Título: Dioses de Sangre
Autor: KakaIru
N/A: oh por dios! AÑOS de no actualizar este fanfic! La verdad dudo mucho que alguien más lo lea, pero lo cierto es que siempre me gustó esta historia, y por causas de fuerza mayor no pude terminarla. Veremos si la cosa mejora ;D Uish! De igual forma, acias a quienes decidan re-leer (o empezar a leer) XP


8. No era la verdad que esperaba

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Lo que ocurrió luego del incidente con Neji fue algo que no puedo recordar con veracidad, por lo que puede que mis palabras sean un poco confusas, contradictorias en ocasiones, pero trataré de relatar lo que sucedió lo más fiel a la historia original posible. Los días que siguieron luego de la masacre en casa de Gaara me mantuve encerrado en mi habitación. No me atrevía a mirar a Madeleine al rostro, a Gaara tampoco. Él me había advertido con anterioridad que no podía tocar a sus sirvientes, y uno a uno yo los había asesinado. Entonces, aún cuando se mostrara ciertamente comprensivo, de vez en cuando tenía sus momentos de maldad. Me miraba con rabia mal disimulada y mascullaba por lo bajo que debía castigarme por mi osadía.

Y a su forma lo hacía.

Resultaba una tortura yacer, como una estatua, sobre mi cama, contemplando el techo y recordando. Llegado a un punto ni siquiera tenía lágrimas que llorar, y tras los días de absoluto aislamiento mi deseo de sangre era monstruoso. Pero me castigaba, repitiéndome sin descanso que aquello era mi propia responsabilidad. Yo había asesinado a personas que eran perfectamente inocentes, y por lo mismo no tenía perdón alguno. A Gaara no intenté acercarme, y él tampoco dio muestras de querer estar en mi compañía. Madeleine era la única que, a pesar del miedo que la recorría (un temor que se evidenciaba en sus ojos, traidor, y que tal vez nunca desaparecería por completo), tocaba a mi puerta cada noche, preguntando si me encontraba bien, si necesitaba algo, si podía ayudarme en cualquier cosa.

Pero no respondía a sus llamados. Y entonces fue cuando me di cuenta de que me estaba secando.

Secarse es un término del cual había escuchado hablar años atrás, de los labios de mi creador. Nosotros, como vampiros, somos inmortales, en cierta medida. El sol nos destruye, pero sólo si somos lo suficientemente jóvenes. De lo contrario, hasta lo más mortales rayos sólo tendrían el plácido efecto de un tenue bronceado. Por eso decían que teníamos vida eterna, pero incluso con nuestros increíbles poderes, caíamos presa de la relatividad. Así que éramos relativamente fuertes. Porque entonces podíamos secarnos.

Mi creador nunca me explicó por completo lo que esto significaba y los libros que leí tampoco saciaron mi curiosidad, pero siendo un inmortal en su totalidad, el mayor enemigo de un vampiro era uno mismo. Cuando nos sentíamos decepcionados, cuando perdíamos las ganas de vivir, nos secábamos. Caíamos en una especie de letargo indefinido, sin alimentarnos, sin movernos, y poco a poco nos íbamos secando, como los árboles. Justamente, nuestro cuerpo dejaba de poseer nutrientes, y cuando la sangre se acababa, no éramos más que piel y huesos. Ni siquiera poseíamos músculos, sólo una capa de piel delicada, como el papiro, cubriendo las venas y las arterias. Resultaba horroroso contemplar a un vampiro en ese estado, porque había cierta ambigüedad en su físico. Era aparentemente débil, y si presionabas la piel con demasiada fuerza eras capaz de quebrarla, y sin embargo seguía poseyendo sus garras, sus dientes afilados como los de una bestia. De un momento a otro podía matarte, aunque esto era muy raro que sucediera.

Así mismo estaba cayendo yo. Y en el preciso momento en que comprendí tal cosa, comencé a cuestionarme. ¿Realmente quería morir? ¿O acaso alguna tenue, diminuta parte de mí aún deseaba seguir viviendo? Pero si vivía, ¿lograría superar esta matanza? ¿Olvidaría a mi amado Neji y comenzaría de nuevo? Ha de sonar desesperado y un tanto ilógico, sobretodo para cualquier otro vampiro que pudiera estar leyendo esto, pero yo sentí, en ese momento, como si me hubiesen hurtado lo más valioso en mi vida, aquello sin lo cual no valía la pena seguir. Justamente, me habían borrado el camino, habían apagado las luces, y yo estaba dispuesto a todo.

Yo estaba listo para morir.

Con lo que no conté, sin embargo, fue con Gaara y su extraña y enigmática forma de ser.

Mi actitud, aunque no quisiera aceptarlo, había empezado a molestarlo, a perturbarlo en demasía. Una noche se acercó a mi cuarto, y entró sin hacer el menor ruido, como siempre. Me encontró tendido en la cama, desnudo y sin ningún indicio de estar con vida. Cualquier otro que me hubiese visto, inmediatamente pensaría que estaba muerto (lo cual no era del todo incierto), pero él se acercó, sus pasos suaves y decorosos arrastrándose por sobre la alfombra persa. Me observó fijamente, y sus ojos del color del jade estaban turbios, brillantes pero oscuros.

