Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de shasta53, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora. Thank you, Shanda, for letting me share this in Spanish.

Link de la historia original: www fanfiction net/ s/ 7360793/ 1/ Stolen-Dreams


Capítulo beteado por Sarai GN, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite fanfiction)


Capítulo 9

La técnica del laboratorio tomó una muestra de la boca con hisopo y una de sangre de cada uno, etiquetándolas claramente para procesarlas. Edward se movió nerviosamente todo el tiempo, lo que me calmó, aunque parezca mentira. También podría haber tenido algo que ver con el hecho de que sabía que él estaba ansioso, y que no estaba sola.

Papá nos encontró en la puerta del laboratorio.

—Oigan, ustedes dos. Sé que probablemente están listos para dirigirse a The Lodge e instalarse, pero hay unas cosas que quería tratar con ustedes esta noche.

—Claro, papá —acordé, lanzando una mirada preocupada hacia Edward.

Charlie no parecía muy feliz y eso aumentó mi ansiedad. Edward simplemente tomó mi mano en la suya y la apretó de manera tranquilizadora. Fuera lo que fuera, lidiaríamos con ello juntos.

Seguimos a Charlie a la estación de policía, donde esperaba para escoltarnos hacia su oficina. Se veía inusualmente serio. Cuando gesticuló para que nos sentáramos, obedecimos inmediatamente.

—Ayer traje a Bob Gerandy para interrogarlo tan pronto como regresó de Spokane. Tomó algo de tiempo, pero al final confesó que arregló la adopción de su hijo para los Cullen.

Jadeé y me cubrí la boca con la mano libre. Edward agarró la otra como si fuera una cuerda salvavidas.

—Su historia fue interesante, por decir lo menos, y no estoy seguro de cómo sentirme sobre todo esto —advirtió—. También accedió a compartir su versión de la verdad con ustedes.

Edward se paró inmediatamente.

—Bueno, vamos. Quiero escuchar lo que ese bastardo tiene para decir. ¿Todavía está en su celda?

Papá frunció el ceño.

—Siéntate, Edward. Esa es la otra parte de lo que quería hablar con ustedes.

Cautelosamente, Edward se sentó en el borde de su asiento y volvió a tomar mi mano.

—Fui capaz de obtener la declaración de Bob, pero no fui capaz de arrestarlo. La disposición legislativa en materia de plazos en Washington es de solo cinco años por secuestro. Ya que el delito ocurrió hace casi diez años, no hay nada por lo que pueda acusarlo. —Charlie sonaba enojado con él mismo y con la ley.

—¿Qué demonios, Charlie? —estalló Edward—. Este hombre se robó a nuestro hijo, nos dijo que estaba muerto, y mintió sobre ello por diez años. ¡La única razón por la que confesó fue porque fue agarrado in fraganti!

—¡Lo sé! —gritó de vuelta Charlie—. ¿No crees que yo quiero golpearlo con todo lo que puedo? ¿No crees que por un minuto consideré golpearlo hasta una pulgada de su vida por todo el dolor que hizo atravesar a mi hija? No me grites o sermonees, Edward. No estuviste aquí para sentir las consecuencias de la decisión de él en ella.

Edward se dejó caer en su asiento, respirando pesadamente. Su mandíbula se contrajo cuando rechinó los dientes, y parpadeó tratando de contener las lágrimas.

—No puede ser —masculló con voz ronca—. Él no puede escapar del castigo por lo que nos hizo.

Mi mente era un revoltijo confuso, pensamientos y sentimientos cada uno rivalizando por atención y salida. Como Edward, quería negarme a creer que tales acciones no estaban fuera de la ley, pero eso era de hecho lo que mi padre me estaba diciendo, y estaba segura de que él había investigado cada ángulo que podía. Pensar que Gerandy maquinó una artimaña tan elaborada y coordinó con una familia que él nunca había conocido, en una casa que nunca...

—¿En qué ciudad vivían los Cullen? —solté. En otra situación, habría encontrado las expresiones de ambos hombres cuando me miraron cómicas.

Papá consultó sus notas.

—Cuando Ryan nació estaban viviendo en Portland. Un año después se mudaron a Los Ángeles, donde vivieron hasta hace poco.

Vi primero la comprensión caer en el rostro de Edward, y después en el de mi padre.

—Un delito federal... —susurró Edward.

Más rápido de lo que creía posible, papá se giró hacia su computadora y comenzó a teclear.

