Disclaimer: nada de lo que reconozcáis me pertenece y no gano dinero con esto. Que más quisiera.

CAPÍTULO 9 - ESCOBAS Y PASTEL DE CALABAZA

La mañana siguiente Hermione se despertó agitada y sudorosa, con la sensación de haberse pasado toda la noche teniendo pesadillas. Se incorporó en la cama y se llevó la mano a la frente. El sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales de la habitación y ella tenía la boca seca y un tremendo dolor de cabeza, como si estuviera de resaca. Solo que la noche anterior no había bebido nada.

Echó una mirada a su alrededor y se sobresaltó al ver que las camas de sus compañeras estaban hechas y que no había nadie más en la habitación. Cogió el reloj de pulsera que reposaba en la mesilla de noche y se tiró en plancha de la cama al ver que eran las once y media de la mañana. No podía creer que se hubiera dormido.

Rápidamente empezó a ponerse la túnica por encima del camisón. No podía permitirse perder clases, estaban en plenos exámenes y no podía...

La realidad, la terrible realidad, le fue cayendo lentamente por encima como un caldero de agua fría. Primero se dio cuenta de que era sábado. Después, de que si era tan tarde era porque no se había dormido hasta las ocho de la mañana, cuando el cansancio por fin la venció. Finalmente se acordó de por qué no había dormido apenas.

Apabullada por el recuerdo de la noche anterior, se dejó caer nuevamente sobre la cama. Sintió que el dolor en las sienes se le agudizaba a medida que las imágenes de lo que había pasado se sucedían en su cabeza. ¿Realmente ella había hecho aquello? ¿Realmente se había colado en el baño de prefectos sabiendo que Ron estaba allí? ¿Se había metido en la pileta en camisón?

Le costaba recordar y asumir que ella había hecho todo aquello porque desde el momento en que había visto a su amigo abandonar la Sala Común fue como si ella saliera de su cuerpo y hubiera visto a otra Hermione actuar desde fuera. La vio salir por el hueco del retrato, la vio bajar las escaleras hacia el quinto piso y meterse en el baño detrás de Ron. La vio observar cómo el chico se abandonaba al sueño y cómo se acercó a acariciarle, el pelo húmedo primero, la pierna después. Vio a Ron gritarle a esa otra Hermione con la mirada encendida y el cuerpo temblándole de rabia.

Y sin embargo, ella estaba allí. Estaba mientras Ron le agarraba la cara y la besaba desesperadamente, correspondiéndole con la misma desesperación. Fue ella la que sintió sus manos deslizándose por su espalda, la que se aferró al pecho de él como a un salvavidas y, desde luego, fue ella la que en aquel momento deseó con todas sus fuerzas fundirse con él y quedarse en aquella bañera para siempre.

Y sin embargo, cuando él la interrogó con sus ojos azules y deseó decir algo, una sóla palabra que impidiera que él se marchara del baño no fue capaz. Nuevamente estaba fuera y vio el titubeo de su propio cuerpo y la tristeza de su mirada.

Hermione se metió en la ducha y durante un rato hizo lo posible para volver a parecerse a una persona normal. Y era difícil, porque su pelo estaba más enmarañado que nunca y tenía los párpados tan hinchados que apenas distinguía el color de sus ojos.Pero lo peor fue descubrir que tenía el cuello y el hombro derecho surcados por pequeñas marcas rojas. Afortunadamente era sábado y no tenían que llevar uniforme, así que podía ponerse un jersey de cuello de cisne sin levantar sospechas.

Cuando por fin salió de la habitación, era la hora de comer. La Sala Común estaba vacía así que supuso que todos sus compañeros ya estarían en el Comedor. Mientras bajaba por las escaleras pensó en cómo iba a comportarse delante de Ron y qué debía decir. Al fin y al cabo, era consciente de que si la situación iba a ser insostenible a partir de ese momento era por culpa de ella.

