el comedor, saco una silla para mí. María, nuestra cocinera, se apresuró a servirnos de cenar.

—¿Dónde habías estado? —me preguntó Edward cuando empezó a partir su bistec asado.

—Tenía antojo de café y fui por uno—dije sin mirarlo.

—¿Sola? —preguntó

—Si Edward, fui sola porque al parecer mi marido estaba muy ocupado cómo para invitarme a salir—esta vez sí lo hice con recriminación, no sé ni porque lo había hecho, se podría decir que estaba un poco sentida por que me abandono casi todo un mes.

—¿Es reclamo? —dijo mientras me dedicaba una de esas sonrisillas suyas.

—No, es más, por mi mejor, de todos modos no disfruto tu compañía—y ahí iba de nuevo con nuestras infantiles peleas.

—¿Tanto me odias? — no pude decir en que tono lo dijo y agacho inmediatamente su rostro concentrándose en su comida y no le pude ver la expresión del rostro. Lo imité.

No lo odiaba en absoluto, sino todo lo contrario, lo amaba, lo amaba tanto que dolía que no fuera correspondida, pero ahora que estaba casada con él tenía la esperanza de que él se fijara en mi un poco, pero al parecer aun no superaba el trauma del kínder de molestar al chico que te gusta.

—No te odio—Edward levanto el rostro ante mis palabras y yo hice lo contrario, me agache y mire mi comida como si fuera la cosa más interesante del planeta. Pero aun podía sentir su mirada verde en mi, levanté la mirada para comprobar lo que mis sentidos me decían, su penetrante mirada me hizo sonrojar.

—Lo estás haciendo otra vez—le reclamé. Edward levanto una ceja, señal de confusión.

—¿El qué?

—Mirarme de ese modo tan…—no supe como terminar la frase.

—¿Cómo se supone que debo mirarte? —dijo en tono seductor, capte un pequeño brillo en sus ojos, casi me dieron ganas de gritar de emoción, el zombi de Edward estaba siendo matado por el viejo Edward, por mi Edward.

—¿Podemos simplemente mantener una conversación amena y punto? —

—¿Qué es lo que te incomoda Bella? —preguntó, note una pequeña nota de diversión en su voz.

—Nada, no me incomoda nada—dije, pero mi nervioso tono de voz me delató completamente. Edward acercó más su rostro al mío.

—¿Acaso te perturba mi cercanía? —dijo con una sonrisa. ¡Dios es tan guapo!

—No seas tan arrogante Edward—le dije—no eres tan guapo y seductor como te imaginas

—¿A no? —de nuevo se acercó más, podía sentir su dulce aliento tan cerca de mis labios, un segundo más y hubiera extinguido la distancia entre los dos, pero María que entró para recoger los platos, fue mi salvación, ambos nos retiramos y nos acomodamos en nuestras sillas.

Esa noche fue igual que las anteriores, no pude dormir, la presencia de Edward era tan fuerte que me era imposible olvidarme que estaba a escasos centímetros de mí, vestido con solo su bóxer. Ese pensamiento hizo que una llama de deseo se encendiera en mí.

¿Hasta cuándo?... ¡Esto era tan frustrante!