—Los cargos federales por secuestro requieren un mínimo de veinte años en prisión y no tienen disposición legislativa en materia de plazos. Ni tampoco la compra o venta de niños.

Las implicaciones de su declaración me golpearon con fuerza. Al pagar cincuenta mil dólares por la adopción de Ryan, los Cullen también eran culpables. ¿Podría verlos procesados por un crimen que no sabían que estaban cometiendo? ¿Alguna vez Ryan nos perdonaría si lo hacíamos? ¿Creería que no habíamos hecho todo lo que podíamos para recuperarlo si no lo hacíamos?

—Alec Majors todavía trabaja con el FBI fuera de su oficina en Seattle, creo. Trabajé con él en el caso de una cacería humana hace un tiempo —explicó Charlie mientras agarraba el teléfono y marcaba un número de su agenda giratoria.

«Solo mi padre todavía usaría una de esas», medité.

Mientras mi padre hablaba con su amigo del FBI, me giré hacia Edward.

—¿Esto es lo correcto? —le pregunté. Quería que Gerandy pagara por su parte en el sufrimiento, pero muchos otros estarían atrapados en la red junto con él.

—Claro que lo es —se mofó Edward—. Después de todo lo que hemos pasado, ¿por qué no querrías verlo pudrirse en la cárcel?

—Porque no es solo él —dije, encogiéndome de hombros—. Su esposa, hijos, y nietos nunca lo verán fuera de prisión de nuevo. En realidad Susan Mallory es la única que transportó a Ryan a Oregón. ¿También la alejaremos de Lauren y Caleb? Los Cullen pagaron por él. ¿Tenemos que presentar cargos contra ellos también?

Pude ver cuando mis dudas se registraron en la expresión de Edward. Se suavizó y volvió más pensativa.

—No lo sé, nena. Solo sé que quiero a Ryan de regreso, y quiero que cualquiera que separó a nuestra familia hace diez años pague por eso.

Le di una sonrisa triste, porque él tenía razón. Incluso si no había sido la intención del doctor Gerandy, sus decisiones habían tenido consecuencias trascendentales para todos los involucrados. Edward podría haber muerto en Irak o Afganistán. Los meses y años de sentimientos de fracaso, inseguridad, y dolor me habían dejado como una persona diferente.

—El agente Majors se va a reunir conmigo en Seattle el martes —anunció papá después de colgar el auricular—. Probablemente necesitará hablar con ustedes dos, también.

No había duda para ninguno de los dos que nos haríamos el tiempo.

—Ya que están aquí —dijo papá pícaramente—, pensé que podíamos ordenar una pizza en la casa hoy. Y también podrían quedarse para ver el juego de béisbol mañana. El último juego local de la Pequeña Liga en la temporada.

—¿Podemos ir a ver a Ryan jugar béisbol? —jadeé, increíblemente emocionada por algo que una vez había hecho solo para ver a Edward en sus pantalones de béisbol.

—Por lo que escuché, es un parador en corto muy bueno —comentó Charlie.

Los ojos de Edward se anegaron de nuevo ante el recordatorio de lo mucho que su hijo era como él. Edward había jugado como parador en corto en toda la Pequeña Liga y la secundaria, yendo tan lejos como para ayudar a su equipo en el torneo del estado en nuestro primer año.

—Será pizza y los Mariners esta noche, jefe —declaró él.

Ver a Edward y a papá alentar al equipo de béisbol favorito de papá —Edward se había convertido en un fan de los Mets cuando vivió en Nueva York— mientras comían pizza y bebían cerveza, traía cierta ligereza a mi pecho. No me importaba el juego en lo más mínimo, pero me importaba que mi mundo se estaba enderezando después de tantos años fuera de eje. El hombre que amaba y mi padre disfrutaban la compañía del otro, y el peso opresivo de la muerte y la pérdida ya no nos perseguía. Saber que Ryan estaba vivo y al otro lado del pueblo justo en este momento era casi suficiente. Si me esforzaba lo suficiente, podía pretender que él era nuestro como siempre debió haber sido y que solo estaba pasando la noche con un amigo.

Papá insistió en que no gastáramos dinero en una habitación en The Lodge y preparó el sofá para Edward. Sospechaba que él sabía que yo también terminaría ahí, pero al menos hizo un espectáculo de decirme que mi cama tenía sábanas limpias. Me cambié en el baño y estaba sentada con la espada contra el cabecero cuando papá asomó la cabeza y me deseó buenas noches. Escuché su puerta cerrarse y me preparé para escabullirme por las escaleras. Entonces, la puerta se abrió de nuevo, deteniéndome.

