-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 8
Un nuevo día se alzaba radiante en el Imperio que podía jactarse de celebrar la espera para el nacimiento de un nuevo príncipe o Sultana del Imperio. En el Harem se distribuían dulces y oro, aumentando la felicidad ya sentida por solo saber feliz a la Sultana. Sentada sobre el diván de sus aposentos, Sarada repasaba los recientes acontecimientos de la mañana siendo que, gracias a su padre, se había enterado de lo que esperaba a la Princesa Koyuki, algo que para esa hora habría de ya haberse consumado sin error alguno. Destrozar aquella amenaza y sus expectativas era lo que más debía preocupar al Imperio en esos momentos.
Completamente formando una imagen digna de alabar por su belleza y solemnidad, la Sultan Sarada relucía unas soberbias galas granate bordadas en oro; marcadas hombreras formadas a partir de escamas de oro y bordados dispersos que emulaban el emblema de los Uchiha, las mangas eran listas y ajustadas hasta los codos, abiertas en el frente como lienzos. El vestido tenía un favorecedor escote corazón del cual descendían verticalmente tres botones de oro, por sobre el vestido una chaqueta de igual color plagada de bordados y escamas de oro, como las hombreras, que emulaban el emblema Imperial, abierta por completo en el vientre y pegada al cuerpo para enmarcar la aun juvenil figura de la Sultana. Su largo cabello azabache, plagados de risos—adornado por una exquisita corona de oro y rubíes—caía libremente tras su espalda mientras un largo mecho colgaba por sobre su hombro izquierdo, a juego con la corona se encontraban un par de pendientes de cuna de oro con un rubí en el centro y de los cuales colgaban dos perlas en forma de lagrima.
El tiempo de luto y tristeza pasada había concluido de manera efectiva y ahora Sarada podía dedicarse a la auténtica labor que le correspondía como Sultana; velar por acrecentar el poder del Imperio, velar por su hijo, ensalzar su belleza y permanecer leal a sus padres. Sarada sonrió ligeramente mientras veía a su hijo Izuna ser abrigado por Chouchou, el pequeño Príncipe había heredado una afición que ella disfrutaba de igual modo; la equitación y por ello resultaba imposible apartar lo de los caballos. Viendo ya completamente vestido y seguro a su hijo a quien dejaría ir a ver a los caballos antes que ella, Sarada se arrodillo frente a su hijo, terminando de acomodarle el abrigo y peinando sus rebeldes cabellos azabaches.
-Recuerda no acercárteles mucho—advirtió Sarada sobre lo caballos, -se inquietan si los observas demasiado.
Izuna asintió velozmente, removiéndose de forma ligera en cuanto sintió a su mare besarle sonoramente la mejilla y abrazarlo contra su pecho. Su padre era una figura tremendamente ausente para Izuna y, haber visto llorar a su madre, indicaba que quizá no volviera a verlo, pero el pequeño Príncipe no sabía si sentirse feliz por ello o triste, porque de independientemente de ello no podía sentir nada por la ausencia de su progenitor. Pero ahora esos días habían terminado, su madre volvía a ser la mujer hermosa, feliz y dulce que siempre había sido y eso lo hacía sentir tranquilo. Sara observo dichosa a su hijo, feliz de que pudiera garantizarle ese nuevo inicio que tanto merecía. Kami, en su bondad, había permitido que su hijo no fuera sino un vivo reflejo del Imperio, heredando por completo las características físicas habituales en los Uchihas, de hecho, cualquiera que viera al pequeño no podría creer que Inojin había sido su padre, no se parecían en nada.
Ese era su mayor consuelo.
Observándose frente a su tocador y tras haber desayunado amenamente uno de los muchos manjares palaciegos, Koyuki terminaba de arreglarse para lucir siempre perfecta a lo largo del día, para que Daisuke no pudiera apartar sus ojos de ella en ningún momento, tal y como había pasado hasta la fecha.
El cabello azul oscuro de la joven Princesa se encontraba recogido en una trenza decorada por un broche en forma de sol, hecho de oro y engarzado con diamantes. Usaba un femenino vestido celeste claro de corpiño y falda lisa, bordado por encaje y diamantes color perla en los costados y sobre a falda superior así como en las mangas ajustadas, cuyas hombreras y lienzos exceptuaban tan adorno. Koyuki levanto la mirada hacia las puertas en cuanto estas se hubieron abierto con un ligero chirrido, permitiendo así el ingreso de lady Ino que cargaba una pequeña caja de oro solido en sus manos.