En ningún momento se planteó que Ron no iba a aparecer a comer y que eso sería mucho más doloroso que encontrárselo cara a cara.


Ron lanzó por enésima vez una piedra y observó como se deslizaba sobre la superficie helada del lago. Por la luz que había en ese momento supuso que sería mediodía. Tenía hambre, las manos ateridas por el frío y la punta de la nariz helada. Pero no le importaba porque se había dado cuenta de que había llegado el momento.

Después de tanto tiempo, por fin había llegado el momento de rendirse.


El resto de la semana Hermione no tuvo mucho tiempo para pensar. Los exámenes se les echaron encima sin que apenas se dieran cuenta. Agradeció más que nunca su costumbre de obligarse a llevar los temas más o menos al día y su capacidad para estudiar en un tiempo récord, porque tuvo que memorizar en días lo que apenas había mirado en meses. Afortunadamente la inminencia de las pruebas y la presión de tener que sacar buenas notas la obligaron a apartar de su mente cosas superfluas - en aquel momento lo eran - y a concentrarse en sus libros. Además cada vez que lo ocurrido en el baño de prefectos intentaba colarse en su cabeza, la vergüenza por lo que había pasado era tal que inmediatamente recluía ese pensamiento en un rincón recóndito de su cerebro para volver a los hechizos transmutadores.

Durante esos días apenas vio a Ron. El chico era sólo una cabellera pelirroja sentada unos asientos por delante en el examen de Transformaciones o una mancha borrosa que se deslizaba por el retrato de la Sala Común al verla aparecer en lo alto de la escalera. Cuando ella se levantaba, Ron ya se había marchado y cuando se iba a la cama, él ya se había ido para la habitación. Hermione supuso que en parte era porque todos conocían perfectamente sus rutinas de estudio en época de exámenes - sabían que apenas se movía de la biblioteca - y por eso no era difícil evitarla.

Al menos estaba tranquila porque sabía que el viernes todo acabaría, aunque sólo fuera por unas semanas. Harry y Ron se irían a la Madriguera y ella pasaría unas tranquilas vacaciones con su madre, lejos de Ron, lejos de Víktor. Eso le permitiría ordenar un poco sus sentimientos.

Las pruebas llegaron y pasaron. El jueves, después de su último examen - Pociones - Hermione subió a la habitación y se dejó caer de espaldas sobre la cama. Harry, Neville y los demás habían salido a tumbarse junto al lago aprovechando que había una temperatura agradable y el cielo estaba despejado, aunque ese día empezaba el invierno. Ella había declinado la invitación para permitir que Ron fuera con ellos. Tenía ganas de aire fresco y de estar con sus amigos pero no se habría sentido cómoda si Ron hubiera rechazado ir con ellos por su culpa.

Unos golpecitos en la ventana la sobresaltaron y vio a una de las lechuzas parduzcas del colegio mirándola fijamente con un sobre en el pico.

Abrió la ventana y reconoció la letra pulcra de su madre: probablemente fuera la contestación a su carta de unos días antes, en la que le había informado del día y la hora de su llegada a Kings Cross.

Le dio una golosina a la lechuza y se sentó en la cama para leer la carta con tranquilidad. En cuanto echó un primer vistazo su semblante se ensombreció.

"Supongo que cuando recibas esta lechuza (por fin me voy acostumbrando al argot de los magos) ya habrás hecho tu último examen y estarás celebrándolo con tus amigos. Seguro que te han salido estupendamente, como siempre, así que no te tortures mucho.

Me temo que no tengo buenas noticias. Rosaline, la tía de tu padre que vivía en Dublín, ha fallecido ayer. Supongo que no te acuerdas de ella pero cuando eras pequeña venía a visitarnos con cierta frecuencia y siempre te traía bombones. Tu padre está bastante afectado y debe salir para Irlanda inmediatamente para organizar el funeral y arreglar algunos papeles. Ya sabes que es su pariente más cercano. Yo he decidido acompañarle para que no pase sólo por este trago y porque yo también apreciaba mucho a tía Rosaline.