—¿Qué estás haciendo? —siseé, cuando Edward hizo señas para que me moviera y metiera debajo de las mantas.

—Me voy a la cama —susurró—. Si quieres dormir ahí abajo, adelante, pero preferiría no despertarme con resortes clavados en la espalda.

Me reí.

—No es tan malo.

Alzó una ceja y me miró fijamente.

—Bella, he dormido en la arena, en las rocas, en la lluvia, y en la nieve. Me niego a dormir en ese colchón. Es así de malo.

Me reí de nuevo y me puse una mano sobre la boca para ahogar el ruido. La cama de mi infancia era pequeña, pero nos arreglamos para aplastarnos juntos. Mientras que ninguno de los dos se moviera mucho, estaríamos bien. Y conseguía la ventaja de dormir acurrucada muy cerca de Edward.

Cuando me desperté en la mañana, los rayos de sol se filtraban a través de la ventana y Edward no estaba en ningún lado a la vista. Como ya eran después de las siete, supuse que llevaba levantado un tiempo, especialmente si estaba tratando de no dejar que Charlie supiera que habíamos pasado la noche en mi cama. En sábados comunes, Charlie se marchaba antes del amanecer a los viajes de pesca con su mejor amigo, Billy Black, así que tuvo que ser realmente temprano cuando Edward regresó abajo.

Como era de esperar, cuando deambulé abajo, el sofá cama estaba plegado y las sábanas estaban cuidadosamente dobladas en una pila al costado. Las voces desde la cocina me atrajeron hacia adelante, y doblé la esquina para ver a Charlie sentado a la mesa, leyendo el periódico, y a Edward apoyado en la encimera.

—Papá, ¿qué estás haciendo aquí? —pregunté—. ¿No deberías estar en el río con Billy?

—Algunas cosas son más importantes, Bells —respondió simplemente, bebiendo su café y nunca sacando los ojos del periódico.

La pesca era como una religión para Charlie, así que escuchar que consideraba algo más importante que eso era impactante. Mi asombro debió haber sido evidente en mi rostro, porque cuando no respondí de inmediato, Charlie alzó la mirada y bufó.

—Puedo ir a pescar cualquier sábado, pero no todos los días puedo ver a mi nieto jugar su primer partido de la Pequeña Liga en Forks —replicó.

Edward atrapó mi mirada con una triste sonrisa y me observó mientras luchaba con mis emociones. Escuchar eso, escuchar a papá referirse a Ryan Cullen como su nieto, agitó algo en mi interior. En mi mente, me refería al jovencito como mi Ryan, mi hijo y el de Edward, pero escucharlo puesto en palabras sencillas en relación a mi padre lo hizo real para mí. Iba a ver a mi hijo jugar béisbol, justo como había visto a su padre tantas veces en nuestra juventud.

—Charlie, ¿el que asistamos al juego causará problemas con los Cullen? —inquirió Edward.

—Bueno, estoy seguro de que no estarán muy felices, pero no hay mucho que puedan decir —contestó Charlie—. Es un campo público, y ustedes tienen todo el derecho de estar allí. Sin embargo, ellos todavía pueden pedirles que no se acerquen a Ryan. —Papá me dio una sonrisa comprensiva, como si supiera lo mucho que la idea me mataba.

—¿Cuánto tiempo se supone que esperemos? —preguntó Edward. Extendió un brazo y me acurrucó en su pecho desnudo.

Papá sacudió la cabeza y dejó el periódico con un suspiro.

—Esa es una pregunta para su abogado. Las pruebas de ADN suelen tardar alrededor de una semana, por lo que tengo entendido. El proceso penal será separado de cualquier arreglo de custodia o visitas que establezcan con los Cullen. Sin embargo, esto solo puede hacer las cosas más fáciles si sus caras son familiares, ¿verdad?

—¿A qué hora es el juego, papá? —pregunté para cambiar el tema.

Papá se miró el reloj.

—El juego comienza a las diez, pero deberíamos llegar allí unos minutos antes si queremos un asiento.

El reloj en la cafetera decía que eran casi las ocho, y traté de sopesar si tenía o no tiempo para una carrera corta. Tenía suficiente energía nerviosa recorriendo mi cuerpo como para alimentar a todo Forks por un día.

—¿Podemos salir de aquí por un rato? —le pedí a Edward, tratando de controlar mi ansioso rebote.

—Deberíamos tener tiempo para una carrera corta —respondió Edward con una sonrisa—. Ve a cambiarte, y partiremos. —Era una señal de lo bien que me conocía el que supiera justo lo que necesitaba.