La húngara se levantó de su lugar, sonriéndole ligeramente a la Yamanaka que la reverencio con respeto. No tenía nada contra el personal del Palacio y tampoco quería enemistarse con nadie más, por ahora. Ya tenía el desprecio del Sultan Sasuke, la Sultana Sakura, la Sultana Mikoto y la Sultana Midoriko, no necesitaba más por ahora. Presta y sin rechistar, Ino abrió la caja entre sus manos, exponiendo así un collar de oro del que pendía un dije en forma de sol en cuyo centro se encontraba un exquisito diamante naranja que cautivo de manera inmediata la atención de Koyuki.
-El Príncipe Daisuke envió esto para usted—informo Ino ante la atenta mirada de la Princesa.
La Princesa trago saliva de manera inaudiblemente ante lo que estaba observando, aceptando la caja de manos de lady Ino. Semejante joya era tan abrumadora que…creía estar a punto desmayarse en cualquier momento. Serenándose de forma inmediata, Koyuki asintió a la Yamanaka que, sin esperar otra respuesta debiendo concentrarse en el Harem, reverencio a la Princesa antes de proceder a retirarse a su siempre habitual lugar de trabajo. Yugito, sentada sobre uno de los divanes, observo atenta como la Princesa volvía a sentarse frente a su tocador, procediendo a colocar aquella selecta joya alrededor de su cuello, tocando con absoluta devoción el dije que caía por sobre la altura de su escote.
Las joyas, el poder y todo cuanto Daisuke estaba poniendo a sus pies era adictivamente abrumador y quería más de todo ese poder. Quizá no fuera tan negativo quedarse en aquel Palacio.
El pequeño Izuna observo completamente atento a los caballos sin reparar en cuanto se les estaba acercando. Todos eran realmente hermosos, corceles dignos del Imperio por su porte y gracia al moverse, cubiertos por una ligera capa de seda que los protegía del aire ligeramente más fresco que reinaba en aquel lugar. El corcel frente a él parecía enorme, negro como el ébano y que destilaba rudeza en sus relinchos, inquieto ante la mirada desconocida de parte del infante a quien nunca había visto.
Asustado, el corcel se alzó en sus patas traseras, intimidando ligeramente el Príncipe que retrocedió ante ese gesto, tropezando y cayendo de espaldas. El caballo volvió a repetir el gesto, tan cerca suyo que Izuna estuvo a punto de creer que lo golpearía…pero algo lo alejo de la trayectoria. Boruto abrazo al pequeño Príncipe por la espalda, respirando más tranquila al saberlo ileso y a salvo según veía. Haba pretendido ir a los establos a ver a su caballo, una suerte a decir verdad ya que había impedido que ocurriera una segura desgracia. Dispuesto a agradecer a quien fuera que lo hubiera salvado, Izuna se giro hacia el Uzumaki que le sonrio con confianza.
-¿Esta bien, Principe?—inquirio el rubio.
Absorto por la sonrisa y confianza que le transmitía el Uzumaki, Izuna atino a sonreír únicamente, asintiendo vehemente. Lo había visto un par de veces vigilando la entrada a los aposentos del Sultan, su abuelo, pero nunca había preguntado por su nombre ni el cargo que ostentaba. Las galas que vestían eran de cuero y la portentosa toca característica de los Uchiha se encontraba sobre su cabeza, para muchos hubiera parecido intimidante pero a Izuna solo le transmitió confianza.
-¡Izuna!
La voz de su madre lo hubo sacado de su divertimento en cuanto este cayo a sus pies, abrazándolo protectoramente ante la mirada de Boruto que bajo la cabeza en una muda reverencia a la Sultana. Pese a acabar de llegar, Sarada solo podía inferir una cosa ante el cuadro que veía, Izuna la había desobedecido; acercándosele demasiado a los caballos y acabando por ser salvado por Boruto. El Uzumaki no pudo evitar embobarse al contemplar la Sultana que, usando una capa de seda granate bordada en oro, relucía por su belleza como siempre.
-No vuelvas a asustarme así—pidió Sarada, rompiendo el abrazo y observando a su hijo que tristemente asintió, -moriría si te pasa algo.
-Perdón—admitió el infante con la mirada baja, avergonzado de su comportamiento, -quería ver a los caballos—recordó, sabiéndose demasiado emocionado por ello anteriormente, -el me salvo—informo el Príncipe.
A modo de respuesta y tomándose el atrevimiento, Boruto le revolvió ligeramente el caballo al Príncipe que rió en repuesta. Levantándose cuidadosamente del suelo y viendo a su hijo ser ayudado por Boruto, una sonrisa agradecida apareció en el rostro de la Sultana que, sin poder evitarlo, sostuvo una de las manos del Uzumaki entre las suyas sin alcanzar a sentir el temblor que lo recorrió por causa de su tacto.