He escrito a Molly Weasley, la madre de tu amigo Ron, y ha sido muy amable. Me dijo que podías pasar las Navidades con ellos sin ningún problema y que estarán muy contentos de tenerte allí porque eres como otra hija más para ellos. Tu padre y yo consideramos que es totalmente innecesario que vengas a Dublín con nosotros y obligarte a pasar por algo tan desagradable en Navidad.

Te avisaremos al regreso, pero no sé cuanto tiempo nos puede llevar todo esto.

Te echo de menos y estoy deseando abrazarte. Muchos besos. Mamá"

Hermione releyó la carta una y otra vez, buscando algún cabo suelto al que aferrarse pero no lo encontró: su madre no le había dejado ninguna alternativa. El mundo se estaba volviendo loco: sus padres, que estaban separados, se iban juntos a Irlanda y ella, que no se hablaba con Ron y apenas podía mirarlo a la cara, debía pasar las vacaciones en la Madriguera.

Se dejó caer nuevamente en la cama, derrotada, y supuso que la congoja que sentía no tenía nada que ver con tía Rosaline.


El viaje hacia Londres fue una pesadilla. Primero, Víktor la estaba esperando en Hogsmeade para despedirse de ella. A Hermione la culpa le impedía comportarse con naturalidad con él y fue un momento muy tenso. Para empeorar las cosas, Ron, Harry y Ginny habían llegado justo en el momento en que Víktor la besó para despedirse y lo primero que vio al separarse de su novio fue la mirada gélida del pelirrojo.

Nada más subirse al tren se vio obligada a hablar con él para repartirse las rondas de vigilancia, aunque probablemente hubiera tenido una conversación más animada con una piedra. El chico apenas la miró ni dio mas muestra de haberla entendido que el dirigirse hacia los vagones 5 y 6, los que le había asignado. Para colmo, los alumnos de 1º estaban especialmente revolucionados por la inminencia de las vacaciones y no paraban de practicar hechizos crecepelo y de probar productos de Sortilegios Weasley.

Pero lo peor estaba por llegar. Tuvo que soportar la humillación de ver la reacción de sorpresa y disgusto de Ron cuando los señores Weasley vinieron a buscarles a la estación y los chicos se enteraron de que Hermione también iba con ellos.

Durante el trayecto en coche hacia la Madriguera, Ron estuvo enfurruñado y pálido, Hermione no dejó de mirar por la ventanilla ni un sólo instante y Ginny y Harry iban comprimidos entre ambos en el asiento de atrás, sobrellevando la incómoda situación como podían. Afortunadamente la señora Weasley pareció no darse cuenta de nada y no dejó de hablar ni un momento durante la hora que duró el trayecto a casa.


El día de Nochebuena, después de comer, los señores Weasley fueron a Londres para ultimar los detalles de la cena y hacer compras de última hora. Bill y Charlie no podían venir este año por motivos de trabajo y los gemelos llegarían para la hora de cena, cuando cerraran la tienda. Así que los cuatro se quedaron solos en la casa.

Harry estaba desesperado. No había podido hablar con normalidad con sus amigos durante toda la semana. Por un lado ellos ni se miraban, por lo que tenía que repartir su tiempo entre los dos. Por otro, no podía estar cerca de ellos sin que las imágenes que había visto en el baño volvieran a su memoria una y otra vez. Intentaba concentrarse, de verdad que lo intentaba, pero aunque Ron estuviera contando algún chiste o bromeando, pronto lo veía con nitidez besando ansiosamente a Hermione, con los ojos cerrados y el torso desnudo. Y desde luego creía que nunca podría volver a ver a la chica como su amiga la seria y responsable después de haberla pillado semidesnuda y totalmente entregada a aquel beso con Ron. Alguna vez incluso se había sorprendido a sí mismo preguntándose hasta dónde habrían podido llegar sus amigos si él no hubiera entrado, o hasta donde habían llegado después de que él se fuera. No había sido una sorpresa ver que al día siguiente ya no se hablaban y que parecían muy dolidos el uno con el otro, pero sí le había extrañado comprobar que Hermione seguía saliendo con Krum. ¿Significaba eso que le había engañado con Ron?. Aunque parecía inconcebible que su amiga hicera algo así, todo apuntaba a que así había sido.