No hablamos mucho mientras corrimos por el borde del pueblo. Dejé que el sonido de mis pies golpeando el pavimento, el latido de mi corazón, y nuestros jadeos combinados ahogaran todos mis ansiosos pensamientos con respecto a lo que estaba por venir.

Sin embargo, todo regresó con toda su fuerza tan pronto como llegamos a casa. En poco tiempo, Edward vería a nuestro hijo por primera vez. Él parecía tan nervioso por esto como yo lo estaba. Cuando lo encontré caminando de un lado a otro por la sala después de que ambos nos hubiéramos bañado y vestido, no estuve sorprendida. Papá se ofreció a llevarnos, pero pensé que podría ser bueno si teníamos nuestro propio auto, en caso de que necesitáramos salir de allí por alguna razón.

El campo de béisbol estaba lleno. Abuelos, tías, tíos, y por supuesto, padres llenaban las gradas. Había un lugar vacío en la mitad que Edward, papá, y yo tomamos. Parecía ser el único lugar disponible. Los niños estaban calentando en el campo, lanzando la pelota de un lado a otro. Camisetas rojas, pantalones grises, y gorras rojas llenaban el jardín mientras el equipo de Forks practicaba. Los chicos de azul de Port Angeles llenaban el otro lado. Un silbido salió de algún lugar debajo de nosotros, y todos los jugadores corrieron hacia los banquillos. Unos minutos después, los Red Devils de Forks tomaron el jardín.

—Él está justo ahí —le susurré a Edward, apuntando al espacio entre la segunda y tercera base donde Ryan se agachaba.

Los ojos de Edward se centraron en el pequeño, e inhaló bruscamente.

—Maldición, no estabas bromeando.

Me reí.

—Nop. ¿Ves cómo lo supe?

—Maldición —susurró de nuevo, anonadado.

Ryan era un parador en corto decente. La pelota solo lo pasó una vez, pero fue más porque pasó a un metro sobre su cabeza que por otra cosa. No estuvo al bate durante la primera entrada, pero en la segunda, bateó un doble, golpeando la pelota hacia el jardín central. Una vez que cruzó el plato y habíamos alentado con el resto de los fanáticos, me excusé y fui al puesto de comida por una bebida.

Justo cuando doblé la esquina con una soda en la mano, uñas afiladas se enterraron en mi antebrazo y me jalaron al costado del edificio. Lauren Mallory me enfrentó, una camiseta de Mamá de los Red Devils en su pecho y un ceño fruncido en su rostro.

—No sé qué le hiciste a mi madre, pero desde tu corta visita el fin de semana pasado, ella ha estado aterrada de su propia sombra. Ni siquiera cuida a Caleb por más de una hora a la vez, porque tiene miedo de que pueda ser arrestada. Así que, cualquiera que sea tu pequeño asunto, detenlo.

Me quedé mirando a Lauren en estado de shock. No parecía como que su madre le hubiera dicho los detalles de lo que ocurrió hacía diez años. Sin embargo, no iba a pararme aquí y aceptar su ira.

—¿Qué harías, Lauren, si alguien viene y te dice que Caleb nació muerto?

Lauren palideció.

—Porque mira, eso es lo que me pasó. Pero en vez de realmente dar a luz a un bebé muerto como me dijeron, alguien se robó a mi hijo y lo vendió —espeté, teniendo cuidado de mantener la voz baja—. Tu madre se lo entregó a sus nuevos padres. Si ella está nerviosa, quizás debería estarlo. Quizás ella realmente no creía que Edward y yo daríamos a nuestro hijo sin una palabra, pero hizo lo que se le dijo que hiciera.

—Mi madre no haría eso —contradijo Lauren débilmente, pero no estaba segura si ella siquiera creía lo que estaba diciendo.

—Pero lo hizo, Lauren, y lo admitió —le dije, manteniendo mi voz tan amable como pude—. No tengo ningún problema contigo, y no quiero uno. También eres madre, así que estoy segura de que puedes entenderlo. Mi hijo, el que creía que estaba muerto, está en ese campo jugando béisbol, y quiero verlo.

La expresión de Lauren cambió de horrorizada a comprensiva.

—Si ella realmente hizo eso, lo siento. No puedo imaginarme cómo se sentiría. Sin embargo, ella es mi madre, y la única ayuda que tengo con Caleb. La necesito.