-Gracias, Boruto—pronuncio Sarada.
Ese no era solo un gracias por salvar su hijo sino por todo lo sucedió anteriormente, él la estaba salvando de todo cuanto resultase un peligro, le costaba admitirlo pero se estaba salvando y restructurando al mundo gracias a él; Boruto era su salvador.
Sakura cambio la página del libro de reuniones del Consejo, revisando exhaustivamente lo que se predisponía a discutir en la próxima reunión, mañana. Mikoto se encontraba sentada a su pies realizando la habitual contabilidad del Harem, observando de sola sayo a su madre una que otra vez, no pudiendo evitar sonreír ante la esperaba que significaba un nuevo hermano o hermana. El sol cruzaba el horizonte y empezaba a dar paso al atardecer, llenando la habitación en un exquisito color similar al dorado y que parecía reflejarse como oro entre las paredes y en sus atuendos.
La Sultana Sakura portaba un magnifico vestido rubí brillante hecho totalmente de seda, escote cuadrado, mangas ajustada y, como siempre, calce perfecto a su cuerpo. Encaje de oro bordado en diamantes enmarcaba el borde del escote, los hombros, las muñecas, los costados el pecho y los bordes de la falda superior, en caída vertical desde el borde del escote de encontraba siete botones de diamante hasta la altura del vientre que cerraban elocuentemente el vestido. Su largo cabello se encontraba recogido en una coleta baja, plagada de rizos, realzada mediante una exquisita corona de oro, rubíes y diamantes que emulaba flores de cerezo, en complemente usaba un viejo obsequio de parte de su difunta suegra, la Sultana Mikoto, un par de pendientes de rubí en forma de lagrima a juego con una gargantilla de oro de la que colgaban cinco rubíes en forma de lagrima, siendo el central de mayor tamaño.
A sus pies, Mikoto relucía en unas femeninas galas malva claro, casi gris plateado, bordad en plata en el centro del corpiño y la falda. El escote era cuadrado, las mangas ajustada al brazo bajo unas portentosas hombreras o mangas superiores que iban desde los hombros al codo, la falda exterior era igualmente lisa y amoldada al cuerpo. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de plata y amatistas engarzadas por diamantes a juego con el collar que se encontraba alrededor de su cuello, todas sus joyas a imagen de las de su madre.
-He de suponer que la amenaza de la Princesa ha desaparecido—espero Mikoto, levantando su mirada hacia su madre.
Sakura levanto su frente del libro con una ligera sonrisa. Las estrategias habían sido algo que evita muchas veces, no le placía ser malvada en tal aspecto, pero…por su familia, su esposo y sus hijos estaba más que dispuesta a llegar hasta donde fuese necesario.
Sasuke le había informado que, para disgusto de ambos, Naoko habría de volver al Palacio por petición de Rai que deseaba ver a su madre luego ya diez años de ausencia. Muchos considerarían cruel separar a una madre de su hijo pero, siendo consciente del peligro que las personas a su alrededor podían significar, Sakura había optado por cortar por lo sano y alejarla del poder y su hijo. Había criado a Rai como si fuera su propio hijo, pero no lo era, ahora podía ser consciente de ello. Pero eso no significaba que fuera a darle el gusto a Naoko de considerarse su igual solo por ser, aparentemente, la madre de un Príncipe. Nadie podía igualarla y no se trataba de un ego o arrogancia desbordante, sino de realidades seguras y materiales.
Pero, por ahora, la amenaza a exterminar por completo no era otra que Koyuki, ya habría tiempo para otras cosas…más tarde.
-La dosis suministrada no provocara otro efecto—respondió Sakura ante la pregunta de su hija.
Mikoto, comprendiendo los pensamientos de su madre, asintió únicamente, volviendo a centrar su atención en la contabilidad. Naoko tenía aliados en el Palacio, aliados a quienes encargaba la protección de su amado hijo Rai. No odiaba a Rai, era su hermano por decirlo de cierto modo, habían crecido juntos…pero las diferencias que tenían por causa de sus madres eran palpables. Naoko sin lugar a dudas significaría un problemas apenas llegara al Palacio, pero ella se encargaría de evitarle tal carga a su madre, ella y sus hermanos harían valer su posición, ninguneando a Naoko que estaría más que dispuesta a darse aires de grandeza pese a no ser nada salvo una arribista cualquiera.
Nadie vencía a su madre.
Sarada se encontró amenamente en los baños destinados a las Sultanas, se había bañado y relajado tanto como le era posible, permitiendo ahora que sus doncellas le masajearan los hombros y la espalda mientras se recostaba y dejaba hacer.