Claro que unos días antes también le hubiera parecido imposible que ella y Ron se dieran el lote semidesnudos en la bañera de los Prefectos.

Harry recordó con envidia aquellos días felices en que él y sus amigos eran adolescentes asexuales cuya única preocupación era aprobar los exámenes y sobrevivir a un nuevo encuentro con Voldemort.

Porque él no estaba libre de culpa. Seguía sin poder dejar de pensar en Ginny y seguía teniendo aquellos sueños cada vez con más frecuencia, solo que ahora la pileta del baño de prefectos era un escenario habitual en aquellas fantasías.

Harry se estaba volviendo loco. A la euforia inicial por haberse enterado de que Ginny había roto con Corner le había vuelto a seguir una nueva oleada de pesimismo. De repente las cosas volvían a no parecerle tan fáciles y a ratos hasta se sentía culpable por lo que Corner le había dicho.¿Y si realmente él era el culpable de lo que había pasado? ¿Y si Ginny era ahora infeliz por su culpa?

Y por si eso fuera poco, encima tenía que pasar las Navidades con ella, en una casa pequeña y de pasillos estrechos. Era casi imposible que se cruzaran en la escalera sin rozarse o que permanecieran en la misma estancia sin que el perfume floral de la chica impregnara cada uno de sus poros y le hiciera recordar lo que había sido tenerla, durante unos minutos, en sus brazos.

Siempre que podía, Harry la observaba disimuladamente intentando averiguar por su expresión cómo se sentía ella. La rondaba como si esperara verla echarse a llorar de un momento a otro, gimoteando que echaba de menos a Michael y que él tenía la culpa de su infelicidad.

Pero nada de eso pasó. Ginny seguía igual de alegre y bromista que siempre, y a Harry le costaba decidir que era peor: verla así, haciendo que su corazón brincara cada vez que lo miraba y que las cosas se le cayeran de las manos cuando le sonreía, o que estuviera deprimida y él se hubiese sentido el ser más rastrero de la tierra.

A Harry le hubiese gustado que ella sacara el tema de Corner, que hubiese dicho en alto que habían roto para tener la libertad de hacerle preguntas, o que otros las hubieran hecho por él, y resolver todas las dudas que revoloteaban por su cabeza. Aunque ¿y si ella contestaba algo que no quería oir? Pero Ginny no había contado nada y él tenía que seguir aparentando que no lo sabía.

Aunque a veces, cuando pensaba que nadie la miraba, un deje de tristeza cruzaba los ojos de la chica. Y cada vez que esto ocurría, a Harry se le encogía el corazón.


Ron pululaba por la Madriguera como un alma en pena y eso hacía que Hermione se sintiera aún más culpable por todo lo que había ocurrido. Esta vez no tenía excusa para no darle vueltas a la cabeza: no tenía nada que estudiar y aunque se afanaba en buscar cosas que hacer por la casa y en ofrecerse a ayudar a la señora Weasley en cualquier cosa que ésta pudiera necesitar, tenía largos ratos muertos en que no podía evitar pensar en todo lo que había pasado.

Y esta vez Hermione no tenía a quién culpar de lo ocurrido. No podía decir que había sido el alcohol porque no había bebido aquella noche ni podía argumentar que le habían retado a hacerlo. No podía repetirse a sí misma una y otra vez que lo había hecho por experimentar porque, esta vez lo sabía con claridad, su cuerpo había actuado irracionalmente y ella sólo se había dejado arrastrar. No podía echarle la culpa a Ron, aunque él la hubiera besado primero, porque ella se había metido en aquel baño, en camisón y había deseado con tanta fuerza que la besara que estaba convencida de que ella misma había provocado que sucediera.