Una de sus manos tocó mi rostro. Un dedo acarició mis labios, mis pómulos, el mentón. Creó patrones indefinibles, en silencio. Sin mencionar palabra, sólo mirando, y tocando. Introdujo su dedo en mi boca, separando mis labios, y recorrió mi lengua, mis colmillos, notándolos afilados, deseosos de quebrar la piel y obtener la sangre. Yo tan sólo lo dejé, porque había llegado a un punto en el que no estaba plenamente consciente de nada. Estaba y al mismo tiempo no, miraba y a la vez estaba ciego, sentía pero no del todo, así que sus toques me resultaban indefinibles.

-¿Vas a morir? ¿Así sin más?- preguntó con voz calmada.

Su dedo aún jugaba dentro de mi boca, sin descanso. A veces salía y recorría mis labios, pero inmediatamente regresaba adentro.

Extrañamente, él no esperaba respuesta. Era como si hablara al silencio, al vacío, a la nada.

-¿Crees que voy a dejarte?- se sentó a mi lado, sus ojos perforándome. La otra mano que tenía libre descendió por mi cuello, recorriendo toda mi piel al descubierto, maravillándose y a la vez llenándose con un vago sentimiento de animadversión al notar lo frágil que era, como la seda. Por un corto momento lo invadió el deseo de quebrarme, tan sólo por saber qué se sentía.

Acepto que en ese momento mi estado era lamentable, pero Gaara no había visto aún lo que era un vampiro completamente seco.

-Eres mi esclavo- cerró su mano sobre mi entrepierna, que yacía lánguida y flácida entre sus dedos-, ¿comprendes? Creo que aún no lo entiendes- se hizo hacia adelante y susurró en mi oído directamente- Piensas que tienes libertad de vivir o morir, ¿es eso? ¿Crees que puedes escoger simplemente dejar de existir? ¿Sin mi permiso?

Apretó tan fuerte que fue imposible que no me percatara. El dolor se hizo real, aún cuando mis sentidos estaban embotados. Entonces, poco a poco, sus palabras fueron invadiendo mi cerebro. Gaara repetía que era mi dueño, hablaba con decisión, no tenía pensado dejarme ir.

-No me importa si estás sufriendo- susurró cerca de mi oído, su voz provocándome tenues escalofríos que no pude evitar-. No me importa si quieres desaparecer. Eres mío, y sólo yo puedo decidir si vives o mueres.

De haberme encontrado en otra situación habría reído, lo habría empujado lejos de mí, habría siseado en su dirección al menos. Pero en ese momento estaba débil, mi corazón aún dolía. Lo único que deseaba era descansar. ¿Es que acaso Gaara no podía entender eso? Una parte de mí volvió a odiarlo, con pasión, con fervor absoluto. Lo detesté a él y todo lo que representaba, y justo cuando mis ojos oscuros se alzaron en su dirección, como buscando recriminarlo, un sabor dulce, como ambrosía, inundó mi boca.

Lo miré, anonadado, y aún antes de percatarme por completo de lo que sucedía un grito gutural y extraño brotó de mi garganta.

Era sangre.

Su sangre.

Uno de sus dedos había alcanzado mi colmillo, y había presionado hacia arriba, fuerte, hasta quebrar la suave y saludable piel. Y como el néctar de un melocotón, su fruto brotó y se propagó dentro de mí. Entenderán entonces, yo quería morir. Yo era un ser sobrenatural. Pero sin importar si eres un vampiro, un hombre lobo o un simple ser humano, en esencia somos lo mismo. Somos bestias. Animales. Y el instinto principal de un animal es la supervivencia. Por más que mi mente desease perecer aquella noche, mi cuerpo deseaba subsistir, y como si aquella herida fuese un manantial de vida pura, mi boca se asió a su dedo y succionó con fuerza, gordos bocados de sangre que hicieron mi alma cantar.

Lloré lágrimas de sangre esa noche, y Gaara echó el rostro hacia atrás y un gemido grave emanó de sus labios, complacido.

En ese momento estábamos contectados.

Él podía sentir todo lo que mi cuerpo sentía. El placer electrizante a la hora de devorar, el ansia al matar, y pensar que eres Dios y puedes hacer lo que quieras. De cierto modo es un placer casi perverso, comparable con el deseo de sexo. Sí, era excitante para ambos.

Cuando me miró, sus ojos refulgían de una tonalidad ambarina que nunca antes había visto. En ese momento no reparé en ello, lo achaqué a mi afiebrada mente privada de sangre. De igual forma no había cabida para los pensamientos. Antes de poder musitar su nombre, sus labios se habían sellado de nueva cuenta sobre los míos. Fue un beso devorador y salvaje, como todo él. Como siempre entre sus brazos me sentí consumir. Con fuerzas renovadas me así su camisa y lo apretujé contra mí.

En ese instante me di cuenta de que lo necesitaba. No sólo era el deseo por su sangre, o las ganas de poseerlo y de ese modo adueñarme del calor que manaba de él a raudales, que me invadía y me enloquecía de ansias por no poder tenerlo. Era, además, una sensación que crecía en mi cuerpo, una necesidad fisiológica de fundirme con él. Por eso le besé como si se me fuese la vida ello. Un beso inmortal de sangre y ansias locas.

A partir de ese momento no me detuve. No tenía necesidad de hacerlo, y de todos modos Gaara tampoco pararía. Esa noche no me sequé como deseaba, sino lo contrario. Me llené de él y su maldad, y en silencio comprendí, un poco después, que estar atado a él no era tan malo. No lo era.

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Continuará...