Estaba comenzando a sentir cosas por Boruto, era tonto de su parte negarlo, pero no sabía exactamente que sentía, i solo cariño, amistad y aprecio por su ayuda o más que eso por ser el primer hombre que se había interesado genuinamente por ella, por Sarada, no por la hija del Sultan Sasuke. Era tremendamente escaso encontrar un hombre si, que no fuera superado por su propias ambiciones, pero Sarada temía estar sumiéndose en un espiral sin control de emociones que temía volviera a lastimarla.
Y no solo era eso, Izumi, ella estaba interesada en Boruto, se notaba en sus ojos. No quería hacer sufrir a su hermana por culpa de un sentimiento que ni siquiera sabía si era correspondido o no. La pobre de Midoriko, con quien estaba forjando una amistad, ahora se veía desplazada por culpa de la aparecida Princesa Koyuki, era tremendamente fácil para un hombre cambiar a una mujer por otra, cansarse de una y tener una nueva, intimar con un y luego con otra. Su padre era una excepción a aquella regla, lo sucedido con Naoko nunca se había corroborado, no había existido prueba de aquella traición. Su padre y su madre eran plenamente correctos y leales entre si en todo los sentido, su vida, así como la de sus hermanos y hermanas era prueba de ello.
Desde niña había deseado vivir un amor así, casarse a la edad apropiad con un hombre guapo y de buen corazón que la amara y no pudiera ver a nade salvo ella…y lo había creído tontamente a la primera oportunidad, sucumbiendo ante las mentiras.
Sintiendo ya por terminado el masaje, Sarada volvió a cerrar la toalla alrededor de su cuerpo, levantándose para que Chouchou la ayudar a colocarse la bata, apartándose el cabello del cuello y los hombros. Sarada se mantuvo meditabunda mientras cerraba la bata alrededor de su cuerpo, peinando su cabello con sus manos. Quizá su destino no fuera ser feliz, pero de ser así entonces habría de encargarse de vivir hasta que fuera el momento designado por Kami de rendirse ante todo, hasta entonces pelearía.
Pelearía por el Imperio y la felicidad de su familia.
Mikoto espero expectante a que las puertas de sus aposentos de hubieran abierto tras su orden, permitiendo el paso a Boruto, observando con fingida ofensa.
El Uzumaki y ella eran muy cercanos, Mikoto podía decir que lo consideraba un hermano y viceversa, habiendo pasados tantos años untos en ese Palacio, ella incluso había reparado en ayudarlo con su educación, formando sus fuentes teológicas y filosóficas, encargándose de que estuviera tan bien dotado mentalmente como cualquier Príncipe perteneciente al Imperio. Gracias a todo aquello, Boruto era sabio, cauto, inteligente y leal, alguien más que digno en quien depositar su confianza que sorprendentemente no aspiraba a más de lo que ya poseía.
-Sultana Mikoto—reverencio el Uzumaki.
Teniendo la mente abrumada por pensamientos y sentir romántico a causa de la Sultana Sarada, Boruto solo podía consultar a una persona, alguien que pese a pertenecer a la familia Imperial trataba al jenízaro como su camarada, pudiendo sostener toda clase de conversación, tuteándose entre sí. No podría confiar en nadie más lo que iba a contar…pero tenía miedo, temía no ser merecedor de lo que estaba sintiendo por la que, él, consideraba la Sultana más hermosa sobre la tierra.
-Realmente eres un ingrato—insulto Mikoto, divertida ante la duda que bailaba en los ojos del Uzumaki, -fui tu mentora y sin embargo apenas y vienes a verme—sonrío con falso desprecio. La pelirosa cruzo sus brazos por sobre su pecho y lo observo con sincera intriga. -Tengo curiosidad, ¿Qué te trae por aquí?
Mikoto le indico a Boruto que toara asiento sobre los divanes, presentía que la conversación quizá fuera para largo. Boruto se sentó a su lado, apretándose nerviosamente las manos, extrañando todavía más a la Sultana que no recordaba haberlo visto si en el pasado, Boruto era alguien tremendamente confiado y que jamás dudaba de actuar sin pensar de ser necesario, pero nunca había visto esta faceta de él, era como si volviese a ser un niño.
-Asuntos del corazón, Sultana—informo Boruto, soltando el aire que estaba conteniendo y levantando su suplicante mirada hacia la pelirosa que se sintió preocupada de forma inmediata. -Esperaba que usted…pudiera ayudarme.