Y desde luego no podía seguir convenciéndose de que era el acto de besar en sí lo que le gustaba. Porque ahora no tenía ninguna duda de que sí, le gustaba besar a Seamus, le encantaba besar a Víktor pero sólo Ron conseguía que ella se estremeciera con sólo mirarla, sólo su boca la transportaba a lugares lejanos con los que ni siquiera se había atrevido a soñar y sólo en sus brazos conseguía olvidarse de exámenes, de calificaciones y de que estaban en guerra.

Y por eso, justo por todo eso, ella ni siquiera se podía plantear entregarse a todas esas sensaciones y salir con él. Porque empezaba a darse cuenta de que se podía enamorar de Ron, a pesar de su torpeza y de que había sido casi como un hermano para ella. Si es que no se había enamorado ya de él.

Hermione seguía teniendo unos objetivos claros, seguía convencida de que el amor para siempre no existía y no pensaba dejar que por jugar a los novios se arruinara su futuro o su amistad con Ron y Harry. Porque esos días se había dado cuenta de que aún más insoportable que discutir con él o que la incomodidad que sentían después de un reto, era que él ni siquiera la mirara a los ojos. Necesitaba su risa, necesitaba sus palabras de consuelo e incluso necesitaba que se burlara de ella por Víktor o por su obsesión con los exámenes.

Puede que hubieran dejado de ser hermanos en el momento en que sus lenguas se rozaron por primera vez, pero Hermione no estaba dispuesta a perderlo del todo. No ahora que estaban en guerra y Harry les necesitaba unidos. No ahora que ella misma le necesitaba más que nunca.

Suspiró y salió del gallinero donde se había recluído, decidida a tragarse su orgullo de leona y los sentimientos que empezaban a definirse en su pecho.


Harry había visto por la ventana del dormitorio que Ron estaba en la huerta trasera, abrillantando el palo de su escoba con aire taciturno. Decidió salir y preguntarle si le apetecía practicar unos cuantos tiros al aro de gol.

Pero al bajar las escaleras, Ginny se asomó por la puerta de la cocina.

- ¿Has visto a Hermione? - le preguntó, sonriendo.

- Creo que iba a dar de comer a las gallinas.

La chica tenía el pelo recogido en una cola alta, como la que se hacía para jugar al Quidditch. Llevaba un delantal de corazones y tenía las manos y la cara llenas de harina.

- No importa - dijo, encogiéndose de hombros - ¿Podrías ayudarme tú un momento?

Sin esperar respuesta, se metió nuevamente en la cocina y Harry la siguió dócilmente. Los tiros podían esperar.

Un delicioso olor a galletas de mantequilla y jengibre se filtraba desde el horno e impregnaba el aire mientras ella se afanaba en amasar los ingredientes para que empezaran a parecerse a una tarta

- ¿Te importa ponerles los botones a esas de ahí? - dijo señalando una bandeja de galletas con forma de hombrecillo que tenía junto a ella, en la encimera - Es que si no no me va a dar tiempo a terminar con todo.

Harry asintió con la cabeza, aunque la chica no podía verle porque estaba de espaldas a él. Cogió la bolsa con las grageas de colores y se colocó junto a Ginny, mirando fijamente cómo sus pequeñas manos se hundían en la masa blanquecina. Al igual que su madre, tenía mucha fuerza para lo menuda que era.

- ¿No estás haciendo muchas?- preguntó Harry para romper el silencio - Sólo somos ocho a cenar.

La chica sonrió.

- Sí, pero es difícil satisfacer a todo el mundo si cada uno tiene gustos diferentes.

Al ver que Harry no comprendía, siguió explicando.