—Lo sé. Si ayuda, no creo que ella supiera lo que estaba pasando. Puede que ella lo haya encontrado sospechoso, pero no tenía idea de que lo que estaba haciendo estaba mal. Estoy tratando de mantenerla fuera de esto —le prometí.

—Gracias. —Lauren me dio una sonrisa, y ambas regresamos al campo cuando una aclamación se elevó de las tribunas.

Ninguna de las dos perdió tiempo en regresar a los asientos. Neil, uno de los compañeros de equipo de Ryan, había bateado un triple con las bases llenas.

Edward y papá me dieron miradas curiosas cuando volví a sentarme.

—¿Todo bien? Te fuiste por un tiempo —preguntó Edward, preocupado.

—Sí —le aseguré—. Todo bien. Solo me encontré con Lauren. Aparentemente, Susan Mallory tiene miedo de que pueda ser arrestada en cualquier momento, y Lauren quería saber qué le hicimos.

—Eh. ¿Qué le dijiste? —preguntó él.

—La verdad —dije simplemente—. Ella es madre. Entendió.

Edward asintió y regresó su atención al juego.

En su próximo turno al bate, Ryan bateó un roletazo hacia la tercera base y apenas llegó a primera. Dos jugadas después, y el tercer out terminó la entrada antes de que pudiera llegar a home. Los Red Devils eran buenos, mejor que los Tarheels de Port Angeles, y terminaron el juego con un marcador final de once a ocho. No creía que fuera posible estar tan orgullosa por algunos chicos jugando un partido, pero yo estaba prácticamente rebosante de orgullo.

Abandonamos las gradas con todos los demás y observamos mientras todos felicitaban a sus jugadores. Más que cualquier cosa, deseaba poder ir darle a Ryan un abrazo y decirle lo bien que lo hizo. Sin embargo, sus padres adoptivos estaban llenando ese rol, y todo lo que podía hacer era mirar. El doctor Cullen nos vio sobre la cabeza de Ryan, y su rostro se endureció. Le dijo algo a Esme, y ella echó un vistazo en nuestra dirección antes de llevar a Ryan hacia el auto.

—Creí que habíamos acordado que se mantendrían alejados de mi hijo hasta que esto se resolviera —espetó el doctor Cullen enojado. Él prácticamente se elevó sobre mí.

Edward me movió detrás de él y enfrentó al doctor Cullen.

—Acordamos no contactarlo, y no lo hemos hecho. Todavía. Pero no hay ninguna razón para que no podamos venir a ver a nuestro hijo jugar béisbol.

—Miren, la última cosa que él necesita son unos padres holgazanes que renunciaron a su hijo y ahora quieren venir a jugar a la casita con él —espetó el doctor Cullen.

Esme se había acercado por detrás de Carlisle justo a tiempo para escuchar su comentario, y jadeó. Edward estaba vibrando, tratando de controlar cada impulso que tenía para contenerse de golpear al doctor Cullen completamente. Ser arrestado por agresión no estaba en la agenda para este fin de semana.

Sin embargo, él no pareció notarlo, y continuó.

—Él necesita influencias positivas en su vida, no una madre que quedó embarazada a los diecisiete y el padre que la abandonó.

El puño de Edward golpeó al doctor Cullen en la mandíbula y lo tiró hacia atrás.

El doctor Cullen tropezó y se burló de él.

—Como dije, modelos positivos. No algún imbécil que comienza una pelea en el juego de béisbol de un niño. —Se giró hacia Charlie—. Quiero presentar cargos.

—Por supuesto que no lo harás —gruñó Esme—. No sé quién eres o qué crees que estás haciendo, pero hasta que tengas tu cabeza en orden y actúes como el hombre con el que me casé, no vas a venir a casa conmigo. Mayor Masen, doctora Swan, me disculpo por… la actitud de mi esposo. La carta que recibimos con respecto a las pruebas de ADN y la audiencia de custodia esta semana debe haber freído su cerebro. Ya he llevado a Ryan, y estaré en contacto una vez que estén los resultados.

Ella comenzó a alejarse, pero el doctor Cullen le agarró el brazo.

—Esme, dame las llaves. Obviamente no estás en condiciones de manejar.

Ella se mofó.

—Claro que no. No vas a subirte al auto con mi hijo así. Puedes disculparte con estas personas y caminar a casa. Si no hubieras causado una escena, no tendría que explicarle a Ryan qué demonios está mal contigo. —Sacó su brazo de su agarre y se fue enojada hacia el Mercedes negro en el estacionamiento.


Gracias por leer. ¿Qué les parece la actitud de Carlisle?

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