La Sultana, anteriormente sorprendida, sonrió ante sus palabras. Al parecer su teoría era más que correcta; Boruto se sentía atraído por Sarada. Bueno, tal cosa era de lo más natural siendo que Sarada no tenía siquiera treinta años, estaba en la flor de su belleza y su personalidad dulce y carismática la hacían más que deleitable a la vista. Mikoto hubiera deseado que Sarada no hubiera tenido que casarse siendo tan joven, quizá se hubiera evitado muchos dolores, pero de ser así quizá no hubiera aprendido lo que ahora ya sabía. El pasado no odia cambiarse, pero si podía modificarse el futuro para hacer las cosas de la manera correcta.
-¿Creíste que no me daría cuenta? Ja—carcajeo divertida la pelirosa, apartando su mirada del Uzumaki por un breve instante, -es obvio que Sarada te interesa y quizá te corresponda, pero…-Mikoto dejo en blanco el final de aquella oración, no atreviéndose a responder.
-Está prohibido—respondió Boruto por ella, -soy solo un jenízaro, el Hasoda Basi…y ella es una Sultana.
Mikoto no pudo evitar entornar los ojos, frustrada ante aquello. La razón por la que elogiar a Boruto era la misma por la que él se negaba a dar el paso crucial que significaba declarar lo que sentía; era demasiado humilde. Siendo el Hasoda Basi, muchos esperarían que vistiera tan galante como cualquiera de los Príncipes, pero en lugar de ello vestía con sus tradicionales atuendos jenízaros, no ambicionaba poder ni posición y eso era más que admirable. Pero Boruto no tenía nada que ofrecer, no tenía una soberbia fortuna como el difunto Inojin, o Kakashi Hatake Pasha, el esposo de la Sultana Mikoto. Él no tenía fortuna ni poder como para creerse merecedor de la Sultana Sarada que, quizá, ni siquiera le correspondiera.
-No te difames—pidió Mikoto, perdiendo la paciencia con el Uzumaki, -mi padre te tiene en alta estima, fue tu tutor desde que llegaste a este palacio—recordó haciéndolo bajar la mirada con vergüenza, -si tuviera que elegir un esposo para ella, te elegiría a ti, no lo dudo.
Boruto tampoco quería dudarlo, pero existía un pequeñísimo problema con el que no se contaba; la Sultana Izumi. Ella estaba enamorada de él y no podía romperle el corazón y decirle que no sentía lo mismo sino que amaba a su hermana, la Sultana Sarada, eso le resultaría devastador. Pero, ¿Qué otra cosa podía hacer? Su vida pendía de ese hilo peligrosamente invisible y latente, al borde de la ruptura.
Estaba jugando con fuego, pero no temía quemarse.
En la soledad de los aposentos del Capitán de Jenízaros, Naruto Uzumaki, se encontraba este y dos de sus muy queridos amigos Naka Celebi y Metal Lee, charlando animosa y satíricamente de la vida Palaciega y de lo que significaba ostentar un cargo, cualquier figura público lo hubiera tomado como una ofensa pero ellos solo se estaban divirtiendo sin malas intenciones.
-Cada uno cosecha lo que siembra—cito Naka, comiendo animosamente. Metal Lee coloco una copa con sake frente a él, haciéndolo fruncir el ceño. Cualquiera diría que, en base a eso, no se conocían. –Por Kami, sabes que no bebo—alejo la copa el pelicastaño.
Naruto carcajeo divertido, sin poder evitar disfrutar de esa animosa vida social, lejos de tantos conflictos y disputas emocionales. El palacio era muchas cosas, lujo, oro, piedras preciosas y poder…pero su trasfondo era realmente oscuro, el sufrimiento que acareaban aquellos que pertenecían a la familia Imperial era enorme y apenas soportable. Todo lo que el Sultan Sasuke y la Sultan Sakura habían vivido era la fiel prueba de que el amor y la felicidad no era algo que fuera de la mano con las personas que ostentaban un poder tan grande.
Las puertas se abrieron con un ligero chirrido permitiendo la entrada de Boruto que, sonriendo de oreja a oreja, claramente ya más repuesto emocionalmente, no tardo en tomar su lugar en el círculo social, junto a su padre en frente de Naka y Metal Lee.
-¿De fiesta sin mí?—inquirió Boruto sinceramente ofendido.
Naka únicamente se encogió de hombros mientras Metal Lee le ofrecía a Boruto una copa de sake que acepto y bebió gustoso. En momentos como ese lo que más le hacía bien a su mente enamorada era soltar la lengua y dejarse ir simplemente. Quizá emborracharse era lo que les hacía falta a él y a su padre que sufrían por dos Sultanas, una que era demasiado hermosa y dulce y la otra que era distante pero insólitamente hermosa. Padre e hijo sufrimiento por madre e hija respectivamente. Valla odisea.