- A papá y a Fred les gustan las galletas de jengibre - dijo, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza hacia la bandeja en la que estaba ocupado Harry - a mamá y a Hermione, las de mantequilla. A George le gusta la tarta de limón; a Ron, cualquier cosa que tenga chocolate.

Harry la observó mientras hablaba. Parecía que a la chica realmente le hacía ilusión que todos tuvieran su dulce preferido esa noche. Sintió una repentina oleada de ternura y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no acariciarle el cabello rojo, ahora lleno de harina.

Estaba tan ensimismado que se sorprendió al ver que ella le miraba y le sonreía.

- Y a ti te gusta el pastel de calabaza.

Harry siguió con la vista la dirección hacia la que señalaba ella. En un rincón en el que no había reparado hasta ahora, sobre la encimera, reposaba una bandeja con humeantes pasteles de calabaza.

- No tenías... no tenías por qué...

- Lo sé - dijo ella encogiéndose de hombros mientras volvía a concentrarse en la masa- Pero me gusta hacerlo.

- No me has dicho qué es lo que te gusta a ti- dijo atropelladamente para íntentar ignorar el calor que se extendía por su cuerpo.

No levantó la vista de las galletas así que no pudo ver su gesto, pero por el sonido de su voz supo que sonreía.

- A mi me gusta cualquier cosa que esté dulce. Me da igual que lleve limón, chocolate o calabaza.

El silencio volvió a caer sobre ellos. Harry estaba tan concentrado en su tarea para evitar que la chica viese que se había puesto rojo que la pregunta le pilló por sorpresa.

- Michael habló contigo ¿verdad?

Ginny tenía los ojos clavados en él y el gesto repentinamente más serio y Harry no pudo disimular. Tenía la sensación que ella podía leerle el pensamiento.

- Eeehh... sí, en realidad si.

- ¿Te dijo que rompimos?

- Si.

Ginny volvió a centrar su atención en la masa de la tarta con una energía renovada.

- Entonces supongo que debería darte las gracias por no haber dicho nada. No me siento con fuerzas para contarlo todavía... Ni siquiera a Hermione. Creo que ella está demasiado centrada en sus propios problemas. Lo diré pronto - se excusó - pero no me apetecía tener que aguantar las burlas de Fred y George ni las indirectas de Ron durante todas las navidades.

Harry asintió y nada en su gesto delató que en realidad estaba totalmente acongojado. ¿Significaba aquello que ella estaba deprimida por haber roto con Corner?

Sí, claro que sí, que tontería. Al fin y al cabo llevaban un año siendo novios ¿no?

Nuevamente la culpabilidad le invadió y se obligó a pronunciar en voz alta la pregunta que durante días le había aleteado en la punta de la lengua.

- ¿Fue... ha sido por mi culpa?

Ella se detuvo y le miró fijamente, haciendo que el chico se estremeciera.

- ¿Qué te hace pensar eso?- preguntó con una mueca divertida que consiguió que Harry de repente se sintiera idiota.

- Yo... mmm...Corner mencionó algo al respecto.

Ginny rió, esta vez abiertamente.

- Michael es idiota- sentenció - Está buscando culpables para algo que hace tiempo que no tenía solución. Y como últimamente tú y yo pasamos bastante tiempo juntos supongo que lo más cómodo para él es pensar que tú tienes la culpa en vez de darse cuenta de que es un capullo que no sabe apreciar lo que tiene.

Harry sonrió, como si se hubiera quitado un peso de encima y la chica cambió de tema hacia el nuevo fichaje de las Hollyhead Arpies. Cuando ella estiró la mano para quitarle restos de harina de la nariz, a Harry empezaron a flaquearle las piernas. Puede que fuera por el tacto suave de su mano, por el calor que desprendía el horno o porque un familiar olor floral se impuso por encima del aroma de las galletas y la tarta de limón.

Y sin embargo, en lugar de sentir alivio Harry se sintió más deprimido y acongojado que nunca.


La escoba de Ron brillaba tanto que refulgía bajo la luz de la tarde y reflejaba la nieve de la huerta. El pelirrojo llevaba un rato observándola sin saber muy bien qué más hacer con ella. Podía llamar a Harry y pedirle que volara un rato con él o podía volar solo y huir de allí aunque sólo fuera durante un par de horas. La casa le ahogaba, su propio hogar se había convertido en un territorio hostil y Ron necesitaba aire. Y sin embargo ahí estaba, plantado como una zanahoria sin decidirse a dar un paso en ninguna dirección.

Hacía días que él sólo era una sombra del Ron que todos conocían y todo era por culpa de Hermione. Ella tenía la culpa por haberse metido en el baño de prefectos aquella noche, por ser tan guapa que él había sentido que se moriría si no la besaba, por dejar que su tía abuela muriera y la mandaran a la Madriguera. Por no darse cuenta de que él la amaba y de que estaban hechos el uno para el otro.

Pero Ron había decidido rendirse y verla besarse con Krum dos días antes en la estación de Hogsmeade sólo había reafirmado su decisión. Él se había involucrado hasta el cuello a pesar de que siempre se había resistido a hacerlo y ahora debía pagar las consecuencias y aceptar su derrota.

Sintió el leve crujido de las ramas y las hojas empapadas a su espalda y no tuvo que girarse para saber quién era. Harry era más pesado y hubiera hecho más ruido y Ginny era como un torbellino, incapaz de moverse sigilosamente. Sus padres, Fred y George no volverían hasta la noche.

- No tengo nada que hablar contigo - interrumpió la muda frase de ella antes de que saliera de sus labios. Sabía a qué venía y lo último que él necesitaba era su compasión.

- Ron, lo siento.

Fue el temblor, la desesperación de su voz lo que hizo que el chico se girara y la mirara a la cara por primera vez en diez días.

- Yo también lo siento - dijo él con amargura - Siento haberte incomodado con lo que pasó en el baño. No debí dejarme llevar.

Hermione le escrutó con sus ojos castaños. No sabía como interpretar el gesto del chico. ¿Estaba realmente arrepentido de lo que había pasado o sólo intentaba torturarla?

- Fue culpa mía - dijo con un hilo de voz - Yo me metí en la pileta. Yo provoqué que pasara. Yo...

- ¿... me mandaste a la mierda después? - la interrumpió, incapaz de controlarse.

Hermione logró mantener la compostura. Sabía que Ron estaba dolido pero esa no era razón para tratarla así.

- Iba a decir que yo no hice nada por evitarlo.

El pelirrojo se acongojó. Estaba haciendo un esfuerzo por odiar a la chica que tenía delante, quería odiarla con todas sus fuerzas, quería decirle algo tan hiriente que ella sintiera su alma desgarrada en mil pedazos. Quería que ella se sintiera como él se sentía.

Pero no podía hacerlo. No era una chica, era Hermione. Su amiga. A pesar de todo lo que pudiera pasar entre ellos y, sobre todo, de lo que pudiera no pasar, él la quería por encima de todo.

- Creo que será mejor que te vayas - susurró bajando la mirada. Sin darse cuenta había soltado la escoba, que ahora levitaba junto a ellos a un metro del suelo.

- ¡No pienso irme hasta que me escuches!

Ron perdió la paciencia.

- ¡¡Te estoy diciendo que te vayas!! - gritó, rabioso- ¡Vete antes de que te diga algo de lo que luego me arrepienta!

- Entonces tenemos un problema - dijo la chica un poco más calmada- Porque yo no voy a irme hasta que seas capaz de mirarme a los ojos.

Ron titubeó. Nunca había sido bueno ocultando sus sentimientos y sabía que si la miraba, ella podría leer en sus ojos todo lo que sentía. Lo que, a pesar del daño infringido, aún seguía sintiendo.