-Creímos que no vendrías—admitió el pelinegro ante el menor de los Uzumaki, -como estabas con la Sultana Mikoto…- divago Metal Lee sin demasiado esfuerzo.
-¿Acaso crees que todos son como tú?—critico Naka al pelinegro, golpeándolo el hombro, -no todas las mujeres son alcanzables.
-Pero Boruto es la mano derecha de su majestad—cuestiono Metal Lee, probando su punto y quitándole la respiración a Naka que le sostuvo la mano a forma de trato, reconociendo su falta.
-Eres muy observador—reconoció, Naka.
Bebiendo de su copa, distraídamente, Naruto dirigió su mirada hacia su hijo que recostándose cómodamente sobre el diván, negó entre risas. Claramente afiliarlo a la Sultana Mikoto en el plano sentimental no era correcto, en lo absoluto ya que ella era valorizada por Boruto como si fuera su hermana, la que podía entrar en el plano emocional era la Sultana Sarada o la Sultana Izumi pero una era neutral y la otra se sentía atraída por su hijo. Boruto era perseguido por las mujeres sin importar que no lo intentara.
-Dejen de bromear—exigió Boruto entre risas.
Koyuki termino de colocarse un cómodo abrigo negro por sobre la ropa, ropa adecuadamente seleccionada para moverse con libertad y que no obstruyera su camino.
Yugito la observo con sincero temor, dudando en que lo que la joven pretendía hacer tuviera éxito, pero tampoco podía aconsejarla o decirle que no actuara, ella era demasiado terca. Para Koyuki, el tempo de silencio había pasado, Daisuke estaba completamente loco por ella y ella estaba fascinada con él, en todos los sentidos, pero no estaba recibiendo el apoyo que hubiera esperado y por ende lo mejor que podía hacer en esas circunstancias era dar una pista falsa mediante una amenaza que le diera al Sultan la idea de que ella no era una amenaza.
Era riesgoso, tremendamente impulsivo que quizá no fuese a tener éxito, pero era eso o nada, era eso o abandonar a su madre a su suerte en los territorios húngaros ahora dirigidos por los católicos. Tenía que velar por su gente y su pueblo, su madre era la reina legítima y ella la heredera de la prestigiosa dinastía Kasahana, su labor era velar por su futuro y próspero reinado
La Princesa se cubrió el rostro con el cuello de tela de la lusa bajo el abrigo, de tal modo que su identidad no fuera clara u obvia para nadie. Koyuki finalizo su labor, atando la funda con su espada a su cadera y cubriéndose el cabello con la capucha del abrigo. Tenía que ser cauta y darse prisa o de lo contrario no resultaría nada.
Sasuke cerró su bitácora, depositándola sobre su escritorio y avanzando hacia su cama.
Debía admitir que estaba sintiéndose más viejo de lo que era en realidad. Los continuos deberes, los conflictos de sus hijos y las revueltas dentro de sus territorios le estaban menguando fuerzas de importancia pero que no era tan necesarias si se detenía en analizarlo. Era Sultan por una razón, cuestionar aquello en ese punto de su vida era innecesario, estaba donde estaba y punto, era mejor valorar lo que se tenía en lugar de discutir o molestarse por cualquier banalidad.
Las puertas se abrieron con un ligero chirrido, haciéndolo girar y encontrándose con Sakura que, sonriendo como siempre, lo reverencio con falso estoicismo. La pelirosa se sujetó de sus hombros, clavando su mirada en la suya. El Uchiha le beso la frente haciéndola sonreír todavía más, sintiéndose plena al haber esperado casi todo el día para poder encontrarse en su presencia.
-Moría por verte, te extraño mucho—garantizo Sakura, sosteniendo las manos del Uchiha entre las suyas, casi sintiendo que su lama volvía a su cuerpo solo por obra de su presencia y tacto, de él que significaba tanto para su vida y su existencia, -quiero que seas sincero, ¿Me amas como el primer día?
Sasuke la observo ligeramente ofendido ante esto.
-Bastante menos—admitió el Uchiha haciendo que Sakura lo observara con sincera preocupación, -porque no has venido a verme en todo el día.
Una risa melodiosa abandono los labios de la Sultana que, sujetando firmemente las manos el Uchiha, lo guio hacia la cama, sentándose primero y observándolo con completa inocencia. Sasuke clavo su mirada en ella que sin importar el tiempo ni lo que sucediera seguía siendo su todo, su razón para no sentir abatido al finalizar el día, su motivo para distraerse y alejar su mente de temas políticos. Cualquier asunto mundano pasaba como nimio cuando pensaba en ella, puede que su mayor deber fuera la política, pero pensar en ella en todo momento era igual o diez veces más importante.