Sus ojos titubearon unos instantes antes de posarse en los de ella. Intentó centrar su rabia en su mirada, intentó transmitir odio, pero sabía que no iba a conseguirlo. Lo supo porque en cuanto los ojos oscuros de la chica se posaron sobre los suyos sintió como todo su cuerpo se relajaba y la rabia se desvanecía, dejando sólo sitio para el amor que sentía por ella y el dolor porque ella no iba a ser suya.

En aquel momento Hermione entendió. No se había dado cuenta en la habitación de los chicos, ni en el baño de prefectos, porque Ron pudo leer en su rostro el momento preciso en que lo comprendió todo. Entendió por qué Ron estaba tan dolido, por qué la besaba con deleite, por qué llevaba años enfadándose cada vez que recibía carta de Víktor. Por qué aunque a veces se metiera con ella, cada vez que estaba con él se sentía especial.

Porque cuando estaba con él, ella ERA especial.

El pánico la paralizó. Ron vio como le temblaba el labio inferior y como las palabras se ahogaban en su garganta antes de aflorar. Finalmente la chica murmuró algo sobre Ginny y se giró para dirigirse hacia la casa.

A pesar de haberse rendido, a Ron de repente le dio por pensar que quizá no estuviera todo sentenciado. ¿Y si jugaba una última carta? Después de todo Hermione sabía su secreto y él ya no tenía nada que perder.

- Quiero una cita.

La frase apenas fue audible, ahogada por el silbido del viento de diciembre entre los árboles, pero la chica se detuvo como petrificada a pocos metros de la entrada trasera de la casa.

- Sólo una tarde. Dame unas horas sólo para mi y te demostraré que yo soy la mejor opción.

Hermione se giró y le miró. Ron la observaba con los ojos llorosos por el viento, la nariz colorada y una mirada tan intensa que la hizo estremecerse.

Supo que estaba perdida. Nunca había podido negarse a nada que él le pidiera. Ni a hacerle los deberes, ni a ir a ver un entrenamiento de Quidditch ni a incumplir una norma del colegio.

Pero esta vez era peor.

Esta vez iba a quebrantar sus propias reglas.


Hola a tods otra vez! Ya veis que no me secuestraron ni me atropelló un camión ni nada por el estilo. Es sólo que estuve unos días de viaje y aunque conseguí escaparme de vez en cuando para contestar a los rr no pude actualizar hasta hoy.

Como compensación este capítulo es un poco más largo. Ya veis que no pasa nada especialmente emocionante pero es muy importante porque:

a) Hermione reconoce que está enamorándose de Ron. ¡Por fin! Aunque fuera muy evidente para los demás, ella no se acababa de dar cuenta de una vez.

b) Se da cuenta de que Ron está enamorado de ella. Lo mismo digo. Evidente, pero esta chica está a uvas.

c) Ron está perdiendo la paciencia y no va a aguantar mucho más. Así que más vale que ella se decida a hacer algo pronto. ¿Tendrán la cita finalmente? Mmmm... Estos chicos van en dirección contraria al resto del mundo xD

d) Harry está avanzando con Ginny. Muchas me recordásteis que lo tenía un poco olvidado, así que en este capítulo me explayé.

Pero no os preocupéis que el próximo va a ser muy Ron/Hermione.

Con las prisas por actualizar apenas he tenido tiempo a revisarlo, así que siento las faltas y los errores que encontréis. Sed comprensivos.

Ah! Y como recibí mogollón de rr en el capítulo 8 (sois las/los mejores) tampoco voy a poner los agradecimientos aquí porque me lleva un buen rato copiar todos los nombres. Espero que os hayan llegado las respuestas y si no...Muchísimas gracias a los fieles y a las nuevas incorporaciones. Siempre es un gusto:)

Ya vi que muchs me agregásteis al messenger. Como ya dije de momento no puedo conectarme apenas, espero que pronto me pongan internet de una vez

Un besazo para tods y en el plazo normal (unos cinco días) colgaré el siguiente capítulo.

o0o Luxx o0o