-No es mi culpa, siempre estas reunido con los Pashas y embajadores—recordó Sakura como si fuera una niña que insiste en imponer su punto, -gobernando—crítico con molestia sincera por esto, apartando su mirada del Uchiha. –Incluso olvido como eres—Sakura levanto la mirada esperando que Sasuke la entendiera pero para su frustración este sonreía ladinamente, claramente divertido por sus apalabras. -No te burles, empiezo a sentir celos.
Sakura se cruzó e brazo en un mohín todavía más infantil ante lo que Sasuke apenas y pudo mantenerse serio. Esos breves instantes en que volvía a ser igual de inocente que ene l pasado eran sus favoritos, ella que se mantenía incólume e impecable sin importar el pasar del tiempo, ella que seguía ahí a pesar de todo y que había resistido a todo cuanto se hubiera encontrado en su camino. Con sumo cuidado, Sasuke la sujeto del mentón, haciendo que de una u otra forma tuvieran que verse a los ojos sin importar que ella quisiera o no.
-¿Celos?, ¿y de quién?—cuestiono abiertamente interesado.
Lejos de actuar más infantilmente, Sakura se removí ligeramente, acercando todavía más su rostro al de él. Claro, sentía celos de saberse privada de la presencia de su esposo en esos momentos del día en que ineludiblemente pensaba en él, ansiando tenerlo a su lado. Pero ambos estaban sujeto a empeño y responsabilidad más grandes de los que desearan pero que era necesario cumplieran. En el pasado había sentido temor, temiendo que Naoko u otras mujeres ocuparan el lugar que ella tenía en la vida de Sasuke…pero ahora estaba totalmente segura de que eso jamás pasaría. Nadie ocuparía su lugar.
-De los Pashas—susurro Sakura, divertida, rozando sus labios con los del Uchiha.
Unió sus labios con los de Sasuke lentamente, sabiendo cuanto lo torturaba su actuar tan lento sobre él, conociendo sus límites y sus puntos débiles mucho mejor de lo que él los conocía. Cedió ante los inmediatos intentos de él por profundizar el beso. No opuso la menor resistencia en cuanto Sasuke la hizo quedar bajo suyo y, botón por botón, abrió el escote de su vestido, cubriendo su piel de húmedos besos y caricias desesperadas. La repentina interacción de ambos se vio interrumpida en cuanto un estrepitoso eco en el exterior llego a oídos de ambos.
-Guardias—llamó Sasuke.
Sakura se cerró rápidamente el vestido esperando que los guardias entraran, pero nada sucedía, el silencio se estaba haciendo insostenible, extrañamente incómodo y tenebroso de sentir. Sasuke levanto de la cama y avanzo hacia las puertas, abriéndolas por su cuenta, Sakura lo siguió de cerca, conteniendo un jadeo al ver a ambos jenízaros, que habitualmente custodiaban las puertas, asesinados y degollados, derramando su sangre sobre el suelo de mármol. ¿Quién?, ¿Quién podía atreverse a llegar a tanto?
-¡Boruto!—llamó Sakura de manera inmediata.
La puerta en el otro extremo del pasillo se abrió apenas ella hubiera gritado el nombre del Uzumaki que, a toda prisa, avanzo hacia los aposentos del Sultan, deteniéndose en la entrada igualmente sorprendido y horrorizado por aquello. Nadie podía siquiera cometer algo así, aquel lugar era incólume, nadie podía acercarse sin tener la autorización brindada por el Sultan y su mandato, ¿Quién haba cometido semejante barbarie? Sasuke, apretó los puños al reparar en la única persona del Palacio que podía cometer semejante bajeza, la única persona que tenía motivos más que suficientes para hacer algo asi sin sentir titubeo o duda.
Sakura observo inquieta la partida de Sasuke que no emitió palabra alguna, Boruto observo a la Sultana en espera de una respuesta pero ella solo se encogió de hombros: el Sultan parecía saber quién había hecho eso.
El Uchiha se detuvo ante las puertas de los aposento de la Princesa Koyuki, los guardias lo observaron esperando que les indicara anunciarlo, más el Sultan se negó. Necesitaba corroborar que su teoría fuera cierta. Necesitaba afirmar que esa mujer si era un riego para su vida y la de sus hijos.
-Afortunadamente lo consiguió, Princesa—pronuncio lady Yugito del otro lado de la puerta.
-Esperemos que funcione—contesto Koyuki, jadeando, -me arriesgue mucho.
Escuchando aquellas palabras, Sasuke abrió las puertas por su cuenta, encontrando en su interior a la Princesa que apenas y se estaba despojando del abrigo y la blusa, teniendo puesto el camisón bajo aquella aparente vestimenta que podría haberla hecho pasar desapercibida. No era tonta, concia muy bien cómo actuar y asesinar valiéndose de su condición de mujer.
Ella lo había hecho.
Koyuki apenas y pudo jadear al verse aprisionada contra la pared con el Sultan zarandeándole los hombros, furioso y claramente habiéndose dando cuenta de que ella había cometido aquel incidente. La húngara evadió ver al Sultan a los ojos, tanto por respeto como por temor.
-Me deshice de mi hermana por confabular contra mí y mis hijos—confeso Sasuke, haciéndola chocar violentamente su espalda contra la pared. -Imagina, que podría hacerte a ti.
No sabía que pensar en una situación así, que decir para salvarse y remediar lo hecho pero en esa circunstancia no podía, con cuando el Sultan sabía la verdad y le inspiraba más temor que cualquier persona que ella hubiera tenido el disgusto de conocer. Verdaderamente los rumores no le hacían justicia, el Sultan intimidaba más que cualquier persona que hubiera visto en su vida. No tenía medio alguno para salir de allí, solo le quedaba suplicar por su vida para que el Sultan le tuviera un mísero grado de clemencia.
-Majestad, por favor—intento Koyuki
-Dime, ¿Quién te crees que eres?- demando saber Sasuke, interrumpiéndola, apretándole el cuello y quitándole respiración. Que tan cerca hubiera estado un asesino normal de lastimar a Sakura o a cualquiera de sus hijos, esa mujer era una completa amenaza. Koyuki arqueo el juego y jadeo desesperadamente de forma entre cortada, rogando silentemente porque la soltara. De mala gana y con brusquedad, Sasuke la soltó, haciéndola caer de rodillas contra el suelo. -He sido tolerante, pero mi paciencia ha llegado a su límite.
Antes de que Koyuki o lady Yugito pudiera protestar, rogando por sus vidas como mínimo, Sasuke sujeto bruscamente del brazo de la Princesa haciendo que, voluntariamente o no, Koyuki fuera sacada a rastras de la habitación por obra suya sin tener consideración en ningún momento, ni siquiera porque fuera una mujer.
No se merecía el derecho de suplicar siquiera.
Un guardia jenízaro avanzo frente al Sultan, abriendo la puerta de la celda donde, sin el menor cuidado, el Sultan arrojo a la Princesa que no consiguió evitar soltar un gemido de dolor ante la fuerza del golpe. Koyuki apoyo sus manos en el suelo en una imagen denigrante para alguien de su rango y poder social, levantando su mirada hacia el Sultan que la observaba del otro lado de la puerta ya cerrada. Sus orbes ónix eran pozos fríos y sin compasión que consiguieron hacerle sentir más temor de lo que hubiera considerado posible.
-Te quedaras aquí hasta que yo lo decida, entre ratas como tú—dicto Sasuke, insultándola sin importarle quien fuera. Su Principado había llegado a su fin en el primer momento en que había pisado sus dominios. –No me importa que seas una mujer—aclaro ante la, aparentemente, inofensiva mirada de ella que intentaba parecer arrepentida. -Solo saldrás de aquí para morir, no saldrás viva de aquí, jamás.
Sin más que decir, Sasuke le dio la espalda a la celda y a la Princesa en su interior que bajo la cabeza ante sus palabras y demandas. Resignada y sumida en la decepción más absoluta hacia su persona, Koyuki se levantó del durísimo suelo de roca, sentándose sobre la barraca que, al menos, era ligeramente más cómoda y cálida. Abrazándose así misma, Koyuki concluyo que nada de lo hecho había servido.
Iba a morir de todas formas, o en el Palacio o fuera de él.
PD: dedico esta actualización a Adrit126, melilove (a quien agradezco que aprecie esta historia :3), Miara Makisan y (como siempre) a DULCECITO311 (amando sus comentarios :3) lamento la demora pero quise hacer una actualización decente :3 este fic dará por finalizada la historia, por ende sera más largo que el anterior "El Siglo Magnifico: El Sultan Sasuke & La Sultana Sakura":3 comenten que les pareció este nuevo capitulo y que esperan del siguiente. Además tengo planeado hacer otro fic, ya en producción, llamado "El Emperador Sasuke", inspirado en la serie (o dorama) coreana "Empress Ki" :3 gracias y hasta la próxima.
